Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.
Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.
Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.
Bella
El viernes estamos todos reunidos en el porche que hay delante de la cantina del colegio. Angela y yo no la frecuentamos mucho. No hay ningún cartel que ponga «Sólo para guays», pero ni falta que hace. Todo el mundo sabe que esas mesas son su lugar de reunión favorito. Llueve, y un helado viento nos traspasa el uniforme. Ojalá me hubiera puesto la chaqueta y el jersey marrón de lana. La cantina es el único sitio del colegio donde nos podemos refugiar cuando hace mal tiempo. Se supone que es lo bastante grande para cobijarnos a todos, pero eso solo podría ocurrir si fuéramos ovejas en lugar de personas.
He tenido prácticamente toda la semana para pensar en Edward. No es que lo haya hecho por gusto, pero mi cerebro se niega a pensar en otra cosa. No he vuelto a encontrarme con él desde el día en que llegó al colegio; mejor dicho, ha sido él quien no ha querido encontrarse conmigo y se ha mantenido siempre a una prudente distancia. Así que, si eso es lo que quiere, no tengo mas remedio que aceptarlo. Sé por que se comporta así y por qué se ha juntado con ese grupo: no es sólo porque cree que estoy chalada; es que está muerto de miedo, aterrorizado con mis teorías acerca de la mala suerte de su familia.
-Parece que se ha adaptado bastante bien -me dice Angela, mientras da pequeños sorbos a su chocolate-. Claro que. ¿por que no iba a ser así? -añade- estar bueno siempre ha sido importante para esa panda. Además, diría que esta nerviosillo, ¿tú que opinas?
En mi campo de visión está el brazo de Edward, despreocupadamente apoyado sobre los hombros de Chelsea Crowley. Intento desviar la vista de sus dedos, que acarician rítmicamente el brazo de la chica, pero, por desgracia, de lo que no puedo apartar la mente es de la chillona voz de Chelsea, que no deja de pavonearse mientras parlotea sobre el frío que tiene, a pesar de que lleva leotardos, un jersey y una chaqueta. Intento concentrarme en las palabras de mi amiga. ¿Edward, nerviosillo? Si, supongo que si, pero ¿expresar mis pensamientos en voz alta? De eso, ni hablar. Si Ang descubriera mis verdaderos sentimientos, se pasaría los próximos diez siglos dándome la lata.
De repente, Edward se vuelve y me mira. Nuestros ojos se encuentran durante un instante que queda suspendido en el tiempo. Trago saliva, el timbre suena y, lentamente, regresamos a clase.
No he contestado a la pregunta de Angela, pero mi amiga parece que ha interpretado mi silencio como un asentimiento.
-Me refiero a que parece tan torpe... -prosigue-. Las cosas se le caen constantemente. Como el otro día, con aquellos huevos crudos, en Tecnología de la Alimentación, ¡que desastre organizó! ¿Y qué me dices de lo de los pollos...? Se suponía que debía encerrarlos en las jaulas de la clase de Agricultura. Lo curioso es que todo eso hace que parezca aun más guapo, si es que eso es posible. Hasta las gafas le sientan bien.
Sus comentarios me ponen los nervios de punta.
-¡Oh, ya vale, Ang!
-¡Eh! ¿Qué pasa contigo? – exclama, al tiempo que tira el vaso de plástico a una papelera.
Le lanzo una mirada que, de haber ido acompañada de los cánticos adecuados, le habría provocado una súbita erupción de acné en todo el rostro, pero me he equivocado, y ella se ha dado cuenta.
-¡Oh, Dios mío! -masculla con media sonrisa-. ¡Conque es eso! Te ha dado fuerte, ¿verdad?
-No sé de que me hablas -miento, pero es cierto.
Me ha dado fuerte, de lleno, como una obsesión. Y no me gusta sentirme vulnerable. ¡Jesús! Me paso el día pendiente de él, de lo que hace, de donde está, de con quien habla, de lo que estará pensando... Me está volviendo loca.
Formamos un grupo y entramos por el pasillo. Por lo menos, en clase estaremos calientes. Será lo único bueno.
