N/A: Uish! Q rapido esta saliendo esto :D (lo cual no puede ser bueno, seguro que no XD no se hasta cuando me dure el entusiasmo XD). Pero pues, estoy contenta por como van saliendo las cosas (lo cual no es lo que tenia planeado desde un comienzo, pero perdi la primera parte de la historia asi q me la tuve q inventar de nuevo, y resulta q si concuerda con lo q le sigue XDDD). Asi que pues, arigato a las personas que leen y a las que comentan. Espero que disfruten este chapi nOn


III. ACOSO

Justo como había pensado, la noticia de las rosas se había corrido como la pólvora. Todo el hospital andaba especulando sobre la posible novia de Gaara e imaginando cómo sería. Algunos incluso comenzaban a realizar apuestas sobre cuánto duraría el supuesto romance. El chisme había incluso alcanzado los oídos de Tsunade, quien inmediatamente había mandado llamar a Gaara para intentar sonsacarle algo de información. La visita había sido una verdadera pérdida de tiempo y lo único que había ganado el pelirrojo, además de atrasar su agenda, había sido un humor de perros para el resto de la tarde.

Y entonces no podía evitar escuchar los cuchicheos que parecían haberse apoderado del hospital...

-¿Creen que será un hombre o una mujer?- preguntó Sakura, muy ocupada en la cafetería mientras sus amigas de la sala de enfermería y algunos doctores se sumaban a su intento por saber quién sería la o el afortunado/a.

-Debe ser un hombre- respondió Naruto, uno de los mejores cardiólogos del hospital. Lo cual era en sí una contradicción, porque donde quiera que fuese parecía iba a dar a todos un ataque cardíaco.

Una de las enfermeras, de largo pelo rubio e insistentes ojos azules, alzó una ceja a modo de incomprensión:- ¿Por qué un hombre?

-Porque los hombres tienen costumbre de enviar flores, Ino- explicó el cardiólogo con paciencia y finalmente, con una exageradamente grande sonrisa, añadió-. Sabía que era gay.

-¡No todos los médicos son gays como tú, Naruto!- replicó a su vez Ino en voz demasiado alta, haciendo que el rostro de Naruto se pusiera rojo como el tomate. No era un secreto que fuese gay, pero tampoco tenía que ir ventilándolo de esa forma- Sé de chicas que envían flores.

-O tal vez fue un paciente- dijo entonces una voz suave y que casi ni se escuchó.

Todas las miradas presentes se pusieron en Hinata, quien inmediatamente se retrajo en su sitio, nerviosa.

Hinata era una de las nuevas adquisiciones del laboratorio, era sumamente eficiente e inteligente pero demasiado tímida. Inicialmente se había enamorado de Naruto, pero al enterarse de la noticia de que era homosexual había perdido todas las esperanzas. Pero lo que realmente llamaba la atención de Hinata era el hecho de que todos parecían hacerse amigos de ella. Porque era demasiado amable, sabía escuchar y dar buenos consejos, y nunca se inmiscuía en la vida de nadie a menos que la involucraran a fuerza. Entonces, cuando todos la observaron fijamente, la chica comenzó a acalorarse, incómoda.

-A lo mejor es de agradecimiento- concluyó finalmente.

El resto de los médicos se miraron entre ellos.

-Tal vez Hinata tenga razón- suspiró Naruto en derrota. Él realmente quería que Gaara tuviese una pareja. Resultaba demasiado anormal que en todos los años que llevaran de conocerse no le hubiese conocido ni una.

-O tal vez no deban estarse inmiscuyendo en mis asuntos personales, ¿no creen?

Ante el tono de voz gélido y casi mecánico, todos se congelaron en sus sitios. La temperatura dentro de la cafetería parecía haber descendido un par de grados. Gaara los observaba con esas dos gemas que poseía por ojos, esos cristales fríos como el hielo y duros como diamantes. Especialmente a Naruto parecía perforarlo, y el rubio sudó frío y se atragantó con su propia saliva.

-G-Gaara...- soltó una corta risita que asemejó más a un chillido.

