Capítulo 6: El camino al éxito no es el más fácil

¡No!, ya no podía más, el dolor la mantenía sofocada y poco a poco sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Una fuerza muy extraña en su ser hizo que sus cascos corrieran más rápido de lo esperado, hasta llegar a aquel lugar que llamaba casa.

Abrió la puerta rápidamente, y sin mirar atrás, se dirigió a su habitación igual de rápido, hasta encontrarse completamente sola.

Sin pensarlo dos veces, se quitó la bolsa adornada con la Cutie Mark de Twilight y la arrojó al bote de basura, como si en realidad, no significara nada. Luego hizo lo mismo con todos los posters, dibujos y peluches de sus heroínas preferidas, incluso el libro tan preciado de su madre. Quién iba a pensarlo, pero ya no tenían más cabida en su mente, ahora ya no. Todas sus ideas e ilusiones que mantuvo por muchos años desde el fondo de su corazón, sólo estaban ahí para atormentarla. Ya no comprendía la razón por la cual había creído tanto en un cuento de hadas, ¿¡cómo pudo ser tan tonta y tan ingenua¡?

Era cierto lo que siempre le decían: ¿por qué esforzarse en algo tan difícil como esto?, tal vez ella no era la indicada para la tarea, tal vez el mundo nunca estuvo hecho para la amistad o tal vez nunca existió aquella historia que tanto adoraba.

Lo único que quería era olvidarse de todo, al fin de cuentas sus acciones eran inútiles, de eso estaba segura.


Se dejó caer en el suelo y con mucha tristeza se dispuso a sacar toda esa ira e impotencia acumulada en forma de melancólicas lágrimas, no había otra forma. El fracaso la hundió en lo más bajo y le demostró que los sueños de la infancia son irreales, tan irreales como esa fantasía que sólo se puede apreciar ¡en un simple libro!


Inclinó su cuerpo aún más en el suelo y con el alma destrozada, se dijo a sí misma:

—Lo siento, mamá, en verdad lo siento, ¡pero ya no puedo más!

Aunque juraba que ya no volvería a soñar en ese estúpido sueño, en el fondo, quería hacerlo. Quería volver a sentir ese sueño como antes. Cada vez que pensaba en él se sentía en las nubes y su corazón vivía gracias a esto, pero ahora sólo había tormenta. Sin ella aquí, ya no tenía sentido creer en lo imposible.


Argyle sin duda se percató de lo sucedido, vio a su hija entrar con una reacción realmente preocupante. Entonces, no le quedó de otra que averiguarlo por el mismo.

—Sunny, abre la puerta por favor —ordenó su padre mientras tocaba la puerta de la habitación.

—¡No puedo!, ¡lo he arruinado todo! —dijo con mucha indignación.

—Sunny, por favor —insistió su padre, alarmado por la actitud de su hija, mientras averiguaba la forma de abrir la puerta.

No se podía quedar así sin hacer nada, Sunny lo necesitaba. Por lo tanto, reunió todos los utensilios que se encontraban a su alcance, y no se detuvo hasta lograrlo.

—¿Qué es lo que...? —interrumpió su pregunta, ya que al entrar no podía creer lo que veían sus ojos. Había toda clase de cosas tiradas, pero sin duda lo que más lo sorprendió fue el hecho de encontrar pertenencias relacionadas a las seis heroínas de Equestria o como él las llamaba: "Las Guardianas de la Amistad".

Argyle aseguraba que Sunny nunca iba a ser capaz de hacerle daño a esas posesiones, sobre todo porque las cuidaba como si fueran sus reliquias, sin olvidar que ella y su madre; y a veces, con un poco de su ayuda, habían logrado convertirlas en realidad.

Miró a su alrededor, y entre esas posesiones vio en suelo el libro que por muchos años ha sido el tesoro familiar de la casa. Esto lo sorprendió aún más, Sunny quería con todas sus fuerzas aquel libro, nunca lo dejaba solo y siempre que iba a cualquier parte tenía que llevárselo.

Recogió el libro del suelo y lo puso cuidadosamente al otro lado de la cama; contrario, al lado donde se encontraba la afligida poni.

