N. de la A.: Aquí estamos otra vez con un nuevo capítulo! Si bien el anterior fue muy , pero que muy rocambolesco y subido de tono, este es muy recatado. Lo siento, en esta ocasión no vais a encontrar ninguna escena de sexo, aunque sí alguna alusión a temas un tanto perturbadores que ya se tocaron en la entrega previa. (Que por cierto, he metido con calzador y a presión, porque yo lo valgo XD, yeah!)
Digamos que este es un capítulo necesario para darle un empujoncito a nuestro Sebastian. Y espero que el próximo capítulo sea el último.
Advertencias: Como siempre, y aunque no hay escenas fuertes, no recomiendo la lectura a menores de 18.
Espero que disfruteis con esta historia, y por supuesto, muchísimas gracias a todos aquellos que han invertido un poquito de su tiempo en dejar reviews. (Ya sean reviews positivas o críticas)
Creo que no me dejo nada en el tintero…
Ah, si , vuelvo a decir que en mi blog podréis encontrar algunos pequeños fics sobre Kuroshitsuji que no he publicado en fanfiction. El enlace aparece en mi perfil.:)
-VI-
Todo aquello cogió a Meilyn por sorpresa. Las prisas, las carreras por los pasillos, Sebastian gritándole desde la otra punta del corredor que llamara al doctor Doyle, y que trajera paños limpios a la habitación del joven señor.
Le gritó.
Tan impropio de él.
Cuando al fin la criada subió las escaleras de dos en dos con los paños inmaculados y entró en la habitación sin resuello lo hizo para encontrar una escena preocupante. En la cama, enredado en un revoltijo de sábanas húmedas se retorcía el conde musitando un río de murmullos incomprensibles. Sus ojos desmesuradamente abiertos no descansaban en ningún lugar concreto, sino que las pupilas, una azul y otra violeta, vagaban saltando de un rincón a otro, posándose también en su mayordomo, que le sujetaba la mano izquierda con una de las suyas enguantadas, mientras que con la otra apoyada en su frente le tomaba la temperatura.
La piel del joven no mostraba mejor aspecto, empapada en sudor y con un tono ceniciento.
¿Has llamado al médico?- insistió Sebastian , mirando a Meilyn de reojo.
S… si- respondió ella- viene de camino. Por suerte estaba cerca de aquí cuando hablé con él por teléfono.
Bien- el mayordomo pareció relajarse un poco – Entonces, vuelve a la cocina y prepara un caldo suave. Las verduras están en…
Sé dónde están las verduras- replicó Meilyn.
De acuerdo, pues entonces ve. Y deja la puerta de la habitación abierta cuando salgas. Esto necesita ventilación.
Y era cierto. El dormitorio olía a fiebre y a enfermedad. Sebastian se apartó del lado del enfermo para abrir ligeramente las cortinas de los ventanales, no demasiado, para no molestar a su frágil criatura, que parecía, en ese momento, hipersensible a la luz del sol.
Luego lo desvistió y lo lavó mojando los paños que había traído la criada en una jofaina, frotando suavemente cada parte de su cuerpo, limpiando su entrepierna y sus muslos de la orina que el chico no había sido capaz de contener esa noche, presa de la fiebre y los delirios.
Después lo secó y lo envolvió en un camisón de lino blanco.
Cambió las sábanas y gracias a Lucifer, todo tuvo un aspecto mínimamente presentable cuando el médico asomo la cabeza por la puerta del dormitorio, dando unos ligeros golpes a modo de aviso.
Sebastian se retiró a una esquina y dejó que el doctor examinara al joven. Observaba silencioso cómo las manos del médico volaban sobre el cuerpo del conde, presionando a los lados de su cuello abriendo su boca para inspeccionar la garganta, palpando el abdomen, comprobando el pulso y la temperatura…
-Bueno,- se pronunció por fin el doctor Doyle- es aparatoso, pero no serio.
Sebastian lo animó a continuar con un ademán silencioso.
¿Debo considerarle a usted como el tutor legal del chico?- preguntó de nuevo Doyle.
Por supuesto. Puede hablarme con total libertad.
