Eliza llegó al aviario a las 7:55. Traía sus botas de campo rojas y una camisa de manga larga. Aunque era verano, los mosquitos no la dejaban en paz ni un segundo, incluso con repelente. Cada piquete le provocaba unas ganas de rascarse imposibles de ignorar, y a las horas se convertían en ronchas. Era un precio que pagar por estar en ese paraíso.

Un muchacho rubio le devolvió la mirada. Traía tenis sucios y una playera naranja.

- ¡Ben! ¿Cómo andas? – la pelirroja se apresuró a abrazarlo.

- Super feliz de estar aquí. Ocupado con las clases y el trabajo de medio tiempo. Muchas gracias por invitarme a este proyecto.

- Qué suerte que tus vacaciones coincidieran con el programa, y que tu pasaporte esté vigente.

- Sí, ¿cómo están tus padres?

- Bastante bien. La casa rodante les estaba quedando un poco grande ya que ni Debbie ni yo vivimos ahí. Se compraron una combi y la acondicionaron para ellos dos.

Eliza consiguió una beca para hacer un voluntariado en Custepec, Chiapas. Benjamin estaba estudiando Enfermería en la Universidad Estatal de Florida. El viaje le quedaba relativamente cerca y tenía muchas ganas de ver a su amiga.

- Buen día, muchachos - un hombre de unos cincuenta años con entradas en el cabello los saludó. - ¿Listos para trabajar?

El dueño de la finca, don Brígido, coleccionaba loros cuando era legal: algunos los compraba, otros fueron donaciones de personas que los compraron como mascotas y se hartaron, uno que otro fue rescatado del tráfico ilegal. Cuando la Ley General de Vida Silvestre prohibió toda venta de psitácidos endémicos de México, don Brígido registró su casa como Unidad de Manejo para la Conservación de Vida Silvestre.

Ocho de cada diez loros sustraídos de su ecosistema morirán en el camino, pues los transportan en botellas de Coca Cola, huacales sucios, por horas, incluso días, sin agua ni alimento. Los animales rescatados ya estaban acostumbrados al ser humano y no podían ser liberados en vida libre, pero con el proyecto de rehabilitación y reproducción se esperaba reintroducir a sus crías en selvas restauradas.

La rutina diaria era cortar lo de unas dos cubetas de fruta: mango, plátano, melón, tomate y otros vegetales de temporada. Además, el día anterior cocían arroz, garbanzo, frijol, zanahoria y betabel. Lo revolvían todo y lo servían en platos de aluminio. Lavaban los platos con semilla del día anterior, tiraban la merma en la montaña de composta y servían la siguiente ronda de platos con agua. Dos horas después servían los platos con semillas y croqueta vitaminada y nuevamente lavaban los platos de fruta.

Entre las comidas se dedicaban a construir juguetes que servían para enriquecimiento ambiental, a construir perchas con troncos de madera, y a mantener en general las áreas limpias. Había un área de cuarentena en caso de que algún ejemplar se enfermara, fuera atacado por su compañero de jaula o por un depredador. Era un trabajo pesado, pero le encantaba.

Esa mañana Eliza entró a la jaula de Ara militaris, las guacamayas verdes: tenían casi todo el cuerpo color verde, la cabeza y la punta de la cola roja y parte de las alas azules.

Traía en la mano el plato de fruta, tiró el agua del día anterior, vio el suelo, anotó mentalmente que ya era necesario limpiar las excretas de las aves. Estaba a punto de salir cuando vio al frente, la guacamaya a través de la jaula. Le tomó un segundo analizar la situación: si ella estaba a dentro de la jaula, y veía a la guacamaya a través de esta, signficaba que LA GUACAMAYA SE HABÍA SALIDO.

Salió rápidamente, sentía que el corazón se le saldría por la garganta.

- Disculpa, - la chica trató de llamar su atención, usando el tono más amigable posible - ¿Podrías entrar a la jaula por favor? Me voy a meter en problemas si te ven afuera.

- ¡Soy libre, soy liiibre!

- Si pasaras toda tu vida aquí como nosotros también querrías irte - le contestó una de las otras dos guacamayas que seguían adentro.

- Sé que la jaula les queda un poco pequeña, estamos trabajando en ello. Pero puede ser peligroso para ustedes quedarse afuera- Eliza dio medio paso al frente, en automático.

- ¡Sácate a volar, mocosa!- la guacamaya abrió sus alas en posición de ataque. - Un mono sobre sus dos patas como tú me arrancó las plumas y se las colgó de las orejas. No confiamos en nadie de ustedes.

- Si me dices quién fue lo puedo reportar para que no vuelvan a lastimarte.

- O puedes dejarnos en paz - el ave se volteó para no seguirla viendo y las otras se rieron con una mezcla de satisfacción y burla.

- Okay, ya se intentó por las buenas, tendrá que ser por las malas. - tomó aire y soltó un grito - ¡Benjamin!

