CAPÍTULO LIX
Yūji y Getō saltaron sobre sus asientos cuando la puerta se abrió con la digna gracia de un azote.
—¡Papá! ¡Mira quién está aquí!
Una jovencita entró al cuarto halando a Nanami por el brazo.
«¿Papá?» se cuestionó Nanami. Eso explicaba por qué ninguno de los guardias le frenó el paso mientras lo arrastraba entre los pasillos.
—Nanako, creí que volverías más tarde —Getō hizo un esfuerzo sobrehumano para no tartamudear—. ¿Y Mimiko?
—En su cuarto. Le mandé un mensaje. Ya viene. ¡Ah! —Se giró hacia el muchacho que peleó contra Panda en el ring—. ¡Tú eres el chico de la otra vez! Eras… ¡Sakuna!
—Sukuna —corrigió sin pretensión, levantando el índice—, aunque ese es mi hermano. Yo me llamo Yūji.
—Oh, ya veo. —De forma casi errática, volvió su atención a Getō, los ojos brillosos cual cielo estrellado—. Es hora de que cumplas lo que prometiste. Dijiste que cuando papá volviera, iríamos los cuatro de vacaciones a Hawai.
Getō puso de manifiesto una risilla suave y angustiosa, evocando un recuerdo específico. Jamás creyó que la falsa promesa a una niña berrinchuda de seis años, perdurara tanto en la mente de quien se había convertido en una señorita tan enérgica como despistada.
—¿Qué es tan urgente, Nanak…?
Una voz menos avivada, y de un tono más grave que la de Nanako, llamó la atención de los presentes.
—¡Mira quién está aquí, Mimiko! —exclamó Nanako con una sonrisa de oreja a oreja.
Mimiko bajó el celular que revisaba mientras iba de camino a ese sitio. No podía creer que el hombre que únicamente había visto en fotos, ahora estuviera delante de ellas.
—Tú eres…
—Niñas, ya que están aquí, ¿por qué no pasan tiempo con su primo Yūji mientras le dan un recorrido por la mansión? —Getō habló de manera apresurada, al tiempo que se ponía en pie, levantaba a Yūji y lo colocaba justo frente a sí—. Vayan, vayan, estaremos esperando aquí cuando regresen. Tómense todo el tiempo que quieran.
Empujó a los chicos sin brusquedad hasta lograr echarlos de la habitación sin parecer del todo rudo. Cerró la puerta con prontitud para hacerse entender con una indirecta de que no los quería allí.
No se movió un ápice de su sitio hasta que dejó de escuchar voces y pisadas a la distancia.
Sentía el corazón palpitar con fuerza en un sitio erróneo como era la garganta. Entre sus axilas percibía la humedad que la ausencia de vello le proporcionaba.
«Maldición, Suguru —se dijo a sí mismo—. Sabías que esto podía pasar tarde o temprano».
—Sé que esto fue… —hizo una pausa para buscar la palabra adecuada y tomar aliento—, inusual. Probablemente te preguntes qué…
—No te molestes —cortó las palabras ajenas, las suyas, por otro lado, eran firmes, frías, en un intento de ocultar un dolor incomprensible—. Y discúlpeme por tomar un lenguaje tan informal. —Se agarró las muñecas tras la espalda y separó un poco las piernas, adoptando una postura de descanso militar.
—Las adopté. —Fingió no resentir aquel cambio de actitud—. Después de limpiar el territorio de los Zen'in, dimos con bastantes de sus productos. Las niñas, entre otras personas, figuraban en el inventario, así que decidí adoptarlas.
—Señor, no hay razón de que explique sus decisiones a los empleados.
Esas palabras fueron el detonante para que Getō perdiera los estribos.
De un momento a otro, cerró la distancia que los separaba. Cargó todo su vigor y frustración en un solo brazo. En un parpadeo, impactó la palma de la mano contra la mejilla de Nanami. Unos anteojos salieron despedidos por los aires. Al caer, una de las micas se zafó de la montura.
