I N Q U E B R A N T A B L E

CAPÍTULO 18

"EL FINAL"

«Si fueras, como te imagino, un dulce sueño,

Lo único que te pediría es que te hicieras realidad»

Al día siguiente, Candy se despertó con una sensación de felicidad muy intensa. Se sentía libre, limpia desde su interior. Terry no había sentido repugnancia por ella ni aún cuando la rubia le confesó sus temores. Habían hablado como amigos y se habían unido como amantes. Una sonrisa adormilada iluminó su rostro al recordar el placer que habían compartido, la unión de sus cuerpos que durante esa noche había pasado más tres de veces.

La luz del sol entraba inoportunamente por las ventanas en las que las cortinas se habían mantenido abiertas calentando así la sábana de seda, la cual Candy no se molestó en apartar. Su marido aún dormido la mantenía abrazada contra su pecho, tenía su brazo alrededor de su pequeña cintura y un muslo sobre las esculturales piernas. Al sentir la Pecosa los rayos solares sobre su desnuda espalda comparó a su amado aristócrata con el astro rey, pues Terry también irradiaba llamas y estaba repleto de energía, luz y calor.

En ese momento él despertó y apartó la manta que cubría parcialmente su cuerpo. Candy al ver como él se levantaba, igual ella sintió su emoción elevarse tal como ese sol que se colocaba muy por encima de todo lo demás, esa alegría y ese amanecer ahora iluminaban el horizonte de sus vidas juntas.

Con una gran sonrisa la rubia recibía el calor de su rebelde, el cual tiernamente se recostaba sobre ella.

— ¿Qué tal dormiste Pecosa?

—No creo que me hayas dejado dormir ni un instante.

—Yo por lo regular no duermo cariño. Además, acabo de hacer un descubrimiento maravilloso: eres un colchón estupendamente suave.

—Sí, anoche me lo dejaste muy claro y en numerosas ocasiones.

—Jajaja… Pecosa… ¿No te parece que ha transcurrido un siglo desde anoche? —le susurró.

—Sí —asintió ella, y se quedó mirando el azul profundo de sus ojos mientras él la empujaba contra las almohadas.

—¿Creías que eso era lo único que ibas a tener? —él murmuró— Hay más, mucho más. Te lo prometo. —enseguida la besó.

Las manos de la rubia ansiosamente recorrían todo su atlético cuerpo, pero hubo un freno cuando ella sintió un pequeño bordo en un muslo de su marido. Lo recorrió suavemente con la yema de los dedos y luego bajó la cabeza para ver de qué se trataba. En ese momento, de manera repentina Terry se apartó, Candy inevitablemente siguió sus pasos con su mirada. Se quedó boquiabierta de ver totalmente el perfecto cuerpo de su esposo, su ancho torso y toda su desnudez brilló a la luz de la mañana.

— ¡Vamos Pecosa, no te vayas a desmayar! —lo dijo para que ella apartara la vista de sus muslos.

— No me desmayaré…—con su voz ahogada por la vergüenza de haber sido sorprendida mientras lo veía embelesada, apenas respondió.

—No, pero… por lo que parece te morirás de vergüenza—murmuró él con su sonrisa de medio lado.

Entonces los verdes ojos se centraron en la pequeña cicatriz encarnada que él tenía en la parte alta de su pierna, era ese bordo que ella recién había acariciado.

— ¿Terry… tan cerca estuve de perderte para siempre?—preguntaba refiriéndose al peligro que él enfrentó durante su larga ausencia.

—Sí—dijo él brevemente, no quería recordar su terrible encierro, y mucho menos en el mejor momento de su vida.

— ¡Oh Dios, cuánto dolor debiste sufrir! —le respondió Candy mientras él se encaminó a la puerta. — ¿Adónde vas? —ella preguntó moviéndose entre las lujosas sábanas.

— ¿Te gustaría desayunar Pecosa?

—Sí, yo… tengo muchísima hambre. —ruborizada contesto, mientras los labios de Terry esbozaron una pícara sonrisa.

—Jajaja, es comprensible Candy… Te he ordenado un gran desayuno.

—No te burles —protestó, frunciendo el ceño —Si me sigues exigiendo estas extenuantes demostraciones de cariño, vas a tener que alimentarme bien.

—Jajaja! Bienvenida a mi mundo Pecosa!

Ella le lanzó una almohada y él inmediatamente regresó a la cama. Candy lo atrapó, con sus brazos rodeaba el cuello de su esposo que suspiraba de placer. Sus ojos brillaron con lágrimas de felicidad; Terry, comprendiéndola con la aguda percepción que trae el amor la abrazó. Se sonrieron, y entonces sus labios se encontraron en un apasionado beso.

La rubia rápido entendió que amaba ese momento más que ningún otro, cuando ella se convertía en todo su mundo absorbiendo todos sus pensamientos y sensaciones. Empezaron a hacer el amor con fervor, parecía que se devorarían el uno al otro… besos y caricias no eran suficientes, era como si estuvieran compitiendo por demostrar quién de los dos había estado más necesitado de esa pasión durante tanto tiempo.

Una vez más la experiencia había sido tan placentera y excitante. Agotada y con la piel sonrosada de placer la Pecosa se removía en los brazos de su marido, yacían en el lecho descansando cuando en ese momento tocaron en su puerta la rubia se sorprendió, no sabía que hacer, si quedarse o esconderse.

—Tranquila, Candy estamos en nuestra casa, y lo más natural es que durmamos en la misma cama como marido y mujer.

—Si tienes razón… lo siento.

Permitieron el paso y al abrirse la puerta Dorothy pasó con un festín de charolas. Ambos desayunarían en la cama y a partir de ese momento tan íntimo y expuesto, se revelaba "completamente" como la Señora de Grandchester.

— ¡Qué delicioso se ve todo esto! — dijo sentándose y empezando a servirse.

Frente a ella tenía omelettes, hot cakes, pan acabado de hornear, un tarro de mermelada, mantequilla recién batida, fruta fresca. Tan delicioso era el aroma del café como la vista de la leche, y el jugo.

— Mi primer día como tu mujer… ¡Y vaya que deliciosa y complaciente celebración!

— ¡A sus pies mi Pecosa-Reina!

* * * * * *

Era increíble lo rápidamente que se habían acostumbrado a estar casados. Durante sus largas permanencias en su mansión ellos se gozaban tanto el uno del otro con su compañía. También salían a pasear constantemente: picnics, comidas, compras, salidas al teatro, a la ópera, visitas a sus familiares y amigos. Y aún así también se daban su tiempo y espacio para salir por separado para realizar sus actividades personales.

— ¡Su excelencia! —Exclamó al salir a su encuentro Sor María— Qué honorable su presencia mi lord.

—Sólo he venido a hacerles entrega de mi donación para el orfanato. —Y del bolsillo de su chaqueta sacó una orden de pago que entregó a la religiosa.

— ¡Por todos los santos! Esto es maravillosamente generoso de su parte, excelencia. Por favor, acompáñeme lo llevaré de inmediato con la madre superiora.

—Me temo que no podré quedarme mucho tiempo. —se negó.

No tenía intención de quedarse mucho tiempo ahí, su visita era exclusivamente con fines filántropos, estaría ahí sólo lo justo para dejar su cheque con una suma considerable para los huérfanos.

—Gracias a sus generosos donativos, la madre superiora ansiosa lo espera para mostrarle los logros alcanzados con su caridad.

—No es necesario hermana. — Él podía permitírselo y siempre secretamente había ayudado a los niños abandonados. Destinándoles el dinero que su padre mes a mes le proporcionaba y que él con gusto donaba.

— ¡Por favor, Sir Grandchester!

Terry se encogió de hombros y aceptó.

—Muy bien, vayamos.

Al ir caminando el aristócrata no apartó la vista de los niños que jugaban en el jardín. Todos estaban vestidos con sencillez, pero aseados y bien peinados, jugaban siguiendo a una rubia que no se dejaba alcanzar. Su mirada azul se iluminó al reconocer a la mujer que reía con todos esos infantes, y cuando la tuvo enfrente los verdes ojos de ella se abrieron desmesuradamente presa de la impresión.

Candy al ver cómo su marido pasaba cerca de ellos se quedó inmóvil, su expresión cambió al instante. Salió de la impresión gracias a la voz de la madre superiora que también se acercó a ellos.

—Sres. Grandchester aprovecho tenerlos juntos para agradecerles a ambos su gran ayuda. Es una verdadera bendición contar con su apoyo, ya veo que tienen tantas hermosas cosas en común como el hecho de ser benefactores de este "hogar de niños".

Tras el descubrimiento el estómago de Candy se contrajo como si hubiera recibido un golpe. Gratamente la habían sorprendido y emocionado las actividades benéficas y secretas de su esposo.

Durante sus largos y constantes paseos por todo Londres y Escocia, Candy había notado que dichos lugares carecían de suficientes albergues para atender a los numerosos niños sin hogar. Su inagotable bondad la hizo involucrarse, ella haría lo que estuviera a su alcance para evitar que esos niños sobrevivieran de manera precaria en las calles, o peor que terminaran como vagabundos o mendigos.

Por esa razón Candy discretamente había realizado varias actividades para recaudar ingresos destinados para esas organizaciones caritativas. Deseaba que todos los huérfanos fueran aprendices de algún oficio o que crecieran bajo un cálido techo, asegurándoles sus tres comidas al día, tal como ella lo había vivido en el Hogar de Pony.

— ¿Así que cuánto tiempo haz estado viniendo al orfanato Pecosa? — Él fue el primero en preguntar— ¿Lo disfrutas, o te hace sentir triste? —

—No olvides que fui una huérfana, de sobra sé el valor que representa la ayuda y atención que reciben estos niños… pero tú… Terry nunca hubiera imaginado que financiabas varios orfanatos.

