N. de la A.: Hola de nuevo, aquí llego con otro capítulo de esta extraña historia. Como siempre, no es para menores de 18 años, y quien quiera es libre de continuarla o aportar ideas alternativas.
Y por supuesto, muchas gracias por vuestras reviews, y espero que sigáis disfrutando con nuestros dos protagonistas XD.
COMO A UN PERRO
La luz de la mañana sorprendió a Ciel tumbado boca a bajo en la cama, débil y dolorido tras el estrés físico y emocional al que se había visto sometido hacía tan solo unas horas. Además, no había podido dormir casi nada , ahogado en lágrimas la mayor parte de la noche. No quería moverse, no quería hablar, y lo hubiera dado todo por desaparecer en aquel instante. Se limitaba a escuchar los leves ruidos que producía su mayordomo al moverse por la habitación, descorriendo las cortinas, sacando ropa del armario, o poniendo la bandeja con el té sobre la mesilla de noche.
Los ojos entreabiertos de Ciel seguían los quehaceres del mayordomo cuando este entraba en su campo de visión, alcanzando a distinguir su esbelta figura negra contra la intensa luz que se colaba por los ventanales.
Bocchan, es hora de levantarse. Su desayuno está preparado.
Me duele – fue la única respuesta del chico.
Ciel sintió ceder el colchón bajo el peso del mayordomo para después notar como este levantaba su camisón para dejar al descubierto sus nalgas, una vez más. Tras un breve escrutinio, Sebastian abandonó la habitación para regresar con una sustancia untuosa que aplicó con sumo cuidado en el trasero del chico. Ciel le dejaba hacer sin emitir una queja, después de todo, la noche anterior el mayordomo había conquistado su cuerpo, clavando su bandera de triunfo profunda y certera en aquella parcela podrida de su ser que se había rendido tan fácilmente.
Ya no me pertenezco .
Por primera vez este pensamiento quedó claramente formulado en su mente.
Sebastian lo dejó descansar un rato más, durante el cual Ciel siguió sin dar señales de vida. Su mirada perdida , observando las motas de polvo que flotaban en el ambiente, entrevistas en la luz del sol que se filtraba en la habitación.
-Bocchan, debe levantarse ahora, dentro de cuarenta y cinco minutos llegará Mr. Atkinson para revisar el estado de cuentas de la compañía tras el último trimestre.
La suave voz de Sebastian parecía estar hablando de un universo paralelo distante y extraño, ajeno a lo que había entre las cuatro paredes de la habitación. Sin embargo, como un autómata el chico se incorporó hasta quedar sentado al borde de la cama, volviendo a quedar inmóvil, incapaz de tomar la más pequeña decisión. Incapaz de continuar con la rutina de cada mañana en la que unas acciones seguían a otras mecánicamente. Hasta que sus ojos encontraron los de Sebastian, arrodillado frente a él. Y esos ojos lo llamaron susurrando su nombre, pero no el nombre que le dieron sus padres, si no otro más profundo que llevaba impreso en cada célula, en cada átomo de su ser, palabra impronunciable e infinitamente poderosa. Y una vez que su alma hubo salido por su boca para encontrar el sendero oscuro que marcaba la mirada del demonio, en ese estado alterado, Ciel vio como el mayordomo posaba la mano en su mejilla, bajando lentamente por su cuello, acariciando su pecho.
-Parece que la lección de ayer resultó ser algo… dura , y a pesar de que los resultados no fueron totalmente satisfactorios, quiero compensarle por sus esfuerzos…Bocchan.
A esas alturas la sangre del joven circulaba al ritmo que el demonio marcaba con su influjo sobrenatural, el cuerpo de Ciel respondiendo con vida propia a los estímulos de Sebastian.
Entrégate a mí, porque ya eres mío.
Estas palabras resonaron en la mente vacía de Ciel, atrapada aún en las grietas verticales en que se habían transformado los ojos de Sebastian.
Si… - fue la única respuesta que su mente y su cuerpo gritaron en ese preciso instante.
Sólo existo para que tú me devores, nací para ser tu regalo.
Lentamente, la manos de Sebastian abrieron los muslos del chico para tomar su miembro con las manos.
Poco después Ciel respiraba pesadamente al sentir los labios de Sebastian sobre su sexo endurecido, mientras su lengua trazaba sin prisa complicados senderos sobre la suave piel. El chico no pudo determinar con claridad cuanto tiempo estuvo el mayordomo lamiendo , chupando su miembro con enloquecedora dedicación, pero si atesoró el vívido recuerdo de los labios del sirviente empapados en sustancia blanquecina, y de cómo se limpió la boca suavemente con el dorso de la mano desnuda, para después comenzar a vestirlo abotonando su camisa, su cara a un palmo de la de Ciel, que no pudo resistir la tentación de acortar esa distancia para besar aquella boca que tanto placer le había dado y que le atraía como un imán. Sin embargo el diablo apartó el rostro.
Sólo faltan cinco minutos para que llegue Mr. Atkinson, Bocchan.- aquella sonrisa perversa y enigmática de vuelta en sus facciones.
Ciel no pudo resistir la necesidad de abofetear aquella cara perfecta y borrar así la insolente sonrisa y la sutil mueca de desprecio que la acompañaba.
-¡Me tratas como a un perro! ¡ Estás intentando domarme como hiciste con ese maldito animal del demonio! ¿Me castigas, y luego me acaricias para doblegar mi voluntad? ¿Para destruir mi orgullo? ¡Maldito esclavo insolente! Cómo te atreves!
- Si le trato como a un perro- la mirada del mayordomo continuaba clavada en la de Ciel con inescrutable indiferencia - es porque se comporta como tal, cual vulgar chucho en busca de cariño… Bocchan.
- Qué estás diciendo?- la indignación de Ciel crecía por momentos.
- Lo sabe muy bien, Bocchan, dígame si no, ¿qué pensaba encontrar en mis labios?
La sonrisa de Sebastian había desaparecido, dando paso a uno de sus rostros más duros e inexpresivos.
Ante el atónito silencio de Ciel , Sebastian continuó hablando mientras ajustaba el parche en el ojo de su amo:
Incluso la necedad de esos animales tiene sus límites, ya que jamás buscarían afecto donde no puede haberlo.
En ese punto el mayordomo rió quedamente y murmuró para sus adentros:
Entre los de mi estirpe se dice que solo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. En fin- concluyó el sirviente, consultando su reloj de bolsillo- llevamos un imperdonable retraso de cinco minutos sobre el horario establecido, Bocchan, y no queremos abusar más de la paciencia del señor Atkinson, no es cierto?
CONTINUARÁ…