Se trata de una simple mononucleosis infecciosa.
¡¿Qué?!
La mononucleosis es…
Sé perfectamente lo que es la mononucleosis.- le interrumpió Sebastian.
Oh, vamos, señor Michaelis, entonces no es necesario que se alarme de ese modo. Sólo es una enfermedad vírica que se cura con reposo y algunos calmantes.
El médico siguió enfrentándose al rostro grave del mayordomo.
Vamos, señor Michaelis, es totalmente comprensible que el joven conde haya sido víctima de este… percance. Ya sabe, los típicos escarceos de estas edades… por supuesto, puede contar con mi total discreción en el asunto.
Doctor Doyle. – Sebastian miró fijamente al médico, como una víbora miraría a un ratón.- No se si es usted consciente de que de los miembros de la familia Phantomhive no se espera otra cosa que un comportamiento intachable en toda circunstancia. Cualquier otra cosa por debajo de ese estándar, incluida una mononucleosis, es algo directa y llanamente, vergonzoso para la familia. Así que le ruego que guarde para sí sus ligeros juicios de valor y que, como usted mismo acaba de decir, guarde también, absoluta y total… confidencialidad sobre el asunto. ¿Me he explicado con claridad?
Se ha explicado usted con claridad meridiana, señor Michaelis- se apresuró a responder el médico. Y ahora si me disculpa…
La criada le entregará sus honorarios a la salida- continuó Sebastian, frío e inmóvil, de pie junto a la cama.
El médico se esfumó tan rápido como pudo, dejando al mayordomo sólo con su miseria.
Ciel permaneció tres días sumido en una nebulosa semiinconsciencia producida por la fiebre . De tanto en tanto recuperaba el sentido de la realidad para ver a Sebastian sentado junto a la cama, las piernas cruzadas y las manos enguantadas entrelazadas sobre las rodillas, inmóvil.
Al atardecer del tercer día el sirviente tomó medidas drásticas para bajar la fiebre cada vez más alta del chico: lo sumergió en una bañera de agua fría, ignorando sus gritos de sufrimiento; o quizás, disfrutándolos con un placer vengativo.
Ciel pasó las siguientes cuarenta y ocho horas sumergido en una espesa duermevela, a ratos soñando, a ratos con la mirada fija en la nada, observando el producto de sus alucinaciones con los ojos entrecerrados.
Fue en una de estas fases cuando agarró a Sebastian, que se había recostado en el lecho, y se abrazó a él, hundiendo su cabeza en el pecho del sirviente, apretando todo su cuerpo, ya no tan menudo, contra el del mayordomo.
Ciel abrió los ojos, enfocando el rostro de Sebastian y pronunció una sola palabra.
Padre…
Sebastian observó con atención al chico. Otra vez estaba delirando.
Padre… te he echando tanto de menos…no me dejes.
El conde se aferró con más fuerza al cuerpo de su sirviente, hundiendo el rostro contra su cuello, manchando la piel perfecta del demonio con su sudor.
Y con su saliva.
Ciel había comenzado a lamer la piel blanquísima y a mover sus caderas rítmicamente , hacia delante, hacia atrás, contra la pelvis del mayordomo.
Padre… dame un beso de buenas noches…- el susurro resonó sórdido en los oídos de Sebastian.
¿Hasta que punto está roto mi hermoso muñeco de porcelana? Canturreó mentalmente el demonio mientras se deshacía de su criatura y lo volvía a arropar bajo las sábanas.
¿Tan podrido estaba su joven humano?
Sebastian sonrió anticipando el sabor de un alma tan corrompida como aquella. Él podría seguir su juego de perversión hasta el infinito, retorciendo caricias y susurros hasta llevarlo a las mismas puertas del infierno. Jugando a ser Vincent, jugando a cubrir todas las pequeñas insatisfacciones que "papá" dejó en el pequeño Ciel, porque trabajaba demasiadas horas, porque no tenía tiempo para escuchar las naderías de su retoño.
Podría jugar a ser su padre, y no estaría demasiado lejos de la verdad. Podría… incluso llevarlo hasta la locura.
