Capítulo 2: Leyendas
[Nunca morirás
Una leyenda tú serás
¿Oyes que tu nombre clamarán?]
Legends Never Die (ft. Against The Current) – adaptación al Español a partir de un cover de hitomi flor (no es una traducción literal, aunque la letra original también me gusta).
Olivia Smith – 13 años – Distrito 9
Asistir a clases se volvió extraño desde aquel día. Cuando, tras el anuncio del presidente, la directora nos reunió a todos los niños cosechables del colegio y anunció que nuestras familias recibirían una lista de todos los "jóvenes en edad de cosecha" para que nadie se equivoque el día de mañana. Aunque dijo que no teníamos por qué memorizarlos todos, solo uno, el que quisiéramos y nos salvaríamos. Me pareció algo muy malo y cruel, pero yo tampoco quiero ir, así que no lo dije.
Desde entonces hay un ambiente raro en clase. Los niños cuchichean, se pasan papeles y se miran entre sí de forma rara. Incluso he visto un chico colgar un cartel con su cara en el tablón de anuncios. Me pareció llamativo porque él me pasa tres años y no es de nuestra clase. Pero como fue durante el recreo, no le presté mucha atención. También los profesores actúan raro, una de ellas incluso se echó a llorar en una clase. Al parecer tiene un hijo de nuestra edad y tiene miedo de que alguien lo nombre. Y luego está ella…
La profesora Tuli se puso pálida la primera vez que vio el cartel. Lo arrancó y luego apareció otro unos días después. Al parecer es una especie de publicidad. Aunque no entiendo por qué alguien se publicitaría para los juegos.
—Dice poder conseguirlo. —Explicó ella, con un tono muy feo, cuando se lo preguntamos.—No sé qué se le pasó por la cabeza, pero dice poder conseguirlo. Es tan absurdo. —Y soltó una carcajada cuando menos agria. —Aun así, si en la cosecha dicen vuestro nombre, tal vez deberías pensar en él. Sentenciar a alguien así es horrible, pero morir… —Posteriormente, se quedó callada mirándonos como si estuviera pensando mucho y dijo: —¿Sabéis qué? Os voy a contar una historia…
Y se puso a hablarnos de un dragón que secuestró a la hija del rey y un héroe que se ofreció a salvarla, a cambio de una recompensa. Durante el periplo conoce a unos amigos y estos le ayudan, pero no le acompañan. Luego encuentra un tesoro, así que ya tendría una recompensa. Pero no lo coge y sigue adelante. Porque es alguien bueno. Al final trae a la chica a casa, pero como el dragón lo atacó, también muere. Me pareció un final muy triste.
—Con esto no digo que el tal Mathias sea como este héroe. Solo quiero que reflexionéis. En el dragón, el héroe y la joven princesa. Hay personas así en la vida real, niños como la princesa que tienen la mala suerte de ser víctimas. Dragones con forma humana que se dedican a hacer el mal. Y los héroes, que se esfuerzan por volver este mundo mejor. El día de la cosecha es muy malo, perdemos a nuestros niños por muy poco. Y este año os toca mandarlos a la muerte. Es horrible, pero quizás, solo… Un nombre pueda hacer la diferencia. Pensad en ello. —No sé por qué, pero parecía a punto de llorar. Mi mamá me dijo que es porque no le gustan los juegos. Que siempre está de mal humor el día de la cosecha. Pero yo no vi a nadie feliz ese día.
En cualquier caso, no he dejado de pensar en ello. El ambiente raro de nuestra escuela y lo que dijo. Algunas de las niñas más malas nos han pedido disculpas. Pero no pensaba nombrarlas, de todos modos. También vi a dos chicos pelear, en el patio, y uno de ellos gritó que diría el nombre del otro en la cosecha. Creo que no iba en serio, pero el chico lo creyó y se puso a llorar. Luego la directora se los llevó a los dos.
