Señoras y señores, les agradezco que lean mi historia, aunque se agradecen más los comentarios, pues siento que estoy algo ignorado. Por lo demás, decir que estoy muy enfadado con por no colocar todos los signos de puntuación que tiene la historia, así que si ven cosas que en teoría no deberían ser así, o cosas como "¡No¡Idiota!" no es que sea una falta de ortografía, es que simplemente en la página los borran. He hecho tres intentos de arreglarlo y nada resulta.

Sin más dilación, les dejo con la historia. Gracias por atenderme.

Capítulo 3: El Viaje.

Los seis estaban en las caballerizas del castillo. Cada uno miraba hacia algún que otro animal, pero Elsubnor y Lojirrian se dirigieron directamente hacia sus propios caballos. Al cabo de poco rato de estar decidiendo encima de qué irá cada uno, salieron con sus monturas.

-Oye. ¿Quién llevará a la brujilda? -Preguntó Lojirrian. -Porque yo me niego a que toque a P3g4s0 )3 4 0s714.

-Pues yo ya llevo en mi caballo a Pipa. -Previno Vicente mientras aseguraba los arneses del animal. -Así que no contéis conmigo.

-Y mi Ensalada de Patatas no aguanta a Proser. -Comentó Elsubnor al punto que acariciaba a su perro. -Además, no tengo ganas de que me saque la regla.

-¡Ya está bien de eso! -Gritó la interpelada viniendo con otro animal. -Yo misma iré en mi propio caballo. ¿Entendido? No hace falta que os peleéis por querer llevarme.

-Oh, no te confundas, Proserpina. -Dijo Vicente mientras ayudaba a subirse a la juglar a su montura. -No nos peleamos por querer llevarte, nos peleamos por no querer llevarte.

Ante tal comentario, la bruja torció el ceño y se acercó hacia donde estaba el ladrón.

-¿Quieres decir que no os gusta que vaya con vosotros?

-Eso lo has dicho tú, no yo. -Contestó el Elfito Cabrón mientras comenzaba a cabalgar hacia Lojirrian, el cual ya estaba subido en su animal. -Oye, Lojirrian. Tú estás más acostumbrado a ir a caballo en distancias largas. ¿Cuanto crées que tardaremos?

El guerrero se rascó la barba y pensó un poco.

-Hombre... yo creo... que más o menos, si vamos a un buen ritmo, con sus paradas para mear, para comer, para cagar y para dormir... sin seguir dicho orden, claro... En unos dos o tres días podríamos llegar a Navarra. -Mientras decía esto, Lojirrian hacía cuentas con los dedos como enumerando las cosas que debían hacer. -Además, allí en Navarra deberíamos descansar al menos un día antes de irnos.

-Yo me ocupo de eso. -Dijo Pipa detrás de Vicente. -Podríamos estar en el feudo del padre de aquel niño bonito que os comenté.

-Y así te ganas unos cuartos. ¿No? -Dijo riendo Lojirrian.

-Oye, no todos tuvimos la suerte de nacer en alta cuna. -Contestó algo colorada Pipa. -Hemos de ganarnos la vida.

-Y bien que haces, guapa. -Soltó Elsubnor montado en su Ensalada de Patatas. -¿Donde está Luis?

-Déjalo un rato, ha ido a despedirse de la Irene esa. -Aclaró Pipa con un ademán de la mano. -Para una tía que le soporta esa risa tan estridente, déjale pensar que le esperará.

En la taberna de "El Cerdo Feliz", Luis hablaba con Irene sobre el viaje.

-No se cuanto tiempo estaré fuera. -Decía mientras bebía de su jarra de cerveza. -Pero cuando vuelva, pienso hacer algo grande.

-¿Algo grande¿Cómo qué? -Preguntó la bruja mientras se sentaba a su lado, en una de las pocas mesas vacías que había a medio día.

-No lo se, no estoy seguro, pero será algo bueno... -Dijo él al mirar hacia la puerta. -Al menos, me gustaría tener a alguien que me espere. Nunca me ha esperado alguien, ni mis padres, cuando salía de aventuras.

-Esta vez sí lo tienes... -Dijo ella mientras se acercaba al espadachín. -Así que regresa a salvo y entero. ¿Vale?

Luis asintió con una sonrisa y se despidió de Irene con un beso. Se levantó, salió de la taberna y se encaminó a las caballerizas, donde estaba su caballo. Lo ensilló, lo preparó y subió a él, dirigiéndolo hacia la salida de la ciudad, donde estaban esperándolo. Cuando pasó por delante de la puerta de la taberna, vió como la bruja salía a despedirle con una sonrisa.

