1. Rose-tinted Dawn

I'm running out of ways to make you see
I want you to stay here beside me
I won't be ok and I won't pretend I am
So just tell me today and take my hand
Please ta
ke my hand
Please take my hand

Just say yes, just say there's nothing holding you back
It's not a test, nor a trick of the mind
Only love

It's so simple and you know it is
You know it is, yeah
We can't be to and fro like this
All our lives
You're the only way to me
The path is clear
What do I have to say to you
For Gods sake, dear

(Just say yes – Snow Patrol)

− Pero qué has estado haciendo…¿revolcándote en la arena como una croqueta? − preguntó, medio crispada- medio divertida, como la madre que riñe a su hijo de tres años al recogerle en la esquina del bulevar a él, una bolsa voluminosa y varios kilos de arena rubia enganchados del traje oscuro.

El culpable agitó la bandera blanca en forma de logo de su cafetería favorita, haciendo que más arena cayera sobre el asiento. Teresa Lisbon zarandeó la cabeza, examinándole de arriba a abajo por encima de las gafas de sol.

− Eres incorregible, Patrick Jane. − declaró abiertamente, mirándolo como si sólo tuviera cabida en un centro de chicos problemáticos.

− Ahh… ¡pero te gusta! − le dedicó una sonrisa ladina, de medio lado. − Así que no te quejes… − disimuló un bostezo mientras se abrochaba el cinturón de seguridad. Empezaba a sentir el agotamiento acumulado tras semanas de tensión ininterrumpida.

La agente se quitó las gafas y frunció el ceño de un modo adorable. No sabía si atribuir el gesto a la luminosidad que jugaba con cierta malicia a cegarla y variar el brillo de sus ojos verdes o a la simple y llana preocupación por él.

− ¿Cómo te encuentras?

Estaba bien fingir normalidad y lanzarse bromas durante un rato. El flirteo deportivo de toda la vida encendía la chispa en la rutina de papeleo en que les habían embarcado hasta que estuvieran centrados y en forma para trabajo de campo. No obstante, en el último año había habido un cambio en la dirección del viento. Desde el arresto de Red John, aquellas 48 horas de hospitalización hasta que los médicos accedieron a concederle el alta voluntaria, la vida en los Tribunales… los dos se habían acercado casi sin darse cuenta.

Pasaron de orbitar uno alrededor del otro, del tira y afloja con que él ponía a prueba constantemente su paciencia, a un sentimiento de proteccionismo, posesividad casi, que les había roto los esquemas. Que les había puesto incluso en entredicho profesionalmente. Su proximidad había despertado (o alentado) mil y un rumores sobre affaires secretos y confraternización en horarios laborables. Y así todo, detalles como ése, que se interesara por él sin presunciones, sin prejuicios ni observaciones, sin presionarle para sonsacarle información pero expresando la necesidad personal de obtenerla... le hacían querer acortar el resto de la distancia que les separaba y acariciar la cicatriz pálida que tachonaba su cuello.

− Ha sido una madrugada dura, pero no he estado solo.

Enarcó la ceja, sin disimular su escepticismo, y cruzó los brazos sobre el pecho. Quizás con el roce había copiado algunas de sus propias habilidades y había acabado leyéndolo como un libro abierto. Mejor. No quería ser capaz de esconder nada de Teresa Lisbon. De hecho, una parte de él deseaba que ella averiguara lo que había hecho esa mañana, aunque aquello pusiera en peligro la…relación que tenían. Que podían tener. Pero sospechaba que ya lo sabía y justamente por eso no había querido acompañarle a la prisión.

Era una mujer muy compleja, su Teresa.

− Bien. Aunque no te acompañara supongo que sobra decir que…puedes contar conmigo si necesitas...

El hombre sonrió. Una sonrisa radiante, honesta, que le calentó el corazón.

− Necesito que me lleves a casa. − interrumpió, descolocándola por completo.

Sabía que Patrick Jane evitaba su mansión a toda costa por los fantasmas que la habitaban y que por eso había adoptado como lugar de residencia el sofá de la oficina. Que había hecho retapizar, por cierto. No obstante, el tono con que había expresado su intención de regresar allí era definitivo, el de un dueño decidido a rehabitarla y no limitarse a vagar por ella como un alma en pena.

