Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.

Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.

Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.

Edward

-No tiene mucho sentido que volvamos al colegio ahora.

Yo la miro. Tiene que estar bromeando. Estamos aquí, delante de la tienda para «colgados» de su abuela, en medio de la nada. Miro mi reloj. Las once de la mañana.

-Puede que a ti no te importe, pero no quiero que me castiguen el primer día de clase.

-Es que quiero enseñarte algo.

-Lo siento, pero no. Otro día.

«O mejor nunca», añado para mis adentros.

Echo a andar camino abajo, pero tengo la impresión de que no voy lo bastante deprisa. Isabella es una tía muy rara. por no hablar de su abuela. Esta claro de donde le viene. La pobre no ha tenido la más mínima oportunidad. Lo lleva en los genes.

-No está lejos -insiste. Es una lianta-. Vamos, Edward, dame una oportunidad. Me gustaría compensarte por lo de hace un rato con Marie... Ya sabes... -se encoge de hombros-, lo de las serpientes...

Reconozco que la reacción de su abuela me ha afectado más que la tormenta en el laboratorio. Por lo menos, de esa sólo guardo un vago recuerdo.

-Olvídalo -digo tratando de aparentar indiferencia.

-El sitio te entusiasmará. Esta encantado.

-¿Encantado? Ah, claro, ya entiendo.

Ella se percata de su error y arruga la nariz.

-No. No quería decir que... Ya sabes, no en sentido mágico. Es solo un sitio agradable.

-Hummm. -Me mantengo en mis trece. Por hoy ya he tenido bastante mal rollo con la magia. Pero no se da por vencida.

-Escucha, ese sitio es muy especial. Además, apuesto a que todavía no has ido por la montaña.

Esta en lo cierto, porque mi familia y yo acabamos de llegar y he pasado la mayor parte del tiempo arreglando las cosas de casa para que mi padre se encuentre cómodo y pueda desplazarse sin dificultad con las muletas.

-¿Y qué más da?

Entonces me toma del brazo. Sus dedos son firmes y cálidos. La miro a la cara. Es un poco más baja que yo, y sus ojos, entre azul y gris, reflejan la luz del sol mientras en el rostro le aparece de nuevo esa increíble sonrisa. Me tira del codo, y yo, sin pensarlo dos veces, me adentro con ella en la espesura.

-Eres un peligro.

Se echa a reír, pero no me contesta; y durante los siguientes veinte minutos no intercambiamos palabra. Mientras, nos abrimos paso entre una maraña de lianas y árboles podridos y medio caídos que seguramente sirven de refugio a solo Dios sabe que fauna salvaje. Repaso mentalmente las distintas criaturas que tal vez se estén aferrando en este mismo momento a mis zapatos, buscando cualquier centímetro de mi vulnerable pellejo: garrapatas, sanguijuelas o... ¡serpientes!

Finalmente llegamos, y tengo que admitir que la belleza y serenidad del lugar son asombrosas. Hay un pequeño arroyo, que desciende por unos peñascos, y es tan cristalino que se pueden distinguir todos y cada uno de los cantos rodados que hay bajo la superficie. En la orilla opuesta, una amplia extensión de verdes y altos helechos se mece con el susurro de una suave brisa.

-Bien, ¿qué te parece?

Está a mi lado, mirando orgullosamente el paisaje, como si ella en persona lo hubiera dispuesto de esa manera.

Cojo una piedra de la orilla, la lanzo con la intención de que rebote varias veces en el agua, v se hunde a la primera.

-Bien -comento.

Bella frunce el entrecejo, decepcionada, pero yo estoy cansado de esforzarme para ser simpático.

-¿Eso es todo lo que se te ocurre, «bien»?

Me siento en un tronco caído y me quito los zapatos en busca de sanguijuelas.

-Vale. Muy bien.

Se deja caer a mi lado con un gruñido, como si mi respuesta fuera lo máximo que pudiera soportar.

-Lamento que Marie perdiera los papeles de ese modo. No lo creerás, pero es famosa en la zona por su actitud tolerante y porque sabe mantener la calma en los momentos de tensión. A veces puede que parezca algo ensimismada, pero es su forma de ser. Es inteligente. adora la naturaleza y es una estupenda bru... -Afortunadamente se interrumpe. Luego, añade- Ella me crió cuando yo nací y mi madre se largo.

Hace un gesto, como si el rechazo materno ya no la afectara, pero no necesito poderes psíquicos para ver que no es así. Poco a poco, el ataque de histeria de Marie se va desvaneciendo en una parte remota de mi memoria.