—Pecosa… Conocer las horribles situaciones por las que esos niños llegaron aquí es suficiente, pero cuando te ven entrar con algún libro para leerles, o les brindas parte de tu tiempo para jugar, es increíble ver cómo sus sonrisas logran desaparecer toda la tristeza. —Él prácticamente destellaba al hablar.

—Terry, pienso que debes hacerte duque. — dijo ella muy emocionada.

—No bromees Pecosa.

—Pienso que eres bueno con las personas, sé que ellas te aprecian… respetarían lo que tengas que decir y ofrecer. Eres tan inteligente, bondadoso y carismático.

Aunque la idea a él le pareciera completamente ridícula, proviniendo de ella sólo sabía que venía del corazón y que no sólo lo decía como un cumplido.

—Gracias Pecosa, sé que verdaderamente me amas.

— ¿Entonces lo harás?

—No sé si haré eso, pero al menos te prometo que lo pensaré. Ya es hora de volver a nuestro hogar mi señora "Pecas".

* * * * * *

Horas después Terruce seguía pensando en el consejo que había recibido de Candy, recordaba que desde el mismo momento en que él había sido separado de su madre, lo habían educado en la tradición de los Grandchester que consistía en una herencia antigua de honor, lealtad y deber.

Por ese exigente y frío karma Terry siempre se había negado a ser como su padre y como su abuelo. Rechazaba sus obligaciones como heredero ya que sólo él sería el responsable de la dignidad, la posición política, las finanzas de la familia y su legado. Pero ahora veía la vida de distinta manera, había tenido demasiadas vivencias difíciles, conocía el alcance del poder en pro de ayudar a los necesitados.

Por fin había decidido que también cumpliría su deber con orgullo, por amor a sus seres queridos Terry se aseguraría de que a nadie de su familia le faltara nada en ningún aspecto. Sería él quien mantendría a su esposa y en algún futuro a sus hijos, enorgullecería a sus padres. También meditaría si sus actos podrían realzar o manchar el prestigioso apellido Grandchester.

Pese a las locuras que había cometido durante su época rebelde. Había madurado hasta convertirse en un joven sensato y responsable. Pero aún así, Terry no abandonaría su deseo de seguir actuando, era una necesidad que salía por cada poro de su ser.

Él seguía cavilando en que no tendría nada de malo que ejerciera las dos cosas a la vez. Estaba tan centrado en sus pensamientos que no se dio cuenta que sus padres habían llegado a visitarlos.

— Terruce, hijo ¿puedo pasar?

—Si padre, adelante.

— ¿Qué te pasa hijo, tienes problemas? ¿Por qué estás aquí encerrado?

—Padre he estado pensando en cierto consejo que Candy me dio respecto… en aceptar un escaño en el Parlamento. ¿Qué te parece la idea Padre?

— ¡Hijo, es la mejor pregunta que me has podido hacer! —Con su mirada expresivamente emocionada Richard siguió — De antemano conoces mi respuesta Terruce. La he soñado infinidad de veces hijo.

Mientras que en el salón principal las mujeres americanas tomaban su té, charlaban sobre las actividades de ese hombre-amor que ambas tenían en común.

— Candy, me he enterado de los proyectos teatrales que tiene Terry con Charles "Chaplin", lo supe porque también él es mi amigo y al comunicarme con él para felicitarlo por su matrimonio con Milred, Charles emocionado me informó de la sociedad que han formado este par de exitosos actores: Chaplin en el cine y Terry en el teatro. ¡Qué coincidencia!

— ¿Coincidencia?... no lo sé ya que por azares del destino ellos se conocieron gracias a una pantomima en la calle… Jajaja —haciendo una rápida conclusión Candy hace un alto en su relato y le preguntó a su suegra — ¿Sabías que Terry ha conocido a sus mejores amigos en la calle?... me refiero a Albert, Charly, Armand y Chaplin… Bueno volviendo al tema, ellos se conocieron cuando Terry tenía 9 años a raíz de eso se hicieron buenos amigos, y tu hijo se escapaba del colegio para ir a ver actuar a Chaplin cada vez que se presentaba aquí, y antes de que su mejor amigo de la infancia se fuera de gira a América con la compañía de Fred Karno.

— ¿En verdad Terruce ha conocido a sus mejores amigos en la calle? Jajaja, no sé porqué me sorprende, si mi hijo es todo un enigma, mi rebelde actor, siempre tan sorprendente.

—Por eso ahora que Chaplin regresará a Europa, ellos juntos fundarán su academia de actuación y también crearán su propia compañía teatral aquí en Londres para fomentar el talento "inglés". Pretenden realizar ese sueño que ambos compartieron desde niños.

— ¡Ay mi hijo! Por muy ocupado que esté, sigue siendo el rebelde que no ha roto con su propio mundo y nunca lo hará. ¡Es un apasionado y nato actor!

—Si, Eleanor, tiene un sentido del deber demasiado fuerte para hacerlo. ¡Es un caballero leal!

— ¡Y un futuro duque! —dijo Richard mientras se unían él y Terry a la plática de las damas.

— ¿Cómo? —preguntaron ambas mujeres.

—Así es, he decidido aceptar el ducado de mi padre, por lo que seré el siguiente Duque de Grandchester.

*****

Después de que Terry aceptó el deseo de su padre de convertirse en el siguiente Duque de Grandchester, diariamente acompañaba a Richard al Parlamento Británico. La relación con su padre era mejor que nunca, podían hablar de hombre a hombre. Ahora que pasaban bastante tiempo juntos podían tratarse como padre e hijo. Gracias a las horas de trabajo y convivencia invertidas en el despacho de los Grandchester éste especial lugar se estaba llenando de hermosos recuerdos: Richard estaba ansioso por enseñarle, de la misma manera que Terry estaba ansioso por aprender.

Terruce se desenvolvía perfectamente en la Cámara de los Lores, su aplomo y su inteligencia no parecían flaquear en ningún momento. Su experiencia en la toma rápida de decisiones importantes, junto con su vitalidad de hombre joven, complementaban la sabiduría madura y serena de su padre. Eran una respetable mancuerna aristocrática.

A pesar de que las nuevas responsabilidades de su marido le privaban de pasar más tiempo con él, Candy estaba dichosa de ver cómo día a día la relación entre su esposo y su suegro se estrechaba y fortalecía más y más. Por las mañanas desayunaban juntos y después de eso Terry se despedía con un tierno beso, últimamente le prometía no entretenerse demasiado en sus deberes diplomáticos y artísticos, pero el hecho de estar desarrollando a la par tanto su deber como su pasión le hacía regresar a su hogar a veces muy tarde u otras muy "temprano" encontrando recostada a Candy quien siempre despertaba de su sueño ligero para recibirlo.

El joven aristócrata consciente de que su esposa siempre amorosamente lo esperaba, él volvía tan pronto como le era posible, pues sabía que ella yacía en su cama sin más compañía que sus sueños.

Esa noche en el momento que Candy lo escuchó abrir la puerta se levantó y vio el reloj, notó que ya era más de media noche.

—Lo siento, Pecosa, no pude evitarlo. —le decía mientras cruzaba la habitación hacia ella y la abrazaba como si no la hubiera visto durante meses.

—Terry te extrañé tanto que necesito oír tu voz, sentir tus labios.

—Decídete —se burló él— ¿Qué prefieres que te bese o que te hable?

—Las dos cosas. —sensualmente le respondió.

—Como usted ordene, mi señora —dijo él complaciente.

—Dime Pecosa ¿cuánto me amas?

— ¿Quieres que te lo diga? ¿O prefieres que te lo demuestre? —ella le susurró

—Las dos cosas —contestó él anhelante.

Fundiéndose en un tórrido abrazo por donde sólo pasaba la luz de la luna que era la muda espectadora de esas noches de pasión. Había sido la infalible testigo de sus muestras de amor que no reprimieron ni una sola vez desde su primera entrega.

Sus actuales besos y caricias nada tenían que ver con la noche de bodas, en brazos de Terry, la rubia aprendió las innumerables formas en que un hombre y una mujer podían amarse. Él hechizado por esa tersa y nívea piel cada noche encontraba mil formas de hacerla suspirar, temblar, gemir, gritar. Si Candy hubiera sido capaz de tener algún pensamiento racional, se habría escandalizado por algunos aspectos en su forma de hacer el amor, pero en esa atmósfera era imposible pensar, todo se reducía en sentir y dar.

— ¿Terry, en verdad te complazco?

—Pecosa, si llegas a complacerme un poco más, me matarás de un infarto.

Abochornada por su osada pregunta y emocionada por la estimulante respuesta se quedó callada.

—Candy, no tienes que preocuparte tanto. Me enloqueces y no deseo otra cosa más que atenderte y darte mucho placer mi señora… y, a cambio de esto es muy probable que tú me des un montón de hijos e hijas.

*****

Al día siguiente Candy se despertó muy temprano y ya se encontraba en la cocina, quería llevarle el desayuno a Terry hasta la cama, sabía que debía que alimentarlo perfectamente por todas las actividades que éste realizaba. Además quería dejarlo dormir lo más que pudiera para que descansara. Pero sus planes se vinieron abajo cuando a la rubia la vista se le nubló, se puso lívida y empezó a sentirse mareada.

—Candy, ¿te sientes mal? —Le tomó las manos y estaban hela das— ¡Sr. Grandchester! —gritó.

—No, no lo llames Dorothy, sé lo que me pasa, no hay necesidad de alarmarlo.

—Pero es que te ves muy mal, lo mejor será que le avise. Y conociendo su carácter no quiero que me corra por ocultarle esto.

— ¡Dorothy, estoy embarazada!

— ¿cómo?

—Solamente estoy esperando el momento adecuado para darle la noticia. Desde hace unas semanas me he sentido "distinta", además de los malestares y ascos que últimamente he sufrido… tampoco he tenido mi menstruación Dorothy.

