Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.

Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.

Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.

Bella

Es increíble, pero hemos salido en los periódicos y en las noticias de la tele. Aparentemente, el terremoto de La Heladería no se registro en ninguna escala Richter, y eso está generando un montón de confusión. Sin embargo, la destrucción fue real, tan real como los que la presenciaron. El pueblo rebosa de reporteros y tipos con aspecto de funcionario. Es sábado por la mañana, y han acudido como sabuesos durante la noche. Algunos científicos han aventurado hipótesis, pero los testigos no están conformes. No fue una bomba ni una extraña tormenta, como la que azotó el colegio la semana anterior. Todos juran que fue un terremoto.

Es domingo cuando dos policías se presentan en El Bosque de Cristal y se identifican, mostrando sus placas. Por el momento es sólo cuestión de rutina. Yo debo de ser una de las últimas de su larga lista de testigos. Por su expresión deduzco que no esperan que les cuente nada nuevo, así que no los decepciono y me limito a describir el temblor de tierra que arraso el lugar con el debido tono de nerviosa aprensión. Me pregunto como se habrá manejado Edward con el interrogatorio. Aunque difusos, probablemente sus recuerdos sean suficientes para los investigadores, y confío en que cualquier laguna de su memoria se achaque a la fuerte impresión.

Los policías se marchan, aparentemente satisfechos, aunque no más sabios, y yo decido que lo mejor que puedo hacer es acabar los deberes. Sin embargo, no tengo la cabeza para la tarea. Estoy esperando a Edward, y no llega. Comento que volvería para enseñarme el libro de su padre, aunque supongo que habrá cambiado de opinión y preferirá mantenerse apartado de los burócratas, polis y científicos que pululan por todas Partes.

Me lo encuentro el lunes en clase y no me hace el más mínimo caso. Se ha sentado en la mesa de siempre con la pandilla habitual: Pecs, Chelsea y, naturalmente, Su Alteza Heidi Vulturi. Eso me duele, pero no tengo intención de decírselo. Entonces, pienso algo y se me hace un nudo en el estómago. Es posible que Edward posea un don formidable, pero en el fondo de su alma, donde importa, no es nada más que un cobarde, un patético cobarde que prefiere esconderse o huir antes que enfrentarse con lo que se escapa a su comprensión, lo incomoda o, simplemente, no encaja en sus estúpidas reglas.

Me evita durante toda la semana, pero, aparte de eso, por lo menos no sucede nada anormal. Me trago unos cuantos comentarios baratos de Pecs, que sigue empeñado en que fue un acto de brujería lo que destruyó el bar. Sin embargo, tras unos cuantos días, la mayor parte de mis compañeros se cansan del asunto y me dejan en paz.

Así pues, me sorprende ver a Edward en El Bosque de Cristal el sábado siguiente. Como es costumbre, ayudo a Marie en la tienda los fines de semana y así ella tiene tiempo para ocuparse de otras cosas.

Su madre lo acompaña, y los observo desde el suelo, donde estoy llenando una estantería baja; mientras, ella deposita en el mostrador un montón de prendas curiosamente decoradas con pedrería. También deja algo de joyería: brazaletes, collares de cuentas de colores y pendientes. Marie examina la mercancía con verdadero interés. Las prendas son de tela vaquera, de seda o de hilo, pero todas comparten los mismos adornos con cuentas, falsos diamantes o simples cristales coloreados. No están mal si a uno le gusta el estilo vaquero o simplemente quiere parecer original. Tienen personalidad, pero no creo que encajen con la línea new age de Marie, que ofrece a los turistas algo más nuevo. Sin embargo, decide quedárselos y darles una oportunidad y comenta que los pondrá en una estantería, cerca del escaparate.

Edward tiene la cabeza en otro sitio, así que aprovecho para estudiarlo durante unos instantes antes de que se percate de que lo estoy mirando. Parece fascinado por unas figuritas de estaño, y las esta acariciando cuando se da cuenta de que lo observo. Su mano se detiene, y nuestros ojos se encuentran. Sonríe con una expresión de ingenuidad infantil y señala el libro que lleva bajo el brazo. Es el árbol genealógico que ha reconstruido su padre, y debo hacer un esfuerzo para no parecer tan interesada. Claro que me gustaría verlo, seguro que me ayudaría a completar lagunas acerca de Edward, pero no es solo eso. Tampoco quiero que se me note lo colada que estoy por él. Al fin y al cabo no me ha hecho ni caso durante toda la semana.

