I N Q U E B R A N T A B L E

CAPITULO 13

"LA DECLARACIÓN"

El reencuentro con sus padres se había convertido en una placentera cena que posteriormente los llevo a una velada familiar donde la plática parecía nunca terminar.

—Tráiganos una botella de champagne...—ordenó a un sirviente el Duque de Grandchester mientras se alejaba. Entró en un salón espacioso con paredes de color esmeralda y techo de oro pálido.

Terry estaba apoyado en la repisa de mármol blanco de la chimenea, aparentemente perdido en sus pensamientos. Se incorporó y se volvió para mirarlo cara a cara.

—Padre, aunque me consideres el rebelde más escandaloso que conoces, no estoy rodeado por facciosos, como te gusta creer, mi encierro se debe a una terrible…—el Duque lo interrumpió tomándole la palabra.

— Terruce, hijo mío olvida ese tema. No es necesario que nos expliques nada. Confiamos plenamente en ti, o no es así Eleanor. —decía Richard mientras abrazaba a Eleanor.

— ¡Oh, santos y demonios! No puedo creer lo que estamos viviendo juntos —expresó Terry —Aún no entiendo como ustedes nuevamente están juntos.

—Hubo veces —admitió Richard— en que me sentí muy pequeño e insignificante para la gran responsabilidad del Ducado. A diferencia de ti Terruce, yo no tenía hermanos por eso recaía en mi la única esperanza de persistir con el linaje directo del Ducado de Grandchester. En mis planes no estaba contemplado un matrimonio, puesto que ya felizmente lo había hecho con tu madre, pero ventajosamente entre todos los acuerdos, convenios y demás asuntos que acepté al tomar el ducado ineludiblemente se había pactado mi matrimonio con tu madrasta, y entre tantos papeles firmados ahí introdujeron el documento con el que me ataron a una vida miserable al condenarme a vivir al lado de una desconocida mujer, "mi ex esposa" o mejor conocida por ti como la "Sra. Cara de Cerdo". Me avergüenza contártelo pero impunemente así actuó tu abuelo, pues demasiado tarde me dí cuenta de mi error al caer tan estúpidamente en su trampa. A tu abuelo le importó más conservar su noble estirpe que mis sentimientos y por eso no le importó pasar sobre ellos. Tras tu nacimiento, tu abuelo logró manipularme, pues se ensañó al amenazarme con dañarte a ti y a tu madre por eso no tuve alternativa más que aceptar sus imposiciones… y finalmente tras la separación con tu madre mis fuerzas, alegrías y ganas de vivir se quedaron con ella, pues ya nunca tuve el coraje y amor suficiente para luchar en contra del destino y vida que llevaba, lamentablemente tú fuiste la víctima más afectada, pues al perder a tu madre me perdí a mi mismo y me convertí en ese vacío ser que sólo los hizo sufrir a ti y a Eleanor.

—Gracias por cuidar a mi madre durante mi larga ausencia, por quererla tanto y sobre todo por ser su soporte cuando no tenía a nadie más. Podrías haber dejado "mi asunto" con tus abogados, detectives y demás sirvientes, pero no lo hiciste así, sino todo lo contrario dejaste todo por nosotros, sacrificaste tu reputación, tu matrimonio y tu vida por nosotros tu familia.

— No tienes que agradecer hijo, eres mi orgullo y mi alegría. Lo hice por Eleanor y por ti hijo porque los amo infinitamente. Y ahora que los tengo enfrente de mí quiero pedirles perdón, por todo el daño que les causé a causa de mi cobardía, mi ignorancia y mi terquedad. ¡Perdóname Elly, perdóname hijo! —imploraba el consternado Duque de Grandchester.

—No padre, no es necesario que lo hagas, así fuiste educado y desgraciadamente se aprovecharon de tu confianza y juventud, además las circunstancias no fueron favorables para ustedes, ahora entiendo que hay tantas circunstancias en la vida que te ahuyentan y alejan de lo que más se ama, pero en uno radica la persistencia en lograr alcanzarlas venciendo esas adversidades.

Tanto Eleanor como Richard estaban al borde de la emoción, agradecían infinitamente a Dios el haberles regresado "sano" y salvo a su hijo, y ahora estaban maravillados de ver la ponderada madurez y sensibilidad que había alcanzado a base de un costoso precio: el encierro. Y pretendiendo romper el ambiente tan cargado de drama a tono de burla Terry comentó.

—Ya me imagino el escándalo por tu divorcio padre, la reputación de los Grandchester debe estar por los suelos.

—Algo hay de eso, pero no en la magnitud en que ha sido dañada Candy. Mi cercana amistad con los reyes frena todo mal comentario que intenten propagar en contra de los Grandchester, pero con quien si se han ensañado es con la Srita. Andrew.

Inmediatamente le cambió la expresión a Terry, fue como si una cascada de hielo lo hubiera partido. Eleanor al ver su semblante decidió que era mejor dejarlo descansar.

—Hijo, ha sido un día cargado de tantas bendiciones y emociones que ya estoy agotada. Espero no haya inconveniente si decido irme a dormir.

—En absoluto madre, yo también necesito descansar. Gracias por todo.

—Hasta mañana Terruce. —se despidió Richard quien se retiraba llevando abrazada a Eleanor.

Terry se quedó sumamente preocupado, preguntándose si le había hecho daño a la persona que más le importaba en el mundo. Pensaba en Candy en cómo iba a continuar enfadado con ella. Si él no la ayudaba, ¿quién iba a hacerlo?

Había permanecido en la sala apenas media hora y, desde entonces, recorría la biblioteca de arriba a abajo sin parar, y a pesar de que ahí estaba toda la belleza que siempre lo habían deleitado: sus libros, sus ensayos, aún así le era imposible dedicarse a algo, nada acaparaba su atención su pensamiento seguía enfocado en Candy.