— ¡Qué felicidad Candy! Entonces comprenderás que no puedo permitir que sigas aquí, si quieres que guarde tu secreto será mejor que te vayas a descansar al lado de tu marido. Mira que ahora se pondrá el doble de gruñón y exigente en el cuidado tuyo y de su hijo.

—Está bien Dorothy lo haré, iré a recostarme nuevamente con él… sabes Dorothy, hoy se me antoja desayunar en la terraza de mi alcoba, mientras cocinas, yo pondré la mesa.

— ¡Claro que sí Candy! También te prepararé tu pastel de chocolate.

—Gracias Dorothy, eres una verdadera amiga.

*****

Minutos más tarde el joven matrimonio disfrutaba de un delicioso desayuno, lo tomaban al aire libre, en el amplio balcón que tenía una vista espectacular al enorme jardín de su mansión.

—Tienes la boca llena de mermelada.

—Estás mintiendo —lo acusó con la boca llena, mientras verificaba que estaba mintiendo —No tengo mermelada en la cara.

El aristócrata tomó un poco de mermelada con el dedo, y se la untó en los labios.

—Ahora, sí…

— ¡Terry, eres un tramposo!

—Ese no es problema, en este mismo momento te la quito.

Y al instante tomó a Candy sentándola sobre sus rodillas, y con un dulce y profundo beso retiró la mermelada del rostro de la Pecosa, pero la delicia de los labios de Terry ya estaban saboreando el cuello de su esposa, y sus manos ya vagaban por debajo del camisón. Tan embelesados estaban que no percibieron el llamado a la puerta que hizo Dorothy para entrar a la habitación.

—El té, y tu chocolate, Candy, ¡oh! —se impresionó la moza al ver la íntima escena de la joven pareja.

— ¡Diablos! ten piedad mujer—espetó Terry.

Dorothy depositó asustada la bandeja sobre la mesa para desaparecer apresuradamente cerrando la puerta, salió tan de prisa que se olvidó de avisarles que tenían visita y que los esperaban en el jardín.

— ¿Dorothy? ¡Oh, qué escandaloso! —y le dio un empujón a su marido y se puso de pie.

—Olvídate de ella, ya no está aquí salió volando… ¿qué estábamos haciendo?

—Hmm, déjame pensar… —con los ojos entrecerrados, ella ladeó la cabeza— creo que estabas besándome por aquí. —indicó su cuello.

— ¡Ah!, era eso —se levantó y abrazó a su Pecosa— me gustaría terminar de desayunar en la cama.

—Terry quizás seas un poco insaciable —dijo mientras se anudaba el camisón.

—Tal vez pero aún me falta mi postre Pecosa—dijo seductoramente Terry.

—Definitivamente eres voraz. — Ella profirió una risita y se recargó en el balcón, pero él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí.

— Pero… si tú eres la que casi acaba conmigo anoche —Él la besó en el cuello— ¡Admítelo!

—No, no seas tan engreído. —ella le retaba mientras se colgaba de su cuello.

—Jajaja eres una cobarde y una tramposa —siguió provocándola

Evadiendo su broma y para irritarlo la rubia, levantando la cara para que le diera el viento y el sol, exclamó:

— ¡Ah, qué maravillosa brisa!

*****

Terry y Candy estaban juntos, sonreían y se alimentaban boca a boca, habían intercambiado demasiadas bromas y caricias en esa terraza. Eran una pareja extraordinariamente compatible, ella tan alegre y él tan bromista. Y fueron sus carcajadas, sus sonrisas y el sentimiento de alegría compartida lo que golpeó el espíritu de ese ser que desde el jardín los observaba. Contempló la diversión de ese par, algo que ni siquiera desde su infancia había podido disfrutar.

Cuando Dorothy regresó con esa persona para darle la respuesta de los esposos, descubrió que mientras los esperaba desde allí los estuvo observando tras el quicio de la puerta del jardín. Al notar la tristeza en su rostro la moza se compadeció de su expresión y le dedicó una sonrisa como muestra de comprensión.

—Con todo respeto, pero… considero que no es conveniente que vea al Sr. y Sra. de Grandchester. No le hará bien. —osó a sugerir Dorothy.

No esperaba recibir aquella delicadeza en la voz de la empleada, aquella pena y aflicción con que la trató, sólo le ayudó a tomar fuerza y con un esfuerzo se endureció de nuevo y le respondió:

—Definitivamente, los esperaré.

*****

Ellos seguían abrazados en la terraza… Las cosas parecían tan esplendorosas esa mañana que en ese instante Candy decidió darle la noticia de su embarazo a su esposo, pero justo en ese momento un golpe en la puerta fue el único aviso antes de que ésta se abriera y se escucharan unas voces enfrascadas en una encendida discusión, tan pronto como una inesperada persona ingresó a la habitación, Dorothy se detuvo en el umbral, ya nada podía hacer para detenerla.

Un extraño silencio se adueñó de la estancia en cuanto ella entró, era una figura elegantemente vestida con un gran abrigo y un sofisticado sombrero. Cuando la voz indeseable de esa mujer resonó tras su espalda, la expresión indescifrable de su rostro era mucho más evidente que la de su esposa. Al girarse Terry se encontró cara a cara con esa mujer a la que hacía tiempo que no veía, y que desde luego no le complacía mirar.

— ¿Eliza? —balbuceó la rubia.

Había aparecido Eliza Leagan irrumpiendo en el balcón conyugal, echaba fuego con la mirada por encontrar al joven matrimonio unidos en su amoroso abrazo, aún vestían su ropa de dormir y al ver su perfecta armonía sintió que la ahogaba la envidia, sabía que ella nunca había logrado aquello, tener la capacidad que ellos tenían para disfrutar hasta de las cosas más sencillas. A pesar de tener un marido notoriamente acaudalado Eliza no era feliz, se había casado con un "nuevo rico" francés y lo había hecho porque sólo le interesaba el dinero que éste demostraba y despilfarraba.

Bajo ese manto oscuro que cegaba su corazón la pelirroja se dirigió arrojadamente hacia la rubia plantándose delante de ella y cómo era de esperarse, en Terry se impuso su instinto de protección.

— ¡Malditos! Son un par de bastardos que se han estado revolcando mientras yo y mi familia enterrábamos a Neil.

Mirando a su alrededor, Candy se mordió los labios para no llorar, miraba hipnotizada el gesto de odio dibujado en el rostro de Eliza. Su respiración le llegaba como un escalofrío clavándose hasta el fondo de su ser. No podía creer lo que había escuchado, las palabras de Eliza tenían el tono y efecto de una voz fantasmal y demoniaca.

La rubia en verdad se asustó y aunque el cuerpo de su marido la cubría como escudo Candy no veía la manera de escapar. Buscaba en su mente el porqué a lo largo de los años, sus caminos siempre se habían cruzado. « ¿Por qué siempre tenían que aparecer los Leagan en su vida? » pensó.

— ¡Y tú eres la culpable, maldita huérfana! Tú que lo hechizaste y fuiste su perdición.

— ¡No, es verdad! —reaccionó la rubia, descargando su ira contra Eliza—La obsesión y la locura llevó a Neil a donde está.

—Fue tu culpa, si él no hubiera ido a tu boda… Neil no se hubiera caído de ese caballo… no hubiera quedado postrado en una silla de ruedas… tú—la calló Terry al intervenir.

— ¡Basta, Eliza! Es mejor que te largues de mi casa, no toleraré que vengas a culpar a mi esposa de la cobardía y debilidad que tuvo tu hermano para suicidarse. —la desafió Terry.

—Cuando se hiere el orgullo de un hombre, es difícil saber de qué podrá ser capaz. Y ustedes lo orillaron a eso. ¡Neil ya no era un hombre, en su boda ustedes lo dejaron paralítico! ¡¿Cómo podría vivir así?! —El odio de la mujer era casi palpable.

— ¡Orgullo le faltó para haber enfrentado la vida. Tu hermano siempre fue un cobarde! —enfurecido le seguía gritando Terry— ¡Estúpido Neil! Tuvo más valor para jalar el gatillo de su pistola que las ruedas de su silla.

—Tú mejor deberías cuidarte Terry… que no ves que ya lleva dos muertos de la misma manera, Candy es una maldita hechicera, primero los seduce, los va envolviendo poco a poco, los enloquece hasta lograr que en nombre del amor en su locura se pierdan, recuerda que lo mismo le hizo a Anthony. Tú podrías ser el tercero duquecito. —Venenosamente le decía Eliza al aristócrata, pero luego volvió su ataque en contra de la Pecosa — ¿Cuántas cruces más piensas colocar huérfana?... Anthony, Susana Marlowe, y ahora una más con la muerte de mi hermano.

La rubia estaba cayendo en un torbellino de miedos y temores, la culpa la atormentó. « ¡Dios mío! ¡¿Qué he hecho?!» Mientras todo a su alrededor parecía inmensa felicidad, la tristeza profunda mezclada con el odio infinito del rostro de Eliza expresaba a gritos silenciosos su desconsuelo. Era paradójico, pensó; esa mañana, ella al lado de su marido festejaba lo que creía su dicha, mientras que Eliza se sentía el ser más desgra ciado de este mundo al enterrar a su hermano.

La pelirroja sonrió endiabladamente.

— ¿Ya le contaste a Terry, lo que provocó tu último encuentro con la Marlowe?

El corazón de Candy casi dejó de latir, se quedó inmóvil en su pecho, agonizando como si estuviera muriendo, como si la sangre hubiera dejado de correr por sus arterias.

Eliza insistió, implacable la quería hundir, quería hacer que se derrumbara.

— ¡Vamos, dile que tras tu visita a Susana Marlowe ella murió! Dile que no respetaste su agonía, que aún así tuviste la osadía y desvergüenza de aparecerte ante ella. ¡Dile que la impresionaste tanto, que paralizaste su corazón!

Candy miró a su marido y las lágrimas llenaron sus ojos.