No he dejado de pensar en ello desde entonces. En que diga el nombre que diga lastimaré a alguien. Papá dice que no debería de pensar en eso, sino en seguir viva. Mamá está de acuerdo, pero dice que entiende que yo no pueda hacer eso. Que ella tampoco podría. Le pregunté a quién nombraría, en mi lugar, pero me contestó que no sabía. Algunos niños van a decir los nombres que les mandaron sus padres, así que pensé que era una buena opción para mí. Pero mamá insiste en que la decisión es mía.
Así que ahí estoy, viendo a mis compañeros jugar mientras pienso en ello. Me han invitado a seguirlos, pero me negué. No soy capaz de jugar, como si todo fuera tranquilo mañana. No lo será. No me gustaría morir, pero tampoco quiero matar a nadie. Si al menos ambas pudiéramos sobrevivir…
Es entonces cuando lo tengo claro. A quién quiero nombrar y por qué. Alguien que creo que puede conseguirlo: Leanne Aldritch.
Ella es especial. Es muy valiente y la más rápida del distrito. La he visto correr en el patio del colegio y siempre sobrepasa a todos. También jugar a la pelota en la plaza del distrito, aunque los adultos le riñan. Nunca la he visto rendirse o perder a algún juego. También es fuerte, puede levantar sacos de harina bastante pesados. Y es muy simpática, le cae bien a todo el mundo y tiene muchos amigos. No, tal vez eso último no sea tan bueno. Significa que mucha gente la echará de menos si muere. Y que me odiarán… No, no debo pensar en eso último, ella vivirá. Viviremos las dos.
Pero… Aun así… Yo… No soy capaz de dejar de llorar al escuchar a la escolta decir mi nombre en aquella cosecha. No quiero ir. No quiero sufrir, ni tampoco morir. No quiero que mi mamá me vea suplicar por mi vida en televisión. Y Leanne… Lo siento mucho, pero creo que puedes conseguirlo. Podemos vivir las dos.
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Leanne Aldritch– 16 años – distrito 9
—Lo siento. Lo siento mucho. —La niña cosechada no para de llorar en el micrófono. Tiene trece años y me da bastante pena. La conozco de vista, su padre es panadero y algunas veces ayudé a mi madre a llevarle sacos de harina o las semillas que consigue mi padre en el campo. No nos pagan mal por ellas. —No quiero morir, ni quiero mandar a nadie a la muerte. —Sigue diciendo ante todo el distrito. Me siento mal por ella, pero aun así espero que diga un nombre. Es una niña pequeña que no merece ir allí. Ella se queda callada un minuto y la escolta la observa triste. Es entonces que siento que mira a mí. No, eso es imposible, no tiene nada contra mí. De hecho, nadie lo tiene, ya que soy bastante popular. No tengo ni un solo enemigo en el distrito.
Mi vida es muy tranquila como para que la cosecha me inquiete. Voy a la escuela, hago mis tareas, trabajo en el molino de lunes a sábado y los domingos salgo a la plaza con mis amigas. Tampoco mi familia es mal vista por el Capitolio, ni nada. Así que no creo que me nombren.
Olivia sigue hablando sobre una chica genial y asombrosa. La más simpática y la mejor de la escuela. Es entonces cuando me empiezo a rallar, todos los chicos del distrito vamos al mismo colegio y no conozco a nadie allí que sea mejor que yo. Soy creativa, me gusta mucho correr e inventar juegos. También soy competitiva y no me gusta perder, así que siempre me las arreglo para ganar limpiamente. Además, como mi madre es camionera y no tiene a nadie con quien me quede, suele dejarme sola en el asiento del copiloto, mientras trabaja. Eso ha hecho que conozca a todo tipo de personas y desarrolle habilidades sociales. Pero aun así, no creo que… No ¡No!
