advertencia del cap: nsfw

capítulo 11

Flores para la Abeja Reina, pt. 2

—Hemos contratado a tres exterminadores de plagas —explicó Obanai—. Y hemos llamado a expertos en abejas y nadie nos ha podido ayudar. Y necesitamos la casa pronto porque en dos días mi prima se casa y la boda se realizará aquí y tenemos familiares que vienen de Francia y ya han comprado los pasajes de avión y no podemos aplazarla.

Shinobu asentía levemente a todas las palabras de Obanai. Su lenguaje corporal denotaba estrés, el pobre seguro estaba atareado con todo lo que implicaba ser el organizador de una boda. Eso, más el incidente de las abejas, debía tenerlo con los pelos de punta.

—Aparte de eso, mi tío es alérgico a la picadura de abeja —Obanai continuó—. Su cuerpo reacciona muy mal. Sólo con una picadura, se le hinchó toda la cara. No te imaginas cómo le quedó. Jaja, parecía un pez globo, el pobre. Se tuvo que ir de la casa mientras la invasión continuaba. Y, bueno, no sé si les ha picado una abeja antes... pero me inclino a pensar que sí, y tengo la certeza de que todos concuerdan conmigo cuando digo que esa mierda duele como el infierno. Del otro lado de esta puerta hay cientos de ellas. No entiendo de dónde salen tantas, pero aunque las mates, aparecen más. Son infinitas. El apicultor nos dijo que probablemente haya un panal en algún rincón de la casa, escondido, pero ya hemos buscado por todas partes y lo único que hemos conseguido es que nos piquen el culo. Estoy cansado de las picaduras. En serio, estoy harto de esas malditas; no quiero ver otra abeja en mi vida. He considerado incluso quemar la casa.

Shinobu tuvo que poner disimuladamente una mano sobre su boca para tapar una pequeña sonrisa. Le parecía adorable lo poco que había cambiado su amigo desde los tiempos de preparatoria. En el pasado, cuándo ambos pertenecían al Club de Té, Obanai también solía ahogarse en un vaso de agua por cualquier eventualidad que ocurriese.

—Mi tía acudió a un brujo, porque estaba convencida de que semejante desgracia sólo podía ser cuestión de una maldición —Obanai prosiguió—. Y el brujo le dijo que sí, que efectivamente la casa estaba bajo los efectos de un poderoso maleficio, y le dijo que necesitaba urgentemente una limpieza si quería conservarla tal y como estaba. Mi tía se horrorizó y, por supuesto, le pidió que rompiera la maldición. Pero resultó ser un fraude. El "brujo" nos estafó. Lo único que desapareció después del ritual fue mi dinero... y las abejas, que como pueden ver, siguen aquí.

Shinobu asintió condescendientemente. Muchos clamaban dominar las artes mágicas, pero pocos eran los que verdaderamente tenían el don. Para una persona como ella, acostumbrada a la fauna silvestre, la cuestión de las abejas era un asunto muy fácil de resolver, pero requería tiempo. Tendrían que quedarse una noche como mínimo. A Giyuu no le haría nada de gracia eso.

—Ziggy —lo nombró, posando una mano suavemente en su hombro. Quería transmitirle con ese gesto que podía poner su confianza en ella—. ¿Me permites visitar tu chashitsu?


Naturalmente, el chashitsu de los Iguro cumplía con todos los estándares de una apropiada sukiya-zukuri. Se alzaba como un cuarto aparte de la casa, y se llegaba a él atravesado un modesto jardín roji repleto de flores rojas y amarillas. Ante la vista de semejante despliegue floral, no resultaba difícil imaginar que una colmena de abejas quisiera usurpar el lugar. Hasta ella quería quedarse a vivir allí, entre aquellos elegantes arreglos de flores y helechos.

Entrar en la habitación se le hizo una experiencia familiar. Era de cinco tatamis, pulcra y sencilla, con la sección destinada a la preparación del té señalada por una estera en donde descansaban todos los elementos requeridos, y un tokonoma dónde yacía un bonzai de estilo moyogi. Shinobu se tomó la libertad de usar aquellos utensilios como si fueran suyos.

Sintió la mirada de ambos hombres desde el centro el otro lado del cuarto mientras encendía el bracero portátil con el carbón vegetal que había en el recipiente y colocaba la tetera de hierro con agua para hervir. Fue llevando a cabo cada tarea como si se tratara de una verdadera ceremonia; emuló la dulzura que solía verter sobre cada ritual, evocó el aroma y la majestuosidad de sus días colegiales. Shinobu vertió el agua hervida al bol del té con un bonito cucharón de bambú, lanzó una cantidad precisa de té y lo mezcló con el chasen. Su objetivo fue un té liviano, uno que bastara para alivianar el humor del pobre Iguro, y uno que relajara al evidentemente tenso Giyuu.

Encendió un incienso de canela y romero, y vertió la bebida humeante en cada taza.

Obanai, siendo experto en la realización de La Ceremonia del Té, recibió su taza con una solemnidad inmaculada. Sus gestos, su impecable seiza y su lenguaje corporal transmitieron la experiencia de años de práctica. Por otro lado estaba Giyuu, todo desparramado sobre el suelo, recibiendo su taza sin una sola pizca de delicadeza y llevándosela a la boca para sorber ruidosamente.

Shinobu tuvo que sonreír. El gesto horrorizado de Obanai hablaba por sí solo.

Una pequeña abeja revoloteó sobre su cabeza, dando un par de vueltas antes de aterrizar en el borde de su taza. Era la típica especie de abeja doméstica que daba miel. Al colocar la taza suavemente sobre el tatami, Shinobu ocasionó que la temeraria abejita se resbalara adentro del té.

—Primero que todo, mi querido Ziggy, permíteme corregirte. Tanto tu tía como tú, ambos están malinterpretado toda esta situación —remarcó Shinobu, retirando cuidadosamente su guante de seda—. No hay forma de que la presencia de una colmena resulte como consecuencia de una maldición. Primero y principal, las abejas simbolizan prosperidad y buena suerte. Suelen pronosticar crecimiento en el ámbito económico, y éxito y equilibro. Teniendo en cuenta que ésta casa pronto recibirá una boda, más bien me parece que representan una muy buena señal.

Metió su dedo adentro del líquido humeante y ayudó la abeja a salir. Después de unos segundos, ésta se recuperó y alzó vuelo lejos de ellos. Obanai escuchó con atención, entre inseguro y desorientado.

—¿Entonces no es una maldición?

Giyuu los miraba disimuladamente. Él más que todo se dedicaba a disfrutar de su té y permanecer en silencio.

—Exacto. —Shinobu colocó su guante de vuelta—. De hecho, es todo lo contrario. Yo lo describiría como una bendición.

—No necesito este tipo de bendiciones, muchas gracias —soltó Obanai con amargura—. Para mi familia están siendo todo lo contrario a una bendición. Me están haciendo la vida cuadritos, te lo digo en serio, Nobu-san. Dime que sabes cómo deshacerte de ellas, por favor.

Shinobu optó por asentir, más por piedad que por convicción, pero la verdad era que ella nunca había intentado intervenir en el entorno de una colmena. Le parecía grosero siquiera intentarlo; si embargo, su compromiso con Obanai era más pesado que su solidaridad por las abejas. Quizás era justo que la gente común las consideraran plagas. Hasta ella misma tenía que admitir que sus aguijones eran aterradores. Pero, en sí, las abejas no eran plagas. Eran vaticinadoras de buena fortuna, sólo que, si no las removías correctamente, podían representar un problema.

Con algo de cuidado, Shinobu podría conseguir complacer a ambas partes, tanto a la familia Iguro como a las abejas.

Sólo quedaba una cosa por hacer.

—Puedo hacerlo, Ziggy-kun, pero me temo que tu vibra interfiere con las ondulaciones mágicas dispersas en el ambiente —Shinobu anunció con ojos sonrientes, poniéndose en pie—. Necesito que te vayas.

Fue ruda deliberadamente, como compensación para las abejas, porque ellas no tenían otra intención más que trabajar por el bien de su colmena y no se merecían ser tratadas como lo hacía Obanai: como pestes, plagas indeseadas. Lo mínimo que les debía era un descanso del hombre. Obanai, que a pesar de su apariencia no era un hombre rencoroso, supo acatar la orden de buena manera y se marchó poco después de terminar su té.

Los tíos y primos de Obanai habían huido de la colmena, y Mitsuri, la esposa de Obanai, se encontraba en la capital atendiendo un viaje relacionado a su trabajo. Esto era ideal para Shinobu. Mientras menos personas hubiesen en la casa, menor era el riesgo de alterar la magia circundante, y mayores eran las probabilidades de éxito. De cualquier forma, tuvieron que esperar hasta la noche, cuando la actividad de las abejas disminuía y el poder mágico de Shinobu aumentaba.

