Hola, hola. Este capítulo es particularmente largo y tal vez podría herir susceptibilidades. De igual manera espero que disfruten leerlo tanto como yo escribiendolo. Un abrazo a todos.

SEVERUS

Necesitaba hablar con ella, saber cómo estaba. Pero sus amigos, que normalmente parecían chicles, ahora parecían una extensión de su cuerpo, como dos apéndices inseparables. Nunca estaba sola y ambos se empeñaban en flanquearla como sendos guardaespaldas. Así que no me quedó otra opción más que interceptarlos a los tres a mitad de camino de la biblioteca la tarde anterior al final de los EXTASIS. Llevaba mucho tiempo esperando y no pensaba hacerlo un minuto más.

Los tres chicos palidecieron cuando giré la esquina del pasillo y me planté frente a ellos. No tenía ninguna excusa válida para exigir hablar con Heron a solas, así que le dejaría a ella la tarea de mentirle a sus amigos.

—Necesito hablar contigo, Heron —dije sin más. No me interesaba saludar a la francesa ni al pelirrojo, así que no lo hice.

No me pasó desapercibida la forma en que Neveu apretó el brazo de Lena, como queriendo retenerla.

—Ahora —ordené.

—Iba a… Tengo que estudiar… —balbuceó Lena.

—Dije ahora, Heron —levanté un poco la voz. Lo suficiente para que no hubiese lugar para protestas.

Ella intercambió miradas con sus amigos y se soltó amablemente del agarre de Neveu. La expresión horrorizada de ambos muchachos me resultó extraña. Si bien era cierto que yo solía meterles miedo la mayor parte del tiempo, nunca se habían comportado como si fuese a matar a alguien.

—Lo sigo, profesor —dijo ella con voz seria.

La miré evaluadoramente durante un instante. Estaba pálida y se veía nerviosa, aunque quisiese aparentar tranquilidad. Tenía las ojeras muy marcadas, más que la última clase que habíamos tenido una semana antes. Sus ojos reflejaban el cansancio de alguien que ha vivido demasiado en muy poco tiempo.

Di media vuelta y comencé a andar hacia mi despacho. De vez en cuando miraba hacia atrás para comprobar que ella me seguía el paso. Su andar era desganado y un tanto lento para tratarse de alguien que normalmente andaba a los brincos. Comencé a sentir impaciencia cuando se rezagó más de la cuenta y desanduve mis pasos para quedar a su lado.

—¿Qué te propones? —pregunté sin poder disimular la impaciencia en mi voz. Temía que Angela me descubriese hablando a solas con Lena.

—No comprendo su pregunta —dijo deteniéndose. Ella miraba a algún punto por encima de mi hombro, como si temiera que hiciese una intromisión a su mente.

—Caminas con demasiada paciencia, Heron. No tengo todo el día.

—Lo siento —dijo automáticamente. Evidentemente no lo sentía en absoluto.

—Necesito hablar contigo ahora, Heron. No dentro de mil años —la tomé del brazo y comencé a caminar a paso rápido, casi arrastrándola por el pasillo.

Ella dejó escapar un jadeo, pero cerró la boca en cuanto la miré arqueando las cejas. Caminó a paso atropellado, al ritmo de mis jalones. ¿Estaba siendo demasiado brusco con ella acaso? No era la primera vez que la obligaba a caminar más rápido. Pero ahora se sentía distinto, como si le costase mucho seguir el ritmo.

Después de lo que pareció una eternidad llegamos a mi oficina. La dejé entrar y, echando un vistazo rápido a ambos lados del pasillo, cerré la puerta con seguro. No quería que Angela apareciese de improviso y las cosas se pusieran pesadas. Me giré para encararla y me sorprendió ver lo mal que se veía. No puedo decir que momentos antes se viese bien, pero ahora parecía estar al borde del desmayo.

—¿Qué te ocurre? —dije acercándome a ella, preocupado.

—Tengo un resfriado —dijo secamente. Dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de mí y puso su mano sobre el escritorio, como si necesitase apoyarse en algo.

—No parece un resfriado —dije con incredulidad, deteniendo mi avance.

Ella se encogió de hombros.

—¿Me obligó a venir para hablar de mi resfriado? —preguntó de mal talante.

Apreté los labios un momento. Había repasado una y otra vez el encuentro y ahora no era capaz de decir nada. En mi mente yo le preguntaría si estaba dispuesta a abandonar a Rodríguez por mí, si aceptaría irse lejos conmigo para evitar al Ministerio de magia. Siempre había sido un plan infantil, pero ahora que tenía la posibilidad de plantearlo en voz alta sonaba más ridículo todavía.

—No. Bueno… ahora que te veo más de cerca… —dije intentando escoger bien mis palabras para decirle que se veía terrible sin sonar demasiado crudo —. Te ves enferma.

—Ya le dije que tengo un resfriado —dijo con el mismo tono fastidiado.

—Ha sido un resfriado demasiado largo —insistí.

—Ha sido un año estresante —dijo. Ella cerró los ojos un momento y sus dedos se contrajeron en la superficie de la mesa.

—¿Heron? —acorté la distancia entre nosotros y la tomé de los hombros, preocupado, separándola un poco del escritorio.

Ella respiró profundo y volvió a abrir los ojos.

—Si no tiene algo importante que decirme, debo ir a repasar, profesor —dijo con firmeza —. Daré mi último examen por la mañana.

Tragué saliva, sin apartar mis manos de sus hombros.

—¿Qué tan serio es lo tuyo con Rodríguez? —pregunté. Sentí cómo la sangre comenzaba a hervir en mis venas. No podía pensar en el chico sin querer ir a desollarlo.

Lena frunció el entrecejo.

—¿De verdad me buscó para eso? —preguntó con gesto ofendido, zafándose de mi agarre con una agilidad que dudaba que tuviera. Dio un paso atrás, apoyándose de nuevo en la mesa con la mano.

—Necesito saberlo —dije. El Severus celoso hizo que mi voz sonara demandante.

—Déjame ver si lo entiendo… —frunció el entrecejo y apretó los labios, como si le doliera algo. Su enojo parecía haberla hecho olvidar que ya no me tuteaba. Cuando pareció sentirse mejor continuó: —¿Piensas que Beto y yo somos algo? ¿Con cuántas personas piensas que he salido?

—¡Sólo responde qué tan serio es! —exigí subiendo un poco el tono de mi voz.

