Notas: ¡No se me ha olvidado actualizar, lo prometo! Han sido unas semanas moviditas emocionalmente, y hoy no he parado, pero no me olvido de vosotros. He puesto mucho cariño en que la progresión fuera perfecta, espero haberlo conseguido y que no sea demasiado abrupto. Pero por encima de todo, que os guste, un día más.
El cuerpo de Kikyo flotaba inerte sobre la superficie de un lago subterráneo, protegida de los peligros externos por una barrera sagrada. Podíamos verla, pero nos era imposible acercarnos más. La mujer abrió los ojos tan pronto como sintió que nos hubimos detenido frente a ella.
- Cuánto tiempo sin verte, Rin…
- Señorita Kikyo… - Sentí cómo mi corazón se oprimía al verla tan débil y frágil como una porcelana a punto de resquebrajarse. Su hombro derecho estaba hecho pedazos y finas grietas recorrían su cuello y su rostro. Su cuerpo permanecía completamente inmóvil, flotando como una marioneta extraviada. - ¿Qué es lo que le ha ocurrido? He estado muy preocupada desde que desapareciste, tan herida como estabas…
Ella me mostró una serena, aunque solitaria sonrisa.
- Naraku quiere deshacerse de su parte humana, y no logrará hacerlo mientras yo siga en este mundo. Es por eso me he convertido en su objetivo, y debo mantener un perfil bajo si quiero seguir existiendo...
Observé con lástima a la mujer que parecía una muñeca de trapo sin vida, excepto por la vivacidad de sus ojos y el movimiento de su boca al hablar.
- ¿Con esto ya has cumplido tu objetivo, Rin? – Me preguntó Sesshomaru, haciéndome sobresaltar ligeramente.
Había estado tan inmersa en la conversación con la sacerdotisa que casi había olvidado su presencia. Asentí con la cabeza, intimidada por la dureza de su mirada. Definitivamente, seguía a la defensiva.
- ¿Tú la has traído hasta aquí, Sesshomaru? – Intervino la sacerdotisa.
- Era su deseo encontrarse contigo. – Fue toda la respuesta por parte del demonio. – A pesar de que uno de tus recolectores tratase de arrancarle el alma anoche.
- ¡Sesshomaru…! – Le espeté, en tono reprobatorio.
No quería que Kikyo sufriera más. Recordaba con claridad cómo aquella mujer se había puesto a la defensiva cuando Inuyasha se encontró con ella en el bosque. Debía doler mucho que siempre la estuvieran incriminando de algún vil acto. Yo sabía que ella no era malvada ni tenía intenciones de herir a absolutamente nadie. Confiaba ciegamente en ella, aún si nadie más lo hacía.
La sacerdotisa lanzó una mirada fulminante a mi acompañante. Después me escrutó en silencio. Sus ojos se entristecieron.
- Mis recolectores de almas únicamente tienen como objetivo las almas de aquellos que han pisado el camino hacia el más allá. – Aseguró ella con firmeza. – ¿Acaso has regresado de entre los muertos, Rin?
Aquella pregunta me dejó helada de pies a cabeza. Sus palabras eran crudas y directas.
- Sí… - Admití, entrelazando las manos sobre mi regazo. – Sesshomaru me trajo de vuelta con su espada, Tenseiga…
El demonio le mantuvo la mirada a mujer mientras esperaba en silencio.
- Ya veo… Eso explicaría las cosas. – La voz de la sacerdotisa comenzaba a desvanecerse, sonaba débil y distante. – Lamento profundamente lo ocurrido… Será mejor que os alejéis antes de que caiga la noche, pues.
- ¿No hay nada que podamos hacer para ayudarte, Kikyo?
Verla en aquel estado me provocaba una pesada angustia. ¿Y si Naraku la encontraba…?
- Lo único que puede detener el avance del miasma dentro de mi cuerpo es el poder sagrado. Y por desgracia, ninguno de vosotros posee dichas capacidades, Rin. – La mujer comenzó a cerrar los ojos despacio, como si los últimos resquicios de aliento estuvieran terminando de abandonar su cuerpo. – Así que puedes dejarlo estar… Ya has hecho más que suficiente por alguien como yo…
- ¡Pero tú estuviste para mi cuando yo más lo necesitaba, Kikyo! – Le respondí, tratando de acercarme. - ¡Me gustaría corresponderte, te debo tanto…!