Me acerco a donde está, intentando parecer natural.

-Así que has traído el libro.

Asiente y señala con el codo el mostrador, donde su madre y mi abuela charlan sobre el mejor sitio para exponer la mercancía.

-Sí. Y a mi madre también.

Le echo un vistazo a la señora Cullen procurando no sondearla. No sería un sujeto difícil. Tiene un rostro envejecido pero que denota franqueza, y el cabello castaño, veteado de canas que no intenta disimular. Viste un pantalón negro que hace que sus piernas parezcan aún más delgadas y una blusa amarilla que le acentúa un vientre pequeño y redondeado.

-No habéis traído a tu hermano...

-No. Mi padre le había prometido que lo llevaría a pescar con mosca al riachuelo que hay detrás de la granja.

Una vez finalizadas las transacciones, se nos acercan, y mi abuela hace las presentaciones como si fueran viejas amigas. Sonrío y le doy la mano a la madre de Edward. La suya es pequeña y fría, pero sorprendentemente fuerte. Me pide que la llame Esme, lo cual denota amabilidad y ninguna afectación, además de desvelar otras facetas de su personalidad. Enseguida me cae bien, a pesar de que cruza con Edward una mirada incómoda. Estoy segura de que han hablado de mí. La idea me irrita, así que decido hacerlo, aunque sólo sea una vez. Un solo sondeo, me prometo a mí misma.

Se muestra cautelosa, temerosa incluso, y noto que está en guardia, lo cual significa que Edward le ha dicho que soy rara, estoy chiflada o algo parecido. Eso me decepciona, pero no altera la opinión que me he formado de ella; después de todo, su predisposición se debe a los comentarios de su hijo. ¿Cómo voy a llegar hasta él si me considera carne de manicomio?

Marie la invita a tomar una taza de té, pero ella declina el ofrecimiento.

-Quizá la próxima vez -explica-. Debo ocuparme de mi otro hijo, Emmett, y de Carlisle, mi marido. Los he dejado esta mañana cerca del río que pasa por nuestra granja, pero Ian tiene mal la pierna v la medicación hace que le entre sueño con facilidad.

Cuando se ha marchado, Edward sube conmigo al piso de arriba. Nos sentamos en el suelo, uno al lado del otro, con unas galletas de soja para picar y el libro abierto ante nosotros. Es un grueso volumen lleno de historia y empieza con las ultimas familias. Según parece. Carlisle Cullen fue hijo único y su padre murió de un ataque cuando el chico solo tenía seis años. Su madre vive todavía y está en una residencia de ancianos en las afueras de Sydney, con una hermana mayor.

Inmersos en los detalles, perdemos el sentido del tiempo. Más tarde, hacemos una breve pausa para comer y, mientras charlamos de cuestiones nada comprometedoras, como el colegio, los deberes o las payasadas de su hermano pequeño, devoramos unos rollitos de verdura. Luego, volvemos a mi dormitorio con nuestras bebidas y nos sumergimos de nuevo en el texto. Resulta que a Edward le apasiona la historia tanto como a mi y ambos nos reímos de la coincidencia. El ambiente se hace cálido y relajado.

La verdad es que no sé que estoy buscando; supongo que algún indicio de que sobre los Cullen pesa un hechizo. En cualquier caso, el libro resulta de lo más informativo y esta lleno de datos interesantes sobre muchas generaciones y ramas de la familia. Como era de prever, todas tienen algún cadáver en el armario, unas más que otras, pero, al final, se puede apreciar un patrón: los accidentes y las tragedias parecen haberse cebado en las que tienen un elevado número de hijos. El asunto me tiene fascinada.

Resulta que los antepasados de Edward se remontan a la Inglaterra de la Edad Media, mucho antes de que se conservaran archivos. Eso me hace pensar en que la información habrá sido transmitida probablemente de forma oral de padres a hijos y que no será fácil separar la verdad de la ficción, los hechos de los relatos que, a buen seguro, se narraban una y otra vez en torno a una hoguera en las frías noches de invierno.

