Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.

Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.

Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.

Bella

No ha funcionado. Mi conjuro para romper ese condenado hechizo no ha resultado. Lo veo el lunes por la mañana cuando Edward llega tarde a la clase de historia y tiene que explicarle al señor Verner que ha tenido un pinchazo en la bici y que cuando le ha pedido a su madre que sacara el coche para llevarlo, éste, por alguna misteriosa razón, no ha querido arrancar.

-Esta mañana ha helado -comenta Verner sin molestarse por la tardanza (lo cual es bueno, pues Edward ya está bastante frustrado-. Diles a tus padres que pongan anticongelante en el radiador. Seguramente ha sido por el hielo. Dicen que este invierno va a ser uno de los mas fríos.

Tampoco creo que Edward se percate, por lo menos hasta más tarde; durante la clase de gimnasia. Hacemos ejercicios y los chicos deben levantar una pirámide humana. Edward, que ni por asomo es tan fuerte como Pecs o los otros, no consigue ser uno de los que formaran la base. Después de muchos y varoniles jadeos, Pecs se afianza y anuncia que la primera fila ya está preparada. Quil y Embry suben encima y dejan la posición central para Edward. Cuando éste empieza a trepar se oyen una risitas, pero no son malintencionadas, es su fama, que lo precede. Todo el mundo sabe que es un patoso; se le cae todo y tropieza con cualquier cosa. En este instante no lleva las gafas, pero tampoco importaría mucho si no fuera así.

Ha trepado por las espaldas de Pecs y Felix, y por el momento todo va bien. La clase aplaude y vitorea, y Edward se esconde tras una sonrisa. La señorita Milán ordena silencio, pero tampoco puede evitar sonreír por lo bajo. Tiene buen carácter, y la atmósfera del gimnasio es relajada.

Ben Cheney es el chico de dieciséis años más bajito que he conocido. De pequeño estuvo enfermo de leucemia, y la quimioterapia y las radiaciones retrasaron su crecimiento. A pesar de todo, es fuerte para su estatura, y subir hasta el primer nivel no le supone ningún esfuerzo. Acto seguido, se encarama encima de Edward, pero este parece perder el equilibrio; le falla una rodilla y se inclina a un lado, con lo que Ben cae hacia atrás y toda la pirámide se desploma como un castillo de naipes sepultando al pequeño Cheney.

La señorita Milán se abalanza a rescatarlo de debajo del lío de piernas y brazos y, al poco, lo consigue. Esta casi segura de que sólo se ha torcido un tobillo, pero ordena quo le hagan una radiografía por precaución. Lo que más le preocupa es que Ben pueda haberse roto una costilla. No responsabiliza a nadie, pero eso no evita que Edward pida disculpas; al final, manda a alguien a buscar ayuda y a los demás nos envía a los vestuarios.

Edward continua tendido en la colchoneta azul, con la cabeza entre las manos. Cuando levanta la vista y nuestras miradas se cruzan, veo la amarga decepción pintada en su rostro. Yo sonrío y me encojo de hombros, como si le dijera: «Por lo menos lo intentamos." La verdad es que lo veo tan deprimido que me entran ganas de hacer algo para consolarlo, pero me abstengo: sólo Dios sabe como podría reaccionar delante de los demás. Por otra parte, hasta este momento ni se ha percatado de que existo.

Sin embargo, Heidi no vacila. Se acerca corriendo y lo ayuda a levantarse. Él sonríe y le da las gracias, y yo me contento con apretar las mandíbulas. Semejante escena me estropea el resto del día.

Más tarde, Edward me alcanza a la salida del colegio. Caminamos en silencio durante un rato, hacia nuestras casas, y no pasa un segundo sin que note su presencia, lo cual me pone en tensión. Entonces, a pesar de que me había prometido no volver a hacerlo, decido que debo saber cuales son sus sentimientos y lo sondeo con mucho cuidado.

Curiosamente, esta vez no ofrece resistencia, y lo que es más, percibo que no ha levantado un muro porque no desea defenderse. También capto decepción, una profunda preocupación y que está confundido. Rebosa dudas, y deduzco que debe de confiar en la magia menos que nunca. Me temo que mi conjuro solo ha conseguido empeorar las cosas.

