Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.
Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.
Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.
Bella
La Heladería está abarrotada. Según parece, todo el mundo ha venido aquí. Todos menos Edward. Sin embargo, está Chelsea Crowley en compañía de una ruidosa pandilla, en su mayoría chicos: Pecs, Felix, Alec O'Donnell. Los de siempre. Me pregunto que habrá pasado con Heidi. Pecs tiene el brazo extendido sobre el respaldo del asiento de Chelsea y de vez en cuando su mano se desliza hasta el hombro de ella y lo acaricia de manera repugnante.
Angela se da cuenta de ese jugueteo.
-Mira eso -dice con tono de disgusto y señalando al grupo con un gesto de la cabeza.
Pecs y sus amigos ocupan dos mesas centrales, que han juntado. No va ser fácil hacer como si no estuvieran.
-¿Te has enterado? -prosigue- Dicen que Heidi le ha enseñado los dientes a Pecs.
Me quedo mirándola. Eso es una noticia bomba. Angela tiene toda mi atención.
-Por lo que cuentan, le ha dado un ultimátum: o acepta a Edward en su pandilla o ya puede marcharse con viento fresco. ¿Lo puedes creer? Bajo el aspecto de matón de Pecs se esconde un gatito que besa los pies de Su Alteza. Y eso no es todo –añade de corrido- se rumorea que Heidi tiene a Edward loquito por sus huesos.
Tengo que hacer un esfuerzo para acordarme de respirar.
-Naturalmente, Chelsea Crowley no dice una palabra. Sabe cual es su lugar -concluye mi amiga.
Intento asimilar toda esa información, y la imagen de Pecs convertido en una bola peluda arrodillado a los pies de Heidi casi hace que estalle en una carcajada. Eso demuestra quien manda aquí. Las feministas estarían encantadas, y supongo que Edward también. Sin embargo, aunque lo suyo con Heidi no es una sorpresa, me deja hecha polvo. Ha conseguido lo que deseaba desde el primer día: que lo aceptaran. Me di cuenta de la fuerza de su deseo nada más conocerlo, su ardiente necesidad de formar parte de un grupo. Se ha salido con la suya, porque son la pandilla más popular de todo el colegio. Edward lo ha conseguido.
Estamos sentadas en un rincón, en la mesa más alejada de la puerta. No frecuentamos el local, pero, cuando venimos, este es mi sitio favorito, semi-escondido tras la esquina de la barra, cerca de la cocina y fuera de la vista de la gente.
Creo que sé donde se encuentra Edward en este momento: en alguna parte con Heidi Vulturi. Probablemente habrán ido antes al cine. Se me encoge el estomago cuando pienso que puede estar viendo lo que dan esta semana. Esa basura acerca de una bruja a la que queman en la hoguera.
Al cabo de media hora, entran ambos en La Heladería. Heidi menea las caderas mientras va de mesa en mesa. Sus largas piernas le dan un aspecto elegante, y lleva el pelo suelto sobre los hombros, de manera que se le ondula cada vez que vuelve la cabeza para asegurarse de que Edward le sigue los pasos. El pobre, lo mismo podría llevar una correa atada al cuello.
Hago un esfuerzo para apartar la mirada de la brillante, ajustada y roja minifalda de Heidi. Las medias negras hacen que esas piernas parezcan interminables, y el breve corpiño azul deja al descubierto un ombligo perfecto, perforado por un pequeño y caro anillo de oro. En otras palabras: tiene que estar heladita con esa ropa.
Suelto un bufido, rebosante de envidia, y me asalta un maligno pensamiento mientras saco un pañuelo de papel del bolsillo de mis vaqueros. Claro, no siente frío porque Edward la abriga. ¡Dios mío, que injusto es el mundo!
-¡Vaya cambio! -comenta Angela, moviendo la cabeza- Y aún no me has dicho que opinas.