Mientras esperaban que se hiciera la hora, cada uno hizo lo que consideró entretenido. Ella, por su parte, exploró los espacios del único salón de estilo occidental y se detuvo un buen rato frente a una estantería repleta de libros. Ojeó uno que otro recetario, un libro de geometría y un catálogo de vestidos. Gracias al constante fisgonéo, Shinobu se topó con varias cartas abiertas entre dos gruesos volúmenes de álgebra. Por respeto a la privacidad evitó leer los remitentes, pero hubo una carta que no pudo evitar curiosear de más. Tenía un sobre llamativo y el símbolo del lacre se le hacía ligeramente conocido.

Douma-kun.

No tardó mucho en recordar de dónde lo había visto antes. Se trataba del sello de los Subaki, familia que, junto a los Kochou y los Ubuyashiki, eran una de las más antiguas y respetadas de Minakami. Fue una sorpresa ver algo de ellos en casa de los Iguro. Era el último lugar en el que Shinobu esperaba encontrarse algo relacionado a los Subaki; después de todo, ambas empresas familiares se dedicaban al mismo rubro del sake, eran rivales.

Delineó una sonrisa mientras jugueteaba con la carta en sus manos. Este nuevo descubrimiento podía ser el recurso vital que necesitaba para alcanzar su objetivo con respecto al problema lunar de Giyuu.


Fuera de todo pronóstico y para su sorpresa, Giyuu no había recibido de mala manera la noticia de tener que pasar la noche fuera de la cabaña. El hombre, de hecho, se había mostrado colaborador y obediente. Exploró la casa y vino con un reporte detallado, tranquilo y hasta un poco interesado, sobre las novedades que había encontrado.

—El enjambre está acumulado debajo del engawa que da atravesando el jardín principal.—finiquitó al encontrarse con ella.

Shinobu, que había estado leyendo una copia del polémico libro de Wataru Tsurumi que había descubierto detras de una biblia antes de que Giyuu llegara, retiró la vista del libro y la fijó en él. La chaqueta de cuero y los lentes de sol le favorecía, pero Shinobu prefería cuando no los llevaba puestos, como ahora.

Afuera, un vistoso arrebol teñía el cielo crepuscular; la ausencia de luz ya se estaba haciendo presente en el salón.

—¡Maravilloso! —cantó, cerrando el libro y poniéndose en pie—. Pero no es un enjambre, Jimmy, es una colmena.

—¿Cuál es la diferencia?

—Un enjambre es transitorio —explicó, devolviendo el libro a la estantería, justo donde lo había encontrado—. La colmena es donde se encuentra la colonia estacionaria de abejas. Probablemente haya un panal escondido debajo del engawa.

—¿Cómo planeas sacarlo?

Esa era una buena pregunta. Todavía lo estaba meditando, pero para molestarlo un poco, Shinobu respondió con una deliberada sonrisa:

—Con magia.


No había oscurecido por completo cuando Shinobu tomó un baño de agua dulce con pétalos recolectados de las flores del jardín. Vistió un holgado vestido negro y se dejó el cabello suelto. El único accesorio llamativo que cargaba era el collar de estaño alrededor del cuello.

—¿Puedo saber qué tienes en mente? —fue lo primero que preguntó Giyuu al encontrársela en el pasillo, después de echarle un ojo apreciativo de arriba a bajo.

—Invocaré al diablo —reveló Shinobu enigmáticamente. Su cabello goteaba sobre el suelo de madera, su piel estaba caliente y relajada debido al reciente baño—. ¿No te parece eso bellísimo?

Giyuu arrugó el entrecejo. No podía verse más escéptico al respecto, pero, por esta vez, no hizo el intento de cuestionar sus acciones. Desde lo ocurrido en luna llena, Giyuu se había mostrado más dispuesto a intentar entender las artes mágicas. Eso era un buen comienzo.

—¿Y para qué seré bueno yo?

Shinobu alzó una ceja. Vaya sorpresa. ¿Acaso se estaba ofreciendo a participar en un ritual de invocación? Eso sí que era una gran evolución de personaje.

Caminaron en silencio hasta detenerse frente a la puerta corrediza, justo en el lugar donde Obanai les había confesado esa mañana lo de las abejas. Del otro lado del jardín, debajo del engawa, debía descansar la presunta colmena, según las investigaciones de Giyuu.

—Lo siento, Jimmy. Tendrás que permanecer ignorante hasta que llegue el momento —explicó Shinobu misteriosamente—. Tu función es permanecer en silencio y ser un testigo. El diablo se pondrá de mal humor si un hombre lobo intenta buscarle conversación. Debes alejarte pase lo que pase. El diablo no es precisamente un tipo amable.

Cada vez que Shinobu pronunciaba la palabra "diablo", Giyuu se retorcía un poco. Ya ni siquiera era gracioso, sino simplemente adorable. Lo del ritual de invocación al diablo en realidad era mentira. No hacía falta invocar a nadie para trasladar un panal de lugar, pero era divertido ver las reacciones del hombre.

—¿Te estás burlando de mí, Kochou? —refunfuñó, entornando sus ojos. Shinobu supuso que su sonrisa debía estarla delatando.

—No, no. Más bien, toma.

Sacó una pequeña campana de la bolsa y se la entregó. Eso sí era necesario para purificar el aire de malas energías.

Con el desconcierto brillando en su cara, Giyuu recibió la pequeña campana.

—¿Y para qué es esto?

—Tu deber será hacerla sonar en el momento indicado. —Shinobu explicó, poniendo sus manos sobres las de él. El breve gesto cumplió su función de tranquilizarlo, pero su aire de vacilación se mantuvo presente.

—Kochou, ¿Cuál es ese momento indicado? Sé más específica. —reclamó él, a lo que Shinobu negó con la cabeza.

—Eso es algo que yo no te puedo enseñar —continuó ella, dándose la vuelta—. Tú mismo sabrás cuál es el momento indicado. No te preocupes por lo que veas, estaré bien. ¿Me prometes que no intervendrás?

Deslizó la puerta y entró al cuarto, dejando a su espalda un Giyuu perplejo.

—No te prometo nada, Kochou. —contestó, azorado, siguiéndole los pasos antes de deslizar nuevamente la puerta. Shinobu lo aprobó con una sonrisa.

—Eso pensé.

Atravesó la habitación, que se trataba de una alcoba simple de cinco tatamis, y deslizó la siguiente puerta que daba al jardín principal.

Giyuu la seguía en silencio, imitando todos sus movimientos de forma rígida y torpe. El hombre no lo manifestaba en sus expresiones, pero Shinobu, que podía leerlo como a un libro abierto, era capaz de detectar su agitación. El hombre estaba muy impaciente, y eso inconscientemente la estaba poniendo nerviosa a ella también.

—Vamos a recolectar algunas flores para las abejas. —propuso, adentrándose al jardín.

—¿No le molestará a Iguro-san que arranquemos sus flores?

—Son para una buena causa —Shinobu se encogió de hombros—. Serán utilizadas como ofrenda, para aplacar la ira de la colmena una vez la desalojemos.

Giyuu escogió con cuidado las mejores flores y consiguió hacer un ramo más llamativo que el de ella. Él era muy detallista en actividades relacionadas a la recolección, quizás por su olfato sensible y sus instintos de lobo.

Quedaba sólo un pequeño resplandor de luz en el cielo cuando ambos se sentaron en el engawa a tejer guirnaldas con las flores recolectadas; Giyuu seguía un poco impaciente, pero ya no lucía tan nervioso como hacía momentos atrás.

—Cuando recuerdas que la primavera simboliza el deshielo y renacimiento, y tienes la certeza de que todas las flores florecerán en su máximo esplendor por estas fechas, no es de extrañar la aparición de los enjambres —comentó Shinobu—. Las abejas exploradoras le darán prioridad a los lugares donde las flores abunden. Después de todo, ellas requieren del néctar y el polen para construir sus panales y fabricar miel.

—¿Estás insinuando que las culpables de atraer a las abejas fueron las flores?

—En gran parte. —asintió un poco atónita de que Giyuu apenas lo estuviese descifrando. Para ella eso era tan evidente como que los cerezos siempre florecían en primavera—. No hay nada mágico en esto. Ni siquiera es coincidencia, es una consecuencia directa de la decoración floral de este lugar.

—Pero en la mañana comentaste que presagian buena fortuna. ¿Era cierto?

—Sí. Cómo las mariposas, y las libélulas, y las mariquitas y las arañas, las abejas son insectos que se vinculan a los buenos presagios. Anuncian esperanza y buena suerte. Tiene un significado hermoso si tomas en cuenta que se celebrará una boda aquí en pocos días. No me queda duda de que a los novios les irá muy bien.

—¿Qué pasa si las matas? ¿Dejarás de tener suerte?