Sin embargo, una barrea invisible se erigía entre ambas. El impacto no fue doloroso, sino que se sintió como chocar contra un mullido muro de almohadas. Aquello debía de ser obra de sus poderes sagrados. Casi en un murmullo, la sacerdotisa respondió:
- Me siento reconfortada de ver que mi intervención dio frutos, y que ahora tenéis la oportunidad de hablar las cosas, pero no olvides esto, Rin… Los demonios y los seres humanos son mucho más diferentes de lo que pueda parecer a simple vista… Tenlo en mente y cuídate.
Después de eso, Kikyo permaneció inmóvil como una estatua y no volvió a abrir los ojos. Las dos niñas que nos habían cortado el paso anteriormente aparecieron de entre la maleza.
- La señorita Kikyo necesita descansar. – Informó con tono severo una de ellas, la del kimono azul. – Marchaos.
- Les rogamos que no descubran su paradero a nadie, por favor. – Nos rogó la otra, dedicándonos una reverencia.
Sesshomaru agarró las bridas de Ah-Un y se dio la vuelta para emprender el camino de regreso.
- En marcha, Rin. – Me llamó en voz baja.
Aunque reticente a abandonar a Kikyo a su suerte, sabía que no me quedaba más remedio que seguir al demonio. Me despedí con una rápida reverencia y corrí para alcanzar a mi acompañante. Tan pronto como llegué a su altura me abracé a su brazo derecho, haciéndole frenar el paso tanto él como a la bestia bicéfala.
- ¿Rin…? - Me llamó, observándome confuso.
- ¿Por qué le has dicho algo tan cruel a Kikyo? – Le espeté, aferrándome a él con fuerza.
Los demonios se detuvieron.
- Si no le hacías saber lo ocurrido le estabas negando la oportunidad de disculparse. – Me explicó, tranquilo.
- Tienes razón en parte, pero… Pienso que había otras palabras para comunicarlo, y agradecería que me hubieras dejado a mi decírselo cuando hubiera sido un mejor momento. No me gusta que me trates como a una niña que no sabe defenderse por sí misma.
Sesshomaru inclinó la cabeza ligeramente.
- No lo volveré a hacer, entonces. No quiero hacerte sentir de esa manera.
Aquella contestación me dejó sin palabras por un instante. Estaba preparada para discutir, para que insistiera en que no tenía ni idea de lo débil que era como criatura mortal, y, sin embargo, en aquel preciso instante… Él me estaba reconociendo. Como una igual. Él. El poderoso Señor del Oeste.
- ¿He dicho algo malo? – Inquirió él ante mi silencio.
- Es extraño que no intentes sobreprotegerme como siempre… - Balbuceé, liberando la extremidad del demonio de mi agarre.
Él echó a andar con paso decidido. Yo le seguí de cerca.
- He notado que siempre que trato de imponer mi manera de pensar en ti termino hiriendo tu corazón. Por lo tanto, he decidido guiarme por tus sentimientos, antes que por mi sentido común, dado que no parece funcionar contigo.
Una cálida sensación invadió mi pecho, extendiéndose hasta la punta de mis dedos, impidiéndome sentir el frío.
- Aprecio mucho que haga eso por mí, Sesshomaru. – Me atreví a alcanzar su mano con los dedos. – Siento que tenga que esforzarse tanto…
Las palabras de Kikyo no dejaban de resonar en mi cabeza. Él siempre se estaba adaptando a mis necesidades, mientras que yo apenas me había detenido a considerar qué necesitaba él. Al contrario, tendía a rechazar todas y cada una de las peculiaridades de su especie, por lo que empezaba a pensar que estaba siendo demasiado desconsiderada.
- Soy consciente de que somos muy diferentes. – Dijo él, sujetando mi rostro y mirándome a los ojos. – Pero no quiero que eso vuelva a alejarte de mí.
Musité su nombre mientras me perdía en el dorado de su mirada. Quizás él entendía mejor que yo las advertencias de Kikyo. Era posible que comprendiera mejor que nadie el motivo por que cual Inuyasha y aquella mujer habían acabado enfrentados de por vida, y estaba luchando contra aquel tortuoso destino.