—Vete al diablo —escupió Lena con los dientes apretados —. Esto no tiene ni cinco de sentido, Severus.

—Necesito aclarar las cosas —dije tratando de que mi voz sonara calmada.

Ella hizo un movimiento extraño, como si quisiese tocar su abdomen, pero en lugar de eso tomó un lado de su túnica, apretándolo en un puño y aguantando la respiración.

—Vas a casarte, Severus. No hay nada más qué aclarar respecto a eso —dijo con un hilo de voz —. No te interesa lo que yo haga con mi vida, ni a mí me importa la tuya. Así que, por lo que más quieras, déjame en paz de una vez por todas.

Sentí un vacío enorme en el estómago. Quería que lo negara, que fuese sólo un malentendido como con Williams y Finnigan. Pero ella prácticamente estaba aceptando que se veía con Rodríguez. ¿Qué tan lejos habrían llegado ya? Tal vez ellos se habían acostado una y otra vez en diferentes partes del castillo, dijo la vocecilla de los celos.

—¿Entonces lo escoges a él? —dije casi a los gritos, con la mente un tanto nublada por la ira.

—¿Te estás escuchando? —ella también subió el volumen de su voz —¡No has dejado de ser el mismo imbécil de siempre! ¿Qué es lo que esperas de mí? ¡No soy tu maldito juguete!

De nuevo acorté la distancia que nos separaba.

—¡Eres una hipócrita, Heron! —exclamé con mi cara a un palmo de distancia de la suya —. Me juzgas por Angela, pero corres a acostarte con el primer idiota que se te atraviesa…

La bofetada resonó en las paredes del despacho, haciéndome cerrar la boca de golpe. Jamás habría esperado que ella reaccionara de forma violenta ante mis palabras.


LENA

Salir del despacho de Severus y llegar a mi sala común fue toda una odisea. Sentía el corazón estrujado dentro de mi pecho por culpa del encuentro con el maestro de pociones. Había sido tan cretino como siempre, agotando la escasa paciencia de la que disponía últimamente. Todavía me ardía la palma de la mano por la bofetada que le había soltado para que cerrara la maldita boca de una vez por todas.

Me acosté de medio lado en mi cama, cerrando las cortinas y comenzando a masajear la parte baja de mi abdomen. Me sentía adolorida y podría jurar que había tenido un par de contracciones en el despacho de Severus. ¿Qué iba a hacer si continuaban? Temía que el trabajo de parto hubiese comenzado ya y no me diese el tiempo suficiente para terminar de presentar los EXTASIS al día siguiente. Sacudí la cabeza, queriendo apartar de mi mente la aterradora idea de estar tan cerca de dar a luz, diciéndome que por lo menos todavía no estaba perdiendo líquido o algo semejante. Quería creer que había sido producto del estrés de la discusión.

—¿Lena? —Collette abrió las cortinas con delicadeza y se metió a mi cama, cerrándolas de nuevo.

—Hola —dije con una voz que pretendía ser animada.

—¿Todo en orden? —preguntó ella fijándose en la mano que tenía sobre el bajo vientre.

—Sí —asentí sonriendo.

—¿Qué te dijo Snape?

Negué con la cabeza. Un nudo se me formó en la garganta repentinamente y las lágrimas acudieron a mis ojos.

—Oh, Lena… —Collette se recostó a mi espalda y me envolvió en un abrazo.

Me permití llorar sin hacer ruido en brazos de mi mejor amiga. Tenía tanta rabia con Severus, y tanto miedo por lo que se avecinaba…


THEO

Beto se negaba a estar a solas conmigo desde aquel día en la solitaria aula. Era como si estuviese huyendo de mí, impidiéndome aclarar las cosas con él. Y realmente odiaba su estúpida actitud. Yo no estaba arrepentido de lo que había ocurrido entre nosotros, y de buena gana lo repetiría una y otra vez si me lo permitiera. ¿Por qué no era igual para él? Se suponía que él sentía cosas por mí.

Llevaba días rumiando mi mal genio por la situación, sintiendo como si tuviese una astilla que continuamente me picara dentro del pecho cada vez que compartíamos el mismo espacio con Lena, Ben y Collette. Él siempre se mantenía alejado de mí, fingiendo que su atención estaba completamente centrada en Fitz. Y no tardaba en salir corriendo antes de que yo pudiese decir pío. ¿Por qué no quería aceptar lo que estaba ocurriendo entre nosotros?

Fue tan grande la angustia que se generó en mí por la situación, que decidí jugar sucio. Lo cité en el mismo salón desocupado en el que nos reuníamos con Lena, haciéndole pensar que se trataba de una emergencia. Sé que no estuvo bien hacerlo, pero estaba seguro de que Beto no habría respondido a mi llamado de no ser así.

—¿Y Lena? —preguntó Beto en cuanto entró al salón.

—Ella está bien —dije cerrando la puerta con un ondeo de la varita. También puse un encantamiento insonorizante por si Beto se ponía a gritarme.

—¿Me has traído con engaños? —dijo molesto.

—Llevas un mes negándote a hablar conmigo a solas —refuté sin pizca de vergüenza.

—Porque es lo mejor —dijo Beto sin apartarse de la puerta.

—¿Quién lo dice? —me burlé.

—¡Por Merlín, Theo! ¿Esto no te hace sentir raro? —Beto se pasó la mano por la cabeza, poniéndose el negro cabello de punta.

—Ni un poquito —dije con un gesto de negativa —. A mí me gustó lo que pasó entre nosotros, Beto. No le veo nada de malo.

—¡Es raro! —exclamó.

—Entonces lamento no haberme dado cuenta antes de lo bien que se siente ser raro —dije acercándome a él.

Beto retrocedió un paso, pegando su espalda a la puerta.

—No bromees —dijo con expresión asustada.

Terminé de acortar la distancia entre nosotros, tomando sus manos y sujetándolas a ambos lados de su cuerpo.

—Nunca, Rodríguez —dije antes de unir nuestros labios.

Él se tensó un poco, pero casi de inmediato se relajó, permitiéndome besarlo más a gusto. Dejé de sujetar sus manos y me concentré en acariciar su torso, desabotonando su camisa escolar. Esta vez quería desnudarlo completamente, sentir su piel contra la mía en su totalidad.