—Terry, yo... —musitó, y entonces se echó a llorar.

— ¡Lo ves Terry tu dulce Candy no es tan santa. Ella también mató a Susana Marlowe! ¡Candice White es una maldita asesina!

— ¡Mientes Eliza Leagan! —dijo aquella conocida voz, luchando por sonar muy fuerte.

Candy estaba al borde de un colapso cuando una segunda figura hizo su aparición, ante la cual todos se quedaron turbados por la inesperada presencia de aquella mujer.

— ¡Vaya! Pero si es la "coja plantada" ¿Vienes por tu "prometido"? Jajaja

— ¡Susana! —susurró Terry al verla que ingresaba apoyada del brazo de la moza.

La bella mujer de mirada azul celestial, iba vestida de pies a cabeza con un manto negro que dejaba descubierto solamente su rostro y sus manos.

— ¡Gracias, Dorothy! —Susy le agradeció a la chica su ayuda antes de que ésta se retirara a sus labores.

Mientras a Candy todo le daba vueltas, apenas era capaz de creer lo que veía y escuchaba, era la voz de Susana quien se iba acercando a ellos con pasos lentos y pausados. Su andar no era ágil, sino una especie de sucesión de paso y cojera, pero que le estaba permitiendo llegar hasta donde quería ir, y sobre todo ya haciéndolo por sí misma.

— ¡No lo puedo creer! Creo que ha llegado tu hora de pagar huérfana, hasta el fantasma de Susana se ha presentado para pedirte cuentas. —Sarcásticamente dijo la malvada mujer.

—Eliza, lamento mucho la muerte de tu hermano, espero en…—la interrumpió la pelirroja.

— ¡Cállate Susana! No necesito tus estúpidas palabras, eres una abominable burla. ¿Vienes a felicitar a la borracha y al cobarde que te dejaron en vergüenza ante todo el mundo? ¿¡Dime para eso te has disfrazado de monja, para causarles lástima!?

—Eliza te juro que nunca había sentido una verdadera lástima por alguien a como lo hago hoy por ti y por tu hermano. Hay miles de personas que darían todo por tener una fracción de los privilegios, riqueza y poder que a ustedes se les han concedido en abundancia. Y lo triste es que ni con todo eso ustedes supieron ser felices.

Susana siguió avanzando, su hábito negro rozaba el piso y ondulaba alrededor de sus piernas. Era consciente de que había llamado la atención. Todos los ojos estaban fijos en ella, no sabía si era más por su desgarbado avance, o si radicaba en su atuendo el hábito y la toca que eran inmaculados en cada detalle, un contraste sombrío entre blanco y negro destellante. De sus manos un hermoso rosario de oro y marfil pendía.

— Susana, perdóname, siento profundamente mi reprobable comportamiento susurró Candy acercándose hacia ella—Yo nunca quise hacerte daño, aquel día yo acudí al hospital porque tu mamá me lo pidió e insistió tanto que no me pude negar.

— Lo sé Candy, porque yo le pedí a mi madre que te llevara a mí, pues la última vez que nos vimos tus palabras en gran parte me ayudaron a ser la mujer que ahora soy. Con tu sacrificio y generosidad me mostraste la importancia de pensar y ayudar a otros. Tu carácter firme, tu alegría y optimismo, incluso en las épocas de dolor e incertidumbre, eran la cosa más asombrosa que alguna vez he admirado.

— Jajaja son un par de estúpidas, cuánta risa me dan… Susana gracias a ellos perdiste tu pierna y fuiste el hazmerreir de todo el mundo. Te convertiste en una inútil por ellos. ¡Eres una lisiada, una coja que no sirve para nada!

— ¡Pero no soy una inválida! No he perdido más que una de mis piernas y, aún así, sólo es temporalmente, puesto que me valgo de mi prótesis. No he perdido todo, pues aún puedo ayudar, hacer planes y tener esperanza...Creo que eso fue lo que le faltó a tu hermano, esperanza para que se llenara de ella en lugar de haber renunciado a la vida, por falta de amor e ilusión fue que Neil salió por la puerta falsa: el suicidio. Eso si es realmente triste, una joven vida desaprovechada… Eliza, dedicaré mis plegarias por el eterno descanso del alma de Neil.

Las palabras de Susana le habían afectado profundamente a la pelirroja, pero aún así volvía al ataque.

—Jajaja pero si en tu estado físico "milagrosamente" apenas puedes dar 3 pasos sola, ¡¿Así, cómo pretendes ayudar a otros… arrastrándote?!

Susana sintió un agudo dolor en el pecho, hubiera querido taparse los oídos y no escuchar aquella crueldad. Pero, oportunamente el aristócrata intervino.

—Es suficiente Eliza, no toleraré ni una ponzoña más de tu boca, en nosotros no sembrarás la culpa del error de Neil, ni de tus remordimientos por no haberlo evitado. Es mejor que salgas, o te juro que te sacaré yo mismo.

Luego el rebelde enfoco su mirada a su antigua prometida, regalándole una de sus mejores sonrisas y diciéndole:

—Susana, ha sido un paso gigante el que has dado.

—Lo sé. — La sonrisa de Terry le llegó directa al corazón.

—Eres una mujer muy valiente.

Susana jamás había experimentado tal orgullo de sí misma. La calidez en la voz de Terry, así como el luminoso brillo de su mirada la hacia sentir honorable, íntegra, fuerte y plena.

La desdichada pelirroja al ver que ninguno de sus comentarios fue mordaz, totalmente frustrada decidió salir corriendo de ahí.

—Susana, te agradezco eternamente el maravilloso regalo que me has hecho al venir hasta aquí. —fue el turno de hablar de la Pecosa.

— ¿Qué regalo? Candy—preguntó extrañada.

—Tú Susana, pues te confieso que desde aquél día que me fui del hospital una astilla se clavo en mi corazón, pero lo peor fue hace algunos meses, cuando vi la esquela de las "Marlowe", yo al igual que Eliza pensé que tú… habías… muerto. ¡Pero por Dios, esto es un milagro!

— ¿Qué sucedió Susana? Después de ese día en el hospital, mis padres te estuvieron buscando durante largos meses, y nunca más supieron nada de ti, ni de tu madre.

—Les contaré lo que sucedió —decía Susana mientras tomaba asiento — Una vez que los médicos superaron mi crisis hablaron con mi madre:

~«flash back»~

Entiendo y comparto lo que usted dice Sra. Marlowe. Por eso pienso que después de esta crisis médica, lo mejor será que a Susana se le instale en un convento, tal vez le parezca tajante y drástica la sugerencia, pero tal vez ahí encuentre la paz, el sosiego que su alma busca, considere Sra. Marlowe que las pocas salidas que ella realiza las hace para recorrer el teatro y la catedral donde se iba a casar con Terry, ella sigue obstinada en buscar recuerdos de él. Será conveniente alejarla de todas las personas que inevitablemente le avivan el recuerdo de su antiguo prometido. En el convento las madres estarán encantadas de recibirla, además que tendrá la atención médica y espiritual las 24 horas, Usted Sra. Marlowe también debe descansar ya que ha sido muy pesado para usted sola llevar esta situación y cuidar al cien por ciento de Susana, las madres ahí le ayudaran en todas las tareas y sobre todo en la principal cuestión que es la Fe.

~«fin flash back»~

—Fue así que mi madre aceptó la sugerencia del médico, dejamos el hospital para que me atendieran las monjas. Después de que me recuperé, gracias a la motivación de las "hermanas" acepté utilizar la prótesis y para acostumbrarme a usarla, yo hacia largos recorridos por todo el convento. Ahí descubrí las benévolas actividades que hacían todas las hermanas. Había tantas cosas que hacer, aprender, ver y sentir… todas esas sensaciones que me ayudaron a sentirme útil… y con vida. Curar a los ancianos enfermos, jugar con los niños desvalidos, ayudar a todo aquel que acudía a ese santo lugar más un sin fin de situaciones que me abrieron los ojos al mundo real. Mi estancia en el convento me ayudó a entender que estaba destinada a ser monja, y lo aceptaba incondicionalmente, pero no así mi madre la cual estaba en desacuerdo conmigo, y me atemorizó de que eligiera vivir en un ambiente tan desperdiciado como el religioso.

—Nunca hubiera imaginado que un convento fuera lo más adecuado para tu temperamento… y dolor. —dijo Terry.

—Lo mismo pensaba mi madre.

La monja miró desconsoladamente hacia el balcón durante un momento, luego dejó que su mirada vagara infeliz hacia la nada.

—Me ofrecí como voluntaria en la ayuda que enviaría el Vaticano para los países afectados en esta cruel guerra, decidí tomar los votos antes de partir, pero cuando le di la noticia a mi madre apenas me podía mirar sin temblar. Ella deseaba que yo siguiera en el ambiente superficial del teatro, decía que yo había nacido para ser una estrella, que merecía tener el mundo a mis pies. Ella no renunciaría a la vida llena de lujos y comodidades, mucho menos aceptaría la sencillez y sacrificios con que viven las religiosas. Me dijo que primero prefería estar muerta que aceptar semejante destino. — Susana se estremecía con cada palabra que su mente recordaba —Y su deseo se hizo realidad pues al verme ataviada como novicia supo que yo no daría marcha atrás, su corazón no lo resistió y murió de un paro cardiaco. La esquela que ustedes vieron fue la de mi madre.

Ahora miraba a Terry y lo primero que vio en su rostro fue preocupación, luego por fin notó algo totalmente distinto… amor. No quería apartar la mirada de él ni un segundo, pues era la mirada con que siempre en su pasado había soñado. Era la ternura trasmitida a través de esa imponente mirada de mar. Al fin Terry la veía de una manera amistosa, orgullosa y sobre todo con muchísimo cariño. El erróneo sentimiento del pasado ahora daba paso a una fraternal y sincera amistad.