Pensó en el incidente de la recamara, estaba seguro que había sido una trampa de Neil, que la había convertido en la víctima perfecta para recibir el trato más morboso y humillante, se preguntaba si ya estaba marcada de por vida. Él no la consideraba culpable, pero sabía que ante la injusta sociedad dificilmente volvería a gozar del prestigio y la admiración de los que una vez disfrutó. Aunque él no la creyó deshonrada, conocía la diferencia entre el bien y el mal y sabía lo que ella sufriría con ello.

Entonces recordó que su amor por Candy era una bendición, y no una carga. Siempre había anhelado que fuera su esposa, y no había razón para albergar dudas, para sentirse enjaulado. De pronto imaginó un camino largo, sombrío y brumoso, de cielos cubiertos y grises, un futuro sin Candy y su corazón lanzó un grito de advertencia y de protesta. Se acercó al ventanal y bajó la vista; solo veía el manto negro que cubría el resto de su vida. Una vida sin Candy. Sin amor. Por su mente y corazón recordó la triste y amarga experiencia de sus padres, y decidió que él no cometería el mismo error, afianzó su decisión de luchar por su amor, por Candy.

Ahora que había resuelto seguir los dictados de su corazón, sólo sentía alivio y determinación. De hecho, nunca había estado más decidido. Era consciente de que la batalla sería dura, pero ¿no eran acaso las batallas más grandiosas de la vida las más difíciles y traicioneras, pero a la vez las más deleitosas?

Con ese buen deseo intentó dormir, pero pasaron los largos minutos y él seguía en vela. Su dormitorio tenía un gran ventanal que mostraba la esplendorosa vista al bosque, sentir la fresca brisa lo hizo avivar el deseo de salir a llenar sus pulmones de esa frescura.

El lago, ahí debía volver si quería encontrar algo de tranquilidad, si es que quería, de alguna manera, volver a reunir los fragmentos rotos de su vida. Sin dudar, ese era su lugar favorito y lo había estropeado al dejarse dominar por los celos cuando ahí, él humilló a Candy. El mal recuerdo lo hacía dudar de acudir ahí, para buscar su paz, su consuelo… más sin embargo, era más grande su necesidad de la serenidad y confortación que le brindaba que decidió ir ahí.

Ese era un acogedor lugar, de esos en los cuales afloraba el significado de las cosas y donde sentía que podría comprenderlo todo, si encontraba los pensamientos o las palabras con los cuales captarlo. Pero también era verdad que ese significado no era algo que había que captar. Era un misterio en el que había que confiar.

El aire era fresco, pero para alguien que había pasado casi toda su vida al aire libre, no era incómodamente frío. Y él necesitaba respirarlo. Le urgía sentir toda la hermosa naturaleza que desde su inhumano encierro lo había privado de toda esa generosa belleza que ahora lo rodeaba.

Minutos después, estaba sentado en una rama que le había parecido perfecta desde abajo. Sus ojos no lo habían engañado. Era una rama ancha y firme. Podía apoyar la espalda en el tronco y estirar las piernas y sentirse absolutamente a salvo.

Ahora si… en esa intimidad sentía que si podía soltarlo todo, incluso los pensamientos, y convertirse en parte de la belleza y paz que estaba regocijando. Disfrutó de su bien conocida sensación de estar a solas con el universo. Siempre había tenido el don de poder encerrarse en sí mismo, apartado de la multitud. Y esa era una de las tantas razones por las que él amaba ese mágico pedazo del bosque, pues había algo en esta pequeña parte del lago que era muy diferente de cualquier otro sector de Escocia, o de cualquier otro lugar de la tierra.

*******

Apartó las mantas con un suspiro y saltó de la cama. La caricia del aire fresco en su piel caliente le resultaba agradable. Se acercó a su cómoda para servirse un vaso de agua de una jarra que había ahí. Bebió con ansiedad y se fue a la ventana miró a través de ella las colinas, el lago, el camino y los árboles.

Había sentido la necesidad de volver a ese lugar. Tenía que liberar su mente de esa especie de encantamiento que parecía haberse apoderado de ella. Bajó las escaleras y atravesó el recibidor a oscuras no resultó sencillo. No obstante, llegó al portal y cuando giró el cerrojo se abrió con facilidad y salió al exterior.

La noche era tranquila y brillante, iluminada por la luna y las estrellas. Candy sentía la temperatura casi templada. La capa que llevaba parecía innecesaria y decidió quitársela, guiada por la luna caminó por el lago. Pensó que también sería un sosiego para el alma caminar con los pies descalzos por la orilla. Era un mundo encantado oscuro y misterioso, el lago se reflejaba formando una brillante franja bajo la luz de la luna.

Mientras caminaba reflexionaba sobre su vida. Había aprendido algo sobre lo infinitamente precioso que era el momento presente. La vida era algo tan incierta, tan fugaz, tan llena de pesares, horrores, miseria... y de asombro, belleza y misterio. Y como todo el mundo, ella también había vivido su parte de pesares. Una abundancia casi abrumadora de ellos había empezado justo el día más desdichado y el más feliz de su vida, el día en que ambos se reencontraron, el día que amorosamente se rescataron. ¡Habían sobrevivido!

Y ahora, en el más preciado de los momentos, era libre y estaba rodeada de una belleza tan elemental que le dolían el pecho y la garganta con el tormento que le producía. Y le parecía que el viento la atravesaba, en lugar de soplar a su alrededor, llenándola del misterioso espíritu de la propia vida.

¿Cómo podía no abrir los brazos y aceptar aquel regalo de vida?... ¡Estaba viva!... —lo pensaba mientras abría sus brazos y giraba sobre sus propios pies— ¡Lo estaba!... Llena de nuevas esperanzas, nuevo valor, nueva exuberancia. Y todo este brío radicaba en el bienestar de Terry, ella volvía a la vida porque sabía que él estaba sano y salvo, nuevamente estaba con su familia, sus amados padres. En ese momento su pensamiento se enfocó en ese amado ser.