− De acuerdo. Adonde digas… pero te suelto allí como un paquete y luego te buscas la vida. A las diez tengo que estar sin falta en la central, la burocracia me espera. − refunfuñó, rodando los ojos y recolocándose las gafas. Hizo una pausa y se aclaró la garganta antes de continuar. − ¿Estás seguro de que estás preparado para…volver allí? Todo está muy fresco aún, nadie te echaría en cara que decidieras darte un margen de tiempo…

− Tengo que hacerlo. Es mi casa. Nuestra casa. − susurró, mirando con tristeza a través de la ventanilla del coche mientras enfilaban la carretera a Pasadera. − Ya he dejado que esto…dure demasiado tiempo. Debo intentarlo, al menos, antes de decidir si necesito desprenderme de ella. También alberga recuerdos hermosos, Teresa. −colocó su mano izquierda sobre la de ella, anclada en la palanca de cambios.

Ella volteó la mano y estrechó la suya, sin apartar los ojos de la carretera. No podía estar más orgullosa de él.

***

Cuando llegaron a su caserón, prácticamente la arrastró fuera del coche alegando que desayunar sobre cuatro ruedas no eran maneras. Y que necesitaba su ayuda – y la culpa era de ella por haberse ofrecido en primer lugar – para algo trascendental. Al final, a regañadientes y después de llamarle manipulador abusivo unas quinientas veces, accedió.

Permanecieron parados sin saber qué hacer ni qué decir en el centro de su recibidor, rodeados de mármol y granito polvoriento, de antigüedades protegidas con cobertores, de silencio y claroscuro. Le pareció que se encontraban en una especie de santuario particular. Aunque fuera una blasfemia por la cruz que llevaba prendida del cuello en una cadena que surcaba la cicatriz que le dejó Red John, aquel momento, aquel lugar, era su iglesia y su confesionario.

La luz que se colaba por la vidriera de la puerta principal arrojaba halos de colores sobre los rizos dorados y la palidez del rostro de Jane. Fue un lapsus ridículo, unos segundos en que el aliento quedó atrapado en el centro del pecho, y se vio obligada a desviar la mirada de la suya, que la había sostenido con delicadeza, pero con la misma atención apasionada que ponía en todo lo que le interesaba.

− Bueno… ¿qué era eso tan importante que teníamos que hacer? − preguntó, por romper la magia que les tenía a ambos hipnotizados.

Patrick ladeó la cabeza, saliendo de su ensimismamiento.

− Ahora verás. Pero así vestida no puedo dejar que me ayudes… − examinó el estado de sus propias ropas. − Ni yo tampoco; todavía podrán hacer algo con este traje en la tintorería. − le mostró el dedo índice. − Dame un minuto. La cocina está al fondo a la izquierda, pero eso ya lo sabías. En fin, ponte cómoda donde quieras. O donde vayas a estornudar menos.

¿Cómo demonios sabía que era alérgica a los ácaros?

Se forzó a cerrar la boca, que se había quedado abierta en una "o" pequeña y perfecta. Diablo de hombre…

Aprovechó para telefonear a la oficina y anunciar que se retrasaría. Van Pelt atendió la llamada y la excusó con tanta alegría que parecía que estuviese deseando quitársela de encima. "Tenía derecho a tomarse un día libre de vez en cuando" y "le notaba la voz algo tomada, así que era mejor que descansara". La confusión le duró los segundos que tardó en recordar dónde estaba y el estado de abandono de aquella casa y de su dueño. Le aseguró a la agente que se mantendría localizable en el móvil si surgía algún imprevisto antes de cortar la comunicación.

Extraía los altos vasos de cartón y los dulces, cuando escuchó las suaves pisadas de sus mocasines de regreso. Se había quitado la chaqueta y el chaleco, y se había desabotonado los primeros botones de la camisa, pero por lo demás lucía igual que minutos antes. Deslustrado frente a su aspecto impoluto habitual, con pequeñas arrugas formándose en el ángulo de sus ojos y una barba incipiente salpicando su mandíbula. Era probablemente la primera vez en que se le revelaba un Patrick Jane tan humano y natural. Sin la máscara de showman, sin fingir entereza ni la frialdad de un busto apolíneo grabada en sus facciones.

Dio unas palmaditas en taburete junto al suyo, invitándole a sentarse en su propia cocina.

− Se te va a enfriar el café.

− Nah. Aunque no lo creas tengo microondas. No soy muy amigo suyo, pero sé utilizarlo. − Pese a las protestas obedeció, dando un sorbo a su café negro. − Te he traído una de mis camisas… mi armario no es que sea demasiado variado, y te quedará enorme, pero no me parecía apropiado…

Teresa cogió la prenda y la depósito sobre la encimera, lejos de las migajas que pudieran mancharla.

