Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.

Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.

Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.

Bella

Al día siguiente, Edward no aparece por el colegio. No sé que puede significar. Solo espero que no haya ocurrido nada. Al principio, intento convencerme de que no me importa, pero, a medida que transcurre la Jornada, me invade un terrible presentimiento que no logro ahuyentar por mucho que lo intento. Llega la tarde, y la sensación de que se avecina una catástrofe es tan fuerte que apenas puedo concentrarme. Me encuentro agotada y hasta Angela me evita.

Cuando regreso a casa y paso por delante del desvío que lleva a la de Edward, tengo que resistir la tentación de ir a verlo, Después de todo, igual me equivoco: Edward podría haber faltado a clase por un sinfín de motivos sin importancia. Quizá está resfriado, tiene jaqueca o Dios sabe que. Si me presento en su casa y resulta que no ha sucedido nada grave, quedaré corno una tonta, y, lo que es peor, pensará que estoy obsesionada. Ayer no pudo decírmelo con más claridad: "Mantente fuera de mi vida."

Así pues, remonto la cuesta que conduce a mi hogar y le pregunto a Marie si ha oído algo de Edward.

Me contesta que no, pero me cuenta que no ha dejado de pensar en él y en su familia durante todo el día y que igual que yo, ha albergado una sensación de catástrofe inminente. Me dice que puede atribuirlo a la desagradable escena de la tarde pasada, pero que no suele tener sensaciones tan fuertes.

Como no hay nada que podamos hacer. Marie se dedica a terminar los ropajes medievales en los que ha estado trabajando y decide colgarlos en el escaparate.

-Puede que a alguien le gusten para la fiesta de disfraces,

-Buena idea -murmuro.

Lo cierto es que, en mi estado de ánimo, no me siento capaz, de mayores entusiasmos.

Mientras Marie da las últimas puntadas, la ayudo y me pongo a preparar una cena a base de pasta. Como las dos somos vegetarianas, solemos comer muchas ensaladas, pero hoy ha sido el día más frío del invierno, así que cocinar una cena caliente me da algo de lo que ocuparme y me ayuda a quitarme a Edward de la cabeza.

Estoy a punto de llamarlo por teléfono en más de una ocasión, pero no me decido. Debo aceptar que no me quiere en su vida. A pesar de todo, convenzo a Marie para que haga la llamada. Si es ella no importará, y sólo tiene que preguntar como evoluciona Emmett.

El teléfono suena varias veces, pero nadie responde.

-Por favor, Marie, deja que suene hasta que se corte la línea. –insisto.

-Es lo que he hecho, Bella. Pero me temo que no debe de haber nadie en casa.

-¿A estas horas?

Marie mira el reloj de la cocina.

-Son sólo las nueve y veinte de la noche, cariño. Puede que hayan ido al cine.

-No es viernes.

Me da una cariñosa palmada en hombro y empieza a lavar los platos.

-¡Ya lo haré yo! –exclamo irritada. Necesito algo vulgar que me entretenga durante un rato.

Fregar los platos me lleva exactamente doce minutos, incluido el rato que paso limpiando la cocina. No me queda más que irme a la cama. Me siento incapaz de concentrarme, y mucho menos aún de hacer los deberes, así que le doy las buenas noches a Marie y subo a mi dormitorio.

Los pasos suenan en la entrada justo cuando estoy a punto de subir el último peldaño.

-Ya abro yo –le grito a Marie, mientras desando el camino a todo correr.

Ha de ser Edward. Lo sé. Cuando abro la puerta de un tirón, tengo el corazón en la garganta.

Es él, pero su aspecto está tan alterado que no puedo evitar proferir un ahogado gemido. Parece como si llegara del infierno y hubiera caminado hasta aquí a través de las alcantarillas.

-¡Dios mío. Edward! ¿Qué te ha ocurrido?

Apenas puede articular palabra. Tiene los ojos muy hundidos, rodeados por profundos círculos negros, y la piel de un color ceniciento. No puede decir mucho aparte de:

-Mi padre ha intentado suicidarse.

-¡Oh, cielos! ¿No estará...?

-Está en el hospital.

Lo saco del frío y lo arrastro al interior de la casa. Está temblando y empapado de los pies a la cabeza. Ni siquiera se ha preocupado de coger una chaqueta y, con el tiempo que hace, no es normal.

-¿Cómo ha sido?

-Una sobredosis de antidepresivos.

