¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.

La historia está preservada bajo derechos autor!

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TREINTA Y SIETE

Isabella.

Edward colapsó sobre sus brazos colocados a lado y lado de mi rostro, mientras intentaba controlar su errática respiración con los ojos cerrados, también intentaba controlar los latidos de mi corazón y el suministro de oxígeno en mi cuerpo, pero no podía dejar de verlo, a pesar que me sentía completamente agotada. Aún podía sentirlo en mi interior, no tan firme como segundos atrás, sus pestañas revolotearon antes de abrir sus ojos y regalarme una media sonrisa.

—Hola… —dije sin dejar de mirarlo.

—Eso fue…

—Intenso —completé por él, salió de mi interior recostándose a mi lado, su mano sobre mi vientre como no queriendo romper del todo la conexión que habíamos tenido segundos antes.

—Fue glorioso —se río—. Mierda, todavía creo que morí y estoy experimentando algo extrasensorial.

Me giré rápidamente colocando la mitad de mi cuerpo sobre el suyo, se sintió de maravilla tener su piel junto a la mía, digo, habíamos estado desnudos hacía un momento, pero ahora… él me besó.

—¿Dónde fuiste?

—Solo recordaba… —descansé mi cabeza en su pecho y bostecé, a pesar de que había dormido gran parte del día estaba completamente somnolienta. Edward deslizó su brazo bajo mi cuerpo y me atrajo hacia él, levanté la mirada para verlo pelear con sus párpados—. Tengo sueño —él me apretujó más a su cuerpo y dejó un beso en mi cabeza.

—Duerme —su voz se escuchó aún más aletargada que la mía—, yo cuido tus sueños.

Algo suave se deslizó por mi brazo haciendo que me removiera, estaba cansada y quería seguir durmiendo por lo que no le presté demasiada atención. Sin querer despertar del todo, tenía calor, pero era consciente de que estaba completamente desnuda, inspiré profundamente y un fuerte olor varonil se coló por mi nariz, también olía a sexo, mucho sexo, abriendo los ojos encontré a Edward observándome.

—Hola —susurró retirando un mechón de cabello de mi rostro.

—Hola —mi mano acarició su pectoral cubierto de vello—. ¡Jesús! Eres pura piedra —sonrió—. ¿No obtengo un beso de gracias por despertar? —Su sonrisa se hizo más ancha.

—No sabía si querías un beso.

—¿Y por qué no lo voy a querer? —Me levanté e hice mi boca como un pato, Edward negó con la cabeza, pero me dio un beso rápido, me dejé caer en la cama, feliz—. Estamos desnudos bajo la sábana ¿verdad?

—Tú, yo tengo un bóxer.

—¿Y cómo por qué razón en el cielo tienes un bóxer?

—La tina está llena y tibia para ti —dijo cambiando el tema.

—No quiero bañarme —me arremoliné entre las cobijas—, estoy bien aquí.

—No fuimos muy limpios.

—Me gusta estar sucia ¿no te has dado cuenta? —rechisté.

—¿El sexo despierta en ti el espíritu combativo? —cuestionó con media sonrisa.

—Y a ti te pone risueño, de haberlo sabido, poli, hubiese usado mis tácticas de seducción antes. —Él me besó.

—¿Cómo estás?

—Ni medianamente satisfecha, me gustaría obtener más de tu servicio —eso lo hizo soltar una carcajada, me encantaba verlo sonreír, hacía que su rostro se iluminara por completo, todo él resplandecía.

—Yo me refería a la pesadilla.

La pesadilla la había olvidado por completo, estuve tan angustiada, sin embargo él estaba ahí para mí, como desde el momento que pisamos esa cabaña.

—Sin pesadillas, dormí como un bebé.

—Me alegra escuchar eso, ahora necesitamos alimentarnos —deslicé la mano por su abdomen hasta su entrepierna cubierta por la tela del bóxer—. Isabella.

—Fuente de alimento —negó con la cabeza y apartó mi mano.

—Comida —mi traicionero estómago escogió ese momento para rugir, lo entendía, habíamos gastado nuestras reservas de energía—. ¿Escuchas? Fue eso lo que me despertó.