Sabe que estoy dentro de su cabeza, pero no me lo impide. Es como si quisiera que yo averiguara su estado de ánimo, que comprendiera lo que siente. Así es más fácil para él. No tiene que buscar las palabras para hacerse entender.

No puedo evitar enfadarme, porque me parece imposible que no tenga la valentía de expresar lo que siente. ¿Qué pasa con este chico?

La tensión va en aumento hasta el punto de que o digo algo o exploto.

-Lo... lo lamento –balbuceo- Siento lo del hechizo, y también que no haya funcionado mi conjuro.

Él se encoge de hombros, como si no le importara, pero no es más que una pantalla para disimular lo que siente, lo cual todavía me resulta más molesto.

-Oye, que no es el fin del mundo –añado- ¡Por el amor de Dios!

Se descuelga la mochila y saca un botellín de agua.

-¿Qué sugieres ahora? -Toma un trago-. Quizá deberíamos sacrificar a una virgen. ¿Qué tal si lo intentas sumergiéndome en el agua y obligándome a tragar tierra? No sé, también podrías probar a cortarme todo el pelo y dárselo a una cabra para que se lo coma.

-Vale. No hace falta que te pongas borde.

Suelta un bufido de frustración y agarra el botellín con la otra mano.

-Lo sé. Bella. Lo siento. Nada de esto es culpa tuya.

Ese cambio hacia la autocompasión me repele. No me gusta esa faceta suya y debo hacer lo que pueda para que no siga por ese camino.

-¡Despierta, Edward! Tampoco es tuya.

No me cree: está claro que, desde el momento en que aceptó que el hechizo podía ser cierto, convirtió las desgracias de su familia en una carga de la que se considera el único responsable. Siente que es el causante de todos los males que los aflige de los pasados, de los presentes y de los futuros.

-Edward, escúchame. -Hemos llegado a la bifurcación. A partir de aquí, él sigue por la carretera asfaltada hacia su casa, a un par de kilómetros. Sé donde vive: en la vieja granja de los Wilson. El viejo Vic murió hace poco y se la dejó en herencia a su hijo, Stephen, que vive en Sydney. Pero como este no tiene intención de regresar a Ashpeak, la tiene alquilada. La casa está ¿0tro conjuro?

-Ojalá abandonase esa actitud negativa y egocéntrica.

-No, idiota. Marie ha pensado algo, pero resulta inverosímil incluso para mí así que la descartaremos de momento. Con un poco de habilidad, ni siquiera tendremos que tomarla en consideración.

-Entonces, ¿qué más queda?

-Tú.

Me mira de nuevo con incredulidad, y creo que no me acostumbraré. ¿Por qué no podrá aceptar las cosas simple y llanamente?

-Yo ¿qué?

-Tus poderes, por supuesto. ¿Cuándo reconocerás que tengo razón?

Suelta un gruñido y da media vuelta, en dirección a su casa.

-¡Por el amor de Dios, Bella! ¡Déjalo estar!

Lo agarro del brazo y tiro de él con fuerza.

-No pienso hacerlo. Mira, no todo va a encajar siempre en tu ordenado esquema. En esta vida hay situaciones que no se pueden explicar, y los fenómenos paranormales son solo un ejemplo. Con la ayuda de tus facultades, puede que encontremos el medio de combatir el hechizo.

-Te equivocas, Bella, yo no tengo ningún tipo de "facultades". Las cosas que me ocurren, y no creas que no me cuesta decir esto, se deben al hechizo, no a extraños poderes sobrenaturales.

-No, Edward. Estas en un error, seguro. Los accidentes, las desgracias, los huesos rotos y toda tu torpeza provienen del hechizo, estoy convencida, pero los terremotos, las tormentas, ¡esas cosas las causas tú!

