Disclaimer: Soul Eater no me pertenece, es propiedad de Atsushi Okubo. El Príncipe Feliz tampoco me pertenece, es de Oscar Wilde. Lo único mío es la loca idea de juntar estas grandiosas historias.

¡El último cuento! No saben lo feliz que me siento al poder acabar de una vez por todas este "fic" (si es que estos one-shot's cuentan como uno xD) ¡muchas gracias a todos por sus reviews y por leer estas pequeñas historias! Elegí este cuento para cerrar este fic, de pequeña me encantaba escucharlo antes de ir a dormir, ¡espero y les guste a ustedes también! Sin más, disfruten la lectura, ¡nos leemos en otro fic!


Cuenta Cuantos Cuentos Cuento

El Príncipe Feliz

POV General

Había una vez, un reino donde vivía un joven príncipe de cabellos blancos y ojos rojos como el más precioso rubí.

Aquel príncipe era la persona más amable, feliz y cariñosa que uno pudiera conocer. Todas las mamás querían que sus hijos fuesen como él y todos los hombres querían ser como él. El príncipe era la persona más querida por todos.

Sin embargo, un día murió de manera prematura, y la gente del reino decidió hacer una estatua en su honor, hecha de oro puro, con unos bellos rubíes para sus ojos y un zafiro para su corona. Aquella estatua siempre sonreía, y la gente siempre podía recordar el rostro de su querido príncipe.

Cierto día, una golondrina dorada volaba sobre el reino. Ella iba en dirección hacia Egipto, ya que el invierno se acercaba y debía de buscar un lugar cálido. La pequeña golondrina viajaba sola, ya que había tenido un pequeño retardo.

Ella se había quedado alado de su amada caña por más que sus amigas le insistieron que la dejara y volara con ellas hacia Egipto. La golondrina se negó, y se quedó junto a su amante durante algunos días, hasta que descubrió que él era un egoísta y que no la amaba de la misma forma que ella lo amaba a él. Así que lo dejó.

La golondrina, cansada de tanto aleteo, decidió descansar sobre una alta columna de mármol. Suspiró, para luego mirar el cielo nocturno y maravillarse con el brillo de las estrellas.

Y cuando se dispuso a dormir, una gota calló encima de ella.

Exaltada, y un poco molesta, la golondrina miró el cielo. Las nubes estaban despejadas y la luna sonreía en lo más alto de aquel manto negro.

- Tal vez fue sólo mi imaginación – murmuró.

Pero tan pronto lo dijo, más gotas comenzaron a caer sobre ella. Furiosa, volteó a ver hacia arriba una vez más, esta vez no sólo mirando el cielo, sino también a su alrededor, y tal fue sus sorpresa al descubrir que no era la única que se encontraba sobre aquella columna.

La dorada estatua del príncipe lloraba a mares. La golondrina al principio lo ignoró y estuvo tentada a irse de aquel lugar, sin embargo, una extraña sensación de dolor se formó en su pecho, justo en su corazón. Incapaz de seguir escuchando los sollozos del príncipe, voló hasta su hombro y le picó levemente su mejilla de oro.

Acto seguido, el príncipe dejó de llorar para mirarla fijamente.

- ¿Por qué lloras? – le preguntó la golondrina sin rodeos.

El príncipe tomó una gran bocanada de aire antes de poder hablar.

- Lloro por todas las injusticias que hay en este reino. Cuando estaba con vida, yo era la persona más feliz del mundo, pero nunca me di cuenta que aquella felicidad me cegaba y no me dejaba ver el sufrimiento de los demás, y ahora que me encuentro sobre este pilar me doy cuenta de lo tonto que fui.

- No tienes porqué llorar, con tus lágrimas no ayudarás a nadie – le dijo ella.

- Tienes razón, golondrinita – susurró con dolor el príncipe.

- No me llamo "golondrinita", mi nombre es Maka, ¿y el tuyo?

- Soul, mi nombre es Soul.

- Bien Soul, ¿hay algo que pueda hacer para que dejes de llorar?

- Claro, ¿ves aquella casa en ruinas cerca del lago?, en ella vive una bella mujer de cabello negro, ella es costurera, y en estos momentos se encuentra bordando un vestido para una duquesa, sin embargo, no tiene el dinero suficiente para darle de comer a su pobre hijo enfermo, ¿serías tan amable de quitarme el zafiro que tengo en mi corona y entregárselo para que puedan tener comida?

- Pero si hago eso tu corona se verá simple y fea – le respondió ella.

- No me importa, si con eso ellos pueden sonreír yo seré feliz – le contestó él con una gran sonrisa.

La golondrina asintió, para luego revolotear hacia la corona del príncipe y quitar con su pequeño pico el enorme zafiro que se encontraba a la mitad de esta.

Voló en dirección hacia la pequeña cabaña, se coló por uno de los tantos agujeros que se encontraban en el techo, agitó con suavidad los cabellos azules del niño enfermo y dejó caer el zafiro frente a la mujer de cabello negro, quien estaba dormida sobre su mesa llena de hilos y agujas.

Una vez que terminó su encargo, regresó con el príncipe, quien tenía una enorme sonrisa en el rostro.

- Muchas gracias, Maka.

- No hay de qué, pero he venido a despedirme, tengo que volar hacia Egipto, donde me esperan mis hermanas.

- ¿Podrías quedarte una noche conmigo? Me gustaría poder estar a tu lado un momento más.

Maka se lo pensó por un momento, pero al final terminó accediendo a la propuesta de la estatua. Se acurrucó cerca de los pies del príncipe y en cuestión de minutos se quedó dormida.