—¡Por un demonio! ¡¿Acaso has olvidado cuántas veces me acosté contigo?! ¡¿Cómo te atreves a hablarme con propiedad justo ahora, Nanami?! ¿Cómo te atreves a poner esa distancia?
Cada grito, cada palabra, fue lacerante para Nanami. No necesitaba ver a Getō para saber cuán colérico se hallaba. Conocía a la perfección cada uno de sus gestos, cada una de sus miradas.
Con los ojos abiertos de par en par, giró lentamente el rostro, como si un movimiento más rápido o brusco le fuera a lastimar el cuello.
Fue cuando sus miradas se encontraron, que la bofetada comenzó a escocer, a arder y abrasar cada uno de sus órganos.
Getō respiraba de manera profunda, constante y, a veces, cortada. Agitado y con el entrecejo fruncido, de sus oscuros ojos afilados resbalaron dos gotas saladas que pronto dejaron de fluir, cayendo tristes al suelo.
Nanami supo entonces que una puñalada, inclusive una herida de bala, dolía menos; había recibido varias, pero era la primera vez que contemplaba las lágrimas de Getō.
Los brazos le cayeron a los costados. Las piernas le flaquearon. Antes de que sus rodillas tocaran el suelo, Getō lo agarró por la camisa y lo estampó contra la pared.
—¡Ni se te ocurra ponerte de rodillas o pedir perdón justo ahora! ¡Porque te mandaré al infierno en el momento en que lo hagas! ¡¿Entendiste?!
—Suguru… —frenó en seco lo que planeaba decir, pues notó los indicios de algo que le revolvió con violencia el estómago.
Sus sospechas se confirmaron cuando Getō recargó el rostro sobre el espacio formado entre su cuello y el hombro, y al poco tiempo comenzó a sentir húmeda la camisa.
—Encima te atreves a… —le costaba trabajo proferir oraciones completas a causa del desasosiego—, reportarme el estado de mis sobrinos y el de Satoru… cuando tú eres igual o más de imbécil que él.
—Tus órdenes fueron que…
—¡Sé lo que te ordené!
«¿Un berrinche? ¿Justo ahora?». Como si no tuviera suficiente información para procesar en ese preciso instante, Nanami dudó de la madurez del adulto al que sostenía entre sus brazos.
«¡Momento! ¡¿Cuándo fue que…?!». Recién se percataba de que, por memoria muscular, había abrazado el cuerpo contrario.
Quiso soltarlo, pero sus manos no le respondieron. Era como si tuvieran vida propia.
Dejó de aferrarse a las indicaciones de su pulcra formación y etiqueta para eliminar el espacio restante entre él y el hombre que nunca dejó de robarle el sueño.
Le frotó la espalda con gentileza.
—Hablabas con tanta casualidad que… Por un momento creí… Bueno… —Lejos de hablar con dudas o ser un cobarde, no sentía seguridad al proferir las palabras. Él, que siempre gozó de un amplio léxico y refinado vocabulario—. Pensé que no me querías cerca.
—¿Y qué? ¿Planeabas que hiciera esto frente al chico? Todavía puedo mandarlo traer y repetir. Muero por abofetearte de nuevo.
Nanami se estaba enfrentando a un Getō desconocido. No sabía si lo dicho era un regaño o ironía; se encontraba a medio camino entre la reprensión y el sarcasmo.
—¿Decías algo de las niñas? —Tenían mucho de qué hablar y Nanami no contaba ni con la más remota idea de por dónde comenzar.
—¿Podrías pretender que eres su padre?
—Ok, ¿qué está pasando aquí? —No estaba en posición de negarse, aunque recibir algo de contexto tampoco vendría mal—. Primero que nada, ¿por qué adoptaste niñas si ellas no pueden heredar tu cargo?
En lugar de responder, Getō se separó de Nanami con desgana. El llanto había cesado y no fue tan duradero o intenso como para dejar hinchazón en la zona circundante.
Se dirigió a la cabecera de la mesa, retomando su lugar.
—Toma asiento. —Con la palma de la mano extendida señaló el cojín contiguo, donde Yūji se acomodó en su momento.
