Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Novaviis y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 29

El invierno pasó. Aquella última tormenta de nieve cubrió la tierra y, cuando se asentó, llegaron los cálidos vientos. Kagome recordó la mañana en que había salido de su cabaña y, bajo la nieve que se derretía, pudo oler el barro… como si la tierra bostezase, un aire de aroma dulce. Durante un mes, los niveles de nieve bajaron de la altura de sus pantorrillas a sus tobillos, fluyendo en olas heladas hacia los ríos y los arrozales. El aire todavía le mordía en la nariz y en las mejillas por el frío… pero el viento era cálido.

La primavera vio incrementarse el número de soldados en la aldea. Cada mañana era lo mismo, desde el tambor proclamando su entrada a su aglomeración en las calles y sus comentarios lascivos. Incluso aquellos aldeanos que les habían dado la bienvenida al principio parecían haberse cansado de ellos. Poco a poco, creció la tensión en la aldea. Cualquier día, o incluso cualquier hora, en que los soldados no se esparcían por la aldea significaba aire fresco. Aquellos primeros días claros de la estación, afortunadamente, los pasaron lejos del centro de la aldea. Ahora que el suelo se había descongelado y las tiendas de invierno estaban menguando, la mayor parte del tiempo transcurría en los arrozales, en los campos y en los huertos plantando cultivos y hierbas.

La primavera no llegó toda de golpe. Nunca era así. Los días de amargo frío se vieron rotos por mañanas lluviosas donde la niebla cubría la aldea. Kagome se ponía en la entrada de su cabaña, con el cálido fuego crepitando tras ella y la fría brisa rozando su rostro. Aquellos días eran sus favoritos. Eran silenciosos. Acunaba una taza de humeante té verde en las manos y se apoyaba contra el marco de la puerta. La niebla era tan densa que no podía ver el fuerte en lo alto de la montaña.

Poco a poco, el frío se retiró a los picos nevados de las montañas, encogiéndose por las rocosas laderas. El barro se endureció. La hierba brotó. Kagome había salido una mañana descalza sólo para ponerse de pie en el huerto. Cuando Takuya había ido a preguntarle qué hacía, había dicho que amaba el aroma de la clorofila en el ambiente cuando las plantas volvían a empezar a crecer. Él le había dicho que no sabía lo que era la «clor» o cómo llenaba el ambiente, pero que se iba a poner enferma si seguía haciendo aquello cuando fuera todavía estaba húmedo.

A Sango empezaba a notársele el embarazo. Rin suponía que estaba de unos seis meses, habían pasado dos meses desde que se lo había dicho a ellos, ya que no había una buena forma de saberlo. La niña era extremadamente culta en cuanto a ser comadrona y, por tanto, le estaba enseñando a Kagome… siempre paciente al compartir lo que había aprendido de Kaede.

Cuando volvió el calor, también lo hizo el entrenamiento de Kagome con Takuya. Para ahora era más o menos responsable de todas sus obligaciones, al llevar el templo con el sacerdote, pero todos los días había algo nuevo que aprender. O en eso insistía él.

La silenciosa melancolía que había desarrollado Kagome durante todo el invierno empezó a escurrirse lentamente. Sin embargo, incluso en noches alegres con Miroku y Sango, que venían con los niños, apiñados en su pequeña cabaña con carcajadas llenando la habitación, Rin notaba que la mirada de Kagome se iba con anhelo hacia la puerta. Entre huecos en la ondeante esterilla, miraba hacia el horizonte, hacia el bosque, esperando a que un farolillo planease hacia las estrellas.

Habían pasado meses desde que Inuyasha había vuelto por última vez. Cuando Rin preguntó, Kagome le dijo que no estaba preocupada, que sabía que Inuyasha podía cuidar de sí mismo, pero no fue completamente convincente. Rin podía verlo. Le echaba de menos. El invierno había hecho de viajar algo difícil, sin duda, pero eso no parecía traer mucho consuelo.

Rin encontró a Kagome en un estado similar bien entrada una noche, de pie en lo alto de las escaleras del templo. Tenía un chal rodeándole los hombros que le llegaba a las rodillas para mantenerla abrigada.

Kagome bajó la mirada a la niña más pequeña cuando la vio subiendo por las escaleras.

—Rin, ¿dónde está tu chal? Todavía hace el frío suficiente como para ponerte enferma —riñó Kagome mientras Rin subía corriendo el último tramo.

—No pasa nada, subir por las escaleras me ha mantenido perfectamente sin frío. —Rin sonrió, sólo para estremecerse ni cinco segundos más tarde.

Kagome puso los ojos en blanco, riéndose, no obstante, mientras abría su propio chal. Rin ensanchó la sonrisa. Corrió hacia ella, poniéndose de espaldas contra Kagome para que la sacerdotisa pudiera rodearlas a ambas con los brazos y con la gruesa manta.

Rin se acurrucó contra ella. Tras ellas, un suave murmullo de voces flotó desde las paredes de la pagoda del templo, seguido de silenciosas campanas y un ligero movimiento. Rin miró hacia la pagoda del templo. Las lámparas de dentro eran oscuras, pero las pequeñas llamas parpadeaban a través de las ventanas. Incluso desde esta distancia, era difícil saber que había alguien dentro.

—¿Cuánto tiempo llevan dentro?

—Un rato ya, deberían terminar pronto. Podrías irte a dormir si estás cansada, no me importa limpiar yo sola —replicó Kagome.

Rin se encogió de hombros.

—No pasa nada, no estoy cansada —dijo con un bostezo—. Me alegro de que tengan dónde rezar. Pero siempre pensé que los budistas normalmente no rezaban en grupos como este, solamente en ocasiones especiales.

—Así es —dijo Kagome—, pero como tienen escondidos todos sus ídolos y es muy peligroso que los descubran realizando plegarias budistas, se reúnen en un momento concreto para protegerse. Miroku me estaba contando antes de que entraran que lo notaba raro porque es una fe muy individual. Incluso al criarse un templo, nunca había dirigido una plegaria o una meditación como esta. Pero es agradable. Hay más solidaridad entre ellos como grupo. Extrañamente, creo que la aldea se lleva mejor de lo que se llevaba antes.