Antes de poder parpadear y voltear a buscar ayuda en el resto de sus amigos, se dio cuenta de que estaba completamente solo. "¡Bastardos traidores!", pensó Naruto con rabia. ¡Lo habían dejado solo! ¡Hasta Sakura-chan se había esfumado!

Jugando nerviosamente con sus dedos, sus ojos suplicantes se posaron en el pelirrojo. Entonces, contrario a la expresión psicópata del inicio, vio su mirada cansada y le escuchó soltar un audible suspiro. Con una evidente muestra de falta de energía, el pelirrojo corrió una de las sillas y tomó asiento frente al rubio, quien le miraba fijamente, enmudecido de pronto.

-Demonios, Gaara, luces como basura. ¿Qué te está pasando?

-No lo sé- respondió el pelirrojo entrecerrando los ojos. Esa misma pregunta se la había hecho él mismo demasiadas veces ya, pero nunca encontraba respuesta. Lo único que sabía es que el insomnio estaba acabando con él, y de forma más bien patética.

-Tienes que dormir un poco, mira esas ojeras- y como para hacer más claro su punto las tocó suave y delicadamente.

El otro hizo el rostro a un lado, como huyendo del contacto, pero de forma tan lenta que Naruto sintió pena por él.

-¿Has intentado con somníferos?

Eso era algo que ninguno de los dos jóvenes apreciaba. La medicación normalmente acababa en problemas, lo habían visto ocurrir demasiadas veces. Empiezas necesitando algo para poder dormir, luego para el dolor de cabeza, y antes de darte cuenta estás dependiendo de la píldora y llorando mientras te aferras al frasco naranja con desesperación. No, eso ni hablar. Pero... el estado de Gaara era tan lamentable que incluso parecía justificar la receta.

Pero el doctor negó, movió la cabeza como en cámara lenta, y Naruto se sintió agotado tan sólo de verle.

-Me dan pesadillas- dijo de forma pausada, casi pesarosa-, entonces no duermo mucho, y me deprimen.

Naruto soltó un resoplido.

Sabía lo que era un Gaara deprimido, y estaba más que al tanto de que no era nada bueno.

-¿Por qué no mejor me cuentas de las flores?- inquirió entonces con tono juguetón que a Gaara se le hizo sumamente infantil y molesto.

-Es mi problema- contestó rodando los ojos.

-Vamos, Gaara, es la primera vez que te envían un ramo. ¿No me puedes decir ni siquiera quién te lo mandó?

El pelirrojo soltó un suspiro:- No sé quién lo mandó. Bueno, sí sé, pero igual no lo conozco.

-¿Entonces sí fue un chico?- sus ojos brillaron al preguntar. ¡Lo sabía!

-Basta, Naruto, me estás dando dolor de cabeza- apresuró a masajearse las sienes, tratando de aliviar la creciente presión que comenzaba a aquejarlo. Si volvía a tomar un Ibuprofeno más se intoxicaría, y era lo último que necesitaba.

Cuando el rubio estuvo a punto de protestar, alzó una mano y le detuvo antes de que empezara. Silencio, era lo único que quería. Últimamente encontrar sosiego era casi como emprender una búsqueda hacia el paraíso, pero entonces no podía sino seguir intentándolo. Cuando volvió a mirar a su amigo, sus ojos parecían gritar desde lo profundo de su alma, y el rubio guardó silencio, sorprendido a más no poder. Era como si las pupilas de Gaara dijeran lo que su voz no podía.

Este hecho le preocupó.

Su amigo, con cada día que pasaba, parecía rozar su límite.

-¿Estarás bien?- preguntó con un tono demasiado serio, como nunca le había escuchado.

Asintió:- Sí, eso espero.

Pero no estaba del todo seguro.

XxXxX

Gaara ingresó a su departamento. Como esperaba, estaba silencioso, oscuro. No era nada extraño. Dejó los zapatos en el recibidor y prendió una a una todas las luces. Le recibió una sala divinamente amueblada, sobria y elegante, pulcra rayando en lo obsesivo, y fría, muy fría. Era como esas casas de las revistas, con cada detalle previamente calculado, donde debían ir las fotografías, los cuadros, el sofá de cuero blanco, las revistas, el televisor...