—¿Desde cuándo estás despierto?

—Hace unos diez minutos, pensé que podrías ducharte mientras cocino algo.

—¿Y si mejor nos duchamos juntos?

—Pequeña…

—Dijiste que me querías —entrecerró sus ojos—. ¿No mentías, verdad?

—No, no mentía —me removí y bajé los pies de la cama trayendo la cobija conmigo cuando me levanté.

—Bien —dejé caer la cobija, su mirada se deslizó por mi cuerpo desnudo—, te espero en el baño —se dejó caer contra la almohada—. No te tardes —grité saliendo de la habitación.

Entré a la bañera rápidamente y luego giré el rostro para observarlo entrar al baño que se veía aún más pequeño con él. estaba de pie, frente al lavado, alto, fuerte, musculoso… Mío.

¿Mío?

«No pienses en esas cosas, Isabella».

Dijo que me quería, pero también quieres a una amiga, también quieres follar con la única mujer con la que has convivido los últimos meses.

Ahora estaba confundida.

Sin embargo, cuando caminó hacia mí y bajó su bóxer, todos los pensamientos volaron de mi mente, y cuando se metió detrás de mí en la bañera, literalmente los olvidé.

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Edward

La atraje a mi cuerpo, la temperatura del agua aún era cálida, pero no nos hacía daño, al principio estaba tensa, pero con el paso de los segundos se relajó contra mi cuerpo, la habitación quedó silenciosa y disfruté de la compañía aún cuando nada sucedía.

Por primera vez en mucho mucho tiempo me sentí en paz, sin embargo, sentía que algo le molestaba, Isabella parecía estar relajada y, sin embargo, había un pequeño punto de tensión en la manera en que se recargaba sobre mí.

—¿Qué sucede? —pregunté—. Y no digas que nada, estás, aparentemente relajada, pero también estás tensa, fuiste cómica en la habitación, pero conozco a muchas personas que usan el humor como método de distracción, así que ¿qué está mal?

Ella respiró profundamente antes de girarse, el agua se salió de la bañera, pero no me importó, me preparé para lo que fuese a decirme.

—Tuvimos sexo —asentí—, y yo…

—Tenías miedo a que me mostrará arrepentido —el rubor coloreó sus mejillas y bajó el rostro—. Bella —levanté su rostro con mi dedo índice y luego atraje su boca a la mia, solo quería demostrarle que no estaba arrepentido, pero cuando ella profundizó el beso y me tocó, mi cuerpo se llenó de calor, el deseo que había sentido horas atrás se avivó, Isabella no era tímida a la hora del sexo y me encantaba esa parte, ella era fuego, calor, y me convertía en un volcán, ella me hacía erupcionar.

Mi cuerpo vibraba entero cuando ella llegó al punto de quiebre y su sexo se apretó entorno al mío, exprimiéndome y llevándome con ella al orgasmo, dejó caer su cabeza en el arco de mi cuello, su respiración errática me calentó la piel, el agua se había enfriado y el baño era un absoluto desastre, pero una vez más no estaba arrepentido, tomé su rostro con mis manos y la besé, ella me dio un beso perezoso y luego miró todo lo que habíamos hecho.

—Ups… —sonrió—. Y ni siquiera nos hemos lavado. —No pude evitar copiar su sonrisa.

Se levantó y me tendió la mano, la acepté, sus ojos brillaban, cuando la atraje para un abrazo y dejé un beso en su cabeza.

Nos lavamos sin ningún tipo de contexto sexual y luego la cubrí con una toalla antes de anudar una a mi cintura.

—Ve, yo limpiaré esto —dijo cuando abrí la puerta.