− Está bien, Patrick. − pareció maravillado de que hubiera optado por usar su nombre de pila. No fue premeditado, pero teniendo en cuenta que los dos eran unos lobos solitarios que protegían infinitamente su privacidad, que la hubiera hecho partícipe de su intimidad era un honor. Y lo reconocía como tal. − En cuanto terminemos el desayuno, que Dios sabe cuánto hace que no pruebas bocado, recogeremos esto y me pondré la camisa. No sé qué tramas, pero te aseguro que no dejaré que esta blusa corra ningún peligro. Me costó medio sueldo el mes pasado.

Rieron. Compartieron un silencio confortable entre mordisco y mordisco de chocolate y azúcar. Se pelearon como críos por el último de los bollos en la bandeja hasta concertar que la vía salomónica era la más equitativa. Hablaron de todo y nada, encerrando en un paréntesis de olvido los sucesos de las últimas semanas y en especial de la última noche.

***

Efectivamente, la camisa de Jane le quedaba como un saco, a la altura de las rodillas. De todas maneras, estaba acostumbrada a heredar en préstamo viejas prendas de la universidad y del equipo de rugby de sus hermanos cuando les visitaba (que no era demasiado a menudo). Y no podía quejarse. Aquella camisa estaba limpia, fresca y, quería convencerse de que no había reparado en ello, pero conservaba el aroma distintivo de su colonia. Respiró hondo. Por lo menos esperaba que fuera suficiente para salvaguardar sus pantalones de vestir del peligro inminente. Dobló las mangas hasta el pliegue del codo para que fuera más manejable y salió del cuarto de baño, expectante.

Jane había estado alongado en la barandilla de la escalinata, mirando a algún punto indefinido de los metros que distaban hasta el suelo de la primera planta, pero se volvió hacia ella en cuanto la escuchó cerrar la puerta del baño.

− ¿Listos? −. Preguntó, y su intuición le dijo que la cuestión iba más dirigida a sí mismo que a ella. Como si el siempre confiado, orgulloso y obtuso Patrick Jane necesitara armar una coraza de fuerza para la actividad.

Asintió con la cabeza, firme y sin dudar. Suponía que, fuera lo que fuera lo que se traía entre manos, le intimidaba tan profundamente que se había visto obligado a recurrir a alguna de las pocas personas que le quedaban en su círculo de confianza. Eso la asustaba y la halagaba a partes iguales, pero no podía dejar que leyera ninguna de esas emociones en su rostro, gestos o voz, al menos no con facilidad. Si era lo que precisaba en aquel momento…estaba dispuesta a funcionar de muleta y para eso tenía que ser fuerte por los dos.

Entonces él extendió su mano, y ella la tomó a ciegas. Estaba fría, ligeramente húmeda, así que inconscientemente trazó un arco sobre el dorso, procurando transmitirle serenidad. Estoy aquí, hubiera querido decirle con palabras. Aquí, contigo, ahora, pase lo que pase.

La condujo por un camino dolorosamente familiar hasta la puerta cerrada de una habitación desnuda pero atestada de recuerdos. Su purgatorio en la Tierra.

A los pies de la cama infantil, dos brochas y la lata de pintura plástica color melocotón (el favorito de su esposa) que había comprado esa mañana antes de que le recogiera con el coche. El secreto celosamente guardado del que probablemente había estado debatiendo desde el alba si debía hacerla partícipe.

La cara redonda, ya de una tonalidad parda-negruzca como la herrumbre, sonreía perversa y desafiante, como lo había venido haciendo durante años.

Le observó de reojo. Su nuez de Adán temblaba, carraspeó para aclararse la voz.

− Está muerto, Lisbon. Pero no su obra… Llevabas razón. Eso sigue aquí y lo seguirá siempre…¿podré descansar alguna vez?

Se mordisqueó el labio inferior, ahogando la respuesta agridulce que hubiera sonado más como un sollozo. No necesitaba su compasión ni su empatía ahora mismo. Lo entendía ahora. Necesitaba ojos verdes y manos blancas que guiaran su mano para borrar los rastros del rojo de su vida.

Teresa se acuclilló junto a la lata y, con algo de esfuerzo, consiguió levantar la tapa metálica. Sumergió la brocha en la mezcla espesa y el olor fuerte, penetrante, de la pintura lo inundó todo.

Poco a poco, mecánicamente, Patrick se fue acercando y se arrodilló junto a ella. Contempló la alianza que portaba en su mano y, no sin cierto esfuerzo, consiguió deslizarla y sacarla del dedo anular. Acarició el metal y lo introdujo en el bolsillo de su pantalón, con la idea de guardarlo cuando todo hubiera terminado en el lugar al que pertenecía, junto al anillo de bodas de su esposa.