Le gustaba su departamento, porque era como él, pequeño y sencillo. No necesitaba nada más, pero entonces sí, añoraba muchas cosas, demasiadas cosas... Justo como sus pertenencias, también él gritaba de insatisfacción.

Se dirigió entonces a la cocina a por algo de agua. Su garganta estaba sedienta. A medio camino entre el pasillo y la cocina, sin embargo, casi alzando el brazo para prender la lámpara, sus pasos se detuvieron. Se congeló en su sitio y sus ojos, por sí solos, vagaron hacia la mesita central donde descansaba aquel objeto que no debía estar ahí. Casi se olvidó de respirar, su pulso acelerado, la sangre ardiendo dentro de sus venas. Le invadieron unas leves náuseas y tuvo que sostenerse de la pared para no trastabillar y caer. De forma titubeante se acercó a la mesa.

Se llevó una mano a los labios.

Era...

Era como una película de terror.

Porque allí estaba, el mismo ramo, la misma tarjeta, pero a diferencia de la primera vez, en esta ocasión las rosas eran blancas. Eran blancas, puras y bellas.

"No puede ser...", pensó Gaara ante lo macabro de toda la situación. No tuvo ni siquiera oportunidad de sorprenderse cuando tomara la tarjeta y, justo como esperaba, le recibiera un sencillo 'Lo siento' con la misma perfecta caligrafía de la primera vez.

Gaara sintió un terrible mareo apropiarse de él y se llevó una mano a la cabeza.

¿Qué demonios estaba sucediendo?

Si no se hubiese hallado tan alicaído, probablemente estuviese armando un escándalo, pero la verdad es que no tenía energías ni para eso. En cambio se lanzó sobre el sofá, sus ojos nunca abandonando las flores. Era como si esperara a que por algún truco de magia el ramo desapareciera, o hiciera algo, no sabía qué, cualquier cosa. Estuvo sentado allí por espacio de quince minutos. Quince silenciosos y agobiantes minutos que, en lugar de relajarlo, lo hicieron aún más inestable.

Se mordió los labios y casi pegó un brinco cuando el sonido del teléfono interrumpió la aparente calma.

Estuvo batallando consigo mismo un poco más antes de levantarse a tomar el auricular. Ya era lo suficientemente extraño, y bizarro por esa noche, cuando no esperaba llamada de nadie y eran contadas las personas que tenían su número privado. Pero entonces las cosas habían dejado de ser normales desde hace muchos días. De hecho, ahora que lo pensaba, el insmonio había empezado con la primera carta.

-¿Sí?- preguntó nada más tomar el teléfono.

-¿Gaara-san?

Arrugó el ceño ante la voz desconocida.

-¿Quién es?- del otro lado soltaron un suspiro de alivio; Gaara estuvo a punto de cortar la llamada.

-Gaara-san, buenas noches. ¿Le gustaron las flores?

El pelirrojo estuvo mudo por un par de segundos, sus ojos bien abiertos a causa de la sorpresa y porque esa persona que llamaba era, nada más y nada menos, que Rock Lee.

-¿C-Cómo obtuviste mi teléfono?- fue la única pregunta que su cerebro se vio capaz de componer.

Del otro lado, escuchó a Lee juguetear con su teléfono, como inseguro. Se estuvo pensando qué responder y finalmente, como perdiendo la batalla consigo mismo, contestó:

-¿No le gustaron las flores?- como si fuese lo único importante.

El pelirrojo soltó un bufido de impaciencia:- Sí, sí me gustaron. Ahora dime, ¿quién te dio mi teléfono? Y más importante, ¿cómo entraste a mi departamento?

Lee soltó una risita y cuando volvió a hablar se le escuchaba mucho más animado, como si se hubiese quitado un enorme peso de encima.

-En la guía telefónica, Gaara-san- y antes de que el otro le interrumpiera, añadió:-. Y en el internet.

El médico pensó brevemente, sobrecogido por los acontecimientos. Se sentía demasiado abrumado como para decir algo coherente.

-¿Qué... qué es lo que quieres?

Lee sonrió, aunque el otro no fuese capaz de verlo:- Gaara-san, lo que quiero se lo he estado diciendo desde hace mucho. Quiero que me ayude, necesito que me ayude.

