4. Red-Riding Hood
"Little girls, this seems to say / Never stop upon the way / Never trust a stranger friend / No-one knows where it may end / As you're pretty, so be wise / Wolves may lurk in every guise / Now as then, 'tis simple truth / Sweetest tongue has sharpest tooth". (The Company of Wolves)
− Shh… Despierta, Teresa. − siseó una voz, cosquilleándole el oído como la lengua de una serpiente. Apretó los párpados. La cabeza era una olla a presión, con un dolor que le martilleaba detrás de los ojos y se irradiaba hacia las sienes y la nuca. Sentía la boca seca como si hubiera tragado medio desierto de Mojave, la lengua con la textura de la lija y las grietas de los labios escocían al mínimo movimiento de sus músculos faciales. Le dolía el pecho y el brazo derecho. Apenas notaba un hormigueo en los pies, sentada como llevaba en ellos, de rodillas, sólo Dios sabía cuánto tiempo. Pero el dolor significaba que seguía con vida. Y nada más que por eso sentía avivarse los rescoldos de la esperanza. Sin el peso familiar y reconfortante del arma en su cadera, intentó serenar su respiración hasta recuperarse de la conmoción y poder repasar en su cabeza todo lo que recordaba hasta ese momento. La pelea con Jane. La llamada al móvil mientras conducía. Virgil pidiendo auxilio. El coche que la había sacado de la carretera… Dios. El dolor… Se obligó a agudizar la concentración, a tratar de identificar aquella voz aséptica, calculadora. Pero en lo más profundo de su subconsciente, sabía que si lo hacía, o si abría los ojos y se encontraba con un rostro descubierto, su destino estaría determinado. No temía a la muerte…pero necesitaba avisar a los suyos de que Minelli corría peligro. Jane había estado en lo cierto. Red John iba tras uno de los suyos. − Tsk, tsk… fingir no le servirá de nada, Agente Lisbon. Sé que ha recobrado la conciencia. Puedo escuchar sus pensamientos sin ningún esfuerzo, son como hormiguitas desesperadas por escapar. Le aseguro que jamás lo conseguirían, aplastadas bajo mi puño en un despiste. Así que le sugeriría que evitara cualquier amago de heroicidad y cooperara para hacer la transición mucho más agradable y…limpia para los dos.
Tranquila, Teresa, tranquila. No pierdas la calma. No cometas ninguna locura. Se repetía como un mantra.
Un bofetón la hizo abrir los ojos de par en par por puro reflejo y la cabeza le bamboleó de un lado a otro como la de una muñeca de trapo. No le quedó más opción que mirarle directamente a los ojos.
Conocía el perfil psicológico de Red John de memoria, del derecho y del revés. Tras analizar con cada nueva víctima, con cada nueva pista, los informes y la infinidad de carpetas en las quince cajas del archivo que llevaban el código de sus crímenes y la pegatina que indicaba que no estaba cerrado. Sólo había una persona en el mundo, aparte del propio Red John, que conociera a aquel hijo de puta mejor que nadie y mejor que a sí mismo. Y ése era el padre y esposo de dos de sus víctimas más célebres. Sin embargo, por deformación profesional, le era imposible dejar de imaginar su rostro, si es que eso podía tener alguna validez a partir de unos rasgos psicológicos.
Alguna vez había fantaseado con habérselo cruzado, con haber hablado con él, incluso. Quizás había sido uno de tantos mirones en la escena de un crimen a los que había pedido con tono intransigente se alejara del precinto policial durante un caso. O puede que simplemente se tratara del solícito vendedor de seguros cincuentón y bien parecido que la tentaba con ofertas imposibles cada quince días. El cajero en el supermercado. Algún catedrático culto, elegante y desquiciado. Se preguntaba si, por algún casual, el brutal psicópata podía esconderse tras la máscara del chico apocado pero cortés que le cedía paso en la cola del Starbucks cuando coincidían a la hora del desayuno.
Pero nunca, jamás, habría esperado la puñalada en la boca del estómago que le fue asestada al identificar al verdadero Red John. La punzada de culpa por haber caído en la trampa. No pudo contener la arcada y el poco contenido de su estómago (café, ácido y bilis) le ardió en el centro del pecho y le alcanzó el paladar.
Él rió, como su sello, ante la tragicomedia que estaba protagonizando para él. Hubiera querido hacer jirones esa carcajada con sus propias uñas de no haber tenido las manos atadas tras la espalda con sus propias esposas. Hundir los dedos en aquellos ojos en los que había confiado ciegamente en otro tiempo. Cuántas traiciones… cuántas veces la habría utilizado como una ficha en su macabro tablero de juegos.
