Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.

Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.

Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.

Edward

¡Dios mío, que raro me siento! Noto un calor por dentro, algo ardiente. Es como si pudiera percibir cada músculo, cada tendón, cada neurona de mi cuerpo.

-Se está despertando.

¡Es la voz de Bella! ¡Por favor, que no vuelva a meterse en mi cabeza! Abro los ojos y la veo inclinada sobre mí. Estoy acostado sobre una cama dura aunque cómoda. Miro a mí alrededor, pero, aparte de ella y su abuela, no hay nada que me resulte familiar.

Un resplandor ambarino brilla cerca del techo, hay un antiguo tocador y un taburete, y unas campanillas de cristal cuelgan delante de una ventana emplomada y cerrada. Encima del tocador descansa un gran cuenco de madera por cuyo borde Bella desliza la yema de los dedos. Aparentemente está lleno de agua y de pétalos de flores. Al lado hay una lámpara de aceite de cerámica, apagada. Toda la habitación huele a limpio y a madera, como un bosque.

-¿Cómo te encuentras, Edward?

Me incorporo, apoyándome en un codo, para responder a Bella y a su abuela, pero, entonces, me acuerdo de que no sé como debo llamarla.

-Mejor, muchas gracias, señora...

-Llámame simplemente Marie -me sugiere. Su sonrisa es cálida y, por lo menos en esta ocasión, no se ha puesto a gritar y a despotricar acerca de no se sabe que serpientes.

-¿Es tu dormitorio? -le pregunto a Bella.

Ella asiente y me ayuda a sentarme. Pongo los pies en el suelo y descanso apoyando los codos en las rodillas. El ardor, la extraña percepción de mis órganos se desvanece y la cabeza se me empieza a despejar.

-¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado hasta aquí.

-¿Qué es lo que recuerdas?

Tengo que hacer un esfuerzo.

-Estaba en La Heladería. Tú estabas allí con Angela. La camarera dejó caer un vaso y derramó la bebida sobre Alec.

También me acuerdo de los comentarios de Pecs y observo a Bella para averiguar si ella también, pero su mirada (y la de su abuela) está como ausente. Las campanillas de cristal han empezado a sonar y llenan la habitación de un suave tintineo. Cuando cesa, Bella se vuelve hacia Marie y ambas intercambian una mirada de complicidad.

-¿Eso es todo?

¿Qué esperaba, una repetición completa de la jugada? Mis pensamientos retroceden al momento clave. Cuando Pecs la agarro por el brazo y empezó a mordisquearle el cuello, a mí me entraron ganas de cargármelo. Lo curioso es que nunca he sido violento, al contrario: suelo salir pitando a la primera señal de problemas. Nunca he tenido estomago para la sangre y mucho menos la he derramado, ni siquiera la mía. Pero tengo la impresión de que Bella esta esperando una respuesta con todos los detalles escabrosos.

-Pecs te soltó unos cuantos comentarios asquerosos; luego, empezó a babearte el cuello.

Se produce un incómodo silencio. Probablemente he herido sus sentimientos. En estos momentos me importa un pito que Bella pueda ser rara, una chiflada o incluso una sicótica; sus extraordinarios ojos azules grisáceos me observan fijamente y no puedo apartar la mirada; la contemplo, su cabello achocolatado, largo y sedoso; su blanca piel, casi traslúcida; la exótica forma de sus ojos,.. Entonces siento que ninguna otra chica podría parecer tan... No sé..., tan extraordinaria.

-Gracias, Edward -me dice en voz baja, y sus palabras me sorprenden.

-¿Por qué me lo agradeces?

-Por lo que has hecho esta tarde. A tu modo, y a pesar de que ha acabado en un desastre, lo has hecho porque... En fin, porque te importaba. Pecs me ha insultado y tú te has enfadado.

Intento captar su razonamiento. Claro que recuerdo haberme cabreado, pero...

-¿Qué he hecho?

-Has provocado un terremoto.

Si, eso es. He oído claramente lo que ha dicho. «Has provocado un terremoto.»

-¿Qué yo he provocado un terremoto?

Sonríe, pero en su voz no hay ni asomo de alegría.

-Mira, no estoy segura de lo que era, pero, dicho con otras palabras: no queda mucho de La Heladería.