—No. Ellas no traen la suerte, ellas la presagian. De hecho, la suerte las atrae a ellas. Son una consecuencia, no una causa. Aunque las matemos, seguirán sucediendo cosas buenas en esta casa. Pero no hay que matarlas, Jimmy. Las abejas son importantes para mantener el equilibrio natural del planeta. Sin ellas no habría polinización, ni plantas, ni animales, ni nosotros. No hay que matarlas.

—¿Hay insectos que presagian la mala suerte?

—Por supuesto. Un ejemplo son las avispas negras. Ellas simbolizan lo contrario a las abejas, pero no se les consideran plagas porque nunca andan en enjambres y sus panales son subterráneos y generalmente son muy reducidos. Están relacionadas más que todo a los problemas económicos por esto mismo. Las abejas son bien conocidas por ser trabajadoras, todas cumplen una función importante en el panal. Por eso se relacionan con el crecimiento del ámbito económico.

—Me gusta la miel.

—¡No lo dudo! La miel es una de las cosas más maravillosas y exquisitas que existe. Tiene su propia magia. De hecho, es el ingrediente escencial para unos cuantos hechizos y pociones.

—Sabes mucho sobre insectos, ¿no?

—Tenía que hacerle honor a mi apellido.

Shinobu le dio un estudio rápido al jardín y se dio cuenta que la cantidad de flores después de la recolección había disminuido considerablemente. Ella, que era más ávida tejiendo coronas que Giyuu, culminó cuatro a la par que hablaban, mientras que él apenas llevaba dos. Satisfecha con su resultado, colocó una de las guirnaldas sobre su cabeza, con la solemnidad de una coronación real, y acercó otra a la cabeza de Giyuu, quien terminó aceptándola a regañadientes después de un breve forcejeo.

Ya había anochecido. En el cielo destellaban algunas estrellas: Spica, Acturus y Regulus, las más fáciles de detectar en esas épocas del año, pero era Júpiter, cuya luz opacaba a cualquier otro cuerpo celeste esa noche, quien se alzaba como rey del cielo.

En cuanto las farolas del jardín fueron encendidas por Giyuu, los mosquitos aparecieron alrededor de ellas como hormigas al azúcar.

La brisa no llegaba a mover su cabello, pero era suficiente para helar su piel. La hora de ir por el panal había llegado.

Shinobu caminó descalza sobre el césped frío, acercándose cuidadosamente al engawa del lado contrario. Debajo de este, en una esquina donde no alcanzaba a llegar bien la luz, se podía divisar la deteriorada silueta de un maneki-neko de piedra, mohoso y cubierto casi por completo por vegetación. Shinobu se arrodilló en el suelo para tener mejor acceso visual, y divisó, adherido a la estatua, el panal a medio construir de las abejas. Jaque mate.

—¿Ves algo? —preguntó Giyuu manteniendo una distancia considerable, parecía temeroso de acercarse. Quizás le temía un poco a las abejas. Shinobu asintió levemente.

—Tenías razón, Jimmy. Aquí están las abejas. Parece que tu olfato nunca se equivoca.

—No entiendo porqué esperaste a que anocheciera para comprobarlo. ¿Quieres que te ataquen en masa?

—Este tipo de cosas se hacen de noche, Jimmy. De noche la magia se encuentra en su punto máximo —Shinobu informó. Abriendo los ojos en todo su esplendor, buscó que sus pupilas dilatadas se acostumbraran a la oscuridad para distinguir mejor a la colmena—. ¿Hola? —saludó suavemente. Giyuu resopló.

—Kochou, por favor, dime que no estás intentando comunicarte con las malditas abejas.

—Buenas noches, lamento interrumpir su sagrada hora de descanso —Shinobu continuó respetuosamente, ejecutando una profunda reverencia hacia la oscuridad debajo de la pasarela de madera—. Me disculpo de antemano por los problemas que le causaremos. Desafortunadamente, el establecimiento de su colmena en este lugar le está ocasionando pesar a un preciado amigo mío. Si usted me lo permite, podríamos llegar a un buen acuerdo. De esa forma, sus obreras no morirían en vano, y yo no me vería obligada a matarla a usted.

—Ya veo que terminaste de enloquecer, mujer —declaró Giyuu en voz baja y cansada. Se escuchaba como alguien que ya había tenido suficiente y estaba a punto de darse por vencido—. Ven aquí antes de que esas abejas...

—Me estás desconcentrando, Tomioka-san. Si no tienes nada positivo que acotar, entonces preferiría que te retiraras.

—Claro, mujer insensata, porque voy a sentarme a mirar como te pican cientos de abejas. Deja eso y apártate.

Shinobu no le prestó atención, tenía toda su concentración derramada sobre el panal. No era grande, debían haber sólo unas trescientas abejas, probablemente se trataba de una colmena muy nueva, o había disminuido después de los tantos intentos de exterminio por parte de los Iguro. Ella había sido testigo de panales más grandes colgados en los árboles del bosque, en comparación, esto era algo modesto, muy fácil de lidiar.

Soy su amiga y soy su aliada, pero puedo convertirme en su peor enemiga. Sienta mis intenciones y júzgueme usted misma. —recitó por lo bajo, extendiendo la palma abierta de su mano hacia el panal. En cuanto tocó la viscosa superficie, el zumbido, que era apenas perceptible, comenzó a aumentar. A su espalda Giyuu jadeó.

—¡Kochou! ¡¿Te volviste loca?! ¡¿Que estás haciendo?!

—No te acerques —advirtio Shinobu firmemente.

—Dios mío, no sé que pretendes hacer, pero... sea lo que sea, es una mala idea. —A pesar de la desaprobación en su voz, Giyuu cumplió la orden y tomó distancia.

Las abejas empezaron a emerger de las cerdas, produciendo un melodioso zumbido. El dulce colmó sus fosas nasales, la miel viscosa cubrió los dedos que tocaban la superficie del panal. Grupos de abejas comenzaron a posarse sobre su piel, en su cabello y en su cara. No hicieron el intento de atacarla. La estaban reconociendo, percibiendo sus verdaderas intenciones.

Permaneció inmóvil, ojos cerrados, respiración mínima. Permitió que las abejas volarán libres a su alrededor, se deleitó con el sonido natural de sus vuelos a medida que éste aumentaba, con el cosquilleo de las docenas de abejas entrando en contacto con su piel.

—Mucho gusto. —susurró de pronto. Sobre la palma de su mano, una abeja ligeramente diferente a las demás se posó.

Shinobu la encerró con su otra mano cuidadosamente y se levantó de la misma manera. Se dio la vuelta y emprendió rumbo a la habitación, caminando tranquilamente, permitiendo que las demás abejas la siguieran. Ambas manos y ambos brazos estaban repletos de abejas, que caminaban o permanecían quietas sobre ella, formando unos singulares guantes zumbadores.

Giyuu la observaba con ojos horrorizados. Abría la boca de vez en cuando, quizás para quejarse o para comunicar su desaprobación, pero al instante se arrepentía y prefería mantener la boca cerrada. Se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo para mantener la compostura. A pesar de su estrés, el pálido hombre descifró sus solicitud sin necesidad de escucharla y se apresuró a deslizar la puerta.

Shinobu subió al engawa y entró a la habitación. Ya Giyuu había abierto la próxima puerta.

Caminó despacio a través de los pasillos de la casa, que se hicieron interminables al ritmo lento que iba, y llegó a la puerta principal, que aún estaba cerrada. Giyuu la observaba con ojos bien abiertos, claramente conmocionado. Shinobu podía sentir las abejas desplazándose poco a poco por sus mejillas, por su cuello, en el interior de su vestido, por su espalda.

—¿Recuerdas la arboleda que vimos de camino hacía acá? —preguntó suavemente. Él asintió—. Lleva la estatua ahí. Ten cuidado con no dañar el panal. No olvides mi bolso y las flores.

Giyuu asintió y regresó al jardín después de abrirle la puerta principal.

Shinobu se adelantó al sitio en cuestión caminando cuidadosamente por el jardín delantero y luego por la calle. Era una suerte que no hubiese demasiadas casas alrededor, Shinobu no quería ni imaginar la impresión que se llevaría cualquier transeúnte de verla caminando con todo un enjambre a su alrededor.


El limpio repique de las campanas se extendió a través de la arboleda tal y como lo previó. Giyuu supo cuándo hacerla sonar en el momento indicado y sin necesidad de una señal de su parte. Había llevado su tiempo, pero al final habían conseguido trasladar a la colmena. Giyuu había dejado la pesada estatua en el lugar más remoto del parque, y Shinobu había devuelto a la Reina respetuosamente a su lugar. Cómo era natural, todas las demás abejas, obreras y zánganos, las siguieron y se adaptaron a su nuevo entorno de inmediato.

Colocaron las guirnaldas de flores cerca del panal como ofrenda para la Abeja Reina y se retiraron del lugar, dejándolas tranquilas finalmente.


Giyuu no salió del estupor sino hasta que tuvo listo el humeante tazón de udon al frente de él.