- ¡Señor Sesshomaru! – Resonó en la lejanía. - ¡¿Por qué me ha dejado atrás, Señor Sesshomaruuuuu?!
El demonio y yo nos separamos, algo sobresaltados. El duendecillo verde debía haberse despertado por culpa de los rayos de sol que se vertían sobre nuestras cabezas, y finalmente había dado con nosotros.
Nos alejamos del monte Hakurei todo lo que pudimos en los siguientes días. Constantemente me preguntaba cuál era el rumbo que estábamos tomando, aunque no me atrevía a preguntar. No tenía el valor para enfrentarme al hecho de que no me quedaba ningún motivo de peso para seguir acompañando a Sesshomaru. No quería tener que pensar en separarme de él ahora que habíamos llegado a estar cómodos con la presencia del otro. Sin embargo, me sentía inquieta, ¿hacia dónde estábamos marchando día tras día?
- Rin. – Me llamó el demonio un día mientras lavaba mi ropa junto al río. – Hay algo que quería preguntarte.
Con la manos húmedas y heladas saqué el pedazo de tela de la corriente y la deposité sobre la el envoltorio de paño en la que había estado envuelta la prenda.
- Claro, dígame…
Evité el contacto directo con sus ojos. Íbamos a tener aquella conversación, ¿verdad?
- Ahora que la búsqueda de Kikyo ha concluido, yo… - Comenzó él, vacilante. – Hay un sitio al que quería ir contigo.
Tras escuchar aquellas palabras conseguí respirar tranquila. Aunque había captado mi completa atención.
- ¿Ir a dónde?
- La cuestión es… Que me gustaría visitarlo antes de que comienzo el invierno, pero temo que no llegaremos a tiempo si vamos a pie.
- Podemos ir sobre Ah-Un, entonces. – Sugerí con aire risueño.
- No quiero que venga nadie más. Sólo tú y yo. – Añadió él con cautela.
Mi corazón dio un vuelco, dejándome sobrecogida. Me ilusionaba que me estuviera invitando a pasar tiempo a solas con él, no teníamos muchas oportunidades como aquella.
- ¡C-c-c-claro! Me encantaría. – Añadí, avergonzada por mi excesivo entusiasmo.
- Sin embargo, para poder llegar a ese sitio a tiempo… La única opción que se me ocurre es que montes sobre mí.
No estaba segura de que se refería con aquello, pero fui incapaz de reprimir ciertas imágenes mentales.
- ¿C-cómo, montarle?
- En mi forma de bestia, me refiero. – Explicó él.
Aquella realidad cayó sobre mi como un jarro de agua fría. Eso era lo que parecía inquietarlo tanto. ¿Temía que lo rechazase por eso?
La verdad era que la idea me ponía todos los vellos de punta, pero no quería malgastar aquella oportunidad sin haberlo intentado siquiera.
- Puedo intentarlo. – Le prometí, posando mi mano sobre la suya.
Sus dedos, aunque cerrados en un puño, estaban helados. Su rostro se relajó tras escuchar mi respuesta.
- Entonces… Marchemos, pues. – Dijo, dejando escapar mi mano y tomando cierta distancia.
- ¿P-pero ya mismo? Tengo que terminar la colada…
- Jaken puede encargarse. Le he avisado de nuestra inminente partida.
Los ojos de Sesshomaru brillaban con júbilo. Se le veía tan feliz que no podía decirle que no, cuando yo misma también lo estaba deseando...
Asentí, reuniendo todo mi coraje mientras observaba la silueta de aquel hombre transformarse frente a mis ojos. No pude evitar que las manos me temblasen cuando se irguió sobre sus patas con un gruñido. Muchas veces pensaba que ojalá pudiera comunicarse con normalidad en aquella forma también, para mayor tranquilidad. Observé fijamente a la bestia, con la gran incógnita de cómo alcanzar su lomo. Se encontraba demasiado alto, incluso si se tumbaba por completo sobre el suelo.
El can gigante se arrodilló y apoyó su mentón sobre la hierba, observándome fijamente.
- ¿No le voy a hacer daño si le agarro del pelaje para subir? – Inquirí, acercándome con cautela.