Esperó unos segundos, a ver si su amigo llegaba. No alcanzaba al ave desde donde ella estaba parada, y aunque la alcanzara no podría agarrarla con las manos, pues podría tirarle una mordida. Silencio, no podía alejarse, pues si la guacamaya se iba volando sería prácticamente imposible encontrarla. Sabían que en el área había un halcón, tlacuaches, o la misma gente.

- ¡Ben! - otros dos segundos- ¡Beeen!

En eso llegó Benjamin corriendo.

- ¿Qué pasó, Eliza? - se detuvo en seco- Oh, madres.

Eliza lo miró, sabiendo que no era necesario y no había tiempo de explicar.

- Espera ¿traes suéter encima?

- Ben se tocó el pecho - No. Voy a buscar...

En el segundo que Ben se dio la vuelta, la guacamaya se asustó de verlos y se subió al techo de la jaula. En eso llegaron don Brígido y su jardinero. Pusieron una jaula trampa con comida cerca, esperaban que el ave bajara sola.

Eliza y Ben se sentaron a lavar los platos. Hubo un incómodo y corto silencio, Eliza trataba de aguantarse las lágrimas, de voltear a otro lado. Se limpió los mocos, agarró aire y dijo:

- Imagina que tienes diez canicas.

- Okay.

- Cuando te aburres de jugar las metes en una bolsa. Yo no tengo esa bolsa. Se me cae una canica, me agacho a recogerla y se me caen las otras nueve.

- Eso qué tiene que ver con el ave.

- Lo que tú haces en cinco minutos, en automático, yo me tardo el doble, tengo que regresarme varias veces a revisar si lo hice bien. Era mi jaula, mi trabajo cuidarla, no puedo decir que se le haya escapado a don Brígido o a ti.

- ¿Dejaste la puerta abierta? - Ben le preguntó sin intención de recriminarle, analizando las posibilidades.

- No que yo lo recuerde, pero ese es el punto: no puedo confiar en mi propia memoria.

- Tal vez la jaula tiene un hoyo, a veces pasa.

- Sería mucha coincidencia que de todos me pasara a mí.

- Pero pudo pasarle a cualquiera, yo también me he equivocado aquí – trató de usar un tono neutro, de no ponerla más nerviosa. Quería quitarle esa ansiedad, pero no sabía cómo.

- Sí, una vez. Yo todos los días tengo un accidente, se me pierde una herramienta o me muerde un animal por meter la mano donde no debía.

- Pero…

- La puse en peligro. Se puede morir por mi culpa - los lentes se le empañaron.

Después de llevar los platos al área de preparación de alimentos, Eliza se sentó a una distancia considerable, de manera que pudiera ver a las tres guacamayas, pero que no la vieran a ella y se quedó quieta esperando. Pasados unos quince minutos se puso de pie sin quitar los ojos de la jaula.

- ¡Ben, encontré el hoyo, se está saliendo la segunda!

Ben llegó corriendo y atrás el jardinero. La guacamaya estaba sacando la cabeza por un agujero en la esquina izquierda superior de la jaula. Trajeron una escalera. Don Brígido se subió, estuvo un rato parado, esperando a que la guacamaya se acostumbrara a su presencia. Le puso un plato con semillas cerca. Ben le pasó una toalla para envolver a la guacamaya. Debbie le abrió la puerta de la jaula rápidamente para que pasara. Taparon el hoyo con una lámina y alambres, una solución temporal, pues sabían que las aves eran listas y en unas semanas romperían los nudos y volverían a tratar de escapar.

- ¿Ya ves? No fue tu culpa - Ben alcanzó a Eliza cuando todo ya había pasado. Se separaron un poco de los demás.

- Supongo. Ahí me quedé a esperar a que se le diera la gana bajar. - Le subió bastante el ánimo saber que al menos una persona del grupo la apoyaba.

- De no hacerlo, las cuatro se habrían escapado - la miró sonriendo. Quería que se sintiera útil, que supiera que su presencia era necesaria.

- Y esas habrían abierto las otras jaulas y habría una rebelión como en el Planeta de los Simios - ya estaba bastante más relajada.

- Hay que ponerles los nombres de los personajes de la película: Cesar, Rocket y Koba.


Oigan, sé que hay al menos dos personas leyendo mi fic porque lo tienen en favoritos pero no tengo reviews, y eso me… confunde jaja.

Una vez más tengo algo importante que hacer y lo estoy procrastinando, al menos de manera productiva, poniéndome a escribir después de un mes. La verdad no quiero pensar en eso porque no quiero que me salga mal, pero al ignorarlo aumentan las probabilidades de que salga mal, es una paradoja que sufrimos los neurodivergentes. Cómo salir de ahí vienen las instrucciones en el video "The wall of awful" de How to ADHD, pero no tengo ganas de verlo xd.

Ben de verdad existe, osea, existe tanto como Eliza, Debbie y todos los personajes originales. Aparece en la serie.