— ¡Oh Terry!- pronunció anhelantemente su nombre mientras dirigía su mirada hacia la villa Grandchester.

Internamente se preguntaba si él estaría durmiendo. Sabía que, al igual que ella, sufría de insomnio ocasional. Lo había visto más de una vez fuera de la casa. En cierta ocasión, lo había contemplado mientras tomaba el camino principal de la propiedad hasta que lo perdió de vista. Mágicamente en ese momento fue como si lo hubiera convocado con el pensamiento. Terry apareció.

— ¡Candy! — La amada voz varonil, procedía detrás de ella.

Ella conmocionada, volvió a abrir los ojos una vez que todos sus sentidos estuvieron en sintonía con lo que la rodeaba. Miró las aguas entonces vio el reflejo del más bello rostro, ahí estaba Terry. No lo había visto ni oído acercarse, pero curiosamente ni se sorprendió ni se sobresaltó, simplemente pensó que estaba soñando.

Parecía como si tuviera que ser así. La cita del destino que retrasada pero por fin había llegado para los eternos enamorados. Lo que ahí se había estropeado ahí debía arreglarse. Y por azares de la suerte ambos estaban ahí solos bajo la luz de la luna.

—Invoca al diablo y aparecerá… aunque confieso que nunca me habían llamado con esa exquisita y dulce manera. —le dijo susurrándoselo en su oído.

— ¡Terry! Pero cómo es que no te visto, dónde estabas cuando llegué. —la sorprendida y emocionada rubia no sabía que decirle.

—Te he visto desde la rama. Y Por lo visto no entiendes Srita. Pecas, cómo es posible que salgas a esta hora sola, y sin más compañía que tu sombra.

— ¡Este…Oh! —la nerviosa Pecosa no sabía cómo justificarse—... No había pensado en llamar a Dorothy a levantarse a esta hora, sería muy impertinente de mi parte. Además, sólo salí a respirar aire fresco… pues no lograba concebir el sueño… sabes Terry, a mí también me gusta estar sola y tranquila, a veces.

—Pues debes de tener muchas agallas - Le respondió mientras la observaba detenidamente.

Era alta y esbelta, sus femeninas curvas eran perceptibles a través de su delicado camisón blanco. Le brillaba el rostro con sus sonrojadas mejillas suaves como el terciopelo, y sus ojos verdes enmarcados por unas pestañas tan negras. Sus dorados rizos gozaban de la libertad, lo llevaba completamente suelto.

—Ah, sí —dijo ella, al final, suspirando—, Pero este es un lugar muy seguro y especial. Comprendo por qué vienes aquí. Siempre me imaginaba que habías descubierto un mundo que estaba cerrado para mí y para casi todos los demás. ¿Era así? —Ella le preguntó.

—Quizá aprendí a encontrar ese lugar dentro de mí mismo. Pero siendo sincero si hay un lugar muy especial para mí. ¡Ven, te lo mostraré! — La tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los de ella y empezaron a caminar juntos.

Candy sonrió alegremente y continuó andando, no le importaba si la llevaba al mismísimo infierno, ella a su lado era feliz. Siguieron caminando tomados de la mano, mirándose el uno al otro cada poco tiempo. A ella le parecía que eran las dos únicas personas del mundo. Así fue hasta que llegaron al lugar donde dias atrás él la había rechazado y humillado.

— ¿Aquí? —preguntó tristemente ella.

—Precisamente, para borrar el recuerdo de lo que sucedió la última vez que estuvimos aquí. —le respondió. — Te he traído porque amo este lugar y el instinto me dijo que tú también lo amarías, es tuyo tanto como mío, puedes venir siempre que lo desees. Aquí estarás siempre a salvo... incluso de mí. Lo juro. Y aquí puedes ser tú misma. Puedes ser exactamente la persona que decidas ser.

Estar con Candy lo hacía muy diferente. Los sentimientos en su interior eran los mismos, pero ampliados muchas veces y mezclados con nerviosismo e incertidumbre. Se preguntaba si ahora sería capaz de hablar con ella sin convertirse en un tonto estirado, como lo había sido tantas veces en el pasado.

—Para eso estamos aquí, ¿no es verdad? —respondió ella—. Para adentrarnos en la magia, para ser sencillamente nosotros mismos de nuevo, para estar juntos pese a todo lo que ha sucedido y está sucediendo. Juntos como hemos sobrevivido. Y ahora juntos aquí. —con esas palabras ella abrió las puertas de la comprensión y confianza. —Entonces él se sinceró y empezó a hablar.

—He hecho todo lo que he podido por superar mi pasado, pero es algo difícil de conseguir. —Candy le tomó la mano, y él le sonrió.

—Querida Pecosa —le dijo—. Siempre eres tan buena, siempre estás dispuesta a ofrecer tu comprensión, tu calidez. Me temo que te quedarías asombrada si supieras lo que soy en realidad.

—Estoy segura de que no soy tan buena como tú piensas —dijo Ella —Ojalá pudiera hacer que te sintieras mejor. —respondió ella, frotándole la espalda con un movimiento circular para calmarlo.

—Lo consigues. Créeme, lo consigues. —dijo Terry. —Candy, yo quiero pedirte perdón. Sé que he sido un patán egoísta y maleducado contigo. Nunca he querido lastimarte, pero sé que lo he hecho. ¡Por favor, Perdóname!

No obstante, Terry estaba diciendo mucho más de lo que las simples palabras implicaban. A todas luces, Candy supo que ese hombre jamás había conocido la alegría y había reprimido toda su capacidad para ser espontáneo y feliz. Era un hombre que necesitaba que lo escucharan, pensó. No era el hombre arrogante y despreocupado por quien lo había tomado cuando se conocieron.

