Notas:

Ha pasado un largo tiempo, ¿no? Lamento mucho haber tardado tanto. La vida no ha sido sencilla, pero les prometo que esta historia ha estado en mi corazón desde el día que escribí el primer capítulo. La universidad, la depresión, los problemas… todo eso me hizo alejarme de la escritura por mucho tiempo. Hace un tiempo volví a sentarme frente al teclado, y se ha sentido bien. Estuve los últimos meses editando los anteriores capítulos (aunque aun no publico las nuevas versiones). Mi plan era publicar los capítulos editados y luego escribir y publicar el 26… pero hoy paso algo que cambio mi perspectiva de las cosas. No creó que deba esperar, puedo editar y seguir… y así se hará. No seré tan constante como al comienzo de la historia, tengo un trabajo de oficina que consume mucho tiempo, tengo una consulta privada y también hago fics por encargó para lograr solventar los gastos… pero mi intención genuina es llegar al final de esto, así sea lo ultimo que haga.

Si lees esto, y has esperado todo este tiempo por este capítulo, te doy las gracias por seguir aquí, y te ofrezco una disculpa por haber fallado tanto. Espero que la vida haya más gentil con ustedes mis queridos lectores, de lo que ha sido conmigo.


26

Los detalles se afinaron casi de inmediato, el salario apareció casi como por arte de magia en su cuenta. Mudd no pudo negarse a la solicitud de aquel duende, por lo cual tomó rumbo a Vulcano. Allí las cosas fueron un poco más complicadas. Si bien, logró ingresar al planeta y aterrizar en un puerto limpio que no pedía demasiados papeles para el ingreso; contactar al embajador Sarek fue difícil. Se dio cuenta pronto que había personas de la Flota Estelar en el planeta y que las cosas estaban tensas. Si la paga no hubiera sido tan bueno, ni la premura tanta, habría escapado apenas vio a los oficiales, pero estaba atado de manos.

Tenía que entregar el mensaje. Consiguió que un chico de la academia se acercará lo suficiente al embajador para entregar una nota con coordenadas para poder reunirse fuera de la ciudad. Si era honesto, no se quedó a averiguar si el chiquillo logró la encomienda, pero si se presentó a la cantina donde había citado al embajador.

Fuera de la ciudad, donde algunos vulcanianos no tan respetables se reunían, había cantinas famosas por ser excelentes lugares para la discreción. La Flota no entraba, los alfas podían pasar desapercibidos si se comportaban, y Harry Mudd sabía comportarse. Especialmente cuando tenía un buen trago y podía vender algunas importaciones mientras esperaba pacientemente por su invitado.

Tuvo que esperar, el embajador no asomó la nariz hasta que ya estaba bien entrada la noche, cuando muchos de los clientes se encontraban ya bastante ebrios. Sarek entró al bar luciendo una túnica oscura, la capucha le cubría el rostro. A Mudd le pareció como un hechicero de esos programas de televisión del siglo pasado. Aunque probablemente tuvo esa idea porque él mismo estaba algo bebido.

Cuando el embajador al fin se sentó frente a él, lo hizo con una mirada profunda en ese par de ojos pequeños y oscuros. Cruzó los delgados dedos sobre la mesa de madera, apretándolos. El hombre estaba tenso, se podía ver en la forma que oprimía la quijada con fuerza, apretaba los labios hasta que era una línea pálida y rígida.

―Lo escuchó.

Mudd entendió que no había formalidades. No tenía que dar discurso, ni halagos, no debía haber nada que no fuera más que simplemente el mensaje enviado por el duende. Metió la mano en su bolsillo, del cual extrajo un papel. Un simple papel, algo que rara vez se usaba. Algo que se podía comer para ser destruido, que no dejaba marcas, ni registro digital. Algo simple pero brillante.

Lo colocó sobre la superficie de la mesa, empujándolo lentamente con dos dedos hasta que estuvo a un centímetro de las manos del vulcano. Luego, solo llevó la mano a su tarro para beber. Fingió no ver como el embajador tomaba el papel lento, desdoblándolo para leerlo. El par de pequeños ojos negros se movieron lentamente sobre las letras vulcanas que estaban ahí. Ni siquiera el mismo Mudd sabía que decía el bendito papel, y la carente expresión del embajador tampoco le daba un indició.