Es lo que termino gritando cuando Olivia dice mi nombre. Ha pronunciado un discurso emotivo sobre que si alguien puede volver de la Arena tengo que ser yo. La escolta está conmovida, la elogia llorando lágrimas de cocodrilo. Luego me llama a mí:
—No. No puedes hablar en serio, yo no puedo lograrlo. ¡No puedo ganar los juegos! —Sigo gritando, sin moverme del sitio. Esto es una pesadilla. —Así que vas a decir otro nombre, ¿verdad? ¡Elige a alguien más! —La niña repite un «lo siento», pero no me hace caso. Y yo me altero más, esto no puede estar pasando. Luego me giro hacia la escolta. —¡Ella va a decir a otra persona, ¿a que sí? ¡¿A que sí?! —Suplico, la mujer aparta el rostro hacia la niña, pero ella niega con la cabeza y retrocede. Ahora estoy histérica: —¡No puedes mandarme a mí! ¡Nombra a otra persona ahora mismo!
Los agentes parecen decidir que ya está bien y se acercan a mí. La niña vuelve a disculparse y se aparta, pero no dice otro nombre. Parece muy asustada. Yo les sigo gritando que esperen, que no pueden hacerme esto y Olivia dirá otro nombre. Pero los hombres me ignoran y agarran para llevarme a la tarima. Me pongo a patalear y chillar ¡No! ¡Esto no puede ser! Mis amigas están pálidas y aterrorizadas, pero ninguna sale en mi defensa. Nadie detiene a Olivia en su camino de regreso, para que diga otro nombre ¡Cualquiera menos el mío! Me siento traicionada. Sigo gritando que no e intento escaparme cuando me sueltan. Terminan metiéndome en el edificio de justicia, antes siquiera de que la escolta diga el nombre del chico. Porque no paro de moverme y gritar que esto no es justo. Esto no puede estar pasando.
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Madison Husting (Maddie)– 15 años – Distrito 10
Hoy es peor día del año, peor incluso que el día en que perdí a papá, este al menos no se repite todos los años. Aunque siento que una parte de mí lo haría, si con eso volviera a verle. Tengo tantas preguntas…
Cuando tenía cinco años, nuestro padre se desvaneció para no volver jamás. No se despidió, ni dijo nada especial, o al menos que yo recuerde. Simplemente, desapareció un día, poco después de dejarnos a mí y a mis tres hermanas mayores en el colegio. Mi madre lo estuvo buscando durante mucho tiempo, pero tras cinco años nos reunió a las cuatro y dijo que lo sentía, pero que no creía que regresara a casa. Que había pasado mucho tiempo y lo más probable era que él ya no estuviese en nuestro mundo. Estaba tan triste que no podía parar de llorar. Mi hermana Patricia me abrazó, llorando ella también, solo tenía dos años más que yo y ya estaba confortándome. Después mamá nos entregó unos a cada una un pequeño relicario con la foto desvaída de una mujer. Dijo que era una de nuestras antepasadas y que nos daría suerte. También nos pidió que siguiéramos adelante.
Nunca quiso hacerle un funeral. Tampoco casarse, ni juntarse con alguien, siguió trabajando en la hacienda y criándonos sola, junto con sus padres. Cuando Brianna se hizo mayor comenzó a ayudarla con los animales y a encargarse de nuestra educación. Nos enseña muchas cosas útiles para el futuro, como administración, negociación y todo tipo de cosas. El resto de la familia (mis dos primos, junto a sus padres), también trabaja en la hacienda. Wendy, Patricia y yo no tardamos en seguir la cadena. No sabía que trabajar fuera tan duro.
En el distrito somos consideradas privilegiadas, me pareció raro porque hace un año que apenas puedo quedar a jugar con mis amigos. Cuando no estoy en el colegio, estoy en la granja, ordeñando las cabras y ayudando a mi tío con el queso. O en las «clases suplementarias» de Brianna, junto a Patricia. Desde que nos enseña estoy comenzando a verla como nuestra segunda mamá.
En cuanto a Wendy, ahora tiene diecinueve años y ayuda a mantener la tienda donde se venden los quesos que fabricamos mi tío y yo, junto con otras personas. Eso hizo que nos hiciéramos un poco más cercanas, también. Aunque no siempre solemos andar juntas.