Pero no le interesaba. Sebastian no quería un humano desquiciado, sin la presencia mental necesaria para llevar acabo su venganza. Porque eso significaría que el demonio se quedaría sin postre.
Durante las horas que siguieron Sebastian inspeccionó meticulosamente todos los cajones de la habitación , de la librería e incluso del estudio de su señor en busca de información útil. Encontró varias cartas muy clarificadoras, dirigidas a una tal Juliet. Y algún que otro pañuelo bordado apestando a perfume de mujer.
Buenos días, señor.
Ciel despertó para encontrar a su mayordomo sentado en una silla junto a la cama, en la misma postura en la que recordaba haberle visto la última vez que abrió los ojos… ¿dos días atrás?
La bandeja del desayuno esperaba en una mesita adyacente. Ciel cogió la taza de té verde con una mano temblorosa, pero antes de que pudiera llevársela a la boca, el sirviente le lanzó una pregunta:
¿Quién es Juliet?
¿Qué?
¿Quién es Juliet? – repitió Sebastian, sacando una de las misivas del bolsillo interior de su chaqueta y haciéndola oscilar levemente delante de los ojos del conde.
¡No te importa! ¡¿Cómo te has atrevido a hurgar entre mis cosas?! ¡No te he dado permiso para…!
Tampoco me lo ha prohibido expresamente.
Ante el mutismo de Ciel, Sebastian procedió a poner sus cartas sobre la mesa:
Como veo que no está dispuesto a colaborar, me veo obligado a ser yo quien le diga a usted quién es la tal Juliet, con la que parece ser que mantiene una estrecha, e interesante, correspondencia. Además de un intenso affaire, por lo que he podido colegir leyendo las cartas.- Sebastian esbozó una sonrisa torcida, que dejaba al descubierto una hilera de incisivos afilados como cuchillas.
Qué sabrás tú de ella, bastardo…
Oh, se muchas cosas de vital importancia y que usted, señor, parece haber pasado por alto. Que impropio de un Phantomhive obviar información de semejante calibre…
El chico lo miró sombrío y miserable , guardando silencio.
Esa tal Juliet- Sebastian pronunció el nombre lentamente, arrastrando las sílabas- es una… como lo diría… - adoptó un gesto pensativo manifiestamente teatral, llevándose dos dedos a los labios- Oh, si. Es una "cortesana profesional". Por decirlo eufemísticamente. ¿Sabe lo que eso significa, señor?
Ante el tozudo silencio de Ciel, el mayordomo prosiguió:
Significa que esa mujer ha pasado por la cama de todo hombre con nobleza y dinero con el que ha tenido la suerte de tropezar. Y el último de la lista parece haber sido usted. O quizás a estas alturas ya sea el penúltimo
El demonio dejó caer aquella última frase de forma perversa, plenamente consciente de que aquello era un ataque en plena línea de flotación para el precario equilibrio del joven.
No… - murmuró Ciel- No puede ser… ella me…
¿Ella le …"quiere"? – Sebastian esbozó una sonrisa cruel- A usted no sé. A su dinero seguro que sí. Y mucho. Eso explica el considerable agujero en sus cuentas bancarias. Oh, vamos, no me mire de esa manera, señor. Ayer me tomé la molestia de revisar los balances. Pero esa mujer no es tan egoísta, ¿verdad? – prosiguió el sirviente.- A cambio de todas sus atenciones, le ha dejado un regalo llamado mononucleosis infecciosa. También conocida como la enfermedad del beso, debido a su vía de contagio. Que detallista es nuestra Juliet.
Y qué. No me voy a morir. Solo es una maldita mononucleosis. – respondió el chico.
Pero podría haber sido otro tipo de enfermedad venérea. Como por ejemplo, una sífilis, señor. Mortal, y sin cura conocida.
¿Estás insinuando que no serías capaz de curarme si contrajera la sífilis, Sebastian?- contestó Ciel con escepticismo.
