I N Q U E B R A N T A B L E
CAPÍTULO 17
"LA CONSUMACIÓN"
Con cariño para todas las Terrytanas, especialmente este soneto de mi autoría para Malinalli:
"CORAZÓN"
Te invito a mi regazo
Para que escuches tu canción
Que emana las ardientes notas
Mi incesante corazón.
Al compás de tu melodía
Nuestros reflejos unidos son,
Entre sonidos largos
Tu cuerpo mece al mío
Sólido canto que
Ahuyenta al frío.
¡Inagotable abundancia rítmica
No termines nunca!
Tu dura intensidad
Clavada en mí,
Graba la insaciable necesidad
Que tengo por ti.
¡Sigue corazón…
Continúa latiendo!
Gizah
ADVERTENCIA: A continuación se detallan escenas con alto contenido sexual. Se deja a su criterio la lectura o No de la misma.
Se encontraban en el interior de su carruaje donde iban en camino a su propia mansión. La atmósfera dentro del coche era tan sofocante, tensa e inquieta que el viaje hacia su nuevo hogar era una agonía de nervios para Candy, quien acercó la cabeza a la ventanilla y miró hacia el exterior, seguía esquivando a su marido.
Mientras el coche los iba traqueteando atravesaron las oscuras calles de Londres, Terry no habló para nada, iba molesto por la evasiva actitud de la rubia. Entre sacudidas y zarandeos el vehículo avanzó por las calles toscamente empedradas, y en un movimiento incontrolado del chofer, Candy dio un brinco cuando el carruaje saltó sobre un bache del camino lanzándola hacia Terry. Él estiró un brazo al instante, agarrándola completamente por la cadera, man teniéndola fuertemente sobre sí. Ella habría caído al suelo si él no la hubiera sujetado. La sentó sobre su regazo y se quedó observando fijamente su cara.
—Tenga cuidado, señora Grandchester. ¡No vaya a caer en mis despreciables brazos!
El calor del peso de la Pecosa se filtraba entre sus pantalones, y ella incluso a través del vestido pudo sentir la excitación de su marido.
— ¡Oh! —Ella como pudo se retiró y se sentó tan lejos como le fue posible de él.
El rebelde soltó la carcajada, y ella al notar la vulnerabilidad de su esposo quiso aprovechar el momento para romper el hielo.
—Terry, comprendo que las cosas han cambiado entre nosotros... que ya no me consideras como lo hacías antes.
— ¿Y cuál es la diferencia? —preguntó él mientras la observaba y analizaba sus gestos y actitud.
—A que… me quisiste una vez, y ahora tal vez me odias.
— ¡Ay, Pecosa! Dentro de unos minutos te mostraré mis… sentimientos. ¡Tranquilízate que ya verás lo que "despiertas" en mí! —le dijo en doble sentido y con su endiablada sonrisa de medio lado.
En ese momento se estaban adentrando al santuario de su mansión. Durante el recorrido habían visto hermosas mansiones, pero a la que ingresaron era sin dudar la más majestuosa. El carruaje giró y ella pudo ver que llegaban a un jardín circular enorme, adornado por rosas, tulipanes, olmos, y narcisos por doquier. Con una gran fuente de piedra iluminada desde su centro lanzaba agua al aire dando un magnifico acceso al ostentoso palacete. Finalmente la había traído a su casa, a donde pertenecería por siempre.
Cuando llegaron Terry lucía menos tenso pero Candy estaba entumecida de miedo. Al abrirse las puertas principales, a la Pecosa se le escapó un suspiro de admiración, y se olvidó de todo mientras admiraba la magnificencia del interior. La vista era admirable, lleno de tapices y obras de arte, gruesas incrustaciones de oro refulgían en paredes y techos con fastuosidad. El recinto era una maravillosa obra de arte, y al ver que ella se demoraba para subir las escaleras le dijo:
—Es hora de que conozcas nuestra recámara.
—No, primero prefiero ver la cocina, la biblioteca… es decir quiero recorrer toda la planta baja…
Al instante, Terry dio un paso adelante y la agarró firmemente de la cintura, deslizándola por encima de su hombro, la cargó como un costal. Candy gritó al verse inesperadamente boca abajo con el trasero al aire, sujetándose con las manos en su espalda para mantener el equilibrio.
— ¡Terry, bájame por favor! — Ella era un peso insignificante en su espalda.
Pero en lugar de eso, él le dio una palmada en el trasero para sujetarla mejor y, sin responder empezó a subir las escaleras y se dirigió hacia la recámara.
— ¡Terry! Esto nada se parece a la tradicional "cargada de brazos de la novia".
— Querida, suelo romper reglas. Además de esta manera se hace con una Mona-Pecas, o con un Tarzán-Pecoso, jajaja.
Cruzó el umbral de su habitación con ella aún cargada, encendió la luz y se detuvo el tiempo suficiente para cerrar la puerta de una patada, y arrojó a aquella rubia en su cama. Candy se movió con la cabeza todavía embo tada. Sin hacer comentario alguno, Terry estiró un brazo para volver a agarrarla, pero ella se echó hacia atrás y le dijo:
—Estoy perfectamente.
Era una grandísima estancia, preparada elegantemente como una suite nup cial. Delgadas y vaporosas cortinas de lino movidas por la lige ra brisa colgaban por encima del gran balcón. La suntuosa cama con dosel de donde colgaban unos finos velos que daban la impresión de andar por las nubes. Mientras que en invierno eran sustituidas por unas cortinas de terciopelo que se podían cerrar para preservar el calor.
Terry se quitó el saco lo arrojó a un sillón y se desabotonó el chaleco, luego se dirigió a la cama.
—Deduzco, entonces, que te ha gustado tu nuevo hogar.
Ella asintió con la cabeza. Terry se sentó en la cama y se quitó los zapatos y los calcetines, pero su cercana presencia la hizo que se levantara como resorte, temía ser envuelta por su indomable fuerza y apasionada voluntad.
—Los maridos tienen exigencias que las esposas deben cumplir. —murmuró él, y se acercó con pasos largos y lentos. Todo el cuerpo de Candy se tensó lleno de expectación. El fuego rugía en sus venas aunque él no la había tocado aún.
Terry podía ser todo lo atrevido que quisiera y lo sabía, estaban casados, con el lujo añadido de poder tocarla y besarla cuando así lo deseara.
— ¡Quiero que te desnudes! — le susurraba mientras él le desbarataba el peinado liberándole su larga y rubia cabellera.
Candy se quedó atónita por su petición, estaba demasiado apenada para decir algo o simplemente alejarse rápidamente de allí.
—Quiero admirar cada palmo de tu cuerpo. —Su voz profunda y viril que llenaba la habitación, le eriza ba la piel.
— ¿Cómo dices? —creía tener un entendimiento más o menos básico de lo que sucedía.
— ¡Ya me has oído!—exclamó él observando todos sus movimientos como un halcón, implacable y hostil.
A Candy le temblaron las manos y muy lentamente empezó a manipular los diminutos enganches del cuerpo del vestido para retirar la cola de éste.
— ¿Tienes algo que objetar? —y su mirada se deslizó por sus pechos, que a través de su escote subían y bajaban aceleradamente.
— ¡Pero… es una locura Terry! —En otro tiempo aquello hubiera sido el tesoro de la recién casada.
—No vas a creer hasta dónde alcanza mi locura. —en su interior él sabía que era su anhelo más grande era que ella fuera su mujer.
—Es que… — Se tuvo que forzar a desviar la mirada, hacia la pared, el suelo, cualquier cosa que no fuera él o al gran lecho que los aguardaba.
— ¡¿Es que vamos a estar así toda la noche?! Ahora estamos casados, ¿lo recuerdas? Las reglas son las reglas. —impacientemente le dijo el rebelde.
— Terry… a mí también me gusta romper las reglas…—tenía los pies agarrotados en las zapatillas y las piernas le temblaban.
Así que se acercó a aquella mujer rígida y temerosa. Se plantó justo enfrente de ella rozando ligeramente con las yemas de los dedos las curvas de sus senos, pues buscaba retirarle su ajuar.
—Date la vuelta que te desabrochare el vestido. — le indicó.
La desobediencia era una opción lejana e impensable. Obedientemente Candy se giró mostrándole la espalda. Los varoniles dedos luchaban contra la legión de botones diminutos detrás de su vestido, y a Terry su respiración se le cortó al notar cómo sus dedos acariciaban la piel desnuda, contuvo su aliento saboreando el calor que emanaba de ella, así como el deleite que sintió tras el estremecimiento que recorrió a la columna de su esposa.
Al sentir esas grandes manos ella tembló. A través del espejo vio la intensa concentración en su duro y hermoso rostro mientras lenta y metódicamente fue venciendo a cada botón, dando un pequeño beso a la sensitiva carne que iba quedando expuesta.
Cuando hubo desabrochado el último botón Terry hizo gala de sus habilidades de seductor logrando que el vestido empezara a resbalar por su pecho, Candy cruzó las manos sobre el estómago para sujetarlo, para evitar que se deslizara hasta sus pies. Y así como al vestido ella también pretendía frenar a la tórrida emoción que la empezaba a invadir.
— ¡Aparta tus brazos! —Su voz era tan grave y profunda que apenas pudo distinguir las palabras.
Consciente de sus anhelos finalmente vio como cayó al suelo el níveo vestido. Candy se puso roja e intentó cubrir su cuerpo con una toalla.
— ¡No lo hagas! —le ordenó.
La Pecosa cruzo los brazos a su alrededor, más por vergüenza que por frió, desesperadamente quería cubrir sus senos, deseaba que Terry no notara la reacción erguida de sus pezones al estar frente a él solo con su ropa interior.
— ¡Si tienes frío yo tengo la solución!
Ella no podía creer que hace unos cuantos días atrás la idea de estar desnuda ante él había sido muy anhelada, pero ahora la hacía encogerse de timidez. Candy lo observaba, estremeciéndose con miedo pero a la vez pensó que sus huesos se derretirían de puro éxtasis. Deseaba con todas sus fuerzas poder cubrirse con el camisón, con la manta, con cualquier cosa que protegiera su cuerpo de sus ojos.
Sus pies se vieron obligados a retirar el vestido que yacía tirado y arrugado. Ahora sí, podía verla en todo su esplendor. Ver sus pechos vibrar con cada una de sus respiraciones, luciendo como dos grandes y perfectas perlas en el resplandor plateado con su refulgente piel de marfil ligeramente subida de tono.
Candy estaba ante él semidesnuda, los ojos de Terry se dilataron, casi echando humo por un hambre de ella. Él estaba contemplando su cuerpo y belleza con una expresión llena de ansía y asombro, su mirada oscurecida la recorrió desde los hombros, pasando por sus pechos altos y firmes con pezones rígidos, su cintura estrecha, su estómago plano, bajando hasta sus torneadas piernas. Su estilizada y bien proporcionada figura no necesitaba ningún otro encanto. Ella no llevaba corsé, su cuerpo escultural era propio, tal como la naturaleza había sido piadosa en brindárselo.
— Pecosa, voy a besar cada centímetro de tu cuerpo. Voy a tomarme mi tiempo, voy a apoderarme de todo lo que quiero. —añadió, Terry estaba detrás de Candy y se cernía sobre ella.