Para mi total sorpresa, Beto también se animó y sus manos se volvieron tan inquietas como las mías. Las prendas volaron de parte y parte, y terminamos acostados en el suelo tocándonos hasta el último centímetro en medio de jadeos. La cuestión era, ¿quién iba a dar el siguiente paso? Porque el temor parecía hacer que ambos le estuviésemos dando largas al asunto.

—Nunca he hecho esto con nadie —dijo Beto tímidamente contra mi cuello.

—¿Mujeres tampoco? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Entonces creo que deberías hacerlo tú —dije acariciando su rostro con mi mano.

Él me miró asustado. Era tan lindo, pensé divertido. Nunca antes había pensado que un hombre fuese lindo y mucho menos uno tan grandote como Beto.

—¿Estás seguro? —preguntó. Un ligero rubor cubría sus mejillas.

—Quiero que se sienta bien para ti —respondí con voz firme.

En realidad, estaba jodidamente acojonado. Beto era muy grande en todos los sentidos y me daba un poco de miedo lo que podría significar semejante intromisión en mi cuerpo. Pero realmente quería que la primera vez de Beto fuese agradable y eso requería de ciertos sacrificios. Quizás luego podría probar yo, si Beto no volvía a huir de mí.

—Tengo miedo —confesó el muchacho.

Le aparté el cabello de la frente y lo besé profundamente.

—Yo también, amigo mío —dije cuando nuestros labios se separaron.


BETO

Había huido tanto de mi propia naturaleza, que me aterrorizaba todo lo que estaba viviendo en ese momento. Pero también me encantaban las sensaciones que me producía estar allí con Theo, explorando nuestros cuerpos desnudos, besándonos como si el mundo se fuese a terminar si dejábamos de hacerlo.

Jamás había tenido sexo con nadie, ni hombre ni mujer. Y se sentía realmente bien que esa primera vez fuese con Theo. Estar dentro de él era todo un nuevo mundo. Era muy estrecho, incluso un poco doloroso para mí, pero no quería detenerme. Verlo jadear, sonrojado, con los ojos cerrados y la boca abierta me incitaban a continuar con el vaivén de mi pelvis.

—¿Estás bien? —pregunté con la voz entrecortada.

—S-sí —jadeó Theo debajo de mí.

Sonreí y recorrí su abdomen con la palma de mi mano, bajando hasta su entrepierna. Lo sostuve con la mano, haciendo un poco de presión antes de comenzar a subir y bajar al ritmo de mis embestidas. Theo gimió, arqueando un poco la espalda. Abrió los ojos y mantuvo el contacto visual mientras se dejaba ir en mi mano y sobre su propio abdomen con un ronco jadeo.

La visión me resultó jodidamente excitante, instándome a incrementar la velocidad de mis movimientos. Theo dejó escapar una maldición haciendo un gesto de dolor. Me incliné sobre él para besarlo, sintiéndolo tibio y apretado alrededor de mí, recibiendo mis dimensiones en medio de jadeos. Que maravilloso resultaba aquello, fue todo lo que atiné a pensar cuando mi mente se nubló de placer.


COLLETTE

Él depositó un suave beso sobre mi hombro desnudo, sacándome de mis cavilaciones sobre Snape y Lena.

—Estás muy distraída —dijo dedicándome una sonrisa.

—Son los exámenes —mentí girando el rostro para mirarlo.

Seamus dejó escapar una risita y se acomodó mejor, apoyando la cabeza en su mano y el codo sobre la almohada. Me miraba como nadie me había mirado nunca, ni siquiera Ben tenía ese brillo en sus ojos cuando me veía. El sentimiento de culpa se anido en mi pecho de nueva cuenta, recriminándome el haber vuelto a buscar al profesor cuando él parecía estar tan tranquilo.

—Collette… —dijo con voz suave, tomando mi mano y acariciándola con sus largos dedos. Se sentían rasposos, como si al fin se hubiese decidido a aprender a tocar su tan admirada guitarra.

—Dime —dije sin apartar mis ojos de los suyos. La expresión repentinamente seria de su rostro me dio la certeza de que diría algo complicado. Y no quería que lo hiciera, pero no tenía forma de evitarlo.

—La noche en que volviste… no quise saber el porqué. Sólo decidí aceptar lo que quisieras tomar de mí —sus dedos dejaron de recorrer la piel de mi mano —. Pensé que sólo sería esa noche, pero continuaste viniendo… noche tras noche seguiste llamando a mi puerta, y siempre me dije que esa sería la última vez que te dejaría entrar. Pero no pude, y sé que no voy a poder hacerlo…

—Seamus… —quise interrumpirlo. No quería escuchar algo que me hiciese sentir más culpable por mis impulsos.

—Por favor, déjame terminar —dijo con el mismo tono suave, así que cerré mi bocota para dejarle expresar todo lo que se había estado guardando durante esas semanas —. Necesito saber qué piensas hacer, si esto va a trascender de algún modo. Si no es simplemente tu forma de lidiar con… tus problemas.

Definitivamente Seamus no era sólo un hombre tonto. Él sabía muy bien lo que pasaba conmigo sin que yo dijera media palabra.

—Para serte sincera… no tengo idea de lo que voy a hacer, Seamus —Mis palabras parecieron demasiado crueles.

—Desearía no ser tu juguete del momento, Collette —dijo con una sonrisa que pareció más bien una mueca.

Solté mi mano de la suya y me erguí en la cama. Las sábanas se deslizaron por mi torso desnudo, dejando mis pechos al descubierto, pero no me importó un comino lo que se me pudiese estar viendo en ese instante.

—¿Quieres pedirme que no regrese? —pregunté.

—Quiero pedirte que regreses sólo si estás segura de que vas a elegirme a mí.


LENA

Me desperté temprano el último día de los EXTASIS y me di una larga ducha antes de salir de la sala común en compañía de Ben y Collette. Mis ojos estaban un poco inflamados por llorar la noche anterior y todavía sentía un ligero dolor en el bajo vientre, que se irradiaba de forma intermitente hacia mis caderas.

—¿Lista? —preguntó Ben apretándome la mano en la entrada del gran comedor.

Asentí, procurando sonreírle a pesar de mi malestar.

—Buena suerte, chicos —dije antes de irme a sentar en mi pupitre asignado.

Vi a Beto varias filas atrás y lo saludé con la mano. El chico me contestó el saludo de igual manera, viéndose extrañamente feliz. Recorrí el resto de la sala con la mirada y me encontré con Theo unos asientos más allá de Beto. También lo saludé con la mano y el muchacho me respondió con una enorme sonrisa. Por lo visto todo el mundo estaba de buen humor esa mañana, menos yo.