-Si, ahora me vienen a la memoria gritos y el ruido de cristales que se rompen. -Sacudo la cabeza para despejarme. Hay más, estoy seguro, pero mi mente esta confusa-. No sé, quizá me diera un golpe en la cabeza. Si ha sido tan malo como dices, puede que un golpe sea el responsable de mis borrosos recuerdos. No recuerdo nada de un terremoto.

Bella hace un gesto de frustración.

-En efecto, puede, porque un poco más y se te cae encima el techo, lámpara incluida. Por suerte pude apartarte a tiempo.

-¿Me estás diciendo que me has salvado la vida?

De repente, su frustración se transforma en franca hostilidad.

-¡Por el amor de Díos, Edward, eso no es lo importante!

Marie le acaricia el brazo en un gesto que me parece que pretende tranquilizarla.

-Cariño, ve un poco más despacio. Has de tener paciencia...

Bella aparta la cabeza bruscamente, se da la vuelta mascullando y camina hacia el centro del dormitorio, donde puede permanecer de pie sin tener que agacharse, con los brazos en jarras.

Marie se encuentra en el umbral de la puerta, y veo que esos son los dos únicos lugares en los que una persona puede estar erguida sin golpearse con el techo.

-Esta mañana he conocido a tu madre y a tu hermano pequeño. Se llama Emmett, ¿verdad?

-Si -respondo.

Esta claro que intenta aligerar la tensión del ambiente. Yo se lo agradezco, porque, con Bella, las cosas tienden a ponerse inquietantes a la mínima.

-Han estado curioseando por la tienda.

-¿Ah, si? Pues seguro que le ha gustado a mi madre. Le van los cachivaches raros y todo eso.

Las cejas de Marie se alzan en una expresión sorprendida. Vaya, he vuelto a meter la pata.

-Lo siento, no pretendía... -balbuceo en busca de las palabras adecuadas, pero, como de costumbre, nunca acuden cuando las necesito.

Ella sonríe tranquilizadoramente. Entonces compruebo que guarda cierto parecido con su nieta, aunque no precisamente físico. Marie tiene el cabello castaño más claro que el de Bella y ondulado, y lo lleva corto. Aparte de los ojos, tienen poco en común, y eso me hace pensar en el padre de Bella. Quizá fuera asiático o de alguna isla remota. Estoy convencido de que ella también se lo pregunta.

-Tu madre me ha hablado de la ropa y las joyas que hace, y me ha parecido interesante -me dice Marie-. Hemos quedado en que me traerá unas muestras la semana que viene. Las colgaremos en el escaparate y veremos si se venden. A los turistas les gustan los cachivaches raros y todo eso, ya sabes.

No puedo evitar reírme. Marie parece buena persona y tiene sentido del humor. Ojalá le hubiera contagiado un poco a Bella.

-Os prepararé unos bocadillos -propone; luego, se dirige a Bella-: Acuérdate de que tú has tenido dieciséis años para hacerte con tus facultades. ¿Podrías asegurarme que, después de todo ese tiempo, has aprendido a dominarlas por completo y te encuentras plenamente a gusto con ellas?

Ella asiente en silencio y tengo la impresión de que Marie no necesita más. Me alegro. La idea de que se pongan a discutir acerca de dones y talentos especiales me produce escalofríos. Marie se va, así que decide coger el toro por los cuernos antes de que la situación empeore.

-Mira -empiezo, y Bella se da media vuelta con aspecto enfadado-, ya sé que os dedicáis a la magia y todo eso. -Se vuelve y me observa con sus extraordinarios y rasgados ojos, a la defensiva, pero levanto la mano para impedir que diga una palabra-. Esta bien, no me importa..., creo. Por lo menos, mientras no me metas. Quiero decir que me es igual, pero que no quiero formar parte. Lo que intento explicarte de este modo tan lamentable es que no tengo poderes mágicos, ni nada que se le parezca, a menos que ser patoso figure en tu lista de características paranormales.

Sonríe, se acerca y se sienta en el suelo, con la espalda apoyada en el borde la cama. Tengo las rodillas a la altura de sus hombros y mi mano está tan cerca de su cabeza que siento la imperiosa necesidad de tocarla, de comprobar por mí mismo si su cabello es tan suave como parece. Me abstengo. Por mucho que lo desee, no estoy bastante seguro. Es hermosa, de una manera especial y exótica, pero la apariencia no lo es todo. Bella es distinta de las otras chicas, y puede que ese sea su principal atractivo. Chelsea, Heidi y las demás no tienen ningún misterio, su encanto radica en que son normales y no me asustan. Eso hace que me sienta cómodo en su compañía.

