2. Red Sun Rising

This wicked city just drags you down
You're with the red lights, your side of town

Don't say it's easy to follow a process
There's nothing harder than keeping a promise

Blood runs through your veins, that's where our similarity ends
Blood runs through our veins

Blood runs through your veins, that's where our similarity ends
Blood runs through our veins

There's nothing believable in being honest
So cover your lies up with another promise
(Blood – Editors)

Juicio, jurado popular, juez y sentencia unánime. Pena capital por el asesinato en primer grado de 15 mujeres y una menor en actos de manifiesta crueldad, tortura y ensañamiento, por planificar y colaborar en el asesinato de tres agentes federales y por secuestro y agresión de un agente federal. Con el agravante del inconcebible hecho de que se trataba de un miembro de las fuerzas del orden en acto de servicio. Ningún atenuante había conseguido que rebajaran la sanción. Ni el as de los trastornos psiquiátricos que se sacó su reticente abogado de la manga, ni el cáncer de páncreas incurable que le había invadido, ni la cojera causada durante su detención. Aquel hombre, aquel monstruo reconocido por la prensa, resultaba demasiado peligroso hasta para permanecer internado en una institución penitenciaria de por vida. No era un simple tullido. El poder seguía estando ahí en su mente indoblegable, en el poder y la autoridad de su voz al sugestionar. El verdugo vio bajar el nivel de cada uno de los líquidos en las jeringuillas de cristal al ser inyectados en las venas del criminal apodado John el Rojo con las emboladas pautadas cronométricamente y en orden secuencial por la ley. Un cocktail letal. Tiopental sódico. Anestésico. Hipnótico. Narcótico. Adormece, priva de sentido, de la angustia del ser consciente de la propia e inevitable muerte. (quizás la dilución no sea la adecuada para inducir el coma, a fin de cuentas. Rodar una coma al realizar unos cálculos puede ocurrir. Y el reo se retuerce sobre la camilla como un lagarto al que le se hubiera seccionado la cola). Bromuro de pancuronio. Paralizante muscular y, por definición, sinónimo de parada respiratoria. (los espasmos que le hacen sacudirse y forzar las contenciones mecánicas comienzan a ceder naturalmente; el diafragma deja de funcionar y dejan de ver el pecho subir y bajar agitadamente; y, ahí está, el estertor, la mirada en blanco, la agonía que estremece involuntariamente a los testigos – familiares de sus víctimas – que presencian el ajusticiamiento a través del cristal). El cloruro potásico se ocupa del resto. Ocurre un cortocircuito y el corazón fibrila intentando recuperar su ritmo sin éxito. Se detiene la máquina y deja de bombear sangre al organismo. Ésta se estanca, roja, pastosa, pegajosa. (no quiere ver la sonrisa que deja en el mundo incluso al morir). El ejecutor apartó la mirada y exhaló un hondo suspiro. Secó las lágrimas con sus manos húmedas por el sudor. − Elegiste el Estado equivocado para matar. − murmuró contra el cristal. Se volvió hacia el verdadero funcionario de prisiones cuyo puesto había usurpado por un rato. Susurró un débil "ya está hecho" en su oído y chasqueó los dedos, devolviéndole su conciencia. Algo confuso, el oficial observó su mano a milímetros de la palanca bajada y apenas tuvo tiempo de reparar en la figura rubia que se disculpaba por la equivocación de habitación, giraba el pomo de la puerta y se largaba. Se preguntó si alguien había podido indicarle por fin dónde se encontraban los servicios para los visitantes.

***

Patrick Jane se reunió con Kimball Cho en el corredor antes de poder sentir algún tipo de remordimiento por lo que había hecho. Le dedicó una mirada de gratitud, sobria y serena. El agente le tendió un pañuelo de tela y le instó a regresar con sutileza al habitáculo con el resto de familiares de las víctimas de Red John.

Nada más entrar, con la máscara de sufrimiento calada en el rostro, Van Pelt, la cándida Grace, le preguntó si se encontraba mejor y le estrechó en un abrazo sincero. Rigsby se limitó a condensar toda su empatía en un fuerte y viril apretón en el hombro.

