CAPITULO 1

"LA BODA"

New York, Diciembre 1916

Ilusionada, radiante y rebosante de sonrisas Susana Marlowe se encontraba ataviada en un fino y glamoroso ajuar de novia; apoyándose en su bastón de plata a paso lisiado recorría el elegante salón perfeccionando cada detalle de su codiciada boda; mientras que las parejas caminaban alrededor de la pista de baile mostrando su ansiedad por plasmar con sus movimientos el ritmo de las notas musicales que ambientaban el lugar. Los brillos de las joyas centelleaban por doquier ya que abundaban las mujeres que lucían caros atuendos acompañadas por caballeros elegantemente vestidos. Decenas de velas abrían el camino para llegar a las impecables mesas que lucían los mejores manjares, los cientos de flores blancas que adornaban y perfumaban el recinto daban el toque de un ambiente de paz y felicidad; todo lo contrario a la tormenta que se estaba formando en la cabeza de la novia.

Susana estaba muy lejos de ser la feliz y dichosa novia; aunque su semblante así lo pareciera, interiormente se estaba extinguiendo de miedo ya que habían iniciado mal las cosas: Según los preparativos y "lo tradicional" Terry llegaría primero que ella, episodio que no sucedió así.

¿Dónde se habrá metido? Ya debería estar aquí —, preguntaba por décima vez en la última hora Susana a su madre. Con ansiedad miraba hacia todos lados intentando buscar un rastro de su amado.

Tranquilízate Susy —, le dijo intentando calmarla —. Llegará hijita, ya verás.

Es que ya debería estar aquí mamá —. Insistió de nuevo, como si con sus palabras pudiera conjurar de inmediato la aparición de Terry.

Aire. Susana necesitaba desesperadamente respirar aire fresco para aclarar sus pensamientos. Tras ofrecer una disculpa, evadir a los invitados que deseaban felicitarla se encaminó hacia las puertas de vidrio. Haciendo caso omiso de las miradas de curiosidad que se ha­bían posado en ella, salió del salón en dirección a los jar­dines. Ni el dulce perfume de las fragantes rosas en el aire ni la luna llena, cuya luz teñía de plata el paisaje, la pusieron de mejor humor ni relajaron sus agarrotados múscu­los. No obstante, mientras se dirigía por un sendero muy animado, Susana alcanzó a escuchar las habladurías que hacían las "damas" en susurros; algunas se expresan despectivamente de ella: "Que si era una arribista aprovechada pretenciosa"," Que cómo era posible que una "coja" atrapara a un noble", "Que él era demasiado guapo para someterse ante una amargada". Otras tantas la compadecían. Decían: "Que era le peor humillación que una mujer podía sufrir en su vida: Ser plantada en el altar, que ya ningún hombre la aceptaría".

Para Susana cada una de esas frases era una bomba que estallaba en su corazón rompiéndolo en mil pedazos. Trataba de no hacer caso a las murmuraciones, luchaba por calmarse pero sabía que en el fondo esa paz estaba fuera de su alcance.

El tiempo transcurrió trayendo consigo a más de cien miembros de la alta sociedad, pero aún así con el mar de gente a su alrededor Susana Marlowe nunca se había sentido tan sola, ni en su mejor actuación sintió tan clavadas las miradas como en esa noche en ese momento… pues Terruce Grandchester su prometido no llegaba. Otra vez, ya habían transcurrido más de 40 minutos, Susana se trasladaba de un lado a otro tratando de eludir el cotilleo de los cosmopolitas, pero muy a su pesar en su tullido y lento avanzar inevitablemente logró escuchar que los invitados en busca de entretenimiento empezaban a apostar si se presentaría o no el novio, otros entre risas se preguntaban si alguien había invitado a Terry, pero lo que más le dolió oír fue que decían que si la novia no fuera coja alguno de ellos le haría el favor de robársela esa noche.

Susana no daba crédito a lo que había escuchado, se suponía que los invitados eran gente "bien" educada, personas con principios y una moral muy alta; Susana se dio cuenta que en ese mundo sofisticado sobraba la desvergüenza, la crueldad, el cinismo. Era todo lo contrario a lo que ella se había imaginado la belleza de la elegancia y los lujos se desmoronaban ante toda la falsedad e hipocresía que enfrentaba esa noche. Se decepcionaba de esa gente superficial y sin escrúpulos.