Vigilando cada uno de sus movimientos, me acerqué al lateral de su rostro, justo por debajo de su oreja. La criatura rozó su sensible nariz contra mis piernas. Estaba presionando justo por debajo de mis rodillas, por lo que seguí aquellas primitivas instrucciones, sentándome sobre su hocico.
Con sumo cuidado, la bestia me elevó hasta la vertiginosa altura de los omóplatos, desde donde pude dejarme caer con facilidad hasta su lomo.
- Eso ha sido bastante ingenioso. – Tuve que admitir.
Él estiró el cuello hacia el cielo, dejando escapar un sonoro rugido que me obligó a cubrir mis oídos con ambas manos mientras me sobrecogía. Quizás estaba avisando a Jaken y Ah-Un de nuestra partida, pensé para mis adentros. Tras aquellos interminables segundos, la criatura se puso en pie sobre sus tres extremidades. Me aferré con fuerza a su pelaje con las manos, y así mis piernas a ambos flancos para mayor seguridad.
Sesshomaru se encogió para tomar impulso y se catapultó hacia el cielo. Dejé escapar un chillido de asombro mientras cerraba los ojos con fuerza, esperando la accidentada caída. Sin embargo, notando que esta tardaba demasiado en llegar, me atreví a echar un vistazo. Maravillada, descubrí que estábamos flotando sobre un cúmulo de nubes. Recordaba aquel efecto óptico, similar al que empleaba para volar en su forma humana también. Tenía que aprender a dejar de separar en mi cabeza las distintas apariencias del yokai, ya que no dejaban de tratarse del mismo individuo, aunque no se trataba de un trabajo mental sencillo.
Me acurruqué en el sedoso pelaje de animal, permitiéndome relajarme. Su calor me transmitía una agradable sensación de paz y tranquilidad que no había sentido desde que era muy niña. Aquella bestia no volvería a suponer un peligro para mi vida, y lo sabía porque la persona que subyacía bajo aquella aterradora apariencia seguía siendo mi esposo. Bueno… Lo había sido, pero se seguía tratando de la persona que más amaba en el mundo. Allí abajo, apenas lograba distinguir las figuras de los seres vivos que habitaban la tierra. Casi daba la sensación de que Sesshomaru y yo estábamos solos en el mundo, y aquella perspectiva no se me antojó nada desagradable. Imaginé una realidad en la que no había conflictos ni desgracias, sólo un jardín interminable en el que mi amado y yo podíamos vivir en paz. No existían los conceptos de "humano" o "demonio", ni tampoco las costumbres o convenciones sociales. Nada sería considerado un tabú, pudiendo construir entre los dos el mundo de nuestros sueños… Pensé que era una hermosa fantasía en la que podría permanecer un poco más, mientras viajábamos entre las nubes.
Sin embargo, mi ensoñación llegó a su fin cuando la criatura tomó tierra, posando sus patas con delicadeza. Aquel viaje había sido el más cómodo de toda mi vida, una pena que fuera tan eficiente que el trayecto se me había antojado corto. Me deslicé por el lomo del animal para dejarme caer en el suelo. Observé mis alrededores, reconociendo desde aquel ángulo aquel nostálgico lugar… Me llevé las manos al rostro, emocionada.
Sesshomaru me había traído al campo de flores que visitamos poco después de que yo hubiera descubierto su secreto. La hierba estaba reseca y los colores del prado se habían extinguido casi por completo, pero era imposible que no reconociese aquel lugar. El mismo solitario árbol que se erigía en mitad del claro había perdido buena parte de sus hojas.
- Ya es casi invierno, pero… Parece que no hemos llegado demasiado tarde. – Comentó el demonio de cabello blanco, colocándose de pie a mi lado.
Le miré mientras trataba de contener las lágrimas en mis ojos.
- Sesshomaru… Esto… ¿Por qué me ha traído aquí de nuevo…?
Él miró al horizonte, controlando su expresión.
- He notado que replicas el gesto de trenzar flores cuando estás nerviosa o inquieta, aunque no tengas nada entre las manos... Por lo que pensé que podríamos venir antes de que caigan las primeras nieves.