—Lo siento, Susana. Sé que ha sido muy difícil tu vida y te pido perdón por todo el dolor que yo te causé…

—Shhh… no digas más Terry. Yo he venido a buscarlos, a ti y a Candy porque deseo que les vaya muy bien en su matrimonio. Tenía que enfrentarme a mis fantasmas: del amor por ti y del odio por Candy… ahora que los tengo enfrente me doy cuenta que en verdad nunca te amé Terry, lamentablemente fue una obsesión de una niña caprichosa… mientras que a ti Candy, nunca te odié, en su momento tal vez fue envidia pero de ti aprendí a ayudar, a dar y mi recompensa fue la alegría. Ahora realmente soy como ustedes, disfruto hasta de las cosas más sencillas. Sé que son y serán completamente dichosos, lo comprobé hace un momento mientras los miraba desayunar. —Diciendo esto les guiñó un ojo —Bueno, es todo lo que quería decirles… yo me retiro, pues mañana partiremos hacia Francia, y no quiero abusar del permiso especial que me brindó la madre superiora.

—Estoy muy orgulloso de ti Susana, sé que lograrás cualquier cosa que te propongas. En mí tienes a un amigo de verdad.

—Gracias Susana, sé que mucha gente te necesita y te amará… recuerda que aquí tendrás siempre las puertas abiertas. —Le decía señalándose el corazón la Pecosa.

—Adiós… y por favor siempre luchen por su amor.

Su hábito negro ondeo detrás de ella mientras bajaba las escaleras con la ayuda de Dorothy. Finalmente Susana salió cerrando la puerta con un chasquido suave. Y así de suave era el sabor de boca que había dejado la joven mujer en el matrimonio Grandchester. Ahora sí no existía ningún nubarrón que amenazara con quebrantar su felicidad. Todos los cargos del pasado habían sido pagados.

* * * * * *

Transcurrieron las semanas rápidamente, trayendo al fin la noche en que se celebraría la sucesión del Ducado de Grandchester, Richard le cedería su título nobiliario en vida a su hijo Terruce. Lo hacía legalmente con la autorización de un acta especial del Parlamento y principalmente con el deleite de los Reyes, motivo por el cual festejaban en el Palacio Real dicho evento. Los reyes además de mantener una añeja y muy cercana amistad con Richard y Eleanor, ahora que también se habían encariñado demasiado con el joven matrimonio de Terruce y Candy, los veían con gran beneplácito como los nuevos Duque y Duquesa de Grandchester, el máximo ducado de Inglaterra.

Esa noche, la Pecosa llevaba un elegante vestido de terciopelo azul zafiro, que se ajustaba maravillosamente a su figura alta y delgada. Él tenía su cabello cuidadosamente peinado, los ojos de un azul tan intenso, además de su gallarda personalidad su formal y elegante atuendo le hacía proyectar un aspecto fuerte, poderoso, decidido.

— ¿Ya te dije lo realmente hermosa que eres? —le preguntó a su esposa.

— ¿Tal vez lo dices por el vestido, o las joyas?… Creo que sólo es la ropa Terry.

Él se echó a reír.

—En ese caso, tendré que quitártela toda. Hasta la última prenda. Sólo para comprobar si sigues siendo hermosa sin ellas.

—Te dejaré hacer todo lo que quieras… —entonces él la enmudeció tras un sofocante abrazo— Pero más noche, ¿si? cuando hayamos regresado —dijo la rubia.

—Tramposa, me provocas si sabes que me enloqueces sólo con tu voz.

Esa mujer lo volvía loco de deseo. Por mucho que lo combatiese, el deseo que sentía por ella no parecía desvanecerse nunca.

Unos minutos después, la pareja llegó al amplio y suntuoso vestíbulo con suelos de mármol y una enorme cúpula de cristal de bellos colores en lo alto. Era una reunión elegante a la que habían asistido sólo personas distinguidas que habían viajado a la ciudad expresamente para la ocasión, y a la cual era muy difícil ingresar sin la soberana invitación.

El protocolo de sucesión se realizó con la más perfecta solemnidad, dando paso a la celebración de los invitados con la cena, baile y demás actividades que se desarrollaron a través de las horas espléndidamente transcurridas.

—Estás bellísima esta noche, Candy —dijo Richard, mientras cogía su mano enguantada y hacía una reverencia formal—Espero que no te moleste si Terruce me acompaña un breve momento, sólo le presentaré a unas ilustres amistades y enseguida lo traeré.

— ¡Claro que no Suegro! Mientras platicaré con Eleanor, ella me tendrá que contar todos los planes que tienen ahora que cuentan con todo el tiempo para viajar.

—Si Candy, es una maravilla el hecho que ni Richard ni yo tengamos compromisos. Este viaje que realizaremos será como nuestra segunda y verdadera luna de miel. Te agradezco mucho tu influencia para que Terry aceptara el ducado, no sabes lo feliz que está Richard.

—Eleanor, en verdad lo hice por Terry, aunque él se niegue en demostrarlo tiene un corazón tan bondadoso, así como en su sangre fluye la pasión por la actuación, de igual manera le corre la pasión por ayudar a la gente, también es un político nato. Estoy segura que sabrá hacer un uso correcto de ese poder para ayudar a los necesitados.

—No cabe duda Candy, de que logras sacar lo mejor de mi hijo. Gracias por ayudarlo a ser el hombre pleno y feliz que ahora es.

Las palabras de Eleanor emocionaron a la sensible Pecosa, su estado la hacía sentirse más sentimental. Además, los malestares del embarazo cada día se intensificaban más. Por esa razón la rubia tuvo que disculparse ante su suegra para retirarse, necesitaba urgentemente ir al sanitario, las nauseas eran intolerables.

—Enseguida regreso Eleanor, espérame aquí por favor.

—Te acompaño Candy, ¿a dónde vas?

La rubia no quería que la madura mujer descubriera su estado, quería darle la sorpresa primero que a nadie a su marido.

—Solamente iré a retocarme el maquillaje, pero mientras mejor podrías ordenar que nos sirvan algunos pastelillos, así las dos volveremos al mismo tiempo a este lugar.

—De acuerdo.

Después de que el cuerpo de Candy descansó del malestar del vómito, ella regresaba al salón, recorría los largos y vacíos pasillos de mármol cuando escuchó que una voz chillona la llamaba.

— ¡Hola Huérfana! —Sardónicamente se expresó la pelirroja— Volvemos a encontrarnos.

—Sí, es una lástima.

Eliza apretó los labios. Ambas se hallaban junto a la barandilla del corredor principal del piso superior del salón.

—Tenemos que ajustar "cuentas" huérfana, por ese motivo obligué a mi marido a que como diera lugar me trajera aquí. En un lugar tan concurrido nadie se dará cuenta de lo que te pueda pasar… que tal una fatal y "accidental "caída.

— ¿Te atreves a amenazarme? — Y, girándose, la rubia cruzó el pasillo sin voltear a mirarla para bajar por las escaleras.

Eliza se encogió de hombros y le respondió:

—Es una simple fantasía....

Con la cabeza bien alta, la Pecosa descendía despacio por la escalera, frenó su paso al llegar al descansillo de la escalinata de mármol.

— ¿Qué significa eso? —preguntó bajo un escalofrío mientras se giraba para ver a Eliza.

En ese momento la pelirroja se lanzó sobre Candy para empujarla al vacío de las escaleras. La rubia de pronto sintió miedo, y ese temor apagó de golpe su alegría, como quien echa un balde de agua al fuego.

Después de sentir las manos de Eliza sobre su pecho, sintió que flotaba en el aire, su cuerpo como una diagonal que empezaba a declinarse, no tenía ni un agarre y fue tal el temor de ver que se estrellaría contra los escalones hasta rodar al piso que cerró sus verdes ojos. Y antes de que el frágil cuerpo de la rubia cayera, los sólidos brazos de su marido amortiguaron su fatal destino.

El aristócrata tembló al pensar en lo que le hubiera ocurrido a su mujer si no la hubiera seguido en cuanto notó la presencia de Eliza. Las había ubicado desde que cruzaron la primera palabra. Se le hicieron eternos los pasos que daba y que no le permitían llegar hasta su esposa.

Armand se abrió paso entre la gente y señaló a Eliza mientras se acercaban a ella para aprehenderla. Estaba parada en el escalón más alto y en esa posición la pelirroja quedaba expuesta ante todo el mundo, que tras el grito de Terry todos giraron su vista a lo que sucedía en la amplia y elegante escalinata.

Aunque Terry sólo había estado ausente unos minutos, al ver que estaba en sus brazos no sabía si ya era el efecto de haberse golpeado y estar muerta.

— ¿Pero, cómo supiste…? —trató de preguntar cuando la interrumpió Terry.

—Shhh. No hables, solo recuerda que no puedo apartar la mirada y mi cuerpo ni un segundo de ti. ¿Te encuentras bien, amor mío? Estás muy pálida.

—Estoy..., estoy bien —repuso ella, intentando sonreír y pensando en Armand y Terruce, que habían salido en su defensa como un par de felinos.

—Padre, me temo que tendrás que disculparnos. Candy no se encuentra bien.

—Sí, ya lo veo. Debes acostar a tu esposa inmediatamente.

—Vamos, Pecosa. —La mano de Terry rodeó la cintura de Candy.

—No es necesario que nos retiremos, me siento bien… más que el susto son los síntomas de mi estado que me hacen lucir como enferma.

— ¿Estado? —no entendía el rebelde a lo que se refería su Pecosa.

Su sonrisa se volvió incluso más intensa

—Voy a darte un hijo, amor mío. ¡Vamos a tener un hijo Terry!

Entonces la tomó entre sus brazos y la apretó contra él.

— ¿Estás segura? ¿Está seguro el doctor?

—Absolutamente. Tengo tres meses de embarazo. ¿Te da gusto?