La novia empezaba a ser víctima de la ansiedad, de la vergüenza, de los nervios, de la duda y del temor, pero de pronto vino a su mente la imagen que curaba todos sus males, era el ser del rostro tan bello como un ángel, con cuerpo de dios griego pero con un alma que ella no conocía (hasta en eso Susana estaba limitada: Aunque estuviera en vísperas de ser la esposa de Terry, ella no había podido llegar a su corazón y adentrarse en su alma).

Desde un recoveco sombrío Susana observaba todas las entradas; su mirada urgente buscaba lo que su corazón anhelante le dictaba. Ahora Susana temía ingresar nuevamente al salón de baile, lo veía como un campo minado de burlas, mofas y sarcasmos hacia su persona.

Su madre, la Sra. Marlowe se encontraba más que desesperada y asustada; al principio sintió que la vida de Susana pasaría más allá del libreto y la fantasía de cenicienta, pero ahora, con la inesperada ausencia de Terry el sueño de Susana se estaba convirtiendo en una pesadilla real. Toda la ambición y pretensión que la proyectaban a aferrarse por entrar a ese mundo sofisticado ahora la anclaban al abismo de la vergüenza. Tan rodeada de ese mar de gente no era capaz de solicitar ayuda a alguien pues ella y su hija eran tan ajenas de ese mundo "elevado" que su inferioridad no les permitía desenvolverse normalmente.

Al estar de gira con su compañía teatral Robert Hathaway no asistió al evento, por lo que, por parte del novio solamente había un invitado y ese indudablemente era: Albert Andrew el único, leal e incondicional amigo de Terry. Albert compartía la mesa con Eleanor y ambos sufrían la misma invasión de pensamientos, dudas y deseos respecto a Terry, y era tal la ráfaga de pensamientos que no los podían hablar pero instintivamente sus miradas lo interceptaban e interpretaban. El uno al otro no sabría dar la respuesta correcta y el interés se enfilaba por saber dónde y cómo estaba Terry.

Eleanor Baker sin dudar era la mujer más bella de ese lugar, y a pesar de eso sus hermosas facciones denotaban una mezcla de alegría y preocupación… en el fondo ella sinceramente deseaba que no se llevara a cabo esa boda, esperaba que sus plegarias fueran escuchadas y que su hijo Terruce recapacitara su decisión, pero el infalible instinto maternal le indicaba que su amado hijo se encontraba mal; ella mejor que nadie conocía la tozudez y honorabilidad de Terry, sabía del alcance de las palabras de él, y lamentablemente existía ese compromiso por lo que estaba segura que él llegaría, ya que para Terry el acto significaba haber empeñado su palabra y la cumpliría.

~«flash back»~

Eleanor recordó la noche anterior que fue a buscar a Terry a su departamento.

Hijo, mírate. Otra vez borracho, mañana es tu boda. Dime Terry: ¿Estás bebiendo para darte valor o lo haces para olvidar la dura realidad que testarudamente solo tú te estás imponiendo hijo? —

Para Eleanor era doblemente el dolor de ver en ese estado a Terry: Solo; sin un amigo. Sin el apoyo, respaldo, consejo y consuelo de su padre. Terry ni siquiera había invitado a su padre a su boda, pero de eso se habían encargado las Marlowe. A Eleanor la subyugaba el dolor de comprobar la soledad y abandono que rodeaba a su hijo.

Terry se limitó a soltar una risa inso­lente a modo de respuesta. Mirando fijamente el fuego, se reacomodó en su sillón y dio otro trago a la botella de whisky.

Eleanor mientras se abría camino con cuidado a través del caos que reinaba en la habitación de soltero, sacó un pañuelo meticulosamente doblado con sus iniciales y se tapó la nariz para evitar respirar el hedor que flotaba en el aire.

¡Que Dios nos ampare! Esta habitación huele a queso podri­do, o a algo igualmente apestoso. ¿Es que nunca limpias lo que ensucias?