"Debo volver sano y salvo. -Se decía. -Al menos, encontré alguien que me aguanta más de una noche..."

Luis espoleó a su caballo y lo acercó hasta la salida. Pipa estaba montada detrás de Vicente, y este había colocado a su yegua al lado de P3g4s0 )3 4 0s714. La Ensalada de Patatas de Elsubnor relinchaba cerca de la entrada, mientras su jinete discutía con Proserpina.

-Cuando queráis. -Dijo el espadachín.

-¿Te fue bien, Don Juán? -Preguntó Lojirrian mientras golpeaba en la espalda a Luis.

-Así asá... Vamos a rebanar unas cuantas cabezas inglesas.

Mientras, en la isla bretona, el Príncipe Negro estaba sentado tranquilamente en el respaldo de la ventana de la torre de las palomas mensajeras. Un halcón le había traído un mensaje desde un barco a medio camino de Inglaterra. En él ponía:

"Querido camarada.

Gracias por confiar en mí para dicha empresa. He estado meditando mucho sobre cómo poder ayudarte, y he dado con el grupo perfecto para dicha empresa. Han estado a mi servicio varias veces y su experiencia en lo espiritual es muy extensa, así que, sin lugar a dudas, podrán ayudarte. El grupo lo conforman dos personas de alta cuna, un Barón y un Conde, y otros cuatro de baja cuna, pero que no hay que subestimarlos por ello. Hay dos espadachines, un cortesano, una juglar, una alquimista y un cazador. La juglar y el cortesano podrán ayudarte en tu empresa en palacio, mientras que los otros podrán hacer lo que quieran.

Ten cuidado con los traidores. La juglar lleva el sello de identificación.

Pedro IV, Rey de la Corona de Aragón."

Edward miró cómo la gente iba y venía en la plaza del pueblo donde estaba. No quería que a las personas que el rey Peter las viera las personas equivocadas, así que llevaba varios días en aquel pueblo costero esperando la llegada del barco donde vendrían aquellos campeones españoles.

Al poco, llegó una muchacha del pueblo a la halconería y se quedó quieta viéndole.

-Lo siento, señor. No sabía que había alguien aquí. -Dijo ella con una sonrisa.

-No te preocupes, solo estoy de paso. -Dijo el Príncipe Negro sonriendo, pues la chica no sabía quién era.

Para los pueblerinos, el Príncipe Negro, Edward, era una especie de ser intocable que estaba a un paso de ser rey, y por lo tanto, nunca ningún campesino ha podido verlo. La muchacha no sabía quien era aquel joven de cabellos de un rubio oscuro y cortados como los caballeros, pero con ropa sencilla y una simple espada en el costado.

Edward se levantó del lugar donde restaba y se acercó al halcón que le había traído la misiva. El pobre animal estaba cansado, pues había tenido que pasar medio mar para llegar hasta él. Acarició las plumas del animal mientras este comía un poco de carne, y se dirigió hacia la entrada de la torre, dispuesto a bajar los escalones.

Abajo no le esperaba nadie, ni un comité de guerreros para protegerle, ni un grupo de cortesanos para alabarle. Simplemente, ahora era un guerrero más en medio del pueblo, aunque eso cambiaría cuando llegaran los españoles.

Una semana más tarde, el grupo llegaba hasta Pamplona. El viaje había sido pesado, pues habían tardado más de lo esperado. Un par de grupos de bandidos, dos pueblos donde Lojirrian quiso catar las preciosas curvas del lugar, y el hecho de que Proserpina pedía que fueran lentamente pues estaba con la regla hicieron que el viaje fuera lento y cansado. Cada vez que descansaban en las posadas del camino, cuando Proserpina se retiraba, pues era siempre la primera en hacerlo, Lojirrian preguntaba.

-Oíd. ¿Y si la dejamos¿De verdad tenemos que llevárnosla? Es que... joder, que llevamos más del doble de días y aún no hemos llegado, ostia...

-Es necesario... -Dijo Vicente mientras mordía un trozo de carne. -Es necesario pues el rey ya mandó la misiva con que iríamos los seis juntos.

Y así el grupo tuvo que aguantar todo el tiempo con Proserpina quejándose de la risa de Luis y de que le dolía el trasero con el trote del caballo. Sin embargo se calló dos días antes de llegar a Pamplona cuando Lojirrian le dijo.