Entonces me acuerdo de que Edward ha mencionado en alguna ocasión lo abatido que su padre se encontraba, en especial tras el accidente, y que eso fue la causa de que se trasladaran a Ashpeak, en un intento de levantarle la moral.

-No sabes cuanto lo siento. ¿Qué dicen los médicos?

-Dicen que se repondrá -responde, respirando pesadamente-. Pero dicen que deberá seguir una terapia. Les preocupa que vuelva a intentarlo. Hablan de internarlo.

Sin darme cuenta me he quedado boquiabierta. Si eso llegara a suceder, seria una prueba durísima para todos. Son una familia tan unida, y han pasado tantas calamidades en los últimos tiempos... No quiero ni pensar en lo que este incidente puede suponer para ellos.

-¿Cómo lo lleva tu madre?

-Aguanta, como siempre ha hecho. ¡No es justo, Bella! ¿Por qué?

No creo que sea el momento de soltarle un rollo sobre hechizos y todo eso, así que me limito a encogerme de hombros y ofrecerle una triste sonrisa.

-Ven a sentarte al lado de la estufa.

En casa tenemos una de esas, de leña, encastradas en cristal. Es fantástica y puede calentar toda la casa, hasta mi cuarto, incluso con temperaturas como las de hoy. Pero Edward no se mueve y se limita a echar la cabeza hacia atrás y a respirar profundamente. Aguardo a que recobre la compostura. Cuando lo ha conseguido, me mira con la cabeza ladeada y me dice:

-Quiero probar el plan de Marie.

El corazón me da un brinco.

-Si, claro –replico, repentinamente nerviosa.

Edward parece desesperado. ¿Que pasaría si lo de Marie no funcionara? Puede suceder. Es más, la lógica dice que así será. La verdad es que no creo que sea posible viajar por el tiempo, al mismo lugar y a la misma hora. ,¿Cómo encajaría Edward una nueva decepción?

Me percato de la presencia de Marie, que espera en silencio cerca de donde estarnos. Entonces, nos mira y se acerca.

-Lamento lo de tu padre, Edward.

Él asiente, aceptando su apoyo y, acto seguido, pregunta:

-¿Cuando empezamos?

Está claro que se refiere al plan de Marie, pero me basta con apreciar el estado en el que se encuentra para que se me pongan los pelos de punta. Suponiendo que funcionara, sería increíblemente arriesgado. Ni siquiera hemos hablado de los detalles de lo que puede ir mal ni de lo que tendremos que hacer cuando lleguemos. Si llegamos, claro.

-¿Puede ser esta misma noche?

Clavo los ojos en Marie.

-Míralo -le digo-. mira el estado en que está. ¿No crees va a necesitar todas sus fuerzas en una situación como la que le espera?

El rostro de mi abuela se contrae.

-Mira, Bella, estar en forma es importante, pero las emociones también cuentan, y, en este momento, Edward está lleno de energía positiva. Desde un punto de vista psicológico, probablemente sea lo mejor.

-¿Qué estás diciendo? ¿Que debería empezar ahora mismo?

-¿Por qué no? Lo tengo todo listo.

Me quedo mirándolos. Los acontecimientos se están precipitando, y se trata de un asunto que hay que meditar con calma.

-Yo estoy preparado. Marie -le dice Edward en voz baja.

Sus grandes y verdes ojos me miran fijamente, con determinación, como si me desafiaran a seguir considerándolo un cobarde.

-Llamaré a tu madre para decirle que pasarás la noche con nosotras -anuncia –Marie, que se aleja hacia el teléfono.

Yo aprovecho para insistir en que debería descansar unos días, aunque sólo fuera uno, pero Edward rechaza todos mis ruegos y ni siquiera se deja convencer por el argumento de que su madre lo necesita en casa mientras Ian siga en el hospital.

-Podría ocurrir algo más, Bella -razona-. Si hay algo que pueda hacer esta misma noche, ahora mismo, para poner fin a esta locura, entonces debo intentarlo sin preocuparme de las consecuencias.

Se refiere a su propia muerte, y sé en que esta pensando: si no puede anular el hechizo y muere en el intento, su familia se verá libre de desgracias por lo menos durante su generación. Naturalmente, no tiene en cuenta el daño que para ellos supondría perderlo, así que me esfuerzo en recordarle lo mucho que lo necesitan en su hogar y todo lo que han pasado juntos. No obstante, sólo es capaz de entender una cosa: si fracasa, tanto mejor para los suyos.

