EN BUSCA DE UN AMANTE
Por: Tatita Andrew
Capitulo #07
George inmóvil, miraba desde la ventana del salón del segundo piso. La delgada cortina de seda azul colgaba hasta la altura de la punta de sus dedos.
El cabello de Rosemary Andrew también había colgado de la punta de sus dedos y era mucho más delicado que la cortina de seda.
La solterona descendió del carruaje. Vestía una capa oscura y un sombrero negro y redondo adornado con una pluma blanca de garceta que bailaba a la luz del sol. Raúl, su moreno y enjuto mayordomo, gesticulaba aparatosamente mientras daba órdenes a dos criados que descargaban su equipaje.
El corazón de Michael golpeaba contra sus costillas en una especie de reacción
retardada. Ante el afán por llegar a su casa antes que el carruaje.
Había sido descuidado. Rose lo había visto en las cercanías de la oficina del notario. ¿Qué habría hecho ella si lo hubiera reconocido? ¿Habría ido hacia él, aunque supiera que la seguía?
Recordó la luz del sol aquella mañana y a Rose acostada en su cama, descansando.
Dormía tranquila y discretamente, tal y como vivía.
Excepto cuando se acercaba al orgasmo.
No había nada tranquilo ni discreto en su placer desinhibido.
Rose y Raúl desaparecieron bajo el arco de la entrada.
La noche anterior había probado su inocencia, y por la mañana había probado a la mujer en que él la había convertido: la salobridad de su sudor, la dulzura de su pasión, el sabor a cobre de su sangre virginal.
Era la primera vez que George hacía sangrar a una mujer.
¿Debía sentir remordimientos?
No los sentía.
Durante el tiempo que les quedaba, ella sería suya.
La mujer de un prostituto.
La mujer de un asesino.
Los dos criados, con bastante torpeza, bajaron del carruaje el baúl de cuero
marrón.
Sin duda estaba lleno de ropa triste y descolorida, propia de una solterona
igualmente, triste y descolorida.
Cargando el baúl entre los dos, los criados se perdieron bajo el arco de la
entrada donde Anne y su mayordomo habían desaparecido poco antes.
George contempló la cortina de seda que ahora acariciaba con sus manos: era
de un azul pálido y transparente que le recordaba los ojos de Rose.
Se la imaginó vestida con ropas bonitas, sugerentes, que dejaran ver su innata
sensualidad y no su condición de soltera.
Tuvo la sensación de que, dentro de su pecho, alguien le daba un puñetazo.
La identidad del hombre de quien ella se había enamorado hacía mucho, mucho tiempo había sido tan dolorosamente obvia...
El guapo y engreído George Jhonsons. Un francés que, al parecer, había escapado de la amenaza de la guerra franco‐prusiana sólo para venir a proporcionarles a las damas inglesas el orgasmo de sus vidas.
Él estaba tan seguro de que nunca sería identificado... y que podría terminar lo que el muchacho que había sido alguna vez no había podido...
George envidiaba amargamente al hombre de quien Rosemary Andrew se había enamorado —el hombre que había muerto entre las llamas del infierno—, mientras que ella no envidiaba lo más mínimo a la mujer que atormentaba su pasado.
No estaba acostumbrado a la generosidad. Ni a la amabilidad.
Y Rose le había dado ambas cosas con gran esplendidez.
Oyó unos pasos distantes en la escalera de mármol, que se fueron acercando
progresivamente por el corredor hacia el salón donde George esperaba a Rose.
Su solterona era una luchadora.
Diane había sido una mujer muy hermosa, cuya pasión desenfrenada sólo era
comparable a la suya. Habían compartido la risa, el champán y el sexo.
Todo lo demás les parecía superfluo.
Y cuando el hombre destruyó la pasión de Diane, ella se quedó sin nada perdurable que pudiera sostenerla.
Rose era tan fuerte como apasionada. Inteligente. Familiarizada con la muerte
y con el sufrimiento.
Podría sobrevivir.
Si lo hacía, necesitaría más confianza en ella misma, y él podía ayudarla en ese
aspecto.
El aire a espaldas de George se movió. Podía notar la presencia de su mayordomo, Raúl, pero podía sentir a Rose en cada gota de sangre que corría por sus venas.
Su erección fue instantánea.
—Mademoiselle Rose, monsieur.
George soltó la cortina y se dio la vuelta hacia la única mujer viva que no podía
imaginarse que otras mujeres no lo desearan.
Sus pálidos ojos azules estaban a la defensiva, sus hombros rectos. No había
permitido que Raúl le recogiera la capa.
Su fuerza de voluntad era lo único que le impedía girarse y salir corriendo, lejos del impulso de sus deseos.