— ¡Por Dios, Candy! —contestó él, levantándose y mirándola a los ojos. Una sonrisa iluminó sus facciones y la abrazó.

— ¡Claro que me alegro! —confirmó, levantándola en el aire

Entre risas y sollozos ella se abrazó a él, sin palabras para dejar que la alegría le inundase el cuerpo, ya rebosante de amor.

*****

Terry tenía que admitir que Armand había hecho un trabajo extraordinario al capturar en ese momento al esposo de Eliza. Él era el principal traficante de armamento que perseguía Armand. Desde hacía tiempo que lo había identificado y en vísperas de atraparlo quedó imposibilitado al haber sido encerrado junto con Terry en aquella mazmorra.

El Diplomático rodeó al hombre rubio de nariz prominente y comenzó a gritarle.

— Al fin te he atrapado, de la manera más fácil y en el lugar que nunca te hubieras imaginado.

— ¡Quíteme sus manos! ¡Aléjese de mí! —Decía el marido de Eliza mientras lo esposaba Armand—Cometen un gran error. —La cara de ese extranjero era traicionada por su nerviosismo. —Simplemente soy un hombre de negocios y nada más. Busque a su villano en otra parte.

—No, no. Además de ser un desertor y traidor, usted es un ex militar francés que les vende información bélica y armamento a los alemanes, de ello tenemos pruebas así como de sus falsas identidades y actividades. Tu amigo Chataline fue muy esplendido al hablar de ti, de tus finanzas y tus "clientes". Por eso en este momento queda detenido. Al igual que su esposa por intento de asesinato.

— ¿Cómo? Pero qué dice… Necesito hablar con mi mujer. Explícate Eliza, ¿Qué hiciste? —decía el hombre atrapado.

— ¡No! Las explicaciones me las debes tú, ¿En verdad eres un repugnante delincuente? —preguntaba la confundida y avergonzada pelirroja.

Entonces intervino Armand, diciéndoles:

—Ya tendrán el tiempo suficiente para que hablen, en cuanto lleguen a la cárcel podrán tener su larga conversación.

— ¡Llévenselos! —ordenó el Richard Grandchester.

Al ver que el delictivo matrimonio desaparecía del salón de baile, escoltados y esposados por varios hombres vestidos con el uniforme oficial del ejército británico. Hasta entonces se acercó Armand a saludar.

—Buenas noches, excelencia. —saludaba el Diplomático a Terry.

Armand en cuanto llegó había identificado al esposo de Eliza y desde ese momento no se les había apartado ni un instante.

—Me alegra tanto que siempre aceptes mis invitaciones "Diplomático", siempre llegando en el momento oportuno Amigo, jajaja.

El francés suspiró:

— ¡Nunca faltaría Terry! Sé que tus fiestas son de ambiente extremo Amigo, jajaja. Es un placer estar presente en todos los momentos especiales de tu vida… me refiero a tu boda y ahora que te has convertido en un poderoso duque, un elevado miembro de la nobleza. En hora buena amigo, veo que al fin la vida te hace justicia y te brinda la felicidad que tanto mereces. ¡Hagamos un brindis por ello!

— ¡Por un nuevo comienzo, por el nuevo Duque, por mi Hijo, Brindemos! —propuso Richard.

Y todos levantaron la copa y bebieron. Inmediatamente emergió la potente voz de Terry, iniciando un nuevo brindis.

— ¡Por la nueva vida que se gesta en mi esposa, por mi Hijo, Brindemos! —orgulloso anunció el aristócrata.

— ¡Viva, bravo! —fueron algunas de las ovaciones y felicitaciones que recibieron los futuros padres.

— ¡Por un Grandchester más! —dijo Richard ordenando que a todo mundo se le sirviera whisky.

Eleanor tenía un brillo exquisito en sus azules ojos y con las mejillas carmesíes, le recitó un coro de felicitaciones a su querida Candy.

— ¡Brindemos por los Grandchester!—decían las mujeres americanas.

* * * * * *

—Bueno... Terry, yo quiero saber… si tu sabes... ¿si tal vez es o no bueno que con estos meses de gestación... tu y yo…? —apenada preguntaba la Pecosa.

— ¡¿Qué si no es bueno?! Jajaja…

— ¡¿Y quién te detiene Terruce Graham Grandchester?!... ¡Ah qué pregunta hice!... —se reprochaba a sí misma la rubia —Si no pude hacerlo cuando me asustaba la idea de que me tocaras, menos ahora que me enloquece que lo hagas.

Ya habían transcurrido 6 meses más de felicidad. Cada noche de su matrimonio había sido un deleite para ambos. ¡Definitivamente ese bebé estaba hecho de puro amor!

*****

En esa amorosa espera los futuros padres se abastecieron de todo lo necesario para el recibimiento de su bebé compraron los finos muebles de la recámara, llevaron juguetes, ropa, libros y hasta el ajuar con que el pequeño Grandchester se encontraría al llegar a este mundo.

Y con el bebé en camino, la vida sólo podía mejorar. Habían superado los momentos de prueba que se les había interpuesto, mostrándose que su amor era más fuerte que cualquier obstáculo. No cabía duda de que Candy era encantadora, su avanzada maternidad le confería una apariencia deslumbrante. Terry día a día estaba más enamorado, aún le parecía casi un milagro que pronto su deseo de ser padre sería realidad.

—Muy pronto tendremos a nuestro hijo —dijo él con suavidad.

— ¿Y aún no llegamos a un acuerdo de cómo lo llamaremos? —Se recostó en él con un suspiro— ¿Qué tal si lo llamamos como tú… o como tu padre… o como tu abuelo?

— Tal vez… pero, ¿Y si es una niña?... Indudablemente se llamará cómo tú Pecosa.

— ¡Ay Noo! —gritó Candy.

—Está bien, si no te gusta… elegiremos otro, ¡Tranquila mujer! —asustado le dijo Terry sin saber que un dolor intenso le agarrotó el vientre manifestándolo con ese agudo gemido.

—Terry, creo que hemos inquietado demasiado a nuestro bebé, y ya quiere hacer su acto de presencia. —entre risas y exhalaciones dijo la rubia.

—Es hora de irnos al hospital Pecosa. —emocionado dijo el rebelde.

—No Terry, quiero que nazca aquí, en este lugar tan lleno de tanto de amor. Mejor avísale al doctor que venga aquí.

*****

Horas después Dorothy llevó hasta la alcoba principal al doctor, el cual depositó su maletín sobre la mesa.

— ¿Cuándo empezaron los dolores? —preguntó el médico a la rubia.

—Durante la madrugada iban y venían, pero esta mañana han empeorado. Creo que no puedo más —dijo entre resoplos la rubia..

Mientras el doctor se preparaba para atender a la rubia, Terry recibía a los amigos y familiares.

— ¡Albert, Patty, Annie…"Elegante"! —Saludaba a los amigos de su esposa, tirando de la mano de Archie— ¡Bienvenidos!

— ¿Cómo está Candy? —preguntaron todos a la vez.

— Está muy cansada y el niño no llega.

—Algunos partos son largos —dijo Albert con calma.

—Me disculparán, pero no puedo estar aquí, necesito ir a ver qué pasa.

—Si adelante, aquí estaremos al pendiente y si necesitan algo, no dudes en hacérnoslo saber. —expresó Archie.

—De acuerdo, se quedan en su casa.

— ¿Tienes agua y jabón preparados? —preguntaba el doctor a la moza.

Dorothy asintió con la cabeza.

—Muy bien, ve por ellos, también trae bastantes toallas y sábanas limpias.

Dorothy salió aprisa de la estancia, mientras que Terry ingresaba vio que su mujer descansaba sobre sábanas blancas, tenía el pelo suelto y enredado, estaba tan pálida como la misma muerte. El corazón se le encogió al verla así.

— ¿Y usted qué hace aquí? —se dirigía el doctor al futuro padre.

—Vengo a ayudar, no puedo estar en paz allá abajo —dijo preocupado el actor.

—Está bien, pero primero quiero que se tranquilice, sino, no me servirá. —le exigió el médico.

—Candy… —dijo, sentándose junto a ella y tomando su mano.

Ella abrió los ojos y al reconocerlo, la sombra de una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Terry… —susurró ella al verlo que tenía sus ojos dilatados y su rostro algo demacrado.

—Estoy aquí Pecosa.

Limpió las pálidas mejillas surcadas de lágrimas del dulce rostro, luego tomó su pequeña mano y la apretó contra él mientras que un dolor insoportable se le clavaba hasta el fondo de su alma. En ese momento una contracción hizo que la rubia se pusiera rígida y apretara las sábanas con fuerza. Candy contuvo el aliento mientras pasó el dolor y luego jadeó. Terry sintió el corazón desbocado. Habría aceptado con gusto mil palizas para evitar la expresión de dolor que cruzó el rostro de su amada Pecosa.

—Duque de Grandchester, moje un trapo y lávale el rostro y los brazos. —ordenó el galeno.

El joven obedeció con dedos temblorosos. Candy lo miró a los ojos y él le dedicó una sonrisa de aliento. Entonces llegó otra contracción, el médico examinó los músculos y habló con voz tranquilizadora:

—Unas cuantas contracciones más y habrá terminado —la alentó—lo malo es que ya serán más frecuentes y apenas le darán oportunidad de respirar Duquesa.

Terry le sujetaba la mano y le frotaba la frente con el trapo húmedo. En verdad que cada día admiraba más a su Candy, verla ahí tendida exponiendo su vida por traer a la vida a su hijo, sí que la adoraba.

Llegó otra contracción y la rubia apretó los dientes, Terry le sujetó la cabeza y los hombros.

— ¡Empuje! —le ordenó el doctor.

Candy empujó hasta que le tembló el cuerpo, tenía el rostro lleno de sudor y su rubio cabello estaba humedecido. Aún no recuperaba su respiración cuando la siguiente dilatación la sacudió. Terry hubiera querido gritar, llorar y tomar el lugar de su esposa. La garganta le dolía de contener las lágrimas, impotentemente él sólo podía limpiarle el sudor y las lágrimas. Imaginaba el miedo y dolor de la Pecosa.