Desde luego. Soy la pulcritud personificada —, balbuceó Terry.

Eleanor entristeció su mirada. La causa del malestar de su hijo era evidente. Acercó una silla al fuego y se sentó con cautela.

Tal vez deberías contratar a una criada en lugar de quedarte ahí sentado compadeciéndote de ti mismo.

¡Al diablo!. La última me robó, y por si fuera poco la descubrí oliendo mis calzones, pero lo peor fue que un día me desperté porque sentí como acariciaba mi pecho —, masculló Terry.

No me extraña, teniendo en cuenta que te ahogas en el alcohol hasta perder el conocimiento. ¿Por qué sigues en este lugar? Am­bos sabemos que puedes permitirte algo mejor.

Terry la miró con expresión aburrida.

¿Qué importa eso?

¿Acaso no tienes orgullo?

¿Qué demonios quieres, Eleanor? Dudo que esta visita se deba a un repentino arrebato de amor maternal. ¿Te has contagiado del maldito espíritu navideño o has venido por alguna noble razón?

Eleanor escudriñó con recelo el rostro apesadumbrado y desmejorado de Terry. Iba a tener que proceder con cuidado. Incluso estando borracho, su perspicaz hijo no era un hombre a quien se pudiera engañar fácilmente;

Tal vez he venido para evitar que te mates con la bebida.

Pierdes el tiempo, mi alma ha abandonado mi cuerpo desde hace algunos meses —. Mientras alzaba nuevamente la botella, Terry le lanzó una mirada de reojo—. Pero dudo que ése sea el mo­tivo de tu visita.

Eleanor le dirigió una mirada penetrante durante un largo rato; luego suspiró dándose por vencida.

No. No he venido por eso, he venido para auxiliarte y prepararte para mañana hijo.

Diablos, ¿Estás oyendo lo que dices?

Conteniendo unas palabras de las que sabía que se arrepentiría, Eleanor se levantó repentinamente de la silla y se paseó por la abarrotada y desordenada habitación, pasó por encima de unas botellas vacías y libros regados por todo el piso. Apartó un li­bro de una patada y se detuvo junto a la pared del fondo, parpa­deando mientras se esforzaba por dominar su tristeza y llanto. ¡Por Dios!, ¿Cómo iba a hacer entrar en razón a aquel borracho?

Eres listo como un zorro y tienes los princi­pios de un caballero. Tengo fe en ti. Encontrarás alguna forma de evitarlo. ¡Despierta! ¡Deja la botella y piensa! ¿Dónde está tu lealtad, tu amor, tus sueños y metas? ¿Dónde quedó el seguro y osado hombre que luchaba ante todo y todos por lograr sus ideales, por no ser pisoteado o mangoneado por nadie?

Terry dejó la botella y se quedó mirando a Eleanor, estupefacto.

Eleanor no pudo evitar esbozar discretamente una sonrisa al ver la expresión de sorpresa de su hijo. Quizá ahora el muy testarudo entraría en razón. Se hizo un largo silencio, interrumpido únicamente por el chisporro­teo del fuego de la chimenea.

¡Sé de lo que eres capaz cuando no tienes el cerebro empapado en alcohol Terry!

La voz seca de Eleanor sonaba apagada, como si vi­niera de una distancia cada vez mayor o atravesara un velo tenue y trémulo. En ese momento Terry recordaba a Candy y a todos los obstáculos y sacrificios que tuvieron que enfrentar individualmente desde su infancia y juntos desde que se conocieron en su adolescencia, pero de repente, todos los pensamientos se disolvieron en la placidez que se apoderó de él. Sus ojos lánguidos percibieron una luz interior de una belleza indescriptible. Impotente y débil, se dejó envolver por ella. Terry pensó que en realidad sólo la muerte, supuso, sería un alivio para su destrozado y vacío ser, pero ahora así, en ese estado máximo de embriaguez ya no sentía dolor; en ese momento era presa de la melancolía. Cerró los ojos, bajó la barbilla hasta casi tocarse el pecho y soltó un suspiro lleno de nostalgia. Pensó que Eleanor venía para comprobar cómo estaba. No le gustaba que alguien lo viera en aquel estado, pero al menos con su perspicaz Madre no tenía que fingir que estaba bien.