-Mira. Como no te calles, te follo aquí mismo.

-¿Serías capaz? -Preguntó la bruja algo colorada.

Lojirrian abrió la boca, pero no dijo nada en un principio. Después dijo.

-Vale, no sería capaz... ¡Pero los caballos sí!

A partir de ese momento, Proserpina calló casi como un muerto durante el resto del día, y cuando llegaron a la posada, el resto del grupo miró a Lojirrian.

-¿Estabas realmente dispuesto a que se la follaran los caballos? -Preguntó algo escandalizada Pipa.

-¡No¡En absoluto! -Contestó el Barón.

-Entonces. ¿Por qué la amenazaste con eso? -Replicó la juglar.

-Porque no se me ocurría nada más que le pudiera dar miedo.

-A la que has visto que se ponía cachonda cuando dijiste que te la follabas cambiaste de parecer. ¿No? -Soltó Elsubnor.

-Joder, pero con un cambio de 180 grados... -Dijo Lojirrian mientras bebía de su cerveza. -Además, fíjate que hasta ponía cara de guarra.

-Pero... Ahora en serio, Lojirrian... -Pipa miró al guerrero muy seriamente. -¿Hubieras dejado que se la tiraran los caballos?

-Claro que no lo hubiera dejado. -Dijo el rubio mirando seriamente a la juglar. -¿Verdad que yo nunca le he dado con la fusta a P3g4s0 )3 4 0s714?

-Pues... no que yo haya visto... -Dijo la chica algo extrañada. -Pero eso no viene al caso.

-Claro que sí. -Dijo el alemán totalmente convencido. -No soy del tipo de persona que maltrata a los animales, pobres caballos...

Ante tal comentario, el resto de hombres estalló en carcajadas en mitad del establecimiento.

Cuando llegaron prácticamente a Pamplona, el grupo se bajó de los animales y tanto Proserpina como Pipa se fueron detrás de unos setos.

-No entiendo porqué se han de poner tan coquetas para entrar en una ciudad. -Dijo Luis mientras bostezaba.

-Mira, simplemente es porque necesitan dar una buena imagen. -Dijo Vicente mientras sacaba cuatro manzanas. -En el caso de Proser, ha de esconder que es bruja. Y en el caso de Pipa... -Tiró una de las manzanas al espadachín. -tiene que conseguir que nos den alojamiento en uno de sus antiguos clientes. ¿Recuerdas?

El ladrón lanzó otra de las manzanas a Lojirrian y le dió la tercera a Elsubnor mientras mordía la suya propia.

-Me da igual. -Dijo Elsubnor. -Una puta es una puta, y una bruja es una bruja. No veo porqué ese miedo a que te descubran, macho...

-Míralo de esta manera, mendrugo. -Dijo Lojirrian sentándose en el suelo lleno de hierba. -¿Que pasaría si tú usaras tu gran hechizo de la Corrosión del Metal delante de un cura?

-Pues que me llamaría de hijo de puta para arriba. -Contestó automáticamente el cazador.

-Y de paso, te quemaría vivo. -Dijo con naturalidad el guerrero.

-Ah, vale, para la gente normal, corriente y moliente, la magia es algo inexistente. ¿No? -Dijo Luis mientras se sentaba en una roca.

-Exacto. Y si descubren que aquí mismo tienen a seis personas capaces de conjurar hechizos, los verdugos y los quemadores se frotarían las manos. -Dijo Vicente mientras mordía la manzana. -Ají gue a pohtarje bien.

-Maldita sea... yo que quería follarme a alguna tía buenorra... -Se lamentó Elsubnor mientras mordía de su manzana. -Pero bueno... tenemos que pensar en... espera un momento... -El cazador se giró hacia uno de los caminos que llegaban por el oeste.

-¿Que...? -Empezó a decir Vicente, pero Elsubnor levantó la mano para que callara.

-Cascos... -Dijo el cazador. -Cascos de caballo. Viene gente, puta suerte la nuestra. Luis. ¿Vas con las chicas?

-¿Por qué yo? Saben cuidarse solas. -Dijo el interpelado levantándose.

-Si, pero tendrás la oportunidad de ver a Pipa medio en bolas. -Dijo Lojirrian. -Pero no te preocupes, yo iré en tu lugar.

-Y una poya, eso no me lo pierdo yo ni loco. -Contestó Luis mientras se iba hacia donde estaban las chicas, desapareciendo entre el follaje.