Se refiere al hecho de que Pecs haya sido destronado por un recién llegado, pero solo puedo acordarme de que esta mañana parecía que Chelsea Crowley estaba con Edward. Apuesto a que no esta demasiado contenta con el cambio. Sin embargo, Heidi consigue lo que quiere. Es cosa de la educación que le han dado: superrica y supermalcriada. Sus padres tienen una granja de sementales Hereford, pero no llevan directamente el negocio: él es el doctor Vulturi, y ella es abogada y la presidenta local de la Asociación Nacional de Mujeres. Ambos son los profesionales de mayor prestigio de Ashpeak.
Me sueno la nariz mientras maldigo los resfriados que anuncian la llegada del invierno y reflexiono acerca de la situación. Era previsible: Heidi no ha dejado de babear ante Edward desde el primer momento en que le puso la vista encima, aquella memorable mañana, en el laboratorio. Incluso Pecs se dio cuenta, pero Heidi es una maldita manipuladora. ¡Dios mío! ¿A quién pretendo engañar? Heidi ejerce más influencia en el colegio de la que Pecs podrá desplegar en toda su vida. Él es un simple matón, mientras que ella es lo que hay que ser y la chica con la que todos quieren que los vean. Pecs la adora, se la come con los ojos, y Heidi es la reina del instituto de Ashpeak. Nadie está a su nivel en las cuestiones fundamentales: belleza, arrogancia y categoría social.
Entonces se me ocurre que, puesto que Edward se ha convertido en miembro del grupo, Pecs va a tener que encontrar a otro a quien buscarle las cosquillas. Pecs es así, necesita tener un saco de boxeo siempre a mano.
Angela me mira, extrañada, como si aguardara la respuesta de alguien que acabara de marcharse a otro planeta. Intento recordar lo que ha dicho, algo acerca de que Heidi sale con Edward.
-¿A quien le importa? -contesto.
-A ti no, claro -me dice con una dulce sonrisa cargada de sarcasmo.
Entorno los ojos y decido que lo mejor es pedir otro capuchino, pero, como no hay forma de que el camarero me haga caso, me levanto, voy hasta el mostrador y lo pifio, porque me ven dos personas: una es Edward, que me mira con expresión sorprendida, como si lo hubiera cogido con la guardia baja. Pago la bebida y, aunque noto sus ojos clavados en mí, mantengo la mirada gacha. Sin embargo, no puedo evitar echarle un vistazo. Cuando nuestros ojos se cruzan, los suyos ni parpadean, y eso me deja la boca seca.
La otra es Pecs, que ha seguido la mirada de Edward. Cuando me ve, se burla ruidosamente.
-No me extraña que la mires así -comenta al tiempo que le pasa un brazo por los hombros en señal de masculina camaradería, como si fueran colegas de toda la vida-. No te preocupes, ya te acostumbrarás. Aquí la llamamos La Monstruita. -Y empieza a agitar las manos.
Se me derrama una parte del café mientras me apresuro camino de mi asiento, pero no ha sido por el comentario de Pecs (puedo soportar eso y más), sino por la mirada de Edward, teñida de una súbita dureza. Es la misma que recuerdo haber visto en otra ocasión, en el laboratorio del señor Banner momentos antes de aquella extraña tormenta. Edward esta fulminando a Pecs, y este, que todavía se ríe de sus chistes, no se da ni cuenta.
-A esa no le hagas ni caso.
El comentario es de Heidi, que se abraza a Edward para llamar su atención. Esta tan cerca de él que si se aproxima un centímetro más, se sentara en su pantalón.
-Solo vale para reírse de ella -prosigue- Su abuela es la que echa las cartas y tiene esa tienda de cosas raras. He ido por allí alguna vez y sé que ocultan lo más interesante en la trastienda. Marie hace sacrificios de seres vivos. Ya sabes, beben sangre, celebran misas negras y toda esa historia.
Él la contempla con la incredulidad pintada en el rostro, pero Heidi hace un mohín.