-Mira, déjalo estar. Tampoco ha tenido tanta importancia.

Nos quedamos en silencio un rato, mientras disfrutamos de lo que nos rodea: el agua sobre las rocas, la brisa que juguetea con las plantas y los millones de hojas de eucalipto, el olor de la tierra y el musgo...

Bella está a mi lado, con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados, en comunión con el lugar y a gusto consigo misma. De repente, la envidio. Esta montaña es su hogar y probablemente lo haya sido durante toda su vida; el bosque son sus raíces y lo adora. Es todo lo que yo nunca he tenido la oportunidad de disfrutar: un lugar al que poder llamar «mi hogar»; un grupo de personas a las que pueda llamar «amigos»...

-Así que, allí arriba. ¿sólo estáis tu abuela y tú?

Por un instante me pregunto si no pensara que me meto donde no me llaman, pero Bella se limita a encogerse de hombros.

-Sí. No tengo idea de quién es mi padre. No sé ni como se llama.

-Vaya, eso es duro. Podría ser cualquiera. ¿No tienes una pista?

-¿ Quién dice que quiera tenerla? -contesta a la defensiva.

Mira hacia otro lado, pero noto que sus ojos se han nublado. Cuando vuelve a hablar, su voz es suave.

-Sé que había acampado aquí, en el bosque. Así conoció a mi madre. Ella solía venir por aquí. Se sentaba, cerraba los ojos y soñaba con que algún día viviría en una gran ciudad. Nunca le gusto la montaña.

-¿Qué ocurrió?

-Él acababa de terminar los exámenes para entrar en la universidad y vino para descansar, pero se tropezó con unas ortigas venenosas y mi madre se ocupo de él. Y se ocupo más de lo normal.

-¿Crees que se enamoraron?

Sus ojos cambian, como si se hubiera deslizado hacia el pasado y estuviera viendo a sus padres, tal como eran hace años, como jóvenes amantes que se citan en el bosque.

-¡Que sé yo! ¿Pueden dos personas enamorarse en tan poco tiempo? Solo estuvieron juntos un par de días.

Entonces, como si fuera un bombazo, la verdad me golpea de lleno y comprendo por que este sitio es tan especial para Bella.

-Sucedió aquí, ¿no? -No me contesta, pero sube los hombros ligeramente-. Aquí es donde tu padre acampo.... donde él y tu madre...

-Si, vale, ¿y qué?

Se ha vuelto a poner en guardia.

-Nada. Lo siento... No pretendía...

Me observa con unos ojos que son como dagas, y se me secan las palabras en la boca.

-Dime, ¿por qué os habéis trasladado tú y tu familia? -pregunta, cambiando de conversación-. A pesar de que este lugar me entusiasma, reconozco que a veces no resulta agradable; sobre todo en invierno. Por aquí nieva, ¿sabes?; y hay días en los que el viento se te mete dentro de la ropa. Las mañanas ya están empezando a ser frías. El invierno se acerca deprisa este año.

Pienso que tiene derecho a su intimidad; es evidente que el pasado le resulta doloroso. Bueno, a mí el mío también. Por lo menos tenemos eso en común.

-Mi padre tuvo un accidente y se destrozo la pierna. Esta tan deprimido que mi madre pensó que le convendría un sitio tranquilo como este.

Ella asiente con la cabeza, como si estuviera de acuerdo.

-¿Qué paso? Me refiero al accidente.

-Se estaba lavando las manos en el garaje, donde había estado reparando un viejo tractor y, sin que se diera cuenta, se le cayo el jabón. Cuando regreso patino con la pastilla, se apoyo en una estantería metálica y se le volcó encima.

-¡Ay!

-Sí. Le fracturó la pierna por varios sitios y le afecto de manera permanente los músculos y los ligamentos.

Los almendrados ojos de Bella se abren desmesuradamente y sus labios dibujan una mueca.

-¡Que espanto!

-Si. Así es como lo llamaron: «Un accidente espantoso» -Entonces se me ocurre que estará pensando en como me he caído del taburete esta mañana, y añado- No hace falta que me lo digas, ya lo sé. La torpeza también es hereditaria.

-No iba a decir eso.

-Si, claro -replico en voz baja.

-Entonces han de ser frecuentes.

-¿El qué?

-Los accidentes en tu familia.

No le digo que la mala suerte nos ha perseguido como una maldición. Me limito a encogerme de hombros.

-Si, nos hemos roto algunos huesos.

-¿De veras? ¿,Cuantos? -pregunta, sorprendida.

-Oh, no lo sé. Quizá siete u ocho. Puede que diez.

