Continuamos como dije con Gaamatsu =D Ya sé que mi ship tiene poco acogida, pero igual me gusta escribir de ella :3


La culpa es vuestra

El torpe enamorado


Gaara se quedó mirando el techo en completa soledad. Todavía estaba desnudo, con la sábana cubriendo su cintura únicamente y por si alguien entraba. No sentía pereza en especial de vestirse, aunque fuera a ponerse los calzoncillos. Es que estaba con la mente en blanco.

Y la última vez que se sintió de esa forma, atormentado por los demás, mató a dos personas o más.

La diferencia en este momento era que la persona que estaba haciéndole daño era la única a la que le había permitido llegar hasta sus partes más delicadas, débiles y oscuras.

Y todo por su condenada desconfianza e inseguridad. De sólo pensar en la condenada leche y el hombre que estaba a cargo de ella le daban ganas de hundir la lechería entre arena.

Ya conocía a Matsuri de sobras, la lealtad que sentía hacia él y amor irrefrenable que jamás ocultó, pero aún así, sus demonios decidieron atacar hasta el punto de provocar que huyera. Sabía de sobras a dónde iría y que quizás era cuestión de tiempo que su hermana apareciera para soltarle un par de gritos, como si él no se sintiera suficientemente mal.

Se cubrió la frente, aplastando sus cabellos bajo su mano.

—Mierda, Matsuri… Vas a volverme loco.

Era difícil de creer en él, pero que una mujer fuera capaz de doblegar esa seguridad que logró reforzar a base de tiempo la hiciera tambalear ante el miedo de perderla. Él que siempre arrebató la felicidad de otros y ahora deseaba conservarla.

Podía imaginarse la cara que pondría Shinki de enterarse de ese suceso. Con lo aferrado que estaba a Matsuri. Dios, todavía recordaba la cara que había puesto ella cuando llevó al niño a casa alegando que iba a adoptarlo. Si bien era cierto que no lo hablaron antes, Matsuri no puso ninguna pega y accedió enseguida, dispuesta a aceptar a ese niño que, aseguraba, le recordaba mucho a él como para dejarlo fuera. No estaba seguro de cómo lo consiguió, pero esa mujer los tenía a ambos comiendo de su mano.

—Tenía pensado que tuviéramos hijos —dijo ella emocionada—. Y ya lo tenemos. Si llega otro de forma natural, ya veremos, pero quiero enfocarme en Shinki, porque es como tú.

Claro está, Matsuri no sabía más que por rumores o historias cómo era él antes de que se conocieran. La crueldad y tantas cosas que hizo. No eran las típicas historias que contarías en una reunión familiar para que se echasen unas risas.

Unos golpes en la puerta le hicieron regresar al momento. Tirando de las sábanas, gruñó para saber quién era.

—Soy Shikadai. Mamá me envía.

Vaya, eso era un logro. Igual Matsuri se había aferrado tanto a su hermana que esta no podía ni moverse.

—Espera.

Se puso los calzoncillos y el pantalón de pijama antes de abrir. Shikadai tenía los ojos de Temari, pero su carácter y aspecto era más semejante a su padre. No escondía que era un completo fastidio estar ahí.

—La tía Matsuri está en casa —anunció. Él asintió comprensivo. —Realmente los adultos no hacéis más que cagarla. Aunque algo parece haber cambiado entre mis padres, parece que los de fuera de Konoha no están mejor.

Gaara no pudo evitar observarle detalladamente. Que Shikadai había heredado la inteligencia de ambos padres fusionada, ya lo sabía. La lástima es que en esos tiempos el entrenamiento necesario no era del que requería en antaño.

Era seguro que su sobrino sería un estratega de cuidado.

—Hablas como si fueras capaz de ver todo.

—Los niños nos damos más cuenta de las cosas de lo que los adultos piensan, especialmente, si nuestras madres son las que sufren —respondió—. Al fin y al cabo, vosotros justo deberíais de saberlo. Pues teníais nuestra edad cuando el mundo estaba aún en una guerra pasiva hasta que la arena atacó.

—Éramos armas de guerra, no poetas.

—Y tanto. Por eso deberías de valorar más lo que tenéis ahora y, sin embargo, por las cargas adultas lo ignoráis. Hasta os creáis inseguridades.

Se rascó la nuca, irritado. No porque un chaval estuviera dándole una charla sino porque tuviera razón.

—¿Por qué no vas a buscar a la tía y aclaras las cosas con ella?

Gaara gruñó. No es que fuera en sí un problema, es que sabía que Matsuri quizás no quería escucharle.

—Ella no entiende por qué actúas como lo haces. Eso le escuché decir antes de salir.

No le extrañaba. Simplemente habían discutido sin más y ella se marchó, acusándole de ser injusto por agotar el tiempo que tenían con enfados sin sentido. Y era cierto, joder.

—Vamos a tu casa.