-Te aseguro que es cierto, Edward. Todo lo que he dicho. -Sus carnosos labios tiemblan a causa de la afectación-. Yo he visto manchas de sangre en las alfombras de su casa. -Inclina la cabeza y añade con un hilo de voz-: Bueno, no sé, en cualquier caso era algo de color rojo... Además, las han visto bailando desnudas en el bosque. Es asqueroso, adoran al diablo. -Heidi mira a los presentes mientras habla, de manera que todos la oyen claramente-. Solo son dos, pero ¿quien las quiere?
De repente, el vaso que la camarera le sirve a Alec O'Donnell estalla en mil pedazos.
-¿Qué...?
-Lo siento. ¡Oh, Dios mío! cuanto lo siento! –exclama Jessica Stanley, mi compañera en el laboratorio, que también atiende las mesas. Es una buena chica que estudia mucho, cuyo esfuerzo, sin embargo, no se refleja en sus notas, aunque no por eso deja de intentarlo. Lo siento por ella, porque el accidente no ha sido culpa suya y porque no necesita que el cabreo de Alec se sume a su azoramiento-. No sé lo que ha pasado -se disculpa-. ¡Ha explotado, así, sin mas!
Carmen Denali, una de las propietarias, se acerca a comprobar lo sucedido y pasa al lado de Angela y de mí, que ya estamos pensando en marcharnos. Parece tan enfadada que creo que va a pegar a Jessica. Debe de tener una mala noche, porque normalmente no se comporta de esta manera. Suele ir a la tienda de Marie en busca de objetos de decoración con la idea de darle a su establecimiento un toque que resulte atractivo para la clientela más joven. En alguna ocasión me he cruzado con ella, e incluso me ha preguntado qué es lo que les gusta a los chicos de hoy en día. Parece buena persona.
Por el rabillo del ojo controlo la situación mientras aguardo a que Angela recoja sus cosas. Se le ha caído la chaqueta al suelo, de modo que tiene que agacharse entre la mesa y el mostrador para recuperarla. Entre tanto, Carmen escucha atentamente las explicaciones de Jessica y acaba reconociendo que no ha sido culpa de la chica (nadie podría ser tan buen actor); luego, la ayuda a limpiar el desorden y ofrece una ronda gratis de refrescos y cafés.
Llegados a este punto, lo mejor que podemos hacer nosotras es marcharnos. Me refiero a que no soy ninguna cobarde y que podría con todos si fuera necesario, pero ¿para qué? Si les hiciera daño, más tarde lo lamentaría; y no por ellos, sino por Marie. La tienda es su modo de subsistencia y, aunque no la haga millonaria, disfruta con el trabajo, coleccionando objetos raros, experimentando con lo que se vende y con lo que no y, sobre todo, hablando con los turistas que se acercan a curiosear. Además, si soy sincera, debo admitir que también me preocupa lo que pudiera pasarme a mí. Todos piensan que soy rara, pero no saben de la misa la media. Si descubrieran la verdad, mi vida en este pueblo se convertiría en una pesadilla. Ashpeak me gusta demasiado para arriesgarme: es tranquilo, y la mayoría de la gente me deja en paz.
Le echo otra mirada a Edward, y la necesidad de desaparecer se convierte en una urgencia. Se lo ve muy pálido. Si realmente resulta que tiene el don y esta a punto de perder el control, las cosas pueden ponerse muy feas.
Estoy a punto de alcanzar la puerta cuando Pecs, que vuelve a las andadas, decide que en lugar de esfumarme debo convertirme en su saco de boxeo. Las palabras de una serie de peligrosos encantamientos cruzan por mi cerebro como una corriente eléctrica. y tengo que luchar contra mí misma para no poner en práctica ninguno.
-Eh, Cara de Miedo -me dice al tiempo que sus dedos se me clavan en el brazo y me hacen daño- ¿te marchas tan pronto? Si todavía no hemos acabado de divertirnos.
-Suéltame, Pecs. Tu aliento huele como la mierda de rana.