Insiste tanto que, al final, lo único que puedo hacer es mostrar mi conformidad y respaldar su decisión.

Le entrego los ropajes medievales que Marie ha preparado y le explico como debe ponérselos. No es nada complicado; hay un par de ajustados calzones de lana para las piernas, una fina blusa de hilo, una larga capa tableada y con hombreras que se puede ceñir a la cintura con una hebilla y un par de botas de suave cuero marrón. Me hace un gesto de asentimiento y empieza a desvestirse tan pronto como salgo de la habitación.

Entre tanto, voy a mi cuarto y me cambio también. Edward todavía no lo sabe, pero lo ideado por Marie me incluye: es el único modo que tenemos para asegurarnos de que vuelve sano y salvo al presente. Tal vez pudiera hacerlo sin ayuda, pero, para eso, tendría primero que aceptar el hecho de que tiene un don. Como nadie sabe si lo conseguirá algún día, no podemos dejar que vaya solo.

Me pongo las gruesas medias de lana y hago una mueca por lo ásperas que son. ¡Rascan! No sé si prescindir de ellas, pero... No. Si hemos de conseguirlo será haciendo las cosas como Dios manda. La ropa interior es lo siguiente, suave y completa, con mangas que se abotonan a lo largo del antebrazo, hasta la muñeca. Por encima de todo esto me coloco un vestido que me ciñe la cintura y el pecho y termina en una falda con vuelo. Tiene cortes verticales a la altura de las caderas para que pueda meter las manos y arreglar la ropa de debajo, treinta y seis molestos botones a lo largo de la espalda y mangas que terminan en los codos y desde ahí caen hasta el suelo. También me calzo unas botas de cuero, pero resultan invisibles debajo de tanta ropa.

Mientras bajo por la escalera, practico metiendo las manos por las aberturas de los lados y sujetando la ropa interior. La verdad es que estoy tan concentrada intentando no tropezar con el dobladillo, que paso de largo la cocina, donde mi subconsciente toma nota de las voces de Edward y Marie. Los miro.

Su repentino silencio es lo primero que me llama la atención. Ambos me observan, y oigo como Marie reprime un jadeo; también veo la expresión asombrada de Edward, que me mira con la boca abierta mientras intenta asimilar desde el peinado a la antigua hasta el vestido.

-Tienes un aspecto estupendo, pero ¿se puede saber por qué te has vestido así?-pregunta.

Es evidente que ha llegado el momento de decírselo, ya que Marie no lo ha hecho todavía. Se lo agradezco en silencio y me acerco, consciente del vuelo de la larga falda.

-¿No te he contado nunca lo que me gustan los disfraces? -bromeo, intentando quitarle importancia a lo que sigue-Voy contigo, naturalmente.

Él se inclina y me coge por las muñecas.

-Ni hablar.

Miro a Marie en busca de auxilio.

-Ella debe acompañarte, Edward.

-¿Crees que no puedo hacer esto sin su ayuda? –pregunta dándose la vuelta. Suelto un bufido y me libero de un tirón. Típico orgullo machista.

-Oye, no te lo tomes como un insulto a tu ego.

Se vuelve hacia mí con los ojos llameantes.

-No estaba pensando en mi, sino en ti, en los peligros que tendrás que correr.

Las luces del techo parpadean.

-Tranquilízate -le ruego-. Lo siento.

Edward parece contentarse con mis palabras.

- No creerás que me hace gracia embarcar a Bella en esta aventura, ¿verdad? -pregunta Marie,

Él frunce el entrecejo, y tengo la impresión de que empieza a entender cl significado de las palabras de mi abuela.

-Bella no es simplemente mi nieta, Edward. Es mi hija en el sentido más amplio de la palabra. Su madre nos abandono a las dos hace mucho tiempo. Es lo más preciado que tengo. Y aunque no lo entiendas, también me preocupas tú. Llevas dentro algo especial, y deseo ayudarte a romper el hechizo para que puedas convertirte en la persona que puedes llegar a ser.

Suspira y apoya la mano sobre el hombro de Edward al tiempo que lo mira a los ojos. Es una actitud subyugadora, ante la cual sé que no hay escapatoria.

-Edward, Bella te ayudará en tu búsqueda, y es posible que necesites su poder para regresar. Recuérdalo, enfrentarse a un poderoso alquimista no es ninguna broma. Si no estas preparado para hacerte cargo de tus poderes, entonces no tienes más remedio que aceptar su generosa oferta.