Se queda callado, y tengo la esperanza de que este meditando lo que le acabo de decir. Sus poderes son nuestra única posibilidad. El plan de Marie no funcionaría, es imposible que lo haga. Además, la sola idea es descabellada y solo serviría para convencer a Edward de que somos carne de psiquiatra. Sin embargo, se limita a encogerse de hombros y a guardar el botellín.

-¿Cuál es el otro camino? ¿en que ha pensado tu abuela? ¿Qué decía aquel antiguo manual?

Me quedo mirándolo y no encuentro las palabras.

-Bella, dime lo que ponía.

Hiervo de frustración, así que doy media vuelta y me encamino hacia casa.

-Olvídalo. No querrías saberlo.

-¡Te lo he preguntado, ¿no?! -grita a través de la distancia que pongo de por medio.

-Vete a casa, Edward -replico, despidiéndome con un descorazonado movimiento de mano.

Pero no me hace caso; al contrario, se acerca corriendo. Lo miro fríamente.

-¿Se puede saber qué haces? -le pregunto.

-Esta claro. Si tú no quieres explicármelo, no tendré más remedio que preguntárselo a Marie directamente.

Gruño y lamento al instante haber abierto mi bocaza. Desde el momento en que Marie leyó aquel texto no ha dejado de realizar los preparativos necesarios. Aparte de las tareas cotidianas, no ha hecho más que ir de acá para allá: incluso ha limpiado las ropas originales y las botas de cuero auténtico. Me pongo a temblar solo de pensarlo. Si Edward descubre el plan, se tronchará de risa y no creo que sepa guardar el secreto. No puedo fiarme de él. Tal como se extienden los rumores por aquí, podríamos ser el hazmerreír del pueblo antes de medianoche. Si se lo pregunta a Marie, ella se lo dirá, así de sencillo. Yo confío plenamente en ella. He visto de lo que es capaz. Como sanadora, en especial con los animales, es brillante; conoce el poder de las hierbas, pero también hay algo más: tiene poder, en cuerpo y mente, y se nutre de una herencia ancestral. Es capaz de trascender su condición ordinaria, y entonces su magia no es de este mundo. Pero esto es distinto: no encaja en ninguna categoría aceptada ni sobrenatural.

-Escucha. La idea de Marie es algo... extrema.

-¿Y eso es una novedad?

Le lanzo una larga y ceñuda mirada y tengo que hacer un esfuerzo para reprimir un conjuro. Me acuerdo de su pecho sin vello y se me ocurre que no estaría mal que le saliese mucho pelo, espeso y rizado. Pero al final lo dejo estar.

-Mira. Tú ya sabes lo que la gente de Ashpeak piensa de nosotras -le digo apretando los dientes-. Si te cuento lo que ha ideado Marie. ¿Cómo podré estar segura de que no lo iras pregonando por ahí?

De repente, parece ofendido y se detiene.

-¿Con qué clase de tío crees que estás hablando? ¡Por Dios, Bella, nunca haría eso! Marie me cae bien y no le deseo ningún mal.

Seguimos caminando, y yo mascullo:

-Espero que te atengas a tu palabra.

-¿Cómo has dicho?

Me muerdo el labio.

-Lo que digo es que Marie lo es todo para mí. No quiero que salga mal parada de esto, ¿lo entiendes?

Se limita a asentir con la cabeza, y yo clavo los ojos en el suelo.

-Es algo más que mi abuela. Ella..., ella me quiere.

-Sí. Eso salta a la vista - replica.

Hay algo más que quisiera decir, pero no encuentro las palabras.

-¿De qué se trata, Bella?

-Pues de que ella nunca me ha abandonado, ¿vale? –digo con la esperanza de que eso sea suficiente.

El resto del camino lo recorremos en silencio.

Cuando llegamos, no vemos a Marie y descubrimos que la tienda está cerrada. Guío a Edward a través del jardín de hierbas medicinales y bajo el emparrado de glicinias, hasta la puerta trasera, y me pongo a buscar la llave, que debe estar en alguna parte. Marie no suele salir, por lo que deduzco que su ausencia esta relacionada con su plan. Si cierra la casa es para proteger los valiosos libros, cristales y artefactos que guarda en el dormitorio; no por lo que pueda haber en la tienda, que no es mas que mercancía para los turistas.