Es algo que procuro tener en cuenta a medida que voy leyendo, sobre todo cuando abordo la última y más antigua familia, la que se encuentra al final del libro, cuyos avatares están sumidos en la controversia. Según parece, uno de los hijos, un bastado, secuestro a la esposa de uno de sus hermanastros la misma noche de bodas. Un tiempo más tarde, los recién casados partieron lejos y nunca se los volvió a ver. Se rumoreó que la novia había quedado embarazada del bastardo y que este había recurrido a ciertas artes mágicas para seducirla, pero, como nunca se supo nada tras la marcha del matrimonio, fue imposible demostrarlo. Cuando su primogénito apareció con ocasión de su vigésimo octavo cumpleaños para reclamar la herencia, esta le fue negada por razones de linaje. Al final, el asunto se dirimió tras un cruento combate. Me pregunto hasta que punto será verdad. No importa que otros capítulos lea; mi mente vuelve una y otra vez a las andanzas de esa memorable familia.

Sin embargo, a pesar de lo fascinante que resulta, especialmente las referencias a la magia, tengo que hacer un esfuerzo para no atascarme en un capítulo concreto. Finalmente, casi al atardecer, reconozco un patrón que le da credibilidad a la historia de esa primera familia.

-Tiene que ser eso - anuncio, echándome hacia atrás y cruzando orgullosamente los brazos- Creo que ya sé quién es el brujo.

La cabeza de Edward se alza como impulsada por un resorte.

-¿Cómo has dicho?

-Mira, el hermanastro recurrió a la hechicería - respondo mientras paso rápidamente las paginas hasta llegar a la primera familia - Debió de ser algo extraordinario si se ha transmitido a lo largo de tantas generaciones. Yo creo que...

-Venga ya - se burla Edward, interrumpiéndome.

-Esta ahí, Edward. Solo tienes que mirar.

-Eso depende de como lo veas. ¿No dijiste que en aquella época la información no era del todo fiable?

Lanzo un profundo suspiro. Este tío es imposible, totalmente negativo.

- Vale, admito que puede ser fragmentaria y que algunos datos pueden haber sido exagerados, pero, si contemplas el libro como un todo, verás que hay una clara tendencia hacia la desgracia y los accidentes en las familias más numerosas. Es un hecho, Edward. Ahí está: afectó a todas las parejas que tuvieron más de siete hijos varones y todo empezó con la primera, la que tuvo más que ver con la hechicería. ¿Acaso no lo ves? Todo debió de empezar entonces.

- De acuerdo, ha habido mucha mala suerte - admite Edward- pero ¿brujería? Tienes que estar bromeando. – Esta claro que se niega a aceptar la realidad y añade- El hecho de que el infortunio se haya abatido sobre esas familias no tiene nada que ver con que tuvieran muchos hijos, y mucho menos implicar que estuviesen malditos.

Intenta racionalizar mi teoría. De hecho, intenta racionalizarlo todo. Una molesta costumbre.

-¿Cómo puedes decir eso? ¡Todos tus antepasados con más de siete hijos están gafados!

-Eso es ridículo. Además, la mayoría de las familias pasan por momentos difíciles alguna vez, y supongo que todavía más en aquella época, en plena Edad Media. Y no digamos de las numerosas. Lo que te ocurre es que en tu casa sois tan pocos que no sabéis como son esas cosas.

-Me quedo mirándolo y, aunque sus palabras me han dolido, procuro pasarlas por alto. Lo que más me preocupa es su falta de fe. ¿Por qué no puede permitirse creer, por que se resiste a lo obvio?

-¿A qué llamas tú un «momento difícil»? - pregunto - .¿A la ruina, las amputaciones, las muertes inexplicables, los raptos, los asesinatos...? Pues todo eso sale en el libro y le sucede a cada familia con más de siete hijos.

-Veo que frunce el entrecejo y desvía la vista hacia la ventana. Cuando vuelve a mirarme veo que duda y debo hacer un esfuerzo para resistir la tentación de sondearlo. Finalmente, se levanta y se encoge de hombros, como si hubiera decidido que es hora de marcharse.