Camino de regreso a la casa de los Iguro, Shinobu notó que el puestito de soba/udon, el mismo que habían visto cerrado en la mañana, estaba abierto ahora, y propuso detenerse a comer algo, dado que no habían ingerido nada desde el desayuno y las tripas les venían sonando desde hacía horas, y Giyuu realmente se merecía una buena retribución, había sido de gran ayuda para ella y para las abejas.

—Todavía me cuesta creer que hayas hecho eso —susurró Giyuu, soplando el caldo de sus fideos para poder darle un sorbo. No parecía enojado, sino más bien conmocionado—. No te costaba nada decirme lo que tenías pensado hacer. Yo pude haber ayudado más en, no sé... no era necesario hacer algo tan arriesgado.

Ambos estaban sentados hombro a hombro adentro del reducido toldo; eran los únicos clientes, pero, aún así, cabían a duras penas en el banquillo. Afuera había otras mesas, pero comer cerca de las ollas era más cálido y apetitoso.

—Agradezco tu preocupación, y me disculpo por no haberte dicho nada, pero tenía todo bajo control. Lo viste con tus propios ojos, ¿no? No pasó nada malo.

—Me dijiste que ibas a invocar al...

—No fue necesario —dijo Shinobu para ahorrarle la incomodidad; por lo visto, a Giyuu le costaba nombrar al Señor Infernal. Qué tierno—. Sólo era mover abejas de un lugar a otro, no matar al Primer Ministro o algo así. Toma a la reina, y tendrás el control de la colmena entera.

—¿Pero cómo hiciste para que no te picaran? —Giyuu preguntó, ofuscado, pero al notar su sonrisa, la energía abandonó su rostro y sus hombros cayeron—. Oh, déjame adivinar...

—"Con magia" —dijeron al unisono. Shinobu tuvo que sonreír; la expresión cansada de Giyuu se le hacía muy graciosa. Ahora que se fijaba bien en su cara, y gracias a la luz del bombillo adentro del toldo, podía notar varias manchas rojas en su cuello—. ¿A ti te picaron?

Giyuu se miró su propio brazo, en el que tenía al menos cinco marcas hinchadas, y se encogió de hombros, empinándose el tazón hasta dejarlo vacío.

—Fue cuando trasladé la estatua. Aún quedaban muchas abejas en el panal... supongo que no les agradó que moviera su hogar —Giyuu lo simplificó neutralmente, como si quisiera restarle importancia al asunto. Colocó sus palillos sobre el tazón y soltó un suspiro—. Creo que no les caí bien.

Por supuesto, a ella no le había picado ninguna abeja, pero dudaba que fuera por haber simpatizado con ellas. Las abejas no atacaban a menos que se sintieran amenazadas o molestadas, y ella desde el principio había comunicado sus intenciones.

Shinobu entornó sus ojos hacía él. Había algo sospechoso.

—Señor, otro tazón para el caballero, por favor —pidió, porque sabía que un solo tazón no había sido suficiente para saciar el apetito del hombre a su lado.

—Empiezo a sospechar que esta mujer tiene intenciones de engordarme por algún motivo macabro. —Giyuu replicó a voz alta, pero no se molestó en rechazar su invitación. Por lo visto, efectivamente tenía espacio para otro tazón más de udon. El dueño del puesto lanzó una risotada mientras le preparaba la segunda ronda.

—Ni que lo digas, joven —respondió el señor animadamente, tocándose la abultada barriga—. Desde que me casé, mi esposa no ha hecho otra cosa más que engordarme. ¡Y no es que yo me queje! Pero me empieza a parecer sospechoso que suela haber un mismo patrón en todas las relaciones. ¿Que me dice usted, señorita? ¿Lo hacen por alguna razón macabra?

El nuevo tazón humeante fue colocado al frente de Giyuu, y éste, ni corto ni perezoso, separó un par de nuevos palillos y comenzó atacando el pedazo de chuleta que sobresalía entre los fideos. Su forma de comer era tan pura que daba placer verlo.

Shinobu volvió a su propio plato.

—Supongo que nos gusta ver contentas a las personas que nos importan —sonrió—. Ya sabe lo que dicen: barriga llena, corazón contento.


—¿Te duelen las picaduras? —preguntó Shinobu suavemente. Giyuu negó—. Lamento haberte preocupado. Debí decirte lo que tenía planeado hacer.

—En el fondo sabía que podías controlarlo —respondió él en un susurro. El brillo en sus ojos hizo que Shinobu se sintiera repentinamente emocionada—. Te veías como... algo fuera de este mundo. Todas esas abejas a tu alrededor, cubriéndote toda la piel sin llegar a picarte... parecías una- no sé, "diosa de las abejas", supongo. Eres hermosa, Kochou.

—Oh, dime algo que no sepa —afirmó ella intentando ocultar su timidez con arrogancia. Giyuu negó con la cabeza.

—Pareces cansada —mencionó poco después, tocando trivialmente su cuello—. ¿Todavía quieres ese masaje?

Shinobu soltó una exclamación de sorpresa. Eso no se lo esperaba.

—No dejas de sorprenderme, Tomioka-san —sonrió, asintiendo levemente—. Por supuesto que sí.

—¿Voltéate? —sugirió él, sujetándola con cuidado por los hombros—. Acuéstate.

—¿Quieres que me quite el vestido? —preguntó inofensivamente—. Digo, para que puedas trabajar mejor.

Sonrió al verlo asentir.

—Si eso te hace sentir cómoda, pues adelante.

Lo hizo. Se tumbó boca abajo en el futón, con todo el torso desnudo, y soltó un suspiro confortable al sentir las manos de Giyuu sobre su espalda. Eran grandes, pero amables, y calientes. Cerró los ojos para apreciarlas con suma atención.

—¿Estás cómoda? —preguntó él, calmadamente. Ella asintió—. Hazme saber si quieres que pare.

—Lo haré.

Giyuu empezó a masajearla con más esmero. Sus respiraciones era el único ruido presente en la habitación.

El hombre era malísimo masajeando. Más que masajear, parecía estar amasando sus hombros como haciendo masa para pizza, pero igual lo estaba disfrutando. Cualquier otra persona se habría quejado, pero ella no lo haría. A Shinobu le atraía ese lado rústico de Giyuu; sus movimientos toscos y su aura salvaje eran ciertamente encantadores.

—Oh —gimió al sentir un estrujón especialmente brusco—. Ara ara...

—Nunca dije que fuera bueno. —objetó Giyuu a la defensiva—. ¿Quieres que pare?

—Giyuu, ¿Tienes idea de lo mucho que estoy disfrutando esto? Deja de preocuparte por si lo... estás haciendo... mal o bien. Sólo sigue.

Escuchó su risa atrás de ella y sintió un escalofrío, un escalofrío de los positivos. Giyuu rara vez reía así. Shinobu en verdad apreciaba cada inusual ocasión en la que tenía la suerte de oírlo soltar una risa.

Las manos friccionaron sus trapecios y continuaron viajando con lentitud hacia los dorsales, los músculos lumbares, y su cadera. Shinobu comenzó a temblar.

Esos movimientos en círculos que hacía con los pulgares y las fuertes presiones con sus palmas, cada simple movimiento era demasiado benévolo para su espalda y para todo su cuerpo en general, el placer se estaba manifestando con leves temblores y sacudidas involuntarias.

—¿Tienes frío? ¿Quieres que cierre el shoji? —preguntó Giyuu suavemente. Shinobu negó con la cabeza. De hecho, tenía mucho calor—. ¿No? ¿Entonces estás temblando porque se siente bien?

—Sí, se siente bien —suspiró y asintió—. Tus manos sobre mí se sienten bien.

Giyuu se detuvo, pero reanudó sus atenciones al instante. Ya no masajeaba, sino que acariciaba suavemente su piel. Los dedos delineaban, trazaban, dibujaban figuras sobre su espalda.

—Alguien me dijo que tenías muchos tatuajes, pero yo no le creí —señaló de pronto, y por la forma en cómo lo dijo, Shinobu pudo imaginárselo sonriendo. Saber que Giyuu la estaba apreciando tan detalladamente la excitaba demasiado—. Esa persona tenía razón. ¿Significan algo?

—Significan muchas cosas.

¿Quién había podido decirle sobre sus tatuajes? Kanae, o Sumi. Ellas sabían, y Giyuu las había conocido.

Esos tatuajes tenían una larga historia detrás. Se los había mandado a hacer hacía tanto tiempo que ya ni siquiera recordaba qué eran o sus lugares exactos. Muchos provenían de la preparatoria. Runas combinadas, símbolos satánicos, símbolos neopaganos wiccas, druidas, céltas, símbolos masónicos, soberbios árabes, conjuros hebreos, pentagramas. Su espalda debía parecer un simple desastre.