Nanami supo que esa no sería una plática sencilla y sin cuestionamientos.
Getō miró al techo en un vago intento por buscar ayuda divina. Imaginó esa charla, ese momento, cientos de veces en su cabeza. ¿Quién diría que sería tan complicado transportarlo a la vida real?
—Ellas son Mimiko y Nanako. Sus padres eran deudores de los Zen'in. Cuando las encontré tenían tres años; al parecer, iban a subastarlas pronto. Al inicio, planeaba mandarlas al orfanato, pero a los pocos días decidí traerlas conmigo.
—¿A la casa central?
Getō asintió.
Aquello le pareció raro a Nanami. Él permaneció semanas a su lado después del incidente y nunca vio a las chiquillas.
—¿Pretendías entrenarlas para el espionaje?
Getō agitó la cabeza con suavidad.
—Pretendía que estuvieran contigo…, con nosotros —se corrigió.
—Suguru…
—Muchas veces fui testigo de la expresión que ponías cuando Jin hablaba de sus hijos o te mostraba fotos de ellos —explicó, era ahora o nunca—. Pensé que si podía darte una familia, aunque fuera artificial, serías capaz de experimentar la misma felicidad que él. Además, parecía ser una señal. Son gemelas. Demasiada coincidencia para ser verdad, ¿no lo crees?
»Desde siempre has demostrado tener un gran instinto paterno y no quería que lo suprimieras. Pensé que un niño sería problemático porque podrías tratarlo como mi sucesor y, quizá, habrías decidido ser estricto con él en lugar de disfrutarlo.
»Como bien lo dijiste, las mujeres no pueden heredar mi posición (así son las reglas), por lo que ellas eran perfectas. Podrías bajar la guardia, relajarte un poco, disfrutar más la vida. Pero, al final, las escondí. El día que planeaba introducir el tema de forma indirecta, fue cuando descubrí tu adicción por la coca.
—No era una adicción.
—Por favor, ¿a quién quieres engañar?
Nanami tuvo que morderse la lengua para no hablar. Sabía que no los llevaría a ningún lugar el pelear por un tema que debía ser sepultado.
—En fin —continuó Getō—, supuse que si el cumplir a la perfección tu deber como mi mano derecha te estaba llevando a eso, nada bueno saldría de agregar un par de niñas a la ecuación.
No deseaba admitirlo, pero Getō tenía razón. Por aquellos días los Kamo atravesaban una situación complicada a causa de los supervivientes de los Zen'in. Los asesinatos estaban a la orden del día y algunos individuos tomaron un papel kamikaze para acabar con cuantos pudieran.
Ante la desesperación de perder lo más preciado que tenía, Nanami comenzó a consumir drogas estimulantes para mantenerse despierto y alerta más allá de sus capacidades físicas y mentales. Funcionó de maravilla al inicio; no obstante, nada tan bueno podía ser para siempre y las consecuencias superaron a su fuerza de voluntad con creces.
Cerró los dedos sobre las piernas con fuerza. ¿Frustración? ¿Ira? ¿Decepción? Tal vez experimentaba todo eso y más. Era un hecho que, en aquel tiempo, Getō nunca dejó de pensar en él y en cómo hacerlo feliz dentro de sus posibilidades.
Sin embargo, si Nanami dejó la mafia sin saber de las niñas, ¿cómo era posible que ellas sí supieran de él?
—Ambas parecían conocerme. —Una lo arrastró con mucha emoción por toda la mansión y la otra lo analizó de pies a cabeza como si tuviera delante a un fantasma.
—A-ah, eso. —Una sutil risa nerviosa no tardó en aparecer—. Supongo que es fácil asumir que los niños son curiosos por naturaleza. Una de ellas encontró unas fotos tuyas mientras esculcaba mis cosas hace muchos años.
—¿Guardas fotos mías?
—Eso no es lo importante de la historia. Concéntrate. —Regresó la conversación a su cauce para evitar exponer la falta que le hacía (sentimentalmente hablando). No se aferraba al pasado, aunque era innegable que los recuerdos mantenían su cordura.