Sabía que se limitaba para hablar de su corazón. También intuía que él nunca había compartido tan profundamente sus sentimientos o lo que era, con otro ser humano. Ella percibió el sacrificio que él estaba haciendo al sincerarse con ella. Y ella lo comprendería, lo aceptaría, y lo apoyaría incondicionalmente. Las heridas que él cargaba eran mucho más profundas de lo que parecía. ¿Cicatrizarían alguna vez? ¿Era ella capaz de sanarlas? ¿Ahora, en un lugar en el que ella era rechazada, donde no podía ser la mujer que había llegado a ser, llena de vida, espontánea y libre?

—El honor siempre ha tenido gran importancia para mí —confesó él con la voz tan carente de humor que Candy apenas fue capaz de reconocerla—. Hubo una época, en la que el honor significaba para mí más que mi propia vida, más incluso que las vidas de aquellos a los que amaba. Pero… —Hizo una pausa antes de continuar—. No he actuado de un modo honorable en ninguna de las ocasiones en las que he tratado contigo. Estoy muy avergonzado y te pido perdón, te ofrezco mil disculpas. —él se refería al pasado al elegir a Susana y al presente donde la había humillado. —Yo no debí haberte… Iba a decírselo pero ella no lo dejó hablar.

— ¡Shhh! Terry no es necesario—le decía al momento que posaba sus dedos sobre los carnosos y sensuales labios de él. —Yo también he cometido muchos errores, y he sido partícipe en las decisiones que nos han afectado a los dos. Yo también te pido perdón si te he lastimado, te juro que nunca ha sido mi intención herirte sino todo lo contrario, quiero ayudarte, ser tu apoyo, ser tu amiga… quiero estar…—la emoción se atoró en su garganta, la rubia se había quedado quieta. Su corazón latía incontrolablemente. Quería decirle cuánto lo amaba y lo amaría siempre, pasara lo que pasase. Quería declararle su amor, su agonía y su tristeza por él. Quería decirle que sólo vivía pensando en él.

La luz de los ojos de Candy era extremadamente tierna, y no era consciente del brillo de su rostro ni de la manera en que estaba viendo a Terry. Ella también queria desahogar su alma, sus sentimientos pero fue interrumpida por su gran amor.

—Desde el momento que nos conocimos, arrogantemente he hecho cuanto he podido por no tratarte como realmente te veo y tal como eres: la mujer más asombrosa y hermosa que he tenido la buena suerte de conocer. Mi comportamiento contigo ha sido de lo más estúpido y me arrepiento de ello.

Candy dejó escapar un suspiro de asombro y de temor, y al mismo tiempo sintió esperanza.

—No puedes hablar en serio. Por favor, no me halagues si no eres sincero.

—No soy el donjuán que me crees —dijo él—. ¿Cuándo empezarás a confiar en mí Pecosa?

Candy lo miró con fijeza. Tardó un momento en ordenar sus pensamientos.

—Estoy asustada. —le confesó.

Él se ablandó.

— ¿Por qué? Nunca he admirado más a una mujer... y he deseado a ninguna como a ti.

Ella sintió que sus rodillas cedían y Terry la rodeó con sus brazos.

—No tengas miedo —le susurró—. De mí, no. ¡Por favor, Pecosa! —tiernamente se lo dijo.

Candy instintivamente apoyó las manos sobre el varonil pecho.

—No he hecho otra cosa que pensar en ti, gracias a ti sobreviví a un calvario, y el infierno conocí al sentir que te perdía…mi amor —le dijo Terry mirándola a los ojos con intensidad—. No he hecho otra cosa que pensar en nosotros.

Candy estaba fascinada, pero paralizada. Sólo su corazón latía con fuerza explosiva.

—Terry…yo…

—Pecosa, eres el centro de mi corazón. La única mujer a la que he querido y a la que siempre querré. Te ofrezco mi alma, mi ser, mi fortuna y sobre todo mi amor. Candy... ¿Quieres ser mi novia? Porque tú para mi ya lo eres todo. —Desde que te ví en el Mauritana desde esa noche me enamoré —prosiguió él—, mis sentimientos hacia ti han crecido cada día, a cada hora y minuto. ¡Candy Te Amo!

Le declaró mientras sostenía sus manos entrelazadas con las de ella sobre su pecho, suspiraba por ella. Suspiraba por ser parte de su vida, de su mundo. Ansiaba compartir lo que él era con ella, como nunca lo había deseado con ninguna otra mujer. Y ansiaba que ella confiara en él, que estuviera dispuesta a compartir lo que ella era con él. Ansiaba que le concediera su perdón, aunque sabía que, para ella, no parecía haber nada que perdonar. Ansiaba poder compensarla por sus sufrimientos.

Candy pudo ver el destello de su sonrisa en su pálido rostro a pesar de que la oscuridad era casi absoluta. No dijo nada. Sin embargo, su mismo silencio lo decía todo. Sintió que sus piernas flaqueaban, pero la sensación que Terry le brindaba al acariciarle el cabello, junto a las sienes, con el dorso de los dedos. Sí que la volvía a la vida.

—¡Si quiero!, es decir si acepto ser tu novia.—notablemente era víctima de la emoción y sorpresa.

No había ningún elemento de insinuación en sus palabras. Mostraban simplemente la emoción y aceptación que ella ofrecía. Luego, se produjo una sensación de perfecta paz, de comunión perfecta.

Terry tenía toda la atención de Candy con sus verdes ojos, ardientes e intensos, él tragó saliva, mirándola durante un instante, y cuando repitió su nombre, no lo hizo como una advertencia, sino con un suspiro de deseo:

—Candy...

Entonces ella sintió las manos de Terry a ambos lados de su cintura. La atrajo hacia delante y, si bien sus pies no se movieron, su busto rozó el torso masculino para acabar apoyado sobre él. Con el fin de mantener el equilibrio, Candy alzó las manos para aferrarse a los hombros de Grandchester, y de nuevo volvió a experimentar esa extraña sensación de intimidad al estar junto a un hombre cuya altura superaba la suya en apenas unos centímetros.