—Sunny, ¿qué fue lo que te pasó? —preguntó Argyle con un tono preocupante.

No obtuvo respuesta, sólo siguieron oyendo sollozos por parte de su hija; y esta, aún, se encontraba de espaldas. No quería voltear por ningún motivo.

—Sea lo que sea, te entiendo. Sabes que puedes contar conmigo.

Ya se podía imaginar toda esa catástrofe que estaba sufriendo, sólo que ahora se sentía diferente. Igual que su confianza, se sentía distinta. Argyle sabía que a Sunny nunca le costó tanto confiar en ella misma, sobre todo porque su madre realmente la motivaba, pero ahora... sólo estaba en sus recuerdos.

Lamentablemente había muerto hace dos años, cuando Sunny acababa de cumplir los quince. Fue difícil para ambos afrontar la idea de que Sunrise tenía cáncer terminal y aunque intentaron hacer todo lo que estaba a su alcance, nada pudo salvarla. Su enfermedad terminó con ella rápidamente.

Todavía hasta el día de hoy, el pesar no quería abandonar sus desdichadas almas. Y con esa misma amargura, Argyle nunca pudo olvidar las últimas palabras que intercambió con su esposa y que fueron las más significativas de toda su vida. Por esa misma razón, aún las conservaba desde lo más profundo de su mente. Y aún, sin tan siquiera esperarlo, cada día aparecía esa voz que le imploraba por seguir adelante:


"Era una tarde gris, llena de lluvia. Sunrise se encontraba recostada en la cama del hospital con un estado que apenas la dejaba moverse, pero aún seguía con ese semblante lleno de vida. Y aunque su esposo que se encontraba a lado suyo, la veía sin fuerzas, ella estaba satisfecha con todo lo que la vida le pudo ofrecer.

—No te puedes ir, ella te necesita —le suplicaba Argyle.

—Estoy segura que estarán bien, mi tiempo aquí se acabó —dijo Sunrise, mirándolo con esos hermosos ojos que lo enamoraron desde un principio—. Prométeme una cosa. —Y con mucha ternura, puso su casco en el rostro del poni que la acompañó durante muchos años y que estaba felizmente agradecida por a haberlo conocido:

—Seguirás haciendo lo imposible para que Sunny nunca olvide el poder de la amistad —le encomendó confiadamente, colocando el collar con la Cutie Mark de Twilight en el casco de Argyle.

—¿Cómo se supone que lo haré?, los dos éramos como un equipo, por eso nunca fallamos —le respondió—. No sé si podré lograrlo solo. Tú siempre me hiciste confiar, a pesar de mis miedos.

—Es verdad, nosotros éramos como un equipo, pero a pesar de nuestros miedos, supimos enfrentarlo.

—¿Qué pasará con nuestra hija?, ella te admira mucho.

—Aprenderá a estar sin mí. Pero tú estarás con ella y estoy segura que harás un buen trabajo como padre —le aseguró—. No hay por qué dudar, siempre hiciste lo que era mejor para Sunny y puedo asegurar que lo seguirás haciendo.

—Tengo miedo a decepcionarte.

—No lo tengas, no sólo me admira a mí; a ti también te admira mucho. Eres un gran padre, por eso tienes tanto miedo, porque realmente te preocupas por ella —terminó de decirle, y con mucha delicadeza le tocó el rostro una vez más—. Ahora es cuando más te necesita, y si sigues a su lado, verá lo afortunada que es.

—¡Te lo prometo! —aceptó, poniéndose el collar como si fuera el juramento más valioso e importante de sus vidas.

Como despedida, los dos se abrazaron y prometieron nunca perder ese amor verdadero que se tenían mutuamente. Ese mismo amor hacia Sunny que los mantenía unidos.

—Te amo, Rose y pase lo pase, lo seguiré haciendo —le dijo, mientras sostenía su casco con mucha fuerza.

—Y yo, donde sea que esté, siempre voy a estar contigo.

Y así, Argyle selló su promesa, y con mucho cariño el dio un último beso en la frente a la poni que desde el primer momento le abrió su corazón."