Patricia y yo, en cambio, lo hacemos un poco más. Como tengo poco tiempo libre me cuesta tener amigos fuera de la hacienda y a ella, creo que también. Es muy cariñosa y entusiasta, así que jugamos juntas a menudo y nos llevamos muy bien. Dejó el colegio a mi edad y desde entonces se dedica al cuidado y cría de los otros animales de la hacienda. Según me contó mi primo, Jonathan, que trabaja junto a ella, asistió en varios partos. Es muy fuerte, yo no creo que pueda ayudar en eso y espero no tener que hacerlo nunca.
Es justo lo que estuve haciendo hoy: ayudar a Wendy con la caja, a pesar de que es día de cosecha. Me pidió ayuda, ya que, según le dijo Brianna, se me dan bien los números. Y mi tío no tiene mucho trabajo para mí.
No es que no haya nada que hacer, sino que lo que hay es "cansado" o "bastante pesado". Algunas personas tienen la suerte de no trabajar en día de cosecha, pero nosotros no. Si no lo hiciéramos, todo se caería a pedazos. Es la frase favorita de nuestra madre. La entiendo, pero también me gustaría tener más tiempo para mí.
Cuando terminamos ya casi es hora. Patricia tiene el tiempo justo de ducharse y prepararse con su mejor vestido para la cosecha y yo también. Mi madre me ayuda a peinarme.
—¡Estás hermosa! —Me felicita con el rostro a borde de las lágrimas. Las mismas que bajaron del mío poco después. —Tu padre estaría muy orgulloso de ti. Os parecéis tanto… —Y tras limpiarse las lágrimas con el brazo, nos deja a ambas, (Patricia y yo), en la plaza del distrito.
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Me gustaría decir que todo salió bien. Que la escolta dijo otro nombre y ambas regresamos a casa. Pero no puedo. Hoy fue una cosecha especial, un vasallaje. Un chico y una chica de 12 a 18 se despedirían, quizás para siempre, pero no sería el escolta el que lo escogiera. Si no nosotros, yo…
Es fue el nombre que pronunció la escolta, ante todo el distrito. El mío. Me puse pálida y empecé a temblar. Esto no podía estar pasando. La escolta me mira como si me estuviera juzgando. No quiero ir, pero poco se puede hacer. Avanzo hacia el frente como en un trance. Quiero llorar.
—Anímate, esto se pasará rápido. —Dice entonces, pero su voz suena muy falsa. —Solo tienes que decir, otro nombre, ¿sí? —Ahora su expresión se vuelve dulce y me roza la mejilla. Yo niego con la cabeza y doy un paso atrás ¡No quiero estar aquí! —¿Qué nombre vas a decir?
No puedo más y me echo a llorar. No puedo hacerlo. No puedo matar a ninguna chica o niña de este distrito; porque eso es lo que haré si le hago caso. Ganar los juegos es muy difícil.
Aun así, no quiero morir. Es lo que me viene a la mente cuando la escolta insiste en que diga un nombre. Que si no lo hago tendrá que declararme como la tributo de este año. Y yo… No, no puedo.
Termino repitiendo la misma frase en bucle, hasta que una voz se alza entre el silencio de la plaza. Abajo una chica se está abriendo paso, proclamando mi nombre. No me doy cuenta de que es Patricia hasta que pronuncia otra frase: «¡Di mi nombre!»
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Patricia Husting – 17 años – Distrito 10
La primera vez que tuve que asistir a un parto estuve a punto de devolver mi desayuno. Mi primo entró en casa pidiendo un par de manos extra; ya que la cerda llevaba un tiempo gimiendo y pateando con una de sus patas traseras. Al parecer le estaba costando mucho sostenerla y sacar el lechón. Y como todos los otros empleados fuertes estaban ocupados, tuve que ser yo.
Fue horrible, el animal gemía y no paraba de moverse. Mi primo se untó las manos con aceite y puso la mano en su vejiga para sacar a la cría. Se trataba de un macho que estaba viniendo de nalgas. No sé cómo lo hizo para girarlo y sacarlo, prácticamente desvié la mirada en cuanto pude. El lechón estaba bien, lo cual me sorprendió. Y una vez mi primo lo sacó, los demás fueron saliendo sin problemas. No uno, ni dos, sino muchos lechones. Recuerdo que estaba muy asombrada. Ver a doce animalitos rosados salir de un solo cuerpo no es algo de todos los días. Les limpiamos la mucosidad de la boca y las narices antes de frotarlos y colocar su boca en los pezones de la madre. Si no respiraban les daba unas palmadas, para estimularlos. Los sonidos que hicieron al hacerlo me hicieron reír, pero la sangre y otros olores no me permitieron alegrarme del todo. No hasta que lo convertí en una tarea más.