—Encontró fotos mías —repitió, incitando al otro a proseguir con un movimiento de mano.
—Sí… Al inicio no supe qué decir, pero terminé convenciéndolas de que eras su otro padre y que te encontrabas lejos por trabajo. Después lo razoné mejor. Si me hubiese ocurrido algo fatídico, ellas habrían necesitado un apoyo y tú eras la mejor opción, así que… —dejó inconclusa la frase adrede.
—Comprendo —respondió solemne, las manos entrelazadas sobre la mesa—. Sólo por curiosidad, ¿qué fotografía encontró?
—¿Recuerdas cuando fuimos a Hokkaido?
—Claro.
—Fue la que te tomé en el puente.
Una incómoda tensión decidió pulular cual mosca en el aire.
Ese viaje permanecía con más claridad que cualquier otro en las mentes de ambos por un suceso muy peculiar. Para Nanami, lo que ocurrió aquel día fue razón suficiente para mandar su responsabilidad como guardaespaldas y kobun al carajo, y decretar en lo más profundo de su ser, que pondría la vida en juego para proteger a Getō de cualquier mal.
Hace diecisiete años.
En algún lugar de la isla de Hokkaido, una habitación de hotel resguardaba a un par de jóvenes del clima invernal que asolaba la ciudad.
Nanami dejó la gabardina en el perchero. Usaba pantalones de vestir gris claro, con un térmico ceñido al cuerpo debajo; la playera negra ajustada delineaba con elegancia su trabajado cuerpo, aún con las mangas largas y el cuello alto se notaban los frutos del ejercicio.
Getō recién salía de tomar un baño. Una bata blanca que le llegaba arriba de las rodillas era lo único que cubría su cuerpo. El cabello, húmedo y suelto, no alcanzaba a rozar los hombros; con una mano se lo echó hacia atrás para seguir contemplando una imagen grabada en papel fotográfico.
—¿Podrías dejar de mirarla conmigo presente?
—¿Celoso de ti mismo? No creí que eso fuera posible —canturreó Getō, con una sonrisa de intenciones dudosas mientras observaba a su pareja llevarse una mano a la cintura y reprocharle con la mirada.
Por la tarde habían pasado a recoger la dichosa fotografía de un negocio de revelado digital. Esta exhibía a Nanami con gabardina y un conjunto similar al que llevaba ahora, sólo que en tonalidad ocre; la pose grabada fue en movimiento, a medio camino de meter las manos en los bolsillos, con un sutil ondeado de la parte inferior.
Getō lo capturó infraganti con la cámara que llevó sin notificar a su guardián. Después, insistió para que se tomaran una juntos. Nanami le hizo desistir, pues debería pedir ayuda a un transeúnte y sería complicado explicar el por qué deseaban retratarse en una postura de tinte romántico.
Si bien, nadie hacía tales aclaraciones, lucía como algo polémico, pues Nanami había llevado una vida dura que adicionó más años a la edad que realmente tenía y se le notaba; Getō, por otro lado, celebraba su cumpleaños número quince ese día, era un adolescente en toda regla.
—Si quieres seguir con eso, adelante, pero ven a ponerte ropa primero. No quieres terminar resfriado —indicó, tomando asiento sobre la cama, por un lado de las prendas del chico.
Getō se acercó hacia él con parsimonia, por lo que tomó el bóxer para comenzar a vestirlo. Prepararlo cada mañana y dejarlo presentable según la ocasión era parte de sus deberes y obligaciones desde que comenzó a servirle cinco años atrás.
Colocarle la ropa interior sin retirar la bata evitaba que viera los genitales. Pese a llevar un año de relación, respetaba a Getō como su superior, inclusive le hablaba como tal cuando no se hallaban a solas.
Planeaba agacharse para comenzar con su labor; sin embargo, Getō lo frenó por los hombros y lo empujó hacia atrás hasta lograr acostarlo. Subió a horcajadas sobre su abdomen y, aunque sorprendido de que el muchacho iniciara un beso, no lo detuvo ni lo reprendió. Respondió con calma, saboreando paciente la calidez de los labios ajenos.