—Me gustan —Giyuu objetó como si hubiera leído sus pensamientos, siguiendo las líneas grabadas su piel con sus dedos—. Se ven geniales. —Movió su cabello a un costado y dejó un beso en su nuca, lo que provocó que soltara un suspiro contenido. Si mal no se equivocaba, justo ahí tenía el tatuaje de una mariposa monarca.

Sus mejillas dolían de lo mucho que llevaba curvando una sonrisa. Shinobu adoraba el rumbo que Giyuu estaba tomando, besándole los hombros, la nunca, la columna vertebral, todo con una necesidad que ponía en evidencia su deseo por ella. Oh, y el deseo era mutuo.

—Ahora que lo pienso —mencionó Giyuu en un suspiro, moviéndose detrás de su nuca, liberando el aliento muy cerca de su oreja—. Creo que una vez me hiciste prometer que te besaría nuevamente. ¿Recuerdas?

—Oh sí. Imposible de olvidar —Shinobu sonrió, volteándose sobre su espalda para rodear el cuello de Giyuu con sus brazos. Ella no había dejado de pensar en esa promesa desde el momento que la había hecho—. Estábamos muy drogados, pero lo recuerdo.

Cortaron la distancia entre sus rostros y unieron sus bocas en un beso fervoroso. Shinobu no recordaba haber sentido semejante ímpetu y semejante urgencia antes. Había algo en Giyuu, algo hipnótico, algo extraño pero fundamental, que la impulsaba a no querer dejarlo ir nunca. Sentirlo cerca era una prioridad. Tocarlo, tenerlo, ser tocada, ser tomada por él. Aquello parecía repentinamente la resolución más sensata y acertada que había tenido en toda su vida.

Giyuu, leyendo sus pensamientos, trepó encima de ella y la envolvió en sus brazos. Pegó sus cuerpos y los frotó de una manera extremadamente sensual. Shinobu cerró sus ojos para sobrellevar la repentina sensación, de no ser porque su boca estaba muy ocupada con la de Giyuu, habría soltado un grito de satisfacción. Las manos de él, que sujetaban firmemente su nuca y su cuello, y sus labios, que ahora le recorrían la barbilla, y su lengua, que delineaba su mandíbula y seguía bajando hasta su garganta; toda esa estimulación le estaba subiendo la temperatura, la estaba desesperando.

—Tengo algo que confesarte algo —interrumpió Shinobu, jadeando, usando la poca cordura que le quedaba para organizar las ideas en si cabeza. Giyuu le prestó atención sólo a medias. Para él, besar sus pechos parecía ser más importante que cualquier cosa—. O-oye, escucha... la verdad es nunca me han penetrado.

Eso bastó para que Giyuu se separara inmediatamente.

—¿Qué? —preguntó, mirándola con ojos bien abiertos, atónito—. ¿Es en serio?

Estaba diciendo la verdad. Toda su vida había estado muy concentrada en aprender herbología y en especializarse en las artes mágicas. La gente común no lo sabía, pero la dominación de la Alta Magia requería mucho tiempo, mucha práctica, y, sobre todo, mucha lectura. El estudio de distintas lenguas también le había llevado su tiempo. Sumándole a eso el hecho de vivir en medio del bosque, con nulo contacto humano, derivaba en cierta inexperiencia relacionada a la práctica de relaciones sexuales.

—Sí. He intentado otras formas sexuales, sin penetración... no es que nunca hubiese besado o tocado a otro hombre o mujer antes, pero nunca he llegado así de lejos —aseguró nuevamente, y su respuesta dio como resultado que la impresión de Giyuu se desvaneciera y se transformara en una sonrisa—. No te burles, eh.

—No me burló —Giyuu se acercó a sus labios y les dio un beso cariñoso—. Sólo estoy... um, ¿Contento?

—De eso no me queda la menor duda —ronroneó Shinobu al sentir la erección frotándose contra su pierna—. Sólo... se gentil.

—No prometo nada —sonrió él—. Tengo tanto tiempo sin haber hecho esto que yo también me siento un poquito virgen.

Shinobu soltó una carcajada.

—¡Eres asombroso! ¿Cómo puedes hacer que me ría y me excite a la vez?

—Mmm ¿Magia? —Giyuu respondió, y con eso consiguió que Shinobu riera con más ganas.

Se buscaron con los brazos y unieron sus sonrisas en un beso jubiloso. La placidez que alcanzaba ella juntando sus bocas era la misma que recordaba la noche del besuqueo en el sofá, era una sensación similar a la embriaguez. Shinobu se sentía mareada, drogada, como si saliva de Giyuu fuera un afrodisíaco. Y si no lo era, al menos sí que era dulce, como vino fino, como la miel.

¿Cómo la miel?

Shinobu se separó de sus labios y lo miró a los ojos.

—Tomioka-san —nombró, conteniendo las ganas de volver a estallar en risas—. ¿Sabes a miel?

Apenas dijo aquello, Giyuu evitó sus ojos y sus mejillas se tiñeron de rojo. Shinobu lo sujetó de ambas mejillas y lo sostuvo firmemente. No estaba dispuesta a perderse un solo instante de ese adorable sonrojo.

—Por eso las abejas te picaron, tonto. —concluyó ella, atrayéndolo hacia su boca, saboreando apropiadamente los restos de miel con su lengua. Eso fue suficiente para que Giyuu se relajara y dejara caer todo su peso sobre ella, frotándose enérgicamente y soltando profundos suspiros en su boca.

Sus senos desnudos entraban en contacto con la tela de la camisa, y en sí no era una mala sensación, pero ella prefería el contacto directo con su piel. Sólo entonces cayó en cuenta de que Giyuu aún estaba completamente vestido y eso le pareció innecesario, y, tomando en cuenta que ella estaba casi desnuda, injusto.

—Sácate la ropa. —demandó.

Giyuu se irguió y tomó posición entre sus piernas, colocando una a cada lado.

—Es la segunda vez que escucho esa sugerencia, Kochou. ¿Qué tiene de emocionante ver a un hombre raquítico lleno de cicatrices?

La nueva posición le fascinó. Estar así, abierta de piernas a disposición de un entusiasmado Giyuu, que se sacaba la camisa mientras la miraba como si quisiera devorarla viva, tenía que ser la cosa más fogosa que había hecho nunca.

—Ya no estás raquítico —susurró ella, tocándole suavemente los abdominales y subiendo hasta sus pectorales, notando lo encantador que era el hecho de que Giyuu aún llevara colgado del cuello el collar de cuarzo que le había dado ella cuando se conocieron. Un mes atrás habría sentido sus costillas, pero después de los últimos días comiendo todo tipo de carne, Giyuu había ganado buen peso—. Tus cicatrices me encantan. Sobre todo ésta, la del costado.

Giyuu se inclinó y la besó desesperadamente. Atrapó su labio con los dientes y apretó sus muslos con ambas manos. Shinobu recibió encantada toda su tosquedad. Ah, cómo le gustaba ese lado salvaje de él.

Giyuu la sostuvo por la curva de su cintura y la atrajo hacia su entrepierna. A su vez, ella lo rodeó por la cintura con ambas piernas y se oprimió contra él. Ambos suspiraron cuándo sus partes íntimas se frotaron. Todavía estaban separados por las telas, pero Shinobu disfrutó tan solo con ese simple y fugaz contacto. Se le hacía fascinante sentir esa dureza y calidez sobre ella, la llenaba de seguridad porque eso quería decir que Giyuu también estaba loco por ella. El deseo era cien por ciento mutuo.

Shinobu estaba tan excitada y tan húmeda que sus fluidos se derramaban por la piel de sus muslos internos. Nunca nadie había conseguido hacerla mojar tanto unas bragas. Estaba completamente preparada para recibirlo, lo quería, lo anhelaba adentro de ella. Estaba ansiosa por experimentar aquella sensación, estaba emocionada de poder entregarle los honores a Giyuu, en quien confiaba ciegamente.

—Si quieres detener esto, te sugiero que lo hagas ahora —masculló él, con una voz ronca y divina que envío señales eléctricas a todo su cuerpo. ¿Cómo se atrevía siquiera a sugerirlo? Llegados a ese punto, no había forma de que Shinobu quisiera detenerse. De cualquier manera, agradeció la advertencia. Aquello no hizo más que estimular el aumento de su impaciencia.

—Quiero que me tomes ya —demandó firmemente, y tembló con anticipación al verse reflejada en la mirada oscurecida de Giyuu. Había algo elemental en sus ojos, un destello salvaje y crudo que despertaba en ella pasiones que habían estado dormidas hasta ahora.

Giyuu la desató de sus caderas y la despojó de su mojada ropa interior con un movimiento rápido. Inmediatamente la agarró de las muñecas y aprisionó sus manos sobre su cabeza. La presión la hizo jadear. Ambos se miraban intensamente, pero era Giyuu quien rompía el contacto para apreciar su cuerpo desnudo debajo de él. Esos ojos azulinos, y la forma en como se la bebía con la mirada, fue lo que terminó de hacerla perder la paciencia. Eran tantas las sensaciones positivas que la dejaban sin aire.