Tomó la brocha en esa mano y se puso en pie. Teresa había rodado el mueble para evitar manchar el cobertor o la madera, o para evitar siquiera que tuviera que tocarlos más de lo necesario.

Parado frente al dibujo infantil, que bien podría haber realizado su hijita si no se hubiera conformado con la pizarra que le habían regalado una Navidad para evitar desastres decorativos semejantes, volvieron a flaquearle las fuerzas.

Sintió el contacto tibio y suave de la mano de Lisbon sobre su muñeca, sus dedos acariciándole el dorso de la mano. El cabello oscuro rozándole el mentón, el perfume de su champú despuntando sobre el olor irritante de la pintura tan sólo porque casi no había espacio ya entre sus cuerpos.

Con el soporte que le ofrecía, familiar, inamovible, seguro…se dejó llevar. Deslizaron las cerdas de la brocha con suavidad sobre la pared, en una zona que no había sido mancillada, como si pretendiera demostrarle que aquella pared no le atacaría de repente. Les fue aproximando al círculo rojo y peligroso. Lo bordearon, lo cruzaron, lo invadieron. En dos brochazos le acortaron la sonrisa, en otro se la borraron del todo.

Quien ríe último…

Los ojos los arrancó él (ojo por ojo), con furia y angustia, en un zigzag frenético sin ritmo ni concierto, arrastrando pintura fresca sin respetar el orden de las capas para que quedaran homogéneas. Les salpicaba la ropa con goterones en el arrebato de agresividad que descargaba contra la obra pictórica de Red John y dejaba regueros de pintura rodar como lágrimas hasta que inundaban el borde del zócalo y formaban pequeños charcos anaranjados en el suelo.

Lloraba y reía, histérico, con sacudidas que seguían el tempo de la brocha que había cobrado vida propia en su mano liberada. Escuchaba la respiración acelerada de Teresa, las risas rotas que también se le escapaban a ella. Por ella, por su infancia trágica, por el dolor de una niña con melena de rayos de sol a la que nunca pudo conocer sino en un depósito de cadáveres, por la cicatriz de su cuello, por la tortura, por Bosco. Por él mismo.

No se había parado a pensar por qué Teresa Lisbon necesitaba cerrar aquel caso tanto como él. Tenía sus motivos personales. Y que hubiera carecido de la falta de integridad necesaria para, por decirlo de alguna manera, atajar el problema con sus propias manos la atormentaba. No. Teresa no era ninguna asesina…pero arrastraba la culpabilidad de albergar esos sentimientos homicidas frustrados en su interior. Ácido y azufre, veneno en el alma.

La detuvo con sujeción suave pero firme sobre el brazo tras dejarla descargar los restos del balde de pintura directamente contra la pared. La rodeó con sus brazos susurrándole naderías en el oído, contra los mechones oscuros que chorreaban pintura. Recibió puñetazos en el pecho y gritos que exigían que la dejara marchar, cuando ambos sabían perfectamente que, de haberle querido reducir, a pesar de su diferencia de complexión y estatura, lo habría conseguido.

La acorraló contra una esquina. Ambos hiperventilaban. Ella tenía los ojos enrojecidos y llorosos. Se aferró a las solapas de su camisa como un náufrago a una tabla en el medio del océano, él a su rostro, imprimiendo sus huellas en las mejillas encendidas.

Jane dejó caer su frente sobre la de ella, rozando apenas su nariz, notando la calidez de su aliento en los labios.

Se preguntaba si era el lugar (Dios santo, el dormitorio de Lucy…). Si era el momento (horas después de ejecutar a Red John). Si ella se arrepentiría a la mañana siguiente o cuando la ofuscara en medio de un caso. Si directamente le dispararía en la entrepierna por pensar en aquello siquiera.

Entonces le besó. Un roce inocente de labios que le pilló desprevenido. Era un manipulador extraordinario, o eso se encargaba ella de recordarle día sí y día también. No le dio tregua para echarse atrás o pedir disculpas. Le devolvió el beso, suave, lento, tomándose tiempo para explorarla y descubrir su sabor. Memorizar la presión de su lengua y el contorno de sus dientes, deleitándose con el baile lioso de sus dedos enredándose en los rizos de su nuca. Profundizando para luego ser capaz de llevarla consigo siempre en mente si esas circunstancias no volvían a repetirse. Aunque era libre. Eran libres. Él ni siquiera era agente federal. Ninguno de los dos tenía en la recámara argumentos de peso realmente válido que consiguiera disuadirle al menos a él.