Getō esperó que Nanami avanzara más dada la situación. Esperó. Esperó. Y se quedó esperando. Decidió tomar las riendas de una relación, que en ocasiones —como esa— se sentía unilateral. Agarró una de las muñecas de su pareja para hacer que le tocara una pierna y poco a poco la deslizó hacia el glúteo.
Nanami apartó el tacto y alejó al chico al empujarlo por el pecho sin la brusquedad necesaria para considerarse tosco o desdeñoso.
—Getō, creo que…
—Suguru —indicó—. Me pareció haber sido muy claro cuando dije que quería que me llamaras por mi nombre en momentos como este.
A Nanami le sorprendía cómo podía ser laxo y desentendido para ciertas cuestiones de la yakuza, a la par de demandante y autoritario en situaciones arbitrarias como esa.
—Suguru —repitió, sintiéndose menos extraño que las primeras veces en las que usó ese nombre; no se acostumbraba del todo—, creo que deberías tomarte tu tiempo e ir más despacio.
—¿Ir más despacio? Pero si llevamos un año saliendo. ¿Cuánto más tengo que esperar? —Le parecía extraño que Nanami, siendo ocho años mayor, no quisiera ir más allá—. ¿Tanto detestas tocarme?
—Por supuesto que no. —Se incorporó, dejando al otro sentado sobre su regazo.
—¿Entonces qué es? Creí que no avanzábamos más porque podrían descubrirnos en la Casa Central, pero aquí no hay nadie y aún así te rehúsas a tocarme. No respondes a mis provocaciones, ni siquiera profundizas un beso —No era un reclamo como tal, su voz carecía de drama y despecho, aunque ciertos tintes de pesar y frustración se hallaban presentes—. Dime la verdad, ¿haces esto porque tu trabajo es estar conmigo? ¿Porque no tienes permitido rechazar mis peticiones? ¿Que yo te pidiera ser mi novio se sintió como una orden para ti?
—No. Nada de eso.
—¡¿Entonces cuál es el problema?!
—No es un problema como tal, es sólo… Eres demasiado joven. —Vio a Getō bajar la mirada con una mezcla de decepción y zozobra. Le sentó fatal ser la causa de los altibajos emocionales del chico de su devoción, pese a saber lo bien que este los manejaba—. Pero no me malentiendas. No quiere decir que te vea como a un niño. Pienso que deberías tener otras experiencias para saber si esto es lo que quieres.
—¿Y cómo quieres que tenga esas experiencias si no me dejas fajar ni tener sexo contigo?
Nanami se ruborizó. Era un buen argumento.
Por la forma en la que fue criado, Nanami profesaba la etiqueta, el código ético y las habilidades de un yakuza experimentado; no debía pensar en nada que no fuera servir y proteger a su señor.
Todo se fue al garete cuando su señor le declaró sus sentimientos el año anterior. Al inicio dudó de sus acciones, pues, además de sí mismo, no conocía a nadie más que fuera homosexual y sabía de sobra que exteriorizarlo sería su perdición.
Nanami supo desde temprana edad su orientación sexual. Descubrirla fue fácil y complicado a la vez; fácil, porque sentir atracción por los modelos de ropa interior masculina lo orientó bastante, así como el día en que una chica quiso llevárselo a la cama y experimentó cierta repulsión; complicado, porque nunca tuvo oportunidad de pensar en la forma correcta de asimilarlo, tan sólo lo suprimía lo mejor que podía.
No obstante, Getō causó estragos en él. Siempre le pareció hermoso. Supo desde el primer instante que gozar del privilegio de cuidar a tan elegante criatura era lo mejor que le pudo pasar en la vida. Conocerlo cada día más a profundidad hizo que cayera a sus pies. Amaba su carácter, sus gestos, la manera en que maduraba física y mentalmente. Jamás lo exteriorizaría, pero el interés que tenía por su señor era cada vez más intenso y más íntimo de lo que se le tenía permitido vivir.
