PROPUESTA IRRESISTIBLE

Por: Tatita Andrew

Capítulo # 14

Candy miró distraídamente al hombre de mediana edad de patillas anchas y tiesas. Sin saber que era observado, alejó la silla para que la dama que lo acompañaba pudiera levantarse de la mesa frente a la que ocupaban Candy y Rebecca. Su levita se balanceaba sobre la parte posterior de sus rodillas.

Una semana.

Había pasado exactamente una semana desde la primera clase de Candy y Albert. Parecía que había transcurrido un año, cien años. Y aunque fingiera que nada había sucedido, sabía que no podía volver atrás y ser la misma mujer de antes.

— Candy, no estás escuchando nada de lo que te digo. Te comentaba que irás al baile de la marquesa. Aunque es bastante antipática, hay que considerar que está emparentada con la realeza.

—Discúlpame, madre. —La excusa salió de forma automática. Mirando a Rebecca directamente a los ojos, Candy se llevó la taza a los labios y tomó un sorbo del te frio e insípido. El súbito deseo de tomar un café turco caliente fue casi insoportable.

—Tú y Neal cenaréis con los Hammonds esta noche.

No me tomaré el trabajo de irme a la cama contigo de nuevo solamente para que puedas acostarte con un hombre

Una náusea subió a la garganta de Candy al recordar las palabras de Neal, que, a pesar de sus vanos esfuerzos, no podía olvidar. Dejó cuidadosamente la taza sobre el platillo.

—Madre, me quiero divorciar.

Se oyó un estrépito, la taza de Rebecca. El platillo yacía sobre la alfombra de color rojo oscuro en donde había caído mientras el líquido y los fragmentos de porcelana delicadamente pintada se esparcían por el suelo.

Se hizo el silencio en el restaurante mientras la gente se giraba en sus asientos para ver qué había sucedido. Al instante, un camarero se apresuró a recoger los desperfectos. Candy se daba cuenta perfectamente de la mirada de los demás. Pero todavía era más consciente del rostro paralizado de su madre.

De pronto, el maitre calvo se inclinó delante de Rebecca mientras colocaba sobre la mesa otra taza.

—Este camarero torpe —dijo, como si el hombre arrodillado en el suelo fuera responsable de la taza rota—.

—Por favor, espero que pueda disculparnos, madame. No volverá a suceder. ¿Desea tomar algo más? Sin cargo, por supuesto...

—Mi hija y yo no necesitamos nada más, gracias. —Rebecca no miró ni una sola vez al maitre. Sus ojos color esmeralda estaban clavados en Candy —. Puede retirarse.

—Muy bien, madame.

El maitre se inclinó varias veces; en su brillante calva se reflejaba la luz. El camarero reunió rápidamente la porcelana rota y limpió el té derramado sobre el suelo. Los ojos curiosos, al comprobar que nada interesante había sucedido, volvieron, dejando a Candy y a Rebecca solas de nuevo.

Con tranquilidad, Rebecca estiró la mano para coger la tetera de porcelana y llenó su taza.

—Olvidaremos lo que has dicho, Candy.

Candy intentó tragar a pesar del nudo que se le había formado en la garganta.

—Soy una mujer, madre, no una niña. No quiero ser ignorada.

Rebecca apretó los labios, soplando delicadamente sobre su té antes de tomar un pequeño sorbo.

— ¿Acaso Neal te pega, Candy?

Los dedos de Candy se aferraron espasmódicamente alrededor de su taza.

—No, por supuesto que no.

—Entonces no veo motivos para pedir el divorcio.

Respiró hondo, sufriendo por lo que iba a decir, pero después no hubo necesidad, porque aunque quisiera, ya no podía evitarlo.

—No ha venido a mi lecho desde hace más de doce años.

Rebecca volvió a colocar la taza sobre el platillo con un estrépito seco. El sonido retumbó una docena de veces en el restaurante, detrás de Candy, a los lados, frente a ella.

—Las mujeres decentes darían gracias a Dios cada mañana y cada noche por la suerte que tienes.

Candy hizo una mueca de dolor por las implicaciones que suponía el no ser «decente». Alzó la barbilla decididamente.

—Aun así, quiero el divorcio.

—Arruinarás lo que tu padre y tu esposo se han esforzado tanto por conseguir.