—Mmm. —Rin asintió, sus pensamientos ya estaban vagando—. Vuelves a mirar hacia el bosque.

Kagome levantó la comisura de los labios.

—No sabía que era delito.

—¿Estás esperando por él?

—No realmente —suspiró Kagome—. Si estuviera esperándole constantemente, me volvería loca. Sólo estoy… mirando. Sin anticipar nada.

Rin asintió, fingiendo que entendía.

—¿Le echas de menos?

—Mucho.

—Apuesto a que él también te echa de menos.

—Más le vale.

Eso les sacó una carcajada a ambas. Kagome le hizo cosquillas a Rin en los costados bajo los confines de su manta, haciendo que la niña chillase y se retorciese para salir del agarre de Kagome. Mientras se apartaba, se abrieron las puertas de la pagoda del templo y un goteo de aldeanos salió hacia las escaleras. Kagome y Rin se hicieron a un lado para dejarlos pasar, dándoles las buenas noches y aceptando la gratitud de los budistas a medida que pasaban. Miroku fue el último en salir, con Umeko aferrada al costado de su traje. La otra gemela y el bebé estaban con su madre en casa (a Sayuri no le gustaba estar mucho tiempo sentada, mientras que a Umeko le encantaba estar sentada con papá y prestar atención).

Kagome recibió a Miroku con un cálido abrazo. El monje todavía olía a incienso. Miroku correspondió con un fuerte apretón.

—Gracias de nuevo, Kagome.

—No es ningún problema —dijo Kagome mientras se separaban—. Sólo desearía que no hiciera falta.

—Yo también —contestó Miroku mientras veía a los aldeanos que volvían a sus casas en la oscuridad—. Pero haremos lo que sea necesario hasta que Masao desaparezca. —Kagome permaneció en silencio. A Miroku no le pasó desapercibido—. ¿Ocurre algo?

Kagome se mordió el labio inferior por un momento, girándose para mirar por encima de su hombro.

—Rin —llamó—, si empiezas sólo a barrer, puedes irte a dormir sin mí y terminaré yo.

A pesar de su anterior discusión de que no estaba cansada y que quería ayudar, Rin pudo oír el trasfondo en la voz de Kagome. Cualquier discusión que tenía se quedó en silencio en su lengua mientras asentía y se encaminaba hacia la pagoda del templo.

En cuanto la niña estuvo fuera de la vista, Kagome dirigió la mirada hacia el monje y hacia el bosque.

—Hasta que Masao desaparezca, dijiste… —Jugueteó con las puntas de su pelo—. Es que… hacemos lo que es necesario, sí, pero todavía sigo sin entender cómo puede separar el sintoísmo y el budismo. A veces ni siquiera yo sé dónde empieza uno y termina el otro.

—Estoy seguro de que tiene una justificación demente —replicó Miroku—. Pero esa justificación no tiene espacio aquí, ni en ninguna parte. Masao es tan cabrón, que estoy seguro de que hay resistencia en cada aldea que ha tomado. —Kagome se rio, aunque silenciosamente y con ligera amargura. Miroku hizo lo mismo—. El progreso es lento, pero es progreso. Cualquier forma en que podamos desafiarle es algo.

Con eso, Miroku le dio las buenas noches y cogió a su medio dormida hija en brazos. Kagome lo vio bajarla por las escaleras del templo antes de levantar los ojos lentamente hacia el bosque. Con la mirada fija, Kagome volvió a girarse hacia la pagoda del templo.


Esa mañana fue la primera vez en meses que Kagome se despertó sin sentir frío. Aquella luz del sol se filtró por las rendijas de la ventana cerrada, acumulándose sobre las mantas, su piel, el suelo. Todavía flotando en una lenta corriente de sueño, Kagome se estiró, suspiró y se acurrucó en su esterilla. Al otro lado de la habitación, los perros, ambos amontonados encima de Rin, hicieron lo mismo con suaves quejidos. Fuera, pájaros y voces dispersas hacían sonar el comienzo del día. Kagome no se quedó tanto dormida como que volvió a enrollarse en el sueño, los sonidos a su alrededor se volvieron débiles y distantes.

Así que no fue ninguna sorpresa que no lo oyera cuando Takuya entró, levantó un cubo de agua sobre su cabeza y lo tiró sobre ella. Kagome se levantó chillando con una sacudida, escupiendo mientras se apartaba su pelo empapado de la cara.

—¡Takuya! —tosió.

El viejo sacerdote permaneció impávido ante su indignación.

—Te quedaste dormida —dijo encogiéndose de hombros.

Kagome gimió, poniéndose de pie para escapar del charco en el que había estado sentada.

—Pensaba que ya habíamos superado esto.

—Tú alégrate de que no lo hiciera en invierno —dijo con una sonrisa—. No soy cruel del todo.

Tras retorcer las mangas de su kimono, Kagome miró con furia a su maestro.

—¿Esto ha tenido alguna vez un objetivo? ¿Una tradición ancestral secreta para entrenar?

Takuya negó con la cabeza.

—No, no seas tonta. Sólo es la forma más rápida de hacer que te levantes por las mañanas.

Se marchó después de eso, con la silenciosa expectación de que ella lo siguiera cuando estuviera lista.

Kagome miró con furia y un mohín hacia la espalda en retirada de Takuya, el pelo le goteaba por la cara, la ropa goteaba en el suelo. Al otro lado de la estancia, Rin estaba incorporada y riéndose de ella. Kagome retorció el pelo sobre su cabeza.

Las dos se secaron pronto, se vistieron y salieron. Takuya tenía el desayuno preparado al lado, en su cabaña. Comieron rápidamente, con Kagome ignorando intencionadamente los intentos de Takuya de entablar conversación durante los primeros diez minutos. Cuando terminaron de desayunar, hubo que ir al templo. Rutina. Monótona. Tranquilizadora en ciertos sentidos y frustrante en otros.