La pasión de Rose era su enemigo, lo mismo que había sido el de Diane. La
haría sentir inquieta y nerviosa.
Tenía que evitar sus pensamientos antes de que ellos los condujeran por un
camino que ninguno de los dos recorrería felizmente.
George sonrió, y detrás de su estudiado atractivo, empezó a maquinar.
—Has venido.
—Como puedes comprobar.
Pero él no podía comprobar... hasta dónde llegaría para dominarla.
No podía saber hasta dónde se aventuraría ella en aquella odisea sexual hacia la cual habían sido catapultados por sus necesidades.
Ni cuánto tiempo pasaría antes de que ella comprendiera aquel modelo de engaño y seducción, antes de que su pasión se convirtiera en odio.
Jugó deliberadamente con su amabilidad, como había hecho antes con su
sensualidad.
—¿Te dejarás ver conmigo fuera de estas paredes, Rosemary Andrew?
La pregunta le causó una enorme sorpresa, como había supuesto.
Su expresión también desconcertó a George, incapaz de comprender el dolor
que le había causado.
Incluso ella dudaba de que pudieran verla abiertamente con un hombre que
arrastraba consigo las cicatrices de su pasado.
Rose ladeó la barbilla, intentado negar el pánico que había asomado a su rostro, al igual que negaba sus encantos femeninos. Pero estos últimos existían: tanto la atracción física que él le inspiraba como la repugnancia que suscitaba en ella.
—Sí. Desde luego. Te acompañaré fuera de esta casa.
George restó importancia al dolor que había provocado en su interior la reacción de ella. Lo que él podría hacerle a Rose le haría mucho más daño que el que ella pudiera ocasionarle a él.
—Entonces quiero mostrarte algo. Algo bastante extraordinario. Si te atreves —la desafió.
Rose tocó el terciopelo de color azul cobalto con sus dedos enguantados y se
maldijo silenciosamente a sí misma y a George.
Si hubiera sabido que la llevaría a visitar a una modista no habría accedido a
acompañarle.
Se sentía herida. Y utilizada.
Él la había engañado y, lo que era todavía peor, se sentía avergonzado de ella.
Dejó a un lado la prenda que acariciaba con sus dedos enguantados.
—Preferiría algo más discreto, por favor. Tal vez un azul marino.
George y madame René, una mujer mayor, bajita y de fuerte carácter, con un
sorprendente pelo rojo y un collar de perlas digno de una reina alrededor del cuello,
se intercambiaron una mirada.
Rose interpretó correctamente su silenciosa comunicación.
Sus miradas parecían decir que ella era una mujer torpe y poco sofisticada, y
que no sabía absolutamente nada sobre aquello que estaba de moda.
Y era cierto.
Pero conocía la severidad con que el mundo juzgaba a las mujeres no casadas.
Sabía que vestir una prenda de color azul cobalto no la convertiría en una mujer menos solterona.
No haría de ella una mujer más joven.
Ni más atractiva.
Qué estúpida había sido al aceptar permanecer con un hombre del que no sabía absolutamente nada más que tenía un cuerpo perfecto y conocía con exactitud cómo hacer que una mujer se olvidara de que no había sido bendecida con los mismos atributos.
—Vamos a tomar sus medidas, mademoiselle, y luego decidiremos, ¿oui?
La modista levantó una mano pequeña y delgada. Un gran diamante resplandecía en su índice derecho.
—Claudette, toma el bolso de la señorita; Angelique, sus guantes; Babette, su
capa. ¡Ah! Y no se preocupe, mademoiselle, monsieur George cuidará de sus cosas.
A no ser que montara un escándalo, poco podía hacer Rose para detener el
asalto de aquella especie de ejército femenino de madame René. En el orden indicado fue despojada de su bolso, de sus guantes y de su capa.
—Voilà —exclamó la modista enérgicamente—. ¿Sería tan amable de seguirme, s`il vous plaìt?
Rose fue conducida tras una cortina de terciopelo color marrón, dentro de un
vestidor austero y claustrofóbicamente pequeño. El gas de un candelabro de cristal siseaba en el techo.
—No hay necesidad de que me tome las medidas, madame René. Se las puedo
decir.
La modista, varios centímetros más bajita que Rose, levantó la mano y le
pinchó el pezón izquierdo.
El aire se congeló en los pulmones de Rose, para luego salir en un estallido de
indignación.
—¿Cómo se atreve?
—Non, non, mademoiselle, esta prenda... esta prenda no le queda bien ici, aquí, ¿se da cuenta? La lana... la lana se infla por encima de su pecho. ¡Claudette! Ah, ahí estás, ma chère. Tráeme el nuevo corsé, el francés, el que llegó ayer. Y ahora, mademoiselle, le quitaremos el vestido.