-Mira - me dice - tu teoría es interesante, pero conmigo no funciona. Sólo tengo un hermano, Emmett, y soy el primogénito, no el séptimo. A ver corno explicas eso.

Naturalmente, está en lo cierto y, de repente, me siento como una estúpida. Toda mi cháchara sobre hechizos y brujería me parece ridícula. Por lo menos, así es como debe de verlo Edward y como debe de verme a mi. Me pongo de pie, meneando la cabeza, y le devuelvo el libro, pero no le veo los ojos.

-Quédate el libro, si quieres - me dice – Mi padre no lo echará de menos, al menos durante unos días. Pero será mejor que me vaya. Hace horas que mi madre debería haber llegado. Se habrá olvidado de que tenía que recogerme, así que es mejor que me ponga en camino.

-Marie podría llevarte a casa con el coche.

-¡Ni hablar!

Su respuesta es brusca. Esta hasta las narices de tanta tontería y solo desea salir de aquí sin perdida de tiempo.

-Me refiero a... que no me importa caminar - añade - No vivo lejos. Al fin y al cabo, es todo cuesta abajo.

El teléfono se pone a soñar en el salón, pero me siento tan avergonzada que dejo que sea Marie quien lo coja. Edward y yo nos quedamos en silencio un instante, mirándonos sin saber que decir. Oigo que Marie habla, pero no distingo las palabras.

-Está bien -digo finalmente- Te acompaño hasta la puerta.

- Bah, no te molestes - responde, dándose la vuelta deprisa y chocando casi con Marie, que estaba a punto de entrar en el dormitorio.

-Era tu padre -le explica ella, y me percato al instante de que algo va mal - Me temo que se ha producido un accidente...

Edward levanta bruscamente la cabeza y se la golpea con el techo.

-¿Qué... qué ha sucedido? - pregunta mientras se la frota. Le vacila la voz - ¿Está mi padre al teléfono todavía?

-Lo siento, no -responde Marie- Tenía prisa y me ha dicho que te reunieras con él en el hospital, que allí te lo explicará todo. Vamos, sacaré el coche y te llevaré.

-Oh, Dios mío, ¿y ahora qué? -exclama para sí; luego le pregunta a Marie - ¿Lo ha notado mal? ¿Ha dicho quien estaba herido?

Ya estamos a mitad de la escalera.

-No quisiera asustarte, Edward, pero tu padre parecía bastante afectado.

Se tardan unos veinte minutos en llegar al hospital. Edward va sentado delante, con Marie. No hay nada que podamos decir; ni siquiera sabemos lo suficiente para aventurar hipótesis; sólo que ha sido el padre quien ha llamado, así que debe de estar bien. Eso señala a Esme, la madre de Edward, y a su hermano de nueve años, Emmett.

El hospital de Ashpeak Mountain parece más un hogar de jubilados que una clínica, pero tiene una sala de urgencias que permanece abierta las veinticuatro horas del día. Por ella pasan los imprudentes y los excursionistas que se aventuran en el bosque sin conocer el terreno. También las victimas de los accidentes de trafico, porque la carretera que sube desde el valle es estrecha y esta llena de curvas; por no hablar de los granjeros, la profesión más normal entre los habitantes del pueblo. Hoy ha llegado una pareja con un recién nacido que no deja de llorar, y el padre nos mira pasar a toda prisa, preguntándose probablemente el porque de tanto apresuramiento en una tranquila tarde de sábado.

Una enfermera de recepción nos acompaña hasta una pequeña habitación lateral y allí encontramos a Esme, acurrucada en su asiento, estrujando su pañuelo de hilo. Parece diminuta, y cuando ve que entramos y nos mira, observo que está destrozada: tiene los ojos enrojecidos de tanto llorar y esta muy pálida.

- Mis pesadillas han regresado -murmura.

Miro fugazmente a Edward, que se limita a encogerse levemente de hombros y levanta las cejas en señal de perplejidad. Acto seguido, se sienta al lado de la mujer.

Un hombre abraza a Edward. Sin duda es su padre. El parecido entre ellos es asombroso, salvo porque el hombro tiene los hombros encorvados y camina con muletas. Su cabello es más rubio que el de Edward, aunque más escaso, sin ese tono cobrizo y veteado de canas; sus ojos son igual de verdes pero parecen cansados. Tiene el rostro atezado por el sol y ajado por los golpes de la vida, y eso hace que resulte mayor de lo que es.