Una vez leído, el embajador arrugó el papel y levantó la mano. Un mesero le llevó una bebida, la dejó justo al lado del vulcano para desaparecer tras la barra. Sarek dejó caer el papel dentro de la bebida, agitándola para diluirlo. Volvió la vista a Mudd, suspirando. No comprendía porque su hijo había confiado en ese sujeto, un ebrio sin duda, pero Spock sabía lo que hacía. Spock era demasiado inteligente como para arriesgarse en confiar en algún idiota.

― ¿Cuándo pretende abandonar puerto? ― Le preguntó al terminar de agitar aquello. No quedo nada del papel, la bebida solo cambió ligeramente de color. Mudd pareció pensárselo un poco, frotando su bigote.

―Nuestro amigo en común enviará coordenadas nuevas dentro de seis horas. Tendría más tiempo si hubiera llegado puntual. ― Le sonrió, bebiendo su trago. Sarek ignoró aquella sonrisa.

― ¿En qué puerto está estacionado?


Mudd volvió a su nave luego de haber respondido algunas preguntas toscas del embajador. Le pareció sumamente grosero como aquel vulcano simplemente se levantó y se largó sin decir nada más que esperará en su nave hasta que recibiera las coordenadas. Hubo otra promesa de dinero, así que estaba bien esperando mientras veía en un pad algunas fotografías para adultos de chicas bastante lindas. Quizás podía divertirse un rato, aún faltaba media hora para recibir la señal del fugitivo.

Se detuvo en la fotografía de una chica especialmente atractiva, decidido a pasar un buen rato el tiempo que le quedaba. Tenía la certeza que fuera lo que fuera que pidió Spock, su padre parecía haber decidido no interferir, porque dudaba que se presentará en su nave. Dejó la revista sobre la mesa para levantarse y abrir su pantalón, observando fijamente las curvas de la chica de cabello rubio de la fotografía. "Omega nueva", citaba la revista, dejando claro que todas esas chicas eran omegas sin unir, para el disfrute de los alfas. Suspiró, relamiéndose los labios, intentando imaginar la curva de sus pechos, la textura.

―Es usted Harry Mudd, ¿cierto?

― ¡Mierda! ― De un brincó, apartó la revista y se giró, dando la espalda a la muchacha vulcana que estaba de pie tras él. Se acomodó el pantalón, farfullando enfadado por la interrupción. Ni siquiera escucho cuando ella entró a la nave, ¿qué mierda se creía esa niña? ― ¿Quién carajos pregunta? ¿Quién rayos eres tú?

La mujer no se inmutó, mantuvo esa fría expresión de vulcana. Caminó hasta dejar el bolso que llevaba al lado de la mesa, observando con ojo crítico la nave en cuestión. Le pareció que la condición de la misma era deplorable, pero podía ser peor, siendo Mudd, bueno, Mudd. Se quitó el gorro que escondía sus rizos oscuros, sujetos en un medio moño, para volver a mirar al otro a la cara.

―Mi nombre es Saavik. El embajador me envió, le acompañaré al punto de encuentro.


McCoy no sabía exactamente que querían con él. Lo habían dejado encerrado en un camarote con ropa limpia, un generador de comida y un pad con una vasta biblioteca, pero sin acceso a comunicaciones, ni dentro ni fuera de la nave. No veía a nadie más que al joven doctor alfa que lo revisaba todos los días. El chiquillo era algo inexperto, en su opinión, pero llevaba un registro bastante puntual sobre su embarazo y condición de salud. También revisaba constantemente el dispositivo en su nuca.

Le había asignado medicamentos, vitaminas y tenía que revisar su presión cardiaca dos veces al día. Todo eso porque era un embarazo "geriátrico". Se había ofendido muchísimo cuándo escuchó ese término, aunque sabía que era correcto. Ya era mayor para tener un bebé, más un primer bebé. Pesé a eso, el producto estaba en buen estado, parecía crecer bien y no tener ningún inconveniente.