Rose se alejó de las activas y pequeñas manos de la modista antes de que se
tomará libertades aún más vergonzosas. Al tropezar con la pared, se detuvo de inmediato.
—Le enviaré mis medidas, madame. Monsieur y yo tenemos un compromiso
previo y ya vamos un poco retrasados. Le ruego que me deje pasar.
Madame René no se apartó.
La modista sacudió la cabeza. Sus luminosos ojos de color ámbar tenían un
brillo cómplice.
—Es por monsieur George, oui? —susurró—. Lo noto muy cambiado. Usted se
viste muy discretamente cuando está con él, ¿no? Para no llamar la atención.
¿Ninguna mujer quiere llamar la atención cuando está con un hombre como él, oui?
Rose inclinó la cabeza hacia atrás.
—Se equivoca, madame.
—Non, no lo creo, mademoiselle. Si estuviera equivocada, usted querría complacerlo, ser la belle para él. Desearía que todos los hombres la miraran cuando va a su lado y dijeran: quelle une femme incroyable, ¡qué mujer tan increíble! ¡Tiene que ser todo un hombre para poseer a una mujer como ella!
—Monsieur Jhonsons es un hombre muy atractivo —dijo Rose con frialdad. A
pesar de sus cicatrices—. Y es capaz de conservar la compostura en compañía de cualquier persona.
—Si usted lo dice, mademoiselle... Se rumorea que es todo un étalon, un semental —añadió con la boca torcida en una mueca de disgusto—. Pero esas cicatrices...
La frialdad de la sangre de Rose se derritió, convirtiéndose en un calor que la
inflamaba por dentro.
—No me siento avergonzada de monsieur Jhonsons —insistió, ocultando su
mortificación detrás de la arrogancia.
La modista se encogió de hombros. Su gesto fue más elocuente que sus palabras. Resultaba obvio que no la creía.
—Sé que no soy, madame René... —y Rose forzó las palabras dolorosas,
hirientes, verdaderas— ... sé que no soy una mujer atractiva.
Una sonrisa de satisfacción apareció en los labios de la modista.
—Lo será después de pasar por mis manos, por las talentosas manos de madame René. Cuando haya terminado con usted, mademoiselle, ¡se verá tres magnifique!
Rose levantó las cejas con un gesto de ironía.
—¿Y cuánto me cobrará por esa transformación tan milagrosa?
—Una fortuna, señorita. Pero si usted no la tuviera, no andaría con monsieur
George, non?
Rose respiró lenta y profundamente.
No permitiría que la mortificaran.
La modista le había dicho en la cara lo que otros dirían muy pronto a sus espaldas.
Ella era la dueña, en efecto, de una fortuna, y si no fuera por su dinero, no
estaría con el hombre que se había vuelto famoso por su habilidad para llevar a las mujeres al orgasmo.
Todo puede ser comprado, le había dicho George. La satisfacción sexual. La
intimidad. La amistad.
¿Por qué no la ilusión de la belleza?
—Muy bien, madame René.
La modista no se contentó con sacarle el vestido.
—Tout, mademoiselle. Tout.
Le quitó todo: el polisón, las enaguas, el corsé, la camisa, los calzones.
No parecía comprender el sentido del pudor de los ingleses, lo que hubiera sido de mucha utilidad para una mujer que trabajaba en el negocio de la moda, pensó Rose con mordacidad.
Lo mismo que era muy útil para un hombre que trabajaba en un negocio como
el de George.
Un escalofrío sacudió todo su cuerpo.
Temblaba, vestida sólo con un sombrero, unas medias caídas y una faja que
apretaba el aire en sus pulmones. Sus prendas femeninas ya no podían ocultar la ternura de sus senos crecidos. Los tacones de sus botines la obligaban a estirar la pelvis hacia delante, tal como había ocurrido con los tacones de sus zapatos cuando
George la había desnudado.
Pero había un abismo entre ser desnudada por un hombre o por una mujer.
Con George había sido excitante, arrebatador, mientras que madame René la
inspeccionaba como si estuviera examinando a un caballo: primero por delante, después por detrás.
Se sentía como un caballo grande y torpe... y con una pluma en el sombrero.
Una cinta métrica zigzagueó alrededor de su cuello, haciéndole cosquillas, y
luego se extendió por sus hombros.
—Levante los brazos, mademoiselle.
La cinta fue presionada contra su axila —sintió la mezcla del cálido contacto de los dedos con la frialdad de la cinta metálica— antes de extenderse hasta sus muñecas.
Hacía muchos años que no pasaba por la humillación de ser medida.
Ridículamente, se encontró a sí misma esperando —como había esperado cuando le tomaron las medidas para su guardarropa de Londres, dieciocho años atrás— que la modista encontrara perfecciones que su espejo no mostraba.