Edward nos presenta.

-Marie, Bella. Este es mi padre.

Se le olvida decirnos el nombre, pero yo lo recuerdo de cuando lo han mencionado, él y su madre, por la mañana, en la tienda. Es Carlisle.

Nos invitan a quedarnos, y yo me alegro porque no quiero marcharme. Aún no. Es obvio que Emmett está herido. Aunque no lo haya visto nunca, es como si lo conociera porque Edward no ha dejado de hablar de él durante el almuerzo, y siempre con afecto, lo cual no es frecuente por parte de un hermano. Van juntos a todas partes, y supongo que en buena medida se debe a eso. Está claro que adopta una actitud protectora.

-¿Qué ha pasado? -le pregunta a su padre sin perder de vista a Esme.

-Habíamos salido a pescar, para todo el día. Se lo estaba pasando en grande... Dios sabe que últimamente no ha tenido muchas ocasiones de estas. -Las palabras se le atragantan-. Tu madre lo vigilaba mientras yo echaba una cabezada en el coche; luego se fue a casa para preparar la cena y dijo que regresaría una hora más tarde para recogernos. Ya sabes como es tu hermano: todo energía, incapaz de parar hasta el último minuto. -Se le nubla la vista y hace otra pausa; al cabo de un momento, reúne el coraje necesario para continuar- Entonces Emmett vio una enorme trucha... Quiso tirarle el anzuelo lo más cerca posible, casi encima, pero el sedal se le enredo en un tronco que bajaba con la corriente. Yo me metí en el agua lo que pude, para ayudar a desenredarlo, pero... ¡Maldita pierna!... El tronco siguió río abajo y con eso bastó.

-¿Y qué paso entonces?

-Que Emmett no soltó la caña, por miedo a perderla y a que lo riñera. -Está al borde de las lágrimas, pero respira hondo y añade- Se cayó al agua. El río iba crecido por las lluvias recientes. No pude sujetarlo. ¡Maldita pierna!... Le grite que se soltara y al final lo hizo, pero ya era demasiado tarde: la corriente lo arrastraba por una pequeña cascada y se lo llevó hacia aguas más rápidas. No pude hacer nada. ¡Maldita, maldita pierna! -Se la golpea con la palma de la mano y hace una mueca de dolor- ¡Vi como el agua se lo llevaba y pensé que lo había perdido para siempre.

Edward desliza el brazo sobre los encorvados hombros de su padre y se abrazan.

-Esta bien, papá. Sé que hiciste todo lo que pudiste.

-Fue gracias a tu madre. Dios la bendiga, que regresaba para recogernos. Nos metimos en el coche y seguimos el curso del río, pero fue inútil; lo habíamos perdido y no lo veíamos por ninguna parte. Entonces, unas personas que estaban en la otra orilla oyeron que gritábamos y se acercaron a ver que pasaba. ¡Gracias a Dios que una tenía un móvil! Llamaron a una ambulancia y nos ayudaron en la búsqueda.

-Dime que lo habéis encontrado. Dímelo -suplica Edward, pálido como un muerto y con un hilo de voz. Su padre asiente para tranquilizarlo.

-Si, lo encontrarnos a un kilómetro de distancia. Flotaba en un remanso, pero no respiraba. Suerte que enseguida llego la ambulancia y la policía, y lo reanimaron. Lo malo es que tardaron, tardaron mucho y no sabemos si tendrá consecuencias... Ya sabes...

-Sí. Lo sé. papá. ¿Qué han dicho los doctores?

Es Esme la que responde, y su voz suena chillona y nerviosa.

-Dicen que no lo sabrán hasta que hayan hecho unas pruebas. Emmett respiraba cuando lo trajeron, pero estaba inconsciente. ¡Podría estar en coma, Edward! ¡No quiero perderlo! -añade casi histérica.

Se echa a temblar y Marie la abraza para consolarla. Esta claro que está perdiendo el control. Me siento impotente.

-Se pondrá bien -murmura Marie-. Ahora está en buenas manos.