Le tomó por sorpresa ser la diana hacia la que Getō dirigió sus emociones. Sabía que no era correcto. Sabía que no debía aceptarlo. Sabía que lo correcto era pisotear su propia alma y hacer que el chico recorriera el camino que todo oyabun estaba destinado a seguir.
Sin embargo, el anhelo de amar con locura por una vez en la vida sobrepasó todos y cada uno de sus principios.
Getō no era un simple hombre con el que podía sacar sus deseos más reprimidos; era el muchacho del que se había enamorado, aún si eso resultaba detestable e inmoral debido a la jerarquía y la diferencia de edad —que no era demasiada—, el problema era que Getō tenía catorce, bueno, quince ahora y, según los textos que había revisado, no se hallaba en una etapa que se caracterizara por una magnífica toma de decisiones.
Temía desgraciarle la vida a su chico por dejarse llevar.
Getō dejó escapar una risa forzada, casi dolorosa antes de hablar.
—Sabes, cuando me confesaste que eras gay, creí que esto sería más fácil para ambos —sentía un nudo en la garganta y una revoltura en el estómago que le producía un terrible malestar—, pero cada día siento que te cuesta más trabajo estar cerca de mí. Me miras lo mínimo al vestirme, apenas para saber qué prenda pones; nunca he sentido tu lengua en un beso, los mantienes lo más superficial posible; evitas el contacto físico entre menos ropa tengo encima y te cuesta dejar la formalidad de lado incluso cuando estamos solos. Sé honesto, Nanami. Tú… Accediste a estar conmigo para complacerme, ¿no es verdad?
—Se equivoca.
Como si los ojos de Getō no fueran, de por sí, pequeños, Nanami vio cómo éstos se afilaron en señal de molestia y frustración.
—Es sólo… —No quería decirlo. Era su mayor secreto y contra lo que había luchado más de un año.
—¿Qué? Dilo —su voz, serena y de toque juguetón de momentos atrás se había esfumado, sonando más irritado y demandante.
Nanami posó la frente sobre el hombro opuesto y suspiró, abandonando el orgullo que debía anteponer sin importar la razón.
—No podré contenerme —confesó—. Si me muestras más piel de la necesaria; si te pongo las manos encima… No podré resistir mucho más.
Podría ser a causa de las malditas hormonas de adolescente, pero a Getō le subió la temperatura de golpe tras escuchar aquello.
Se acercó al oído contrario y, pese a que su voz se encontraba a medio camino de ser profunda y cautivadora, habló con una sensualidad natural que sólo afloraba con Nanami.
—¿Sería más fácil para ti si te lo ordeno?
Nanami abrió los ojos, los cuáles exhibieron una inusual mezcla de extrañeza, súplica y emoción. Elevó el rostro, fue cuestión de segundos quedar a escasos centímetros del contrario.
—Fóllame —ordenó Getō, sin vacilar—. ¿O prefieres que lo diga de una manera más cursi? Hazme el amor, Nanami —canturreó el nombre—. También te puedo dar una versión más vulgar. Escucha: me urge que uses tu enorme polla para romper mi c…
Nanami le cubrió la boca con una mano. Se le notaba el sonrojo hasta las orejas. Le avergonzó escuchar tales cosas de la boca que moría por devorar.
—Tienes prohibido usar un lenguaje tan impúdico.
—¿Y qué harás si me niego? —inquirió, descubriéndose la boca sin mucho esfuerzo—. ¿Vas a castigarme, papi?
Nanami se mostró incómodo. Getō lo notó de inmediato, por lo que dejó escapar una risa lacónica.
—Creí que ayudaría a mejorar el ambiente. —No debió intentar apresurar las cosas.
—Suguru tú… ¿Has estado viendo porno? —Porque esas líneas no eran propias de un futuro oyabun.
—Un par de videos —declaró sin pena ni gloria, los hombros encogidos—. Creí que encontraría algo de utilidad. Ya sabes, porque somos chicos y el sexo anal se lleva acabo por un lugar que comunmente es una salida, no una entrada.
—Oh, por Dios —susurró para sí mismo, consternado ante la clase de perversiones que podría haber consumido su joven amo.