Miró resignadamente por encima de la cabeza de madame René cuando ella se inclinó sobre sus pechos desnudos. El siseo del gas del candelabro del techo sonaba discordante.
No tuvo que mirar hacia abajo para ver lo que veía la modista: la evidencia
física de su noche de pasión, cuando sus senos habían sido ávidamente chupados por el hombre que la esperaba al otro lado de la cortina.
La cinta de medir rodeó su torso y, al extenderse, le pellizcó los pezones magullados e hinchados.
—Pecho pequeño —dijo la modista mientras garabateaba rápidamente la medida en un cuadernillo que luego metió entre el bolsillo de su delantal, antes de ponerse de rodillas para colocarle la cinta alrededor de la cintura—. Estamos engordando aquí, mademoiselle. Tal vez deberíamos prescindir de los postres.
Rose rechinó los dientes. Allí terminaban sus perfecciones ocultas.
La cinta circundó sus caderas. La cabeza de madame René se aproximó peligrosamente a sus partes íntimas, a las que ninguna mujer debía acercarse tanto, y especialmente cuando aquéllas —tiernas e hinchadas por las atenciones de un hombre— sobresalían lascivamente.
—Caderas un poquito anchas.
La presión alrededor de su pie izquierdo cesó cuando madame René desató con gran facilidad su botín.
—Levante el pie, mademoiselle.
Rose obedeció con dificultad y al hacerlo, para no perder el equilibrio cuando
sacó el pie del zapato, se apoyó en el pelo extraordinariamente rojo y perfectamente peinado de Madame.
—Maintenant. Le droit. Ahora el derecho —dijo, dándole un golpecito en el
tobillo—. ¡Arriba!
Con las medias aún puestas, Rose colocó los dedos de sus pies sobre la alfombra de lana y se concentró en la cortina de color marrón en vez de fijarse en la pequeña mano que la presionaba en el mismo lugar donde George la había acariciado con la lengua. El toque íntimo subió en espiral hasta su ingle, dejándola sin respiración, dolorosamente consciente de la palpitación que sentía entre sus muslos y del hombre que esperaba pacientemente detrás de la cortina de terciopelo.
La modista escribió en su cuadernillo más medidas antes de levantarse con la
agilidad de un niño.
—¡Claudette!
Rose se percató de la presencia de una mujer bajita y nerviosa que la examinaba de la misma manera en que lo hacía madame René y que le envolvió una prenda de raso negro en el pecho.
—Claudette, átale el corsé a mademoiselle. Ah, tendremos que rellenarlo un poco aquí, ici.
Rose permaneció quieta mientras la modista metía la mano entre el corsé,
hundiendo los nudillos en su seno derecho.
—Y refuérzalo con las ballenas —agregó—, de manera que le empuje el busto
hacia arriba y hacia fuera, oui?
—Oui, Madame.
—Vite, tenemos que añadir una pieza de tejido fino. Angelique, tráeme el velours
azul cobalto.
La cortina se corrió hacia un lado, permitiendo que Rose mirara de reojo a George. Y él a ella.
Un étalon, había dicho madame René. Un semental.
¿Hay algo que no seas capaz de hacer?
Nada, siempre y cuando produzca placer.
El color negro de sus ojos brilló, y luego se interpuso entre los dos una mujer
alta y huesuda, que atravesó el umbral con una pieza de terciopelo azul cobalto, como si viniera en misión de salvamento. La cortina marrón se cerró detrás de ella.
El calor de la mirada de George, sin embargo, permaneció.
Madame René tomó la pieza de tela en sus manos y envolvió con ella la cadera y las piernas de Rose.
—Debemos resaltar sus piernas, que no están nada mal, ¿verdad? La tela debe
quedar ajustada, más ajustada, con la sobretela recogida hacia los lados, así. Y a la robe du jour, al vestido de día, le coseremos unos pliegues aquí, sí, para que puedamoverse sin dificultades. Oui?
Un sonoro coro de ouis le respondió.
Había demasiadas personas en el vestidor, y la atención que le prestaban a
Rose le resultaba demasiado abrumadora. El perfume francés y el olor a gas del candelabro del techo se arremolinaban dentro de su cabeza.
¿Qué más podía hacer George por ella, que no hubiera hecho ya?, se preguntó con una leve sensación de mareo.
¿De qué hablaría ella en las próximas horas, días y semanas?
Él era, realmente, una persona extraña: un hombre sofisticado que combinaba
las maneras desinhibidas de sus antepasados franceses con la fría cortesía de los ingleses.
¿Y qué pasaría si su dinero no lograba mantener su atención?
De repente, el corsé y la pieza de terciopelo desaparecieron.