-Lo siento, Pero no quiero que nadie sufra ningún daño por mi culpa -se excusa.

-No te preocupes. Bella sabe cuidarse. Debes confiar en ella.

Los ojos se me llenan de lágrimas al escuchar las palabras de Marie. La abrazo y noto su calor.

-Gracias -le digo cuando nos separamos. Luego miro a Edward-. Puede que sean necesarias tu fuerza y la mía para acabar con esa cosa. Además -hago un gesto que abarca los ropajes- ¿no creerás que iba a dejar pasar una oportunidad como esta? Si la magia de Marie funciona, podré conocer de primera mano lo que era la vida en la Edad Media. La idea es estremecedora pero fascinante al mismo tiempo. ¿no te parece? Por otra parte, es una época que siempre me ha atraído.

-No comparto tu entusiasmo -me responde Edward. sombrío-. La verdad es que no se me ocurre nada peor. La historia es también uno de mis temas favoritos, pero de ahí a vivirla en carne propia... No. Me conformo con regresar sano y salvo.

-No seas tan macabro, Edward -digo para intentar levantarle el ánimo-. Recuerda que sólo vamos a cumplir una misión: no vamos a armar un ejército para invadir un país. Hasta es posible que nos lo pasemos en grande.

-Claro, eso suponiendo que la magia funcione -añade para dejar claras sus dudas.

-Bien, ¿qué os parece si lo comprobamos por nuestros propios medios? -propone Marie, abriendo la puerta y dejando que entre una corriente de aire helado.

La seguimos, y ella se interna en la espesura, encaminándose hacia el claro del arroyo. Conozco bien el terreno. Es uno de mis favoritos y el sitio donde intente el conjuro purificador con Edward. También es donde fui concebida, hace ya muchos años. Todo eso hace que el vinculo que me une a este lugar sea muy poderoso. Marie lo sabe, y ese es el motivo de que lo haya escogido.

No vamos cargados. Aparte de los trajes medievales que vestimos, sólo llevamos una caja con las cosas de Marie, Me pregunto que tipo de magia pondrá en marcha y lo potente que será.

Tengo que levantarme las faldas para que no se enreden en los troncos caídos y las protuberantes raíces. Al final, llegamos, y Marie hace que nos sentemos mientras prepara la zona. Está muy oscuro, y debemos utilizar la linterna, pero no será por mucho rato. Marie está disponiendo un centenar de pequeñas velas en un círculo lo bastante amplio para que quepamos nosotros dos. Cuando termina, se levanta, cierra los ojos y se concentra. Extiende los brazos y percibo un grave zumbido.

Por el rabillo del ojo, observe la reacción de Edward. He visto a mi abuela hacer lo mismo un centenar de veces y, aún así, siempre experimento la misma emoción, pero él está como hipnotizado y no aparta los ojos de ella. Es evidente que percibe que algo muy especial está a punto de suceder, y esa sensación nos rodea por todas partes.

Marie empieza a canturrear en latín y, a pesar de la oscuridad, la podemos ver con nitidez: resplandece débilmente, y toda su piel desprende un aura dorada que parece emanar de su interior, como si estuviera creando su propia energía. De repente, deja de cantar y abre los ojos. Edward da un respingo: brillan con un intenso rojo.

-Bella... -murmura de puro pánico.

-Relájate -le respondo.

Entonces sucede: el centenar de velas se enciende a la vez. No hay humo, sólo pequeñas llamas azules que enseguida se tornan amarillas. El aire está cargado de electricidad.

Cuando el pequeño conjuro ha sido completado y el circulo se encuentra protegido, los ojos de Marie recobran su aspecto normal y ella se vuelve hacia nosotros, dispuesta a proseguir.

-Hay algunas cosas importantes que debéis recordar. -Saca de la caja dos colgantes compuestos de sendas tiras de cuero, nos los coloca y añade-: Protegedlos con vuestra vida, porque el poder combinado de los dos será el que os permitirá regresar a casa.

Edward, recordando las explicaciones que le di, pero deseando saber más, asiente con la cabeza y me mira.

-¿Qué son, exactamente?