—¡N-no es como si hubiera un manual al respecto, sabes! —exclamó, intentando ocultar el nerviosismo con una subida de tono—. Uno hace lo que puede. En todo caso —cambió de tema, a la par que intentaba calmarse—, ahora que todo está resuelto, vamos a hacerlo, ¿cierto?
Mientras ordenaba sus pensamientos, Nanami observó las clavículas contrarias y la ausencia de vello en el pecho. Su piel lucía tan nívea y tersa, que tuvo ganas de morderla.
—Antes, ¿qué posición te gustaría tomar? Creo que deberíamos empezar por definir nuest…
—Pasivo —agregó al instante. Un cosquilleo presentado en la boca del estómago no tardó en aparecer ante la idea de que estaba a punto de hacer realidad sus sueños eróticos con Nanami.
—Sí —agregó, como si le hubieran dado una indicación. No debía sorprenderse por la respuesta, en especial porque momentos atrás Getō fue muy claro (y vulgar) con lo que quería que le hiciera—. Entonces podríamos volver a la ducha. Supongo que unos cuántos videos no te aclararon cómo asearte antes de…
—Los videos no —interrumpió de nuevo—. Los actores sí. Hablé con unos cuantos.
—¿Cómo? Más bien, ¿cuándo? —Por motivos de seguridad, no se despegaba del chico… casi nunca.
—Ah, fui con Satoru y Shōko a curiosear sobre la industria del cine para adultos que depende de la familia Kamo —explicó—, aunque ellos preguntaron y luego me contaron. Hubiera sido sospechoso que yo le pidiera indicaciones a algún actor para saber cómo prepararme para que me dieran por detrás.
Nanami experimentó cierto deje de orgullo al saber que Getō no erraba tanto sus decisiones ni siquiera por andar de caliente.
—¿Por eso tardaste tanto en el baño?
—Por supuesto. Debía limpiar muy bien, en especial porque… Bueno, olvidé comprar condones.
Nanami era el encargado de costear todo cuando estaban juntos. Como cualquier miembro de los Kamo pagaba por lo que Getō deseara, él llevaba un buen rato sin cargar billetera o algún tipo de forma de pago en general.
En Hokkaido, entró y salió de una farmacia al descubrir que no llevaba dinero encima. Incluso su primera noche en el hotel perdió la oportunidad de robar la billetera de Nanami, porque se levantó a media noche para ir al baño y volvió en calidad de zombi a la cama. A la mañana siguiente cayó en cuenta de que su plan de obtener dinero para condones se había ido al demonio.
—Entonces, el lubricante…
Getō levantó un índice para hacer una pausa. La bata tenía bolsillos y en uno de éstos se hallaba un tarro con vaselina que había tomado del botiquín de primeros auxilios de la habitación.
—Supongo que servirá para esta noche —dijo Nanami en voz queda, tomando el recipiente para colocarlo por un lado.
—No te veo muy entusiasmado —reprochó mientras le retiraba los anteojos para depositarlos sobre el buró aledaño.
—Sigo pensando que deberíamos esperar a que cumplas unos diecisiete como mínimo. —Cada vez le costaba menos trabajo tratar esos temas de frente.
Al inicio le causó conflicto por temor a que Getō recurriera a una rabieta, así que le resultó inaudito obtener una conversación civilizada, sin berrinches de por medio. Inusual para un joven amo al que se le da todo a manos llenas.
—Dime una cosa. ¿Cuánto tiempo planeas mantenerte a mi lado? —preguntó Getō.
—Mientras yo respire, cada pensamiento y cada acción estarán destinadas para el beneficio de mi señor.
—Sí, entiendo muy bien los votos de Nanami Kento, el mayordomo yakuza que me dieron cuando cumplí diez años. Tienes una buena memoria para recordar cada palabra. Ahora quiero que me conteste el Nanami que tiene emociones y sentimientos.
Fue difícil para Getō soportar a su niñera robot en el pasado y también sabía que para Nanami era complicado comportarse como un ser humano con voluntad propia.