- Las serpientes son un antiguo símbolo del diablo.

-¡Oh, no!- exclamo hundiendo el rostro entre las manos.

-Lo he averiguado. Aquí está. Mira, te lo enseñaré.

Se pone de rodillas y del tocador saca con cuidado un viejo libro que sostiene como si temiera estropear la suave cubierta de piel. Luego, se sienta con las piernas cruzadas y lo deja sobre ellas. Parece como si ese volumen tuviera mil años y un millar de hojas amarillentas y gastadas. La negra portada no lleva título alguno y solo está decorada con una sencilla orla.

-Este es el libro más antiguo de todos los quo tiene Marie. Es único, ¿sabes? Habla de la magia antigua.

-Ah. bueno... -murmuro sin saber exactamente que sé.

Busca la página que ha marcado y se pone a leer:

«Las serpientes son un antiguo símbolo del mal. La abundancia de serpientes, en particular alrededor de la cabeza, indica que lo maligno rodea al sujeto y a todos los que se relacionan con él.»

Saco mis gafas y repaso el texto. Está escrito a mano, con tinta negra, y las letras se ven bien, pero el lenguaje es indescifrable y me pregunto que idioma puede ser.

-¿Eres capaz de entenderlo?

Bella se da la vuelta y me mira.

-Es ingles antiguo, de hace mas de mil años. Marie me enseñó a leerlo y a entenderlo.

Sé que lamentaré haberlo preguntado, pero no tengo otro remedio.

-¿Y por qué? La verdad, parece mucho trabajo para algo que no vas a utilizar. Me refiero a que, si aprendieras francés o japonés, al menos te serviría para visitar otros países algún día.

Los ojos de Bella se agrandan desmesuradamente, como si no pudiera creer que hubiera alguien tan estúpido como yo.

-Pues porque así puedo leer los textos antiguos. Esa época me fascina, Edward. Por aquel entonces, la magia estaba muy viva, y había magos realmente poderosos.

Decido seguirle la corriente. No creo una sola palabra de lo que me dice, pero está claro que para ella tiene mucha importancia y que debe de haberle dedicado un montón de tiempo. Intuyo que solo piensa en ello y que no debe de compartirlo con casi nadie, salvo con su amiga Angela. La mayoría de los del pueblo creen que Marie es bruja, y me pregunto como tratarían a Bella si supieran que le apasionan estas historias.

-¿Así que opinas que esto tiene que ver con un hechizo o algo parecido? -pregunto con un tono que procuro que denote interés.

Su sonrisa le transforma el rostro en la viva imagen del alivio y la emoción, tanto que casi me abruma. No puedo evitar una punzada de remordimiento, y ruego para que mi pequeña comedia no la lleve a sacar conclusiones erróneas. Sus ojos chispean.

-Mira esto -me indica y alza el libro para que pueda verlo mejor.

Yo me pregunto por que se molesta si sabe que no entiendo ni jota de esa lengua olvidada, a pesar de todo, me concentro en el grabado, primitivo pero nítido, que es casi como un dibujo en tres dimensiones. Lo examino de cerca y compruebo lo increíblemente detallado que es. Representa una criatura, medio hombre, medio pájaro, un cuervo quizá. La parte humana sostiene un bastón de madera rematado por una cabeza de serpiente, y los ojos, muy rasgados, tienen un aspecto horripilante. Podía jurar que me están mirando fijamente.

-Es un multiforme -aclara Bella, reprimiendo un escalofrío- Sólo los hechiceros más poderosos pueden conseguirlo, y son muy pocos. Solo de leer cosas de ellos se me ponen los pelos de punta.

Me alivia oír semejante confesión. Por lo menos hay algo que es capaz de asustarla. A mí, me basta con ese dibujo. Cojo el libro y descubro que las manos me tiemblan levemente. No me sorprende porque odio lo desconocido, lo que queda fuera del alcance de mi entendimiento y, muy especialmente, todo lo paranormal. Me gustan las cosas sencillas que siguen las reglas establecidas; como que el sol salga todos los días por el este; que las cucaburras se empeñen en despertarme cada mañana con sus ruidosos gritos o saber que, si me miro en el espejo, me encontraré con mi reflejo, me guste o no.