Me senté en mi silla haciendo una mueca cuando un dolor intenso me atravesó desde la cadera hasta el bajo vientre. Apreté los dientes, sujetándome del borde de la mesa hasta que el dolor cedió. Merlín, eso había sido demasiado doloroso. Si ocurría otra vez no creía ser capaz de aguantarme las ganas de gritar.

—Buenos días, jóvenes —dijo uno de los examinadores.

—Buenos días —contestamos al unísono.

—Este es el último examen que presentaran antes de dar por finalizados los EXTASIS. Lo han hecho muy bien hasta ahora y seguramente verán los frutos de su duro trabajo al final del verano —sonrió alentadoramente a todos los estudiantes frente a él —. Pueden comenzar en este momento.

Una multitud de calderos hizo aparición sobre las mesas frente a todos los estudiantes, acompañados de incontables ingredientes. Me levanté con esfuerzo de la silla y la corrí hacia atrás para tener espacio para trabajar. Ese era el final de todo: el examen práctico de pociones. Sólo tenía que reproducir la poción que describía el pergamino sobre mi hoja. Nada que no hubiese hecho antes.

Comencé a machacar los ciempiés secos en el mortero, ignorando el dolor que comenzaba a extenderse nuevamente por mi cadera. Sólo un par de horas más, tan sólo eso, por favor, pensaba desesperada sintiendo cómo mi frente se perlaba de sudor. No faltaba mucho, tenía que resistir un poco más.

—Ah —gimoteé cuando el dolor me golpeó nuevamente, apretando el cucharon mientras removía el caldero.

—¿Se encuentra bien, señorita Heron? —preguntó uno de los examinadores acercándose a mi puesto de trabajo.

—Sí —dije con voz ahogada.

—¿Está segura? —insistió mirando atentamente el sudor de mi frente.

—Sí. He tocado el borde del caldero por accidente —sonreí forzadamente.

El examinador me sonrió alentadoramente.

—Los nervios ¿eh, señorita Heron?

—Sí. Nervios… —convine.

El hombre se marchó y me dispuse a terminar mi trabajo a pesar del dolor. Fue la hora más larga de toda mi vida, y al final entregué la muestra de la poción antes que ningún otro estudiante. No estaba segura de que estuviese del todo bien, pero parecía haber completado todos los pasos necesarios.

—¿No quiere tomarse el resto del tiempo? —preguntó el examinador que me recibió la muestra.

—No, señor —negué con la cabeza, deseando salir de allí cuanto antes.

Le hice un gesto con el pulgar a Collette cuando me miró preocupada y me retiré del gran comedor. Necesitaba un baño con urgencia. Después de eso iría por mis cosas y esperaría a Beto en el aula vacía de siempre para poder escabullirnos por la chimenea de la oficina de Sprout. Ese era el plan original, salvo que en ese plan no tenía contracciones todavía.

—No pensarás en nacer hoy ¿verdad? —susurré cuando estuve dentro del cubículo del baño.

Revisé mi ropa interior, maldiciendo por lo bajo al ver una mancha oscura y viscosa en la tela. Debía ser el famoso tapón mucoso del que leyera. Eso significaba que el parto ya había comenzado y que tal vez no quedaban muchas horas antes de que no hubiese marcha atrás. Maldije en voz baja de nuevo y limpié aquella cosa gelatinosa y portadora de malas noticias.

—No puedes hacerme esto, pequeño malagradecido —murmuré mientras me lavaba las manos.

Decidí que era hora de ponerme en marcha de nuevo para proseguir con el precario plan trazado por mis amigos y yo. Confiaba en que el tiempo me alcanzara para llegar a casa de Beto, o podía darme por expulsada. Después de mirar en ambas direcciones desde la puerta del baño, me aventuré al pasillo a la mayor velocidad de la que era capaz en mis condiciones.

—¿Heron?

¡Genial!, pensé, arrugando el entrecejo con molestia. Esa era la voz de la persona que menos deseaba ver en un momento como aquel. Seguramente había surgido de algún pasadizo y yo era tan jodidamente de malas que justo me lo encontraba.

—¿Señor? —dije deteniendo mi torpe andar.

—¿No deberías estar presentando un examen en este momento? —preguntó Severus adelantándose para plantarse frente a mí con una ceja elevada.

—Terminé antes —dije con fingida inocencia.

—No me digas —dijo incrédulo.

—Al parecer me va mejor si no están acosándome todo el tiempo —dije fríamente.

El dolor volvió a aparecer en mi bajo vientre, con más fuerza que nunca. Jadeé, inclinándome un poco con la cara arrugada. Los ojos de Severus recorrieron mi rostro con suspicacia.

—¿Qué te ocurre? —inquirió.

—Nada —dije con los dientes apretados.

—No es lo que parece —podía sentir sus ojos recorriendo mi cuerpo, tratando de descubrir qué estaba mal.

—No me siento bien —dije limpiándome el sudor de la frente con la manga de la túnica.

—Te acompañaré a la enfermería —dijo tendiéndome la mano.

—Sólo necesito recostarme un… —comencé a decir mientras daba un paso atrás, negándome al contacto con él. Moverme fue muy mala idea, porque el dolor se hizo presente de nuevo, atravesándome desde los huesos de mi pelvis hasta mi vientre como un hierro caliente —rato —la última palabra salió como un gemido. No pude evitar que mi mano volara hasta mi bajo vientre, deseando aplacar el dolor con el tacto. Me doblé sobre mí misma, apoyándome en la pared con la otra mano.

—¡Heron! —la voz de Severus sonó preocupada —¿Qué está ocurriendo?

Sentí su mano en mi espalda mientras se inclinaba a la altura de mi cara.

—N-na… ¡Dios! —gruñí clavando las uñas en la pared.

—Lena, dime qué te pasa —dijo Severus en mi oreja. Se escuchaba más que preocupado.

Tenía que irme de allí cuanto antes. Necesitaba respirar de la forma que decían los libros y no podía hacerlo en frente de Severus. Debía ponerme en marcha.

—Tengo que irme ahora —dije cuando pude articular palabra nuevamente.

Me solté de la pared y me erguí cuanto pude para comenzar a caminar. Di un par de pasos antes de que el dolor me obligase a detener nuevamente. Snape volvió a posicionarse junto a mí.