Ella no podía hablar, y con razón. Él rozaba sus pechos con la mano, sin apenas acariciarlos.
En ese momento la rubia observó que en la mesa de su estancia había unos regalos y aprovechándose de eso interrumpió el interludio amoroso para preguntar por ellos.
—Terry, ¿Qué son esos regalos?... —desviaba la atención de él.
—Son cortesía de Eleanor, me pidió que te lo entregara esta noche. Dijo que la honrarías si lo estrenabas hoy… Te dejaré a solas para que te cambies a gusto.
Entonces Candy estaba mirando absorta el regalo de Eleanor y se preguntaba: « "¿Se supone que esto es lo que quieres que me ponga hoy? ¿Por qué escogiste este camisón tan escandaloso Eleanor?" ». ¡Por Dios! ¡No era más que una tela traslúcida con un poco de encaje! ¡Y el escote, no dejaba nada a la imaginación! La Pecosa dio un paso atrás y se alejó de aquella prenda que en nada le ayudaría a controlar a su marido. No se cambió, siguió con la misma ropa interior que traía puesta.
Pasaron varios minutos y Candy seguía exactamente igual, sentada en el taburete frente al espejo estaba cepillando su largo cabello. Había permanecido ahí porque creyó que no podía mantenerse de pie, porque sabía que los reflejos de Terry eran más rápidos que los suyos y que la alcanzaría mucho antes de que ella tuviera tiempo de llegar a la puerta. De pronto vio el reflejo de su esposo que regresaba.
Terry llevaba tan sólo un batín abierto que ondeaba en el aire encima de unos pantalones de pijama. A Candy se le secó la boca y se tragó sus palabras con una contracción de garganta. Su atractiva apariencia revelaba un pecho glorioso y los músculos de su vientre plano se tensaron dibu jando el relieve del abdomen perfecto.
— ¿Te piensas cepillar tu cabello hasta morir? —Le dijo él mientras se sentó en el mismo taburete detrás de ella, rodeó con sus piernas las caderas de Candy y se quedó sentado a horcajadas.
La Pecosa sintió que el aliento de su esposo le quemaba el cuello, pero más inquietante era percibir los golpes de la virilidad de Terry que latían al ritmo de su propio corazón, la emoción era tan apabullante que le dio miedo a la rubia e intentó huir.
— ¡Candy, no soy hombre que deja escapar oportunidades, sobre todo si se me debe una noche de bodas!
Y antes de que lograra escapar, Terry entrelazó sus dedos con los de ella y los dejó inertes sobre el tocador, la envolvió con sus musculosos brazos y hundió su rostro en el cabello de la Pecosa. Luego tomó el cuello de su mujer con ambas manos y lo besó con unas ansias que alimentaban aún más su pasión. Más que un beso era una insinuación, con sus labios pegados al cuello de la Pecosa le dijo:
—No estoy bromeando. —Terry la coartó, la refrenó —Te quedarás dónde estás. Eres mi esposa Candy. He accedido a algunas de tus peticiones pero a ésta no cederé.
Aquel hombre estaba ardiendo y la rubia podía sentir que ese tacto de su piel sobre su espalda y cuello encendía sus propias llamas.
El espacio entre ambos se evaporó cuando él la tomó entre sus brazos y la giró. Él le deslizó la mano por la espalda para apretarla contra su cuerpo, Terry bajó el tirante de su sostén, puso sus labios sobre sus hombros y besó su blanca y cálida piel. Destapó un pecho y ahueco su mano sobre él, era perfecto: firme y elevado, tan suave y pesado. Las caricias se convirtieron en círcu los eléctricos que surgían de cada uno de los puntos de contacto hacia sus sensibles pezones. Fue mágico e irreflexivo el poderoso hechizo de sus manos, la presión y el movimiento de su tacto reducía a cenizas los últimos restos de su inhibición, dejándola ardiente y sin aliento, a su total merced. Pero la fuerza de su miedo la obligó a volver a la realidad.
—N... no —susurró mientras sus caderas se resistían a la tensa mano de él y su traicionera piel anhelaba la fricción.
Era evidente que Terry no la escuchaba. Estaba extraviado en un mundo de sensaciones. Cientos de veces había fantaseado con ella como ahora. Ella lo empujó y él la liberó instantáneamente, separándose con quieta elegancia le sobrevino otro arrebato de pánico y sentimientos al verla.
— ¡Estás pálida, Candy! ¿Te sientes bien, estás cansada? Ven te pondré un camisón —Terry le acarició el mentón con las yemas de los dedos, confundiéndola con aquel tierno gesto— Voy a llevarte a la cama. —Era tan encantador, tan enormemente fascinante.
El color desapareció de las mejillas de la Pecosa. Él no estaba seguro si era de miedo, de pudor o de ambas cosas. Rectificó en su proceder, el coraje que sentía por su evasión se tornó en miedo, pensó que había sido muy rudo con su "inocente" esposa.
Cuando Terry levantó las cobijas, Candy se metió entre las sábanas y se acostó lo más alejada de él, pero de nada le sirvió ya que en ese momento la Pecosa contuvo el aliento al sentir que el colchón se hundía ante el peso de su marido. Había un calor nuevo a su lado izquierdo y percibía como si hubiera un fuego ardiendo a su costado. Parpadeó con rapidez al ver que él se había quitado su batín y pijamas. Al verlo solamente en calzoncillos de pronto saltó de la cama.
— ¡Candy, metete en la cama. Estas helada y necesitas calor! — Las palabras fueron abruptas, dichas casi a gritos.
— ¡¿Terry, porqué te has quitado tu pijama?! ¡¿Piensas dormir solo con tu ropa íntima?!—con semblante vergonzoso lo interrogó.
— ¡Lo siento! Pero acostumbro a dormir desnudo, es mucho más cómodo… ¿Quieres intentar?
— ¡No, no! Así estoy bien. —entonces se le ocurrió para evadirlo, fingiría dormir.
—Está bien Pecosa, dormiré sobre la colcha, del lado opuesto. Ni siquiera te darás cuenta de que estoy ahí.
El aristócrata pensó que de momento hasta ahí podía llegar... le daría algunos minutos para que descansara y se relajara. Consideró que había sido un día muy pesado para ella y que necesitaba un poco de descanso para continuar con su noche de bodas. Iba a ser una tortura estar con ella en la cama, pero si así tenía que ser, lo aguantaría. Ya que, en un par de horas trataría de persuadirla al primer encuentro amoroso.
Pero lejos de fingir, la Pecosa cayó en un sueño profundo. Terry acariciaba cada centímetro de la piel de su mujer que era su mayor fortuna, su más grande conquista. Por eso, la tocaba con suavidad, como si temiera dañarla, o tal vez mancillar su perfección. El aristócrata sonrió al ver que ella tenía las piernas entrelazadas hasta los tobillos, la Pecosa lo hacía como si fuese un candado de protección.
Algunas horas después Terruce no podía dormir, estaba sentado y recargado sobre el res paldo de su cama, fumaba un cigarro imperturbablemente. Mientras que Candy dormía plácida mente, hacía ruiditos con la nariz y con su boca apenas entreabierta. Él sonrió y pensó que aunque roncara era la mujer más hermosa y era su esposa.
Entonces Terry no se resistió y la besó, tan potente como siempre había sido su boca, logró que ella abriera la suya, y a medida que pasaban las caricias, él exigía más y más de ella. Más besos, más caricias, más contacto íntimo, y el cuerpo de Candy traidor a su voluntad le respondía. Sus manos, tan seguras divagaban por el exquisito cuerpo de la Pecosa, deslizándose por sus caderas, acercándola más hacia él, sus dedos extendiéndose por su espalda y trasero, pero mientras Terry pasaba sus manos por debajo del camisón y le alzaba la prenda por encima de las rodillas. Candy le tomó las manos y lo frenó diciéndole:
—No me siento preparada, Terry aún no estoy lista.
—Ya veo. —Salió él fuera de la cama.
— ¿A dónde vas?
— ¡A dormir en alguna otra parte, como debí haberlo hecho antes!
El alcohol podría ayudarlo a pasar la siguiente media hora, tuvo que combatir la sequedad repentina de su garganta. El amor era una enfermedad capaz de desarmar a un hombre. Terry tuvo que refrenarse para no reclamar aquel derecho para sí, mirando con mala cara hacia su vaso de vino. No pensaba que pudie ra soportar durante mucho más tiempo. Suspiró y procuró refrenar su enojo. Lo único que había querido durante aquel día era estrecharla entre sus brazos, besarla hasta perder el conocimiento y perderse en la maravilla de hacer el amor con ella. Las peleas no formaban parte de su fantasía y no iba a permitir que la frustración le ganara la batalla. Respiró hondo y decidió volver a empezar y nuevamente se fue acostar en la cama de su Pecosa.
*****
Terry había estado pensando, sin poder dormir toda la noche. Por ello él se había levantado muy temprano y se había ido a montar. Cuando regresó a su habitación aún encontró sentada en la cama a Candy quien al verlo se cubrió con la sábana, se sintió abrumada por un amor tan intenso que resultaba casi insoportable. Las imágenes de la noche anterior desfilaban una y otra vez por su cabeza: algunas ardientes y frenéticas, otras tiernas y lentas.
—Te has despertado muy temprano Terry.
—Diste tantas vueltas en la cama que me mantuviste despierto hasta el amanecer —luego añadió— Soy un hombre Candy, y si te imaginas que puedo seguir durmiendo como lo hicimos anoche, sin actuar como lo hice ayer estás muy equivocada.
—Lo siento Terry. —y sin decir más ella se metió al baño a ducharse.
Pasaron las horas y otro día había transcurrido, era su segunda noche de casada y aun temblaba cada vez que ingresaba a su recámara. Cuando Candy entró se apoyó sobre la puerta al cerrarla, y no se movió al ver que a través del gran ventanal y el balcón la luz de luna entraba a raudales, bañando la cama con un haz de luz Terry era iluminado ya que estaba recostado ahí, con sus largas piernas cruzadas, sus brazos doblados por debajo de su cabeza, la cual giro hacia la puerta al entrar ella.
—Pecosa, sabías que la luz de la luna, tiene cierto efecto liberador sobre las pasiones de las damas. —Le dijo el rebelde, mirándola entre las sombras, como un felino acechando a su presa.
La rubia no se atrevió a avanzar, no podía estaba tan asustada que sintió que sus rodillas no la iban a sostener si daba un paso más, y su boca se movía pero sin que pudiera articular algo, le costaba recordar por qué estaba mal aquello. Entonces observó anonadada cómo él se acercaba, elegante y exquisito con su sonrisa de puro pecado.
Ante su pasmada reacción Terry no se inmutó, continuó mirándola, su camisón era de una delicada tela, tan fina que podía ver la sombra de sus pechos bajo la ropa, el pliegue de sus pezones y las líneas claras de las areolas. Aquello era suficiente para excitarlo al instante. Le sujetó la cara con ambas manos, el calor de sus dedos la dejó sin aliento, la acariciaba de manera suave y autoritaria.