-¡Basta! ¿De qué estás hablando? No puedo ayudarte, deja de insistir. ¿Por qué me acosas? Esos e-mails, y ahora las flores, ¡y me llamas a mi teléfono! Tengo demasiados problemas por mí mismo, déjame en paz...

Al terminar Gaara respiraba agitadamente, y no se escuchaba absolutamente nada. Por un instante pensó que había hecho al otro entrar en razón y casi se felicita por ello. Sin embargo, aguzando bien el oído, fue perfectamente capaz de escuchar un leve sollozo del otro lado de la línea. Se llevó una mano a los labios, horrorizado.

"¡Está llorando!", pensó con frustración.

Si había algo que Gaara desconociera, era cómo lidiar con las emociones de los demás. Denle un escalpelo y suturas, y sabía qué hacer. Denle a un hombre en lágrimas y no sabía cómo manejarlo, cómo solucionarlo. Y entonces no supo a qué se debió, si a los estragos del insomnio dentro de su cabeza o realmente a aquel sentimiento de culpa que empezaba a consumirlo, pero se vio a sí mismo suspirando en derrota. Sus labios se movieron suavemente, su voz grave y que casi parecía más necesitada que la otra.

-No llores...- y por el modo en que lo dijo fue más una orden que una súplica, y contrario a lo que esperaba, el llanto se detuvo.

-P-Por favor...- pidieron con voz entrecortada- No quiero morir.

Gaara no hallaba qué hacer.

-No vas a morir- dijo sin darse cuenta de que estaba consolándolo.

-Si no me ayuda moriré.

Y por el modo tan enfático en que lo dijo, el pelirrojo no pudo sino callar inmediatamente.

Ninguno de los dos dijo nada, como si esperaran la intervención del otro que nunca llegaba.

Había de pronto, en toda la habitación, cierto embrujo, cierto efecto hipnótico, y por algún desconocido motivo el pelirrojo se vio incapaz de colgar el teléfono. Su cerebro procesaba lentamente todo lo que le estaba ocurriendo, todo lo que comenzaba a desarrollarse a su alrededor. La voz de Lee era suave, como si acariciara el alma, pero se le notaba entrecortada y tomada por el llanto. De vez en cuando caía presa de algún hipo inoportuno pero tragaba en seco y volvía a respirar con aparente normalidad. Entonces, de cierto modo, relajaba a Gaara, saber que había alguien más, darse cuenta de que estaba conversando con otra persona, por más bizarro que resultara todo.

Finalmente, cuando ninguno de los dos parecía querer mencionar palabra, el tono de Lee se escuchó por sobre el silencio, como las olas.

Era relajante...

-Lo siento.

Y cortó toda comunicación.

De pie en medio de la sala, el pelirrojo contempló el teléfono largo rato.

Se sentía ahogado.

XxXxX

Las luces estaban apagadas y él, recostado sobre su cama, contemplaba el techo fijamente. Había estado en esta posición por más de tres horas, sus ojos bien abiertos aunque cansados. En algún momento de la noche las cosas habían empezado a confundirse, el tiempo a materializarse, el oxígeno a consumirse. Era como estar bajo el potente efecto de una droga, y sus párpados se movían lentamente. Movió los labios para decir algo, pero ningún sonido escapó de su garganta. Sus manos vagaron por sobre el colchón.

Estaba muy cómodo.

Era muy suave.

Sus dedos tocaron la suave textura que se extendía bajo la palma abierta de su mano. Tomó un puñado de pétalos y dejó que cayeran graciosamente sobre su rostro en semi-penumbra. Los pétalos rojos y blancos descendían con ese aire enigmático de las películas. Él fue capaz de ver cada pequeño relieve, cada brillo intermitente, y el olor a rosas invadió sus sentidos. Se sentía dispuesto a relajarse, se extendió por sobre la infinidad de pétalos que cubrían parte de su cuerpo desnudo. Su piel pálida parecía relucir, pero se sentía tan bien...