Mi vida ya es de por sí bastante complicada, así que no necesito ese libro para nada. Además, huele de una manera peculiar, como a moho, a viejo. Todo muy auténtico. Me entran ganas de devolvérselo a Bella y salir zumbando del dormitorio. Es una necesidad imperiosa que me invade y hace que se me dispare la adrenalina. Sin embargo, ella sonríe mientras señala los indescifrables caracteres y lee algunos pasajes: "Una vez realizado el hechizo, este puede asumir distintas formas. Las más poderosas pueden durar generaciones e incluso eternamente".

Bella sigue las líneas con la punta del dedo, v no puedo evitar acompañarlo con la vista. Son unas palabras muy extrañas. Intento relajarme, intento que mi mente piense en otra cosa, pero no lo consigo.

Respiro pesadamente y me siento mareado, como si me faltara oxigeno. Me pregunto si no estaré a punto de desmayarme. Se me nubla la visión y se me hace un nudo en el estómago. Todavía tengo los ojos clavados en la pagina que Bella señala. Entonces, me sobreviene un espasmo, y la antigua escritura se desvanece. Sin embargo, la sensación solo dura un instante y enseguida me relajo cuando compruebo que las letras siguen en su sitio. Sin embargo, percibo algo diferente: me ajusto las gafas en un gesto rutinario y caigo en la cuenta de que entiendo perfectamente lo que leo, como si estuviera escrito en mi propio idioma. «... dice la leyenda que los brujos más poderosos pueden realizar hechizos que se renuevan con cada nacimiento de los auténticos herederos del maleficio, que lo serán según la forma del mágico numero siete. Cada séptimo hijo de la línea sucesoria será el portador del hechizo, y este aumentará en virulencia y malignidad en tanto no se renueve o sea conjurado..."

Un repentino estrépito hace que pierda la concentración y las palabras se tornan ininteligibles de nuevo. Es Marie, que acaba de regresar. Miro por encima de las gafas y veo que se le ha caído la bandeja en la que llevaba unos bocadillos y zumo de naranja. Todo el parqué esta salpicado de zumo, migas, lechuga y fiambre.

-¡Marie! -exclama Bella, que se levanta cerrando de golpe el libro, se acerca a su abuela y la ayuda a limpiar el desaguisado.

-Lo lamento -se disculpa-. Nunca había oído a nadie leer eso con una entonación tan perfecta.

Miro el libro que tengo entre las manos y, de repente, es como si me quemara. ¿De verdad he leído yo esas palabras?

Debo de parecer confundido, porque Marie deja que Bella siga recogiendo, se me acerca y me pregunta suavemente y con franqueza:

-Edward, ¿quién te ha enseñado a ti a leer el antiguo lenguaje?

Yo niego con la cabeza, incapaz de admitir que pueda haberlo hecho.

-No sé que me hablas. Esas palabras estaban escritas en perfecto inglés.

Bella deja sobre su tocador la bandeja que en estos momentos solo contiene un montón de trozos de loza y los restos recompuestos de unos bocadillos.

-Hoy en día, el ingles antiguo es indescifrable -añade.

-Eso no es verdad - replico con convicción dado que algo recuerdo de las clases de historia del curso pasado-. El idioma actual ha conservado muchas palabras antiguas. De hecho no es más que una versión modificada, ampliada.

-¡Reconócelo, Edward! -salta Bella-. Tú mismo has dicho que no era ingles.

Estoy allí, de pie, sin saber que hacer pero consciente de que debo marcharme cuanto antes.

-Mira, no tiene idea de lo que ha sucedido. Debe de haber sido una jugarreta de mi imaginación. Eso es todo.

-Edward, siéntate y escúchame bien -me ordena Bella-. Sólo hay una manera de que llegues a creer en estas cosas.

Me quedo mirándola mientras se me erizan los pelos de la nuca. Ella levanta una ceja en actitud desafiante, retándome a sentarme y a obedecerla. Abro la boca para decirle que tengo intención de huir a toda velocidad, pero me apoya las manos sobre los hombros y, con mucha delicadeza, me empuja hasta que me siento en la cama. Luego, intercambia una rápida mirada con Marie, que acto seguido recoge la bandeja con los restos.

-No Ie digas nada que sea demasiado chocante, Bella. Estaré abajo si me necesitas.

Siento el impulso de agarrar a Marie del brazo y obligarla a que regrese, aunque se ponga a gritar a pleno pulmón. Cualquier cosa antes de quedarme a solas con Bella, enfadada como está. Dios sabe lo que puede sucederme. El corazón me late con tanta furia que tengo la impresión de que me va a salir por la boca y dará saltos por la habitación.