—Dime qué ocurre —esta vez su voz era demandante, como cuando hacía preguntas en clases.

—Es un dolor de estómago —mentí.

—Voy a llevarte a la enfermería —anunció antes de sujetarme como si me fuese a levantar en brazos.

Lo empujé y me alejé de él con torpeza.

—¡No necesito de tu maldita ayuda! —exclamé. La rabia contra él y sus humillaciones hizo aparición, acompañando al dolor físico.

Me obligué a caminar, queriendo alejarme de él cuanto antes. No podía permitir que él me descubriera ahora, cuando estaba tan cerca de que mi plan fuese exitoso. Pero Severus era mucho más alto que yo y por ende más rápido, así que en un par de zancadas me alcanzó, cerrando su mano firmemente alrededor de mi brazo, obligándome a detener mi ridículo intento de fuga.

—No estás siendo sensata —dijo aumentando la presión sobre mi brazo cuando intente zafarme.

—Oh, vete a la…

Solté un chillido y mis piernas se negaron a sostener mi peso, sintiéndose como de mantequilla. El dolor se había multiplicado exponencialmente, haciéndose crudo e implacable. Él evitó que mis rodillas se estrellaran contra el suelo, sujetándome del otro brazo con agilidad.

—Mierda. Dime qué te ocurre —dijo mientras tiraba de mí hacia arriba.

Mi respuesta consistió en un nuevo chillido provocado por el dolor que se negaba a ceder.

—Por favor, no —lloriqueé cuando sentí algo húmedo en mi entrepierna, algo que mojaba mi ropa interior rápidamente.

—No, ¿qué? —preguntó Severus mientras intentaba mantenerme de pie en medio de sus brazos.

—Dios —gimoteé con un hilo de voz cuando me vi atravesada por una nueva contracción y la humedad entre mis piernas se acrecentó. Sentía cómo se deslizaba por mis muslos bajo la falda.

—¡Lena! —exclamó Snape en el momento en que me derrumbé contra su pecho. Mis piernas dejaron de responder definitivamente, haciéndolo trastabillar un poco mientras se las arreglaba para sujetarme —¿Qué ocurre? ¡Dime!

—No… —lloriqueé, desesperada ante la idea de ser descubierta por él.

—¡Joder, Lena! ¡Dime qué te pasa! —gruñó al verse obligado a resbalar hasta el suelo conmigo.

Apreté los dientes, reprimiendo el grito que pugnaba por salir de mi garganta, mientras Severus, de rodillas en el suelo, me ayudaba a medio tenderme con la espalda recostada en sus piernas.

—N-no puedo —gimoteé con las lágrimas resbalando por mis mejillas. Ahora no sabía si lloraba por el dolor de las contracciones o por la presencia de Severus en mi momento más vulnerable.

—¿Qué no puedes? —sus manos apartaron el cabello de mi rostro. Estaba muy frío.

Gemí y me llevé las manos al vientre, rogándole a todo aquel santo que me quisiese escuchar, que el dolor pasase pronto. No me sentía capaz de continuar, no habría imaginado que fuese tan doloroso.

—Por favor, dime… dime, Lena…

No recordaba haber escuchado a Severus Snape suplicar hasta ese día, en ese pasillo vacío. Sus manos recorrieron temblorosas mi rostro sudoroso, su respiración estaba agitada mientras yo gimoteaba tratando de concentrarme en respirar. Casi podía creer que él estaba preocupado por mí.

—No puedo quedarme aquí… —sollocé intentando levantarme. Ya no sólo mi ropa interior se sentía húmeda: sentía la falda y gran parte de la túnica empapadas también.

No pude moverme demasiado. Casi nada me respondía de la cadera hacia abajo y la sensación de que algo descendía dolorosamente en mi bajo vientre me comenzaba a aterrorizar aún más.

—Sácame de aquí… por favor, sácame de aquí —supliqué cuando comencé a sentir ganas de pujar —no puedo hacer esto… Dios, no puedo….

—Está bien. Tranquila—dijo él poniéndose de pie cuidando que no me golpeara contra el suelo.

Me tomó en brazos, como si hubiese olvidado repentinamente que era un mago y que no tenía que hacer fuerza levantándome. Lo miré a la cara a tiempo para ver su expresión confundida mientras miraba hacia al suelo. Desvié mis ojos en la dirección en la que él miraba y comprendí el motivo de su expresión: un gran charco de líquido sanguinolento se dibujaba en el suelo de piedra.

—¿De dónde…? No comprendo —murmuró comenzando a caminar hacia la enfermería conmigo en brazos. Parecía estar pensando en mil posibilidades para explicar lo que estaba sucediendo, mientras yo gemía y me encogía de vez en cuando en sus brazos.

—Ehhh —gritó una voz cantarina por encima de nuestras cabezas —. ¿Otra vez cafeína, panquecito?

—Cierra la boca, Peeves —gruñó Severus amenazante.

Fue tal el tono del pocionista que el poltergeist no se atrevió a seguir nuestros pasos. Se limitó a soltar una pedorreta y se quedó dando tumbos de lado a lado en el pasillo.

Llegar a la enfermería tardó menos de lo que me esperaba. Severus abrió la puerta casi a patadas y entró conmigo en volandas, llamando a voces a madame Pomfrey. Sin embargo, el lugar parecía desierto. Para mi desgracia, estábamos solos.

—No quería que esto pasara —sollocé cubriéndome la boca con las manos.

—¿De qué estás hablando? —preguntó mientras me depositaba en una de las camas de la enfermería con delicadeza.

No respondí. Me limité a morderme la mano cuando una nueva contracción atravesó mis entrañas.

—Hay demasiada sangre —dijo Severus con el rostro contraído por la preocupación.

Sus ojos negros estaban fijos en la superficie de la cama, debajo de mi cuerpo. No quería mirar, pero me arriesgué de todos modos. Sentí que las tripas se me iban de paseo al ver la enorme mancha de sangre dibujada en la blanca superficie. Me iba a morir, nadie podía sangrar tanto y vivir para contarlo. Lo último que haría en la vida sería traer al mundo al hijo de Severus Snape y me moriría desangrada.

Antes de que pudiera siquiera reaccionar, Severus abrió mi túnica de golpe, revelando ante él el mayor de mis secretos.


SEVERUS

—Merlín… —murmuré retrocediendo un par de pasos —¿qué…?