Pero por alguna razón sentía que no lo estaba cumpliendo. Sunny ya no tenía la misma confianza de antes; y Argyle intentaba hacerla confiar desde ese momento; pero se había encerrado tanto en su propio mundo. Eso lo hacía aún más difícil, a pesar de eso, Argyle trataba de comprenderla.

Sostuvo el collar entre su casco, y lo miró con mucha tristeza; entonces, recordando aquella promesa del pasado, por fin tuvo el valor para demostrarle toda esa inseguridad que sentía:

—Lamento sino te he dado la confianza que mereces, pero la muerte de tu madre no fue fácil para ninguno de los dos. —Se pausó por un momento, así tuvo tiempo para pensar en las palabras que iban a salir de su boca. Deseaba que de alguna forma se sintieran importantes:

—No la puedo igualar, pero quiero que sepas mi preocupación por ti. No hay ningún solo día en el que sienta temor; y pensar... si realmente, estoy siendo un buen padre.

La poni soleada al escuchar eso no dudó en voltear. Los dos evitaban hablar de ella, pues cada vez que lo hacían el vacío que sólo puedes sentir cuando alguien se va muy lejos de tu lado, aparecía frente a ellos.

Aunque claro, mantenerla muy alejada de su mente era inevitable. Y como no lo iba a ser, ella era su mejor amiga, su consejera y su mundo. Era la que le daba alegría al hogar, no había mejor poni para hacerte sentir feliz más que ella.


La ausencia de sus palabras sinceras, sus cálidos abrazos, su amor por todo lo que hacía y su unión hacia la familia, eran cualidades que la hacían diferente, por eso mismo sus recuerdos eran como esferas rotas; las sigues teniendo en tu mente, pero sabes que nunca volverán. Por eso mismo Sunny creía que pensar en ella todo el tiempo, le haría daño.


—No, no digas eso. Te amo, papá, y no pienses que es tu culpa, es sólo que... ¡estoy harta de este mundo!, nunca me sale nada como yo espero, ¡no pertenezco aquí y nunca lo haré! —dijo desmintiendo a su padre.

Su irritación se le podía notar en cada tono de su voz, no parecía la voz dulce y entusiasta que tanto le caracterizaba a Sunny.

Tras lo visto, su padre sintió mucho miedo, no sabía qué hacer, ni qué decirle. Quería ir directamente hacia ella y decirle con toda honestidad que todo estaría bien.

Entonces, reuniendo sus fuerzas otra vez, le expresó lo orgulloso que estaba de ella:

—Eres mi pequeña, mi niña que se esfuerza tanto. Nadie es igual a ti, porque eres tan única y especial.

—Pero... ¿de qué sirve ser así?, si nadie ve tu esfuerzo, ¿por qué creí que lo harían?

—Porque tienes esperanza y aunque no la sientas, la sigues teniendo.

—No me entiendes, es que en verdad no la siento.

—¿Recuerdas la magia de la amistad?, ese es el mismo tipo de magia que te hacía creer en lo imposible.

—No, ¡eso no es verdad!, esa magia se fue desde hace mucho, o tal vez, nunca estuvo aquí.

—Estoy seguro que todavía sigue a tu lado. No porque no la sientas no significa que no esté aquí. Sunny, por favor, deja a lado todos esos pensamientos y demuestra de una vez por todas de lo que eres capaz.

—¡No, padre!, acéptalo, ¡la magia de la amistad no existe!, ¡nada de eso existe! ¡Por más que quieras que el mundo cambie nunca lo hará!... Tal vez sería más fácil si yo... si yo sólo, viera la realidad, ¡y no estar creyendo en cosas absurdas!

Su padre se quedó congelado, no podía creerlo, había dicho lo que tanto temía que dijera. Sunny inmediatamente se dio cuenta de su reacción, de alguna forma lo había herido y aunque no fue su intención, aun así, se sintió culpable. Había explotado de tal manera que repitió todas esas frases que odiaba tanto escuchar.

—Lo siento, lo siento tanto, sólo quiero que todo vuelva a ser como antes —dijo arrepentida, echándose a llorar desconsoladamente, y cubriendo sus ojos entre sus cascos, mientras que se inclinaba de nuevo hacia el suelo.

