5. JARDÍN


Fuyumi no era tonta, aunque para el resto de su familia "calidez" fuese sinónimo de "imbecilidad". Por eso supo, desde el momento en el que entró con sus muletas en el invernadero y Shido-sempai le ofreció una silla de ruedas con un cojín verde hierba, que él era consciente del acuerdo entre sus dos familias.

Pero. Sus cejas eran rectas y sus manos, rudas. Tenía barro bajo las uñas y cicatrices de rosales en la yema de los dedos. Fuyumi sonreía dulcemente y alababa el trabajo de los párvulos – ese bonsai está creciendo muy bien, Mori-chan; Hani-chan, ese fresal hubiera muerto si tú no le hubieras... liberado... de sus frutos.- y pesaba en la balanza los callados cuidados de Shido-sempai y las ambiciones de Padre.

Era invierno, y la falda de raso color diente de león se deslizaba más arriba de la rodilla, y Shido-sempai comentaba lo hermosas que eran las flores de nieve de su escayola - las dibujó mi hermano pequeño- y era primavera, y las manos de Shido-sempai se unían a las suyas cuando enseñaba ikebana a las niñas – ¡qué lindas flores de azahar, Kanan-chan!- y en junio los cielos se abrieron y la humedad del invernadero empapó la frente del muchacho y el olor de su pelo se mezcló con el de los lirios; y llegó el verano y Fuyumi se sorprendió añorando la jaula de cristal y el sedoso roce de las hojas –de los dedos- de su compañero.

Intentó recrear los rosales de Ouran en el jardín de Karuizawa. A veces Kyouya se unía a ella, esparciendo semillas de campánula silvestre alrededor de sus injertos. Un atardecer de agosto crujió la gravilla y Fuyumi extendió la mano para coger la regadera que le había pedido a su hermano menor.

En vez de eso, recibió una áspera caricia en el interior de su muñeca y el alivio de un beso en las heridas de sus dedos.

Fuyumi dejó caer las tijeras de podar.

- Ootori-san. –saludó él.

- No pienso casarme por los negocios de mi padre. – se le escapó a ella.

Shido-sempai enderezó un esqueje y retiró un pulgón del capullo de una rosa.

- No solicité tu entrada en el club por los negocios de tu padre. –replicó él.

Fuyumi no se sorprendió cuando sus labios le supieron tan frescos como el rocío.