—Pecosa, si has olvidado todo sobre la pasión y es culpa mía, entonces debo rectificar mi error, ¿no crees? — le susurraba mientras le besaba la oreja, y su pulgar comenzaba a acariciar la línea de su barbilla —Creo que hay muchas formas de recordártelo —él continuó— Además, ya es hora de que duermas sin camisón.
Sin darle tiempo para nada su boca estaba de nuevo sobre la suya dura y ardiente devastando sus sentidos, mientras sus manos atraparon el cordón que aseguraba el camisón, la arropaba con sus besos, de tal forma que Candy olvidó quién era, y dónde estaba, lo olvido todo, estaba completamente entregada a la delicada presión de sus labios, ella lo tomó del cuello y lo besó con un fervor. La cabeza le daba vueltas, tenía la mente repleta de sensaciones y el cuerpo invadido de caricias, gozaba con la solidez de las varoniles manos entretenidas en la parte superior de sus caderas, dejándolo también que absorbieran el impacto de sus pechos exuberantes.
— Terry, me gustaría recostarme…—intentaba romper aquel sensual encuentro.
Él se apartó con una risilla, imaginó sus frías intenciones.
—Tus deseos son órdenes Pecosa.
Entonces el rebelde la cargó en sus brazos y la depositó en la cama miró su rostro, tan pequeño e indefenso sobre la almohada blanca, sus ojos azules absorbían la perfección de cada rasgo y toda su belleza. Ella lo miró con esa inocencia seductora provocando que él no lograra resistirse, la deseaba tanto que la paciencia y la delicadeza se fueron al diablo. Se inclinó encima de ella y la apresó entre sus brazos de forma que mirara a donde mirara sólo podía verlo a él.
Candy intentó detener aquella locura y antes de que pudiera moverse un solo milímetro, Terry la atrapó, la sujetó por los codos y la aprisionó con su cuerpo. El aristócrata ignoró sus esfuerzos por librarse y bloqueó su muslo con el suyo seductoramente capturó sus muñecas con una mano y las colocó encima de su rubia melena. Ella intentó huir de la deliciosa exploración que recibía su cuerpo, pero se sentía atrapada entre su marido, las almohadas y sus forcejeos la hundían todavía más en el colchón. Terry le tomó la cara y la besó apasionadamente, recorrió la garganta de Candy con sus labios hasta llegar a la suave ondulación de sus pechos. Delicadamente atrapó un pezón con su boca y lo apretó contra el corazón de la rubia. El tejido de su camisón era muy fino, así que poco la podía proteger de sus ardientes caricias.
La Pecosa se rindió al poder que su esposo ejercía sobre su corazón y su alma. Podía sentirlo por todas partes, en cada pulgada de su carne, su duro pecho raspando suavemente contra sus blandos pezones, despertándolos hasta que le ardieron con anhelo. Su peso aplastándola en el colchón mientras sus caderas se movían entre los obstáculos con unos pocos empujes que parecían aumentar en fuerza y urgencia. Terry sintió que la flecha de su pasión había impactado en ella e incluso percibió un leve gemido, entonces sus dedos se dirigieron a los bordes de su camisón, dispuestos a subir esa capa para abrirse paso entre sus abundantes encantos. Candy estaba tan concentrada en su propio placer que no percibió como su cuerpo se retorcía y contorsionaba bajo las manos y la boca de Terry, se arqueó bajo él, luchando más por absorber todas las sensaciones que por intentar escaparse.
Y a ese grado, él ya no tenía la más mínima intención de hacerse el caballero y aflojar el ritmo, pero al subirle el camisón hasta su cintura el tacto de la fría sabana despertó por un momento los sentidos de la Pecosa a quien se le entrecortaba la respiración y hundió la cabeza en la cama, interrumpiendo de ese modo su apasionado beso volvió a la fría realidad, como si le hubieran arrojado agua helada. Ella tanteó con sus manos, buscaba la orilla pero la cama parecía no tener fin. Se puso rígida mientras la mano de Terry se dirigía hacia sus muslos ella cerró firmemente las piernas, terminando aquella locura antes de que fuera aún más lejos.
— ¡No Terry, no lo hagas...por favor!... —Trató de vencer la tenta ción, trató de separarlo de su cuerpo.
— ¿Por qué no, Candy? ¿Qué pasa? —Mientras sus manos seguían recorriéndola, le hablaba con los labios apoya dos en los suyos— ¿No entiendes que me consumo por esta pasión que siento por ti?
—No está bien…
— ¡Olvidas que nos hemos casado!… si esto va a causarte problemas de conciencia dime ¿qué es lo que las normas de la buena sociedad dictan que haga con mi esposa?
—No quería casarme, tú sabes que no quería. Traté de detenerte, pero tú insististe y me amenazaste.
—Ya veo. ¿Y no te importó mentir delante de tu familia y la iglesia? No eres, y siento tener que decir algo tan obvio, la persona que yo creía que eras. — Él tensó todo su cuerpo y una sonrisa afilada se dibu jó en su rostro. —Olvídate del compromiso. ¿Qué me dices del amor?
La rubia se calló…
—Eso ha sido un golpe certero. Y tu actuación durante nuestro noviazgo merece mi elogio. Pero ahora me has colocado en la difícil situación de importunarte o dejarte definitivamente.
Aquella noche él llegó a conocer la profundidad del dolor que puede causar el amor. Terry suspiró y se puso de pie, se pasó las manos por el pelo con cansancio; pensó que no era arrogante por su parte suponer que Candy sería feliz casada con él. Nunca consideró la posibilidad de que ella lo rechazara.
*****
El encuentro de la noche pasada había sido muy frustrante, tanto que logró que la ira tal vez se hubiera desvanecido, pero no así la pasión. Se sinceró consigo mismo. Sentía pavor de que su esposa volviera a rechazarlo. Sabía que no lo soportaría.
Ya habían pasado varios días, y la negación y las evasivas eran hábitos difíciles de abandonar, ambos se habían evitado constantemente el uno al otro, Candy ensayaba mil y una formas para poder ahuyentarlo sin humillarlo. Sabía que un hombre herido en su orgullo podía ser peligroso, además intuía que algo no dejaba de molestarlo. Lo veía algunas veces que regresaba después de duros y largos paseos a caballo, llegaba empapado de sudor y con el rostro tenso de frustración pero ella inmediatamente le rehuía.
Entonces Terry decidió que limitaría sus movimientos en la mansión, pues se sentía como un extraño en su propia casa, un extraño que parecía incomodar y cuya presencia era indeseada. Su orgullo le impidió continuar persiguiéndola o imponerle su presencia. Juró que nunca haría nada en contra de la voluntad de su esposa, aunque él estuviera muriendo de deseo por ella, el amor hacía que su corazón le doliera con desesperación, por eso decidió hablar con la Pecosa.
— Quiero una compañera que me desee, pero al parecer tú te niegas a serlo. Por lo tanto, no tienes que preocuparte de exponer tu cuerpo para que lo tome. Nunca tomo nada a la fuerza—le recordó con voz dura y seca, y añadió— Y puesto que nos sentimos atraídos el uno por el otro y entramos en erupción como un par de volcanes… y que a su vez me rechazas sin razón y a la menor oportunidad… ¿Te parece que evitemos dichos encuentros hasta que podamos ponerle fin a la situación? Te lo digo porque he decidió que dormiremos en habitaciones distintas. Si acaso me necesitaras, esta noche o cualquier otra noche, mi vestidor se comunica con el tuyo y mi dormitorio está al otro lado. Si necesitas cualquier otra cosa, el tirador de la campanilla está junto a la cama. Acudirá tu doncella. ¿Estás de acuerdo?
Candy simplemente aceptó asintiendo su cabeza. Actitud que le confirmo a Terry que había hecho lo correcto, ya que no sabía cómo tratar con ella y la única solución parecía ser mantenerse alejado. Y a partir de ese momento los límites quedaron claros, dado que Terry no intentó más acercamientos ni Candy hizo más concesiones. Pasó un día, luego otro, y así hasta toda una semana. Tomaron habitaciones separadas, unidas por una puerta común que no se abría nunca.
Después de ese acuerdo Candy nunca tenía la oportunidad de compartir un momento de intimidad con él. Cuando se dignaba a dirigirle la palabra, y eso era muy de vez en cuando, lo hacía dirigiéndose a ella con cortesía, intentando de manera bastante clara marcar las distancias entre los dos. La mayor parte del tiempo se negaba a mirarla a los ojos, parecía concentrado en borrar cualquier rastro de intimidad entre ellos.
Para su sorpresa y angustia, la Pecosa acabó por darse cuenta de que él lo prefería así. Ella oscilaba entre la desesperación y el deseo de la intimidad que habían compartido, pero todo parecía indicar que Terry no parecía echar de menos aquella estrecha relación. Al principio se quedó desconcertada, luego desesperada por conseguir su atención, y finalmente resignada al hecho de que no lo lograría. Mantuvieron sus presencias y miradas desviadas para no enfrentarse la una con la otra, Candy por vergüenza y Terry por rabia.
*****
Un día Terry se alejó durante casi todo el tiempo, diciéndose a sí mismo que esa ausencia podría hacer que ella lo echase de menos, pero la verdad era que él necesitaba tiempo para conseguir contener su propio deseo. A Candy le pareció extraño no escucharlo ni topárselo durante todo el día, entonces preocupada por él decidió buscarlo en su habitación, no lo llamó ni tocó a su puerta, pues pensaba que no estaba y aún así decidió entrar a la recámara de Terry.
— ¡Así que al fin te doblegas ante mí!—dijo él visiblemente complacido al verla entrar.
Ella nunca lo había visto tan irónico, frío y apasionado a la vez.
La abstinencia durante cualquier periodo de tiempo se convertía en la definición de la peor tortura, carcomía hasta que se convertía en la definición del infierno. Y al verla ahí, buscándolo en su propia habitación Terry se corrigió a sí mismo.—« ¡Al demonio con el respeto! » — aunque se convirtiera en el mismo diablo, iría tras sus caricias y sus feroces besos.
Avanzó hacia ella de una manera veloz y ame nazante, cortándole la retirada le cerró el paso. Se abalanzó sobre ella colocando un fornido brazo en la pared, luego la cercó con ambos brazos y encajonándola con el cuerpo la empujaba contra la pared en busca de la intimidad tan deseada. Aprisionada contra la pared, la Pecosa tenía las manos inertes a los costados del cuerpo, la boca entreabierta y el pecho agitado. De pronto Candy se vio acorralada con los labios de su esposo rozando a los suyos, ella se volteó apretando la cara contra el muro. El pánico corrió por sus venas como si fuera una droga potente.
Candy sintió que una fuerza animal la atraía cuando el brazo de él le rodeó la cintura y una de sus manos la sujetó por la nuca. La besó desmedidamente mientras la apretaba contra él, la rubia se abismó en el erotismo sin límites de su esposo. Ella se aferró a la varonil espalda con desesperación, pues temía perderlo nuevamente, apretó el cuerpo contra el suyo y se colmó de la excitación que manaba de su carne. Terry también fue apoyando su peso en el de ella, haciéndola notar su cuerpo musculoso, intimándola a sentir su vulnerabilidad y gran potencia. Obligándola a notar el preciso instante en que el deseo ardió furiosamente en él, su lengua era una marca de fuego. Y sus manos eran brasas que fundían las curvas de su trasero y caderas, los puntos más sensibles de su torso, la generosa opulencia de sus pechos, la dulce tersura de su vientre. Su cuerpo era un cielo que él quería saborear para siempre.