—Yo puedo —negó con la cabeza—. Bien iré yo, intenta no tardar mucho, aún hay calor en la habitación, pero sabes que se disipa rápidamente —asintió y yo salí del baño, había llevado mi ropa a la habitación cuando vine a preparar el baño para ella, me vestí rápidamente y me dirigí hacia la cocina. Guardé lo que había sacado para el desayuno y tomé la bandeja con filetes de pescado, troceé vegetales, patatas y coloqué la charola en el horno, encendí la estufa y monté una olla con un poco de arroz, no era fanático de ese cereal, pero acompañaba bien al pescado. Encendí el computador ya que Jasper iba a enviarme más información sobre el caso de informante, pero los correos estaban vacíos. Escuché la puerta de la habitación cerrarse y supe que había terminado con el baño.

Minutos después vino a mí en unas mallas térmicas y uno de mis jerséis, abrazándome por la espalda en lo que yo revisaba mi correo electrónico.

—¿Todo en orden? —Me giré encerrándola en mis brazos.

—Todo está bien, pequeña

—¿Pequeña? ¿Me haces bullying por mi altura? —alzó una de sus cejas—. Bien, si no es por eso, me gusta. —Hizo un mohín con sus ojos, su estómago volvió a rugir.

—Te estás convirtiendo en monstruo, tengo que alimentarte —me separé de ella y caminé hacia la alacena buscando una barra de pan y la mantequilla de maní y jalea.

—¿Puedo? —volteó el rostro observando el computador, así que asentí. Ella ya sabía que no podía abrir ningún correo, ninguna red social, todo era rastreable.

La vi ingresar al buscador de google y colocar el nombre de su tío en la ventana de búsqueda, rápidamente aparecieron algunas fotografías del atentado y un par de titulares de prensa, navegó por las fotos un momento observando fijamente la pantalla. Empecé a lavar los platos que estaban sucios, pero manteniéndome alerta por si ella me necesitaba.

El silencio nos invadió, pero no era uno del tipo incómodo, le hice un sándwich y se lo entregué luego me dediqué a terminar la cena y, cuando estuvo todo listo, apagué el computador y lo retiré de la mesa dejando un plato frente a ella.

—¿Estás bien? —pregunté buscando su mano sobre la mesa, ella unió sus dedos con los míos y asintió.

—Lo estoy, no soy la culpable de esto —me alegró escucharla decir eso—. Cuando decidí colaborar con las autoridades, Eleazar me dijo algo que ha estado repitiéndose en mi memoria desde que me dijiste lo que ocurrió, él dijo que el ser humano debe aprender de sus decisiones, sean acertadas o no. Esto lo has creado tú. Finalizó, no cargaré con sus muertes, tengo demasiados esqueletos en mi armario, estos ya no caben, aunque si lo siento por Carmen —argumentó con una sonrisa triste.

—Ninguna muerte es tu culpa, ni la de tus padres ni la de Jake, es una injusticia que tus padres, tu hermano y esas dos chicas fallecieran en el accidente, pero ¿crees que Jacob hubiese podido llegar a los cincuenta? ¿Al menos a los treinta? Llevaba una vida de excesos, burlándose de la ley. Algún día iba a caer, hay personas cuyas muertes son una redención. Quiero creer que para Jacob Black lo fue —expliqué.

—Como tú mismo dijiste, la policía les ofreció protección, así que aquí no hay más culpables que el mismo Eleazar y su egocentrismo —asentí—, lo único que no me convence es que dicen soy la heredera de su fortuna.

No dije nada, pues no sabía qué decir.

—Pero no me interesa, soy una Swan, tan pronto podamos resolver esto, tendré que encargarme de aquello, supongo que no será difícil, no quiero nada de Eleazar.

—Piénsalo con calma.

—¿Necesitas dinero, poli? —arqueó una de sus cejas. Negué con la cabeza y apreté sus dedos.

—Yo no, soy feliz con lo que tengo y como soy, pero quieres estudiar en una gran academia de ballet y para eso sirve el dinero, también podrías ayudar a varias organizaciones benéficas…

—Supongo que tienes razón…

—No hablemos de eso ahora, mejor cenemos antes de que esto se enfríe.

—Huele bien. —Besó mis nudillos antes de soltar mi mano y tomar su tenedor.

No volvimos a hacerlo esa noche, pero por primera vez, desde que estábamos juntos en esa cabaña, sentí que no me importaría quedarme justo allí.