Los otros tres se sentaron en círculo. Lojirrian había sacado ya la gran espada que llevaba a la espalda, mientras que Elsubnor había quitado el aguante de su propia espada. Vicente permanecía inmovil.

Al cabo de poco tiempo se vislumbraron cuatro caballos con sus jinetes, todos hombres, montados en los animales. Cuando pasaron al lado de los caballos del grupo, el que iba en cabeza alzó la mano y los demás sacaron sus espadas. Siguieron el camino y se encontraron con los tres asentados. El guerrero había puesto la Destructora de Patatas en posición vertical, preparada para cualquier cosa, pero fuera de eso, ni el cazador ni el ladrón parecían tener intenciones ofensivas.

-¿De donde sois y a donde os dirigís? -Preguntó el que iba en cabeza.

Parecía perfectamente el líder de esa pequeña expedición. Llevaba los cabellos cortos y muy rizados, de un castaño oscuro, además de no denotar mucho más de 17 años. Su atuendo denotaba su falta de higiene, pues estaba sucio prácticamente por todas partes. Llevaba una espada corta en la mano, al igual que el resto de soldados que iban detrás de él, que se diferenciaban únicamente en las manchas de porquería en sus uniformes y que llevaban cascos.

-Pues somos de por ahí. -Dijo Elsubnor mordiendo la manzana. -Y nos dirigimos a Pamplona. ¿Pasa algo, niño?

-Vete a la mierda, ratero. -Dijo el soldado apuntando con la espada al cazador. -Somos nosotros los que hacemos las preguntas. ¿De donde habéis sacado esos caballos y esos víveres?

-¿Y si no me sale de la punta del escroto no decírtelo? -Soltó Lojirrian. -A mi me hablas con propiedad, niñato. Un respeto coño, que hace días que cabalgamos.

-Si seguís por ese camino os costará caro. -Dijo el muchacho con cara de enfadado.

-Mira, aquí donde nos ves, a este... -el guerrero golpeó con la mano el hombro de Vicente. -le hicieron conde hace mucho tiempo, y yo soy barón en mi tierra. Así que... ¿A quién le va a pesar, eh?

-No me creo que seáis nobles. -Dijo el soldado después de un momento de vacilación. -Los nobles van con sus escoltas y sus guerreros, y no van por ahí retozando por el suelo.

-Será descarado... -Dijo Lojirrian, pero Vicente le detubo con la mano.

-Déjalo, es un crío, es normal que no nos crea. -Se giró al soldado. -Verás, muchacho. Estamos aquí para ver a unos parientes de mi hermana, la cual ahora mismo se está cambiando de ropa junto a su esposo y su doncella. Vamos así porque no nos importa que nos vean como si fuéramos del pueblo llano, ya que hemos recorrido mucho más país que tú en toda tu vida. ¿Te va bien esa explicación, o quieres que te retemos a un duelo por cuestionar nuestro honor?

El joven parecía algo reacio a creér la historia del ladrón, hasta que escuchó la voz femenina de Pipa.

-¿Ocurre algo, hermano mío?

Al girarse, se encontró con la joven. Se había peinado y labado el cabello, y llevaba un vestido sencillo pero muy elegante de color verde que no dejaba nada a la imaginación. La falda era larga y no mostraba las piernas, pero la parte alta era otra cosa, dejando ver un generoso escote con un colgante, también verde, adornándole. Llevaba también un lazo verde en el cabello sujetándolo fuera de su cara.

-Esta gente quería saber nuestro destino. -Dijo Vicente mientras se levantaba del sitio.

-Oh. ¿Hay algún problema con eso, joven señor? -Dijo esta mientras ponía una sonrisa muy coqueta al muchacho.

El joven miró primero al escote de Pipa, y después a su cara, completamente ruborizado.

-Er... ¿Donde está su marido y su doncella? -Preguntó perspicaz el jinete.

-Están terminando de vestirse. No es de buena educación presentarse con ropa de campo a los parientes de mi esposo. ¿No creéis? -Contestó la juglar.

El joven solo asintió un poco, mirando como el colgante se dirigía peligrosamente entre ambos pechos.

-¡Eh¡¿Qué haces mirándole las tetas a mi mujer?!

Todos se giraron para ver a Luis, con los pelos un poco más peinados y la ropa sin polvo. Detrás venía Proserpina con un traje bastante sencillo, que tapaba su cuerpo casi completamente, pero dejaba ver su bastón y parte del zurrón. Llevaba el peinado recogido como si fuera una campesina.