Cuando abrió los ojos, descubrió el rostro de Terry muy cerca del suyo, con la vista clavada en sus labios. Candy subió su rostro, hasta que sus bocas se encontraron, temblando ligeramente al primer contacto. Los labios de él eran cálidos, firmes y relajados. Ella sabía que era un beso inexperto, dado que no sabía qué hacer salvo presionar la boca contra la suya… Seguramente, un hombre de su experiencia no se sentiría satisfecho. Pero cuando él levantó la cabeza, con la respiración temblorosa, Candy vio que a Terry también le había afectado. Tenía la mirada suave aunque llena de deseo, el pecho palpitaba más rápido que un momento antes. La inocencia de aquella casta caricia conmovió profundamente a Terry, pero el deseo lo dominó y al instante, capturó nuevamente su boca.

El femenil cerebro no fue capaz de registrar al completo la secuencia de los acontecimientos, acabó rodeándole el cuello con los brazos mientras él la sujetaba por las caderas. Terry le apartó el cabello del rostro con la mejilla y le besó la sien, la mejilla, el mentón. Le besó el lóbulo de la oreja antes de succionarlo con suavidad entre los dientes.

Los sonidos desaparecieron. El tiempo quedó suspendido. No hubo más que el calor de sus cuerpos y sus bocas. Candy permaneció inmóvil, con los ojos cerrados de nuevo. Aunque su inmovilidad no era absoluta. Inclinó un poco la cabeza hacia su brazo, con lo que le permitió un fácil acceso al lado de su rostro. Terry la besó en el cuello y la acarició suavemente con la nariz. Él tenía los labios entreabiertos. Ella se sorprendió al percibir la cálida humedad de su boca y el roce tibio de su aliento sobre la mejilla. Durante unos instantes, se vio atrapada en la maravillosa contemplación de unas sensaciones mucho más carnales de lo que ella habría creído posible.

Terry la besó como si tuviera todo el tiempo del mundo, lentamente quería ir despacio, darle tiempo para que le tomara confianza. Candy asombrada, le devolvió los besos con un placer lánguido; se habría conformado con permanecer allí, entre sus brazos, para siempre y no hacer nada más. Pero el apasionado Grandchester le besó las mejillas, la barbilla, las cejas, los párpados. Después se concentró en el lóbulo de la oreja; entonces Candy se movió con inquietud debajo de él, incapaz de permanecer quieta ante sus caricias juguetonas y dejó escapar una exhalación al tiempo que le pasó las manos por la espalda.

Ella no tenía idea de qué esperar, y nunca habría soñado que la vista del despertar del deseo masculino intensificara tanto su propia necesidad.

La tensión que no se notaba en sus besos estaba en su cuerpo. Candy sabía que era presa del deseo, y que aquellos besos tranquilos y tiernos eran el resultado de un control férreo. Se le entrecortó la respiración. Estaba excitada, asustada, y sentía otras muchas cosas. Jamás sería tan feliz como lo era en ese instante, pensó la Pecosa… luego se ruborizó y, por instinto, se llevó una mano al pecho, trataba de esconder los frenéticos latidos de su corazón, sentia pudor por lo que Terry la hacía sentir, pensar y desear. Sí que la seducía. Pero más que la seducción estaba la idea de prolongar esa noche mágica, esa noche en la cual se podía convencer de que todos los problemas de la vida se habían solucionado para siempre. Sabía que la vida nunca era tan sencilla, pero también sabía que eran necesarios momentos como ese, que era un bálsamo para restablecer el alma.

En una noche como esta, el amor debía serlo todo. No siempre podía ser así, pero había momentos preciosos, y aquel era uno de ellos, que no se debían rechazar. Aquello, pensó, era amar a un hombre. Ella nunca lo había sabido antes, ¿cómo iba a saberlo? Nunca había sentido el alcance del amor al completo, la manera en que el corazón, el alma y el cuerpo se abrazaban a otra persona, lo acariciaban de todas las formas posibles y descubrió que era algo muy bello.

El sentido común y el dictado de la decencia estuvieron a punto de imponerse en ese momento, pero ella quería disfrutar de aquel momento y tener aquel recuerdo perfecto que atesorar siempre. Podía ser sensata al día siguiente, y todos los días posteriores. Además, en las circunstancias en las que se encontraban, solo tenía que confiar en él, algo en extremo sencillo. Siempre se sentiría a salvo con él. Sonrió al pensarlo, quiso terminar con ese abrazo pero en el intento se trastabilló y solo consiguió tambalearse hacia él para sujetarse hasta que las puntas de sus pechos rozaron y se aplastaron contra la chaqueta de Terry. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra su hombro. Podía sentir la dureza de los músculos y la calidez de ese cuerpo masculino sobre toda la parte superior de su cuerpo. Quería apretarse contra él y notar su calidez y su fuerza. Quería apoyar la cabeza en su pecho y oír el firme latido de su corazón. Quería meterse dentro de él.

Inocentemente, apoyó sus muslos contra él, y después el abdomen y las caderas. Fue entonces cuando Terry deslizó las manos hasta su espalda, si bien lo hizo despacio, sin intimidarla. No hizo nada más y tampoco ella. Sin embargo, podía sentir que su cuerpo se amoldaba a los planos del hombre, suave feminidad contra dura masculinidad, al tiempo que sus emociones giraban en plena confusión. Todo en él era tan nuevo y fascinante... la textura de su piel, los sonidos de su deseo, la forma y fuerza de sus músculos, todas las señales de su excitación... Candy quería saborear y acariciarlo todo aquella noche, llenarse de todos los recuerdos que pudiera.