Al final encuentro la llave, pero Edward se ha sentado bajo la galena que da al bosque y está observando a los currawongs, a las aves del Paraíso y a los pavos salvajes que picotean los restos de comida que Marie les ha dejado. A mi abuela le encanta el bosque, y la parte de atrás de nuestro jardín está dentro de él, de manera que las aves saben que allí encontraran alimento y un lugar seguro.

Edward parece en paz consigo mismo, y tan relajado por una vez que no quiero estropearlo todo hablando de lo que prepara Marie. Cojo una silla de madera y me siento de espaldas a él, disfrutando con los juegos de luz que el sol dibuja entre las copas de los eucaliptos, las palmeras, los helechos y los árboles medio caídos que forman la vegetación.

-Tienes mucha suerte de poder disfrutar de todo esto, Bella -me dice en voz baja.

-Lo sé.

Aparta la vista de los animales y me mira a los ojos.

-Me asusta tu confianza en ti misma.

- Eso es sólo porque tú no la tienes.

Lo admito. Soy un cobarde. Te mereces a alguien mejor.

La última frase me sorprende. Es como si hubiera pensado que podría ser su novia. Admito que me siento atraída hacia él, pero su tendencia a compadecerse me disgusta profundamente.

-Edward, si aceptaras el hecho de que tienes un don, tu autoestima subiría como la espuma.

Su expresión pasa de la incredulidad a la exasperación.

- No irás a empezar otra vez con la historia de siempre, ¿verdad?

Estoy a punto de tener una rabieta de pura frustración.

-Ojalá pudiera encontrar una manera de demostrártelo. Quizá pudiera ponerte de mal humor hasta que explotaras. Lo malo es que, como no sabes manejar tu poder, tu mente te induce a una especie de trance catatónico del que sales sin recordar nada. Supongo que no tiene sentido que ponga en peligro mi hogar y el sustento de Marie solamente para probar algo que a lo mejor descartas con alguna de tus ridículas explicaciones.

-Escúchame. Bella. Los dos sabemos que esta conversación no lleva a ninguna parte. ¿Por qué no me explicas la idea de tu abuela?

-Porque es una locura.

Estoy diciendo la verdad.

-Muy bien. ¿De qué va?

No quiero mirarlo. No quiero ver esa sonrisa satisfecha que sé que acabara apareciendo; así pues, finjo que me intereso por los pájaros que se pelean por los restos de comida y empiezo a hablar.

-Para empezar, para evitar que el hechizo afecte a tu familia para siempre... -Lo observo brevemente: está inclinado hacia delante, con los codos apoyados sobre las rodillas y los ojos convertidos en ranuras; pendiente de cada palabra-, Bueno, pues Marie cree que el hechizo ha creado un vínculo tan poderoso que es capaz de superar las barreras del tiempo y el espacio. Sin embargo, está convencida de que puede crear un conjuro que te trasladará hacia el pasado y te llevará a la época en la que se realizó el hechizo, más o menos.

Empleo un lenguaje sencillo para que él capte la idea y yo no tenga que entrar en complejas explicaciones. Y concluyo:

-En pocas palabras, Marie esta segura de poder llevarte a la Inglaterra de tus antepasados, en plena Edad Media, de vuelta a la época en la que vivieron los primeros Cullen, esos que aparecen en el libro de tu padre.

Me contempla durante unos segundos mientras una leve y traviesa sonrisa se asoma en la comisura de sus labios, como si tuviera una pregunta que formular y no se atreviera por temor a parecer chiflado. Aparece en forma de un pequeño hoyuelo

que complementa el de su barbilla, pero acaba desvaneciéndose cuando alza los ojos hacia el cielo.

-Repítemelo, por favor -dice luego.

No me ha creído. Menuda sorpresa. Ni a mí me parece posible, y eso que he visito hacer a Marie cosas increíbles.

-La historia de esos antepasados tuyos esta repleta de sucesos: engaños, secuestros, hijos ilegítimos.... incluso magia. El hechizo tuvo que realizarse en esa época. En cualquier caso, Marie está convencida: se ha pasado noches y días estudiando tu árbol genealógico.

