3. Infra-Red

You'll see him in your nightmares,
you'll see him in your dreams
He'll appear out of nowhere but
he ain't what he seems
You'll see him in your head,
on the TV screen
And hey buddy, I'm warning
you to turn it off
He's a ghost, he's a god,
he's a man, he's a guru
You're one microscopic cog
in his catastrophic plan
Designed and directed by
his red right hand
(Red Right Hand – Nick Cave and the Bad Seeds)

I'm coming up on infrared, there is no running that can hide you,
Coz I can see in the dark.
I'm coming up on infrared, forget your running, I will find you.

One more thing before we start the final face-off,
I will be the one to watch you fall,
So I came down to crash and burn your bagger's banquet.

Someone call the ambulance..There's gonna be an accident.

(Infra-red – Placebo)

− Vaya, Teresa, ¡pero mira a quién tenemos con nosotros por fin!exclamó, con exagerada animación y el rostro descubierto, levantándose de la mesa perfectamente vestida para una especie de cena macabra. Ya pensábamos que no llegaría a tiempo para nuestra cita, señor Jane. Por favor, tome asiento…

La expresión en el rostro del mentalista parecía cincelada en mármol. Fría, imperturbable, concentrada. Tenía la chaqueta y el chaleco arrugados y los rizos más revueltos que de costumbre. Había profundos surcos oscuros bajo los ojos, que mantenía fijos en su interlocutor, sin delatar ningún tipo de sorpresa, desconcierto o la esperable rabia de quien es traicionado por un amigo. Sin embargo, lo que hacía removerse a Teresa Lisbon en su asiento, era justamente la infinita calma en sus movimientos, en el asentimiento de cabeza que dedicó a Virgil Minelli. El asesino de su esposa y de su hijita. Como si sólo hubiera visto confirmadas sospechas albergadas largo tiempo.

− Buenas noches, John. saludó con tono seco, reconociéndolo abiertamente por su pseudónimo. − Jamás pensé que nos veríamos cara a cara…tan pronto. − Se acercó a la silla vacía que encabezaba el otro extremo de la mesa. Sujetó el respaldo con una mano, imprimiendo tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon. Sin apartar la atención del criminal, ladeó la cabeza hacia el lado donde Lisbon contemplaba la escena en silencio. No le hizo falta preguntar.

− Estoy bien, Jane.

Bien, aunque jodidamente indefensa, con las muñecas encadenadas a la pata de aquella mesa y las piernas a las de la silla que ocupaba. Sin su arma. Y con un psicópata sin escrúpulos y con experiencia policial presionando el filo de una navaja sobre el pulso de su carótida.

El asesor del CBI pareció conforme con la respuesta a pesar del cuadro morado y negro que llevaba tatuado en la piel y no inquirió más al respecto.

− Esto es entre él y yo. No te lo tomes a mal, Lisbon, pero eres sólo una herramienta más en sus manos.

Virgil sacudió la cabeza de lado a lado lentamente y emitió un chasqueó la lengua contra los dientes en señal negativa. La navaja se balanceaba peligrosamente, arañando la piel sudorosa de su garganta. Procuró no tragar saliva, estiró el cuello instintivamente y luego quedó congelada en la pose por evitar cualquier movimiento en falso. La habitación empezaba a dar vueltas a su alrededor.

− Te precipitas al pensar que Teresa es un mero títere. Quizás sea una pieza clave en nuestra historia juntos, Patrick, al menos desde que se cruzaron nuestros tortuosos caminos. Quizás esta mujer entra en mis planes más de lo que crees…

− ¿Y por qué sacarla a escena precisamente ahora?

Estaba tanteando el terreno, tirando del hilo poco a poco, con sutileza.

− Qué manera de echar por tierra una velada íntima preparada con tanto mimo, Patrick, y teniendo el sitio de honor. ¿Ves? Ese es tu problema. Haces del trabajo un juego…¿y del ocio? Algo demasiado serio.

Patrick extendió las manos en señal de paz, sonriendo de medio lado. Sin diversión ni ternura. Tomó asiento como para contradecir aquella acusación. Sacudió una mota inexistente del impecable mantel rojo y entrelazó los dedos de las manos sobre el espacio ante él.

− Ya que me has hecho venir hasta aquí para el jaquemate, al menos podrías darme las respuestas que necesito antes de morir. Un último deseo, por llamarlo de alguna manera. ¿Por qué no dejarme directamente su cadáver como regalo en el sofá de la oficina? El sacrificio hubiera tenido más sentido. La humillación para mí, para el cuerpo federal…hubiera sido imbatible. Tu marca en nuestro sitio de trabajo, en tu antigua oficina. − evocó un hipotético titular en el aire. − Un golpe de efecto que te ganaría un puesto honorífico en cualquier manual de criminalística.