A principios de la tarde, las tareas del templo estaban terminadas. Nunca era mucho, sólo barrer, rituales de limpieza, algunas ofrendas modestas y cosas así. Con total sinceridad, la mayor parte del trabajo era asegurarse de que no encontraban las pertenencias de los budistas en el almacén y de que todo indicio de sus rezos en los terrenos del templo se borraba con cuidado. Había ido bien estos últimos meses, pero no podían permitirse dar por sentado que no iban a descubrirles.

En cuanto hubieron acabado, Rin se fue a alcanzar a sus amigas, unas niñas que iban a enseñarle a trenzarse el pelo mientras que ella les enseñaba a coger peces con las manos en el arroyo. Había estado hablando de ello sin parar durante toda la mañana. Kagome, no obstante, se tomó un momento para apoyarse en la escoba y mirar hacia la aldea. Aunque había empezado el trabajo en los campos, los árboles seguían desnudos; la hierba, marrón y el mundo que los rodeaba, incoloro. Cerró los ojos, inhalando la cálida brisa. El aire era fresco, perfumado con la promesa de verdes capullos, pero todavía faltaba mucho.

Basta de rememorar el tiempo cálido, decidió. Por el momento, al menos. Siempre se ponía muy nostálgica en primavera.

Haciendo a un lado la escoba, Kagome bajó por las escaleras hacia la aldea. El mercado estaba empezando a llenarse, se dio cuenta con apagado regocijo. Sólo algunos carros sueltos vendiendo las últimas existencias del arroz, perfumes y cerámica del año anterior. Pasarían meses hasta que hubiera comida para vender. Kagome caminó por la calle, pasando sobre charcos de barro y sonriéndoles a los aldeanos que le dieron los buenos días con una inclinación.

—Señorita Kagome —la llamó alguien desde detrás. Era el anciano granjero con el que había hablado en mitad de la noche de la reunión de los budistas de la aldea en invierno. Kagome se detuvo y sonrió, haciendo una reverencia a modo de saludo antes de incorporarse de nuevo. El anteriormente contrariado hombre le dirigió una sonrisa minúscula pero cariñosa en respuesta—. ¿Cómo está esta mañana?

—Estoy maravillosamente, gracias. Disfrutando del sol —dijo—. ¿Y usted?

—Bien, perfectamente —contestó el granjero. Empezaron a caminar hacia el centro del escaso mercado—. Es agradable volver a sentir el sol, ¿no?

Kagome asintió, dirigiéndole una mirada de extrañeza de soslayo a su momentáneo acompañante. Estaba en términos amistosos con casi todo el mundo en la aldea, pero este hombre nunca había sido exactamente de los habladores.

—Sí que lo es.

—Ahora que la primavera está aquí, los caminos se han despejado —comentó, manteniendo una mirada relajada hacia delante—. Viajar vuelve a ser más fácil. Las noticias viajan igual de rápido. —El granjero inclinó la cabeza respetuosamente ante un soldado que pasaba por su lado, luego desvió sutilmente su rumbo por un camino menos transitado—. De hecho, justo esta mañana oí de un mercader una historia extraordinaria de una aldea que… —Se aclaró la garganta—… se atrevió a oponerse al ejército del señor Masao hace unas semanas. Nada más empezar la sangrienta batalla, una horda de demonios pareció atacar para interferir. Estaban más interesados en el ejército de Masao que en los aldeanos, al parecer. Por supuesto, no fueron rivales para la Piedra Divina. O al menos, la mayoría no lo fue.

Kagome escuchó atentamente, manteniendo también la mirada hacia delante. La tensión y el secretismo que salían del anciano granjero le apretaron la garganta e hicieron que el corazón le latiera sólo un poco más rápido.

—Ah, ¿sí?

El granjero asintió.

—Sí. Como me dijo el mercader, al parecer hubo, en el punto álgido de la batalla, un aullido tremendo que resonó por el valle. La pelea se detuvo y, entre las montañas, llegó la aparición de un enorme perro blanco. Bajó por la ladera y no se vio afectado por la Piedra Divina. —Entonces se detuvo, mirando a unos soldados que los observaban desde la otra punta del camino—. Qué desafortunado giro de los acontecimientos.

Kagome, que no se atrevió a mirar tras ella por miedo a parecer sospechosa, mantuvo una fachada de preocupación y asombro.

—Sí, esperemos que esa criatura no vuelva pronto.

Con una sonrisa en los ojos y un silencioso agradecimiento, Kagome partió, volviendo al centro de la aldea y al mercado. No sabía si aquel granjero, o cualquiera que hubiera oído el desliz de Rin aquella noche, sospechaba lo que estaban haciendo Inuyasha y ella… o que Inuyasha estaba vivo siquiera. Tal vez sería más seguro si no lo sabía. A pesar de ello, esa información le caló hondo, algo que no pudo descartar hasta que volvió otra vez al mercado.

Sumida en sus pensamientos entre la exigua pero vivaz multitud, Kagome casi se pasó el puesto. Si no fuera por los intensos colores, puede que lo hubiera ignorado por completo, pero el brillo y los intrincados diseños le llamaron la atención. Kagome se detuvo y miró por encima del hombro, viendo un modesto puestito lleno de farolillos colgados.

Una chispa estalló en el pecho de Kagome. Caminó hacia el puesto en una especie de trance, estiró las yemas para rozarlas contra la tinta pintada en el acordeón de papel que rodeaba uno de los farolillos.

—Hermosos, ¿verdad? —gruñó la mercader. Estaba sentada sobre una pequeña manta al lado del carro, trabajando en un bordado.

—Sí. —Kagome sonrió sin aliento cuando volvió a encontrar su voz—. ¿De dónde provienen?

—No estoy muy segura —dijo encogiéndose de hombros—. Se los compré a otro mercader al otro lado del Fuji, que dijo que los consiguió de un joven artesano al norte. Al parecer, es una especie de viajero, he visto el mismo trabajo vendido a varios mercaderes distintos que van ahora hacia el sur.

Kagome frunció los labios para evitar sonreír.

—Bueno, parece ser un hombre ocupado.

La mercader le dirigió una mirada de extrañeza.

—Supongo.