El tono de Bella, es suave, como si pretendiera aplacarme. Tengo la impresión de que todo es producto de un sueño o una broma. Estoy desorientado y tengo que hacer un esfuerzo para permanecer quieto, Ella se sienta a mis pies otra vez y vuelvo a encontrarme atrapado. Se apoya de lado en la cama y alza un poco la cabeza para mirarme.

-No voy a hacerte daño, Edward. Solo pretendo enseñarte un poco de magia.

Me limito a hacer un gesto afirmativo. Las palabras son incapaces de florecer en el desierto en que se me ha convertido la boca.

-Relájate –murmura mientras empieza a darle vueltas a una bola o algo parecido.

No he visto de donde la ha sacado, pero confieso que no estoy tan alerta como de costumbre. Sin embargo, por lo que sus dedos me permiten entrever, diría que se trata de una esfera de cristal. Bella nota que la estoy mirando.

-Es un cristal que Marie me regalo cuando cumplí tres años. Sirve para aprender. Ya no lo necesito, pero, a veces, cuando es tarde y no puedo conciliar el sueño, lo cojo y me entretengo jugando, haciendo trucos sencillos. Como este.

Me pone la esfera a la altura de los ojos, pero no percibo nada extraño, aunque tampoco estoy seguro de lo que debería ver. Puede que se deba a mi estado de ánimo, el caso es que no puedo apartar la mirada del objeto, y este parece aproximarse, agrandarse incluso. No sé, quizá sea un espejismo.

A pesar de todo hago un esfuerzo para concentrarme. De repente, unos colores, vivos y brillantes, como pañuelos de seda, cobran vida en el interior y enseguida se desvanecen. Me pregunto si eso habrá sido todo y me alegro de que no haya sucedido nada espeluznante. Me refiero a que todo eso de la gama de rojos, azules y naranjas está muy bien como truco y nada más. Me intriga como lo habrá hecho y, cuando estoy a punto do preguntárselo, algo atrae mi atención. Hay algo más que colores. Son formas, extrañas formas grises que dan vueltas y cambian de aspecto. Me coloco mejor las gafas, pero sigo viéndolo todo borroso; claro que solo las uso para leer. Entonces veo que son figuras humanas, tres. Una de ellas es la de un hombre cuyo rostro esta contraído por el dolor; la otra es una mujer de cabellos castaños, ojos de roedor y aspecto cansado; la ultima es un niño de unos ocho o nueve años con un pelo parecido al mío. Tardo todo un minuto en percatarme de que se trata de mis padres y mi hermano pequeño, Emmett.

Estoy estupefacto, y por varias razones. Por lo que yo sé, Bella no conoce a mi familia, así que, ¿cómo es posible que sepa el aspecto que tienen? Noto que me falta el aire y tengo que hacer un verdadero esfuerzo para apartarme y quitarme las gafas. Bella devuelve el globo de cristal a su lugar, debajo de la cama.

-¿Qué has visto? -me pregunta.

La miro, pero no me salen las palabras.

-Dime que has visto, Edward -repite con insistencia.-¿No lo sabes?

-Sólo he visto colores -respondo.

- Si, pero has visto algo más – dice, y me da un susto de muerte.

-A mi familia...

- Oh -Susurra como si eso fuera respuesta suficiente; luego, añade- Ahora lo entiendo todo.

-¿Qué quieres decir con eso? -Su actitud hace que me entren ganas de chillar.

-Que le he pedido al cristal que te mostrara aquello que más te preocupa.

Compruebo que me he quedado boquiabierto y respiro profundamente. ¿Qué es lo que acaba de ocurrir? ¿De verdad he visto a los míos reflejados en una bola de cristal? ¿No será que Bella me ha manipulado la mente para que lo creyera? Siempre dice que tiene habilidad para captar las emociones y ese tipo de cosas. Supongo que tiene un don. Hay personas que incluso pueden ver cosas antes de que sucedan. No es nada raro. ¿Y si resulta que Bella tiene poderes extrasensoriales y es capaz de proyectar sus pensamientos? Puede que sea cierto que el otro día se metiera en mi cabeza. Bueno, si se trata de eso, creo que podré manejarlo. Esa idea me tranquiliza.

-Sí. Muy interesante.

-¿No se te ocurre nada más? -pregunta con incredulidad.

Me encojo de hombros.