La furia luchaba con el remordimiento que las palabras de su madre le causaban. ¿Y qué hay de mí, madre? ¿Acaso no merezco nada? Se niega a venir a mi cama, pero al mismo tiempo tiene una amante. Yo... no está casi nunca en casa.

—Los hombres hacen lo que tienen que hacer. Tuviste un hijo, ¿qué más puedes pedir?

¡Un hombre!

Un hombre que la amara.

Un hombre que compartiera su lecho con ella y fuera un padre para sus hijos antes de que fueran demasiado mayores para necesitarlo o para que les importara tenerlo.

—Neal vino a mi lecho cuando supó que mi hijo se estaba muriendo.

Candy intentó que el horror y la indignación no se colaran en su voz, pero no lo logró.

No me dio un hijo a mí, madre, o un nieto a ti, les dio una familia a sus votantes.

Rebecca levantó la servilleta y la apretó contra su boca para secarse.

—Poco importa la razón por la cual tu esposo te haya dado un hijo, Candy. El hecho es que podrías tener hijos sanos con todas sus necesidades cubiertas. ¿Cómo crees que les afectará tu decisión? Sufrirán. La sociedad en la que tan cómodamente viven los rechazará. Sus vidas quedarán arruinadas.

Candy recordó el ojo morado de Richard; el aspecto demacrado; las palabras de la condesa: No fue la comodidad la que me impulsó a enviar a mi hijo a Arabia, sino el amor.

—Ya sufrió todo lo que tuvo que sufrir con su corta edad.

—Hacemos lo que podemos con lo que tenemos, Candy. Es todo lo que una mujer puede hacer.

No, no era todo lo que una mujer podía hacer. Una mujer no merecía que su cuerpo y sus deseos fueran ridiculizados.

Una mujer se debía a sí misma exigir fidelidad.

—Tal vez algunas mujeres. ¿Crees que papá me ayudará? ¿O debo buscar un abogado?

—Lo comentaré con tu padre cuando tenga tiempo

Como si las necesidades de Candy fueran insignificantes frente a las necesidades del país.

¡Toda su vida había ocupado un segundo lugar! Sólo por esta vez...

Candy respiró hondo.

—Gracias, madre. No puedo pedir más.

—Realmente debemos ir a ver al sombrerero. —Rebecca dejó caer su servilleta sobre la mesa, junto a su taza, y movió la silla levemente hacia atrás—. Quiero un sombrero nuevo para el discurso que tu padre dará este miércoles.

El maitre apareció de inmediato para ayudar a desplazar la silla de Rebecca. Se puso los guantes mientras Candy se levantaba con dificultad, entorpecida en lugar de asistida por el maitre.

Candy observó a su madre mientras alisaba las arrugas de sus guantes con calma, como si fuera lo más importante del mundo. Más importante que una hija. Más importante que un divorcio.

— ¿Cambiarías algo de tu vida, madre?

— ¿Alguna vez te dio papá un solo momento de éxtasis que no cambiarías por todos los días de tu vida?

Pero Candy conocía la respuesta. La misma respuesta que ella misma habría dado si le hubiesen preguntado.

Rebecca hizo una pausa mínima mientras se arreglaba.

—El pasado no puede ser cambiado. —Levantó las manos, reajustó hábilmente el ángulo de su sombrero—. Cuando aceptes eso, te conformarás.

—Entonces, madre, tal vez sea mejor que las mujeres no nos conformemos. —La voz de Candy estaba inusitadamente crispada—. De otra forma, no tendríamos a alguien como la señora Butler, que en estos momentos está cambiando la ley.

Rebecca salió del restaurante. Candy la siguió, poniéndose los guantes mientras caminaba.

No se volvió a mencionar el divorcio. Ni entre los cortos trayectos a las diferentes tiendas. Ni durante el trayecto más largo a casa de su madre.

El carruaje giró en una esquina. Elizabeth Candy se aferró a la manija del carruaje.

El rostro de Rebecca en la penumbra oscura era blanco como una calavera.

— ¿Deseas entrar y tomar el té, Candy?

—No, gracias, madre. Tengo que ir a casa y vestirme para la cena.

—Ted Hammond es un joven ambicioso. Será muy beneficioso para Neal.

—Sí.

— Candy.

Los dedos de Candy se endurecieron en torno a la manija.

— ¿Sí?

— ¿Tu decisión no tendrá nada que ver con lord Andrew?

¿Lo tenía?