El joven miró a Luis, miró la espada a su espalda y después volvió la mirada al espadachín.

-Esto... no quería ofenderle, señor. Estamos de reconocimiento, y claro, no habíamos escuchado nada de ningún viaje programado.

-Es normal que no escuches nada con esa cara de paleto que tienes. -Dijo Luis mientras se subía los pantalones. -Mira, tarugo. Nosotros venimos a ver a la hermana de la cuñada de la prima del tío del sobrino de mi abuelo, así que no tenemos nada que ver contigo. ¿Vale?

El jovencito solo miró extrañado a Luis, y después dijo apresuradamente.

-Bien... esto... lo siento, nosotros nos vamos. No queríamos ofender a tan buenas personas. Adiós.

Cuando empezaron a irse, Elsubnor detubo al muchacho.

-Tú estate quieto, tengo que hablar contigo. Vosotros -les dijo a los otros tres soldados. -Podéis iros, este ya os atrapará.

Los soldados se marcharon con rapidez, dejando a un pálido muchacho con el cazador.

-Oye, tío, no te pases con él. -Dijo Lojirrian, pero Elsubnor lo miró con cara iluminada.

-¿Yo? Que va, solo voy a tomar un trago con él. Vamos, baja de ahí.

El muchacho se resistió, pero Elsubnor lo tiró al suelo y lo arrastró hasta detrás de los setos.

-¿Crées que le hará algo? -Preguntó preocupada Pipa.

-No creo... -Dijo Vicente, aunque sin muchas esperanzas.

Nada más terminar la frase comenzaron a escuchar gritos de dolor y varios "Cállate coño" dichos por Elsubnor. Al poco dejaron de escucharlos y el cazador volvió contento.

-¿Que has hecho? -Preguntó Proserpina.

-Nada de interés. -Contestó el cazador.

-Venga, va, suéltalo. -Dijo Luis.

-Nada, en serio. Solo he hablado con él para que dejara de mandar a la mierda a todo el mundo. -Dijo Elsubnor mientras sacaba una cosa roja de su bolsillo. -Me he asegurado de que no volviera a mandar a nadie a la mierda.

-¿Es su lengua? -Preguntó Vicente sorprendido mientras preparaba los caballos.

-Puede ser... -Dijo el cazador mientras volvía a guardar el músculo. -Pero para lenguas, la tuya, Vicente. Que cabrón. Tienes lengua para engañar.

-¿Quién engaña? -Dijo este mirando para los lados. -Ah, yo... Jeje... simplemente pensé que si os liábais a ostias aquí se iba a montar la de Dios.

-Amén, hermano. -Dijo Elsubnor mientras se echaba a reir. -Es que tío... menudos paletos.

-Cómo os metéis con ellos, pobrcitos... -Dijo Pipa mientras se sacaba de debajo de la falda su zurrón. -Tenéis que tener en cuenta que antes de irme hubieron varios robos por la zona, así que puede que pensaran que éramos ladrones.

-Seguro que fueron tus amigos juglares. -Dijo Proserpina mientras se subía a su caballo.

-He dicho "Robos" en general, no "Robos de Vírgenes". ¿No oíste? -Dijo Pipa acercándose al caballo de Vicente. -Los juglares tenemos fama de ligar mucho.

-Ya ves. -Dijo Luis subiendo a su caballo. -Están todos buenísimos, sobretodo una que se llama Pipa Churruca. ¿La conocéis? Esta de rechupete.

Mientras reían, volvieron a subir a sus caballos y se dirigieron a la parte norte de Pamplona.

-El feudo está al noroeste de la ciudad. -Dijo Pipa mientras señalaba encima de las cabezas de la multitud hacia una de las salidas. -Tardaremos poco, pero nadie nos quitará la noche durmiendo allí.

-Me importa una mierda. -Dijo Lojirrian. -Yo lo que tengo ganas es de comer carne. ¡Carne! Pero no seca como casi cada día comemos, carne bien asada. De jabalí o de cerdo.

-Calla calla, que me entra un hambre... -Dijo Luis mientras pasaban la zona del mercado.

-Oye, Pipa, tu ten cuidado con las manos de Vicente. -Dijo Elsubnor.

-Tiene gracia que lo digas tú. -Dijo la juglar mientras reía.

-Oh, no te confundas. No creo que te metiera mano, simplemente que no quiero que se lleve nada. Como él dijo, si montamos un pollo aquí se liará la de Dios.