El abultado vientre de Lena se revelaba ante mis ojos como una macabra broma. Sus piernas estaban manchadas de sangre y podría apostar de dónde provenía el sangrado. ¿Cómo no lo había notado? Estuvo enferma durante mucho tiempo. Debería haber sospechado que eso era lo que estaba ocurriéndole.

Desvié la mirada desde su abultado vientre hasta su cara, comprobando con horror que no quedaba mucho color en ella. ¿Cómo había logrado pasar desapercibida? ¿Cómo había logrado ocultar eso? No era posible ocultar algo así hasta el final.

—¿Lena? —acaricié la mejilla de la muchacha —¿me escuchas?

Ella asintió y fijó sus ojos azules en mí. Me permití navegar en su mente lo suficiente para comprender mejor las cosas: Lena observando un líquido rosa brillante sobre el lavabo con gesto de angustia… Lena siendo abofeteada por su padre mientras las luces del árbol de navidad parpadeaban tras ella… Lena en un automóvil muggle con Rodríguez… Lena llorando, acostada en una camilla de lo que parecía ser un centro de salud muggle… Lena riendo con sus amigos en un aula vacía mientras Rodríguez apoyaba su oreja sobre el vientre de la chica… Corté la conexión mental con ella, tragando saliva. Si que habían llegado lejos las cosas entre ella y el joven Slytherin.

—Severus… —susurró ella.

La miré, incapaz de decirle nada. Sentía un peso enorme en el estómago, provocado por la rabia ante la confirmación de hasta dónde habían llegado las cosas con Rodríguez.

—Creo que me voy a morir —dijo con una sonrisa vacilante en sus pálidos labios.

—No vas a morirte —dije apretando los puños —. Vas a estar bien.

—No contaría con ello—murmuró. Sus ojos se desenfocaron un poco y se encogió, adolorida ante lo que parecía ser una nueva contracción.

Vi presa del miedo cómo la cama se teñía con más sangre. ¿Qué podía hacer por ella y el hijo de mi estudiante? No tenía idea de cómo atender un parto. Sin embargo, decidí tratar de hacer algo mientras Pomfrey daba señales de vida. Envié un patronus a buscar a la enfermera y otro a Minerva. Me froté las manos entre sí, nervioso, sin saber cómo proceder. No sabía nada acerca del embarazo de Lena, no tenía idea de la edad gestacional. Y por la cantidad de sangre sobre la cama, las cosas no parecían estar yendo bien.

—Voy a revisarte —dije inclinándome sobre su oído.

—Duele mucho —murmuró ella.

Me erguí nuevamente y retiré su falda, seguida de la ropa interior. No quería hacer lo que estaba haciendo, pero no podía simplemente dejarla allí sin más. Separé sus piernas con suavidad y observé horrorizado como la sangre salía incesante de sus genitales y había algo más sumándose a la escena escarlata: un pie diminuto asomaba de allí.

—Lena… Dios… —balbuceé estúpidamente.

No podría detener esa hemorragia como con cualquier otra herida. No sabía qué estaba provocando el sangrado y por ende no existía algo que cauterizar con un encantamiento. Me puse las manos en la cabeza y traté de pensar con claridad. ¿Qué se hacía en un parto podálico? Nunca me había preocupado por instruirme en semejantes menesteres. ¡Merlín! ¿Por qué no había siquiera leído al respecto?

—Severus —la voz de Lena llegó a mis oídos como un ligero susurro.

—Dime —dije mirándola desde abajo. Estaba tan blanca como la cera y respiraba mucho más rápido que antes.

—Dime qué está mal —dijo con algo de esfuerzo. Se humedeció los labios resecos y su rostro se arrugó en medio de un gemido de dolor.

—Está bien. Todo está bien. No te preocupes —dije tratando de sonar convincente.

Ella tragó saliva y cerró los ojos. Se veía tan cansada que temí que se hubiese desmayado. Sin embargo, volvió a abrir sus ojos un instante después.

—Necesito pujar —dijo con los dientes apretados.

—Está bien… eh… —dije atropelladamente ubicándome mejor entre sus piernas.

Sin saber muy bien lo que estaba haciendo, tiré de ella hacia abajo, acercándola al borde de la cama para tener más espacio para maniobrar. Mantuve mis manos a la altura de donde medio asomaba el pequeño ser, listo para sujetarlo en cuanto saliera.

—Puedes pujar, Lena —indiqué. Oh, Dios, estaba tan nervioso.

Ella obedeció. Pujó con fuerza, apretando los dientes. Consiguió sacar las piernas y parte de la cadera de la criatura, de modo que se reveló ante mí la masculinidad del pequeño ser. Me aventuré a sostenerlo con manos temblorosas. Ella temblaba y yo sólo veía cómo se ponía cada vez más y más pálida. No sabía si debía tirar del niño o si lo correcto era esperar a que las cosas siguiesen su curso.

—Continúa, Lena —intenté animarla a seguir.

Ella negó con la cabeza. Creo que iba a decir algo cuando la puerta se abrió de golpe. Madame Pomfrey entró a la carrera, seguida de Minerva McGonagall.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Minerva al percatarse de la escena.

—¡Merlín! —graznó Pomfrey llevándose una mano a la garganta.

—Severus, ¿qué está ocurriendo? —dijo Minerva entrelazando los dedos y poniéndolos contra su boca como si rezara.

La señora Pomfrey pareció reaccionar de repente y correteó hasta donde me encontraba, indicándome que me apartara.

—¿Hace cuánto que sangra? —preguntó tomando la muñeca de la chica y negando con la cabeza.

—Un cuarto de hora. Quizá más —respondí cediéndole mi lugar.

Rodeé la cama y me ubiqué junto a la cabeza de Lena. Si no estuviese escuchando su respiración agitada, habría pensado que estaba muerta debido a su aspecto.

—¿Has llegado a término, Heron? —inquirió Pomfrey, al tiempo que sacaba su varita y la ondeaba en el aire. Un paquete voló desde su oficina hasta donde se encontraba la enfermera.

Lena gimió y me miró fijamente. Movió sus labios, pero no logró emitir ningún sonido.

—Es importante, Heron —insistió Pomfrey abriendo el paquete y poniendo su contenido sobre una mesa auxiliar salida de la nada.

—Dime, Lena —me agaché junto a ella, tomando su mano y limpiando con el pulgar una lágrima que se deslizaba por su sien derecha, dándome apenas cuenta de que había manchado su rostro con su propia sangre.