Kagome metió la mano en el pliegue de su kimono y sacó una pequeña bolsa con cordón. Unas pequeñas monedas cayeron en su palma.

—¿Será esto suficiente por ese? —preguntó, señalando el farolillo que le había llamado la atención. Era de color salmón, con oscuras vides y flores rojas trepando hacia fuera. Parecía que había otra persona que había estado pensando mucho en la primavera.

La mercader cogió el dinero y lo inspeccionó en su mano antes de asentir y volver a mirar su bordado. Kagome apenas pudo contenerse mientras bajaba el farolillo y caminaba de nuevo hacia las afueras de la aldea con él oscilando a su costado.


Cuando Takuya regresó esa tarde a la cabaña de Kagome, había un farolillo colgando en la cúspide del tejado, justo por encima de la puerta. La cosita preciosa estaba encendida con una pequeña llama, bailando con el ligero viento. Negó con la cabeza mientras se agachaba por debajo para entrar.

—Kagome, ¿qué es eso?

Levantando la mirada del pescado que estaba cocinado, la joven mujer se encogió de hombros.

—Eso sería lo que llamamos un farolillo, Takuya. Tal vez has oído hablar de ellos.

Takuya le lanzó una mirada.

—Sí, sé que es un farolillo. Sólo parecía una cosa tonta en la que gastar tu dinero —dijo mientras se sacaba los zapatos y se subía a la tarima.

Kagome sonrió para sí mientras volvía a mirar al espeto que estaba usando para asar.

—Bueno, creo que a veces es agradable consentirte con cositas como esa.

Takuya entrecerró los ojos mientras se sentaba a su lado.

—Estás ocultando algo.

—No oculto nada —fue la respuesta cantarina de Kagome—. Simplemente no estás haciendo la pregunta correcta.

—Entonces, ¿cuál es la pregunta correcta?

—Esa no.

—Ahórrame la molestia.

La sacerdotisa se rio.

—Es uno de los de Inuyasha —dijo. Tras levantar la tapa de la olla que colgaba sobre el fuego, Kagome sirvió un cucharón lleno de caldo y fideos de arroz antes de deslizar sobre todo ello un trozo de pescado cocinado. Le pasó el cuenco a su maestro.

Takuya aceptó el cuenco con un frunce.

—¿Uno de los qué de quién?

—El farolillo. —Kagome puso los ojos en blanco. Mantuvo la voz baja, cómplice y emocionada—. Lo encontré hoy en el mercado. La mercader dijo que provenía de un joven artesano del norte.

Takuya asintió, comprendiendo finalmente. Se llevó el cuenco a la boca.

—¿Y estás segura de que es de Inuyasha?

Kagome asintió sin vacilar ni por un momento. Dirigió la vista con anhelo hacia la puerta, donde podía ver el brillo entre las rendijas de la esterilla de la puerta.

—Estoy segura. Podría reconocer su trabajo en cualquier parte.

—Bueno, si querías uno de sus farolillos, ¿por qué no esperar hasta que volvieras a verle? Estoy seguro de que te haría uno.

—Me haría mil, si se lo pidiera —contestó Kagome mientras se servía su propia comida—. Ese no es el tema. El tema es… —se interrumpió—. El tema es que una parte de él volvió a mí sin que ninguno de los dos lo supiera. Vi el farolillo en el mercado y supe que estaba a salvo dondequiera que esté, y progresando y pensando en mí.

—¿Pensando en ti?

Kagome le sonrió.

—Llámalo intuición. —Encontrando que no podía estarse quieta, Kagome dejó su comida y se puso de pie, caminando y girando en círculos sin rumbo alrededor de la cabaña—. Takuya, por primera vez en mucho tiempo siento que hay algo más que esperar con emoción. Más que los tambores por la tarde, diciéndoles a los soldados que se vayan a casa, o incluso el siguiente farolillo en el horizonte. Siento que hay algo más allá de eso. Tal vez sólo sea el clima, no lo sé, pero… siento como si estuviera empezando algo, para mejor. Hay algo más allá de esto.

Takuya la observó con cariño.

—Este es un cambio bienvenido en ti, Kagome. Me alegro de ver que has recuperado tu espíritu.

Kagome terminó junto a la puerta, asomándose por la esterilla. El sol poniente lanzaba barras de luz y sombra sobre su rostro.

—Lo sé —suspiró—. Los últimos meses… fueron duros. Siempre tuve la esperanza de que las cosas mejorarían, pero a veces la esperanza no bastaba. Estaba… deprimida, supongo. Todo a mi alrededor estaba muerto y a veces yo me sentía igual.

—Pero ¿ahora?

Kagome se volvió hacia su maestro.

—Pero ahora es como has dicho. He recuperado mi espíritu. Estoy actuando, aunque sea de una forma pequeña, y se siente bien.

Takuya estuvo en silencio durante un largo momento. Pareció estudiarla con una blanda mirada, con la luz dorada de la temprana noche metiéndose en la cabaña con rayos opacados. Entonces, sin explicación, dejó a un lado su cuenco a medio comer y se puso de pie, caminando hacia Kagome junto a la puerta.

—Vuelvo ahora mismo. Espera aquí —dijo mientras pasaba por su lado.

Kagome se quedó más que un poco perpleja. Su maestro era un hombre extraño, a eso estaba bastante acostumbrada, pero incluso esto era impropio de él. Sin embargo, su humor era demasiado bueno como para dejar que le preocupara. Regresando al fuego, Kagome cogió su propio cuenco y empezó a comer. Acababa de terminarse la comida para cuando regresó Takuya.

—¿Tienes agua hirviendo? —preguntó Takuya mientras entraba afanosamente, llevando algo en su traje.

Kagome parpadeó.

—Yo… sí, claro que sí. Siempre tomamos té después de cenar.

—Bien, bien. Ahora, deja que… ¿dónde están…? —El sacerdote empezó a rebuscar en la alacena baja que estaba contra la pared trasera.

Kagome frunció el ceño, estirándose a su lado para coger lo que asumía que él estaba buscando.

—¿La tetera y las tazas?

Sacando la cabeza de la alacena, Takuya miró sus manos.