Se queda cortado, pero solo durante un instante, que no es suficiente para que pueda liberarme. Rezo en silencio para que Edward mantenga la calma, pero mis ruegos no lo alcanzan.
Entonces los cristales estallan por todas partes, y no hay mesa, estante o ventana que se libre. Las bebidas se derraman sobre los clientes y por el suelo, y la gente se pone a gritar; también Carmen, que lanza ordenes en italiano. El personal de la cocina hace acto de presencia, vestido con blancos delantales y graciosos gorritos del mismo color.
Durante un segundo, creo que Pecs va a soltarme, distraído por el caos que se ha desatado, así que intento zafarme, pero sus dedos me aferran con más fuerza. Mañana me saldrán unos cuantos morados.
-No tan deprisa bruja. Seguro que esto es obra tuya.
Se refiere a los cristales rotos que hay por todas partes. Suelto un bufido y le digo:
-No sabía que además de feo fueras estúpido.
Eso no le sienta bien, y se pone a gruñir como un cerdo al que hubieran mantenido demasiado tiempo enjaulado.
-Sé lo que necesitas: alguien que te ayude a aprender buenos modales -me espeta.
Antes de que haya tenido tiempo de apartar la cabeza, tengo su boca en el cuello y noto como sus húmedos labios se deslizan por mi hombro. Me entran ganas de vomitar. Sin embargo, opto por ponerme en plan duro y, cuando se incorpora, lanzo un puñetazo a su fea cara. Pero no llega a su objetivo. Tengo que concederle algo: para ser un bruto tan grandote, tiene unos estupendos reflejos. Me atrapa el puño con la palma de la mano y lo envuelve con los dedos.
-Conque luchadora además de bruja, ¿eh? -dice mientras se humedece los labios con su gruesa lengua- ¡Me gusta! ¿Por qué no me llevas a casa en tu escoba?
Angela rechina los dientes ante el comentario e intenta tirar del brazo de Pecs para liberarme mientras le dedica unos cuantos cumplidos, pero el muy bestia se la quita de encima de un empujón, y Angela cae al suelo.
Entonces ocurren dos cosas: una, que Edward se alza con rabia blandiendo una silla, y dos, que una atronadora vibración resuena bajo nuestros pies.
Eso tiene el increíble efecto de provocar una súbita inmovilidad en medio del caos. Los presentes callan y escuchan, se miran y se formulan calladas preguntas. Las vibraciones se extienden y alcanzan las paredes, las mesas, las cortinas, las lámparas... En cuestión de segundos, todo se agita.
Pecs me suelta cuando el miedo se apodera de él. El estruendo aumenta y la gente empieza a chillar, convencida de que se trata de un terremoto. Todo el mundo se precipita hacia la salida formando un tapón. Angela me agarra del brazo y tira de mí para que la siga, pero no puede conmigo porque debo encontrar a alguien.
-Sal tú -le ruego- Enseguida te alcanzo. Primero he de asegurarme de que Edward se encuentra bien.
-Él puede ocuparse de sí mismo, Bella. Hemos de salir de aquí antes de que todo esto se derrumbe. ¡Es un terremoto!
Un grupo de gente nos empuja en sus prisas por llegar a la puerta, y nos quedamos atrapadas en un rincón. La vibración se intensifica y cada vez resulta más difícil mantenerse en pie. Todo se mueve, especialmente el suelo, que se agita como una ola. arriba y abajo, tirando mesas y sillas y sembrando el suelo de fragmentos de vajilla.
-¡Gracias a Dios! ¡Por fin! ¡Allí esta! -Angela señala el centro de la sala, haciéndose oír por encima de los gritos histéricos. Edward está allí, muy quieto, con cara de ido, la mirada perdida-.¡Date prisa, Bella, ve por él!
-Eso pienso hacer, Ang, pero quiero que te vayas a casa, ¡ya! Te llamo luego.
Me alejo sin darle tiempo a que me siga. No quiero que pueda relacionar a Edward con ningún fenómeno paranormal, aunque sé que lo entendería porque esta acostumbrada a lo de Marie y a lo mío. Edward es el que no sabe nada. La situación es delicada y requiere habilidad.