Hoy en día ya casi nada queda del shock inicial. Todo es tan rutinario que ya no cabe hablar de ello. Asistí a otros partos, limpié los excrementos y me encargué de fabricar abono cuando me lo pidieron. Pero ninguno de estos actos me preparó para lo que iba a pasar hoy.
Nunca he pensado en los juegos como una realidad para ninguna de nosotras. Brianna y Wendy son demasiado mayores ya y Maddie y yo nunca tuvimos que pedir teselas. Somos privilegiadas, trabajamos tanto como los múltiples empleados de la hacienda de nuestra madre, pero vivimos muy bien. Es cierto que no tengo muchas relaciones, desde que dejé la escuela. Únicamente, mantengo una amiga del colegio: Randa Cooper. Pero no me importa, siempre he sido algo tímida y reservada, así que lo llevo bien. Es lo que hice hasta que escuché su nombre. Llevarlo bien…
Mi hermana, mi pequeña amiga y compañera de juegos. La vi ponerse pálida y avanzar hacia la tarima, sin decir ni una palabra. Quise mantener la esperanza en que no pasaría nada. Que diría otro nombre y todo seguiría su curso. Pero ella no podía. No paraba de llorar y proclamar que no podía hacerlo. Y yo… Me sentí como aquella vez.
No pude hacerlo, quedarme callada mirando mientras ella iba a los juegos se me hacía imposible. No creo que pueda ganarlos. No es que yo sí pueda, pero al menos creo que aguantaría un tiempo. Lo cierto es que estoy tan desesperada que cualquier cosa me valdría para darme esperanza. La gente la miraba con tristeza, pero nadie se movió. Tampoco es que lo esperara, en nuestro distrito muchas veces cosechado es sinónimo de cadáver. Pero ella… No soy capaz de imaginármela en una arena. Podría morir tan fácil…
—¡Patricia! ¡No! —Mi hermana llora aún más fuerte si cabe y niega con la cabeza. No quiere hacerlo. No quiere mandarme a los juegos, ¿pero qué podemos hacer? La alternativa es que vaya ella. —No puedo hacerlo.
—¡Por favor! —Casi le suplico al borde del llanto. Estoy asustada, temo que en cualquier momento la escolta se harte y nombre a mi hermana como ganadora. —¡Maddison! —Grito más alto y me acerco hasta rozar la escalera. —¡Por favor! Sé que puedes hacerlo ¡Di mi nombre!
Siento que se me va a romper la voz de tanto gritar, pero no puedo parar. Mi hermana sigue resistiéndose y un agente se interpone cuando me pongo frente a la escalera. Quiero subir, sacar a mi hermana en brazos y alejarla de allí. Vuelvo a gritar que lo haga, que diga mi nombre y termine con esta pesadilla. El agente levanta la mano, pero la termina bajando al ver que no pretendo empujarle. Solo captar la atención de mi hermana.
—¡Por favor, Maddie! Tú no puedes querer esto. —Es lo que termino diciendo, en tono de súplica. Todo el distrito nos está mirando. —¡Estaré bien, ¿me oyes?! ¡Estaré bien! —La escolta se acerca a ella para quitarle el micrófono de las manos, pero mi hermana tira en dirección contraria.
—Está bien. —dice entonces, en un susurro, temeroso, y se lo acerca a los labios: —¡Patricia Hustings! —El hombre se aparta y yo comienzo a avanzar, replegando mis miedos. Ahora es demasiado tarde para echarse atrás.
—Eres su hermana, ¡qué conmovedor! —La escolta exclama mientras que yo asiento, todavía algo afectada. La gente del distrito no solo no ha dejado de mirarme, sino que tampoco obedece cuando pide un aplauso. No parecen nada contentos. —¿Nada? Pasaremos al tributo masculino, entonces.