-¿Qué esperabas?

Niega con la cabeza y esconde el rostro entre las manos. Sus palabras suenan amortiguadas.

-Pensé que creerías en el mundo de la magia; que, si te demostraba que existe, te convencerías de que tú también posees un don.

Suelto un sonoro bufido y veo que me mira.

-Ha sido una estupenda exhibición, Bella. Estoy impresionado. Créeme si te digo que me has dejado sin palabras. Pero, con una simple proyección mental, no creo que me puedas convencer de que tengo poderes. Estamos hablando de mí. ¡Que absurda ocurrencia! ¿Acaso no me has visto en el colegio? Siempre meto la pata, soy un torpón, ¿vale? Y no soy nada ni nadie, no pertenezco a ningún lugar.

-¡Dios mío. Edward, estas tan equivocado acerca de ti mismo que me aterra! -exclama Bella, alzando las manos hacia el cielo.

-Lamento causarte esa sensación.

-¡Que burro eres! –responde, dándome un golpe en la rodilla.

Le sujeto la mano para que no lo repita.

-No te entiendo -continua-. Me dices que no tienes raíces y, sin embargo, me contaste que tu padre ha trazado vuestro árbol genealógico y se ha remontado a hace casi mil anos. Eso son raíces y lo demás, tonterías.

Medito sus palabras. Tiene razón, y eso hace que me sienta mejor, como si de verdad perteneciera a alguna parte. Además, esta conversación me resulta más segura y me gusta el rumbo que esta tomando, así que procuro seguir el tema y dejar de lado los rollos paranormales.

-Podría traerte mañana el libro de mi padre, si te parece bien.

-¿En serio? Eso me encantaría -responde con los ojos brillantes de contento.

El instante se eterniza. Enlazo mis dedos con los de ella y noto que el pulso se me acelera.

-Quiero darte las gracias por haberme sacado del bar y también por haberme salvado la vida.

-No creo que aquella lámpara pudiera haberte hecho mucho daño, pero, en cualquier caso, no ha sido nada.

-Bueno... Creo que ahora debería marcharme. Mi madre debe de estar preocupada.

-Si no tienes mas remedio...

Lo ha dicho tan bajito que tengo que inclinarme para oírla. Por lo menos esa es mi excusa, porque el dormitorio esta tan silencioso que lo único que se oye es el latido desbocado de mi corazón. Me acerco más, hasta que nuestros rostros casi se tocan. Mi mirada desciende hasta sus labios... La sincronización es perfecta. Si no lo hago ahora, dudo que vuelva a tener el coraje de intentarlo otra vez: no sólo soy patoso, también cobarde. No sé que se ha apoderado de mí, sólo sé que es mi única oportunidad, así que me aproximo antes de que mis nervios me traicionen. Casi puedo saborear el gusto de sus labios de lo cerca que están...

Pero puede que realmente sea víctima de un hechizo, porque me caigo y, en lugar de darle el beso sensual que había imaginado, aterrizo en su regazo convertido en un lío de brazos y piernas.

-¡Oh, Dios mío, Bella! -mascullo al tiempo que la cara se me pone colorada como un mechero Bunsen al rojo- ¡No sabes cuanto lo siento! ¡Que desastre! Espero no haberte hecho daño.

Mirando donde pongo las manos, me aparto de ella, tropiezo con el pico de una alfombra en la que acabo de reparar por primera vez y caigo de nuevo, esta vez de rodillas y cerca de la puerta.

-¡Maldita sea...!

-¿Estas bien. Edward?

No se ríe, pero poco le debe de faltar, así que decido que lo mejor es desaparecer antes de que eso suceda. Hago un gesto afirmativo, ya que no me siento capaz de mantener una conversación normal y coherente y tampoco me fío de mis balbuceos.

-Si... Eso creo... Bien.,. Debo marcharme...

Bella me acompaña hasta la puerta principal, probablemente para asegurarse de que no me estrello por el camino contra los objetos de la tienda. Lo cierto es que no me entretengo y que echo a correr camino abajo, como si estuviera maldito, como alma que lleva el diablo.

Un escalofrío me recorre la espalda y me eriza el vello del cuerpo. Vale, esta oscuro y hace frío, eso sin contar con que el lugar es solitario y tenebroso. Sin embargo, sé perfectamente que eso no tiene nada que ver, que es a causa de Bella. Por que y de que manera, lo ignoro. Simplemente lo sé. Es ella.