Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.
Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.
Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.
Edward
La confesión de mi padre me deja pasmado e, inmediatamente, empiezo a creer en el hechizo. Ha sido sumamente revelador y, por primera vez, tengo una idea exacta de las penalidades que mis padres tuvieron que sufrir antes de que yo naciera. Todo ese dolor me atraviesa como una daga clavada en el corazón. Me pregunto cuanta adversidad puede soportar una familla antes de desmoronarse, y no puedo evitar sentirme orgulloso de mis padres: son fuertes, mucho más de lo que yo lo seré jamás.
A partir de este momento, tengo que contemplar las cosas de otra manera: mi visión del mundo ha cambiado por completo. Mi familia esta hechizada y, me guste o no, tengo las pruebas ante mí. ¿Quién habría seguido intentándolo tras seis fracasos consecutivos? Es como si yo hubiera estado condenado a nacer para que el maleficio pudiera seguir vivo. ¿Acaso mis padres son victimas de la maquinación de algo más fuerte que la vida misma?
¡Santo Dios! ¿En qué estoy pensando? ¿Estoy maldito por un hechizo? ¿Estoy maldito porque brujos de siglos pasados hicieron uso de la magia? No puedo creerlo. No es posible es pura fantasía. Cada cosa debe tener su explicación. Esa es la regla que rige mi vida. ¿Qué me esta pasando?
Intento recobrar la serenidad y poner un poco de sensatez en medio de tanta locura repentina, y me digo que estoy afectado, en estado de shock, por el accidente de Emmett. Mi hermano pequeño podría haber muerto, incluso podría quedar tarado para siempre; además me acabo de enterar de que mis padres han tenido más hijos; ni más ni menos que seis!, pero que murieron antes de que yo llegara a este mundo. Me pregunto donde los enterraron, y esa idea me pilla desprevenido. Se me llenan los ojos de lagrimas.
Bella me observa, y supongo que se pregunta en que estaré pensando. Es curioso que no se haya metido en mi cabeza para averiguarlo. En cierto sentido, preferiría que lo hubiera hecho, quizá de ese modo podría decirme que me pasa aquí arriba, en la mollera. No tengo más remedio que sentarme. Hundo la cara entre las manos. No se está mal así.
Una mano se posa suavemente sobre mi hombro. Miro, y es Bella.
-¿Estás bien?
Asiento con la cabeza, porque ya no me fío de las palabras. De ellas podría surgir algo parecido a una admisión, y no estoy preparado para escuchar mis propias dudas. Podría convertir todo esto en algo demasiado real.
Llega una doctora, pero sólo me percato de su presencia cuando oigo el rápido repiqueteo de las muletas de mi padre contra el suelo. Nos reunimos en círculo a su alrededor, impacientes por saber algo sobre Emmett. Se llama Bree y estaba de guardia cuando lo ingresaron.
-Es un chico fuerte -comienza diciendo, con lo que nos hace saber que se encuentra bien-. Hemos tenido que drenar mucha agua de los pulmones, pero, por suerte, los ríos de esta zona están limpios. ¿Saben que el agua de aquí se embotella? En cualquier caso, no esperamos que surjan infecciones, pero me gustaría tener a Emmett aquí esta noche, para asegurarnos.
A pesar de que a todos se nos ocurren un montón de preguntas, es mi madre la primera que las formula.
-¿Sabe si mi hijo ha sufrido alguna...?
No lo dice, pero todos sabemos que se refiere a una lesión cerebral. La sonrisa de la doctora nos tranquiliza.
-No parece que haya ningún daño permanente, señora Cullen. Lo reanimaron dentro del margen de seguridad. Ha tenido mucha suerte. Podría haber sido mucho peor.
Todos suspiramos y se nos saltan las lágrimas, pero en esta ocasión de puro alivio.
-¿Les gustaría verlo? -pregunta la doctora Bree, con una sonrisa, como si hubiera hecho un chiste-. Esta despierto y hambriento y tiene entretenidas a todas las enfermeras. Está pletórico de energía, lo cual es sorprendente si consideramos el trance por el que ha pasado.
Nos reímos. No porque haya sido gracioso, sino porque así relajamos la tensión que se ha acumulado. Emmett puede ser pequeño pero no para quieto y tiene un hambre canina. Podría pasarse todo el día corriendo de un lado a otro, sin comer, y descubrir cuando se sentara a la mesa que no hay en toda la casa alimentos suficientes para saciarlo.
Marie le da un abrazo a mi madre y, a continuación, a mi padre y a mí. Entre tanto, Bella se mantiene a un lado, con los ojos brillantes y una mirada llena de compresión. Me alegra que no diga nada en este preciso momento, no me cabe en la cabeza nada que no sea un tremendo alivio por el estado de mi hermano. Ella lo sabe; también que muy pronto tendremos que hablar... del hechizo. Sin embargo, debo reconocer que es lo último que me apetece, porque puede, si, puede que Bella tenga razón.
Se marchan, y nosotros nos vamos a ver a Emmett. Está sentado en una típica cama de hospital, en una habitación individual. No me extraña que no haya dejado en paz a las enfermeras: no soporta estar solo. Tiene buen aspecto a pesar de todo. Se está zampando un helado de vainilla y, cuando nos ve, deja la cuchara y se pone a reír como un loco.
Mis padres se echan a llorar otra vez y lo cubren de besos y abrazos. Luego, me toca a mí. Lo estrecho entre los brazos tan fuerte como puedo, pero me resulta una experiencia de lo mas extraña: no me refiero al abrazo. Toda mi vida he ayudado a mi madre con Emmett. Lo he acunado; empujado su cochecito; ayudado a levantarse cuando se ha caído, y, a veces, hasta me he quedado para verlo dormir, como si no pudiera creer que tanta energía descansara por fin., Eso les gustaba a mis padres, que tenían la impresión de que nada malo podría ocurrirle mientras alguien vigilara a su pequeño. Mas tarde, cuando creció, también me ocupé de él en el colegio.
No. El sentimiento que se apodera de mí en este momento es algo más que todo ese rollo del hermano mayor que protege al pequeño. Me aparto de él a regañadientes y, para disimular, sonrío y le revuelvo el cabello. Tengo el corazón en un puño. Estoy convencido de que el accidente que casi le ha costado la vida a Emmett ha sido, de algún modo, culpa mía.