Edward me hace un gesto con el dedo.

-No. Esa parte no. La otra, la locura esa sobre el tiempo, el espacio y la materia...

No tengo intención de repetir lo que para él simplemente carece de sentido y, aunque no comparto las ideas de mi abuela, me pongo a la defensiva.

-¿Cómo sabes que se trata de una locura? A ti no se te ha ocurrido nada mejor que el suicidio. ¿Siempre eres así de agradecido con los que pretenden ayudarte?

-Oye, no te pongas en ese plan conmigo; no sabes lo ridículo que te queda. No me extraña que te preocupe lo que la gente pueda pensar, pero no te inquietes, no tengo intención de divulgarlo, porque si lo hiciera les faltaría tiempo para internaros en el psiquiátrico más cercano.

Eso es un golpe bajo.

-Eres un cretino.

-Sí, claro. Pero explícame como piensa obrar Marie semejante milagro. Supongo que su teoría incluye un viaje de retorno; de lo contrario no le veo el propósito.

-¿Para que, para malgastar mi tiempo contigo?

-Como quieras -responde encogiéndose de hombros.

-No lo entiendes, Edward. Marie también tiene un don como tú. Desciende de una larga estirpe, y la suya es magia de la antigua, de la buena, poderosa de verdad.

-Cuéntame el plan, que ya me haré una idea.

Al final, aunque no estoy convencida de que sea lo mejor, decido atreverme. ¡Que demonios, las cosas no pueden ponerse peor! Si está convencido de que tanto Marie como yo estamos de atar, no creo que su opinión vaya a cambiar. Además, quien sabe, puede que si conoce los detalles empiece a creerme.

-Tiene que ver con el bosque...

-¿De qué manera?

-Enlaces...

Él se limita a mover la cabeza, así que prosigo con mis explicaciones, aunque sin entrar demasiado en detalles.

-Está preparando un amuleto que tendrá Ios elementos necesarios para que quedes unido al bosque. Su magia, que es tan vieja como el tiempo mismo, te devolverá aquí. El amuleto, a través de su vínculo con el bosque, te hará regresar.

-¿Que hay en ese amuleto?

-Algo relacionado con Ios árboles, con Ios más viejos y Ios más recientes... -Sé que lo estoy perdiendo, lo veo en su expresión dubitativa, así que resumo lo más rápidamente que puedo- Escucha, no importa como funciona. Lo importante es que confíes.

-Si no la crees ni tú, ¿qué esperas que haga yo? -se burla.

Me ha atrapado y no puedo evitar morderme el labio mientras busco una respuesta lógica.

-No te molestes -se mofa-. No me interesa. De hecho, no quiero escuchar ni una sola palabra más.

No puedo replicar, porque en ese momento oímos que llega el coche de Marie y se mete en el garaje. Ambos nos quedamos en silencio mientras mi abuela entra en la tienda canturreando una melodía escocesa. Me pregunto de donde la habrá sacado.

-Marie está en casa -murmuro a pesar de que sé que lo sabe.

De repente, siento deseos de estar en cualquier sitio menos en éste. Incluso el dormitorio de Pecs me parece mejor en estos momentos.

-Espero que por lo menos te comportes como es debido... -mascullo apretando los dientes.

Marie sale por la puerta, casi volando, con las manos llenas de una mezcla de migas de pan y comida para pájaros que esparce a Ios cuatro vientos. Tenemos que agacharnos para evitar que caiga sobre nosotros.

-¡Caramba, lo siento! ¿De dónde salís?

La sorpresa le hace errar el tiro, y un nuevo puñado nos llueve encima.

-¡Oh, lo siento! Mirad lo que he hecho. Será mejor que os sacudáis; de lo contrario, los pájaros os seguirán dentro de la casa cuando entréis.

No lo dudo. En más de una ocasión he visto que se metían dentro. Nos ponemos de pie y nos quitamos la merienda de las aves de la ropa y el pelo.

-No, no pasa nada, Marie -comenta Edward con tono amable.