Sus palabras me hicieron recordar que me había visto hacer una corona de flores del infierno justo antes de acceder a mostrarme una vez más su forma de bestia. ¿Era en aquel momento cuando había decidido aceptar mi petición, para poder llevarme a aquel lugar de nuevo? ¿Se había arriesgado a la tortuosa posibilidad de verme rechazando su apariencia sólo para poder hacer aquella visita? El hecho de que hubiera querido que fuéramos solo hacía que aquel sitio se sintiera mucho más íntimo y especial. Conmovida, me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla.
- Gracias, Sesshomaru. Esto me hace muy feliz.
El demonio me observó de reojo, esperando alguna acción más por mi parte. De aquel modo eché a andar, seguida de cerca por la mística criatura, la cual no aceleraba el paso a pesar de mis trotes, manteniendo cierta distancia.
Caminamos en círculos recorriendo el prado, recogiendo las escasas flores que quedaban entre la maleza. No había ni punto de comparación con la visita que habíamos hecho en primavera, pero aún así había más que suficientes. Con los brazos cargados de margaritas de distintos colores, me dirigí al único árbol del claro, donde me esperaba Sesshomaru sentado. Se había desplazado de forma tan silenciosa a mi espaldas que apenas había notado que se había alejado tanto. Parecía disfrutar respirar el fresco aroma del bosque en completa calma.
Me arrodillé frente a él, disponiendo las flores en semicírculo a mi alrededor. Algunas de ellas apenas conservaban restos de pigmentación, y otras habían perdido algunos pétalos en el camino, pero yo me encontraba feliz con aquella colección. Animaba, tomé dos de ellas, de color blanco, y comencé a trenzar los tallos, aunque carecían de elasticidad suficiente, por lo que terminaron quebrándose. Examiné otras que tenían un tono rosáceo, y probé de nuevo. Si tenía cuidado, debía de ser capaz de completar alguna figura.
- Podemos volver en primavera, si lo prefieres. – Dijo el demonio, echando un lastimero vistazo a las flores sobre el suelo.
- Está bien, Sesshomaru. – Traté de calmarle. – Me hace feliz el simple hecho de estar aquí con usted.
Él permaneció a partir de entonces en silencio, como si estuviera hipnotizado por los repetitivos movimientos de mis manos. Traté de concentrarme en mi labor para no desperdiciar sus buenas intenciones, aunque apenas pude confeccionar una línea recta con las escasas flores útiles. Estudié la pieza con detenimiento, y concluí en que era demasiado corta para cerrarla en forma de corona, aunque muy gruesa para hacer un brazalete…
Alcé la vista para pedir opinión al demonio. Él parecía haberse quedado de piedra, concentrado únicamente en los movimientos de mis manos. Debía de haber permanecido tan quieto durante todo el proceso que hasta una mariposilla violeta lo había tomado por un objeto inerte, y se había posado sobre su cabeza. Sonreí, enternecida ante aquella inesperada imagen.
- Le sienta bien ese color, Sesshomaru.
El demonio parpadeó, saliendo del tracé, y volteó la cabeza en busca del elemento que había mencionado. La mariposa revoloteó a su alrededor hasta posarse esta vez sobre su nariz. No pude evitar dejar escapar una risa entre dientes.
- Es adorable.
- ¿A quién estás llamando adorable? – Inquirió el demonio con aire molesto.
El insecto volador abandonó el rostro de Sesshomaru y comenzó a volar en dirección a las flores. Lamentaba pensar que apenas debían contener néctar como para alimentar al pobre animal.
- Me refiero a la mariposa. – Mentí, para salvaguardar su orgullo.
Dejé a un lado la trenza floral y me acerqué al demonio, tomando asiento a su lado.
- Muchas gracias por haberme traído hasta aquí. – Dije, reposando mi cabeza sobre su hombro. – Me siento muy cómoda y tranquila en este lugar, me trae buenos recuerdos.
Sesshomaru suspiró:
- A mí también.
- No quiero marcharme, ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre.
El demonio me observó de soslayo.
- Podemos quedarnos un poco más, no hay prisa.