Terry durante un momento, se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada y los músculos contraídos. Él se detuvo, con el cuerpo rígido y tembloroso por el esfuerzo, apenas tenía la energía necesaria para hablar o para actuar, ya que una enérgica oleada de sangre le tensó la entrepierna. Fue maravilloso, como si el vacío que tenía por dentro al fin hubiera sido colmado. Sin embargo, al mismo tiempo, quería más... Era su deseo mezclado con ternura, amor con placer, pasión con cordura… eran sus sentimientos luchando uno contra otro y que hasta ese momento jamás había sentido a la vez, no identificaba donde acababa uno y donde iniciaba el otro. Se hallaba en territorio desconocido.

Él la besó pasándole el brazo por los hombros, hizo que se acurrucara a su lado. Candy encontró que su cabeza se adaptaba perfectamente a la curva del hombro de su amado. Percibió su respiración, calmándose. Escuchó cómo los latidos de sus corazones se hacían más lentos, hasta recuperar la normalidad, y se sintió llena de bienestar.

No hicieron nada más que besarse durante muchos minutos, con los labios ligeramente separados. Pero la calidez se convirtió en calor entre ellos y pronto estuvieron dispuestos, sin necesidad de más caricias previas.

Se miraron con franca apreciación y, sí, con el despertar del deseo, del anhelo, de la necesidad. Pero había algo más que eso. Había necesidades del alma que alimentar y, por ahora, eran de mayor importancia que las ansias del cuerpo. Además, tenían toda la noche...

El aire del alba era fresco y vigorizante, estaban muy internados en el bosque, bajo un techo de estrellas y sin más testigo que la luna. Candy se volvió a cubrir con su capa, pero aún así temblaba. Terry supuso que era por el frío y entonces empezó a formar una fogata. Una vez terminada se sentaron alrededor del fuego. Candy estaba recargada en él, acunada en sus cálidos brazos. Ambos pudieron observar cómo el cielo nocturno los engalanaba con sus destellos de brillantes colores a través del dosel de los árboles bajo el que se sentaban. Era un romántico ambiente, pero aún había tanto de qué hablar que retomaron su plática.

— ¿Pecosa, qué clase de problemas te impiden conciliar el sueño? —le preguntó Terry.

Ella sacudió la cabeza.

—No lo sé. Antes no me sucedía. Sin embargo, la desesperación que me embargó tras tu desaparición me consumió… fui víctima del dolor, de la incertidumbre y… de tantas cosas más —pensó indicar del alcoholismo pero no lo creyó oportuno, no quería romper el hechizo amoroso— A partir de entonces, la falta de sueño se convirtió en algo habitual. Durante el día intentaba mantenerme ocupada, pero cuando llegaba la noche… con su tranquilidad y oscuridad sentía que me devoraban unas ansias desconocidas… ¿Y a ti, qué es lo que te impide dormir?

—El insomnio es una defensa contra las pesadillas, o eso creo —contestó—, aunque no siempre se haga de manera consciente.

— ¿Pesadillas?

—No te gustaría saberlo, Candy, pero luego te contaré, no pretendo arruinar nuestra maravillosa velada con nefastos temas —le dijo.

Hablaron durante varias horas mientras el fuego se consumía, lo alimentaban de nuevo y volvía a consumirse. Hablaban sin elegir deliberadamente el tema, con una comodidad y facilidad entre ellos. Era como en los viejos tiempos. Y mientras ambos veían el fuego Candy le expresó:

—Sabes Terry, eres como el fuego: tórrido, inquieto y salvaje…y yo me siento como esa polilla tan atraída a esa llama.

—No Pecosa, si yo soy el fuego, tú eres el viento que con su roce aviva mi fuerza y calor, y que a su paso se lleva todos los problemas y temores que durante años intenté olvidar. Eres mi perfecto complemento.

Finalmente, la charla fue dejando paso a unos silencios más largos, cordiales al principio, pero que se fueron cargando poco a poco, inevitablemente, de algo más. Cuando las pausas se fueron alargando, no resultaron incómodas, ya que estaban plagadas de cálidos pensamientos y una entrañable intimidad que no necesitaba palabras.

Terry sentía hinchado su corazón al descubrir que su amada había sufrido por su ausencia. Era tanta su emoción que no cabía en su ser. Él esa noche había dejado paso a los recuerdos y los había encontrado agradables, con una sorprendente ausencia de dolor y de amargura. A pesar de todo lo que sucediera años atrás, aquellas horas habían sido felices. La amistad y el amor fraternal lo habían forjado, lo habían alimentado, lo habían convertido en el hombre que era en esos momentos.

La brisa de la noche resultaba fresca sobre sus descubiertas manos. En cambio, las manos de Terry parecían marcarla a fuego con su calidez mientras deslizaba las palmas con lentitud sobre sus finas manos. Él le apretó con fuerza los dedos al percatarse de su temblor, le acarició las palmas con los pulgares y le alzó las manos para colocárselas sobre los hombros. Él apoyó las suyas con suavidad sobre sus cintura, al momento que le decía:

—Quiero que cuando me mires tus ojos tengan una expresión diferente a cuando mires a los demás… Quiero que acudas a mí para todo lo que necesites, consuelo, ayuda, amor… es decir a todo lo que necesites Pecosa. —se lo pedía con una amorosa voz y una penetrante mirada.

—Terry…yo también te amo. Y mi corazón nunca se había llenado de tanta alegría y tanto amor hasta que te conocí. Eres y has sido mi único amor y jamás nadie ocupará tu lugar, eres único y mi amor por ti ha sido y será inquebrantable.

Candy era plenamente consciente de cómo cambiaba el ambiente, y dejó que fuera así. Esa noche había decidido dejar el miedo atrás, ceder a su voluntad personal al nuevo modelo de su vida que iba apareciendo. Permitiría que fuera lo que debiera ser. Tuvo un osado pensamiento. ¿No sería mejor experimentar la completa profundidad del deseo al menos una vez? Pensó de nuevo en besar a Terry, en abandonarse entre sus brazos y fundirse con él. Quería descubrir todos los placeres que podía proporcionarle su cuerpo fuerte; quizá fuera desvergonzado por su parte, pero quería saber en qué desembocaba un beso como los que él apasionadamente le había otorgado. Lo deseaba con tanta fuerza que casi temblaba.