Hizo la cabeza hacia atrás, dejando su cuello al descubierto. Hundió el rostro entre los pétalos e inhaló su esencia hasta saturar sus pulmones. Todo el ambiente mutaba frente a sus ojos. La oscuridad iba tornándose clara, brillante y chillona, la luz comenzando a cegarlo por lo potente y blanca que era. Pero no se preocupó, al contrario. Extendió sus extremidades a todo lo que dieron y se permitió disfrutar el momento.

Un grave gemido de placer llenó la estancia e hicieron falta un par de segundos para que él comprendiera que el sonido había brotado de sus propios labios. Se entregó entonces, a los brazos que lo rodeaban, a las manos que buscaban sobre su piel divinos secretos. Manos expertas que vagaban tocando en los lugares precisos, en los sitios más erógenos de su cuerpo, haciéndole arquear la espalda y morderse los labios con fuerza. Hacía demasiado tiempo que no se sentia así. Extrañaba tanto el placer sexual, el movimiento sensual de estar junto a un amante.

Sólo hasta ese momento comprendía el grado de añoranza que sentía su cuerpo. Anhelo por esa segunda presencia, por el calor de una boca ardiente, por la fricción de dos cuerpos rozándose, por la angustiosa espera al pensar en poseer el otro cuerpo o ser poseído salvajemente. Y extrañaba enormemente el placer que siempre lo recorría, la sensación de sentirse completamente lleno, como si no necesitara nada más.

Y esas caricias, oh, divinas caricias que se extendían por su cuerpo le hacían vibrar de nueva cuenta.

-Gaara-san...

Esas manos poseían entonces una voz suave aunque varonil, algo conocida. Y le susurraba al oído, sensualmente, y le hacía erizarse de forma irremediable.

Prontamente las caricias se hicieron más intensas, y las manos descendieron hasta tener atrapado su miembro. Gaara sintió que se derretiría en ese instante. Ya ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que alguien lo había tocado de esa forma. Pero, contrario de lo que esperaba, las manos no se detuvieron ahí. Pasaron de su miembro y se dirigieron justamente a su entrada. Gaara estuvo divagando largo rato, sin comprender realmente, hasta que un agudo dolor en la parte baja le hizo arquear la espalda en un ángulo casi imposible.

-¡Aaahhh!- gritó al sentir un dedo abriéndose paso en su interior. Abrió los ojos con fuerza y, como impulsado por un resorte, se levantó rápidamente de su posición.

Sus hermosas gemas azules parecía iban a saltar de sus cuencas, y su pecho se movía de forma arrítmica y exagerada. La habitación estaba en penumbras y Gaara observó a su alrededor, constatando que todo no era más que una pesadilla. Se llevó una mano al rostro y secó el sudor que corría por su frente. El primer pensamiento que había pasado por su cabeza había sido uno de espanto al percatarse de qué imágenes reproducía su imaginación, pero luego simplemente era la sorpresa al observar el reloj y percatarse de que eran casi las cuatro de la madrugada.

Había logrado dormir poco más de dos horas.

Sintiéndose aún un poco confundido y con las piernas algo temblorosas por lo claro y vívido de su sueño, Gaara se levantó de la cama. No sin cierto alivio contempló el colchón con sus pulcras sábanas blancas, ni un pétalo sobre ellas. ¿A qué se debía todo ese sueño? ¿Y por qué con Lee precisamente? Porque esa era su voz, ahora se daba cuenta.

Se fue al baño contiguo a su cuarto y abrió la llave del agua fría. Observó el lavamanos con intensidad, como si este tuviese las respuestas a sus preguntas. Cuando comprendió que nadie iba a contestar, se echó una generosa cantidad de agua sobre el rostro. Reprimió un escalofrío al sentir el agua helada, pero no se movió ni dijo nada, tan sólo alzó la mirada y se observó en el espejo del baño. ¿Qué demonios estaba pasando con él?

"Para colmo ahora me acosa en mis sueños...", pensó sintiendo una extraña mezcla de aversión, sorpresa y deseo.

Tenía que acabar con todo eso.

Tenía que encontrar una solución a ese problema antes de que las cosas empeoraran.

Debía exterminar de raíz esa incomodidad que respondía al nombre de Lee.

Y debía hacerlo pronto.

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CONTINUARA...