Abrió la boca en busca de aliento, pero Giyuu no le dio descanso. Lamió sus labios y acarició con su lengua el interior de su boca, lentamente, y... Oh, que delicioso besaba este hombre.

La fuerza sobre sus muñecas le impedía moverse, pero a ella no le importaba quedarse así para toda la vida. Shinobu quería más, necesitaba sentirlo de una forma más certera, quería saber lo que significaba entregarse completamente a otra persona. Nunca había sentido esa necesidad, la necesidad de ser tomada por un hombre, pero ahora lo requería con una urgencia vital, con una premura tan persistente que hasta le llegaba a atemorizarle un poco. Quería sentirlo adentro de ella, y se lo daba a entender con sugerentes movimientos de cadera. Cada vez se sentía más tensa, más sobrecargada de energía. Las emociones que se acumulaban eran maravillosas, todo su cuerpo anhelaba llegar a la cúspide.

Para su satisfacción, Giyuu no la hizo esperar. El mensaje lo entendió muy bien y no se contuvo en demostrar que él también la deseaba, no escatimó en pudor. Le soltó las muñecas y fue directamente hasta el centro de sus dos piernas, haciéndola saltar de fascinación.

Shinobu cerró los ojos. Era tanta la excitación que se sentía mareada. Con una mano se sostuvo de la sábana del futón, con la otro agarró un mechón de la cabeza de Giyuu y lo apretó. Quizás usó mucha fuerza, pero a él pareció no molestarle. Y si se quejó, ella no lo escuchó. Sabía lo que Giyuu pretendía hacer y literalmente estaba temblando de anticipación. Sentía el aire de su propia respiración caliente, su cara, su cuello, todo su cuerpo estaba en ebullición.

—Ojala pudieras verte en este momento, Nobu-chan.

Gimió y tembló cuando Giyuu la llamó así. Su dulce, tan dulce voz, llamándola como sus personas queridas lo hacían, era un detalle que, a parte de conmoverla, la encendió más.

Giyuu estaba tan cerca de su lugar más sensible que podía sentir su aliento. Shinobu se removió, impaciente, y escuchó su divina risa. Oh, diablos. Ese hombre iba a volverla loca, si ya no lo había hecho.

—Te ves tan, tan exquisita.

La mantuvo en su lugar agarrándola fuertemente por las caderas. Ambas piernas las cargaba en los hombros y su cara desaparecía entre ellas. El primer contacto de su lengua fue liberador. Shinobu dejó escapar todo el aire y lanzó la cabeza hacia atrás.

—Oh, Dios mío —murmuró, perdiéndose en la nueva experiencia.

Esa fue toda la reacción que Giyuu necesitó para hundir su lengua por completo en ella.

La experiencia fue, pues, básicamente una delicia. Mejor de lo que pudo haber imaginado nunca. Exquisito. Dulces contracciones involuntarias se manifestaron por todo su cuerpo y solo bastaron unos cuantos segundos para acabar jadeando y retorciéndose vigorosamente. Era demasiado bueno, muy complicado de describir.

Giyuu tuvo que sujetarla con fuerzas de las caderas para mantenerla quieta; seguro le dejaría unas cuantas marcas, pero eso, en comparación a lo que estaba haciendo con su lengua, era un detalle muy diminuto. El hombre estaba empeñado en hacerla enloquecer. Hacía aquello con su lengua, la penetraba y absorbía su lubricación, y luego de dejarla sobrestimulada, la devoraba nuevamente. Mordía suavemente su centro, y luego se sumergía por completo entre sus labios, se hundía de tal forma que su nariz rozaba el monte Venus, y movía su lengua de cualquier forma y atrapaba el botón de su clítoris hinchado con los labios y la lamía y la absorbía.

Shinobu no sabía que hacer. Presentía estar a punto de llegar al objetivo, había tanta tensión acumulada en su cuerpo que sentía cada músculo rígido, expectante. No era la misma tensión que sentía al masturbarse, era algo más intenso, más violento y profundo. Iba a tener el mejor orgasmo de su vida. Lo presentía, lo podía sentir acercándose. Ese iba a ser el más explosivo y delicioso orgasmo de toda su maldita vida. Giyuu le estaba induciendo al final con su insistente lengua, no había descanso. Lo sentía tan cerca que estaba comenzando a ver todo blanco. Y justo cuando comenzaba a sufrir serias contracciones y serios cosquilleo a lo largo de sus piernas y de su vientre, Giyuu se retiró y la dejó vacía e insatisfecha.

—¡Giyuu! —gimió, sorprendiéndose de lo suplicante que había sonado.

—¿Umh? ¿Estabas a punto?

—S-sí... —Shinobu hizo un puchero—. ¿Porqué te detuviste?

Giyuu, que se mantenía entre ambas piernas, le dirigió una sonrisa satisfecha, y sin romper contacto visual, comenzó a acariciar y repartir besitos en sus muslos.

—Todo a su debido tiempo, Nobu-chan —murmuró, lamiendo sus labios—. ¿Estás bien?

—Más... más que bien —suspiró ella, intentando normalizar su respiración—. Pero... um...

Giyuu alzó una ceja.

—Tus reacciones fueron muy lindas. ¿Sabes lo que haré ahora?

—No juegues —gimió, removiéndose impacientemente. Era su primera vez, pero sabía muy bien qué era lo que procedía. Lo necesitaba tanto que no le importaba verse desesperada.

Giyuu borró lentamente su sonrisa, y, sin dejar de mirarla, bajó la cremallera de su jean y lo bajó con todo y ropa interior. Shinobu naturalmente no perdió detalle de la forma y el tamaño de su masculinidad. Era curioso lo mucho que cambiaba cuando estaba despierto y listo para ella. Era un poco intimidante, pero no dejaba de hacerla suspirar.

—No estoy jugando —Giyuu habló con esa voz ronca tan deliciosa, lamiéndose los labios hinchados y brillantes mientras se inclinaba hacía adelante, rozando su verga contra ella—. Ahora, se una buena chica y muéstrame todas esas dulces reacciones otra vez.

—Sí, si, si...

Tembló de placer al sentir la punta de su dureza deslizándose sobre la superficie de su sensitiva vagina. Cerró los ojos con fuerza y lanzó su cabeza hacia atrás. Su cuello expuesto pronto fue atacado por la boca de Giyuu, quien uso sus labios y su lengua para lamerla y subir por su mandíbula hasta llegar a su boca. Esa lengua que hacía nada estaba penetrándola hasta casi hacerla alcanzar un orgasmo, ahora estaba comiéndole la boca y ella sólo quería sentirlo más, quería saborear y absorber esa lengua y grabarse la sensación y el sabor y su propio néctar en ella. Giyuu seguía frotándose suavemente entre sus pliegues húmedos, sin llegar a entrar en ella, pero tampoco sin separarse. Era un contacto persistente que se sentía tan bien, que Shinobu creyó ser capaz de acabar sólo con eso.

—Hazlo... hazlo ya, Tomioka-san.

Giyuu detuvo el beso, pero se mantuvo sobre sus labios, gruñendo y temblando. Estaba sudando y algunos de sus mechones se adherían a su cuello y a su frente. Shinobu contuvo las ganas de soltar un cumplido sobre su dulce apariencia, y en vez de eso, lo abrazó por el cuello y lamió sus labios, motivándolo a continuar. Retomaron el beso apasionado justo cuando Giyuu comenzaba a sumergirse en ella. Él mismo acomodó sus piernas alrededor de su cintura, las elevó ligeramente y las sostuvo con fuerza mientras se abría paso en su interior. Shinobu cerró los ojos con fuerza y se sostuvo de su espalda, el collar de cuarzo de él aterrizaba sobre sus pechos. La sensación, tal y como lo previó, fue apabullante. Apreció la punta deslizándose en su interior, llenándola paulatinamente, acoplándose a sus sensible paredes internas, y tuvo que apretar los dientes para soportar todo aquello. Una intensa punzada la hizo gritar de repente. El dolor fue sobresaliendo por encima del placer a medida que Giyuu se empujaba en ella. Se removió, intentando aplacar la molestia, pero el único consuelo que obtuvo fueron los besos que Giyuu repartía por su cuello y en su boca.

—T-Tomioka-san... un momento...

El hombre salió de su interior mientras besaba su mejilla.

—¿Te duele? —preguntó. Shinobu asintió, pero suspiró encantada cuando lo sintió otra vez regresando a su interior—. Sólo te he metido la punta.

—¿En serio? No juegues...

—Um hum.

—Tomioka-saaaan...