A la mañana siguiente, cuando despertó, la dorada golondrina decidió dar un paseo por el pueblo. Picoteó uno que otro pedazo de pan y se baño en las cristalinas aguas del lago. Cuando la noche llegó, decidió irse a despedir nuevamente del príncipe.

- Ya es hora de partir, mis amigos me esperan en Egipto – le dijo.

- Espera un momento, Maka, ¿podrías hacerme un favor más antes de marcharme?

- Claro – respondió ella sin titubear.

- ¿Ves aquella casita de madera cerca de la iglesia? Allí vive un joven de cabello negro y con unas curiosas líneas blancas en el, él es un escritor, debe de terminar una obra para la siguiente semana, sin embargo no tiene leña ni alimento alguno, morirá antes de poder acabar la obra, ¿podrías quitarme los rubíes que tengo por ojos y entregárselo? Así el podrá calentarse y comer algo para acabar su obra.

- Pero no puedo hacer eso, ¡perderás la vista!

- No me importa dejar de ver si él es feliz con aquellos rubíes, y si él es feliz yo también lo soy – le dijo el príncipe con una sonrisa melancólica.

La golondrina lo miró con ternura, y a pesar del dolor que le oprimía su corazón, extrajo ambos rubís de las cuencas de la estatua, y con sus patitas los cogió. Voló hacia la pequeña casa de madera cercana a la iglesia, se coló por la chimenea apagada y dejó los rubíes sobre el pecho del joven escritor, quien se encontraba dormido sobre su cama.

Sin pensárselo dos veces, Maka regresó al lado de Soul y se posó sobre su hombro. Con una de sus alas comenzó a acariciar la mejilla de oro de la estatua, tratando así de memorizar las facciones del príncipe.

- Es hora de marcharme, Egipto me espera – murmuró con dolor la pequeña golondrina.

- ¿Podrías quedarte una noche más conmigo? – preguntó el príncipe.

Maka no le respondió, simplemente se acurrucó sobre su cabeza y se durmió.

A la mañana siguiente, ella decidió ir al parque para dejarse calentar por los débiles rayos del sol. Picoteó un poco más de pan mientras veía el cielo azul, y sin darse cuenta, la noche volvió a reinar el lugar.

Regresó una vez más con el príncipe, esta vez dispuesta a despedirse e irse de una vez por todas a su tan preciado Egipto, a pesar de que le dolía el solo pensar que no volvería a ver al príncipe durante un largo tiempo.

- Tengo que irme ya, el sol de Egipto me espera.

- Esta bien, pero antes de partir, ¿podrías hacerme un último favor?

- Sabes que no te puedo decir que no – respondió ella con una ligera sonrisa.

- ¿Ves a esas dos pequeñas niñas rubias que se refugian bajo el tejado de la iglesia? Ellas no tienen familia ni donde vivir, están llorando por culpa del hambre y del frío, ¿puedes quitarme las hojitas de oro que cubren mi cuerpo de plomo y entregárselas? Así ellas podrán comprarse comida y tener un techo decente donde vivir.

- ¡Pero si hago eso tú tendrás frío!

- No me importa tener frío, si con esas hojitas de oro ellas pueden ser felices, yo también lo seré – respondió el príncipe sin dudar.

Con lágrimas en los ojos, la dorada golondrina comenzó a quitarle una por una las hijitas que cubrían el cuerpo del príncipe. Cuando las hubo reunido todas, voló hacía donde se encontraban las dos niñas y les entregó, para sorpresa de ambas, todas las hojitas de oro.

Por enésima vez, regreso junto al príncipe, sólo que esta vez no podía dejar de llorar.

- Muchas gracias por todo, Maka, nunca te olvidaré, espero y te vaya bien en tu viaje a Egipto.

- No me iré, no puedo dejarte Soul – le respondió ella entre sollozos.

- Pero tus amigos, hermanas y el sol te están esperando.

- Eso no me importa, no puedo separarme nunca más de ti – le dijo, y haciendo caso omiso de las palabras de él se posó sobre su hombro para luego dormir.

Y así pasaron los días, el invierno llegó y por consecuente, la golondrina temblaba de frío. Sin embargo, a pesar de todo eso, nunca se separó del príncipe.

De vez en cuando agitaba las alas para mantener el calor, o bajaba a la iglesia para picotear el pan que desayunaba el monje. Por las noches, le contaba todas sus aventuras al príncipe, o le decía que sucedía en el reino.

Pero como era de esperarse, ella no pudo soportar el inmenso frío.

Sintiendo como la vida se le iba, utilizó sus últimas fuerzas para volar hasta el hombro de la vieja estatua. Acercó su pico a la oreja del príncipe y susurró suavemente, casi como un canto:

- Te amo, Soul.

La estatua sonrió con melancolía, y un par de lágrimas de plomo salieron de sus ojos, para luego caer por sus mejillas.

- Yo también te amo, Maka, gracias por estar siempre a mi lado y demostrarme que es la verdadera felicidad.

La pequeña golondrina dorada sonrió, para luego besar los labios del príncipe. Sin embargo, justo en ese momento su corazón dejó de latir y cayó muerta a los pies de la estatua.

Algo se rompió dentro de esta. El corazón de plomo del príncipe se partió en dos al saber que la golondrina había muerto.

A la mañana siguiente, los habitantes del reino vieron la estatua del príncipe y se sorprendieron de lo fea que estaba, así como también de encontrar a una bella y dorada golondrina muerta a los pies de esta.

Fundieron la estatua y enterraron al ave muerta.

Pero lo que ellos no sabían era que en lo más alto del cielo, el príncipe se encontraba escuchando las hermosas melodías que la golondrina cantaba sólo para él…

Para su único y verdadero amor.


FIN


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

¿Review?