Dispuesto a hacérselo ver, una de sus manos modeló las curvas femeninas que ocultaba tras el corte masculino de sus trajes de chaqueta y que sólo dejaba ver, absurdamente avergonzada, en los contados eventos sociales que la obligaban a lucir vestidos de noche. La mano que empezaba a olvidar el tacto de la alianza, le acarició el rostro y la porción de hombro que asomaba discretamente por el cuello de la camisa desarreglada. La besó con pasión en los labios, en la sien, tras el lóbulo de su oreja, en el rastro de diminutas pecas que salpicaban sus pómulos marcados y en el lunar que palpitaba excitado con el pulso en su garganta. Una ristra de besos húmedos sobre la cicatriz del cuello consiguió abrirle los ojos y hacerla exhalar gemidos que recordaban a su nombre.

Era un tópico del que se hubiera reído con cinismo en otro tiempo, y ya no recordaba si lo había llegado a experimentar con su esposa, pero sus cuerpos encajaban casi a la perfección. La figura menuda de Teresa amoldándose a su pecho y entre sus brazos. De alguna manera también ella había captado el mensaje. Había conseguido coordinar los movimientos de sus manos lo suficiente para encontrar el hueco entre la piel de su espalda y la camisa, y ahora arañaba el espacio entre sus escápulas.

Los dedos expertos de Patrick encontraron en los botones de su pantalón un obstáculo y desafío digno, pero la torpeza surgida de la urgencia les devolvió de golpe a la intoxicante realidad de pintura y tragedia.

− Patrick… − susurró, en una voz ronca, sensual, que le deshizo. Entrelazó los dedos que perseguían la hebilla de su cinturón para detenerlos, le besó y luego se separó de él con reticencia.

− Ni se te ocurra decir que lo sientes o lo lamentas o una variación de esa canción. − advirtió, con la respiración entrecortada y la nariz enterrada en la melena morena alborotada. Hasta ahora que conocía su caricia no se había dado cuenta de cuánto había echado en falta las ondulaciones naturales de su cabello.

− Vaya, pensaba que sabías leerme la mente y resulta que te equivocas una y otra vez…

− Eres hermética cuando quieres.

− Pues déjame que te cuente un secreto. − se estiró para alcanzar a susurrarle en el oído. − Estoy esperando a caerme de la cama de un momento a otro.

− Quid pro quo, agente Lisbon.

Le interrogó con la mirada, sin entender qué intercambio pretendía hacer por ella. No deseaba nada de él. O mejor dicho, no deseaba pedirle nada que no estuviera dispuesto a darle, ahora o nunca. Sólo había dicho aquella frase facilona y pastelosa en un desliz, por quitarle hierro al asunto. Antes de que él se disculpara o la humillara de alguna manera, aunque fuera sin pretenderlo.

− La noche que detuvimos a Red John…− continuó − cuando creí que no llegaría…a tiempo. − tragó saliva. − Era yo el que deseaba despertar de aquella maldita pesadilla. Teresa, pensé que te encontraría como a ellas…

− Lo sé. Lo sé. − le acarició el rostro con el dorso de la mano, apreciando la textura áspera de la piel sin afeitar. − Los chicos me dijeron que casi tuvieron que arrastrarte fuera de la cabaña para que los paramédicos pudieran atenderme… Pero eso ya es historia. − sonrió, mientras le recomponía el cuello y los botones abiertos de la camisa. − Sobreviví, estoy bien. Física y mentalmente, a pesar de esa pequeña explosión de hace un momento… − carraspeó. − No tienes que preocuparte por mí, ni por nadiemás. Ni sentirte culpable. Al menos no en lo que respecta a ese cabrón. Patrick… si tú quieres, ahora podrás descansar.

Quiso que fuera una aseveración, no una pregunta retórica. Quiso infectarle de confianza, devolverle la fe, la esperanza, esa soberbia que la volvía loca pero que le hacía ser el insufrible Patrick Jane que conocía y amaba, muy a su pesar. Porque sus propias esperanzas dependían de que aquel hombre volviera a poner los dos pies en tierra firme, de que se propusiera salir del pozo de ira, venganza y pesar en que había vivido sumido. Y ella estaba dispuesta a tenderle la mano para ello.

Como si realmente hubiera leído sus pensamientos en ese preciso momento, le apretó la mano y la acercó hasta sus labios para besarle los nudillos.

Tendría que intentarlo. Descansar de las obsesiones que le habían encadenado durante años y aprender a apreciar la paleta de colores que decoraba el mundo. Con el verde de aquellos ojos y los matices de melocotón de nuevo en su vida, el blanco ganándole espacio al negro de las sombras…quizás no fuera tan imposible.

TEH END