Lo miro rápidamente, impresionada. Marie debe de caerle bien, porque mantiene una perfecta compostura.

-Entonces, venid -replica ella-. Lo menos que puedo hacer es prepararos algo de beber.

La seguimos hacia la cocina y nos sentamos a la mesa, mientras llena dos vasos con agua helada y exprime en ellos media lima recién cogida. La tensión se va acumulando con el silencio, hasta que Marie le pregunta a Edward como se encuentra su hermano y cuando volverá al colegio.

Él contesta educadamente, pero puedo ver que se siente incómodo y que preferiría estar en cualquier otro sitio y no aquí, sentado, mostrándose educado.

Marie no tarda en darse cuenta. Sus dedos se deslizan por el vaso y levanta los ojos para mirar directamente a Edward, que tiene una expresión ceñuda.

-Veo que Bella te ha contado mi teoría.

Él traga saliva y yo contemplo como su nuez sube y baja, mientras me pregunto si podrá mantener esa apariencia de tranquilidad mucho más.

-Si, y no me parece que vaya a funcionar, Marie-dice al fin.

Bueno, por lo menos no la ha llamado «loca desquiciada».

Ella sonríe y asiente.

-No crees en nada de esto. ¿verdad?

Él se pone a la defensiva.

-Mira, no dudo que Bella tenga ciertos "talentos". Algunas cosas son indiscutibles: a veces noto como si estuviera dentro de mi cabeza...

Marie me lanza una mirada cargada de reproche.

-¿Por qué lo has hecho, Bella? Pensé que había conseguido enseñarte algo.

-Lo siento, Marie -murmuro.

-Eso es violar la intimidad, cariño.

-Lo sé. No lo hago a menudo. De verdad -añado ante su aire de escepticismo.

-No pasa nada, Marie -interviene Edward-. La mayor parte del tiempo no me importa. No duele ni nada. Además, puedo bloquearla cuando quiero.

-¿En serio? – eso es impresionante. La mayoría de la gente ni siquiera nota su presencia y mucho menos puede impedir que entre.

Edward tiene los labios firmemente apretados y parece molesto. Probablemente cree que lo hemos obligado a admitir algo que no desea reconocer, que lo hemos manipulado. De repente, el líquido de nuestros vasos se pone a burbujear.

Marie se percata y me lanza una mirada de interés.

-No empieces tú también con esa historia, Marie. Ya le he dicho a Bella que se equivoca con el cuento ese del "don".

-Oye, no tienes por que ponerte desagradable -le suelto.

Entonces, se levanta bruscamente, derribando la silla, que cae sobre el parqué con estruendo.

-Mira. Ya esta, ¿vale? He escuchado lo que queríais. Ahora olvidaos de vuestros locos planes. ¡Me largo!

Se da la vuelta, levanta la silla y me mira. Cuando nuestros ojos se encuentran, habla despacio para asegurarse de que entiendo el significado de cada palabra.

-Te he seguido la corriente con tus teorías. Bella. ¡Demonios! ¡Si hasta he empezado a creerlas! Pero estoy hecho un lío. - Se pasa la mano por el cabello-. Esa historia del viaje en el tiempo es demasiado para mí. No quiero saber nada ni tener nada que ver. Me voy, Bella, y no pienso volver. ¡Nunca!

Sus palabras me hieren. La idea de que Edward no me dirija la palabra o de que no venga por aquí para que hagamos cosas juntos me desgarra por dentro. No tiene necesidad de ser tan claro. Lo he entendido perfectamente: si me acerco a él, fingirá que no me conoce, como si fuéramos dos extraños.

Quiero odiarlo, y quiero llorar, pero Marie me observa y siento que se compadece. Eso es algo que detesto, así que, aprovechando que todavía conservo el dominio de mi voz, respondo:

-Por mí, conforme. Ya conoces el camino

Edward da la vuelta y se marcha.

En el mismo instante en que la puerta de la tienda se cierra, nuestras bebidas vuelven a burbujear, pero esta vez el líquido asciende y se derrama sobre el mantel.