-¿Cuantos dices?

-Si. Tuvimos un accidente de coche. Mi madre se rompió tres costillas y un brazo y se hizo una fisura en la clavícula. Emmett, mi hermano pequeño, se rompió el codo cuando se cayó de un columpio, a los seis años. Yo solo tenía cuatro cuando me caí de mi litera y me rompí la pierna por dos sitios; tres años mas tarde, me fracture la cadera saltando una valla en un parque. Y hace poco ha ocurrido lo de mi padre, aunque técnicamente no sea una fractura.

Me mira con expresión de incredulidad.

-Yo nunca me he roto nada.

-Eso es porque tienes suerte.

-¿Hay algún otro accidente del que te acuerdes?

Me revuelvo el pelo, lo cual es algo que suelo hacer cuando me presionan. No quiero contarle a Bella que mi familia se ha arruinado o lo del incendio que devastó el departamento de Arte del ultimo colegio al que fui. No tuve nada que ver con ello; simplemente yo era el único alumno que se había quedado a terminar un trabajo cuando una explosión de gas hizo que tres aulas saltaran por los aires. Tuve suerte. Escape por cuestión de segundos gracias a que me entraron ganas de ir al lavabo.

Pero ella es perspicaz y tengo la impresión de que puede leer a través de mis palabras.

-Vamos, ¡suéltalo ya! -exclama, dándome un empujón amistoso.

-Esta bien. Vale. -La agarro por la muñeca para que deje de zarandearme, pero no se la suelto. Me gusta su contacto-. Hubo una inundación que se llevo por delante la casa que teníamos alquilada.

-¿En serio? ¿Hubo algún herido?

-No, pero casi. Los servicios de salvamento nos ayudaron a escapar y nos evacuaron, pero mi madre se empeño en rescatar un viejo álbum de fotos y por poco se la lleva la riada.

-Parece que hay mucha gente que dice lo mismo: que salvarían sus fotos, pero yo no, yo salvaría... --Sus ojos me observan brevemente y, enseguida, vuelve a mirar el arroyo-. No importa. ¿Vivís cerca de un río o algo así?

-Claro, pero era solo un riachuelo. Cogió desprevenido a todo el pueblo.

Ella mueve la cabeza en actitud comprensiva. A mí me sorprende haber contado todo eso. Nunca he sido tan franco con nadie acerca de las desgracias de mi familia, pero, con Bella, las palabras fluyen solas, mejor dicho, me salen como un torrente.

-¿Y lo perdisteis todo? -pregunta-. ¿Todo salvo las fotos?

-Salvo las fotos y el preciado libro de mi padre donde tiene a toda la familia Cullen -explico-. Daría la vida por él. Fue lo primero que quiso salvar. Se ha pasado más de veinte años trabajando en él, reconstruyendo el árbol genealógico de la familia y remontándose hasta la Edad Media, hasta el mil doscientos, creo, en Inglaterra. Los Cullen fueron unos de los primeros que levantaron un Castillo. El castillo sigue en pie, pero ya no pertenece a la familia, porque lo perdimos no sé cuando. De todas maneras, ya no es el mismo. Lo han reconstruido con ladrillos y le han puesto habitaciones con baño y todo eso.

Parece muy impresionada y me mira con grandes ojos.

-¿Bromeas? ¿Has estado allí?

-No, pero he visto fotos.

-Dios mío, Edward, es increíble. Me encantaría ver el libro de tu padre. Mi familia es tan pequeña... Todo lo que sé es que mi madre se largó a Brisbane y que Marie fue madre soltera. Punto.

Oír eso me sienta como una patada y noto como aparta su mano de la mía. No me gusta, pero la dejo hacer. Aquí estoy yo, pensando en lo afortunada que es por tener un hogar estable, por haber vivido siempre en el mismo sitio, y, sin embargo, puede que su situación no sea muy distinta de la mía. Puede que yo no este tan arraigado en esta montaña, pero, por contra, ella no tiene antepasados. Ni siquiera conoce a sus padres. De repente, siento la urgencia de compartir la historia de mi familia con Bella.

-Si quieres puedo traer el libro un día de estos.

-Me gustaría mucho.

Me resulta difícil creer lo normal que puede parecer cuando no esta hablando de magia y cosas por el estilo, pero tengo la certeza de que no va a durar. Me levanto con la intención de regresar al colegio, pero ella vuelve a la carga.

-¿Sabes? Puede que sobre tu familia pese un hechizo.

-No lo creo -respondo, levantando los ojos hacia el cielo ante lo absurdo de la ocurrencia.

