2. TORTUGA


Qué frío estaba el suelo de la habitación de Kyouya. Fuyumi se apresuró a arrastrar un sillón hasta la cuna para proteger sus pies de las heladas baldosas.

Los niños Ootori eran insomnes, pero ese era un secreto que los adultos preferían ignorar. Normalmente se quedaban en la cama, aburriéndose en la oscuridad ante el tenue resplandor de sus acuarios.

Pero Kyou-chan no iba a protestar; era un bebé muy solemne y muy tranquilo.

Se inclinó sobre la cuna. Los dos hermanos se miraron fijamente durante un segundo, y luego la niña suspiró.

- Se ha muerto Conchita – le informó, y tan pronto como las palabras dejaron sus labios, sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas – y Padre y Akito y Oniisan han dicho que fue por mi culpa - Kyou-chan parpadeó y se tocó la nariz – Padre dijo que... era una tortuga-bebé, como tú, y que no tenía que haberla puesto en el tanque con los demás peces... – estaba a punto de contarle a su hermano cómo se la había encontrado, atrapada entre dos corales, con la boca entreabierta y los peces tropicales devorando los restos de su cuello, pero tuvo miedo de que pudiera entenderla y le provocara pesadillas – y luego... – sorbió, porque se estaba ahogando - ...y luego Oniisan la sacó del acuario y me dijo que se la iba a llevar a clase, porque esta semana estaban diseccionando animales... – el bebé formó una pequeña "o" con la boca y frunció el ceño- ... y yo quería incinerarla, como hicimos con los abuelos, pero Padre dijo que eso sería un desperdicio y Madre dijo que las tortugas no tienen alma, y que no hay que honrar su muerte, que eso sólo se hace con los humanos... y que si la quería tanto debería de haberla cuidado mejor.

Sollozó un rato, escondiendo la cara entre las manos. Cuando se recuperó un poco, levantó la vista y vió que su hermanito había conseguido ponerse de pie dentro de la cuna y ahora estaba balanceándose, agarrado con fuerza a los barrotes y observándola. Fuyumi se sintió ligeramente avergonzada.

- Me dan miedo los peces de mi acuario, son malos – confesó- y tú todavía no tienes uno... – le acarició el suave pelo negro, y el bebé se quejó con un gorjeo- ... te prometo que de ti sí que cuidaré bien. No dejaré que nadie te devore. Ni que te quedes atrapado, ni que te ahogues. De verdad. –volvió a llorar, y a mascullar palabras sin sentido – te lo prometo, Kyou-chan, te lo prometo...

Se quedó dormida en el sillón, con una mano dentro de la cuna de su hermano. No vio la luz roja que parpadeaba al lado de la almohada del bebé, ni supo nunca que, gracias a la avanzada tecnología de los intercomunicadores, había proporcionado un poco de alivio a Tachibana, quien hasta ese momento creía ser el único protector del "desliz" de Yoshio Ootori.