—No tema, mademoiselle. Ya verá cómo le queda todo estupendamente.
Monsieur George y yo la esperamos cuando esté preparada.
Madame René apartó la cortina y se retiró del vestidor mientras sus dos ayudantes terminaban de vestirla.
Fría y metódicamente. Como si ella fuera un maniquí y no la mujer que por primera vez en su vida se burlaba de la sociedad y de todo lo que ésta representaba.
De repente, Rose se dio cuenta de que tenía las manos tan frías como el hielo.
Estaba asustada.
Y no le gustaba esa sensación.
Se sentía como si tuviera dieciocho años y no treinta y seis.
Cuando se reunió con George y la modista, los encontró sentados uno junto al
otro. Estaban rodeados de gran cantidad de piezas de telas finas y brillantes, de vivos colores, que caían sobre el dorado brocado del diván, llegando al suelo cubierto con una alfombra de Aubusson. Había algunos tonos que no había visto jamás, mientras que otros los había admirado pero nunca se había atrevido a usarlos.
Sus cabezas se encontraban muy cerca. La luz del atardecer iluminaba el cabello de ambos. El de George aún no estaba salpicado por las canas, y el de ella era de un rojo teñido que resultaba demasiado ostentoso. Comentaban una serie de dibujos.
Como si ella no existiera.
Como si después de haber proporcionado el dinero necesario, su opinión ya no contara para nada.
El miedo y la excitación que la habían abrumado cuando decidió quedarse con
George encontraban su epicentro.
Él no era el que se iba a vestir con aquellos exóticos colores que representaban
todos los matices del arco iris. Y, por supuesto, tampoco iba a pagarlos.
—Creo que debería consultar conmigo, madame —dijo Rose con frialdad.
La modista la miró como si fuera una niña que hablaba a destiempo.
La furia de Rose creció de manera desproporcionada.
—Llevaré un vestido de sarga de color azul marino, pero me gustaría ver el
diseño primero, si no le molesta.
La costurera se puso rígida, como las gallinas antes de ser degolladas. El collar
de perlas que rodeaba su cuello brilló.
—Soy una couturière, mademoiselle. Una artista. ¿Está poniendo en duda mi
talento?
George intervino con suavidad.
—Mademoiselle sólo se estaba preguntando cuándo podría usted entregarle sus obras maestras, madame. Estoy seguro de que le gustaría lucir su vestido mañana.
—Imposible.
El acento francés de la costurera desapareció de inmediato.
—Nada es imposible, madame —aseguró George con la misma suavidad.
La codicia reemplazó la terca implacabilidad de sus ojos castaños y brillantes.
—¿Está dispuesto a pagar el precio, monsieur George?
La mirada oscura de George se dirigió hacia Rose.
Todas las palabras que habían intercambiado, todas sus caricias e intimidades,
se reflejaban en sus ojos.
En la impactante insinuación de su dedo.
En la desinhibida humedad de su lengua.
Acceso completo...
La agitada ciudad de Londres pareció invadir de pronto la pequeña y elegante
tienda. Los muchachos que repartían el correo hacían sonar sus campanas. Los
vendedores ofrecían sus artículos a gritos. Las ruedas de los carruajes chirriaban. Un silbido se alzó por encima del ruido: un barrendero llamaba a un coche con la esperanza de ganarse unos peniques extras.
—Sí, madame. —La voz de George sonó dura e implacable—. Estoy dispuesto a pagar el precio que sea necesario.
—Entonces, puede darlo por hecho.
Madame René se levantó del sofá con la espalda recta y alzando la cabeza con
orgullo.
—Ha sido un placer, mademoiselle. Y la próxima vez, monsieur, no tarde tanto en volver. ¡Claudette! ¡Angelique! ¡Babette! ¡Traed los rollos de tela! Acaban de entrar otros clientes que esperan nuestros servicios.
Clientes que probablemente no serán tan desagradables como la solterona mademoiselle Andrew.
El femenino ejército francés de madame René reunió rápidamente los rollos de finísimos tejidos y siguió los pasos de la dueña.
El bolso de Rose, adornado con abalorios, descansaba sobre una mesa lateral
de estilo Luis XVI, junto a sus guantes de seda negra, que brillaban sobre la madera dorada. Su capa de granadina colgaba de un perchero de bronce. El bastón de George, con empuñadura de oro, estaba apoyado contra la pared.
El saloncito privado pareció encogerse hasta que ya no hubo más espacio para
autoengañarse.
Ella no pertenecía a aquel ambiente francés.
Era demasiado obvio que George sí.
Se había sentado allí, en aquella misma tienda, y tal vez en el mismo diván... muchas veces.
Examinando a muchas mujeres diferentes.