Shikadai sonrió.

—Quizás es que sólo necesitáis un empujoncito.

Gaara sopesaba que sí.

Nada más llegar al hogar Nara se encontraron con Shikamaru fuera, fumando, apostado contra una de las vigas de la casa. No llevaba su frecuente cola de piña e iba vestido de forma cómoda. Claramente, Matsuri había llegado cuando menos debía.

—Lo siento —se disculpó—, por las molestias.

Shikamaru negó y le hizo un gesto para que le siguiera.

Gaara se descalzó y mientras que Shikadai se marchaba a su dormitorio, ambos entraron al salón. Matsuri estaba apoyada en la mesa con una taza de té ya fría frente a ella. Temari estaba al otro lado de la mesa. Nada más verle elevó las cejas significativamente.

Aunque algo debió de ver en su cara que decidió hacerse a un lado.

—Ten calma —recomendó a Matsuri antes de marcharse junto a su marido a otra habitación.

Matsuri miró por encima de su hombro hacia él, retirando la mirada al instante hacia su taza.

—Matsuri —nombró sentándose a su lado—. Volvamos al hotel.

—No quiero ir —negó ella morruda.

Gaara suspiró con paciencia. Se inclinó hacia delante, imitando su postura.

—Perdón.

Matsuri levantó una ceja, mirándole.

—¿Qué sientes?

—Ser un idiota con problemas de socialización suficiente como para admitir que estaba celoso de un tipo que te da de comer cuando yo soy capaz de llenarte el estómago cuando quieras y donde quieras.

Matsuri entrecerró los ojos.

—No sé si de verdad te estás disculpando o me estás dando una charla.

—Me estoy disculpando —aseguró—. Aunque no sé hacerlo bien —reconoció rascándose la frente—, pero sé que no quiero perderte.

Ella bajó la mirada, pasándola por sus brazos y manos.

—No me gusta el lechero —prometió—, y eso deberías de saberlo bien. Nunca he sido mentirosa en mis sentimientos. Fui muy clara con ellos durante toda mi vida. Especialmente, hacia ti. Se me notaría mucho de gustarme. Lo que me gustan son los pasteles de leche. Nada más. Y estaba emocionada pensando en llevárselos a Shinki. Era eso a lo que me refería cuando te dije que estaba pensando en llevarlo conmigo.

Cerró los ojos para apretar los labios.

—Y tú te enfadaste ante esa idea —rememoró.

—Pensaba que ibas a llevarte al lechero.

Matsuri abrió la boca de sobremanera.

—¿Estás de broma? ¡Eso sería secuestro! —exclamó.

—Visto así —dijo apartando la mirada—, suena a un idiota enamorado buscando la forma de retener a su esposa.

—Oh, Gaara —musitó ella, más blanda, más accesible.

—¿Vuelves conmigo al hotel? —cuestionó—. Tenemos mucho tiempo que recuperar y pasteles que comprar para llevarnos.

Ella sonrió. Esa sonrisa de siempre, la que tenía de nuevo puestas en las esperanzas en él. Le tomó la mano y se la besó y ambos se levantaron al tiempo que Temari asomaba la cabeza.

—¿Os marcháis?

—Sí —afirmó—. Siento las molestias.

—No os preocupéis —descartó Temari—. Esta es vuestra casa, pero…

—Preferimos el hotel —respondió Matsuri con rubor en las mejillas—. Otro día.

Temari asintió, comprensiva y los despidieron en la entrada. Justo antes de perderlos de vista, Shikamaru besaba la frente de su hermana y la guiaba de la cintura al interior. Miró hacia Matsuri con su mano enlazada a la de ella.

—Quiero hacerte el amor —soltó.

Ella dio un respingo, como un gato. Le miró con los ojos muy abiertos. Luego, sonrió.

—Hagámoslo.

Besó su mejilla y la tomó en brazos. Uno no era un ninja de élite, Kazekage en este caso, por sólo llevar un gorro en la cabeza.

Y tampoco era un esposo paciente y celoso incapaz de disfrutar de un buen sexo de reconciliación.

—Mañana llevaré muchos pastelitos —prometió Matsuri al teléfono.

Gaara sonrió al ver las marcas en su piel y escuchó la voz de su hijo descartándolo, pues no le gustaban las cosas dulces. Pero Matsuri insistió y de alguna forma, convenció a su hijo.

Todo estaba resultando bien. Las paces, disfrutar de esos días libres y de su esposa. Hasta que algo sacudió la aldea con fuerza. Las paredes crujieron, los techos y el cielo se volvió por un momento claro.

Asomó la cabeza por la ventana, extraño, hasta que vio que la luz llegaba desde la casa de Naruto.

Maldijo entre dientes.

—Eso ha sido la leche —masculló Matsuri a su lado.

—Mejor no decir esa palabra ahora mismo delante del Hokage. Mejor no.

Continuará…