—S-sí —murmuró. Sólo yo pude escucharla.

—Dice que sí —le comuniqué a Pomfrey.

—Bien… —Pomfrey se puso un par de guantes —. Vas a pujar cuando te diga, Heron.

Lena continuó con sus ojos fijos en mí. Su mirada parecía cada vez más nublada.

—No puedo —susurró.

—Sí puedes —apreté su mano —. Claro que puedes.

Empezaba a creer en las palabras de Lena y el temor a perderla se comenzó a expandir por mi pecho como un veneno.

—Minerva, necesito ayuda con esto —dijo madame Pomfrey a la directora.

Minerva, que había estado de pie observando la escena, estática, se puso en movimiento de inmediato. También se puso unos guantes y se plantó junto a Pomfrey con expresión decidida.

—Heron, necesito que pujes ahora —ordenó la enfermera.

Lena tomó aire con dificultad y obedeció a madame Pomfrey. Su piel estaba helada y sus labios se tornaron de un enfermizo tono morado debido al esfuerzo.

—Está atorado —dijo Pomfrey con voz alarmada —. No pujes más, Heron.

La orden ni siquiera habría sido necesaria, porque Lena estaba al borde de la inconsciencia y no parecía en capacidad de pujar más.

—Ay no, no, no. El sangrado aumentó —anunció la enfermera dando un chasquido reprobador con su lengua —. Dale una poción para reponer sangre, Severus.

Me humedecí los labios y convoqué la poción sin apartarme de Lena. El frasquito aterrizó en mi mano y procedí a destaparlo con dificultad. Las manos me temblaban y casi no era capaz de maniobrar con la diminuta botella. Al fin pude quitarle la tapa y levantando la cabeza de Lena, vertí el contenido en su boca. Ella tragó haciendo un gesto de repugnancia, pero no dijo nada.

McGonagall, según indicaciones de Pomfrey, mantenía las piernas de la chica lo más separadas que podía, tratando de conseguir el mayor espacio posible para que el niño saliera. Noté, sintiendo un hueco en el estómago, que Pomfrey sujetaba el torso del niño en su antebrazo derecho y que su cabeza no era visible. A eso se refería con "atorado". Volví a sostener la mano de la chica, apretándola un poco entre la mía.

—Merlín —murmuró la enfermera maniobrando con el cuerpecito de la criatura.

La mano de Lena se quedó floja repentinamente, obligándome a apartar los ojos de Pomfrey para centrarme en ella. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era tan superficial que su tórax apenas se expandía. El aire que iba hacia mis pulmones se sintió pesado, como si respirara arena en lugar de oxígeno.

—No, no, no. ¡Lena! —palpé su cuello, buscándole el pulso con mis dedos ensangrentados que temblaban incontrolablemente. Era un aleteo rápido y considerablemente débil —¡Se está muriendo! ¡Poppy, se muere!

Mis gritos resonaron en la enfermería, mientras mis manos aferraban el frío rostro de la muchacha, tiñendo de rojo sus mejillas.

—¡Minerva! Aquí, empuja hacia abajo —escuché decir a Pomfrey.

Apenas fui consciente de que McGonagall estaba casi encima de Lena, presionando su abdomen hacia abajo con un brazo. Me sentía vació, abandonado, desesperado por tener a la mujer que amaba en una situación tan crítica. La vista se me nubló y comprendí que tenía los ojos llenos de lágrimas. Parpadeé furiosamente, odiando al ser que la enfermera y la directora se esmeraban por sacar de las entrañas de Lena, despreciándolo por estar matando a su madre.

—Aquí está. Lo tengo…

Aparté mis ojos del pálido rostro de Lena, dirigiéndolos hacia la sudorosa Madame Pomfrey. Ella sostenía en sus manos un bebé amoratado que no se movía ni lloraba. Parecía un muñeco de trapo, un pequeño títere que se balanceaba al ritmo de los movimientos frenéticos de la enfermera.

—No respira —la voz de Pomfrey llegaba a mis oídos como salida de una radio mal sintonizada —. Minerva toma, frótalo con fuerza…

Centré nuevamente mi atención en Lena, buscando de nueva cuenta los latidos de su corazón, deseando que la vida me abandonara si ella no lograba sobrevivir. No podía perderla, no sería capaz de soportarlo… Quería gritar, arrojar cosas conta las paredes, arrancarme la angustia que crecía dentro de mi pecho. Pero me negaba a soltarla por miedo a que la próxima vez que la tocase, ella ya no estuviese aquí.

Un llanto débil llegó a mis oídos mientras la voz de McGonagall animaba a la criatura a seguir llorando.

—¿Tiene pulso, Severus? —preguntó la voz de Pomfrey.

—Muy débil —mascullé con una voz que no parecía mía. La miré, queriendo saber si procuraba salvaguardar la vida de Lena tanto como la del mocoso que casi la había matado.

—Ya no sangra —dijo Pomfrey. No pude evitar hacer un gesto de desagrado cuando la vi sacar la mano de dentro de Lena —. Retiré la placenta manualmente. Creo que estará bien si continuamos dándole poción cada cierto tiempo.

—¿De verdad? —pregunté con un graznido.

—Pienso llevarla a San Mungo para que le hagan una valoración más completa. Pero podría apostarme que va a estar bien —dijo la enfermera con una sonrisa.

El alivio que sentí fue como una bebida caliente recorriendo mi organismo. Pomfrey no solía equivocarse con sus diagnósticos. Acaricié de nuevo el ensangrentado rostro de Lena, de mi Lena, a quien amaba con locura, dando gracias al cielo por su vida.

La criatura emitió un chillido más fuerte, que fue acompañado por una exclamación de júbilo por parte de McGonagall. Pero realmente no me interesaba si esa cosa lloraba o no, si respiraba o dejaba de hacerlo. Sólo sentía desprecio por el ser que casi le había arrebatado la vida a Magdalena Heron.

—Ayúdame a acomodarla mejor, Severus —Pomfrey sonreía animadamente mientras limpiaba con su varita todo el desastre que había causado la sangre de Lena.

Asentí y obedientemente acomodé mejor a Lena sobre la cama. Se veía menos pálida que antes, con la poción trabajando en su organismo. Apreté los labios, aguantando la necesidad de abrazarla y pedirle perdón por todas las cosas que había hecho para alejarla de mí.