Algo de lo que estaba pensando debió de reflejársele en el semblante, porque Grandchester la abrazó más fuertemente. Después la besó, apretándole los labios suavemente con la boca, mordisqueándola, acariciándola con la lengua, hasta que el calor comenzó a aumentar entre ellos y aquel beso se volvió más duro, más exigente, más profundo.

La fiereza del beso no asustó a Candy, sino muy al contrario, encendió en ella un anhelo igualmente fiero. Ambos se sintieron en las garras del deseo. Deseaba a Terry y aquel momento. Pese a las demás cosas que pudieran suceder después ella quería continuar. Quería abrirse a él, dejar que la tomara entre sus brazos y que le enseñara todo lo que podía haber entre un hombre y una mujer. El resto de su vida podría ser sombria y vacía, pero en aquel momento conocería la pasión.

Que Dios lo ayudara, pensó Terry, pero la deseaba de verdad. Por ridículo que pareciera, estaba convencido de que daría gustoso la vida con tal de conseguir que algo fuera perfecto para Candy. Habría que cuidarla, anteponer sus deseos a los propios. Su bienestar ante su pasión. Su reputación ante el acto de amor.

La deseaba. La necesitaba. Sería maravilloso poder hundirse en su cuerpo virginal, dulce y sereno. Toda la velada había imaginado cómo sería despedir a la doncella y asumir él aquella tarea, trayendo con su ser a la nueva mujer, recibiéndola con interminables caricias. Y por extraño que fuera, y a pesar de que estaba excitado, el sentimiento era muy agradable pero complicado de controlar. No quería desearla con más urgencia. No quería que la situación se convirtiera en algo sexual. Candy era demasiado valiosa. El amor que él le profesaba era elevadísimo, inmaculado y perfecto. No la seduciría y mucho menos la tomaría a sabiendas de que eso le robaría cualquier opción de decidir su propio futuro. Saber que se encontraban en ese lugar y bajo esas tentadoras circunstancias, decidió que sería mejor que él establecería los límites del encuentro.

La conversación y los besos, los habían atrapado tanto que ninguno se había dado cuenta de que estaba amaneciendo. Dirigieron la mirada al lago, que a esas horas tan tempranas de la mañana era como un espejo que reflejaba los rayos del sol. Deleitaron sus ojos en la belleza de la escena y sus oídos en el sosegador siseo del agua.

— Debe de estar haciéndose tarde. — dijo la rubia con una sonrisa amplia y radiante que iluminó su rostro y consiguió que su belleza resplandeciera de pronto.

—Querrás decir "temprano" jajaja —respondió él—. Y seguro que tus parientes y sirvientes, si no es que todos, no creerán que has estado disfrutando del aire matutino puesto que no eres muy madrugadora que digamos. Eso más que escandaloso sería de lo más asombroso.

— ¡Terry! No juegues, mejor dime ¿Cómo vamos a regresar a la casa sin que nos vean? —Sintió que se ruborizaba.

—No te enojes mi amor, mira mejor ríe y disfruta del canto de los pájaros. —le decía mientras la abrazaba.

Inundada por los trinos de los pájaros que cantaban al alba desde las copas de los árboles. Era su sonrisa, su risa, y la manera de llamarla "mi amor" lo que ella recordaría mucho tiempo después de que los restantes recuerdos se hubieran desvanecido, pensó Candy. Era un recuerdo que siempre le arrancaría una sonrisa a sus propios labios en los años venideros. Y por ese momento olvidó su enojo y preocupación.

Era sorprendente cómo un nuevo día podía restablecer el ánimo y el valor. Terry la tomó de la mano y comenzaron a caminar. Entre ellos resurgió su conexión inmediata, tanto física como emocional. Descubrió que también caminar de la mano de ese hombre era tan íntimo como sus besos.

—¡Candy, mi amor! Gracias. Por escucharme, aceptarme y por estar aquí. Es uno de los momentos más especiales de mi vida que recordaré hasta el día de mi muerte. Será un instante que atesoraré en mi memoria y guardaré para los momentos en los que necesite consuelo.

—Terry mi amado, gracias a ti por lo que me has hecho vivir, sentir y conocer… Si esto es un sueño, que aquí me entierren, pues no quiero despertar.

—A partir de hoy amaré cada nuevo día, porque te has convertido en el sol que iluminó de esperanzas y bríos a mi desolado ser. Gracias por hacerme el hombre más feliz de la tierra Pecosa. Te Amo!

—Y yo, ya no temeré a las noches, con tu pálido resplandor has sido y serás la luna que pinte mi vulnerable oscuridad. ! Te Amo, Mi Rebelde Engreído!

No hubo más palabras porque sus bocas fueron selladas en un amoroso y prolongado beso. Terry tenía razón; esa parte del lago de Escocia, era uno de esos sitios especiales de este mundo, uno de los lugares en los que algo emergía. Y de ahí surgía el noviazgo de los eternos enamorados Candy & Terry… el día y la noche… el sol y la luna.

C O N T I N U A R Á. . .

Gizah

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HOLA NIÑAS HERMOSAS: Nuevamente aquí terminé un capítulo más, quedo a la espera de sus comentarios, reclamos, tomatazos, sugerencias, aportaciones, dudas, y demás etc

ILOVETERRY: Con especial cariño te escribí el párrafo final. Ojalá que sea de tu agrado... Y yo también me uno a tu porra: "CANDY & TERRY POR SIEMPRE JUNTOS". Gracias por escribirme!