-Menuda fama que tengo... y eso que la cleptómana es mi esposa... -Susurró el interpelado algo pesaroso.

El mercado estaba a rebosar de personas y animales. Pasaron con dificultad y evitando a los vendendores, aunque más de una vez...

-¿Donde coño está Proserpina? -Preguntó Lojirrian.

-¿Ahora te preocupas por ella? -Preguntó Luis.

-Coño, que se ha quedado hablando con un jodío por culo. -Contestó este. -¡Tú, Zorra¡Vente pa'cá, que tenemos prisa!

-Como te pasas con ella, Lojirrian. -Dijo Pipa colorada como un tomate.

-Ey, que la he llamado "Zorra", no "Putón de tres al cuarto". Además. ¿Por qué coño tengo que darte explicaciones a tí, Pipa de Girasol? Ya verás esta noche.

-Esta noche no tendrás gresca. -Dijo la juglar enfadada. -Esta noche pienso estar con el niño bonito del feudo, así que olvídate.

-Joder... otra noche sin mojar el churro. -Se deprimió el guerrero mientras esperaban, ya fuera del mercado, a Proserpina.

-¡Tú¡¿A quién coño le has llamado Zorra?!

Al girarse todos se encontraron con la bruja roja como un tomate y con el bastón en la mano.

-Pues está claro que la única que se ha sentido ofendida has sido tú, así que... -Dijo Lojirrian con los brazos abiertos.

-Serás...

Pero en ese momento se escuchó un ladrido de perro justo al lado de Proserpina, haciendo que su caballo se encabritara y tirara al suelo a la bruja. Alf se acercó a su dueño mientras este se descojonaba de risa.

-Muy bien hecho, Alf... -Consiguió decir a duras penas el cazador.

-Guau guau... Joder, que tía más pesá. -Soltó el perro mientras pasaba la lengua por su hocico.

La bruja se levantó y señaló al perro con el bastón.

-La próxima vez le romperé las costillas a tu puñetero chucho.

-Tú haces eso y yo le dejo a los caballos que te follen a gusto. -Dijo Elsubnor, pero pensó un momento y dijo. -No, mejor le digo al pueblo de que eres una puta que se acuesta con cualquiera gratis.

-¡Eso no es cierto! -Replicó enfadada la bruja.

-Ya, pero... ¿Y qué?

-Venga, va, que comienza a refrescar. -Dijo Pipa poniéndole punto y final a la discusión.

Los seis continuaron cabalgando hasta llegar a la gran casa donde vivía el hombre que alojó a Pipa durante ese tiempo. Cuando llegaron, se encontraron de frente al cliente inicial de Pipa. El hijo del señor feudal, Teodoro, la reconoció al instante, y fue hacia ellos.

-Vaya, vaya, vaya... Cuanto tiempo sin vernos, Pipa. ¿No dijiste que te marchabas¿Y quienes son estos tus amigos nobles?

-Señor, siento inportunaros, pero tenemos prisa. Venimos a ver a Don Servando, no a usted. -Dijo tranquilamente la juglar.

-Ahora vas de noble. ¿Eh¿Que pensarían tus amigos de alta cuna al saber lo que eres? -Amenazó él mientras sonreía.

-Oye, Vicente. ¿Tú crées que debería hacer lo mismo que con el soldadito? -Preguntó Elsubnor al ladrón, pues era el más cercano que tenía.

-No se... estamos muy cerca de su casa.

-Cierto, cierto... -Se dirigió al joven y dijo. -Mira, chaval, estamos cansados, así que déjanos ver a tu padre, anda.

-A mi no me hable así, señor. -Contestó perdiendo la sonrisa Teodoro. -Estoy tratando temas con la señorita.

-Vicente, vámonos. -Dijo Pipa al ladrón. -No tenemos porqué pararnos aquí con este tipo.

El grupo dejó atrás a un indignado Teodoro y se dirigieron directamente a la mansión del noble. Al llegar los criados agarraron las riendas de los caballos y se los llevaron a las caballerizas. Los seis fueron conducidos a la sala de audiencias donde Pipa vió al mensajeron, y encontraron a Don Servando sentado en una cómoda silla delante de una mesa.

-Bueno, quién tenemos aquí. -Dijo levantándose de la mesa el noble y con una gran sonrisa. -Bienvenida, Pipa. ¿Qué haces aquí con tanta gente?