Mientras ella en su interior pensaba: « ¡Dios santo!, ¿cuántas manos tiene Terry?... No las suficientes. Quiero más» De repente él le bajó las mangas de sus brazos, la ropa de Candy era un odioso estorbo, ella dejó que le acariciara los pechos y cada caricia era interminable, plácida y cargada de una sensación maravillosa. Un asombroso calor la inundó, incendiándola de deseo y haciendo cenizas su voluntad. Su mente y sus sentidos se negaban a centrarse en cualquier otra cosa que no fuera seguir, los sonidos roncos, disparejos de su respiración, le decían que él estaba tan hechizado como ella.
Él tomó la orilla del vestido y empezó a subirle la falda, le acariciaba los lugares en que los nervios estaban a flor de piel, sabía cómo hacer que le gustara, la asustaba y hacía que quisiera más al mismo tiempo. Terry la sujetó por una de sus piernas elevándola y colocándola alrededor de su cadera, repitiendo la acción hizo lo mismo con la otra pierna. Estaba de pie, él aún la sostenía elevada y la empujaba contra la dura fricción de su cuerpo, ella intranquila se agitaba, buscaba liberarse pero entre más se movía más se esclavizaba de ese roce. Él acunó su cabeza en la plenitud de los níveos pechos. Bajo la tórrida pasión ella profirió un sonido suave que le sobrevenía por la sensación punzante que recibía.
Candy no supo en qué momento la boca de él llegó revoloteando alrededor de sus pezones, y la emoción que le provocaba esa lengua era tan inaudita que pensó que iba a explotar. La boca de Terry permanecía fundiendo los senos de la Pecosa cuando ella enredó sus dedos en la sedosa cabellera oscura, el furor hizo que lo jalara tan fuerte, que Terry alzó la cabeza para mirarla, deseando ver amor en sus "esmeraldas" buscó los verdes ojos. Sus miradas se cruzaron, y él a través del placer logró distinguir en la mirada de Candy el miedo, la duda y la súplica de que parara. Él simplemente quería que su mujer lo deseara y amara… —« ¡¿Es mucho pedir?!» — interiormente se preguntó y afligido decidió desistir.
Y ante esa desquiciada pasión donde Terry temía fundirse como una vela expuesta a la llama, notó la presión a punto de estallar en sus pantalones y en ese momento hubiera vendido su alma por llevársela a la cama. Y antes de hacer algo de lo que después tuviera que arrepentirse, como poseído le dio un último y voraz beso, luego bajó las piernas de la Pecosa. Se tuvo que esforzar por calmar sus emociones, hacerlas retroceder y finalmente detenerlas. Dio un paso atrás y la apartó de la pared.
— En cualquier momento, en cualquier lugar. —Terry le pronunció aquellas palabras en sus labios y luego se obligó a sí mismo a soltarla.
Después de que Terry la liberara y frenara su pasión, Candy permaneció inmóvil, horrorizada por su propia sumisión.
El aristócrata pudo recuperar distancia y advertir el deseo, la ansiedad y la pasión en sus verdes ojos. A su parecer, ella no perdió el dominio sobre sí misma, pero sería por poco tiempo, se prometió.
Confundida Candy salió corriendo hacía su recámara, sintiéndose más que nunca deprimida. Se sentía atrapada entre dos mundos y no pertenecía a ninguno de los dos. Estaba molesta por la sensación mezclada del deseo y el miedo.
Era un temor secreto con el que había aprendido a vivir, pero el hecho de que algún día Terry se apartara de ella con repugnancia, de saber a ciencia cierta que sería imposible que la amara, que le resultaría indeseable y despreciada durante el resto de su vida. Ella ya no podría soportarlo, y ese rechazo por parte de él la hizo temer.
Se dijo que tendría que haberle hablado de sus miedos tendría que haberle dicho, exactamente, cómo se sentía. Tendría que haberle hablado de Neil, de sus temores, sus pesadillas.... Tendría que habérselo dicho pero no fue capaz. Posiblemente, aquello había sido lo peor de todo. Ahora ¿Cómo podían volver a estar unidos, si no compartían todo lo que eran?
*****
A Terry le parecía que su espíritu se había enfriado por la amarga experiencia de siempre encontrar encerrada en su habitación a su esposa, pero ahora lo hacía cerrando con llave la puerta que los separaba. Por ese motivo el aristócrata se sentía más irritado de lo normal, y después de haber cabalgado durante horas a su regreso se internó en el vacío enorme y silencioso de la biblioteca. Él volvía a estar solo, como en todos los momentos esenciales de su vida en el pasado.
Ya era de noche y el aristócrata seguía encerrado sentado todavía, concentrándose en enterrar sus emociones a salvo en su corazón de hielo. Bajo el calor de las copas, Terry se preguntaba ¿qué malévolo impulso había llevado a Candy a recorrer el pasillo del altar y llegar hasta él? Nunca había sentido verdadera lástima por sí mismo, pues sabía que ningún hombre debía ser tratado así por su propia esposa. Sabía que cualquier otro, en esa misma situación, la habría arrastrado hasta el lecho conyugal y habría consumando el acto, pero él no era ese tipo de persona.
Permanecía senta do, con gesto indolente pero herido en su orgullo, humillado en su propia casa. Se preguntó si el filo de un frío cuchillo habría resultado menos doloroso que la actitud de su esposa. ¿Por qué se había encerrado? ¿Por qué no lo deseaba? ¿Por qué no era amable y dulce con él? Las preguntas sin respuesta le provocaban una sensación de tristeza y vacío que nunca había sentido.
Él buscaba llenar el vacío que lo atormentaba, aliviar su alma inquieta y salvaje. Para evitar seguir tomando y para tratar de calmar su impetuoso carácter empezó a tocar la armónica. Sentarse en la penumbra le producía una ilusión de seguridad. Ya desde niño amaba la oscuridad que guardaba los miedos ocultos, que vigilaba sus lágrimas secretas y respetaba su pena privada. En el frío abrazo de la lobreguez se concentraba en el sonido y cobijo que le brindaba su armónica.
Las primeras notas llegaron a los oídos de la Pecosa quien cerró los ojos; le parecía que así podía escucharlas mejor. Poco a poco, la melodía fue aletargándola, transmitiéndole una sensación de paz y armonía. Imaginó que los labios de Terry se llenaban de vigor y descargaban todo su ímpetu sobre su boca.
Pero al escuchar las tristes notas que parecían salir del atormentado corazón de su marido comprendió que el miedo era lo único que no podía permitir que la dominara. Si lo perdía, moriría como en el pasado, cuando erróneamente se lo había cedido a Susana, y nunca superó haber escogido la vida sin él. En muchos sentidos se había reprochado así misma por aquella elección, y ahora no permitiría que ningún terror sin nombre la consumiera. Así que salió de su habitación, iba a enfrentarse al peor de sus temores.
—« ¡¿Qué es lo que quieres, qué es lo que harás Candy?!» —
Se preguntaba a sí misma mientras empezó a recorrer la mansión, caminó por un ancho y bien iluminado pasillo repleto de retratos de los antepasados Grandchester. Entonces dirigió sus pasos hacia la biblioteca, caminaba sobre una gruesa alfombra que no la dejaba resonar sus pasos. Llegó a la puerta, giró el picaporte y logró entrar, al no ver a nadie en el oscuro lugar decidió entrar para conocer el lugar favorito de su esposo.
Terry trataba de entenderla. Quería hacerlo, pero no podía. No conseguía ordenar sus pensamientos. Estaba demasiado humillado y herido para controlarse. Sabía que si regresaba a la habitación de Candy, derribaría esa puerta a patadas y estaría muy tentado de tomarla. Con sus puños golpeó con rudeza el escritorio y agradeció la sensación de dolor pues se alegró de que algo lo distrajera de sus pensamientos. Al escuchar un ruido en el interior de su despacho profirió un insulto. Luego, se levantó del sillón.
Al verla sintió como si el corazón de hielo que siempre sostenía sus encarceladas emociones goteara por sus venas líquido caliente, el deseo se enroscó en él como un demonio enfurecido clamando por ser satisfecho. La recorrió con esa mirada penetrante y gélida.
Ella se cansó de buscar a ciegas; ya se había golpeado varias veces la oscuridad era absolu ta; solo una lámpara en el rincón estaba encendida y no se escuchaba ninguna voz. Su sorpresa vino cuando sintió una cálida respiración detrás de ella, rápidamente giró y allí estaba Terry, de pie justo detrás de ella.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó él, mientras la traspasaba con la mirada. Era evidente que estaba muy enojado—
Pasmada Candy trató de acomodarse la bata, que se abría, insinuante, ante la mirada lasci va de Terry, quien rápidamente tomó el cinturón anudado en su cintura, deshizo el nudo, abrió los bordes de la bata y la apartó.
— ¡Perdón! Sólo buscaba un libro, será mejor que vuelva mañana. Disculpa mi intromisión. —Mientras lo decía, acobardada se encaminaba hacia la puerta.
La Pecosa intentó correr hacia la puerta empujándolo pero, como era de esperar, él se anticipó a su acción y le cerró la salida.
A tropezones Candy fue retrocediendo todo lo rápido que pudo hasta que sus muslos dieron contra el borde del escritorio, sujetándose inmediatamente de ahí con sus manos. Terry rodeó el escritorio y la cercó, los brazos del aristócrata se cerraron alrededor de ella. De seaba hacerla parte de su carne, tenía miedo de separarla de su cuerpo, como si alguien fuese a arrebatársela. Con un ágil movimiento él limpió el escritorio, enviando la pila de libros al suelo. Entonces sus manos se posaron sobre su perfecto trasero y la alzó hasta sentarla sobre el escritorio.
Los sensuales labios de Terry perseguían los suyos con firme convicción, bloqueando toda maniobra de evasión. Entonces su lengua se unió a la suya y sus manos nuevamente se aferraron a sus caderas, manteniéndola prisionera contra el escritorio y mientras él la saboreaba ella recibía impulsos eléctricos por todo su cuerpo que le exigían apretarse más aún contra él. Los aristocráticos dedos acariciaron sus caderas por debajo del camisón, las manos de él eran posesivas se deslizaban hacia su trasero y al interior de sus muslos.
—Terry, por favor...... Déjame ir... —Su voz era un susurro en trecortado.
Él la separó de sí bruscamente. La reacción de Candy había sido tan infantil que Terry mostró una mueca de disgusto.
— ¡Un momento Candy! Tus juegos me obligan —repuso él— No me gusta que jueguen conmigo, que me usen y me tomen por tonto.
Le había costado años aprender a dominar su naturaleza voluble, a mantener sus emociones bajo control, pero ante la indecisión de Candy y el deseo ferviente de hacer el amor con ella probablemente lo estaban enloqueciendo.