En cambio, su entusiasmo le aviva la imaginación, se sube a un tronco caído, como si su nueva estatura fuera a darle mas credibilidad a su descabellada teoría, y se pone a gesticular.

-Piensa en ello, en todos esos accidentes y en tus... Sí, en tus poderes. Seguro que el hechizo tiene algo que ver, -Chasquea los dedos como si se le hubiera ocurrido de repente-. Puede que tu subconsciente lo haya desencadenado...

No puedo más, así que me vuelvo por donde hemos venido.

-No insistas, Bella, o estropearás la mañana.

Salta al suelo y corre tras de mí, absorta en sus chifladuras.

-Creo que tus poderes pueden estar aumentando por algún motivo. Quizá el hechizo se esté haciendo más poderoso.

-No recuerdo que haya hablado nunca de un hechizo.

-Mira, la situación de tu padre es seria, no se trata de un simple hueso roto. -Me agarra por el brazo y me obliga a darme la vuelta. Su fuerza me sorprende- ¿Es que estás ciego?

Con fuerza o sin ella, ya he oído bastantes tonterías, así que me zafo de su presa.

-Por favor, ya basta. Es mala suerte, sólo mala suerte. Nada más, y yo no tengo ninguno de esos poderes de los que hablas. ¡Es absurdo! Déjame en paz. Solo quiero ser un tío normal, como todo el mundo.

-¿Ah, sí? ¿Y qué crees que quiero ser yo? ¿Crees que no me gustaría ser normal, igual que los demás? ¿Crees que me gusta tener que vivir con «esto»?

Me quedo mirándola. ¿Que está diciendo?

-¿Tú? -pregunto.

-Sí. Yo también tengo poderes -afirma en voz tan baja que apenas puedo oírla-. La verdad es que no son gran cosa, al menos no tanto como me gustaría, pero puedo hacer alguna cosilla, conjuros y eso... Ya sabes: apagar la radio desde el otro extremo de la habitación, hacer que las manecillas del reloj corran más deprisa de lo normal. Ese tipo de cosas. Pero lo que me sale mejor es lo de meterme en la cabeza de la gente.

Eso ya es demasiado.

-¿Me estas diciendo que puedes leer el pensamiento?

-No, no es tan fuerte; aunque no será porque no lo haya intentado con Marie y Angela. Lo que puedo es captar las emociones. Soy capaz de decirte si una persona esta enfadada, triste o asustada aunque no manifieste sus sentimientos.

-Muy interesante -contesto con sarcasmo, mientras experimento una súbita necesidad de huir a toda prisa.

Siento que debo escapar de este bosque, de Bella, de todo lo que dice... Echo a correr, saltando y apartando la maleza, con la esperanza de haber tornado la dirección correcta.

-¡Esta mañana me he metido en tu cabeza, Edward Cullen! -grita desde lejos.

No me detengo hasta que llego a la carretera. Bueno, no es el mismo sitio por donde nos adentramos en el bosque, pero, mientras haya conseguido salir de allí ¿a quién le importa? Por desgracia, tengo a Bella en los talones. Me vuelvo, decidido a quitármela de encima como sea.

-¡Eres una maldita chiflada, Isabella como-te-llames!

-Me llamo Swan, ¡y que me zurzan si no lo has notado!

Intento recuperar el aliento entre jadeos. Lo que dice no puede ser cierto; solo quiere asustarme. Sé que mis palabras resultaran hirientes, pero no tengo mas remedio.

-Escúchame, Isabella Swan: ¡estás como una regadera, cómo una maldita cabra, y deberían encerrarte antes de que hagas daño a alguien!

Reanudo mi carrera cuesta abajo. Sin embargo, no puedo correr lo bastante deprisa para escapar de sus lunáticas acusaciones, y sus palabras resuenan en mi cerebro, como si estuviera junto a mí, susurrándomelas al oído: «Con tus poderes fuera de control, puedes herir a alguien."

Sacudo la cabeza y miro a mi alrededor, pero no hay nadie. Sin embargo, juraría que era la voz de Bella. Se me ponen los pelos de punta y la carne de gallina. No puede haber sido ella, tiene que ser mi subconsciente, eso es todo.

«Puede suceder cualquier cosa.»

Su locura se me esta contagiando, así que me prometo hacer lo que sea (¡lo que haga falta!) para mantenerme alejado de esa chica. Averiguaré con quien se junta en el colegio y me las arreglare para ir con otro grupo, aunque sea el de Pecs, ¡Cualquier cosa será más segura que ir por ahí con ella!