MAFMZT: Hola mi Poetisa Favorita! Wow! por tu bella frase Machel... y muchas gracias por engalanar con tu talento tus reviews, me parece una retroalimentación muy poética y romántica. Sobre la camisa...mmh..me parece que en lugar de romanticismo haré que Terry se la cobre picaronamente, jajaja...como ves te agrada la idea Machel? Bueno Amiga, esperaré tus comentarios sobre la Declaración... Gracias por no abandonarme!!!

MOONDAN: Yujuuu! Hurraaa! Que bien Moon que gracias a Dios ya tienes chamba, hay que cuidarla porque en estos tiempos es muy difícil conseguir trabajo, por eso si tenemos hay que "conservarlo". En hora buena Amiga. Y luego me dices ¿qué te pareció la lluvia candente de besos fogosos? Jajaja… ¡Ah que mi Terry, en lugar de saliva le corría lava jajaja. Moon en este capítulo te quise compensar el "casi beso" del anterior. Ojalá que sea de tu agrado. Besos Amiga.

MALINALLI: Creo que con este capítulo terminé de redimir los errores del pasado de mis eternos enamorados, aunque siento que aún dejaron pendientes de aclarar algunas cosas…en fin veamos como llevan su noviazgo este par de locos!

Maly, perdóname por no leer AVANTI, pero te juro que sufro mucho con los fics en donde Terry no es el ganador del corazón de la Pecosa, ya que para mí el centro de atención e interés del anime-manga es Terry y nadie más (inclusive Candy)… Mejor te cuento que ya me reporté con Mallory, ha sido un atinado, divertido y excelente fic eh! Gracias por la recomendación, bueno amiga me despido con Besos, abrazos y saludos con muchísimo cariño Maly.

PD.- A ver si no se te hace muy empalagoso este capítulo…. Bueno….

LERINNE: Que maravilla que al fin lograste leer mi capítulo, y si el anterior te gustó yo creo que este también te dejará buen sabor de boca… (o más bien con la boca seca jajaja), pues Terry anduvo muy besucón con la Pecosa. Sabes Lerinne, creo que te daré gusto porque por lo pronto no se ven nubarrones que "atormenten" este idilio. Gracias por review, siempre lo espero ansiosamente.

MARIA FANS NUMERO UNO DE TERRY: Amiguita Mary…sabes que haces que yo tenga sentimientos encontrados, pues me alegra haberte emocionado tanto que hice que te brotaran las lagrimas, pero a la vez me siento triste por hacer llorar… en fin tu goza de esta historia. Esperaré ansiosamente tus comentarios con la declaración de Terry, para saber si te gustó o no. Mil gracias por tus porras a todos los personajes y a mí. Saludos Amiga!!!!

PD.- Excelentes palabras al héroe de Armand.

NASHTINKA: ¿Cómo está eso que haces sufrir a tus lectoras eh? Pensé que la única malvada que habitaba estos rumbos era yo, jajaja. No Amiga, mejor bríndanos hermosos momentos con escenas cargadas de romanticismo para seguir suspirando por mi rey Grandchester.

A ver mi querida Nash, a ver si no te parece muy empalagoso y cursi este capítulo, pues en sí trata solamente de cómo se le declara el apuesto y besucón Terry a la Pecosa.

ELENA: Amiga mía, gracias por escribirme y bienvenida al Candymundo, gracias por acompañarme en este viaje de fantasías y locuras. Mira que escribir ha acaparado mi tiempo y es la razón por la que no nos hemos ido al café… pero ya que actualicé nos podemos ir cuando quieras . Espero no desesperarte amiga, sólo tenme un poquito de paciencia si? Saludos, Besos y Abrazos con muchísimo cariño Elena.

YUME-XAN: ¡Wow, qué espectacular review me enviaste!

Ese emocionante, divertido y perfecto resumen, sí que me hizo sufrir pues mira que me mostraste que me he ensañado en suspenso con ustedes mis adoradas lectoras… Perdóname por inflar y luego aplastar tu corazoncito con el nefasto reencuentro y con la inverosímil reconciliación… pero para compensarte te escribí la Declaración plagada de apasionados besos…jajaja ese Terry no pierde oportunidad verdad!

Ah! Por cierto le comenté de tu pedido (de camisa) y me dijo que esta noche él mismo la dejaría debajo de almohada para que sueñes con él. Eso en agradecimiento por acompañarlo en esta aventura llamada Inquebrantable.

Gracias Yume-Xan por privilegiarme con tu atención y hermosas palabras, wow me emocioné muchísimo. Y respecto al final?... no tengo idea de cuántos capítulos más sigan, pues voy al día y escribo lo que se me ocurre, es decir no tengo contemplado nada más allá de este último capítulo así que te debo la respuesta Amiga. Gracias por tu compañía y genuino review.

KARELEM: Bienvenida Amiga!!!! Disculpa la pregunta pero eres centinela verdad? Mmmh… eres la chica de Torreón, Coah?... Si es así… Hola Paisana!!!... y si no discúlpame por andar de curiosa… Mejor al grano, mira que tarde pero finalmente actualicé, el problema fue que anduve muy engripada y no tenía cabeza para escribir, pero aquí te va la Declaración. Con cariño…¡Disfrútala! Y si no me mandas tomatazo jajaja.

ELHYZHA: Querida Amiga pensamos lo mismo y el beso se dió en un especial lugar y no en aquel aberrante encierro… y no uno sino muchísimos castos y candentes besos jajaja. ¿Qué te pareció el apasionado y caballeroso Terry? Ahhhh! Pues en lo que me doy deleite en suspirar por él, esperaré tu comentario al respecto. Saludos Amiga.

MARIANA WAY & VEKKA: ¿?¿?¿?¿?¿?¿?Amigas queridas las extrañé muchísimo…snif, snif….espero que anden en alguna playa vacacionando, porque si no es así me harán llorar de tristeza… Ya en serio espero que estén bien de todo corazón que nada malo haya sucedido. Mis nenas que Dios las bendiga!