—¡Sí! ¿Por qué no dijiste que las tenías tú?

—No me diste la oportunidad.

—No importa —descartó Takuya. Volvió a su anterior sitio junto al hogar, adyacente a ella—. Esto es sencillamente perfecto —dijo mientras metía la mano en su traje. Takuya sacó un cilindro de madera, los contenidos de dentro de su cuerpo hueco traquetearon con sus movimientos. Casi parecía entusiasmado.

—¿Qué es eso? —preguntó Kagome.

Takuya sacó la tapa y dejó que una esfera verde rodase hasta su palma. Era pequeña, estaba hecha de hojas secas y desprendía una fragancia que Kagome no podía ubicar. Cogiendo una taza, la puso delante de su pupila y dejó caer la bolita en el centro.

—Kagome, ¿le viertes agua encima?

—Claro —contestó Kagome lentamente mientras cogía la tetera y echaba con cuidado agua caliente en la taza. Podría haber sido su imaginación, pero juraría que la bola empezó a moverse—. No contestaste a mi pregunta. ¿Qué es?

Takuya se relajó, levantando el recipiente para que ella lo viera.

—Estas, Kagome, son perlas de dragón —respondió. Hizo rodar algunas esferas más en su palma y las sostuvo en alto para que las viera—. Recuerdas que, como parte de tu entrenamiento inicial el pasado verano, te hice practicar energía curativa sobre flores y plantas.

—Claro que lo recuerdo —dijo Kagome asintiendo.

—Este es un té hecho a partir de las flores que tú cultivaste, cuidaste, cosechaste y secaste. Todo mientras canalizabas pensamientos puros.

Kagome abrió los ojos como platos.

—Recuerdo que el pasado otoño enrollaste hojas de té.

Takuya asintió.

—He estado esperando mucho tiempo para dártelas —dijo mientras sostenía una perla entre su pulgar e índice—. Quería dártelas cuando sintiera que estabas lista. Como recordatorio de que, aunque algo pueda parecer muerto, siempre hay nueva vida que esperar. Debes recordar que hay equilibrio en la vida y en la muerte, al igual que en la desesperación y la esperanza, al igual que en las estaciones. Mira. —Gesticuló hacia la taza. Bajo el agua humeante, la perla verde estaba empezando a desplegar sus hojas—. El invierno sólo puede durar hasta cierto punto, Kagome. Vale la pena esperar por la primavera. Tenías que aprender eso por ti misma.

Kagome asintió, fascinada mientras observaba florecer las hojas. El agua caliente les devolvió el color a las hojas, tiñendo lentamente el agua de un verde pastel mientras las mismísimas hojas se volvían vivaces. Finalmente, la última capa se desenroscó y una hermosa flor de jazmín floreció en la cuenca de la taza. Sus pétalos eran del blanco más puro. Parecía como si la hubieran recolectado justo ayer.

—Takuya… no sé qué decir —exhaló Kagome.

—No digas nada. Bebe. Está muy bueno —dijo con una sonrisa—. Usé mi mejor tanda de hojas de té.

Estaba muy bueno. El sabor era dulce, refrescante, inundando los sentidos de Kagome con tranquilidad. Se lo bebió durante la cena y de nuevo más tarde aquella noche tras echar más agua sobre la misma perla, queriendo extraer tanto como le fuera posible de las pocas que tenía.

Kagome se apoyó contra la pared de fuera de la puerta principal, sosteniendo la taza humeante cerca de su pecho. El chal que le rodeaba los hombros mantenía alejado el fresco mientras se ponía el sol, pero no venía mal tener un poco de calor extra. Rin había regresado hacía más o menos una hora, devorando su comida y desfalleciendo casi inmediatamente en su futón con los perros amontonados sobre ella. Había tenido mucha suerte en sus aventuras aquel día, si las trenzas desarregladas de su pelo y el olor a pescado de su kimono colgado fuera para que se secase decían algo al respecto. Le había hablado a Kagome con entusiasmo del bonito farolillo de fuera durante sólo unos minutos antes de sucumbir al agotamiento.

Así, Kagome tuvo una noche tranquila. Si no fuera por pequeños momentos de soledad como estos, nunca tendría un momento de paz. Llevándose la taza a los labios, Kagome sorbió su té y sintió el agua caliente deslizándose por su garganta. Encima de ella, el farolillo oscilaba y danzaba, la luz de dentro titilaba con cada movimiento.

Las palabras de Takuya habían tenido un impacto tremendo en ella. No las sopesó ni pensó en ellas tanto como sentirlas en cada inhalación. Era tranquilizador. Por primera vez en mucho tiempo, Kagome estaba contenta.

Tal vez fue por eso que, cuando localizó un punto de luz alzándose del bosque, primero pensó que podría ser una estrella. A medida que la luz se alzó más, Kagome levantó lentamente la cabeza junto con ella. A medida que el farolillo brilló más, también lo hizo la sonrisa de Kagome.


Inuyasha todavía podía ver el farolillo alzándose en el cielo a través de las ramas desnudas del árbol sagrado. Se recostó contra las raíces, estirándose contra la fría corteza, dejando vagar la vista entre el distante punto de luz y la cicatriz en el tronco del árbol de encima de él. Se había pasado aquí cincuenta años, pero unos meses fuera le parecían una eternidad. No pasó mucho tiempo antes de que se inquietara. Levantándose de un impulso, empezó a pasearse sin rumbo sólo para que pasase el tiempo.

Realmente parecía como si fueran más que sólo unos meses. La última vez que había regresado había sido el solsticio de invierno, la noche que había llevado a Kagome a la cueva y… bueno, había sido la noche más cálida del invierno, eso estaba claro.

Aunque se descubrió rememorando las preciadas pocas veces que había podido encontrarse así con Kagome, no estaba totalmente perdido para el mundo. Por eso, cuando un cuerpo saltó y se aferró a su espalda, Inuyasha casi ni se movió. Estiró el cuello para mirar hacia atrás hacia la joven que se encontraba subida a su espalda con una salvaje sonrisa en su bonito rostro.

