4. PUNTAS
Tenía mucha sed. Su pierna izquierda palpitaba. Intentó moverse, respirar, pero sus miembros agonizaban de languidez.
Abrió los ojos. Un biombo de seda blanca, – como el tutú- orquídeas en la mesilla, – el ramo de flores para la primera bailarina- y un súbito estallido de dolor dónde tendría que haber estado su rodilla hicieron que recordara.
El Club de Ballet de Ouran competía contra Santa Lobelia y su muy expresiva y fantasmagórica interpretación de las Wilis –espíritus vengativos de jóvenes muertas antes de su boda- en el concurso nacional de danza. Sin embargo, Fuyumi creía que Ouran tenía posibilidades con Coppelia –un ballet cómico sobre un joven que se enamora de una muñeca autómata. Fuyumi era la primera bailarina.
Se había sorprendido al encontrar un ramo de orquídeas en el camerino y una caja blanca con una tarjeta de parte de Padre. Él nunca había acudido a sus representaciones durante los festivales de la escuela; era imposible establecer contactos y crear alianzas en la oscuridad y el silencio del anfiteatro. Soltó un gritito de alegría al ver, dentro de la caja, un nuevo par de puntas enteras de seda roja hechas a medida. Fuyumi leyó la tarjeta:
Da todo lo que tengas; hazlo lo mejor que puedas.
Viniendo de él, equivalía a contratar a un equipo de animadoras.
Había salido al escenario llena de esperanza y de alegría, dispuesta a bailar con todo su corazón, a saltar más alto que nadie en los grand-jetés y a patear los pomposos traseros de las chicas del club Zuka...
... pero durante el pas-de-deux algo falló; su pie titubeó, y un calambre espantoso recorrió su pantorrilla. Intentó aferrarse a su compañero, pero la caída fue dura y el aterrizaje sobre la rodilla, agónico.
Padre estaría tan avergonzado...
- Tendrá que hacer terapia de rehabilitación – el cuchicheo con olor a yodo al otro lado del biombo la sacó de su ensoñación – Y no podrá volver a bailar. Pero podría haber sido mucho peor; por lo menos hemos salvado la rodilla.
Fuyumi se clavó las uñas en la palma de la mano para no llorar. Unos segundos después, Yoshio Ootori y su omnipresente asistente apartaron el biombo e invadieron su campo de visión.
- Supongo que lo has oído – comentó al ver que estaba despierta.
El asistente liberó una silla del traje de danza de Fuyumi y Yoshio Ootori tomó asiento.
Los vidrios cuadrados de sus gafas eran el único resplandor en la penumbra de la habitación.
- Mira el lado positivo; podrás desarrollar otros intereses...– una pausa calculadora - ... he estado hablando con Suoh-san y me ha comentado que hay una vacante en el Club de Jardinería. – Fuyumi le miró por el rabillo del ojo y esperó el golpe – He oído que Shido-kun, el heredero de la banca Shido, es un gran amante de las plantas.
Los lazos de las puntas eran de seda en vez de raso, y más delgados de lo normal. No había tenido tiempo de desgastar la suela para evitar que se deslizara sobre el escenario. Nunca antes se había resbalado, ni tropezado, en mitad de una función.
Yoshio Ootori apartó un mechón de la sudorosa frente de su hija. Su mano era tan fría como su voz.
- ¿Qué me dices?
¿Acaso tenía alternativa?
-Sí, padre.