—Muy bien, ahora tranquila Duquesa—dijo el médico, con la atención fija en la cabeza del bebé ya perceptible— En la siguiente tendrá que pujar con toda su fuerza.

— ¡Ahora! —Dijo el galeno con autoridad— ¡Empuje!

Después de dos contracciones más, el doctor sostenía a una llorona criatura en sus manos.

— ¡Es un niño! —gritaba el doctor sobre el resonante llanto del bebé que se presentaba ante sus padres con vivaz sollozo.

Después de cortar el cordón umbilical, de examinar y limpiar al niño, el médico colocó al bebé en el regazo de su madre. Su pequeño peso descansó cómodamente contra el pecho de ella y la joven miró sus rasgos inocentes. Nada en el mundo podía compararse a ese hermoso bebé que tenía el cabello castaño oscuro, una boca rosa de querubín y una pequeña nariz preciosa.

La Pecosa lo bañó con sus lágrimas. En sus brazos yacía el pequeño ser mitad ella y mitad del amor de su vida. Terry la contemplaba con los ojos brillosos al borde de desprender una lágrima. Ahí estaba ese hombre, a quien amaba con todo su corazón. Terry la había ayudado a traer al pequeño Winston al mundo. Definitivamente iba a ser un padre maravilloso.

— ¿Quieres cargarlo Terry?

—Pero… parece tan frágil… yo… —la intensidad de sus sentimientos hizo que se le formara un nudo en el estómago.

—Yo te enseñaré, ven.

Candy alojó a su pequeño en los varoniles brazos de modo que su palma sujetara la cabeza del pequeño. La visión de aquel hombre alto y fuerte sujetando al bebé con cariño la afectó de una manera que no habría sabido explicar. El bebé yacía en el hueco del brazo del aristócrata, el pequeño trataba de abrir los ojos pero la fuerza de la luz se lo impedía.

Terry acercó su nariz a la pequeña cabeza para oler ese hermoso aroma de bebé y un amor profundo y recién grabado se anidó en su corazón. Tenía la piel muy suave, estaba calentito y pesaba menos que una pluma. El joven duque acercó un dedo al puño de su bebé y éste lo apretó con fuerza. Los ojos del aristócrata se llenaron de lágrimas, la pequeña manita estaba sosteniendo su dedo, la ternura que lo invadió lo alarmó de sobremanera. Era su primera unión y comunicación.

La dulzura de aquel movimiento, la devoción con que Terry miraba a su hijo, produjeron una emoción extrema en el corazón de Candy, quien los observaba fascinada. No pudo evitar preguntarse si habría en el mundo otro niño al que hubieran deseado tanto como lo hacían ella y su esposo con su hijo.

El bebé arrugó su frente, hacía ruiditos extraños, trataba de verlo con sus ojos fugazmente abiertos que no lograban enfocarlo, entonces el pequeño encontró su propio puño y lo chupó ansiosamente.

—Parece que tiene hambre —dijo él.

Candy se incorporó lentamente y lo acunó entre su brazo y el pecho, lo sostuvo de modo que pudiera percibir su olor a leche materna. Con sus ojos cerrados instintivamente el bebé capturó el pezón de su madre. Por primera vez del pecho de la rubia emanaba el alimento de vida y amor para aquél hermoso ser.

Mientras lo alimentaba le acariciaba su cabello sedoso, y una vez que el bebé terminó dejó escapar el pezón de su boca y sonrió, ella apoyó al niño contra su torso y tras unas suaves palmadas en su frágil espalda el bebé eructó. Ella sonrió con orgullo maternal, Winston era un niño precioso, con el pelo oscuro y los ojos tan azules como el mar.

Los ansiosos abuelos paternos llegaron justo a tiempo de su viaje alrededor del mundo, después de saludar a Albert y los amigos de su hijo, subieron inmediatamente para conocer a su nieto.

—Es una preciosidad —dijo Eleanor—Se parece muchísimo a ti Terry, cuando naciste eras igual.

Al fin Richard pudo tener a su nieto en brazos.

— ¡Oh, es perfecto! —dijo admirado.

Era la primera vez que Terry veía a su padre mostrar demasiado afecto a un niño. De hecho nunca lo había visto hacer cariñitos ni cuando tuvo sus hijos con la Sra. Cara de Cerdo. «Sí que los nietos cambian a los mayores» —pensó

Richard vio a su hijo y al bebé, tenían la misma barbilla, la misma nariz, el mismo cabello oscuro. Elly y Richard sonrientes miraron a Candy.

—Son prácticamente idénticos, los mismos ojos y boca. Los rasgos del pequeño Winston son suaves, los de Terry ya son firmes y marcados. Indudablemente así será nuestro nieto cuando crezca. —Insistía Eleanor

—Has hecho una perfecta réplica hija. —orgulloso decía Richard.

— ¿Y mi labor…dónde queda? no se olviden que yo también contribuí. —bromeaba Terry.

Horas después de que los amigos y familiares conocieron al nuevo heredero se retiraron. El bebé se había dormido, Terruce lo besó con ternura en la frente y lo dejó con sumo cuidado en la cuna antes de cubrirlo con las mantas. Después se giró hacia ella para regresar a la cama y dormir juntos.

Las semanas pasaron y el cuerpo de la rubia se recuperó y restableció completamente. Con cariño agradecía a Terry y sus padres los cuidados extremos que tuvieron con ella y su bebé. Sus suegros a diario acudían para disfrutar de su nieto.

* * * * * *

Los cuatro años que llevaban casados fueron más maravillosos de lo que Candy hubiera soñado. Adoraba a Terry, era el mejor esposo y padre del mundo, estaba entregado en cuerpo y alma a sus hijos. Organizaba su tiempo para pasar una gran parte de los días con los niños. Winston no perdía la oportunidad de galopar sobre la espalda de su padre. Jugaba con ellos, los llevaba a pasear y a montar a caballo, y aunque les exigía obediencia y buenos modales, también los tenía muy consentidos.

Aprovechando un período en que el Parlamento aún no había reanudado las sesiones fue que aprovecharon los Duques de Grandchester para bautizar a su segunda hija ya de 9 meses. Candy estaba feliz por el acontecimiento, pero además porque en esa ocasión volvería a ver a todos sus amigos a quienes ya tenía muchísimo tiempo sin ver, debido a los compromisos que cada uno tenía, pero ahora acudirían para conocer a su nuevo retoño. En eso pensaba cuando su pequeño hijo Winston ya de 3 años gritó:

— ¡Tío Albert! —lo llamó una vocecita apenas entendible.

El magnate orientó su mirada y vio a Terry con Winston sobre sus hombros, Candy llevaba a su hija en brazos estaba envuelta en un inmaculado ropón blanco y entre sus pliegues se agitaban dos manitas.

Una vez dentro del jardín, el joven duque dejó a su hijo en el piso, y el niño echó a correr hacia Patty. Ella lo tomó en brazos y él la abrazó con fuerza. Annie observaba a la hermosa bebé de los Grandchester. Tenía el cabello rubio, algo más claro que el de Candy, pero sus ojos eran idénticos a los de su madre.

—Es una nena preciosa. —Dijo Archie.

— ¿Puedo cargarla Candy? —solicitó Annie.

Con una gran sonrisa, la Pecosa cedió ante su amiga.

Mientras Terry se dirigía a la Tía-Abuela Elroy.

— ¡Bienvenida a su casa mi Lady!

La Tía-Abuela Elroy con una sonrisa cariñosa dirigida a Terry, respondió:

—Bienvenido a nuestra familia, hijo. Después del mal pasado, nunca me imaginé que diría esto, pero me siento infinitamente contenta de que se hayan subsanado los errores del pasado y las cosas hayan acabado de esta manera. Ahora entiendo que si la riqueza se mide por las fortunas del corazón, Candy realmen te es una reina por todo el amor que todos le profesan. —Y dirigiendo su vista hacia la bebé — ¿Y ésta hermosa pequeña debe ser "Diana"? —dedujo.

—Así es Tía-Abuela, gracias por sus bellas palabras. —respondió Candy. Y antes de que se pusieran sentimentales Eleanor les indicó que ya era hora de irse a la Iglesia.

Cuando entraron a toda prisa en la capilla, más de 100 pares de ojos se volvieron hacia ellos. El sacerdote les pidió que se acercaran a la pila para iniciar el bautismo. La pequeña Diana estaba ataviada en un fino ajuar que era una antiquísima herencia familiar, pero se pasó toda la ceremonia dormida y sólo despertó para llorar con desesperación cuando le vertieron el agua bautismal por la cabeza.

Después de finalizar el sacramento, el Duque y la Duquesa de Grandchester procedieron a enseñar a su tesoro a los invitados que se congregaban en su mansión.

—Me temo que seguimos comportándonos como padres primerizos, pero estamos tan maravillados con nuestros hijos.

Orgulloso decía a un grupo de asistentes el aristócrata quien cargaba a la linda Diana, cuando la Pecosa se mareó. Tuvieron que subir a su alcoba para que Candy se recostara un momento.

— Pecosa… déjame adivinar: ¿Otra vez? ¿Lo hemos hecho otra vez verdad?

Candy asintió tímidamente y levantó la mano para acariciarle el rostro.

—No sé cómo lo haces Terry, pero parece que me dejas embarazada con sólo tocarme...

— Nuestro tercer hijo Candy, ¡qué maravilla! Y ¿cómo te has sentido, estás bien?

—Llevo varios días con mareos y náuseas… aunque han sido más persistentes que en mis anteriores embarazos.

El joven matrimonio que se había ausentado de la estancia un breve lapso, regresaron casi de inmediato con sus amigos.