Rose enderezó los hombros.
—¿Por qué me has traído aquí?
Los ojos negros de George parecían impenetrables.
—Madame René es, en realidad, la comtesse de lʹAguille. Sus abuelos huyeron a Londres durante la revolución. Lo perdieron todo: sus propiedades, sus riquezas, sus joyas. De una manera un tanto estúpida, criaron a su única hija haciéndole creer que se casaría con un aristócrata inglés digno de su posición. La hija sucumbió ante los encantos de un hombre de vida disoluta que no tenía intenciones de contraer, y luego murió al dar a luz a una niña. Los abuelos concentraron todas sus atenciones en la nieta, una hermosa muchacha de pelo rojizo, que, con el tiempo, atraería a muchos hombres de fortuna y con títulos nobiliarios.
Rose lo miró intrigada.
—Pero la muchacha tenía un gran sentido práctico. Estaba decidida a convertirse en una cortesana y no aspiraba a tener uno, sino muchos aristócratas ingleses. Y cuando sus atractivos maduraron, abrió este establecimiento. Primero dominó a los hombres, y ahora domina a sus mujeres. Una mujer que no tenga un traje diseñado por madame René no va a la moda.
Rose continuó mirándolo en silencio.
No quería sentir pena por madame René.
Durante todos aquellos años, se había hecho a la idea de ser una mujer soltera y virgen. O así lo había pensado. Sin embargo, con una sola prueba, la modista le había mostrado lo poco que se diferenciaba de la muchacha de dieciocho años que alguna vez había fracasado en el intento de integrarse en la magnífica y elegante élite denLondres.
—Ella no viste a cualquier mujer, Rose —dijo George gentilmente—. Ni siquiera por los precios exorbitantes que las bellezas de la alta sociedad están
dispuestas a pagar.
—Y tú... ¿tú aceptas a cualquier mujer que esté dispuesta a pagarte? —preguntó
Rose con frialdad, consciente de que aquella pregunta era inadecuada, pero incapaz de detenerla.
—Al principio, sí —respondió él en tono categórico.
—¿Y después?
—Después sólo quise admitir a aquellas que se ajustaban a mis criterios. Como
madame René.
—Y aparte de la riqueza, ¿cuáles son los criterios de madame René?
—Los mismos que los míos.
—¿Y cuáles son?
—Ambos valoramos, por ejemplo, la pasión de una mujer.
Durante un instante en que casi se detiene su corazón, Rose creyó que él la
encontraba atractiva.
Quería creerlo.
Aunque si no fuera por su dinero, pensó, George no la habría aceptado, al igual
que la costurera.
El cosquilleo entre sus piernas se intensificó.
—Has dicho que no me mentirías.
—No te he mentido.
—Si yo quisiera que tú... ¿lo harías?
Una puerta lejana se cerró sobre la ruidosa vida londinense que había invadido
la tienda.
Algo parecido a un dolor cruzó el rostro de George. O tal vez era pesar. O simple aburrimiento ante su falta de sofisticación.
—No, no te mentiré.
Rose sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos.
—¿Por qué no? —preguntó con cierta severidad.
—Porque me gustas, Rosemary Andrew.
Nadie le había dicho nunca que ella podía ser querida, deseada, necesitada.
Trató de ocultar el cálido rubor de placer que encendió sus mejillas.
—Entonces, les has mentido a otras mujeres...
—Sí —dijo él con franqueza.
—¿No te gustaban?
—Algunas me gustaban, pero no todas. El gusto tiene poco que ver con la
lujuria.
—¿Y alguna vez le mentiste a una mujer que te gustaba?
—Sí —respondió de forma inexorable y sin asomo de arrepentimiento.
—Y entonces ¿por qué no habrías de mentirme a mí? —preguntó al sentir que el roast beef que había comido a la hora del almuerzo le pesaba en el estómago—. ¿Porqué no? ¿Por qué no habría de decirle que era hermosa?
Ella no le creería.
Comprendería que el dinero era la base de la atracción que él sentía por ella y
sabría cómo actuar, qué esperar y cómo comportarse.
Sabría qué quería él de ella.
George se levantó del diván de brocado dorado, rozándola a propósito.
El áspero contacto de sus dedos hizo que su cuerpo se desbocara. Sus senos. Su clítoris. Sus nalgas.
—Porque tú no quieres que te mienta —dijo él tomando su cara entre las manos para que pudiera sentir su aliento, tan sensual como una caricia.
Ella se quedó mirando la corbata negra que tenía anudada alrededor del cuello; el calor de sus dedos atravesaba su carne. Sus dientes. Sus huesos.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque te conozco, Rose.
Él no podía conocerla.