— ¿Dime Pecosa, tienes miedo de que no puedas resistirte a mi cuerpo mucho más? ¿Por eso entras a mi habitación y ahora en mi despacho? ¡Eh! ¡¿Dime ese es tu juego, provocarme y dejarme?! —le preguntó con voz queda mientras se frotaba de nuevo contra su nariz e incitaba sus labios con los suyos.
—Jamás he conocido a un hombre más engreído —afirmó ella.
Entonces Terry la dejó y se dirigió a la puerta, su mano estaba en el picaporte cuando volteó para mirarla.
— ¿A dónde vas? —Ella le preguntó.
—Saldré, pienso que será mejor que encuentre algún otro sitio para dormir esta noche.
—No es necesario que salgas. —Candy sintió que su corazón se aceleraba ante el enojo reprimido en la voz de su marido.
—Sí lo es, ya que si me quedo aquí un minuto más, voy a tener que elegir entre estrangularle o besarte, y estaré perdido si hago cualquiera de las dos cosas. —Su voz sonaba enojada, y su postura era rígida mientras sus ojos la taladraban. — ¡Hasta luego discípula de la hermana Grey!
Candy estaba casi al borde de las lágrimas. Se daba cuenta de que quería a ese hombre con cada fibra de su ser; no solo deseaba sus besos y hacer el amor con él, también quería sentir sus brazos a su alrededor para sostenerla, su voz para apaciguarla, su presencia para cuidarla y protegerla. Temió que se le salieran las lágrimas. Si la oía, seguramente que con su vanidad despreciable, se imaginaría que trataba de persuadirle para atraerlo. La indignación puso rigidez en su ser y descartó sus lágrimas y sin tener el valor suficiente no retuvo a Terry, una vez más le permitió que se marchara con su corazón destrozado.
*****
Horas después, extrañamente desorientado Terry vagaba por las estancias de su mansión con las manos en los bolsillos cuando la escuchó llorar. Él se quedó mirándola horrorizado, nunca la había visto llorar de esa manera. Ella trató de controlar sus sollozos al verlo, pero tenía el rostro enrojecido y las pestañas tan empapadas que lo asustó.
— ¿Qué te pasa Candy? — conmovido y preocupado le preguntó.
—Es que estaba pensando en algunas cosas.
— ¿Qué cosas son, que te llenan los ojos de lágrimas?... ¡Ven, siéntate, Candy!
Estaba cansado de pelear con ella, no quería reñir más. Sino todo lo contrario quería saber qué le pasaba, porqué había cambiado de manera brusca: un instante parecía perdida y vulnerable, y al cabo de otro momento: temerosa y combativa.
— ¡Perdóname! —Los dos hablaron al mismo tiempo. Después de mirarse unos segundos, sonrieron tristemente.
—Tal vez la culpa sea mía por no habértelo contado, pero... es tan difícil hablar contigo Terry... Siempre estás a la defen siva, y siempre eres tan mordaz...
—Bueno, mi querida Pecosa tú tampoco te quedas atrás, pero creo que ya es tiempo de hablar sinceramente. Sea cual sea la verdad la prefiero a seguir viendo como cada vez te alejas más de esa mujer de la que enamoré.
— Tienes razón Terry, a mí tampoco me agrada la mujer en que me he convertido. Ya es hora de hablar — pensó que ya era definitivo, aunque fuera mortalmente difícil lo haría.
—Candy seamos sinceros por una vez. Ya estoy harto de mentiras, de evasivas y de secretos. Si en verdad me has dejado de amar, dilo sin rodeos y te dejaré marchar sin oponerme. Si algo tiene que ser dicho, se dice. Si algo tiene que ser hecho, se hace. Deseo rescatar nuestro matrimonio Pecosa, antes de que sea demasiado tarde. — la miró a los ojos, borrando la sonrisa amable, y le preguntó: — ¿Por qué has cambiado tanto?
Hubo un largo silencio durante el cual Candy jugueteó nerviosa con el sujetador de las cortinas del ventanal.
—Terry… tú te mereces a alguien con un pasado irreprochable… Alguien… sin mancha.
Los dedos dejaron de enroscarse en el cordón, a medida que la envolvía una lenta y tierna sensación de cariño: era la voz cálida de Terry.
—Candy —dijo él, como si le estuviera leyendo el pensamiento— lloré por ti desde lo más profundo de mi corazón. El dolor de los que amamos siempre es más difícil de soportar que nuestro propio dolor, en especial cuando nos sentimos culpables. Pero yo necesito saber. Necesito compartirlo todo contigo, para que no quede ninguna sombra entre nosotros. Y tal vez, tú también necesitas contarlo. Necesito ayudarte a que sueltes ese peso, sé que puedo comprenderte sea lo que sea.
—Yo... —tragó saliva—Sabes lo que me pasó aquella maldita noche del escándalo ¿verdad?... ¿Ahora comprendes el derecho con que Neil me fue a reclamar en nuestra boda?... ¡Un maldito derecho que se adjudicó al abusar de mí, al tomarme mientras yo estaba inconsciente!
Candy se echó a llorar, era un llanto amargo y desamparado, una tormenta de lágrimas.
A Terry le dolía imaginar a otro hombre tomando a Candy. No porque esto la hiciera menos deseable para él, sino porque ella era toda inocencia, luz y bondad y si Neil había abusado salvajemente y con lujuria, había introducido oscuridad y amargura en su cuerpo. Y quizá la había herido de forma irreparable.
Él sabía lo que ella sentía… no solo al ocultar en el interior de uno mismo todo aquello que resultaba doloroso, sino también al no compartirlo con nadie, ni siquiera con la persona más querida. Lo sabía todo sobre el dolor y la soledad.
—No debes culparte Pecosa, los dos soltaremos este lastre de dolor. Juntos lo haremos cosa del pasado, y estará donde tiene que estar: enterrado en la profundidad del olvido.
Le acarició la mejilla y la mandíbula con el dorso de los dedos y luego le hizo levantar la barbilla.
—Candy, no tienes nada de qué avergonzarte —dijo— No hiciste nada malo. Fui yo quien lo hizo. Soy yo quien debería sentir vergüenza. Tendría que haberte protegido mejor, tendría que haber revuelto cielo y tierra para haber llegado a ti a tiempo para rescatarte de ese miserable.
—Pero soy culpable por haber bebido aquella noche hasta embrutecer, soy cobarde por no haberte dicho la verdad justo a tiempo. Fui una injusta contigo Terry. Y yo estoy dispuesta a darte el divorcio…—le dijo mientras se alejaba de él.
—Tontita… Entiéndelo, nunca te dejaré, siempre estaré a tu lado porque te amo.
Eran dos personas heridas que debían de alguna manera, encontrar el perdón, la paz y sanar juntos. Pero, para hacerlo, sin duda necesitaban sacar a la luz todo lo que había entre los dos. También Terry sintió miedo de no ser capaz de reparar todo el daño que le habían hecho a Candy.
Era su esposa. Siempre la había amado apasionadamente desde su encuentro en el Mauritana y la amaba de nuevo desde el momento en que entró al altar el día de su boda, pero más aún en ese momento que sabía que estaba sufriendo como nunca antes lo había hecho. Pronto comprendió que si Candy tenía demonios contra los que tendría que luchar, él no se acobardaría sino que se enfrentaría a ellos decididamente.
—El pasado no se puede cambiar —dijo— Esto es el presente, el único elemento de tiempoque tendremos para crear nuevos recuerdos. Mejores recuerdos.
Ella había cambiado. Ya no era la mujer libre de preocupaciones que había alegrado su endurecido corazón. Había perdido la inocencia, y sin embargo, esa inocencia seguía rodeándola como un aura casi invisible.
— ¡Te amo Candy!
Ella asintió despacio, suprimiendo un ligero estremecimiento ante la dulzura con que le hablaba.
—Te creo Terry.
—Entonces acércate más.
El aire vibraba de expectación. Tras unos instantes de debate interior, ella se movió vacilante, estaba nerviosa. La invadió un rápido impulso de alejarse de él, pero algo la hizo quedarse, tal vez la curiosidad que palpitaba dentro de ella.
—Candy, no recuerdes nada más. Déjame reemplazar tus recuerdos.
—Sí Terry, hazme olvidar y dame algo que pueda recordar. — le tocó suavemente la cara, con un gesto como si fuera una peti ción y una súplica.
Atrapados en el momento, inmóviles, algo la empujó despacio hacia él. Sus palabras, su mirada, la nueva expresión relajada de su boca, todo ello la tentaba más allá de la razón. Por fin todas las dudas habían escapado, todas las barreras habían dejado de existir. Ella era su esposa y él la necesitaba, de modo que se entregarían. Ella también necesitaba algo: necesitaba ser su mujer.
—Eres todavía tan inocente... —susurró de pronto— pero también sigues siendo la mujer más sensual que he conocido… Pecosa, si me dejas… voy a enseñarte a hacer el amor…
—Sí —respondió ella. Estaba cansada de negarse y arrepentirse. Deseaba infinitamente entregarse a él.
—No voy a hacerte daño —le aseguró— No voy a utilizarte para mi placer, sin darte ninguno a cambio. No tengas miedo. Todo irá bien —murmuró.
Tal vez no quería volver a asustarla. Él tenía tanto miedo como ella, por eso tenía que lograr que todo estuviera bien.
— ¿Pecosa, estás segura?... ¿Eres consciente de lo que pasará si no te vas a tu habitación?—preguntó finalmente con voz ronca.
*****
A pesar de la repulsiva verdad expuesta, aquella noche Terry no iba a dar nada por debajo de lo sublime, le juró a su Pecosa que ellos tendrían su noche de amor perfecta. Ninguna flaqueza del cuer po o del espíritu iba a impedir que así lo hiciera.
Entonces Terry la cargó, y ella se aferró a él encadenando sus brazos alrededor del cuello. La hizo sentir que se remontaban a su verdadera noche de bodas al llevarla en brazos, él atravesó la estancia en dirección a la espléndida alcoba de ambos. Ella se limitó a mirarlo boquiabierta, y dejó sus pudorosas dudas en la puerta que separaba sus habitaciones. Una vez juntos y parados al borde del lecho todos los músculos del cuerpo de Terry se tensaron cuando rodeó con sus manos el rostro de su amada y se inclinó para besarla.
Candy tuvo una lluvia de besos suaves y delicados que iban volviéndose más profundos y más apasionados. Una sensación, dulce y cálida, la inundó en el bajo vientre pues Terry intensificó el beso, convenciéndola para que separara los labios, poseyéndola con la lengua fueron besos tan embriagadores que la dejaban agitada e impaciente, besos ardientes y sensuales que volvían dolorosa su avidez.
El aristócrata le acarició el pecho al deslizarle las mangas por sus hombros. Le rodeó el talle con un brazo y con el otro soltó la hilera de botones en la espalda. Candy se ruborizó con un persistente recato cuando la prenda cayó suavemente hasta la mitad de su cuerpo, engalanando con holgura los pliegues de sus codos hasta quedar colgando como un elegante chal, de esa manera los níveos montículos coronados de rosa quedaron libres de su confinamiento.