Por supuesto que podría. Pero créame – una dura sonrisa cruzó el rostro del demonio- aún así, usted lo pasaría muy, pero que muy mal, durante bastante tiempo. Además, no me gustaría tener que dedicar la mitad del día a limpiar esputos de sangre de las sábanas y la ropa. No tiene ni idea de lo que cuesta eliminar ese tipo de manchas en un tejido, señor.
Ciel resopló cansado y volvió a recostar su cabeza en la almohada. Iba a tener que explicárselo todo a aquel maldito engendro salido del infierno. Punto por punto, como alguien le explicaría el abecedario a un niño pequeño. Aunque eso supusiera mostrarse sin tapujos como la débil criatura que era.
Después de todo, pensó, aquella cosa con forma humana era incapaz de sentir, y por ello, no podía comprender del todo el funcionamiento de la mente, o del corazón, de un hombre.
Sebastian- comenzó Ciel- necesito… contacto humano. Afecto. Si no me derrumbaré, y lo más probable es que termines teniendo que encerrarme en un manicomio.
Bien- el demonio ladeó ligeramente la cabeza- Establezca ese tipo de contacto con Lady Elisabeth. Ciertamente es muy atractiva, ¿no cree, señor?
Sabes que no la soporto. Además, no me refiero sólo al contacto físico… sino al contacto emocional.
Sebastian lo miró con los ojos entrecerrados, el semblante inexpresivo, intentando hacer encajar las piezas en su cabeza, poco acostumbrada a tener en cuenta ese tipo de elementos en sus ecuaciones.
Pero, señor… la señorita Juliet no le ama. Sólo lo finge. Y usted lo sabe.
Si, pero con eso me basta. Al menos lo finge, al menos lo creo por unos instantes… y eso es suficiente para mantenerme cuerdo. Después de todo… ¿quién no lleva una maldita máscara puesta? ¿Quién no engaña a los demás?
Ciel miró de reojo al mayordomo, y supo al instante lo que estaba pasando detrás de aquellos ojos inexpresivos. Otra vez aquel desprecio inmenso reflejado en el rostro inmóvil.
Señor.- dijo Sebastian , mientras daba la espalda a su amo para mirar por una de las ventanas de la habitación- Supongo que está muy familiarizado con la famosa expresión "los trapos sucios se lavan en casa", ¿verdad? Después de todo, su trabajo no es otro que lavar los trapos sucios de la reina…
Ve al grano.
El punto de todo esto, es que, ya que es usted tan débil como para no poder reprimir esa necesidad de afecto- ahí la voz del diablo se hizo de hielo- intente satisfacerla dentro de los muros de esta mansión. No podemos permitir que un lío de faldas de el golpe de gracia a su ya maltrecha reputación. Imagínese las consecuencias- continuó, casi haciendo cábalas para si mismo- La marquesa de Middleford rompería su compromiso con Lady Elisabeth, además, perdería el favor de la reina, y puede que hasta el título. Ahora tendremos (tendré) que sellar los delicados labios de la señorita Juliet, para que nunca , jamás, cometa indiscreción alguna.
Sebastian oyó la risa quebrada del conde a sus espaldas, pero siguió mirando por la ventana hacia el maltrecho jardín, donde Finny arreglaba los rosales con más entusiasmo que pericia.
Es muy divertido eso que has dicho- dijo Ciel al fin, cuando la carcajada cesó y pudo respirar de nuevo.
He dicho muchas cosas, señor. Tenga la bondad de aclararme cual de ellas le ha resultado tan cómica.
Sebastian podía sentir la mirada del chico quemando su espalda.
Sabes perfectamente a que me refiero. Lo de satisfacer mis necesidades dentro de los muros de la mansión. Eso- ahí la risa del joven comenzó a virar hacia un llanto histérico- es lo que he estado intentando hacer todo este tiempo.
Ah, eso explica la perversa sesión sadomasoquista a la que me sometió hace poco.. Permita que le diga, señor, que tiene usted un modo muy peculiar de saciar sus "necesidades afectivas" , como usted las llama. Espero que haya sido más dulce con la pobre señorita Juliet.
¡No seas insolente, maldito demonio!
Ah, claro, seguro que no ha sido tan despiadado con ella. Después de todo, parece que la dama es pródiga en cuestión de esas superficiales demostraciones de amor- el demonio pronunció la palabra como si la fuera a escupir- que los humanos llaman beso.