La juglar hizo una reverencia. Todos menos Lojirrian hicieron un ademán parecido, pero el guerrero soltó un "Ey" levantando la mano.

-Don Servando, venimos a pedirle una pequeña ayudita. -Dijo Pipa poniendo la mejor sonrisa de su repertorio.

-¿Qué ocurrió en tu destino, pequeña? -Preguntó el noble.

-Nos han dado una misión de vital importancia. -Dijo ella mientras seguía sonriendo. -Debemos dirigirnos a Inglaterra lo más pronto posible, por eso estamos aquí.

-¿Necesitáis transporte?

-Así es. Un barco que nos pueda llevar hasta allí, pues ninguno de nosotros tenemos nociones de navegación. -Dijo la juglar con un tono catedrático. -Y se que usted nos podría ayudar en ello. ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas, pequeña. Si es una misión tan importante, os ayudaré encantado. Mandaré un mensajero al puerto del norte para que preparen un barco para mañana, pero mientras vosotros debéis estar cansados de tan largo viaje. Os prepararé habitaciones a cada uno de vosotros, y cenaréis conmigo y mi familia esta noche.

-Os estamos muy agradecidos. -Dijo Pipa sin perder su sonrisa. -Como compensación, puedo encargarme de bailar esta noche para los señores como otras veces.

-Eso agradaría mucho a mi esposa, Pipa. Te estaría muy agradecido. -Dijo con una inclinación de cabeza. -Mis hijas también estarán contentas de verte.

-¿Están buenas sus hijas? -Preguntaron al unísono Lojirrian y Elsubnor.

-¿Perdón?

-Nada, señor. Es que estos dos son muy de la broma. -Dijo Pipa mientras se inclinaba de nuevo. -Dentro de un rato iré a ver a su señora esposa y a sus hijas.

El noble asintió y el grupo salió de la vivienda. Cuando salieron, Pipa sacó la pandereta y le golpeó en la cabeza con ella al cazador y al guerrero.

-¡¿Cómo se os ocurre preguntarle eso a don Servando, idiotas?!

-Joder, Pipa, ya que tu estarás ocupada, pues buscamos sustitutas. -Dijo Elsubnor mientras se acariciaba la cabeza con cara de dolor.

-Eso mismo, chica. Si tu tienes las piernas cerradas, tendremos que buscar otras que estén abiertas. -Soltó Lojirrian.

-¡Será posible¡Guardáos esa lengua mientras estemos aquí¡Y cuando digo "Guardáos" digo que no la uséis para nada indecente! -Dijo enfadada la juglar con los brazos en jarras.

-¿Con indecente te refieres a decirle a las tías lo buenas que están? -Preguntó el guerrero.

-¿O decirle "Que no me entere yo que ese culito pasa hambre"? -Secundó el cazador.

-¿O si quiere jugar al cepillo? -Dijo de nuevo Lojirrian.

-¿O si quiere jugar al teto? -Insistió Elsubnor.

-¿O...?

-¡A callar! -Gritó la juglar roja de ira. -Las chicas son pequeñas. ¿Vale? No tenéis que ser tan brutos, coño.

-Eso, eso. -Dijo Luis con actitud seria.

-Que raro que tú no estés preparando tu hechizo de Atracción Sexual... -Le dijo en voz baja Vicente al espadachín.

-Shh, calla coño, que como se entere me la corta. -Dijo él en susurros.

-¿Otra vez?

-Coño, pues es verdad...

El resto de la tarde pasó con tranquilidad. A las dos chias les dieron habitaciones individuales, mientras que los hombres tuvieron que repartirse en los dos cuartos que quedaban. Vicente, Elsubnor y Alf se instalaron en la habitación al lado de la de Pipa, y Lojirrian y Luis lo hicieron al lado de la de Proserpina, para disgusto de ambos.

A la hora de la cena, el grupo iba vestido igual que cuando llegaron, a excepción de Pipa, que llevaba su atuendo de baile. Cuando bajaron las escaleras hasta el comedor se encontraron con la familia al completo de don Servando. Sus tres hijas, sus dos hijos y su esposa, todos ellos con los cabellos negros como la noche menos la señora, que ya tenía alguna cana. La señora le hizo una inclinación a la juglar, pues ya había sido visitada por Pipa a la tarde, pero las niñas, que dos de ellas eran prácticamente unas crías, corrieron a abrazarla. La tercera, algo más mayor pero que no pasaba de los once años, se acercó caminando y observando el blanco pelaje de Alf. El cazador se dio cuenta de ello y le dijo a la niña.