Terry arrastró sus palmas sobre los firmes y altos montículos sintió la calidez de su piel desnuda, y sus hermosos ojos azules se iluminaron con una repentina expresión de triunfo. Candy no se dio cuenta de cuándo su esposo le quitó el vestido, apenas si percibió la prenda cayendo a sus pies.
—Encontraré la ternura suficiente para darte placer Candy, o moriré en el intento.
Él le envolvió la cintura con un brazo, arrastrándola hacia la cama ahí la recostó, su rubio cabello brillante se esparcía sobre la almohada. Ese marco perfecto, —pensó— resaltaba aún más la blancura de su piel, entonces él encajó sus dedos entre los esparcidos rizos rubios, no había nada que se le pudiera comparar ¿seda, terciopelo?, no había en el mundo nada que pudiera ser tan suave como su cabello, ni nada más terso que su piel, ni nada más apetitoso que sus labios.
Sin retirar las manos del cuerpo de su esposa, las fue deslizando por el estómago y los muslos para despejar su camino de toda prenda estorbosa. Sus dedos acalorados lograron conseguir ganarse toda la fémina ropa interior. Seductoramente ya estaba quitándole el liguero y enrollando por sus piernas hacia abajo las sedosas medias de algodón. Terry se agachó para despojarla de las últimas piezas. Sus zapatillas que cedieron ante las varoniles manos, y mientras le sujetaba un pie con su mano le hablaba:
—Tienes unos pequeños y bellos pies Pecosa.
Candy sintió un hormigueo a través de su cuerpo cuando con suaves dedos le acaricio el empeine y luego le besó la planta del pie y fue siguiendo la curva de la pantorrilla. Se detuvo, entreteniéndose con las corvas pero a ella una oleada la atravesó con tanta fuerza que reprimió un grito de gozo al sentir el placer y el dolor de aquellos ardientes besos.
Él dio un largo paso lejos de ella y empezó a desabrocharse su camisa, se desvestía con quietud, sorprendiéndose de lo mucho que disfrutaba viendo que ella lo recorría con la mirada. Candy observaba anhelante la tensión de sus músculos a medida que él se despojaba de la camisa, de los pantalones y hasta de su ropa íntima.
Terry estaba totalmente desnudo, y ella estaba atónita pues nunca lo había visto así, en su naturaleza esplendorosa. Esa visión atizó las brasas del deseo y renovó dolorosamente el ansia que aumentaba sin cesar. Aquella ocasión no sería como antes, cuando él la acariciaba y donde su pantalón y su vestido se interponían entre ellos. Aunque ellos habían intimado en su noche de bodas, él nunca la había desnudado completamente como hasta ese momento en que finalmente lo logró.
Con una mirada enardecida Terry devoró el cuerpo desnudo de Candy necesitaba estar piel con piel.
— ¡Por todos los cielos, Pecosa! — alcanzó a decirle viéndola con veneración— Eres… lo que tanto he anhelado.
Entonces se dirigió hacia ella gateando en la cama. Su sonrisa de medio lado fue su mejor cómplice que disipó los temores de la Pecosa.
—Confía en mí —Susurró él, mientras se colocaba encima de ella.
La besó a conciencia. Fue un beso lento, erótico, sensual y con todo, punzantemente tierno. Pegó los labios a su piel le recorrió el cuello y siguió besándola bajando por su cuerpo. Sopló con suavidad en sus turgentes cimas antes de ofrecerle el alivio de su boca cálida y ávida. A su vez extendió una mano sobre su vientre y cubrió un pecho con la otra, su tacto se tornó más voluptuoso y sensual, sus manos la esculpieron, la poseyeron, y al estudiarla ansiosamente encontró las partes íntimas y secretas que, supo, siempre él reclamaría como propias, mientras tanto, la continuaba saciando con asombrosas y provocadoras caricias.
Al principio con indecisión Candy acarició el torso desnudo de su marido, pero luego lo hizo con audacia creciente cuando ella recibió otra descarga de explosivos besos en la garganta y los hombros. Atormentados y gozosos estaban sus senos desnudos que eran cobijados con la cálida y varonil boca, que los acariciaba y los ponía al rojo vivo con succiones que parecían tirar de una cuerda conectada a sus entrañas, pero más vibró cuando él mordisqueó los pezones, sorbiéndolos hasta que ella empezó a estremecerse.
Ante eso la Pecosa no pudo evitar besarlo; primero en la mandíbula, después en la meji lla, y por fin, en el cuello y torso. Terry se contorsionaba cada vez que sentía los labios húmedos de Candy sobre su carne. Ella lo besaba de esa forma desinhibida, tan voluntaria y salvaje que aquello terminó por desquiciarlo, entonces él se arrodilló ante su esposa y ella no tenía idea de lo que él iba hacer. Se inclinó para rendir tributo al amado monte de Venus el cual fue venerado por las grandes manos del aristócrata. Los ávidos dedos de Terry llegaron al centro de Candy, acariciándolo con ternura y sabiduría.
Sin prisas le besó el vientre y con su lengua rodeó el ombligo de su Pecosa, pero la locura llegó cuando el aliento de Terry rozó la juntura de entre sus muslos. Ya no eran los dedos invasores que la hacían arquearse de pasión. Mientras ella se movía agitada soltó un gemido cuando él deslizó las manos hacia sus pompis y apretó la boca contra su suave intimidad, y aún más delirante fue la sensación que la sacudió cuando con de licadeza él le separó los pliegues de su sexo con la lengua. Candy ya no podía respirar, nunca había sentido tal excitación como cuando la osada lengua de Terry comenzó a acariciarla, la rozaba con la suavidad de una pluma. La Pecosa no podía creer lo que le estaba haciendo su rebelde, no podía creer que aquello fuera tan extraordinariamente placentero.
Y con cada movimiento y caricia él la elevaba más alto, Candy se aferró a las sábanas y se mordió el labio inferior para no gritar ante el dulce y puro placer que fluía por toda ella a raudales. Sin saber si debía suplicarle que parara o exigirle que continuara, todo aquello le resultaba milagrosamente inesperado, y en su inocencia la Pecosa no sabía que todavía le esperaba la mejor parte del placer, cuando éste gozo se convertía en éxtasis.
Candy flotaba en la sedosa oscuridad de la noche donde se hallaba abstraída en algún lugar del universo con un millar de estrellas relumbrando en su sangre. En el aristócrata la pasión destellaba en sus ojos, y en su lengua apareció un dulce sabor que emanaba de su rubia.
—Terry, con el brillo de tus ojos parece que veo tantas estrellas.
—Mmmmhh y tus besos saben a gloria a Pecosa.
Entonces lentamente otra vez, con su hombría inflamada como una antorcha Terry se colocó entre las torneadas piernas de la rubia. Era un hombre grande en todos los sentidos, en el cual ella posó sus manos temblorosas sobre sus hombros fornidos y cuando lo tocaba percibía el estremecimiento que lo recorría. Él nunca había sido tan consciente de cada centímetro de su propia piel, y en ese momento era evidente que Terruce sabía lo que estaba haciendo ya que las dudas desaparecieron cuando ella lo recibió con los muslos abiertos, posándolos alrededor de sus caderas, quedando así su excitación al abrigo de las pier nas de ella.
Las suaves curvas de Candy se oprimían contra él sintiendo ante ese calor como si su anatomía se volviera cera caliente con las caricias del aristócrata estaba sumergida en la urgencia demandante. Cuando Terry se apretó contra ella pudo notar allí la viril vibración y su torso se arqueó debajo de él, cada vez más inquieta buscaba el contacto con el musculoso cuerpo de su esposo.
Terry se balanceó lentamente contra ella, sentía la fuerza de su erección haciendo que su deseo creciera hasta no poder ya controlarlo. Y al recibir el anhelante e inexperto mensaje de aquellos movimientos sugestivos de la Pecosa, el placer latió, la estimulación proporcionada por los constantes roces hasta que las fricciones se convirtieron en deseo desenfrenado. El rebelde apoyó parte de su peso sobre sus antebrazos y levantó su cabeza para mirarla a la cara.
—No quiero presionarte Pecosa —dijo sensualmente— pero no sé cuánto tiempo más podré aguantar.
—No quiero que esperes más… Terry, por favor... —ella se sentía estimulada ya hasta la fiebre.
La obvia masculinidad bañada por la luz de la luna lucía excepcionalmente fuerte, incontroladamente vigorosa, e imperativamente posesiva trató de llegar al punto anhelado. Y tan pronto como la Pecosa sintió la gruesa y férrea virilidad invadir su intimidad ella se echó hacia atrás, rehuyó a la elástica fuerza de aquellas piernas que separaron las suyas con facilidad. Temblando, retrocedió apartándose de los tensos músculos de la cintura y bajo vientre de Terry.
—No, amor —él le murmuró, sujetando sus caderas con firmeza— No te resistas… Confía en mí.
—Perdón... Creo que me ha asustado un poco.
—No temas, no voy a hacerte daño. Nos tomaremos nuestro tiempo.
Ella es inocente e ignorante. Terry está ansioso, tiene experiencia y está desesperado por darle placer, pero está aterrado por causarle dolor. Mientras ella seguía curvándose bajo su cuerpo y urgiéndole para que la poseyera, él sentía en sus oídos los latidos del corazón de Candy acompasados al suyo, palpitaban al unísono. Entonces ya no hubo vacilación, se deseaban con exceso.
—Terry mi amor… estoy preparada.
El aristócrata supo que su suerte estaba echada: Candy era su destino. Y con el último ápice de autodominio que tenía para contenerse con voz estrangulada le susurró:
—Dios mío, Pecosa, has sellado eternamente tu destino al mío.
Y volvió a besarla con vehemencia, con creciente avidez, y acto seguido inició su viaje a través de la frágil barrera, la cual inmediatamente Terry percibió que era pequeña, estrecha y absolutamente inexplorada.
El aristócrata recorre la angostura de una virgen y sabe que le está haciendo daño. Entonces ella se aferró a sus hombros y se concentró en no demostrar ni miedo ni dolor. Y aunque por un instante sintió la amenaza de un ligero dolor, se prometió que ya no se retiraría al sentir la virilidad de su marido.
Amorosamente Candy le brindó su cuerpo y le dejó entrar, le brindó su corazón y le dejó tomar posesión de lo que hacía tanto tiempo a Terruce le pertenecía. Y fue entonces cuando la Pecosa notó que el cuerpo de Terry presionaba justo sobre el lugar donde habían estado sus dedos momentos antes. Pero aquello era algo mucho más duro y grueso. La barrera parece infranqueable y en un nuevo avance su cuerpo no cedería más, Terry luchó contra la resistencia de su virginidad; tomó aire con lentitud mientras él la penetraba despacio, los músculos de Candy estaban tan tensos que temblaban cuando él le ofreció la oportunidad de ajustarse a su tamaño y longitud, con dulces besos y tiernas caricias dilataba su cuerpo.
—Mírame, Candy - Inclinó la cabeza para tomar su boca.