Podía conocer sus deseos, sí, pero era imposible que supiera lo que sentía
aquella mujer que, por no correr el riesgo a ser ridiculizada, había dedicado su vida al cuidado de sus ancianos padres.
No podía conocer a la mujer que por debilidad y cobardía les había prolongado con crueldad el dolor y el sufrimiento.
Rose lo miró fijamente a los ojos.
—Es posible que, más que gustarte, prefiera que me desees con lujuria.
La cara de George se iluminó con una sonrisa que dejó ver sus blancos dientes.
—Te deseo con lujuria, Rose. Y eso no es sinónimo de que me gustes, pero las
dos cosas no son incompatibles.
Ella tocó con determinación la parte delantera de sus pantalones de paño.
Quería probar la validez de su afirmación.
El calor quemó su mano.
Estaba duro.
Preparado.
Sintió un pálpito en la palma de su mano.
¿Suyo... o de ella?
—¿Me has traído aquí porque te avergüenza mi apariencia?
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Aflojó su mano, horrorizada.
No quería saberlo. Ya había oído suficientes verdades aquel día.
—Te traje aquí porque quería que conocieras a madame René —señaló George sin parpadear—. Es una mujer maravillosa y valiente que ha florecido allí donde otras mujeres en sus mismas circunstancias se han marchitado. Tú me la recuerdas.
Sí, ambas habían pasado ya lo mejor de sus vidas.
—¿Alguna vez fuiste su amante?
Rose se acobardó ante la pregunta, ya que madame René debía de tener unos
setenta años.
—No. Pero lo habría sido —respondió George, mirándola con intensidad,
desafiándola a ella, la dama que lo había contratado, a que lo juzgara a él, el hombre que atendía a las mujeres como ella, tan necesitadas de placer—. Si me lo hubiera pedido.
Y si hubiera estado dispuesta a pagar su precio.
Rose se concentró en la curva de su labio inferior, sintiéndose increíblemente
ingenua en aquel incómodo mundo de belleza exótica y de sensualidad descarada.
—Madame René dijo que mis senos eran demasiado pequeños. —Su voz sonaba débil, casi tanto como ella se sentía—. Que estaba engordando en la cintura, que mis piernas eran pasables y que no debía preocuparme, ya que ella se encargaría de todo.
Él inclinó su mentón para que ella no tuviera otra alternativa que mirarle a sus
ojos negros.
—Eso no fue lo que me dijo a mí —murmuró con suavidad.
Ni en su voz ni en su cara se notaba una actitud de reproche.
—¿No? —preguntó con la respiración acelerada—. Nunca pensé que para ella
resultara divertido herir la sensibilidad de una mujer.
La risa iluminó los ojos de George, como la luz del sol sobre la superficie de un lago. Brillante. Cegadora.
—A mí me dijo que tus senos eran altos y firmes, como los de una mujer joven.
Que tu cintura era sutil, y que tus piernas se parecían a las patas de los caballos de carreras.
Rose recordó... el soplo frío del aire, y el fuego violeta...
—Me has visto —dijo ella sin aliento—, cuando madame René me estaba tomando las medidas.
Y cuando ella estaba en el vestidor, desnuda, con las medias alrededor de sus
muslos y el sombrero con esa ridícula pluma que la hacía sentir como un caballo grande y torpe.
—Te he visto.
A la luz de la lámpara. A la luz del día.
Sus piernas —y sus labios femeninos— se abrieron.
—No puedo ponerme los diseños de madame René.
—¿Por qué no? —preguntó él, mientras sus labios se iban haciendo más finos,
más sensuales, más seductores.
—Porque aún estoy de luto —contestó ella, con un nudo atravesado en la
garganta, al recordar el dolor que no cesaba y el cansancio que siempre la esperaba—Mis padres murieron hace apenas diez meses.
La tensión que contraía la cara de George desapareció, aunque es posible que
nunca hubiera estado allí. Era imposible entender a aquel hombre tan complejo que afirmaba que la deseaba tanto como ella lo deseaba a él.
—¿Por eso viniste a mí? —inquirió, acariciándole las mejillas con la cicatriz de
su índice, mientras sus otros dedos le quemaban las orejas—. ¿Para olvidar tu pena?
—No.
Súbitamente, fue consciente de su situación. De la sangre que latía en la punta
de sus dedos, de la sangre que fluía por las venas de sus sienes.
—Vine a ti por miedo a convertirme algún día en una mujer tan solitaria e infeliz como ellos.
Él estudió sus labios, acariciándola con la mirada.
—Y, sin embargo, los cuidaste hasta el final.
—No tenían a nadie más.
Y ella tampoco.
—No quisiste salir conmigo hoy —comentó levantando las cejas, su mirada fija
en la de ella—. ¿Te avergüenzas de mí?