—¡Te pillé! —chilló.

—Sí. —Inuyasha puso los ojos en blanco mientras se estiraba hacia atrás para desprenderla, bajándola delante de él—. Podrías haberlo hecho si no hubiera oído cómo te escondías en los arbustos hace cinco minutos.

—No. —Kagome negó con la cabeza—. Te pillé.

Inuyasha conocía una causa perdida cuando la veía. Se encogió de hombros, pasando los brazos alrededor de su cintura.

—Estoy completamente a tu merced —dijo sonriendo.

Kagome estaba atrapada en algún lugar entre la risa y el llanto. Le brillaban los ojos, le temblaban los labios mientras lanzaba los brazos alrededor del cuello de Inuyasha y tiraba de él para darle un beso. Inuyasha llevó la mano a la parte de atrás de su cabeza, pasándola entre mechones azabaches. Kagome suspiró contra su boca. Los dos sencillamente… se abrazaron. Era lo único que podían hacer para sostenerse, literal y figuradamente.

Cuando Kagome se echó hacia atrás, tenía un aire soñador y estaba sin aliento, sonriéndole. Todo, por supuesto, antes de darle un ligero manotazo en su bíceps.

—¿Dónde diablos has estado?

Debería haber sabido que iba a pasar.

—Ocupado. Lidiando con mierda. Progresando. Y viajar por la nieve era casi imposible —tartamudeó con sus excusas.

Los labios de Kagome, ligeramente hinchados y rosados, formaron un puchero.

—Supongo que no pasa nada… pero te he echado de menos.

La sonrisa de Inuyasha fue apagada esta vez, una lenta exhalación escapó de él mientras se inclinaba para darle un beso en la frente.

—Yo también te he echado de menos.

—Más te vale.

Inuyasha levantó una ceja.

—¿Ah, sí? —El intento de Inuyasha de agarrarla con fuerza se vio frustrado cuando Kagome chilló y lo esquivó escapándose de su agarre e intentando «huir». Inuyasha se le adelantó rápidamente, placándola contra el suelo debajo del árbol. Kagome yació sobre su espalda, ligeramente sin aliento, con el corazón acelerado por una razón completamente diferente. Una vez más, lanzó los brazos para atraer a Inuyasha contra ella, capturando sus labios con toda intención de compensar el tiempo perdido. Inuyasha pareció feliz de complacerla. Deslizó la mano por su cadera, reposando allí mientras levantaba la rodilla entre sus piernas. Ella se rio… no era la reacción que se había esperado.

Deslizándose de debajo de él, Kagome se sentó contra el tronco del árbol con las piernas cruzadas e hizo que Inuyasha se tumbara de espaldas para que su cabeza reposara en su regazo. Inuyasha anticipó lo que estaba haciendo, pero aun así no pudo atenuar el tranquilo estremecimiento que le recorrió la espalda mientras ella empezaba a masajearle los hombros.

Inuyasha soltó un largo suspiro mientras se soltaba ante su contacto.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Disfrútalo, entonces —canturreó Kagome por lo bajo.

Inuyasha asintió, se le cerraron los ojos mientras se concentraba en sus atenciones.

—Tuve un sueño sobre esto hace un tiempo… —reflexionó—. Entrabas en mi habitación y la almohada se convertía en tu regazo. Podía sentirte tan real como lo eres ahora.

A Kagome le dio un vuelco el corazón. En serio, no debería haberse sorprendido.

—Estabas en un castillo… había una lámpara de pie con una vela en la esquina, pero aun así estaba oscuro. Shippo y Koga estaban discutiendo fuera sobre algo.

Inuyasha se incorporó, girándose para mirarla. Ella sonrió.

—Tuve el mismo «sueño».

—Entonces, eras tú —murmuró.

—Mmm. —Kagome se inclinó hacia delante para darle un pequeño beso. Al retirarse, su sonrisa se disolvió en un frunce, los recuerdos volvieron a ella. Levantó la mano para apartarle el flequillo a un lado—. Parecías estar enfermo… ¿qué pasó?

Inuyasha vaciló. Descendió de nuevo al regazo de Kagome con la mirada fija en las estrellas.

—Supongo que debería empezar por el principio. Después de que te dejé la última vez, volví al norte para intentar disuadir a Koga de que empezase una guerra. Estaba reuniéndose con líderes de otros clanes, formando alianzas… eso estaba bien, pero el maldito idiota estaba decidido a que una batalla iba a solucionar todo esto. En fin, una mañana estábamos cazando y Sesshomaru salió de puto ninguna parte…

Kagome se encogió.

—En realidad, puede que eso haya sido culpa mía. —Al ver la confusión de Inuyasha, continuó—: Apareció en la aldea. También montó una buena escena. Rin me ayudó a engañar a los soldados para que pensasen que yo iba a exterminarlo y, cuando llegamos al bosque, tuve que contarle lo que estaba pasando. No parecía muy contento cuando se fue.

—Sin duda no estaba contento —dijo Inuyasha con un asentimiento—. Nos arrastró al castillo de los inu yokai y me soltó ante su líder… su madre. Al menos, ahora sé por qué Sesshomaru es tan raro. Hubo un… juicio al que ambos insistieron que me sometiera, una tradición inu yokai. Se suponía que iba a enfrentarme contra mi mayor enemigo y concederme un poder ancestral o una sandez así. Y… bueno, como que funcionó. Lo hice y, al final… —Metió la mano en su haori, debajo de su kimono, donde una Piedra Divina yacía contra su pecho—… me di cuenta de que la única forma de vencer a la Piedra Divina era hacerla parte de mí.

Kagome frunció el ceño. Al ver que no lo comprendía del todo, sostuvo la piedra en alto ante ella. Su color había cambiado, el previo azul glacial ahora era de un ardiente carmesí. En cuanto tocó la palma de Kagome, el cristal palpitó con una luz intensa, como si la reconociera.

Inuyasha sonrió.

—Supongo que siempre te perteneció.

Kagome curvó lentamente los dedos alrededor del cristal.

—Tú… canalizaste tu alma en la Piedra Divina.