—Tengo que dar parte a San Mungo —dijo Pomfrey marchándose rumbo a su oficina.

—Y yo al Ministerio —dijo Minerva. Tenía al niño en brazos, envuelto en una gruesa manta.

—¿Al Ministerio? —pregunté. Todavía estaba un poco embotado por lo que acababa de presenciar.

Minerva me miró fijamente.

—Heron se ha saltado todo el reglamento, Severus. Yo decretaría su expulsión inmediata, pero técnicamente ya ha completado toda su educación, así que no tiene caso. Es decisión del Ministerio si se anulan sus EXTASIS.

Así que todo el esfuerzo que había hecho Lena iba a perderse.

—¿Es necesario? —dije.

—Me sorprende que lo preguntes siquiera, Severus. Es una falta muy gra…

Minerva no terminó de decir la frase, porque en ese preciso momento la puerta de la enfermería se abrió y el grupo de amigos de Lena entró al completo a trompicones. Neveu y Weasley corrieron hacia Lena, apartándome casi a empujones. La francesa se echó a llorar, sosteniendo la mano de la chica y el pelirrojo intentó consolarla poniendo el brazo sobre sus hombros.

—¡Usted! ¡Es todo culpa suya! —bramó Rodríguez.

Cruzó la habitación en un par de zancadas y estrelló su puño contra mi mandíbula con la fuerza suficiente para derribar a un caballo. Luces de colores estallaron en mi cabeza y me tambaleé hacia atrás, estrellándome contra la pared.

—¡Beto, no!

El golpe me había aturdido a tal punto que sólo escuchaba el revuelo a mi alrededor. La boca me sabía a sangre y el sitio donde me había asestado el golpe me palpitaba dolorosamente.

—Rodríguez, ¿Qué cree que hace? —escuché la voz molesta de Pomfrey, quien evidentemente había sido obligada a salir de su oficina por el escándalo —. El profesor Snape ha ayudado a…

—¡A una mierda! —la voz de Rodríguez sonaba ahogada, como si lo estuviesen aprisionando contra algo —. ¡Esto es su puta culpa! ¡Bastardo, hijo de puta!

Abrí los ojos, enfocando a duras penas. ¿Mi culpa? ¿se atrevía a culparme a mí?

—¿Me culpas a mí, niño insensato? —dije con la furia agolpándose en mi cabeza.

Escupí en el suelo la sangre que manaba de mi labio partido y lo miré con odio. Williams y Weasley se las arreglaban para sostener al muchacho entre los dos. Minerva había retrocedido con la criatura todavía en brazos, alejándolo de la batalla.

—¿A quién si no? —gruñó Rodríguez forcejeando con sus amigos para liberarse.

—¡Beto! ¡No digas más! —chilló Neveu cubriéndose la boca con las manos.

—¿Qué importa ahora? ¡Todo ha salido mal! —continuó Rodríguez.

—Explícate, Rodríguez —exigió Minerva.

La directora le entregó la criatura a Neveu y se acercó al furioso Rodríguez con expresión interrogante.

—Merece que lo refundan en Azkaban —dijo el muchacho mirándome con rencor —. ¡Él le ha hecho esto a Lena!

La noticia me golpeó con más fuerza que el puño de Rodríguez. ¿Yo le había hecho eso a Lena? ¿Entonces el niño era mío? ¿Era yo el causante de que Lena casi muriera en un parto traumático? Tragué duro, deseando poder sentarme a asimilar la noticia. ¿Cómo? La última vez que habíamos estado juntos fue el día anterior al inicio del curso. ¿Ella había pasado todo el ciclo escolar embarazada?

—¿Severus? —Minerva me miró. La incredulidad reflejada en cada una de las arrugas de su cara —¿Es verdad? ¿Te involucraste con una alumna?

Le devolví la mirada a Minerva. ¿De qué servía mentirle? Todo estaba perdido. De nada había servido seguirle el juego a Angela para que no se supiese de mi relación con Magdalena Heron. No importaba cuánto me hubiese esforzado para que las cosas no salieran a la luz, porque ella pagaría las consecuencias de mi insensatez.

—Lo hice, Minerva —admití.

—Oh, mi Dios —dijo McGonagall poniéndose una mano en la mejilla. La lividez en su cara reflejaba la furia que estaba conteniendo —¿En qué estabas pensando? ¡Por Merlín!

—No lo sé —dije. No era una mentira. No sabía en qué estaba pensando en el momento en que me había fijado en Heron.

Los amigos de Lena ya no luchaban entre ellos. Rodríguez parecía haberse calmado ante la peligrosa expresión de McGonagall y permanecía quieto en medio del agarre de Weasley y Williams. Neveu se había sentado en el borde de la cama de Lena, con el pequeño bulto firmemente sujeto entre sus brazos. Parecía muy asustada. La enfermera me miraba con ojos como platos. Parecía aturdida, como si no diera crédito a lo que acababa de presenciar.

—Váyanse a sus casas. Los cuatro —ordenó Minerva con voz calmada.

—¿Ella va a estar bien? —preguntó Neveu.

—Lo estará. Ahora váyanse. No pienso repetirlo.

Los chicos no necesitaron oírlo de nuevo, y entre Williams y Weasley arrastraron a Rodríguez fuera de la enfermería. Neveu le entregó el niño a Pomfrey y con una última mirada hacia la inconsciente Lena, salió tras sus amigos.

Una vez los muchachos salieron, esperé pacientemente a que Minerva comenzase a gritar. Sin embargo, no lo hizo. Se limitó a mirarme como si no me reconociera. Eso resultó peor que si hubiese empezado a gritar hasta reventarme los tímpanos, porque me hacía sentir como la basura que yo sabía que era.

—No lo entiendo, Severus —dijo negado con la cabeza —. Nunca lo habría esperado de ti.

—Ya somos dos —dije. Me toqué el labio partido haciendo una mueca de dolor. Yo tampoco habría esperado eso de mí. El Severus de antes, el que amaba a Lily más que a su propia vida, jamás habría dejado que su vida se cruzara con la de una estudiante. El Severus sensato nunca habría permitido que ella se embarazara y casi muriera pariendo a su vástago.

—¿En qué momento ocurrió esto? Se supone que estás comprometido con Angela.

—Es difícil de explicar, Minerva.

Ella meneó la cabeza con evidente decepción.

—Tendrás que explicárselo muy bien al Ministerio de Magia, Severus.