-Se trata de una combinación de elementos del bosque. He tenido suerte de poder encontrar los fetos de dos ratones marsupiales. La madre fue atropellada por un excursionista la otra noche. Me la trajeron, pero ya había muerto, y no hubo manera de salvar a las crías que llevaba en su interior. Fue entonces cuando se me ocurrió: habían sido concebidas en el bosque y privadas de su derecho a vivir, pero su abortado nacimiento no habrá sido en vano: uno ha sido fundido con la savia del árbol más antiguo del bosque, y el otro con savia nueva, todo eso está reunido en el interior de un cristal de ámbar. No dudéis de su poder, los dos juntos constituyen un poderoso vínculo.

Cierro los dedos con reverencia en torno al amuleto mientras Edward contempla el suyo, como si intentara distinguir la forma que se esconde en su interior, pero es imposible porque los fetos son demasiado pequeños. Al final, nos los escondemos

-No os llevéis de este mundo más que lo imprescindible -nos advierte Marie y, señalando el reloj de Edward, añade-especialmente cosas como esa.

Él se lo quita, junto con las gafas.

-Las echare de menos -comenta, señalándolas.

Su preocupación hace que me pregunte hasta que punto las necesita para moverse con soltura. Me consta que las usa para leer, pero no creo que en la época a la que vamos sea un problema. La verdad es que lo he visto sin ellas en más de una ocasión.

Edward se pasa la mano por las vestiduras.

-¿Y qué pasa con estas? Parecen auténticas, pero...

-Tranquilo. Las he cosido a mano y están tejidas de manera natural. Además, la tela es del mismo tipo que la que se usaba en la antigüedad. -Su voz se endurece-. Pero recordad: si tenéis que fabricar algún artefacto que os ayude en vuestra tarea, deberéis destruirlo antes de que regreséis. Otra cosa, mientras os mováis en el pasado no deberéis recurrir en público a otros conocimientos que no sean los de la época. Confío en ti, Bella; tú has estudiado a fondo la historia medieval, así que podrás saber lo que corresponde y lo que no. Me habéis entendido, ¿verdad?

Asentimos. Vamos a cumplir una misión, no a llevar tecnología del futuro a nuestros antepasados. Debemos ser cuidadosos.

Marie vuelve a rebuscar en la caja y saca dos anillos. Uno, de oro con un gran rubí, me lo coloca en el anular; el otro, del mismo metal pero sin gema, se lo pone a Edward.

-Son muy valiosos, pero si necesitáis dinero, no os preocupéis: empeñadlos.

Miro nuestras manos. Las mías tiemblan, pero las de Edward no dan muestras de nerviosismo, y todo él parece dominado por una extraña calma; lo cual no deja de sorprenderme. Entonces caigo en la cuenta de que la preocupación por su familia ha debido de ser más fuerte que su natural resistencia a creer en lo sobrenatural. Eso es lo que Marie ha percibido, y por eso ha creído que éste era el momento adecuado. Otro día Edward podría no estar tan dispuesto.

-Otra cosa. Edward, por lo que he averiguado, tu procedes de una familia acomodada, ni más ni menos que de senescales. La ropa que vistes hace honor a esa posición, pero no puedo saber lo cerca o lejos que os dejaré de vuestras propiedades. A pesar de que vuestra vestimenta os proporciona rango social, puede que, topéis con campesinos hostiles que se burlen de vosotros. Si dais con vuestros huesos en una aldea miserable, apresuraos a cambiaros de atuendo para no llamar la atención.

Está claro que deberemos recordar un montón de cosas, y espero que ninguna se pierda con el conjuro de transporte.

-¿Y que hay del idioma? ¿Cómo nos comunicaremos? -pregunta Edward.

Marie sonríe, y sé que se está acordando de la perfecta pronunciación de Edward cuando leyó el manuscrito antiguo. Yo, por mi parte, en estos momentos, cuando lo que se avecina empieza a adquirir una realidad aterradora, me alegro de haber dedicado tanto tiempo y esfuerzo al aprendizaje de la antigua lengua.

-No te preocupes por eso. Esta noche habrá magia suficiente para refrescar todos tus conocimientos -responde.

Pero Edward no parece muy convencido.

-No lo entiendo. Marie. ¿Cómo puedes hacer que, de repente, sea capaz de entender y hablar correctamente un idioma que no conozco?

-¿No crees que si puedo tejer una magia lo bastante poderosa para que te lleve hacia atrás en el tiempo, podré también refrescar la sabiduría de la que ya dispones, pero que yace olvidada en tu cerebro? Mi magia, Edward, fortalecerá tus vínculos con el pasado, incluidas las habilidades que ya posees. Confía en ti mismo y en mí y verás como todo encajara en su sitio.