Jane hizo una pausa y encogió los hombros.

Mentalmente, Teresa cruzó los dedos para que cualquiera de las palabras moduladas con precisión por Jane tradujera algún tipo de código que alertara a sus chicos y a los SWAT por el micrófono– oh, Dios, tenía que llevarlo prendido en algún sitio, oculto – de que les tocaba pasar a la acción.

Los segundos transcurrían con parsimoniosa lentitud sin que irrumpieran los refuerzos. Su peor pesadilla se estaba haciendo realidad.

− Por eso me pregunto. ¿Por qué dejarla vivir? No será por contar con un testigo mientras la asesinas a sangre fría.

El tono escéptico, indiferente para con el destino de su vida, como si ésta realmente importara bien poco en el marco de su vendetta, cayó como una bola de plomo en la boca de su estómago vacío, hundiéndola más en la silla.

− Hay más alternativas, querido Patrick. ¿Por qué no… matar dos pájaros de un tiro? Terminar de destruirte. No tu vida, que de eso ya no te queda… pero hacer que se derrumben las ruinas que quedan del hombre que fuiste al acabar con ella de la misma manera en que despaché a tu señora y a tu pequeña. La dulce Lucy… aún conservo la música de su llanto a buen recaudo. Tan bonito como su sonrisa.

Jane apretó la mandíbula hasta que casi podía escucharse el roce de sus molares en el silencio sepulcral que llenó la sala. Tenía los ojos vítreos, sin parpadear, clavados en el rojo mantel.

Pero Minelli era como el predador que se aburre de la inyección de la adrenalina que proporciona la persecución y salta sobre su presa. Sediento. Hambriento. Directo a la yugular.

− Así, todas las mujeres…todas las personas que han importado algo en tu vida pasarían por mis manos, besarían el cuchillo. Vestirían el rojo que tiñe tu existencia…

− Jane… no le escuches. ¡Está jugando contigo, como intentó hacer conmigo!

Los labios de Red John se retorcieron en su cara henchida de orgullo, como las sonrisas sangrientas de sus pintadas.

− Es patético que un manipulador de la mente tan pagado de sí mismo como tú llegué a autoengañarse tan profundamente con algo tan banal. Igual de patético que creer que esta charada te va a salir bien. Que fingir que esto no te importa − deslizó la navaja a lo largo de la curvatura del cuello de Teresa. − hará que me lo trague y entonces deje de importarme lo suficiente para preservar su vida. En el fondo estás aún en pañales, Patrick Jane… sigues siendo el mismo espectáculo circense que eras de crío. Una maraña emocional, aprovechado e impetuoso en la toma de decisiones. Apuesto a que padeces de insomnio, arrepentido por haber permitido que tu vanidad me retara por televisión aquella fatídica noche…

− El insomnio es porque juré no descansar hasta atraparte, hijo de perra.

Jane no enseñó los colmillos, pero sí el esmalte de los dientes. Cualquier otro hubiera escupido al suelo directamente para no envenenarse con esas palabras. Pero no él, él sonreía, como su oponente, focalizando todo su desprecio y odio en los hoyuelos en cada extremo de su boca.

Todas las alarmas se encendieron en su cerebro. El sexto sentido de Teresa Lisbon le transmitió un presentimiento. La sensación angustiosa de que estaba a punto de ocurrir una catástrofe la hicieron intentar zafarse de sus ataduras una vez más. Por la brusquedad del movimiento, el metal de las esposas se hundió más en la carne y la hoja de la navaja puncionó su piel.

− … hasta hacerte pagar lo que hiciste a mi familia. A todos los que mataste, a todos los que manipulaste, todas esas vidas que arruinaste sin remedio… Juré que dedicaría todo cuanto soy, todo de cuanto dispongo, mi don, mi vida…a la sola empresa de evitar que volviera a suceder. Despídete, Red John.

La locura ensombrecía los ojos claros de Patrick Jane, resignado a la condena del juramento de vengar la memoria de su familia. La situación era crítica. El tiempo apremiaba. El hilo de sangre empapaba la parte delantera de su camisa. Mareo y nauseas en el afán por levantarse estando inmovilizada. La robusta mesa que no se movía un jodido milímetro, pero con el traqueteo y el tirón del mantel logró hacer caer las copas y la cubertería al suelo con un estallido.

− ¡JANE, NO!.

Su chillido rasgó la tensión en el ambiente y actuó como detonador de la secuencia de acontecimientos que se sucedieron a cámara lenta. Un clic metálico. El suelo tembló y el eco del vaciado de un cargador reverberó en sus tímpanos. Humo y pólvora en el aire, fuego en los pulmones, y cayó, envuelta la clase de niebla espesa que separa la conciencia de la inconsciencia.