En seguida sus sollozos se escucharon más intensos y diferentes.

Ante esto, Argyle no pudo evitarlo más, fue hacia su hija y la levantó suavemente, para luego sostenerla con todas sus fuerzas, como si de nuevo fuera una pequeña niña y tuviera que protegerla de algo peligroso. Sunny tampoco no lo soportaba, y lo correspondió con un abrazo igual de fuerte.

Cuando por fin la tuvo en sus brazos, pudo sentir con más cercanía su fragilidad. La sintió más allegada a él y pudo escuchar con toda claridad los gemidos de su hija que descansaban sobre su pecho. Era tanta la conexión, que de la nada empezaron a caer de sus ojos unas pequeñas lágrimas.

—Tranquila, yo estoy aquí y siempre lo estaré —dijo comprensivamente, mientras acariciaba la melena de Sunny con tanta ternura.

—Es que... la extraño muchísimo, sin querer, todos los días la recuerdo. Algo dentro de mí dice que la he decepcionado.

—Lo sé, yo también la extraño, la decepcioné. Siento que no he sido un buen padre desde entonces.

—Eso no es cierto, eres un buen padre, siempre estás conmigo... Después de que falleciera mi mamá por alguna razón me volví muy distante. Traté de seguir adelante, de recordar su promesa, ella quería verme triunfar, pero nunca me imaginé que todo se volviera más complicado —confesó—. Me desilusioné tanto cuando me di cuenta que nada estaba funcionando. Era demasiada mi impotencia, que nunca supe cómo expresarme. Lamento sino he sido lo suficientemente abierta contigo en estos últimos años.

—No pasa nada, es complicado expresarse cuando todo parece estar en tu contra. También lo lamento, si alguna vez pensaste que no me importabas. Debí insistirte más; cuando te veía de esa forma trataba de ayudarte, pero al parecer no querías mi ayuda, creí que deseabas estar sola, así que respeté tu decisión, pero ahora que lo veo, nunca debí hacerlo.

—Yo fui la que se apartó, debí decirte desde el principio como me sentía y no estar tan cegada a tu apoyo. Sólo querías darme mi espacio.

—No, Sunny, te equivocas, los dos nos apartamos, pero eso ya no es importante.

Los dos se abrazaron aún más fuerte, por fin lo dijeron. Sus sentimientos más profundos salían a la luz y sus espíritus volvieron a ser inseparables.

—Escúchame, este collar no sólo representa mi amor hacia tu madre, también representa lo que nos une a los tres. Aunque ella ya no esté aquí, nada de lo que significa cambiará —dijo Argyle, mostrándole el collar a su hija—. No me cansaré hasta verte feliz.

Sunny dejó salir una pequeña sonrisa en su rostro y lo abrazó nuevamente, podía sentir su cálido abrazo de la misma forma; como cuando era apenas una pequeña potra y la auxiliaba de aquellas noches frías. Ese abrazo que la envolvía en una paz interior que él sólo podía dar.

Así se mantuvieron por un breve momento hasta que Argyle dijo emocionado:

—¡Ya lo tengo!, esto te gustará. —Y se fue corriendo.

La poni soleada se quedó muy confundida, quedándose en el mismo lugar sin hacer nada.

En todo este tiempo no observó a su alrededor, se veía horrible. Todas las cosas de sus heroínas preferidas las vio tiradas por doquier.

Pensaba en lo impulsiva que había sido, ya que por ningún segundo se preguntó si lo que estaba haciendo era realmente lo correcto.

Cuando por fin se levantó, fue a donde se encontraba el libro que estaba reposado en la cama, sintió tanta vergüenza. A pesar de eso, se le quedó mirando, pero no fue capaz de tocarlo, se sentía traicionada por ella misma, ese regalo de su madre no la merecía en estos momentos.


"Puedo romperme, puedo rendirme y puedo caerme, pero el arcoíris que hay en mi interior nunca perderá sus colores.

Por más que mi mente me suplique dejar mis sueños; si me mantengo firme, mi espíritu, nunca lo hará."

—SunnyDays08