Cuando me pasan al edificio de justicia sigo sin tenerlas conmigo. El otro tributo es un chico un año mayor que yo, que se negó a decir otro nombre. Es más grande que yo, lo cual me preocupa bastante. Si los profesionales de estos juegos son tan enormes como él, puedo considerarme perdida.
—¡Lo siento! —Son las primeras palabras que pronuncia Maddie, en cuanto entra, junto a mi madre y mis otras hermanas, y corre a abrazarme. Todavía sigue llorando. —No quería decir tu nombre, pero no sabía qué hacer. —Yo niego con la cabeza y la estrecho contra mí.
—No hay nada que perdonar. —Respondo con voz serena. Yo decidí pedírselo y nada hará que me arrepienta. —Voy a intentar ganar, ¿sí? No tienes nada de que preocuparte.
Ella asiente, pero no para de llorar. Brianna se acerca a mí.
—Cuando te escuché gritar, sentí que se me paraba el corazón. —Confiesa, yo asiento y me estremezco, también quiero llorar, pero si lo hago no podré parar. No quiero morir. —Eres muy valiente, Patricia.
—Puedes ganar. —Dice entonces Wendy y también se acerca. —Eres muy fuerte. Jonathan nunca te ha visto vomitar ni una sola vez. Y eso que no te ha faltado razones desde que asistes en los partos. —Y luego suelta una risa suave que hace que se me eleven las comisuras de los labios. —No temes al trabajo duro y estás tan o más en forma que algunos de nuestros empleados. También sabes nadar y no se te dan mal los juegos de azar. Creo que si te esfuerzas podrías hacerlo. Pero tienes que darlo todo. —Agacho la cabeza, sintiéndome culpable ante su optimismo, pero igual asiento. Es entonces cuando le toca a mi madre.
—Hace cinco años os di esos amuletos para que os protegieran siempre. —Se refiere a nuestros relicarios, cada una de nosotras lleva el suyo al cuello, atado con una cadena de crin de caballo. —Hoy os propongo una cosa, un pequeño ritual que nos mantendrá unidas para siempre. Acercaos, niñas, por favor. Maddison, tú por aquí. Brianna frente a mí, necesitaré de tu ayuda. —Y saca un pequeño cuchillo, a la par que me pide abrir el relicario. Mi hermana pequeña se paraliza. —No te preocupes, Maddie, solo será una gota. —Le pasa el cuchillo a Brianna, quién le hace un corte suave y fino en el dedo. —¿Ves? —Deja caer una gota de sangre y ella se separa de mí y asiente débilmente. Mamá entonces le pide que se acerque para pincharle suavemente un dedo y otra gota de sangre cae en el objeto. Wendy y Brianna, en cambio, deciden hacerlo ellas mismas.
—¡Por nuestra próxima reunión! —Clamo solemnemente, junto a ellas, cuando me toca hacerlo a mí. Es un ritual extraño pero muy significativo. Prometemos hacer lo posible para que nos reunamos de nuevo. Lograr un milagro: mi victoria y regreso al distrito lo más entera posible.
Cuando les toca partir ya no tengo ganas de llorar. Estoy lista. Tal vez no para ganar, pero sí para luchar. Puedo hacerlo.
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Agahsjshdjs. ¡Me encantan estas chicas! Cuando escuché la canción por primera vez no pude evitar pensar en ellas. Pero no fue hasta ayer que me puse a escribir el Capítulo, en serio. Como veis no sigo un orden en concreto, únicamente priorizo las cosechas frente a los otros procesos póstumos. No tuve el corazón para hacer la despedida de Leanne, así que su familia me queda a deber. (Tiene dos hermanos y muchos perros, para quién le interese) Prometo darle más atención en futuros povs, no quiero que nada se quede a medias. Leanne Aldritch es un tributo de alphabeta, mientras que Maddison y Patricia pertenecen a Stelle. Espero que os haya gustado el Capítulo y nos leemos :D.