—¿Lo quieres todo? —preguntó cerca de su oreja antes de meterle la lengua. Shinobu sólo alcanzó a asentir repetidas veces, embriagada de placer y ansiosa por sentirlo completamente. No podía negar que estaba nerviosa, pero el placer era más grande. Giyuu le dió un beso en la mejilla y apretó con fuerzas sus muslos, a la vez que los alzaba un poco más—. Nobu-chan, no te vas a arrepentir de esto después, ¿verdad?

Shinobu sólo alcanzó a soltar un grito cuando Giyuu se hundió por completo en su interior, un solo movimiento certero que la sacudió de pies a cabeza.

Cerró los ojos y clavó sus uñas en la espalda. Podía sentirlo con lujo de detalle golpeándole un lugar muy profundo en su interior, completamente adentro de ella. La sensación la abrumó. El impetuoso dolor se mezclaba de forma perfecta con el placer y ambas sensaciones eran intensas en medidas iguales. Shinobu nunca habría imaginado que algo tan doloroso pudiese sentirse tan bien, tan emocionante y estimulante.

Giyuu se mantuvo quieto por un instante digiriendo toda la cascada de sensaciones con un gesto de intensa concentración, pero saltaba a la vista que al hombre le costaba lidiar con emociones intensas, y era conmovedor verlo tan sobrecogido. En su expresión se manifestaba el placer y eso era algo que Shinobu disfrutaba incluso más que ser penetrada. Giyuu abrió su boca para buscar aire y chocó miradas con ella. Se inclinó inmediatamente y la besó, al mismo tiempo que se deslizaba con lentitud hacia afuera. Para soportar el efecto que hacía la fricción en su sensible recubrimiento interno, Shinobu clavó fuertemente las uñas en su espalda y dejó escapar un largo gemido de dolor y placer.

—Discúlpame... —gruñó Giyuu, escondiendo el rostro en su cuello y hundiéndose nuevamente en ella, más fuerte y más profundo que la primera vez—. Shi... nobu. ¿Duele?

—N-no... no te disculpes. Sigue. ¡Sigue!

Cuando repitió aquellos dos movimientos una vez más, Shinobu lo perdió todo. La tensión acumulada en su vientre cedió violentamente, entumeciendo sus extremidades y enviándole ramalazos eléctricos a todas partes. Las cosquillas viajaron de la cabeza a los pies, concentrándose principalmente en el centro de sus piernas, dónde ella y Giyuu seguían conectados. Se abrazó con fuerza a su cuello y lanzó un gemido de placer con una voz que ni ella misma reconocía. Sin fuerzas para hacer o pensar en ninguna otra cosa, Shinobu arqueó la espalda y sólo se entregó a la apabullante sensación.

—Eso es, Nobu-chan. Buena chica. Qué reacciones tan hermosas —Giyuu la elogió mientras repartía besos en su cuello—. ¿cómo te sientes?

—N-no... no sé. —Shinobu mantenía los ojos cerrados con fuerza intentado sobrellevarlo todo. La sensación era arrolladora, no podía detenerse a pensar las palabras para describirla. Era simplemente... intensa.

—¿Se sintió bien? —Giyuu tanteó, golpeando nuevamente ese lugar en su interior, haciéndola estremecer.

—Sí... sí, maldición, sí. —Shinobu asintió con frenesí.

Giyuu rió y le dió una profunda estocada en la dirección correcta.

—¿Aquí?

—Mier... da... ¡Sí! —Shinobu abrió los ojos de golpe, lanzando su cabeza hacia atrás. Giyuu seguía entrando y saliendo de su interior y Shinobu estaba a nada de desfallecer—. Justo ahí, Tomioka-san...

Sintió como Giyuu salía de su interior casi por completo, y temblaba de emoción al esperar su retorno. Esta vez, él se deslizó lentamente, y gracias a su delicadeza pudo sentirlo de una forma diferente, caliente y duro, abriéndose paso hacia su interior, rozando las zonas indicadas que enviaban dulces estímulos a todo su cuerpo. Las cosquillas se intensificaron cuando realizó el mismo vaivén, con el mismo cuidado y la misma lentitud, y de la nada comenzó a embestirla más rápido. Más rudo, más fuerte. Luego de varias estocadas que alcanzaron sin falla el centro de su punto máximo de placer, Shinobu lo vio todo en blanco.

—Dios, Nobu-chan. ¿Otra vez? Nada más mírate —gruñó Giyuu, siguiendo en lo suyo un par de veces más antes de detenerse para erguirse y observarla desde arriba—. Disfrutando de mi verga tan dulcemente. ¿Te gusta mi verga?

—M-me gusta, Tomioka-san. Me gusta... m-me gusta... —gimió ella entrecortadamente—. Y-y a tí... ¿A ti te gusta?

—Por supuesto que me gusta —susurró él, retomando las fuertes penetradas, acariciando con dulzura sus piernas y su cintura—. Me haces sentir tan bien... te has portado tan bien, recibiéndome tan bien...

Volvió a inclinarse para besar sus pechos y lamer sus pezones, morderlos y chuparlos. Cada suspiro que Shinobu soltaba era acompañado por una sacudida, por un susurró y una caricia. Giyuu regresó a su boca y lamió sus labios, mientras se deslizaba repentinamente fuera de su interior.

Shinobu soltó un suspiro y se llevó sus manos al pecho en un acto reflejo por recuperar su aliento. Giyuu se irguió sobre ella y cerró sus ojos en un gesto que deba a entender absoluta concentración. Shinobu fijó su mirada hacia abajo y notó que aún estaba completamente erecto y rojo e hinchado. Aprovechó el momento para observarlo detenidamente. Su pene era lindo. No era que Shinobu hubiese visto muchos penes a lo largo de su vida, pero en virtud a su grosor y tamaño, ella podía dar fe de que se trataba de un ejemplar privilegiado. El glande brillaba debido a todos los fluidos involucrados en el reciente acto, y las gotas de preseminal escurrían a lo largo de toda su extención. Shinobu no perdió detalle, fascinada e hipnotizada, de cómo Giyuu lo tomaba de la base firmemente con una mano para después acariciarlo insistentemente un par de veces antes de liberarse sobre su estómago.

El sonido de sus respiraciones furiosas se mezclaban en el aire de la habitación.

Sus miradas chocaron por un breve momento antes de que Giyuu se tumbara sobre ella, hundiendo el rostro en su cuello y dejando su aliento chocar en su clavícula. Así permanecieron, en silencio y sin moverse, hasta recuperar sus alientos y el compás de sus latidos.

Shinobu había escuchado que la secuela directa del sexo era el cansancio. El acto te drenaba tanta energía que caías rendido al instante, pero ella estaba lejos de sentir cansancio, menos de tener sueño. Sus ojos bien abiertos miraban las finas telarañas del techo balancearse con el ligero viento que entraba por las puertas corredizas abiertas, sus dedos buscaban entrelazarse en las hebras del cabello negro de Giyuu y su cuerpo se negaba a rendirse al contacto.

Sus cuerpos calzaban a la perfección. Shinobu se sentía viva, llena de magia. Vibrante, cálida, como si aún pudiera saborear el cosquilleo de los recientes orgasmos desde la punta de los pies hasta la coronilla de su cabeza.

Así que esto era hacer el amor con alguien que te gustaba.

Maravilloso. Factible a repetirse infinitas veces hasta no poder más. Atractivo y adictivo.

—¿De qué te ríes? —Giyuu preguntó de pronto, dejando un beso en su mejilla para luego quedarse mirándola con intensidad, una sonrisa también adornando su gesto.

¿Shinobu amaba ver a Giyuu sonreír? Shinobu amaba ver a Giyuu sonreír.

—Nada. —respondió, abrazando con ambas manos el cuello del hombre sobre ella, atrayéndolo más a su cuerpo. Su piel estaba pegajosa pero no importaba para ninguno de los dos. Shinobu disfrutaba tenerlo lo más cerca posible—. ¿Ahora que hacemos?

—¿Ahora? —Giyuu alzó una ceja y lanzó un bostezo. Él sí lucía agotado. Quizás a los hombres les atacaba más rápido el sueño post sexo que a las mujeres. O quizás Shinobu estaba simplemente muy emocionada por lo vivido y no podía conseguir sentirse agotada aún—. Ahora descansamos.

—No estoy cansada. —Shinobu rió ante la reacción sorprendida de Giyuu. El flequillo cubriendo su frente sudada y sus párpados caídos le daban un aire muy atractivo. Oh, Shinobu estaba perdida—. Pero entiendo que tú si puedas estarlo. Hoy ha sido un largo día. Ve a tomar un baño para luego dormir, ¿te parece?

Se besaron lenta y cansadamente por unos largos minutos antes de que Giyuu encontrara la fuerza de voluntad suficiente para levantarse. Shinobu extrañó su calor en cuanto se separó de su cuerpo, su consuelo fue la certeza de que Giyuu regresaría pronto para abrazarla y besarla nuevamente en cuanto saliera de la ducha, fresco y oliendo a jabón.