Entonces, al examinar el panorama, sintió recompensado el ejercicio de la paciencia por primera vez en su vida. Algunas de aquellas personas lloraban de alivio, otros estaban en shock y siendo atendidos por psicólogos y paramédicos. La mayoría simplemente seguía mirando al frente cómo se desarrollaban los créditos de la película que acababan de presenciar. Desataron el cadáver, lo cubrieron en una sábana y lo sacaron por la puerta trasera. Y ellos seguían mirando el vacío, desafiantes, pero en calma, relajados. Capaces de volver a dormir sin pastillas a partir de esa noche.

¿Él? No, no estaba satisfecho, ni en paz con el universo. Pero aquellos cinco minutos y treinta y dos segundos habían mitigado su frustración. Teresa no habría aprobado su plan. Y llevaba razón… aquello no le había devuelto la vida a Rebecca o a su pequeña Lucy.

El dolor de la pérdida seguía ahí, sordo, continuo, pero los picos de impotencia e ira, la culpa, se habían desvanecido en el momento en que la línea se aplanó en el la confirmación del forense se sintió libre por primera vez en casi diez años. Casi vivo, o capaz de aprender a vivir con una motivación menos insana que la venganza. Como si un peso le hubiera sido retirado de encima de los hombros, y una sustancia oscura y densa como el alquitrán se desprendía lentamente de la suela de sus zapatos a medida que avanzaba por aquel pasillo estéril.

Por ellas le quedaban años de penitencia por delante, muchos otros pecados que resarcir y gente a la que ayudar libremente con sus habilidades. Y era consciente de que aún así nunca sería suficiente pago.

***

El sol orondo como una naranja, como sólo podía admirarse en California a esas horas tan tempranas, asomaba en el horizonte con extrema pereza.

Se había despedido de sus compañeros de trabajo a las afueras de la prisión, pero había tenido que aceptar el ofrecimiento para acercarle al sitio que quisiera. Les pidió tiempo para estar solo, y sólo aceptaron una vez que prometió dar señales de vida en la oficina al cabo de unas horas.

Realmente le conmovía su preocupación, aquella camaradería… no, aquella amistad. Los riesgos que estaban dispuestos a correr por él. Sus carreras, su respetabilidad, su propia moral e integridad. Habían ocultado el robo del arma de Lisbon de una bolsa de pruebas en el laboratorio, y habían maleado la realidad, estirándola a su favor, para encubrirle al declarar por triplicado que sus disparos habían sido en legítima defensa, estando él y Lisbon en peligro y los refuerzos aún en camino a la cabaña de Red John. Cierto que no había disparado a matar (no tenía tan mala puntería ni siquiera a ciegas) pero sí habría podido contener al asesino verbalmente hasta que llegara el equipo.

Eran lazos fuertes, en unas circunstancias turbias que lamentaba y hasta unos extremos que no estaba dispuesto a forzar. Pero, sorprendentemente, lo que habían hecho, había sido por voluntad propia. No hubo hipnosis ni sugestión, ni trampa ni cartón, en esa decisión común. Y esa confianza, ese compromiso, le arropaba como una manta con la sensación de pertenecer de nuevo a una familia, aunque fuera un tanto atípica.

Llevaba casi una hora dando tumbos por la avenida de Long Beach, con los pies descalzos hundiéndose en la arena aún fría y la brisa del mar revolviéndole el pelo. Reflexionando sobre los chicos, sobre el curso de sus próximos pasos, y huyendo de un recuerdo concreto. El de las palabras que le había espetado Red John en uno de los juicios desde el banquillo de los acusados, y que había tronado más como una amenaza ominosa que como un hecho.

Que en el fondo eran las dos caras de la misma moneda.

Sabía que había sido una burda treta por enfurecerle y hacerle perder la compostura delante del jurado… pero al mismo tiempo, le había recordado que tenía un lado oscuro. Terrible. Obsesivo. Pernicioso para los demás.

Giró la alianza de oro en su dedo anular, absorto en los reflejos que le arrancaba el podía controlarlo, tenía gente velando porque jamás ocurriera a la inversa. Y ahora también tenía esperanzas, el bosquejo de un futuro que empezar a construir.

Eso era lo que les diferenciaba.

Sin pensarlo más, sacó su teléfono móvil. Pulsó las teclas de memoria. No se sorprendió cuando descolgaron sin tener que esperar siquiera al segundo toque. Su voz sonó torpe, ronca, humilde.

− ¡Buenos días, rayito de sol! ¿Marie's Donuts y expresso? Invito yo…