Angela se ríe ruidosamente, divertida por la sola idea de saber que estoy colada por Edward: y, para ser sincera, debo admitir que entiendo sus razones. Ese tío está fuera de mi alcance, ha sido aceptado por la elite. ¿Qué podría querer de mí? Si sus actuales colegas lo pillaran confraternizando con alguno de los «raros», como yo, lo expulsarían inmediatamente. Nadie habla con Angela o conmigo a menos que sea imprescindible. Somos diferentes y no encajamos con las estrictas reglas sociales. Angela es demasiado pobre. Sus agujereados zapatos, la estropeada mochila, el uniforme de segunda mano y la ropa usada que viste son elocuentes: nunca podría permitirse ir a la moda. Pero es que además va conmigo, con Cara de Miedo, como a Pecs le gusta llamarme. Si, Angela ha sido mi amiga desde primaria, cuando yo era la única que no se burlaba de su ropa prestada y pasada de moda ni hacia comentarios hirientes acerca de los escasos medios de su familia. Todo el mundo sabe que los Weber viven de la caridad. Cinco críos y un padre que se esfumó nada más nacer el más pequeño ha de ser duro.
-¡Coladita! -exclama, todavía riéndose.
Dado mi estado de ánimo, su comentario me resbala.
-Debo hacer algo para animarte -me dice, dándose la vuelta e incomodando a los demás, que han de apartarse para pasar porque buscan el calor del aula-. Vayamos a ver una película esta noche. Hoy es viernes.
El cine de aquí es una vieja iglesia anglicana acondicionada y que sólo proyecta tres sesiones a la semana: los viernes por la noche, los sábados y los domingos por la tarde.
Comentamos que dan una que va de un juicio a una bruja, en el siglo XVI, y nos echamos a reír.
-Olvídalo -decimos a la vez, y nuestra risa se transforma en una carcajada.
Al final, decidimos que iremos a tomar algo a La Heladería, un bar del pueblo. Mi humor ha mejorado y eso me ayudará a sobrellevar el día. El colegio de Ashpeak es tan pequeño que el antepenúltimo curso, veintisiete chavales, cabe en una sola clase; la única vez que nos dividimos es cuando se imparten las asignaturas optativas. Con la vida social ocurre algo parecido: el único sitio del pueblo que vale la pena es La Heladería. Sus propietarios son una familia italiana que lleva viviendo en la montaña mas tiempo que yo. El sitio tiene un ambiente muy de su país y el capuchino es estupendo; también es el único vínculo de Ashpeak con la cultura.
Quedamos en que nos encontraremos a las ocho, y me paso el resto del día preguntándome si Edward también se pasará por allí y si irá con Chelsea Crowley. Chelsea y Edward. Solo de pensarlo se me ponen los nervios de punta. Soy incapaz de concentrarme y al final tengo otro bajón. Naturalmente que irá y que llevara a Jessica. Ese grupo siempre se reúne en La Heladería. No hay otro sitio adonde ir.
Al final de la jornada, me he convencido de que la única razón por la que siento interés por Edward es porque me preocupa su bienestar. Al menos, aparte de lo que puede haber provocado con su innata torpeza, no ha sucedido nada anormal o inexplicable. Una de dos: o mantiene un férreo control sobre sus emociones o el pasado lunes metí la pata a lo grande, y él no tuvo nada que ver con la tormenta. En este momento, lo ocurrido parece que hubiera sido un sueño, aunque hayan tenido que improvisar un nuevo laboratorio en el bloque de Administración mientras duran las obras. Pero ¿y aquel viento en la tienda de Marie? ¿Fue también cosa de mi imaginación?
Si Edward no tiene ningún don, entonces habré hecho el más espantoso de los ridículos y le habré dado a un desconocido munición suficiente para que consiga que todo el pueblo se ría en mis narices, y no digamos a mis espaldas. La posibilidad es preocupante, y solo de pensar en ella me sofoco como si hubiera metido la cabeza en un horno.
Resulta un alivio que las clases terminen. El helado viento del exterior me refresca, y me pongo a repasar todas y cada una de las estupideces que le dije a Edward, palabra por palabra.
Mientras camino hacia mi casa sé que, lo mire como lo mire, lo he estropeado todo.