— Vamos, apúrense los estoy esperando para anunciarles que el siguiente mes me graduaré de la universidad con honores y me encantaría que todos me acompañaran—decía la animada Patty.

—Por supuesto que ahí estaré, apenas libraré de tiempo pues justo en esa fecha partiré a la India —decía Albert — Aquí mi gentil Tía-Abuela Elroy me ha consentido un año "sabático" en el cual me suplirá para que yo pueda viajar. En tu graduación aprovecharé para despedirme de todos.

—Te permitiremos viajar a la India con la condición de que regreses justo al año, ya que Annie y yo, hemos iniciado ya todos los preparativos para casarnos en esa fecha. —alegre informaba Archie quien al igual que Annie de inmediato fueron felicitados por todos.

—Nosotros también tenemos noticias —dijo Terry, tras una mirada de su mujer.

— ¿De qué se trata, hijo?

—Habrá otro Grandchester en la familia la próxima primavera —anunció, orgulloso.

Entonces la tía-abuela Elroy inició un brindis:

—Brindemos por la sólida amistad y amor que ha bendecido a este fraternal grupo, que más que amigos somos una gran familia.

—Por los éxitos alcanzados y por los proyectos por iniciar. —expuso Richard.

—Por la salud, la vida, el recuerdo de los han partido y los nuevos que llegarán. —dijo Eleanor.

—¡¡¡Salud!!! —gritaron todos al unísono.

* * * * * *

Londres 1925

Vivían con un lujo y un esplendor que excedían en mucho a lo que él mismo se había exigido, había trabajado toda su vida por aquella meta, aunque no se había dado cuenta hasta hacía poco. El colegio, su viaje a América, su encierro, todo ello habían sido pasos hacia su nueva vida.

Aunque ahora se esforzaba por cumplir en el parlamento y en el teatro, su existencia oscura había pasado a ser la de un hombre lleno de vida. Tenía una madre dedicada y un padre atento, todo lo que él siempre había deseado y que nunca antes había tenido. Tenía tanto amor por dar, que él era increíblemente generoso con la vida y su familia.

Terruce fue polémico a través de su trabajo como político su ideología fue influyente y exitosa en el parlamento británico del siglo XX. Con su carácter rebelde y el gran ingenio que tenía para persuadir a sus oponentes logró una vida política prolífica. Sus discursos eran los más escuchados, severamente criticados pero los más acatados, era un excelente orador defendiendo exaltadamente los valores humanos, económicos y sociales de su gente, su pueblo, su nación. Esto pronto le permitió convertirse en uno de los miembros más prominentes del gabinete.

Su voz elocuente y potente era sin dudar su instrumento firme y flexible que le abría las puertas del éxito tanto en la tribuna del Parlamento como en el escenario del Teatro.

Durante los periodos que estaba fuera del gobierno, Terry dedicaba ese tiempo a actuar. Además de liberar su pasión artística, buscaba una remuneración que le permitiera mantener el nivel lujoso de vida que llevaba. Además de contar con la millonaria herencia acaudalada por su padre y sus antepasados. Terry orgullosamente también quería aportar su propia fortuna, producto de sus actividades como político y actor.

Sabía separar perfectamente sus profesiones, Terry con su apasionado sentido dramático, tan cultivado en lo físico como en lo emocional lograba abandonar todo vestigio de su personalidad y se sumergía completamente en su personaje sobre el escenario.

Esa noche después del estreno de su más reciente obra, el teatro se venía abajo de aplausos. Luego de haber disfrutado la fiesta que se celebró en honor de los actores, Terry le tenía una sorpresa a su Pecosa, y eso le iba murmurando al oído mientras salían del lugar. La gente a su alrededor los contemplaba, el atractivo físico de la pareja era impresionante.

El actor se daba cuenta de ello, a juzgar por las miradas de admiración que le dirigían los demás, sabía que era un hombre envidiado por ser el dueño de esa mujer encantadora a quien la maternidad había añadido un brillo de madurez para realzar su jovial belleza, ella apenas tenía 27 años. El aristócrata lleno de orgullo y felicidad caminaba sosteniendo el brazo de la resplandeciente y flamante madre de sus hijos, mientras alcanzaba a escuchar los comentarios.

—Estoy convencida de que el Duque y la Duquesa de Grandchester son una pareja muy moderna. —comentaba una elegante mujer.

—Sí, además se ve que se profesan un amor profundo. —respondía suspirando otra mujer.

— ¡Qué lástima que esté casada! ¡Qué maravilla de ojos!—decía un deslumbrado hombre por Candy.

— ¡Y qué preciosidad de figura! No puedo creer que sea madre de 6 pequeños. —opinaba otro admirador de la rubia.

—Más vale que cuiden sus lenguas. Dicen que el Duque es un hombre celoso. —advirtieron las damas a sus acompañantes.

*****

— ¿A dónde vamos Terry? —preguntaba la rubia al ver que su marido conducía hacia otro rumbo. — ¿Y los niños? No debemos abusar de tus padres, no debemos desvelarlos tanto.

—Tranquila Pecosa, nuestros hijos yacen dormiditos como angelitos en… tu sorpresa.

Para el amanecer Terry llevó a Candy hasta un lugar que él había ordenado construir para su familia, un hermoso recinto para vacacionar, a menos de un kilómetro del mar, asentada en una amplia meseta en el centro de la ladera se erigía una enorme e imponente villa de piedra gris. Debido a la importancia que tenía el Atlántico para ellos, el actor había buscado que ese palacete tuviera una espectacular vista al océano.

— ¡Terry, este es un maravilloso lugar! —Decía desde su alcoba la rubia— Es como si se detuviera el tiempo aquí… el azul y el canto del mar tú sabes lo que significa para mí… por tí. Ha sido un regalo extraordinario mi amor. ¡Ay, Terry! a veces no me puedo creer que sea tan feliz, ni puedo imaginarme una vida mejor que la que tengo, y sin embargo, sigue mejorando y llenándose más cada día.

—Lo sé —contestó él en voz baja y llena de emoción, acarició su mejilla con ternura, mirándola a los ojos —Es porque tú has sido mi mejor regalo, y me has bendecido con nuestros hijos… eso nunca terminaré de pagártelo Pecosa… me has hecho el hombre más feliz de toda la eternidad.

Candy sentía que su corazón estaba tan lleno que no se imaginaba capaz de albergar más, pero tras las palabras y acciones de Terry sabía que todavía tenía un cúmulo infinito de amor para darle.

— Es por ti, que me has enseñado a amar… con tu amor fuerte y duro, hermoso, dulce… y salvaje. Gracias por dejarme ser una persona libre y una mujer de verdad —dijo ella con voz ahogada por la emoción—Por amarme tan entregadamente.

No había terminado de creerse su final feliz cuando llegaron sus pequeños gemelos de 4 años y de melena castaña: Terruce y Eleanor, irrumpiendo el momento mágico de sus padres.

— ¿Mamá a dónde se va el sol por la noche?

—Supongo que eso lo aprenderás en la escuela. —Dijo la rubia al no resultarle fácil la respuesta.

—Y luego seré muy listo, ¿verdad? —afirmaba el pequeño Terruce.

— ¿Papá porque mi pez no cierra los ojos para dormir? —ahora preguntaba la inquieta Eleanor.

Terry se reía de su imaginación cuando su sonora risa fue opacada por el llanto de sus otros mellizos recién nacidos, era un par de rubios llamados Richard y Candice. Increíblemente el tercer y cuarto embarazo de Candy habían resultado partos dobles, aunque en ninguno fueron gemelos idénticos.

Los amorosos padres fueron a sacarlos de sus cunas cuando Winston y Diana entraron alegres para pedirles a sus padres que los llevaran al mar. Sin dudar era una familia peculiar llena de amor, alegría y movimiento. Gracias a aquel hombre todos sus sueños se habían cumplido y Candy era una mujer perfectamente feliz. Gracias a Dios tenía a su propia familia, a su amado Terry y a sus 6 hijos.

F I N.

El amor Inquebrantable es…

Cuando el encuentro rompe a las dificultades

Con su deseo desvanece a las adversidades

Dejando la huella imborrable que resiste las tempestades

Para convertirse en estrella durante la oscuridad

Cuyo fulgor alumbra la eternidad.

Gizah

28 / Enero / 2010

*Maly, *Moondan, *Nashtinka, *Elhyzha, *Machel, *Lerinne, *Mariana Way, *Lady Annalise, *Maria Fans No 1 de Terry, *AkaneKagome, *I Love Terry, *Dianis, *Gabylove, *Karelem, *Candida, *Yume-Xan, *Lillyh=OVIS, *Galaxylam84, *Carolina, *Liz, *MithSusy, *Naelye D Grandchester, *Isa, *Lady, *Syndy, *Elena, *Vekka, *Annilina, *Yessi Grandchester, *Edith, *Maria, *Amayo25, *Lorena, *Tamborsita333, *Marchh, *Marie, *Karina Natsumi, *Juanis, *Coquette81, *Ivett, *Violet Romina Antella Romanov.

***ADRYX Mi Alma Gemela, *Mi Adorada Carina Bordón, *Angie Feller, *Cuchis, *Nayelli V., *Alma Grandchester, *Estrella, *Carely, *Cely *y *Lectoras Anónimas:

Les confieso que fue un verdadero placer leer sus reviews pues fue el hermoso aliciente que logró el inicio y desenlace de este fic. Escribirles siempre me tomó un minuto y ahora despedirme me está costando una eternidad…

Nunca digo adiós a nadie, porque nunca dejo que las personas cercanas a mí se vayan. Así que me las llevaré conmigo a donde vaya.

Me despido feliz por haberlas conocido, no sin antes agradacerles su tiempo para leerme y escribirme, y como la gratitud en silencio no sirve a nadie, les doy las gracias a todas y a cada una de ustedes, ya que el agradecimiento es la memoria del corazón.

Gizah