¿Estaba pidiendo un divorcio a causa del rubio Bastardo... o a causa de Neal? ¿Porque había aprendido que una mujer no era sexualmente depravada por buscar la satisfacción... o porque deseaba a su tutor?

Podía sentir los ojos de su madre en la oscuridad... y recordó su mirada feroz cuando había hablado con el rubio Bastardo.

—Dijiste que un hombre como él no podía estar interesado en una mujer como yo, madre.

—También tú dijiste que lo hallabas atractivo.

—Y es cierto. Pero Neal también es un hombre muy atractivo.

Y si su apuesto esposo no se iba a la cama con ella, ¿por qué habría de hacerlo el rubio Bastardo?

Candy hizo una mueca de disgusto. Especialmente si la veía desnuda.

—No permitiré que un hombre como él ponga en peligro las carreras de tu padre y de tu esposo.

El coche se detuvo de golpe.

—Lord Andrew no tiene nada que ver con las carreras de Neal o de papá.

Eso, al menos, era cierto.

La puerta del carruaje se abrió. El aire frío y la creciente neblina invadieron el interior.

—Tengo paquetes en el portaequipajes, Wilson.

El mayordomo, un viejo empleado de la familia, se inclinó brevemente antes de ofrecer su mano para ayudar a Rebecca.

—Muy bien, madame.

—Buenas noches, madre.

— Candy —Rebecca hizo una pausa en la entrada del coche.

Candy sintió que su cuerpo se tensaba.

— ¿Sí?

—Los hombres son egoístas. No pondrán por delante los intereses de un niño antes que los suyos propios. Ese es el deber de una mujer. Un hombre como lord Andrew no aceptaría hijos, especialmente los que no son fruto de sus entrañas, que interfirieran en sus placeres.

Rebecca bajó del coche en medio de un revoloteo áspero de lana; la puerta se cerró con fuerza a su espalda, dejando a Candy con el eco de las palabras de su madre zumbando en sus oídos. Agarrándose para evitar las sacudidas del carruaje, se recostó contra el asiento de cuero y observó las calles. Los faroleros corrían a encender las farolas para la noche incipiente, dejando tras de sí un rastro de estelas doradas.

¿Había sabido que terminaría así cuando solicitó la tutela del rubio Bastardo? ¿Habría tenido el coraje de buscarlo si hubiera vislumbrado que su simple deseo de aprender a darle placer a su esposo culminaría en un divorcio?

Si realmente lo llevaba a cabo, se quedaría completamente sola, sin contar ni siquiera con la fachada de una familia feliz. ¿Tendría fuerza para soportarlo?

Quiero que me prometas que vendrás a mí cuando el dolor de estar sola sea demasiado grande.

¿Estaría poniendo en peligro el futuro de su familia porque deseaba a un hombre que no era su esposo? ¿Un hombre que, según Rebecca, no aceptaría que ella haya tenido un hijo?. Aunque su pequeño había muerto ella nunca pudo despedirse de él, cuando supo de su muerte se desmayo y estuvo llorando por semanas, todos creyeron que se volvería loca sin poder aceptar la realidad su familia le comunico del entierro y nunca había podido ir a su tumba.

En cuanto el carruaje se detuvo frente a la casa de los Leagan, Candy abrió con fuerza la puerta del vehículo y saltó fuera. Beadles estaba de pie sobre el escalón inferior, con la boca abierta ante aquella falta de decoro.

—Por favor envía a Emma a mi aposento, Beadles.

—Muy bien, señora.

Candy alzó sus faldas y subió la escalera corriendo y jadeando. Su corsé estaba demasiado apretado, se desmayaría por falta de oxígeno, lo cual era una sensación mucho más agradable que la que sentía en el estómago.

La alfombra roja que cubría los escalones parecía más brillante. Más molesta. Había durado dieciséis años y probablemente duraría otros dieciséis más.

Sentía terror ante la velada que se avecinaba, sentada a la mesa, sonriendo y fingiendo. O tal vez era pasar la noche con Neal lo que le provocaba pavor.

Le había dicho que tenía pechos como ubres cuando le pidió que tuvieran relaciones. ¿Qué le diría cuando le pidiera el divorcio?

No es demasiado tarde, retumbaron los latidos de su corazón. Todo lo que debía hacer era bajar corriendo escaleras y llamar a su madre por teléfono y decirle que por supuesto que no quería el divorcio, que todo había sido a causa del rosbif que había comido a mediodía. Podía decir que posiblemente estaba en mal estado y que su decisión había sido producto de la indigestión.