Ne­cesitaba poco más en la vida, de sobra tenía el alcohol; pero Terry había renunciado a todos sus anhelos y en su aislamiento perdió todo aquello en un serio intento por serenar su torturada mente con una vida ascética.

Sin embargo, echaba de menos mil veces más a Candy que al teatro. Imaginar a esa mujer dulce y tierna despertaba las reprimidas necesidades de su cuerpo, pero desechó esos pensamientos pues temía alterar su precario equilibrio. Y sintiendo recorrer por todo su cuerpo el deseo encendido por Candy fue que volvió a la realidad.

Sabes Eleanor, es mejor que te retires mañana será el día más difícil de mi vida. No te preocupes. Ahí estaré bañado, impecablemente vestido. Hasta mañana Eleanor—.

Eleanor al verlo apacible, tranquilo y con sus ojos cerrados decidió dejarlo descansar. Pensó que había sido demasiado hiriente con sus palabras, y lo mejor era dejarlo reflexionar; al fin inevitablemente ya le había dicho lo que pensaba. Silenciosamente se marchó dejando a un Terry "meditabundo".

~«fin del flash back»~

De pronto a la deslucida y escondida Susana le vino la idea de que Terry se hubiese fugado con Candy, y esa imagen desgarradora que ya nada podría borrar le trajo un sentimiento de horror, coraje, impotencia y vergüenza que se apoderó de ella; sus dedos apretaron con fuerza la copa de brandy que bebía para calmar sus nervios. Irremediablemente Susana ya había sucumbido ante su mayor temor, y era despiadadamente devorada por su insuperable miedo convertido en dolor.

Finalmente Susana salió de la sombra donde se escondía el breve trayecto fue un largo tormento; entonces cogió una nueva copa de brandy de la bandeja de un criado que pasaba por allí y se la llevó a los labios, en ese momento deseaba que los candiles que destellaban las luces se oscurecieran, ya no quería ser la reina de la noche necesitaba que todos se olvidaran que ella existía, quería que olvidaran su nombre.

No tenía escapatoria, tenía que afrontar la cruel situación así que se bebió la mitad de su brandy de un trago, se preparó mentalmente y se volvió para anunciar que la fiesta no se celebraría, Susana Marlowe estaba decidiendo cancelar la boda a cuestas de la obvia verdad que tenían todos los invitados: El humillante y denigrante acto de haber sido Plantada por Terruce Grandchester. Ella pensaba que esa era la única manera un poco digna de salir de ese lugar. Estaba a punto de gritarlo pero en ese momento repentinamente todos enfocaron su vista a la entrada principal, la imponente imagen de ese hombre traería la solución a la penosa situación.

Al verlo Susana se quedó paralizada, reprimiendo un exabrupto. No sabía con certeza qué estaba pasando, estaba dispuesta a pagar cualquier precio por mantener viva esa ilusión, y ante ella estaba el hombre que develaría esa verdad.

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Hola Chicas,

Me presento, soy Gizah y me he adentrado en este Ciber-Candy-World porque sufro con la historia inconclusa del gran amor frustrado de Terry y Candy. He leído con tanta alegría los excelentes fics que otras chicas talentosas han escrito, y hoy por ser mi cumpleaños me he querido auto-regalar esta historia que locamente se me ha ocurrido, es la primera vez que escribo un fic… he iniciado y no sé cómo termine, me he atrevido a publicarlo motivada por las lindas palabras de aliento y ánimo de mi queridísima amiga Malinalli, a quien le agradezco su tiempo e interés en ver y apoyar mis locuras. ¡Gracias infinitas Malinalli por toda tu ayuda y asesoría!

De antemano les pido disculpas si ofendo o agredo la ideología, la condición física o sentimental de alguna de ustedes, pero lo escrito obedece al enfoque de presentar el carácter de los personajes desde una perspectiva real y bizarra sobre la existencia de buenos y malos sentimientos a los que se enfrentaran los personajes del fic. Con todo respeto y con mucho cariño las invito a que lo lean.