Nos da un fuerte abrazo y los ojos se le llenan de lágrimas, pero las contiene. Luego, nos señala el círculo de fuego, y nosotros penetramos en él procurando no quemarnos la ropa. Quedamos frente a ella, pero a Edward se le ocurre otra pregunta:

-¿Cómo funcionará? ¿Notaremos algo?

-Usaré los elementos de la naturaleza y de la tierra para potenciar el vinculo que estableció el hechizo.

-Eso quiere decir que no tendrás que tirarme tierra por encima ni deberé beber agua del riachuelo, ¿no?

Marie me lanza una sorprendida mirada, y un escalofrío me recorre la espalda.

-No me digas que intentaste un conjuro purificador, Bella.

-Era mejor eso que pensar en el suicidio -contesto, jugueteando nerviosamente con el vestido.

Una expresión de incredulidad se dibuja en el rostro de Marie cuando vuelve su atención sobre Edward.

-Será mejor que no entremos en eso –murmura él.

-¿Tienes algo más que preguntar? -dice Marie.

Los dos negamos con la cabeza.

-Pues bien, empecemos recitando las palabras que deberéis recordar para el regreso. No deberíais tener dificultades. -Respira hondo y empieza- Ad wli-am redimus.

Es latín.

-Significa "Volvemos al bosque" -explica-. Pero, para que funcione, los amuletos deben estar juntos, como si fueran uno.

Repetimos las palabras varias veces, hasta que Marie se convence de que han quedado grabadas en nuestra memoria.

-Estupendo -dice, complacida por nuestros progresos-. Ahora quiero que empecéis a respirar lenta y profundamente.

Permanecemos inmóviles, haciendo lo que nos ha ordenado. Edward me tenía de la mano; la tiene fría, pero es firme.

-Nos veremos en las Tierras Altas -me susurra-. Espero que esos escoceses sepan comportarse como es debido.

Asiento con la cabeza e intento no pensar en la época hacia la que vamos ni en las disputas propias de esos tiempos. Inconscientemente, mis labios se mueven al compás de los de Marie, que convoca los elementos, uno a uno, para que desplieguen su magia, empezando con el aire y la tierra y acabando con el fuego que nos rodea. En su voz resuena un gran poder y una profunda emoción.

Mientras pronuncia las antiguas y escogidas palabras del conjuro, las velas estallan y las llamitas se transforman en enormes y azules lenguas de fuego que se alzan tan altas como nuestras cabezas. El calor y la energía me penetran y entablan una lucha con todas y cada una de las células de mi cuerpo,

Entonces me agarro a Edward, convencida de que se acerca el momento en que el hechizo de Marie surtirá efecto.

Siento como si me aplastaran la cabeza. Las manos me empiezan a temblar incontrolablemente y a continuación todo el cuerpo. Y lo mismo le pasa a Edward. Me agarra los brazos con tanta fuerza que me hace daño. Mis uñas se clavan en su espalda.

Los acontecimientos se precipitan. La presión en mi cabeza aumenta hasta tal punto que creo que me va a estallar. Me apoyo en el pecho de Edward, y él descansa su cabeza, que también tiembla violentamente, sobre la mía. Luego empiezo a notar un lento tirón, como si mi cuerpo estuviera siendo absorbido hacia lo alto, en un remolino de colores. El ritmo de la succión aumenta, y con el los colores, que se hacen vívidos y adquieren una intensidad cegadora y desprovista de forma. Los colores lo invaden todo, están por todas partes, flotan y giran en torbellinos. Parece que mi cuerpo se estira más allá de lo que la naturaleza de la carne y los huesos permite, y se me ocurre una idea que me entristece: quizá no sobreviva. Es mi último pensamiento.

Hola siento la tardanza, pero estoy estudiando y no tengo mucho tiempo, espero que les guste

Dejen reviews ;)

Les prometo que en cuanto pueda terminare el capitulo de "Asi es el destino, Asi es el amor" es el más complicado de los que he escrito y el más largo, es uno de los capitulos más importantes de la nove, bueno quiza no tanto, pero ya empezaran a descubrirse los miedos de bella y un poco el porque de ellos, ya veran

Besos congelados

Sasu Little Cullen^^

Please!!!!!!!REVIEWS!!!!!!!!!!!! y grax por los anteriores que me apoyaron ;)