Arriba en su habitación, rosas de color rosado oscuro cubrían las paredes. Echó un vistazo a la pesada cama de cerezo en la que había pasado la noche de bodas.

Las cortinas estaban corridas; no se había encendido el fuego en la chimenea para darle la bienvenida. Los cajones de la cómoda contenían su ropa interior y sus camisones y en el armario estaba toda su ropa, pero parecía como si fuesen de otra persona, como era de otra persona el cuerpo que esperaba entre las sábanas frías y húmedas.

Había dado a luz a su hijo en esa cama. ¿Cómo podía abandonarla?

Un golpe suave en la puerta retumbó en la estancia. A Candy se le subió el corazón a la garganta.

—Señora Leagan, ¿puedo entrar?

Tragó saliva; su corazón volvió a acomodarse en el pecho. Emma. Por supuesto. Le había pedido a Beadles que la enviara. ¿Por qué pensar que su esposo acudiría a ella después de rechazar tan firmemente sus intentos? Segura-mente estaría todavía en el Parlamento y no regresaría hasta dentro de una hora más o menos.

—Entra, Emma.

La cara redonda de Emma resultó agradablemente familiar.

— ¿Le preparo el baño, señora?

—Sí, por favor.

El vapor caliente subía en espirales desde la bañera, Candy se sumergió agradecida en el agua caliente.

Apoyó la cabeza en la bañera de cobre. Y se preguntó qué tipo de baño tendría el rubio Bastardo. Inmediatamente, la imagen del falo artificial relampagueó ante sus ojos.

No era tan largo como los dos anchos de su mano.

Candy se puso de pie en la bañera en medio de una cascada de agua. Intentó borrar sus pensamientos frotándose enérgicamente para secarse, reemplazando el dolor mental por el dolor físico. Después de ponerse las medias, los calzones y la camisola en solitario, Emma la vistió silenciosamente, como si supiera que Candy necesitaba tranquilidad.

Neal la estaba esperando abajo, vestido para la cena. La miró de arriba abajo, como si fuera un caballo en venta. O una esclava sobre una tarima de subastas.

Cogió su capa y se cubrió los hombros mientras Beadles la observaba solemnemente. En el carruaje, la oscuridad y una distancia que nada tenía que ver con el asiento de cuero que separaba sus cuerpos y sí con las necesidades que dividían sus vidas les envolvió.

—Hoy he hablado con mi madre, Neal.

Por fin. El alivio se mezcló con el temor.

—Por supuesto. Es martes.

La súbita aceleración de los latidos del corazón de Candy ahogó el ruido de los cascos de los caballos y el chirrido y el traqueteo de las ruedas del carruaje.

—Le he dicho que quería el divorcio.

—Y esperas que tu madre influya sobre tu padre en tu nombre.

No parecía sorprendido. Su voz era tranquila, razonable, ligeramente comprensiva. La misma voz que le había hablado en su habitación oscura, diciéndole cosas que hubiera preferido no haber oído nunca.

Intentó refrenar una oleada de desesperación.

—Tienes una amante, Neal.

—Te he dicho que no es así.

—No creo que los tribunales lo admitan.

— Candy, eres increíblemente ingenua. Si tú tuvieras un amante, entonces seguramente yo podría pedirte el divorcio. Lo único que puedes hacer tú, como mujer, si pruebas que tengo una amante, es pedir la separación.

Candy estaba atónita:

—No te creo.

La Biblia había establecido claramente que el adulterio era motivo de divorcio... si la mujer era adúltera. No había dicho nada sobre la infidelidad del hombre.

—Si pudieras probar que te pego más allá de las discusiones cotidianas, tal vez los tribunales lo vieran diferente. Pero yo no te maltrato, Candy. Tienes todo lo que una mujer puede desear. Un hogar, un niño, una cuantiosa asignación. Si vas a un tribunal y pides el divorcio porque no me acuesto contigo, no podré protegerte.

— ¿A qué te refieres? Mi hijo murió eso lo sabes bien no se porque siempre hablan de él en presente.

—Candy el tribunal te puede considerar ninfómana, una mujer alterada que necesita ayuda médica. Hay muchos manicomios que están especializados en el tratamiento de mujeres mentalmente trastornadas. Podrían recomendar que fueras enviada a uno de ellos.