Claro, cada que preguntaba por Spock era ignorado. Parecía ser un tema tabú entre los alfas y él. No había vuelto a ver al vulcano desde que lo hizo abordar a la nave, tampoco sabía si habían secuestrado a más personas o si había sido un ataque directo contra él; mucho menos sabía en qué estado había quedado el Enterprise ni nada. Nadie le decía nada, solo le daban instrucciones. Toma esto, bebé aquello, come tal cosa, levántate, quítate la ropa, ponte la ropa, lávate, etcétera…

Se preguntó para que lo querían, en realidad no se sentía que hubiera hecho algo demasiado llamativo para que un grupo de renegados y desertores de la Flota estelar le prestarán tanta atención. O al menos eso se decía, porque sabía perfectamente que todo esto tenía que ver con el juicio ocurrido contra Spock, con la sentencia que recibió ese alfa. La idea de que esto fuera una venganza personal interrumpida por su estado gestante le resultaba… aterradora. La imagen de Spock sosteniendo el arma contra su cara, dando órdenes. La imagen de él usándolo de escudo, el miedo que se le instalaba en la boca del estómago. Todo eso le provocaba un mareo y profundas ganas de vomitar. Nunca hubiera pensado en Spock como alguien violento, aun con todo lo que paso con ellos. Su idea del vulcano siempre fue de alguien centrado, alguien enfocado, alguien que mantendría seguro a los demás.

A momentos no comprendía como el criminal de guerra y violador convivía dentro del mismo cuerpo que el científico y fiel amigo; cual Jekyll y Hyde. Se sorprendía imaginando que Spock siempre fue así, que el tiempo a bordo del Enterprise había sido solo un meticuloso plan para encontrar un omega como él: tonto, débil y terco. Alguien que pudiera quedar vulnerable por su propia tontería. Lo imaginaba asechando a cada omega del lugar, como si realmente pudiera saber quien era o no omega; calculando el momento ideal para abusar sexualmente de ellos. Le erizaba la piel el pensamiento y se regañaba. No era momento de volver a Spock un monstruo de fábula, sino de intentar encontrar un modo de salir de esa horrible situación.

Su puerta siempre se quedaba cerrada, así que no podía salir, escuchaba a gente, y cada que el medico entraba, podía ver a los guardias. ¡Lo tenían con guardias! Cómo si él fuera capaz de hacer algo contra un montón de alfas descontrolados. Tampoco podía apelar a su reflejo protector, su DNS impedía que sus hormonas resultaran estimulantes para los alfas. Tuvo la repentina duda de si eso afectaba o no al desarrollo del producto en su vientre. Se llevó una mano, instintivamente, al vientre. Acarició con cuidado, pero desechó la idea. Él mismo fue gestado bajo los efectos de un DNS, como el resto de la población humana.

"Estamos por iniciar velocidad warp, tomar sus posiciones", el altavoz sonaba en todos los camarotes, y McCoy se dio cuenta que iban a algún espacio determinado, si es que iban a lanzarse a velocidad warp así como así. Por el tamaño de esa nave, la velocidad warp se sentía como un tirón brusco, que podía derribarte, así que había sillas estratégicamente colocadas en todos los espacios, escondidas en compartimientos específicos en las paredes y se podía acceder a ellas tocando suavemente la superficie. Se sentó en las sillas especiales para velocidad warp, tal como había sido instruido en la academia.

El salto warp se sentía como un tirón en el estómago. Las náuseas que le quedaban eran una molestia. Se mezclaban con las náuseas del embarazo. Odiaba eso, se sentía inútil. Se quedó sentado un poco más en la silla, con el cinturón de seguridad abrazando su pecho. No pudo evitar pensar que su ex mujer tuvo que pasar por todo eso, de cierto modo eso le pareció gracioso. Un castigo anticipado para sus acciones asquerosas.

Había pensado mucho en ella, en Gary. Aun no entendía del todo porque pasó todo aquello, ni porque ella decidió que era buena idea contarle a Gary, tampoco recordaba exactamente como fue que ella decidió confiar en ese alfa, pero recordaba la sensación de traición. Recordaba su cara contraída de culpa mientras le miraba sentado en la camilla del hospital, con el rostro herido, con vendas en sus manos mordidas. Esa sensación de traición le ardía en la boca del estómago, justo como cuando pensaba en Spock.

Le amargaba la boca, y eso lo confundía. No consideraba que su relación con Spock fuera más fuerte que la que tuvo con su ex esposa, salvo que… bueno, ahora un hijo del vulcano crecía en su vientre. Suspiró, volviendo a tocarse el vientre, lentamente. Si, estaba demasiado confundido, y estar ahí, a solas, ponía todo en cierta… perspectiva.

Pudo ver por la ventana el planeta, no lo reconocía, imaginaba que era un planeta fuera del radar de la flota, y por un momento pensó que iban a aterrizar. Sin embargo, cuando la puerta se abrió y el joven doctor lo miró con un par de esposas en la mano, mirándole fijamente. Ahí fue cuando notó que él no iba a bajar, sino que alguien iba a subir.