—Parte de ella —le corrigió Inuyasha—. Sólo que no estoy seguro de qué parte exactamente.

Kagome se inclinó, sosteniendo el cristal todo lo alto posible con su cadena para poder darle un beso.

—Está tan cálido…

—Bueno, es de esperar, tonta. Lo he llevado contra mi pecho durante semanas.

—No me refería a eso. —Kagome puso los ojos en blanco. Giró el cristal en sus manos unas cuantas veces antes de volver a guardarlo en el traje de él, sus dedos permanecieron un momento contra su pecho antes de subir para masajearle de nuevo del cuello a los hombros—. Así que eras tú. Oí un rumor sobre una aparición de un perro que luchó contra el ejército de Masao y ganó. Estás labrándote una reputación.

Inuyasha frunció el ceño.

—Siempre he tenido una reputación.

—Sí, bueno, técnicamente se supone que estás muerto. —Se encogió de hombros—. Así que son dos reputaciones.

—Genial.

Kagome se rio.

—Esa debe de haber sido la batalla por la que estaban discutiendo Koga y Shippo en el sueño, entonces… Estaba… Creo que debo de haber estado cargada espiritualmente o algo así. Acababa de realizar una regresión a una vida pasada con Takuya…

—¿Que tú qué? —la interrumpió Inuyasha, alarmado.

Kagome se limitó a asentir, levantando los dedos hasta la base de su cráneo.

—Pensaba que, tal vez si recordaba mi vida como Kikyo, podría darnos una pista. Los espíritus que he visto en el bosque, la canción, la colcha… era como si Kaede estuviera indicándonos algo de su pasado, pero no podía averiguarlo. Pensé que Kikyo podría haberlo sabido…

—Y… ¿así fue?

—No exactamente —dijo Kagome con un suspiro—. Aprendí mucho sobre ella… de lo que la hacía ella, ¿sabes? Pero, al final, no era algo que ella supiera, era algo que había oído. —Kagome se mordió el labio inferior por un momento. El pulgar de Inuyasha se lo estuvo liberando antes de que ella se diera cuenta de que lo estaba haciendo. Continuó—: Kaede tuvo un amigo de la infancia llamado Masao.

Inuyasha levantó la mirada de golpe para captar la suya.

—No puede ser el mismo. Parece como si apenas tuviera treinta años.

—Pero… lo es, sé que lo es, es sólo que no sé cómo. No es posible, lo sé, pero… ya hay mucho sobre él que no es posible.

—Supongo —contestó Inuyasha, sus ojos se vieron arrullados por el masaje de su cuero cabelludo—. Pero parece que estamos progresando.

—Ojalá —dijo Kagome suspirando. Detuvo sus dedos—. Digo, sí, estamos haciendo progresos. Pero me gustaría llegar a algún lado. He estado en esta aldea durante meses sin ningún sitio al que ir. Me estoy volviendo loca quedándome por aquí sentada. Me pone loca.

Inuyasha se rio por lo bajo.

—Es gracioso —musitó—. Tú estás loca… Yo estoy nostálgico.

A Kagome se le desencajó la expresión. Estaban atascados en dos lados opuestos del mismo problema… demasiado lejos el uno del otro.

Inuyasha se enderezó sin previo aviso, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo y la hierba muerta.

—Bueno, si te vuelve loca la necesidad de un poco de espacio, ¿por qué no vamos a algún lado? Acaba de ponerse el sol, tenemos tiempo suficiente para volver antes del amanecer.

Kagome se levantó.

—Pensaba que habías dicho que estabas nostálgico —dijo. Se había imaginado que querría quedarse allí mientras pudiera.

La mirada cómplice de Inuyasha, no obstante, dijo otra cosa. Deslizando la mano hasta su nuca, Inuyasha se inclinó para besarla castamente. Ella apenas tuvo un momento para entender, mucho menos responder, antes de que el hanyou se la pusiera a la espalda. En un instante, estaban corriendo entre los árboles. Fue lo único que pudo hacer Kagome para no gritar tanto de sorpresa como de placer mientras se aferraba a los hombros de Inuyasha. El viento mientras se movían era frío, mordiéndole las mejillas y las puntas de las orejas. Kagome se acurrucó contra la espalda de Inuyasha, apretando más su chal alrededor de sus hombros.

No se había dado cuenta de cuánto extrañaba la estimulante sensación de volar por el bosque sobre la espalda de Inuyasha. El subidón de adrenalina le hizo cosquillas en el pecho, palpitando a través de todo su cuerpo y haciendo que sintiera la cabeza maravillosamente ligera. Pasaron unos minutos antes de que Kagome pusiera en orden sus sentidos lo suficiente como para hablar.

—¡¿Adónde estamos yendo?!

—¡No lo sé! —gritó Inuyasha en respuesta—. ¡Todavía no lo he decidido!

Eran un borrón sobre las laderas. Kagome captó un vistazo del fuerte de Masao cerniéndose sobre la aldea. Con igual rapidez, desapareció detrás del pico de una montaña. Durante el tiempo que estuvieron viajando, a Kagome se le entumeció el rostro contra el viento y el frío, incluso mientras agachaba la cabeza detrás de la de Inuyasha. No supo cuán lejos habían ido hasta que Inuyasha se detuvo de golpe y se vio asaltada por el sonido de olas distantes. Kagome se bajó de la espalda de Inuyasha, sacándose ramitas secas del pelo.

—Podrías advertirme un poco la próxima vez.

—No finjas que no te gustó —contestó Inuyasha mientras le ayudaba a peinarse.

—Irrelevante —dijo Kagome. Se detuvo para mirar a su alrededor. Estaban al borde de un bosque, no muy lejos de casa, supuso. A través de la línea de árboles desnudos, apenas podía ver las olas brillando bajo la clara luz de la luna lamiendo la orilla. Tras coger la mano de Inuyasha, salieron a la arena.

—¿Esto es suficiente espacio?

Kagome se fue caminando por delante de él, estirando los brazos hacia la bahía.

—Creo que esto servirá.