E inundándola con una especie de euforia aterradora y haciendo que la tierra temblara para los dos Terry logró avanzar, ya no había vuelta atrás, ya nada podría detenerlo. En ese momento ella se sintió vacilar al borde del dolor, algo la desgarró y lanzó un grito ahogado al notar una pequeña explosión de dolor en su interior. Era Terry que estaba profundamente enterrado en su alma, los dos se encontraban irrevocablemente unidos cuando su suave carne se cerró con él dentro. La fusión fue instantánea y completa, en ella sus entrañas se suavizaron ante el cuerpo endurecido de él en su interior.
Candy gritó y sus manos se apretaron en el largo y castaño cabello. Segundos después se desvanecía el dolor que se tornaba en amor con sollozos de placer. Era demasiado tarde para arrepentirse, pero al ver la mueca de dolor en el rostro de la rubia, él se disculpó:
— ¡Maldición! No quería lastimarte. Yo...
Ella lo calmó poniendo un dedo en sus labios, y alegrándose de que así fuera le respondió:
—El dolor ya se va. Me gusta cómo te siento, cómo me llenas, es como si antes me hubiese faltado una parte de mí y ahora ya no.
La miró apoyando los codos a ambos lados de su cabeza, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
— ¿Segura que estás bien?... Lo peor ya ha pasado, Pecosa. Ahora, relájate.
El dolor había desaparecido y lo había reemplazado una creciente urgencia que parecía aumentar a cada momento. Sus manos se aferraron a los hombros de él en pequeños movimientos convulsos. Deseaba moverse pues era incapaz de estarse quieta en aquella dulce prisión.
—Mi Pecosa—le dice— esto es lo que sucede entre un hombre y una mujer.
Entonces se retira y ahonda más todavía, más profundo, el impulso de poseerla era casi insoportable así que se hundió más. Él la llenó y la extendió hasta sus límites, y fue maravilloso, como si el vacío que él tenía por dentro al fin hubiera sido colmado. Tanto por ella como por él mantuvo un ritmo firme, resistiéndose a la urgencia de entregarse al placer demasiado pronto, ya que le enseñaría que aquella intimidad consistía en algo más que la dolorosa penetración.
Con los ojos casi oscuros y los parpados a medio cerrar Terry observó el rostro de la rubia cuando empezó a empujar en el interior de su cuerpo, su azul mirada era firme, tan penetrante como su cuerpo, igual de implacable como su deseo y a Candy algunas lágrimas se le escaparon, su rebelde la estaba amando y la poseía con embestidas lentas y densas, amorosas y tiernas.
La carne le palpitaba, sentía fuego entre las piernas cuando nuevamente la atravesó un rayo de pasión. Él la moldeaba a su deseo, arrebatándole el sentido de la individualidad y creando una nueva figura mezcla de ambos al mismo tiempo. La fusión de su calor, aquella sensación volcánica la hizo pensar que iba a estallar por el mero placer de sentirlo parte de ella. Ella se arqueó hacia él ese ardor salvaje la dominaba, mientras que a él una fuerza indomable lo poseía al ver la suave curva del vientre tenso de deseo a medida que él la llenaba por dentro.
Cada vez más Candy se retorcía debajo de su cuerpo, buscaba alivio para el calor que se extendía bajo su piel, que le corría por las venas, que invadía su estómago y que se encendía allí donde sus cuerpos se unían. Ella gimió ante la nueva oleada de calor que cobraba vida en su interior tomando cada célula, cada nervio, era el puro placer de ver y sentir que Terry salía de su interior lentamente para luego, deliberadamente arponearla otra vez. Cada empujón apretaba más el nudo en su vientre, hasta llegar a un punto en que no podía recobrar el aliento. Cada arremetida era deliberada y completa. Ella se entregó a él indudablemente sin límites ni restricciones. Ni siquiera había dos personas, sino que los dos parecían un único cuerpo, un solo corazón y un solo ser.
El anhelo que había empezado en sus labios y en sus pechos no tardó en concentrarse y hacerse más ardiente, y se acumuló allí donde él la llenaba. La Pecosa estaba ida de deseo, susurrando suavemente conforme la excita ción se iba extendiendo:
— ¡Tuya Terry, sólo tuya y de nadie más! —Aquella frase la hacía sentir plena, llenaba su mente, su corazón, su alma.
— ¡Te Amo Pecosa!
Aquellas palabras eran como una letanía de amor, pasión y deseo. Candy siempre lo había sabido; él se lo estaba demostrando en aquellos precisos instantes; y de tal forma que ella jamás lo olvidaría.
Terry sentía la gloria al ver las delicadas manos de la Pecosa abriéndose y cerrándose convulsivamente, agarrándose de su piel o de las sábanas cada vez que él se introducía en ella y la encumbraba en el aire. Las caderas de él se elevaban insistentemente entre los muslos de ella; cada centímetro de contacto resultaba extraordinario, ver la longitud de su propio cuerpo, resbaladizo y reluciente por la humedad del cuerpo de Candy fuerte y resistente deslizándose una y otra vez.
La conexión entre ellos fue creciendo cada segundo que pasaba, cambiándoles el ritmo de la respiración sus cuerpos seguían unidos en una caricia completa que abarcaba desde los pies de Candy sobre las pantorrillas de Terry hasta las manos de ella arrastrándose de arriba a abajo por la espalda de él, quemándose con la armonía fogosa del pecho y el vientre de él al contonearse contra los de ella.
Él emitía los sonidos del exasperado deseo, era el canto glorioso que seguía su complaciente Pecosa pues ya en ese ritmo ambos se mecían y gozaban del baile tan viejo como el tiempo, ya ni siquiera parecían una misma persona, sino solo una dicha plena y absoluta. Ambos daban y tomaban lo que eran y necesitaban. Terry rodeó con su mano la parte trasera del muslo de la rubia y le levantó el cuerpo ligeramente, suspirando de placer ya que la nueva posición le permitía introducirse más en el cuerpo de ella.
Candy clavó las uñas en la ancha espalda de su marido, ella jadeó ante la feroz fricción cuando él empujó más hondamente aún. Se agarró con fuerza de su cuello para no salir volando, Terry le retiró los brazos y ella se dio cuenta de que lo estaba apretando con demasiada fuerza.
— ¡Perdón, Terry!… pero si no me sujetaba así de fuerte me hubiera elevado hasta las estrellas.
— Jajaja, nunca había enviado a alguien hasta las estrellas.
Candy se hubiera tomado todo el tiempo del mundo para asimilar todo aquello pero él no parecía estar dispuesto a ceder más tiempo.
La tomó por las caderas y empujó con vigor, empezó a moverse más rápido, con las súbitas colisiones Candy desfallecía de placer, deseaba que él no parara. Los embates fueron creciendo como un oleaje otro golpe... otro impulso... más profundo y eso a ella la asustó; porque la llenó de gozo, de un rarísimo placer que la incitó a restregar frenéticamente la pelvis contra el cuerpo de su marido. Terruce la observaba alzarse para encontrarse con él estocada tras estocada, hasta que sus piernas se enroscaron alrededor de él. Una ráfaga de calor que se extendía desde el punto en el que se unían hasta con cada vena, cada nervio. El vientre de la rubia se tensó más y más hasta que pareció romperse. Algo intenso y voluptuoso alcanzó la plenitud dentro de ella, algo que no parecía tener fin. Candy se rompió en mil pedazos y se hundió en ese océano, jadeante y temblorosa sintió que una fuente de sensaciones brotaba dentro de sí hasta ahogarla. Ese torrente de éxtasis por fin estalló y la hizo retorcerse y gritar mientras se sentía arrastrada por las oleadas crecientes del frenesí, ondas y más ondas entran, salen y la atraviesan hasta que le tiemblan los muslos y ella sabe que no puede resistir más estaba absorta y sumida en el intenso mar azul de sus ojos, lo abrazó del cuello para no perderse en ese maremoto de pasión.
Su marido dejó escapar un gruñido de satisfacción cuando por fin ella estalló como mujer, convertida en una parte de él Candy dijo adiós a la inocencia y dando la bienvenida al clímax gritó su nombre:
— ¡Terry!... ¡Oh, Terry!... ¡Por siempre tú Terry!
— ¡Calma Pecosa, has regresado de tu viaje a las estrellas!
Candy quedó deleitada ante la dureza y las sacudidas con las que él la amó despacio y desenfrenadamente durante mucho tiempo bajo el capullo caliente de las sábanas, pero al ver que ella finalmente había alcanzado las estrellas, su euforia avivó su pasión que se volvió imparable y endemoniadamente placentera. Terry la sujetó de las rodillas y le levantó las piernas por encima de sus caderas, la apretó con más fuerza arrojándose más profundo en el interior de ella, se movió cada vez más fuerte y más rápido con perfectas acometidas que una a una lo iban acercando al universo que su Pecosa recién había alcanzado.
Ella se estremecía de placer pues él la embestía una y otra vez era interminable seguía y seguía. Los suaves suspiros y gemidos de ella elevaron la tensión y excitación que él sentía, aunado estaba la encantadora esencia a rosas y la sensación de su cuerpo debajo, las caderas meciéndolo con los músculos contraídos, absorbiéndolo, succionándolo. Cada centímetro de placer y delectación enviaba una corriente de candente deseo hacia el anhelante arroyo de entre sus muslos, por ello Terry prolongaría aquello para que la magia durase más. Quería ser él quien le enseñara que podía llegar una y otra vez hasta que desapareciera la frontera entre el dolor y el placer.
Su frente comenzó a cubrirse de sudor y con el cuerpo endurecido por la tensión él siguió empujando dentro de ella, sus movimientos duros y exigentes le hicieron apretar la mandíbula y con cada perfecta penetración Candy oía sus propios jadeos. Terry la abrazó con fuerza, enterrando la cara en su cuello, susurrando suaves palabras de amor antes de dar rienda suelta a la bendita liberación de todo su deseo, todo su dolor y todo su amor. Su cuerpo estaba rígido, caliente y dolorido por la necesidad de aliviarse, por la necesidad de la consumación final. No existía nada más que la urgencia del deseo. Su apremio fue el último latigazo a su frenético deseo. Él volvió a aplastar su lengua contra las albinas cimas de la Pecosa y al atrapar entre los dientes aquella receptiva punta logró que al mordisquearla los gemidos y respiración de Candy se acompasaron con el deseo de Terry, quien sintió cómo el clímax en su interior iba ganando fuerza y enterrándose con todo su ser ya no lograba distinguir dónde acababa él y dónde empezaba ella así perdió el poco control que le quedaba.
Ella aún estaba gimiendo y contoneándose más y más continuó bruscamente con aquellos movimientos, respiraba rápidamente y con dificultad, entonces alzándose de la cama ella le rodeó con las piernas, atrayéndole con los tobillos para que la tomara, más hondo, más rápido, más fuerte fue aumentando la velocidad de sus movimientos hasta que sus caderas se movían en un ritmo magistral con las de él. La Pecosa hundió las manos en la castaña melena primero estirándole el cabello y luego presionando la cabeza de Terry contra sus excitadas cumbres, de pronto, el aliento de Terry abandonó sus pulmones el placer le ahogó nervios y huesos mientras lanzaba un gemido ronco pues juntos compartieron el perfecto clímax, la reacción de su cuerpo y el frenesí de su acalorada pasión explotaron en el interior de su Pecosa.