-Usted... usted no lo entiende -balbucea Esme al borde de un ataque de nervios. Mueve la cabeza y abre desmesuradamente los ojos. Su aspecto es el de una loca-. ¡No puedo, no puedo perder a otro hijo!

Todo el mundo guarda silencio al oír esas palabras. Los padres de Edward se quedan mirándolo con aire culpable. Su voz suena grave cuando mira a su madre con repentina intensidad y pregunta:

-¿Mamá...?

Sólo es una palabra, pero el tono exige respuesta.

- Lo siento, hijo –responde el padre- No es algo de lo que hablemos normalmente.

-¿De qué no habláis?

-De los otros -suspira Carlisle- de los bebés. Sólo Dios sabe lo que tu madre ha sufrido. Cuando tú naciste, fuerte y sano, decidimos que nunca mas mencionaríamos el pasado.

-Pues debes explicármelo, ahora.

Los dos se miran fríamente. El padre es el que primero aparta la vista.

-Éramos los dos muy jóvenes cuando nació el primero. Fue prematuro y solo vivió unos minutos. Los médicos dijeron que había sido mejor así. Nosotros no quisimos esperar y, enseguida, un año más tarde, nacieron las gemelas. Desgraciadamente, también fueron prematuras; sus pulmones no lo soportaron v murieron al cabo de una semana a causa de una infección...

-Carlisle se detiene. Con los ojos suplica a su hijo que no lo obligue a seguir, pero la necesidad de saber de Edward es más poderosa.

-Sigue, papá -ordena, apretando las mandíbulas.

-Esperamos tres años para que tu madre se recuperara, y rezamos para que esa vez las cosas fueran diferentes. Lo llamamos Alex. Era precioso, pero trágicamente frágil: había nacido sólo con medio corazón. Sobrevivió tres semanas, y cada día fue un milagro.

Ellen ahoga un gemido con el pañuelo. Está deshecha y lo último que necesita es rememorar los recuerdos de un pasado tan doloroso, pero Edward es implacable.

-¿Eso es todo?

-No -responde su padre con un susurro de voz-. Ya que hemos llegado hasta aquí, lo mejor será que sepas toda la verdad. Tu madre se operó para reforzar y sanear el útero. Nosotros no queríamos insistir, pero los doctores estaban seguros de que esa vez todo iría bien. Desde un punto de vista medico, no había nada malo... -Hace una nueva pausa mientras el pasado regresa para atormentarlo, y siento que ya sabía que eso sucedería tarde o temprano-. Fueron dos, dos chicos, y también llegaron antes de hora...

Los ojos se me llenan de lágrimas al escuchar esas palabras, y también los de Marie. Hay mucha tensión entre estas cuatro paredes, es literalmente una energía que late como un corazón. Me sorprende comprobar que su poder emana de Edward. No es ira, sino una interesante combinación de asombro, incredulidad y miedo.

-Cuando tú naciste –prosigue Carlisle, más animado- eras tan fuerte y saludable que fue como un verdadero milagro, así que tu madre y yo decidimos enterrar el pasado. Para continuar necesitábamos olvidar el dolor de lo ocurrido. ¿Lo entiendes? De lo contrario tu hubiéramos criado entre algodones, como si hubieras sido del más delicado cristal. Te habríamos ahogado con nuestros temores.

-Y por eso nunca me lo dijisteis –concluye Edward.

-Cuando vimos que cumplías cinco años y que seguías sano y fuerte, nos sentimos más animados y nos diste valor para volverlo a intentar.

-Emmett.

-Sí. Tu hermano pe... pequeño – La sonrisa de Carlisle se quiebra con la última palabra.

Observo como Edward lo asimila todo y me entran ganas de sondearlo. Sin embargo, no me atrevo; por lo menos, mientras sus sentimientos sean tan intensos: sería ofensivo e impertinente. En cualquier caso, sus emociones están a la vista de todos. Van desde el desconcierto hasta un sorprendido reconocimiento. Tras un largo momento, Edward aparta la mirada y sus verdes ojos se cruzan con los míos; luego, aunque dirige la pregunta a su padre, no deja de observarme.

-Y eso, ¿en qué me convierte?

-¿A ti? Tú eres nuestro séptimo hijo. El séptimo, el número de la suerte.