Inuyasha la observó. Ella empezó a girar en lentos círculos, respirando como si se hubiera estado ahogando y no se hubiera dado cuenta hasta ahora. Inclinó la cabeza hacia atrás, su cuello, la suave línea de su mandíbula y su rostro de porcelana se enderezaron hacia las estrellas. Con los brazos abiertos como si pudiera estirarse y atraerlas contra su pecho.

Kagome se pasó las manos por el pelo. Dioses, brillaba a la luz de la luna.

—Bueno, ¿y ahora qué?

Inuyasha se despertó de su ensueño.

—Me imaginé que encontraríamos algo para pasar el rato. —Le dirigió una sonrisilla—. Si no, siempre podemos volver a la cueva.

Kagome correspondió a su coqueta sonrisilla, avanzando hacia él.

—… Me vale la playa.

Inuyasha se encogió de hombros, impávido.

—Había que intentarlo.

—Tal vez después —dijo Kagome riéndose. Al pasar la mirada por la amplia extensión curva de la orilla, sus ojos cayeron sobre una cabaña situada no muy lejos. Una barca estaba retirada en la playa, asentada en la arena al lado de redes y trampas enredadas—. Venga, tengo una idea.

Inuyasha la siguió hasta la barca, quedándose atrás de brazos cruzados mientras ella intentaba empujarla hacia el agua.

—¿Quieres robar una barca?

—No es robar —refunfuñó Kagome—. Es… es tomar prestada. La devolveremos an… antes del amanecer, así que… ¿puedes dejar de quedarte ahí parado y ayudarme con esto?

Cediendo finalmente, Inuyasha levantó la barca con una sola mano y la llevó hasta la orilla. La volverían a poner exactamente donde la habían encontrado y no se enteraría nadie. Inofensivo. Aun así, a Kagome le provocó una pequeña ola de emoción, de riesgo. Se rio silenciosamente mientras saltaba dentro de la barca de madera, cogiendo los remos y ayudando a Inuyasha a empujarla hacia el agua. Se unió a ella con una salpicadura.

—Joder, está fría.

—Así que nada de volcarla —contestó Kagome.

—No había pensado en eso. —Inuyasha le cogió los remos a Kagome. Pronto estuvieron deslizándose sobre la suave marea y hacia la cristalina bahía. El agua podría haber sido un espejo. Si no fuera por la costa casi rodeándolos, habría sido difícil precisar dónde terminaba el cielo y empezaba el agua.

Kagome metió los dedos en el agua, viendo cómo una onda salía de su contacto. Sí que estaba fría. Kagome se tiró del chal.

—Es tan hermosa.

—Sí, lo eres —contestó Inuyasha.

Kagome torció el gesto.

—¿En serio? ¿De verdad acabas de decir eso? Ha sido tan lindo que podría vomitar.

Inuyasha contraatacó chasqueando un dedo en el agua para salpicarle con algunas gotas. Kagome chilló, secándose con el chal. Lo miró con furia por encima del borde de la tela, cayendo víctima de su sonrisa. Con un suspiro de resignación, se inclinó hacia delante con los codos en sus rodillas.

—Hemos cambiado tanto —reflexionó.

—¿Tú crees? Yo no diría que eso haya sido muy diferente de lo habitual —contestó Inuyasha mientras dejaba los remos.

—Eso no, solamente… en general —dijo Kagome—. Ha sido un largo año. Siento que hemos… madurado. No estoy segura de que me guste.

Inuyasha se frotó la nuca.

—Bueno, tal vez… —se interrumpió. La atención de Kagome se había visto atraída hacia el borde de la bahía, donde el agua se derramaba hacia el océano—. ¿Kagome? —Al seguir la dirección de su mirada, los ojos de Inuyasha aterrizaron sobre una extraña forma que se deslizaba o por el aire o por el agua. La bahía estaba tan en calma que no lo podía precisar. Las estrellas le abrieron paso. Altas velas se inflaron, su enorme cuerpo estaba punteado con luces titilantes de lámparas—. ¿Qué es eso?

Kagome tenía el rostro endurecido.

—Es un barco. Gente de un país muy, muy lejos de aquí… holandeses, creo. Son los que vienen a vender armas. Holandeses, portugueses… todos ellos. —Kagome se puso abruptamente en pie, haciendo oscilar la barca y sacándole un grito a Inuyasha mientras intentaba estabilizarla. Sus ojos buscaron algo, lo que fuera, al fondo de la barca que pudiera usar. Algunas puntas de pescar rotas. Cogió una, echó el brazo hacia atrás y lanzó. Creó una gran onda al impactar contra el agua, pero sólo aterrizó a unos tres metros de la barca.

Inuyasha arqueó la ceja mientras la miraba.

—Inténtalo otra vez, sólo te faltaron algunas leguas.

Kagome lo miró con el ceño fruncido.

—Lo sé, pero… es el gesto. Es simbólico.

—Y una mierda es simbólico —dijo Inuyasha mientras también se ponía de pie—. Siéntate antes de que nos vuelques.

Kagome le hizo caso, ocupando de nuevo su asiento. Cuando Inuyasha extendió la mano, a ella le llevó un momento atar cabos. Le pasó una de las puntas de lanza. Con toda la elegancia que ella no tuvo para mantener la barca equilibrada, Inuyasha se echó hacia atrás, se tomó un momento para evaluar su objetivo y tiró la roca afilada. Transcurrió un momento de silencio antes de que oyeran su eco dándole a la madera del barco, seguido de un coro de voces extranjeras confundidas.

Kagome estampó la mano sobre su boca para evitar reírse con demasiada fuerza. Todo orgullo y diversión, Inuyasha sonrió mientras ocupaba su sitio enfrente de ella. Pero eso no estaba bien, Kagome se movió con cuidado por el fondo de la barca hasta que estuvo recostada contra Inuyasha, estirando las piernas para mantener el peso equilibrado. Presionó la cabeza contra su pecho.

—¿Podemos quedarnos aquí fuera para siempre? —musitó—. ¿Simplemente a la deriva?

Inuyasha presionó la boca contra su coronilla mientras alcanzaba los remos. Empezó a remar para volver a la costa.

—Quizás la próxima vez.