-¿Quieres tocarlo?

-¿Puedo? -Dijo la cría con luz en los ojos.

-Claro. No muerde a niñas bonitas. -Dijo él con una sonrisa.

-Es un perro muy grande... ¿Cómo se llama?

-Se llama Alf.

-Hola Alf. Soy Rosa. ¿Cómo estás? -Dijo la niña mientras acariciaba al perro en la cabeza.

El animal, por toda respuesta, cerró los ojos mientras disfrutaba de las caricias de la niña.

La cena fue buena y grata, y Lojirrian habló largo y tendido con don Servando de tácticas militares y de chistes de campaña, lo cual hizo que la mayoría de las veces se escucharan las risas de ambos, de Luis y del otro hijo del noble. Sin embargo, Teodoro estaba algo alejado de toda conversación y contestaba de mala gana cuando alguien le decía algo. Después de cenar, Pipa se colocó en el centro del comedor y sacó su pandereta.

-Con su permiso, señor, les pediré a dos de mis amigos que me acompañen en mi espectáculo de esta noche. -Dijo la juglar.

-Claro, Pipa, como tú quieras.

Pipa les hizo señas a Luis y a Vicente para que se acercaran. El primero llevaba una flauta larga y blanca, y el segundo un laúd lacrado con el color de la madera. Los dos se sentaron cerca de ella mientras esta comenzaba a hacer sonar su pandereta. Al poco tiempo, los tres estaban improvisando una canción a tres bandas mientras la juglar bailaba sin parar. Y cantó para los presentes, pues tenía preparada una canción de aventuras para la ocasión, en la cual salían todos ellos, pero nadie supo quienes eran los protagonistas. Poco a poco, la danza de Pipa hizo que tanto el noble como su esposa comenzaran a sentirse con ánimos de bailar, y salieron a hacerlo con sus hijas. Estas daban vueltas alrededor de la juglar, de Luis, el cual se había levantado también para bailar mientras tocaba la flauta, y de Vicente, que era el único de los tres que seguía sentado. De los hijos del noble, solo Teodoro se quedó sentado, mientras que el otro, Javier, se levantó para danzar junto a sus hermanas. Los únicos que se quedaron sentados fueron Lojirrian, Proserpina y Teodoro. Hasta Alf se animó a bailar.

Un rato después, todos cansados del ejercicio hecho pero contentos, se despidieron diciendo que estaban con ganas de dormir, y se dirigieron a sus respectivos aposentos. Se quedaron los seis en el pasillo en el que se comunicaban todas las habitaciones.

-Estoy petadísimo... -Dijo Luis mientras se secaba el sudor de la cara.

-Aprende de mí, macho. -Dijo Vicente también sudando. -Yo he estado todo el tiempo sentado.

-Claro, como el señorito solo tocaba el laúd. -Dijo con una sonrisa Pipa. -Los demás hemos estado bailando.

-¿Quieres decir que tocar el laúd no es dificil, señorita? -Dijo cruzándose de brazos y sonriendo el ladrón.

-En absoluto, se lo dificil que es tocar un cacharro de esos. -Dijo esta para escusarse. -Pero en fin... me voy a dormir ya...

-Si, yo también. -Dijo Proserpina.

-Oye Proser. -La detubo Luis.

-¿Qué quieres?

-Si te masturbas hazlo en silencio. ¿Vale? Nosotros queremos dormir.

-¡Vete a la mierda, pervertido! -Gritó la bruja mientras cerraba de un golpe la puerta de su cuarto mientras el guerrero y el espadachín se desternillaban de risa.

El grupo se separó, entrando cada uno en su cuarto. Pipa se encontró con unos aposentos mejores a los que tuvo la última vez que durmió allí. Una cama muy mullida, una cómoda al lado de esta, un gran armario y una mesa con pergamino, tinta y pluma, junto a una mesa.

La chica estaba realmente cansada, así que decidió irse directamente a dormir. Ya se limpiaría el sudor al día siguiente. Se quitó la ropa sudada, dejando solo dos collares en su esbelto cuello y sus paños menores, y se tiró encima de la cama. El sueño le robó la conciencia casi instantáneamente.

Pero un sonido la hizo despertar una hora más tarde, y al girarse, se encontró con una sombra encima de ella. Cuando intentó preguntar quién era, la sombra la amordazó con una mano y con la otra agarró las dos manos de la chica.

-Te dije que debías tenerme más respeto, Pipa.

Continuará...