Debió interpretar el odio y la repugnancia contorsionándose en su rostro ó aún más la cara, desafiante, sorbiendo el hilo de sangre que resbalaba por su nariz. No pensaba darle el gusto de titubear, de mostrarse vulnerable por la revelación.
Como herido en su amor propio – probablemente había esperado una escena aún más efectista y melodramática–, Red John le apretó el rostro con una sola mano en un arrebato. Los pulgares bastos y encallecidos labraron hoyos en sus carrillos y sintió el regusto metálico de la sangre al hundirse la carne en los bordes irregulares de los dientes.
− Así me gusta. Santa Teresa, mártir por la Causa.
No había nada de paternal ya en el tacto de su antiguo mentor y jefe.
− Hablarás. Gritarás. Llorarás. O ya lo hará nuestro amigo común cuando compruebe por sí mismo que luces el rojo aún más bella que su desafortunada esposa.
Limpia la sangre que escurre sobre su labio superior tan sólo para mancharle la boca deliberadamente con ella, en un mohín carmesí.
− Es una lástima, querida. Una verdadera lástima que terminemos así, con lo bien que nos hemos llevado siempre. − procuró que el estremecimiento no fuera evidente; aún así la insinuación hizo que un escalofrío le erizara todo el vello del cuerpo. − Pero el señor Jane vuelve a confiarse demasiado y debemos recordarle que para jugar en esta liga hay que apostar, asumir riesgos a un precio muy elevado. Debemos homenajear a aquellos que parece haber olvidado que perdió por la misma arrogancia natural de que hace gala últimamente… ¡incluso para con los que se preocupan por él! Qué digo – más risas jocosas. – especialmente con los que quieren quererle, ¿no es así?
Se negaba a dejarse manipular, a delatar la verdad tropezando con los cabos sueltos de la red de emociones confusas y enmarañadas en que se había visto atrapada.
− Es más inteligente que tú, Virgil. No actuará a ciegas. No caerá en tu burda trampa…
− Oh… pero el problema es que se ha vuelto más humano, Teresa. Y la humanidad hace cometer errores, deslices… hasta a las mentes más brillantes, aplicadas y calculadoras.
− Aunque me matases ahora mismo, los planes de Jane no cambiarían. Descubrirá lo que ha pasado, te seguirá el rastro…pero no acudirá solo. Traerá a los chicos, refuerzos…
El asesino chasqueó la lengua contra el paladar, divertido.
− ¿Aún creyendo en cuentos de hadas? Los dos conocemos muy bien a San Patricio, y – lamento traerte a la realidad – pero soy yo el único motor de su existencia. Vive para matarme y no retrasaría ese momento por nada en el mundo. Y mucho menos por cumplir con las normas…
−¡No le permitirán suicidarse viniendo aquí! Son buenos policías, los mejores con los que he trabajado…Averiguarán adónde ha ido más tarde o más temprano…
− Bien, bien. − la miraba como si estuviera relatando una fábula fantástica. − Cuantos más, mejor. Además, ¿quién ha hablado de matarte? ¿O de matarle a él, si a eso vamos?
− Sabemos quién eres. No dejarás que salgamos de aquí con vida… Exhaló un suspiro dramático.
− ¿Qué es la vida? Quitarla es lo fácil. Lo secundario. Sacar la basura. No tiene ningún aliciente. Lo interesante es la tensión, el tira y afloja que agudiza el ingenio, que acaricia la mente y ensalza los sentidos. Si ahora mismo tu adorado Patrick Jane echara abajo esa puerta y acabara con él, todos estos preparativos perderían su gracia. Mi trabajo perdería su propósito y significado. Y la fiesta terminaría tan pronto que no resultaría divertida… Déjame que te cuente un secreto, agente Lisbon: no hay espectáculo más maravilloso que asistir a la destrucción de un hombre.
− No te lo pondremos fácil.
− Desde luego... Si hubiera sabido que interpretarías tan bien el papel de víctima y que participar pasivamente en este juego de gato y ratón te iba a emocionar tanto, habríamos tenido esta pequeña charla hace tiempo, Teresa. − le fue colocando una mordaza, tan apretada que le hirió las comisuras de la boca.− Tranquila, esta vez no me hará falta mancharme demasiado las manos. − se las mostró, carne, hueso y su sangre bajo las uñas.−Patrick Jane siempre ha tenido el precioso don de ser capaz de autodestruirse sin ayuda.