Entonces sus ojos se encontraron con los míos. Cautivada, no pude evitar alargar mis brazos para enmarcar su rostro. Él se dejó acariciar dócilmente, con una pacífica expresión. Despacio, observé maravillada cómo el demonio dejaba caer su espalda hacia atrás hasta tocar la hierba, liberando con gracilidad de mis manos. Incapaz de apartar la mirada de él, le acompañé hasta tumbarme a su lado. Sesshomaru cerró los ojos, con el rostro sumido en una completa expresión de paz. No era común verlo bajar la guardia para descansar plácidamente, por lo que traté de grabar a fuego aquella memoria en mi cabeza.
- Te quiero. – Murmuré de forma involuntaria.
El demonio, como sacado de un sueño, sonrió sin tapujos, relajado. Con los ojos entrecerrados, me dedicó una tierna mirada como única respuesta. Mientras me perdía en aquel hermoso momento, no podía dejar de mirar su boca, irremediablemente atraída hacia él. Con timidez, me acurruqué a su lado y traté de besarlo. Aunque apenas llegué a rozar la comisura de sus labios. Él me miró, y agachó el rostro para devolverme el gesto, delicado y sutil. Me apoyé entonces sobre los codos para incorporarme y poder besar sus labios apropiadamente. Él emitió un grave sonido de satisfacción. Incentivada por su reacción, mordí con suavidad su labio inferior, experimentando con sus reacciones, atrevida. Después de todo, estábamos solos en esta ocasión.
- Rin… - Murmuró él, sorprendido. - ¿Qué estás haciendo?
La repentina pregunta me hizo darme cuenta de que quizás me estaba sobrepasando.
- B-besarle… - Balbuceé, avergonzada.
- Acabas de morderme. – Respondió él, acusador.
- L-lo siento.
Me sentí un poco egoísta al haber hecho eso. Seguramente él se estaba conteniendo por mí, mientras que yo me había dejado llevar sin pensar en cómo se podría sentir.
- No tienes que disculparte. – Aseguró él, sujetando mi rostro entre sus dedos. – Simplemente me ha sorprendido.
Parecía gratamente complacido por mi atrevimiento, más que molesto, lo cual me dio seguridad. Debido a su suavizada expresión, me atreví a seguir un poco más allá. Tragué saliva por un momento, y besé la yema de sus dedos, despacio, mientras no dejaba de observarle. Sus pupilas se dilataron como las de un gato acechando a su presa.
- ¿Esto le molesta…? – Pregunté, tímidamente.
- No. Pero convendría recordarte que este tipo de actos provocan… reacciones.
Toqué delicadamente el hueso de su cadera, por encima de la tela que lo recubría.
- ¿Esas reacciones tienen lugar en esta mitad de su cuerpo…?
Sesshomaru hizo amago de incorporarse, pero se detuvo a sí mismo a medio camino. Como método de distracción, comenzó a recomponer mis mechones de cabello, pasándolos por detrás de mi oreja. Sentía un cosquilleo extenderse desde las puntas de mi pelo.
- ¿No le gusta que me comporte de esta manera? – Pregunté, cautelosa.
- No es eso. No quiero iniciar nada que pueda asustarte como la otra vez…
Descendí para besarlo una vez más. Cuando presioné sus labios con mi lengua, él se mantuvo firme, impidiéndome profundizar el beso.
- Yo… le deseo. - Admití con las mejillas coloradas.
- ¿No te has parado a pensar en si es muy pronto para esto?
Medité por un instante. Era posible que se tratase de un impulso más que de una decisión tomada en frío, pero sabía que llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo, y el factor que más me había frenado había sido la ausencia de intimidad.
- Esta vez estamos solos, Sesshomaru… Realmente eso me tranquiliza mucho…
Aún preocupado, el demonio no se dejó convencer.
- ¿Y qué pasaría si mis garras rozan tu piel? ¿Crees que puedes soportar eso sin recordar…?
Se trataba de una memoria borrosa por culpa del alcohol, pero era imposible podía olvidar la sensación de sus uñas clavándose en mis omóplatos como si quisiera hacerme pedazos.
- Lo recuerdo perfectamente… - Admití. – Aunque no puedo decir que no me de miedo encontrarme en esa situación otra vez… Confío en usted, Sesshomaru. Esa es la verdad.