Incluso en momentos tan íntimos como ese, sabía que los conflictos mentales que su novio podría estar experimentando eran el resultado de la crianza tan rigurosa e inclemente que tuvo con el objetivo de servirle.
—Todos y cada uno de mis días. Incluso si me alejaras de tu vida, no podría hacer más que pensar en ti cada mañana.
—¿Sólo en la mañana?
—Apagas la alarma y te rehúsas a salir de la cama. Mi primer pensamiento al abrir los ojos es que debo ir a levantarte. Si una costumbre de veinte días es difícil de dejar, imagínate algo que has hecho por cinco años (y los que faltan).
Getō no rodó los ojos sólo porque era cierto.
—Sabes, a veces pienso que es un desperdicio que un hombre tan sexy como tú sea tan escueto y poco romántico.
—Tú fuiste quien preguntó.
—¡No me refería a eso! —Inhaló y exhaló con calma—. El punto aquí es: ¿qué importa empezar un poco antes o un poco después si vamos a estar juntos toda la vida? Es más, me hubiera declarado desde los doce de haber sabido que me corresponderías.
Nanami desconocía si Getō no dimensionaba el impacto de su revelación, pero para él, la impresión fue tal que le dejó mudo durante algunos instantes. ¿En verdad le gustaba a Getō desde entonces? ¿Por qué nunca lo notó? Si nunca le costó trabajo saber lo que Getō tenía en mente. Era como un libro abierto (muy a su parecer).
Getō dejó de lado el diálogo. Necesitaba avanzar más. Tomó el borde de la playera opuesta y comenzó a deslizarla hacia arriba hasta retirarla, obteniendo el magnífico cuadro de un torso marcado y bien trabajado.
Posó las palmas de las manos sobre las abdominales y las recorrió hacia arriba, deleitándose con la firmeza de los músculos. Se le hizo agua la boca.
Nanami ahogó un jadeo profundo. Por la forma en la que Getō lo tocaba y lo veía, podía asegurar que llevaba un tiempo queriendo hacer eso.
Saberse y sentirse deseado era algo nuevo para él.
Metió una mano bajo el cabello oscuro y húmedo, controlando así la inclinación de su cabeza.
Juntar sus labios no fue novedoso. Getō pensó que se mantendrían así por un tiempo, como era usual, hasta que de buenas a primeras la lengua de Nanami se deslizó dentro de su boca, buscando acariciar la propia sin timidez ni reparos, arrancándole un jadeo sorpresivo y gozoso.
Su cuerpo se estremeció. Comenzó a notar una palpitación y un calor peculiar incrementándose en la entrepierna.
No sabía en qué centrarse, por lo que la saliva acumulada, producto de un sensual delirio, comenzó a derramarse y escurrir en dirección a la barbilla.
La humedad hizo que ambos se separaran sin decir una palabra.
Getō se enorgulleció de provocar el sonrojo de Nanami.
Nanami se fascinó al ver a Getō completamente agitado, incapaz de respirar por la nariz.
Sin desviar la mirada, con una mano desató la bata y, con la otra, tomó el extremo inferior para limpiar el rostro de su chico.
Echó un vistazo rápido hacia abajo. No planeaba agobiarlo o incomodarlo al fijar los ojos más de la cuenta en un área en específico, mas no pudo ocultar la sorpresa de ver al chico erecto.
—Sólo por un beso… —pensó en voz alta.
—¡F-fue la emoción del momento! —espetó—. Y no voy a ser el único.
Con esa última declaración, se abalanzó dispuesto a todo, a cruzar esa última línea.
Esa noche se convirtió en la memoria más hermosa y dolorosa de Nanami. Se sentía indigno de evocar el recuerdo de todo lo que vivió esa noche, porque se convirtió en la persona más dichosa y afortunada sobre la bendita Tierra, y desde hacía tiempo había perdido el derecho de sentirse como tal.
Cada mañana, su primer pensamiento era una súplica; daría hasta el alma con tal de entrar a la habitación de Getō una vez más, y discutir con un rollito de cobijas parlantes que se negaban a abandonar la cama.