Cuando llego hasta él, está sólo. Sus amigos se han esfumado, pero ¿qué esperaba? Son unos cerdos.
Está como en trance y ni siquiera mueve un músculo cuando le hablo. Nada de lo que le digo surte efecto y, por un momento, no sé que hacer. Entonces, una grieta se abre en el techo y una enorme lámpara de cristal se desploma con estrépito. Me lanzo sobre Edward y lo empujo violentamente para que el artilugio no lo aplaste; ambos aterrizamos en el suelo, yo encima de él. El golpe parece despertarlo levemente, y se pone en pie, muy despacio.
Lo cojo de la mano y lo guío por la cocina hacia la salida. Por fin salimos al callejón de la parte de atrás, que esta sorprendentemente silencioso y quieto. Miro alrededor, pero no veo nada anormal en los edificios que nos rodean, ningún temblor, ninguna grieta, a nadie gritando histéricamente. Meneo la cabeza y me prometo que pensare en todo esto más tarde, en casa. En este momento, debo llevar a Edward a un lugar seguro. Si alguien lo viera en este estado semicatatónico podría recordar que estaba igual cuando lo del incidente en el laboratorio y empezar a hacer preguntas, preguntas para las que Edward no tiene respuesta.
Quizá es por el aire helado o que sé yo, el caso es que empieza a despertarse, aunque todavía está atontado y le cuesta caminar. Vamos despacio y nos detenemos cada pocos pasos para que pueda recuperarse y respirar. Tengo su brazo sobre los hombros y cargo con él por el sendero, sobre todo el último trecho, cuesta arriba.
Finalmente, llegamos; sin aliento, pero en una pieza. Marie me ayuda a subirlo a mi habitación y a meterlo en la cama. Sé que ella querría hacerme un montón de preguntas, pero se abstiene hasta que lo acomodamos. Se lo agradezco, porque estoy demasiado cansada para pensar con claridad. Edward parece ausente y los párpados se le cierran, como dos pesadas compuertas. Su respiración es anormalmente lenta, y le lanzo a Marie una mirada de preocupación mientras me desplomo en la silla de mi tocador.
-Le preparare una infusión que lo reanimará. Así, mientras hace efecto, podrás contarme lo que ha sucedido.
Regresa diez minutos más tarde con un tazón lleno de una bebida humeante y muy perfumada. Básicamente es una mezcla de hierbas: albahaca para la fatiga mental, bergamota para el estrés, salvia para la fuerza muscular, espliego para la ansiedad y el dolor de cabeza; puede que haya algo más, pero no puedo distinguir el aroma.
Entre las dos conseguimos que se lo tome y, mientras se vuelve a tumbar, le cuento a Marie lo sucedido en el bar: las bromas pesadas de Pecs, el trance de Edward y el violento temblor de tierra. Ella me escucha con toda su atención, moviendo de vez en cuando la cabeza, como si no terminara de creérselo.
-No sabe como manejar el don -concluye-. Su cerebro desencadena esos trances como una forma de protección, pero tiene mucho que aprender antes de que pueda controlarlo.
-Ese es el problema, Marie. No podrá aprender nada mientras siga negándose a afrontar lo que le sucede. Además, hay otra cosa:, me temo que pesa un hechizo sobre él o, al menos, sobre su familia.
Le explico lo de los accidentes, la mala suerte que los ha perseguido a él y a sus padres durante años y también lo de su innata torpeza.
Marie reflexiona un momento.
- Eso podría explicar por qué su don se ha activado. Quizás sea un intento inconsciente de enfrentarse al hechizo, como un arma. Pero sin su ayuda resulta imposible saberlo. Es vital que decida a captar lo que sucede; y, por lo que me cuentas, el factor tiempo es decisivo. A medida que aumentan sus poderes pueden aumentar los del hechizo. Es probable que ambas cosas estén relacionadas.