En ese momento, Ciel odió a su sirviente más que a nada en el mundo. Lo estaba haciendo otra vez, volverle loco de ira sin elevar una palabra por encima de otra, con aquel tono tranquilo, despreciativo, refinado hasta la nausea.
Sebastian , experto en clavarle su puñal hecho en verbo, para luego retorcerlo con palabras más y más crueles cada vez.
¿Por qué le gustaba atormentarlo así? ¿Por qué disfrutaba tanto haciéndole sufrir de aquella forma? Ciel pensaba y pensaba, dejando caer de nuevo su cabeza sobre la almohada, exhausto, derrotado por la enfermedad y por aquel combate verbal que sabía perdido de antemano.
Porque es un demonio. Llegó la respuesta a aquellas preguntas desde algún rincón de su mente. ¿Qué otra cosa podría gustarle?
Juliet caminaba a paso ligero por aquellas calles oscuras, hacia su casa. No le gustaba demasiado la zona, pero prefería ahorrarse los pocos centavos que le hubiera costado el trayecto en una calesa. Últimamente no le iban muy bien las cosas. Su rico amante ruso, el de las minas de carbón, había regresado por fin a su país dejándola atrás. No es que ella tuviera la más mínima intención de seguirlo, pero… siempre resultaba extraño volver a quedarse sola.
Pero lo peor era la carta que había recibido esa mañana. Lord Ciel Phantomhive le comunicaba que no podría volver a verla, poniendo como excusa su inminente matrimonio con la hija de los Middleford, etc, etc También le decía que lo sentía mucho. En fin, todo muy educado y muy formal.
Ella también lo sentía. Por una vez no se trataba de un viejo verde podrido de dinero, repulsivo con las carnes arrugadas y flácidas. Sino de un chico joven, delgado, sus músculos ligeramente marcados bajo aquella piel pálida. E igualmente podrido de dinero.
Lo que se dice un bocado muy apetitoso.
Aunque alguna vez se le escapara el nombre de otro (si, de otro; se lo había comentado a sus amigas de tertulia, divertida) entre beso y beso.
Al llegar al final de la calle Baker una voz suave y profunda la asustó.
Disculpe- era un hombre el que hablaba, vestido con una gabardina negra impoluta, sin sombrero (cosa extraña).- ¿Sabría decirme como llegar a la calle Harcourt?
Juliet se detuvo a una distancia prudencial y lo observó con detenimiento. Era difícil distinguirlo en la oscuridad de la calle mal iluminada, pero pudo ver la educada sonrisa en su rostro perfecto y el pelo oscuro que lo enmarcaba.
Algo la indujo a acercarse, y la sonrisa se ensanchó aún más, perdiendo su cualidad amistosa y ganando un matiz predador. Pero ella no lo notó. La luz escaseaba.
Antes de que pudiera terminar de señalar con la mano la dirección que había que tomar para llegar a la calle Harcourt, un cuchillo de plata con el emblema de la familia Phantomhive atravesó limpiamente el pecho de Juliet, que se desplomó en el suelo casi al instante.
Lo siento- dijo el hombre de negro, con sus extraños ojos de un rojo brillante mirando a la mujer tendida en mitad de la calle.
Pero la verdad es que no lo sentía. En absoluto. Al menos no por ella.
Se quedó quieto, mirando fijamente el cadáver durante diez largos minutos, intentando afrontar la sensación que se retorcía en su pecho como un dragón diminuto que lo desgarrase desde el interior.
Había disfrutado matando a aquella mujer. Demasiado, mucho más de lo que lo había hecho con cualquier otra cosa desde hacía mucho tiempo.
Sentía el placer de la venganza en cada célula de su ser.
¿Cómo había osado aquella escoria humana poner las manos (y los labios) sobre su criatura, sobre el fruto de su sangre (y de su esfuerzo, y de su humillación)?
Sebastian se sorprendió a si mismo sintiendo los celos que había conseguido reprimir (e ignorar) durante aquellos últimos años.