Divisó su vestido negro abandonado en una de las esquina del cuarto y su braga toda húmeda en el otro extremo. Afortunadamente había empacado otra de repuesto, pero por ahora decidió vestirse sólo con el vestido. Debía darse un baño antes de colocarse ropa interior limpia, y todavía no quería darse un baño. Le gustaba su olor corporal actual, olía a sexo.

Se mantuvo acostada en el suelo por un buen rato, meditando lo que acababa de suceder, reviviendo una y otra vez las sensaciones. Sonrió, sintiendo su cara y orejas cálidas. ¡No podía creer que acababa de hacerlo con Giyuu!

No sentía que algo en su interior hubiese cambiado, al menos no como su hermana había clamado sentirse la primera vez en estar con un hombre, como ligeramente "distinta", más "mujer". No era como si el pene de un hombre fuera capaz de cambiar el estatus de una mujer. La "virginidad" era un concepto que Shinobu consideraba muy anticuado y ambiguo, pero entendía que para muchas mujeres era un acontecimiento importante. No era que para ella no lo fuese, de hecho podía decir todo lo contrario. Sino que su cuerpo y su espíritu seguían siendo el mismo. El único aspecto a resaltar era quizás la sensación de mitigación, como si se hubiese deshecho de una carga, algo semejante a la sensación de respiro tras una larga sesión de lloriqueo, como el descanso luego del desahogo. Típico efecto post-orgasmo. Shinobu ya lo había experimentado antes, pero esta vez había sido definitivamente más intenso y prolongado que cualquier otro orgasmo en su vida.

Respecto a su cuerpo, se sentía pegajosa. Muy pegajosa. Debía tomar un baño urgentemente. Estaba cubierta de sudor y de salva a medio secar. Había rastros de semen en su estómago, y por sus muslos internos se escurría una mezcla de lubricación propia, sangre y saliva y otras cosas que Shinobu supo ignorar con tranquilidad, un poco desagradable al fin y al cabo, pero todavía no quería deshacerse de ello. Era un recordatorio de lo que acababa de suceder y mantenerlo sobre su cuerpo era una forma de postergar el momento el mayor tiempo posible.

Cuando Giyuu regresó, la encontró en su vestido negro y sentada afuera, en el engawa. Había ido a la cocina por agua hervida y había descubierto unas bolsitas de té kava que no dudó en traer consigo, una hermosa tetera y par de tazas con un bonito diseño de abanico uchiwa.

A Giyuu el baño le sentó bien, ya no parecía estar a punto de quedarse dormido. Estaba vestido sólo con el pantalón de mezclilla, el pecho al descubierto y el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros.

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó, aunque no esperó respuesta para sentarse junto a ella. Se sirvió agua en una d elas tazas y colgó en el borde un sobrecito de kava—. Te noto pensativa, Kochou. ¿Te arrepientes de lo que hicimos?

Shinobu rió suavemente antes de negar con la cabeza.

—¿Y tú te arrepientes?

Shinobu buscó indicios de indecisión en sus ojos, pero lo único que encontró fue quietud. Tanto sus ojos como su lenguaje corporal en general denotaban placidez y serenidad.

—Eres mi debilidad, Kochou. Te lo voy diciendo.

El silencio que los rodeó después del ligero intercambio fue apacible.

Ambos tomando kava a media noche después de haber hecho el amor por primera vez era definitivamente el tipo de situación que se quedaba grabada en la memoria para ser recordada en tiempos futuros, por la complejidad de la calma que formaba dicho escenario Shinobu lo supo con certeza indiscutible, y por lo mismo se enfocó más en disfrutar el frágil momento que en hablar.

Ambos terminaron dos tazas de té cada uno y gozaron el ligero transcurrir de los minutos en silencio, hasta que Shinobu habló, porque se dió cuenta que, si la situación parecía mágica, era porque realmente había magia involucrada.

—¿Magia? —preguntó Giyuu sin el toníto escéptico que siempre empleaba en temas sobrenaturales. Esta vez era curiosidad genuina.

—Existen muchos tipos de magia —explicó Shinobu—. La magia que yo practico, muchos la conocen erróneamente por "magia negra". Yo la llamo magia natural, pero su nombre correcto es Alta Magia. Se basa en canalizar el poder de los espíritus y demonios a través del cuerpo para convertirlo en magia y utilizarla a conveniencia del practicante, ya sea para hacer bien, o para dañar.

—Suena como algo muy complejo. —comentó Giyuu, moviendo la tetera y las tazas vacías hacia un costado para tumbarse sobre la madera y colocar su cabeza en el regazo de Shinobu.

—Hay un tipo de magia muy poderosa que depende de la luna. "Magia lunar". Y hay una llamada "Magia Emocional" que depende de las emociones fuertes. Entre esta última existe una práctica que depende del sexo —informó Shinobu, cerrando los ojos y hundiendo sus dedos en el cabello húmedo del hombre, dejando suaves masajes—. ¿Sabías que las emociones fuertes pueden convertirse en magia? Ya sea por medio de tristeza extrema, como el acto de llorar por una ruptura amorosa o por la muerte de un ser querido; o bien sea de placer extremo, emoción que es siempre más fácil de alcanzar que la tristeza.

—¿Por eso se tiene entendido que, dónde hubo una muerte violenta, queda el alma de la víctima penando?

Shinobu asintió.

—El acto en el que un cuerpo busca obtener la expresión más alta e intensa de placer puede considerarse como un ritual —Shinobu continuó—. Llegar al orgasmo requiere concentración y comodidad. Cuando eres conciente del alcance de tu poder, puedes ser capaz de canalizar la energía del orgasmo y convertirla en magia.

—¿Hay brujas que utilizan el sexo para hacer magia? —preguntó Giyuu manifestando apenas un leve atisbo de sorpresa. Shinobu asintió—. ¿Cómo funciona eso? ¿En lugar de hacer un pentagrama con sangre en el suelo para invocar al diablo, coges sobre un pentagrama o algo?

—Tengo un buen amigo que es un maestro en el arte de la Magia Sexual —comentó Shinobu, risueña. Ella no tenía experiencia con ese tipo de magia, pero sabía de qué trataba y la ilustración de Giyuu no estaba muy alejada de la realidad—. El sujeto se llama Uzui Tengen, también es un mago y antiguo inquilino de la cabaña. Habremos de preguntarle sobre dicho tipo de magia la próxima vez que nos visite.

—Tengen... ah —balbuceó Giyuu vagamente. Ahora tenía los ojos cerrados y se le veía entregado a los masajes en su cabello—. El tipo de la carne.

Tengen siempre había intentado persuadirla a intentarlo, siempre le hablaba sobre los beneficios y maravillas de dicha clase de magia. Ella lo había intentado sola, con masturbación, y con otra mujer, pero nunca había estado cómoda en hacerlo con otro hombre. Con Giyuu era distinto, por supuesto. Giyuu le gustaba, Tengen era un buen amigo.

—Nunca había sentido la magia sexual de una forma tan intensa como hoy —Shinobu se inclinó hacia abajo para dejar un beso en la frente de Giyuu. Este abrió los ojos y sonrió—. No dejas de ser fascinante, Tomioka-san.

—Me han dicho que soy buen polvo antes, pero nunca habían halagado tanto a mi verga.

—¿Y con cuántas personas has hecho esto antes de mí? —la pregunta escapó de sus labios desprevenidamente, y aunque fue hecha con interés honesto, no puedo evitar sonar un poquitito aprensiva.

Giyuu rió -¡Giyuu rió por enésima vez esa noche!- y quitó la cabeza fuera de su regazo para sentarse muy cerca de ella. Ambos se miraron a los ojos.

—¿En serio vamos a tener una conversación sobre mis relaciones pasadas, Kochou?

—No... si eso te hace sentir incómodo, entonces no.

Giyuu se inclinó hacia su rostro y dejó un beso sobre sus labios. Fue tan, pero tan dulce y cariñoso, que Shinobu no supo qué hacer con el cosquilleo en su estómago.

Luego hubo otro beso, suave y rápido, atento y cuidadoso, tan frágil como el aleteo de una mariposa, y Giyuu se instaló en su cuello e inhaló su aroma profundamente.

—Eres lo único que me importa ahora, Kochou —susurró contra su piel, cubriendo su cintura con sus brazos, atrayéndola hacia su cuerpo—, eres lo único que tengo. Mi pasado no importa, ahora solo eres tú.


n/a: tuve que poner la analogía del "beso suave como el aleteo de una mariposa" porque la frase no podía faltar en un buen fic de estos dos jajaja no me pude aguantar sorry. sólo me faltaría el "por eso es que todos te odian, tomioka-san" cosa que no va a pasar en ningún diálogo de esta historia porque shinobu lo ama demasiado como para criticar negativamente sus habilidades sociales, así que no esperen esa frase aquí. gracias, cambio y fuera!!