Sesshomaru parpadeó un par de veces, procesando cada una de mis palabras. Exhaló un suspiro, algo más aliviado:
- Qué diablos habré hecho yo para ganarme la fe ciega de una vulnerable humana como tú…
El demonio me sujetó de la nuca para acercarme a él, depositando un beso en mis labios. En aquel instante sentí cómo se liberaba de sus propias cadenas y límites autoimpuestos por un momento. La poderosa presión de sus músculos me hizo temblar ligeramente.
- Quizás… estaré bien si me deja tomar la iniciativa esta vez. – Intervine, clavando los dedos sobre su hombro para hacerlo detenerse.
- ¿Cómo dices?
Su expresión se transformó en una de genuina sorpresa.
- Sé que es usted normalmente quien toma el control en estas situaciones, pero… Seguramente estaré mejor avanzando a mi propio ritmo. Eso… ¿Le parece bien? – Ante su silencio y aquella atenta mirada, comencé a sentirme más insegura. - Quiero decir, sé que sólo soy una mujer, y, además, una mera humana… No sé si es una ofensa para los demonios, o hacia su persona, pero… Me ayudaría mucho.
El demonio me cubrió los labios con dos dedos, acallando mi balbuceo sin sentido.
- Puedes hacer lo que quieras conmigo, Rin. Siempre has podido. – Admitió, solemne. – No tienes que preguntarme o pedirme permiso.
- Pero… ¿de verdad estás bien con permanecer quieto? – Quise asegurarme, algo preocupada.
- De momento. – Me concedió él, con una expresión ladina. – No eres la única que desea esto, después de todo.
Tranquilizada por sus palabras, me permití sonreír.
- Entonces… Voy a… Tocarle. – Musité en voz alta, más para mí misma que para que él lo que escuchase.
- Adelante. – Me animó él, atento a cada uno de mis movimientos.
En primer lugar, me deshice de su pesada armadura y la eché a un lado bajo su atenta mirada. Casi podía sentir cómo mis piernas se derretían bajo aquella atención. Una parte de mi quería pedirle que él se encargase de todo, ya que no me sentía con suficiente confianza tomando la iniciativa, pero supe que era más seguro de esta manera. Para ambos. Era más sencillo controlar mis traumas si me podía centrar en mis sensaciones, confiando en qué él no iba a hacer nada bruscamente que pudiera hacer realidad ninguna de mis pesadillas.
Tímidamente, introduje las manos entre las solapas de su kimono y acaricié la piel de su pecho. Sintiendo su calidez bajo mis dedos, tuve la certeza de que recordaba sus músculos mucho menos definidos, en una complexión más delicada. La ruptura del sello, sin duda, había provocado algunos cambios físicos relacionados con su naturaleza demoníaca.
- Rin. – Me llamó él con la voz ronca. – ¿Temes mi cuerpo?
Aquello me sobresaltó, era casi como su hubiera leído mi mente. Tragué saliva, descubriendo la pálida piel de su torso.
- Me ha sorprendido que sea algo diferente a como lo recordaba…
Recorrí la definida línea de sus pectorales, descendiendo lentamente por sus abdominales. Su complexión ahora sí parecía la de un guerrero, duro al tacto y perfectamente formado. Aquello explicaba la fuerza tan colosal que sentía cada vez me ayudaba a ponerme en pie, entre otras situaciones cotidianas. Y, aun así, me enternecía el pensamiento de aquel hombre conteniendo toda aquella brutalidad cada vez que me acariciaba el rostro o me recomponía el cabello.
- ¿Te gusta?
- S-siempre me has gustado, no importa cómo seas físicamente…
Me di cuenta de que estaba dejando de usar honoríficos cuando hablar con él, poco a poco. Quizás me estaba acostumbrando a tratarle como alguien más cercano. Él se veía complacido, de igual forma, por lo que asumí que no debía preocuparme por ello.
Tragando saliva, seguí descendiendo en mi recorrido, esquivando el nudo de su obi y alcanzando su entrepierna… Me detuve unos segundos para observar el bulto en su pantalón. Tratando de controlar mi nerviosismo, acaricié con mis dedos toda su longitud. Él dejó escapar un suspiro. Ganando confianza gracias a tu reacción, lo cubrí con mi mano y sentí su calor palpitando peligrosamente.
- ¿E-eran tan grande antes, o también ha cambiado? – Tartamudeé.
Él dejó escapar una risa socarrona.