Candy sintió que una energía surcaba como un fluido veloz sus zonas más íntimas haciéndola gritar con el inesperado espasmo de otro orgasmo, el éxtasis hacía su entrada triunfal. Juntos llegaban al firmamento mientras que hasta a su corazón llegaba el manantial caliente de la liberación amorosa de su Terry, de él escurría la dulce gota de la miel de su éxtasis.
Y en su punto máximo de unión, nació en ella el anhelo de no volver a separarse de ese hombre. Ya nada se podía interponer entre ellos: nada que interfiriera en la desinteresada e irrefrenable comunión de sus cuerpos y de sus almas.
Por primera vez, Candy había sido completamente libre con él, había dejado escapar los sentimientos que hacía tiempo la torturaban. Terry quemó el pasado, las barreras; el orgullo, sus debilidades, todo lo que se había interpuesto entre los dos. Sintieron la fuerza de la unión final, la fundición definitiva de sus vidas, una eterna bendición.
Bajo la neblina de la pasión y el deseo consumado, se quedaron allí acostados un largo rato. Una fina capa de sudor cubría sus pieles mientras yacían en una húmeda maraña de piernas; abrazándose el uno al otro ninguno de los dos quería moverse de allí. Candy se sentía un poco dolorida... y completamente satisfecha. Terry se había dado cuenta al instante de que su Pecosa era virgen. Él había sido el primero. Se sentía eufórico y triunfante.
—Gracias, Candy, por un regalo tan maravilloso. ¿Ha sido muy doloroso? Según tengo entendido, suele serlo la primera vez.
— ¡¿Primera vez… quieres decir que…?!—rápidamente ella se irguió.
—Si mi amor, eras virgen. No es justo lo que has sufrido por ello, aquel imbécil nunca te tocó, solamente fueron falacias para someterte, para separarte de mí.
Le tendió un pañuelo y le hizo una señal.
—Utiliza esto —le dijo —Tu cuerpo no aceptó fácilmente al mío.
Había estado preguntándose para qué hasta que descubrió que había sangre, pero ni siquiera entonces, pese a que le temblaba la mano mientras se limpiaba, entendía.
—Así que nadie te lo explicó... —Terry no podía creerlo. Ella parecía tan segura de sí, tan inteligente e instruida— No te asustes Pecosa, es normal la primera vez que lo haces. Después, ya nunca más vuelve a pasar.
— ¡Terry en tus brazos me convertí en mujer, bajo tus caricias conocí lo que es hacer el amor!
Él también se enderezó y se abrazaron, la cabeza de Candy descansó sobre el hombro de él y la de Terry sobre la de ella. Se tomaron un largo tiempo para gozar la dicha, pero aún estando en reposo, él era como un felino fuerte y siempre en guardia. La pasión lo domaba, pero nada podía cambiar su naturaleza, él era su amante, su legítimo señor.
— ¿Otra vez?...
El rubor de ella le excitó
—Y muchas más Pecosa.
Él volvió a hacerle el amor y lo hizo como nunca antes en su vida, en ese momento de embriaguez pasional Candy comprendió que Terry sentía igual que ella, que jamás tendría suficiente de él, estaban atrapados en la repetición infinita de amarse sin reservas.
Había transcurrido bastante tiempo y aún la mantenía despierta hasta entrada la madrugada y el brillo del deseo seguía estando en sus ojos Candy notó la agitación de Terry, la creciente dureza de su excitación.
— ¡Dios mío! Terry desde el día en que te conocí, no hago más que recibir fuertes y hermosas impresiones.
El aristócrata la miró con una mezcla de ternura y perplejidad. En ese momento, allí recostada, con ese rostro de niña indefensa, parecía extremadamente vulnerable.
—Desde el día en que te conocí Pecosa, no hago más que amarte con locura.
— ¡Oh, Terry! — suplicó contra su garganta— ¡cómo he podido perderme esto!
—Tu queja no es problema, inmediatamente la solucionaré— dijo él seductoramente.
— ¿Acaso los hombres hacen el amor tantas veces cada noche? — asombrada le preguntó, mientras los ojos de él se ensombrecieron apasionadamente.
—Tu esposo sí, Pecosa… ¿Qué tal otro viaje a las estrellas?
—No sé si podré soportarlo, pero gustosamente moriré en el intento.
Esta vez Candy se inclinó sobre él, segura de que aquello sería una maravillosa respuesta para su marido. Ella estaba receptiva, tan ardiente y tan deseosa como Terry, ambos deseaban que aquella noche no terminara. Durmieron hasta el amanecer, después de que Terry le hizo el amor una y otra vez.
Y después de aquella perfecta noche en que la madurez había vencido la inocencia, y el amor al temor, ahí estaban finalmente como marido y mujer.
C O N T I N U A R Á. . .
Gizah
16 / Noviembre / 09
HOLA NIÑAS HERMOSAS: Nuevamente aquí terminé un capítulo más, quedo a la espera de sus comentarios, reclamos, tomatazos, sugerencias, aportaciones, dudas, y demás etc.
MACHEL ANDREW:Hola Machel!!! Eres todo un ejemplo a seguir, mira que siendo una Albertana y expresándose así de hermoso de mi querido caballero, wow! merece toda mi admiración y respeto señorita Andrew!!!
Te confieso Machel que estoy nerviosa con esta actualización ya que aquí se muestra el lado pasional de mi Terry, veamos si él y yo llenamos las expectativas de las Terrytanas, pues mira que el momento donde este hombre nos muestra el placer es prueba de fuego, veamos si resulta todo un maestro seductor…. ¡ay estoy alteradilla!... mejor te dejo para actualizar, incluí un soneto de mi autoría, a ver qué te parece mi poetisa consentida!!! Hasta pronto Machel!!!!
MOONDAN:Mi queridísima MOON!!! Pues yo hubiera empezado y terminado con Terry jajaja, para nada le hubiera hecho caso al pastel… mira que tener un espécimen como el apuesto aristócrata para servirme completamente el día de mi cumpleaños, yo me hubiera encerrado a piedra y lodo con él, no hubiera perdido tiempo ni para desayunar, comer y cenar. Él hubiera sido mi único alimento durante ese día, lo hubiera aprovechado para que saciara mi otra hambre de él.
Por eso estoy igual de enojada que tú con la Pecosa, ¡¿cómo se le ocurre tratar a sí a nuestro amado caballero?! En fin… si no reacciona yo me adjudicaré a ese bombón y lo haré infinitamente mío una y otra, otra y otra vez jajaja. O tú qué harías Moon?... TQM Nena, con cariño va el capítulo cachondo, ojalá que lo disfrutes Pequeña!!!
MALINALLI: Mi Querida, Maly!!! Dónde estás que no te encuentro??? Comadre pues aquí te traigo actualizado al ahijado jiji… a ver qué sale?! En tu honor incluí el soneto que tanto te gusta, lo hice porque sé que lo disfrutarás y porque siempre que lo leo me acuerdo de ti. ¡Ay Maly! No sabes cuántos cambios has hecho en mi vida Amiga, pero lo que más te agradezco es el brindarme tanta seguridad para escribir, wow! eso sí que no sé cómo pagártelo Amiga, por eso de todo corazón te dedico este capítulo. Mil gracias por tus inigualables palabras. TQM
LERINNE: Hola Amiga!!! No te apures en la cantidad de palabras que me escribes, para mí lo importante es que no dejes de hacerlo, porque cada review de ustedes es lo que me motiva a actualizarles. Lerinne gracias por seguir leyéndome eso sí que me carga la pila de pura energía positiva. Ojalá que hoy también te sorprenda este capítulo. Ahora yo esperaré ansiosamente tus comentarios. Hasta pronto Amiga!!!
ELHYZHA:Ely, Ely!!! Aquí estoy con tu ansiada actualización… ¡ay mujer! No sabes cuánto sufrí con este capítulo… pues imagínate: es donde se tiene que lucir nuestro amado y perfecto Terry, tiene que lucir como todo un incansable AMANTE, nos tiene que enamorar con sus dotes de seductor, nos tiene que elevar a ese paraíso, que con lo ardiente de su fuego no importa que sea infierno siempre y cuando sea él quien me acompañe eternamente jajaja. Estoy alucinando, mejor te dejo para que leas. Espero que sea de tu agrado Amiga!!!
I LOVE TERRY: ¡Hola Nena!!!
Te cuento que ese maldito de Neil aún no termina de pagar su mal… pero por lo pronto a nosotras las Terrytanas nos urge otra cosa verdad?... Traté de actualizar lo más pronto posible pero no quiero tardarme más, por eso discúlpame por ser tan breve en responderte hoy a tu review, pero sé que te gustará más leer la actualización que mi respuesta, o no? Bueno Nena, te agradezco muchísimo tus hermosas palabras, siempre me han ayudado a la hora de escribir. TQM y hasta pronto!!!!
KARELEM:Hola Paisana, pues aquí andamos de rondín otra vez, y después de las celebraciones de nuestro nuevo estadio y de gozar con los goles del "Santos", pues me dí a la tarea de actualizar… a ver qué te parece este capítulo Karelem, ojalá que lo que esperabas Amiga. Hasta pronto!!!!
AKANE KOGOME:Mi Queridísima AkaneKogome, no sabes cuánto sufrí al pensar que ya no me escribirías… así que estamos a mano con los sufrimientos jiji…
Amiga, déjame platicarte que gocé infinitamente al leer tu review: ver que disfrutaste y sufriste con el anterior capítulo me llenó de emoción (que maldita soy jiji) pero el hecho de saber que sentiste lo mismo que yo al escribirlo me hizo sentir "coronada", ya que al comprobar que otros lejanos ojitos y corazón sintieron y vieron lo que yo quería transmitir sí que me emocionó.
Ahora seré breve en responder tu review jajaja… y lo hago para apresurarme en subir la actualización, esto es bajo la premura de tu solicitud de actualizar a la brevedad.
AkaneKogome, no tengo palabras para agradecerte la esplendorosa emoción que me brindas con tus comentarios, gracias por traerme a esa musa que logra que salga todo lo que deseo expresar. Gracias por existir y contactarme, no sabes cuánto te apreció aún en la distancia y aún sin conocernos. Saludos!!!
DIANIS:Hola querida Amiga, ahora sí que ha pasado un buen tiempo sin que crucemos palabras, caray! Cada vez me ausento más… en fin ya habrá tiempo para compartir nuestras amenas charlas. Por lo pronto te agradezco infinitamente tu atención a mi fic, y como siempre no te equivocaste mi DIANIS como buena Terrytana tu sexto sentido no te falló y creíste en la Pecosa. Ojalá que hayas disfrutado de esa noche de bodas. Te mando mil besos, abrazos y cariñosos saludos. TQM Diana!!!
LADY: ¡Hola mujer! Estoy super apenada contigo, pues mira que eres la chica más ansiosa (después de Candy) por desear que ya sucediera la consumación jaja, y yo tan lenta en escribirla verdad? Jajaja yo no sé como sobrevivió Terry a tan ardorosa espera…En fin… aquí está espero que sea de tu agrado. Mil gracias por estar al pendiente de este fic.