De pronto, Candy sintió sus labios más secos que la leña.

—Y tú lo permitirías.

—No me dejarías otra opción.

—Entonces pediré la separación.

—Prefiero verte en un manicomio. Generaría más compasión entre el público.

Se estaba volviendo cada vez más difícil mantener la calma.

—Neal, tú no me amas.

—No, no te amo.

— ¿Entonces por qué continuar con esta farsa de matrimonio? Yo tampoco te amo ¿Cómo podría después de lo que paso aquella noche con nuestro hijo? Jamás te pude perdonar.

—Porque mis votantes no creen que sea una farsa.

—Pediré el divorcio.

—Sí quieres perder a tu hijo para siempre hazlo.

—Richard está muerto.

—No lo está. Está en internado en el extranjero. Ha estado allí durante los últimos 12 años.

—Eres un bastardo ¿Me estás mintiendo? Estas jugando conmigo para que no pida el divorcio.

—Pregúntale a tus padres si crees que miento, tu padre hizo los papeles para enviar a Richard al internado. Tú te volviste loca desde esa noche no sabíamos si ibas a recuperarte hasta pensamos en internarte en un manicomio. Fue lo mejor en ese momento.

—Y porque no he podido verlo? ¿Porque me lo han ocultado todos estos años? ¿Qué le dijeron a mi hijo sobre mi ausencia?

—Ya lo sabes Candy no vas a venir a arruinarme mis planes ahora menos que nunca que estoy tan cerca de senado. O no verás nunca más a tu hijo

—No puedo creer esto he vivido con enemigos a mi alrededor, me han separado de mi hijo. Ni siquiera sé donde está.

La neblina se aplastaba contra la ventana; una tenue luz resultó ser una farola de la calle. Unas horas antes había sido un globo dorado; ahora era un círculo lúgubre de luz.

Un susurro de ropa sonó en la densa oscuridad, seguido por el crujir de resortes. Las manos agarrotadas de Candy fueron de pronto aprisionadas.

Emitiendo un grito sofocado, se volvió hacia Neal. Hacía una semana habría tomado aquel contacto inesperado como una buena señal. Ahora intentó sacudir las manos en vano para liberarse.

Neal era sorprendentemente fuerte.

— Candy, no entiendo lo que te ha ocurrido. Hace una semana estabas satisfecha. Hay cosas mucho más importantes que compartir el lecho con un hombre. Tenemos un hijo; has sido de inestimable valor para mi carrera. Es agotador, pero tiene sus recompensas.

Eres una de las mujeres más respetadas de Inglaterra. Sé que amas a Richard. Debes saber que una mujer que pide el divorcio o la separación no obtiene la custodia de sus hijos. El padre es el tutor legal del niño y tiene el derecho de protegerle hasta que cumpla los dieciocho años. Si el padre considera que la madre está amenazando el bienestar de su hijo, puede poner reparos a su influencia. ¿Sabes lo que eso significa?

—Candy dejó de pelear.

Oh, sí, sabía lo que eso significaba.

No sólo perdería a su hijo si se le concedía el divorcio o la separación, los perdería ahora para siempre si no seguía como los últimos doce años.

—Comprendo, Neal. —Su voz era hueca. Quiero ir a ver a mi hijo lo más pronto posible.

Él soltó sus manos y le dio unas palmaditas en la mejilla.

—Sabía que lo entenderías. —Un nuevo susurro de tela y el crujido de los muelles indicó que había vuelto al otro lado del carruaje.

—He estado pensando. Últimamente vas poco elegante. Aunque tus vestidos son de calidad, no hay necesidad de parecer un mamarracho. La esposa de Hammond, en cambio, es encantadora. Tal vez debas pedirle el nombre de su modista. Y por cierto, Candy. No volverás a admitir nunca más a la condesa Devington en mi casa..

CONTINUARÁ….

¿Qué piensan de este capitulo? Tremendo secreto guardaban el Neal y sus propios padres con respecto a su hijo. Todavía hay muchas preguntas y misterios que aclarar. Saludos a todas las que me dejan los mensajes me encanta leerlas. fabaguirre167, Sincity12345, yyliguz , claumacati, Carol Aragon, Chica Andrew Ana C Bustincio Grefa

Si me pudieran dejar sus nombres les dejaría un saludo personalizado.