- Quién sabe.
Hurgué en lo más profundo de memoria, tratando de recordar cómo hacerle sentir bien. Sujeté su miembro con firmeza, y comencé a seguir su recorrido de arriba hacia abajo. Sesshomaru entrecerró los ojos, echando su cabeza hacia atrás. Me mordí el labio, disfrutando aquella visión. Gradualmente, comencé a aplicar más fuerza, sabía que le gustaba así. Bajo mi tacto, su erección seguía creciendo y endureciéndose. Él jadeó.
- Rin… - Me llamó, haciéndome detenerme al instante. – Déjame tocarte.
No sabía que escucharlo rogar de aquella manera podía sentirse tan bien.
- Pero si acabo de empezar… - Objeté, disfrutando en secreto de aquella situación.
- Me está volviendo loco pensar en todo lo que quiero hacerte. – Admitió, como si fuera doloroso para él contenerse.
- Pero… ¿entonces no puedo acariciarte más?
El demonio reflexionó unos instantes, antes de concederme, con un suspiro de resignación:
- Puedes seguir. – Accedió, finalmente.
Agradecida por su paciencia y su capacidad de autocontrol, volví a centrar mi atención en su cuerpo. Deshice el nudo de su obi para evitar que me estorbase, dejando su torso por completo al descubierto. Era tan hermoso que me dejaba sin aliento. Impulsándome sobre mis talones, me incliné hacia adelante, apoyándome sobre su abdomen para besar el centro de su pecho. Él contuvo la respiración mientras me observaba fijamente. Tracé un camino de besos bajando por sus costillas y acabando en su ombligo. El demonio suspiraba con aquellos débiles roces, con la mirada impaciente.
Seguí descendiendo hasta posar mis manos de nuevo sobre su eje. Observé su reacción mientras acariciaba aquella parte de su cuerpo tan sensible, sentándome con cuidado entre sus rodillas. Agarré su miembro con ambas manos, haciéndole jadear.
- Rin… - Pronunció mi nombre, casi como advertencia.
Era consciente de que lo estaba provocando demasiado, pero no podía evitar volverme adicta a sus reacciones. Era la primera vez que lo veía tan vulnerable, dejándose hacer, casi suplicando con la mirada por que le permitiera tocar mi cuerpo.
Decidida a poner a pruebas sus límites una vez más, introduje la mano lentamente en su pantalón para extraer su poderosa erección. Era mucho más intimidante viéndola a esa distancia, pero no podía dejarme amedrentar a aquellas alturas. Hacía demasiado tiempo que quería complacerlo, y era la oportunidad perfecta para hacerlo. Besé la punta húmeda, provocándole un estremecimiento, y que volviera a pronunciar mi nombre.
Quería ver cómo el rostro de aquel hombre se teñía del más puro éxtasis como en el pasado, por lo que no dude más y lo introduje en mi boca hasta la mitad. Sesshomaru gimió de forma gutural, clavando sus afiladas garras en la tierra. Extendí mi lengua para acariciar con ella toda su longitud mientras salía y entraba de mi boca. Mi mandíbula protesto al intentar encajar aquel grosor entre mis labios, pero no me importó, no quería parar de escuchar los graves sonidos que emitía el demonio. Era la tentación hecha persona, apenas podía reconocerme mientras caía de lleno en aquel pozo de deseo, chupando su miembro como si se tratase del más dulce néctar de los dioses.
Repentinamente, Sesshomaru se incorporó y me alejó de él, empujando mis hombros en dirección contraria.
- Rin, detente. – Su profunda voz me hizo estremecer. – Y desnúdate… - Me ordenó, de forma tajante. – Antes de que yo mismo te arranque la ropa.
Notas: ¿Quién puede culpar a Rin por emocionarse demasiado al estar a solas y tener al poderoso demonio a su merced?
Bueno, lamento comunicaros que con este capítulo estáis al día, esto quiere decir que el próximo capítulo aún está en proceso. Normalmente tengo capítulos de margen, pero la rutina se me complica y voy bastante más lento… Es posible que tenga que pausar mi otro facfic por un tiempo, pero ya veré cómo me desenvuelvo estos días.
En cualquier caso, se vienen cositas calientes, ¿tenéis ganas?