¿Había escuchado a la couturière?
¿Le molestaba que la gente lo mirara? ¿Que hablara?
¿Cómo podía una mujer no encontrarlo atractivo?
—Las mujeres no pagan a los hombres diez mil libras esterlinas si se avergüenzan de ellos, monsieur Jhonsons —dijo con firmeza.
Sus ojos negros la miraban implacables.
—Y entonces ¿por qué te encogiste de espanto cuando te pregunté si te dejarías ver conmigo?
Él no permitiría su dignidad. Ni su pudor.
Ni su orgullo.
¿Qué le había dicho?
Que hay ocasiones en que las mentiras son lo único que nos protege. Pero no hay necesidad de mentir. Ambos deseamos... Ambos necesitamos.
Rose enderezó su espalda.
—Porque... porque todo el mundo dirá que no estarías conmigo si no fuera por el hecho de que... de que te pago por ello. —Sus labios suaves y sedosos se crisparon—. Y porque sé que la sociedad es menos tolerante que tú y que madame René en lo relacionado con las necesidades físicas de las mujeres. Habrá chismes y rumores, y las pocas invitaciones que aún recibo ocasionalmente, dejarán de llegarme.
Una sonora carcajada cortó el ruido amortiguado de la ciudad. En el establecimiento había una nueva clienta, a quien las asistentes de madame René acompañaron muy amablemente hasta el salón privado.
No podía descartar la posibilidad de que alguna vez hubiera sido, también,
clienta de George, pero, de inmediato, trató de alejar aquel pensamiento de su cabeza. No permitiría que sus inseguridades arruinaran el poco tiempo que iban a pasar juntos. Había llegado la hora de asumir responsabilidades y, ¿por qué no?, de tomar la iniciativa.
Rose colocó las manos sobre las de él; las cicatrices de su piel, cálidas y ásperas, le acariciaban las mejillas.
—Pero también estoy dispuesta a pagar ese precio —concluyó.
—Por lo tanto, ¿te pondrás los vestidos de madame René —preguntó George bajando la cabeza, cerca pero no lo suficiente— durante el tiempo que pasemos juntos?
—Sí—dijo, humedeciéndose instintivamente los labios, como a la espera de un beso.
—¿Y después, cuando ya no tengas que guardar luto por la muerte de tus
padres?
—También.
Los vestidos, envueltos en papel de seda, serían guardados y enviados a su desván para unirse a lo que quedaba de su ropa de la adolescencia.
La boca de George rozó la suya.
—Vámonos a casa.
A su casa, perfumada por las flores y no por el moho, por la pasión y no por el
dolor.
La respiración de Rose se convirtió en un suspiro.
—No puedo... tan pronto, después de que... aún estoy un poco dolorida.
Sus labios volvieron a rozar los suyos, y sus ojos negros miraron cómo ella le
devolvía la mirada.
—Hay otras maneras de complacerte.
La humedad que crecía entre sus piernas la llevó a rememorar el placer, la relajación de sus músculos, el dolor en aumento.
—¿Quieres decir —y tragó saliva al formular la pregunta— que me complacerás como lo hiciste... antes?
Con los labios. Con la lengua. Con los dientes.
—Quiero decir —y sus labios acariciaron de nuevo los suyos— que te quitaré la pluma del sombrero y te haré cosquillas en el clítoris hasta que me ruegues a gritos que me detenga. Pero no me detendré.
Rose dejó de respirar durante un segundo: la imagen de la pluma blanca del sombrero entre sus dedos largos y callosos, colocados en las profundidades de sus muslos, se lo impedía.
Los músculos de su vientre se contrajeron.
Sus dedos se agarraron compulsivamente los de él para contener la puñalada
del deseo.
Pero quería algo más que su satisfacción solitaria.
Quería compartir las pulsaciones de su corazón, la mezcla de sus alientos, la
unión de sus sexos.
—Prefiero que... que tú sientas placer conmigo —dijo despacio, como buscando las palabras.
Y justo cuando pensó que estallaría por la intensidad de su mirada, de sus
caricias, de la promesa de sus besos, sus gruesas y negras pestañas se cerraron. Le mordió delicadamente los labios, como si la arañara con fuego líquido, y el calor abrasador de sus manos se hundió entre sus piernas.
—Te voy a demostrar que un hombre y una mujer pueden obtener satisfacción de muchas maneras —susurró—. Juntos.
Las fronteras inexploradas de la pasión.
Del deseo. Del placer.
Rose se humedeció los labios, saboreando su saliva, su aliento. Su incertidumbre.
—¿Puede una mujer aceptar a un hombre... donde me penetraste con tus
dedos?
Las pestañas de George se levantaron lentamente.
Un calor indescriptible se apoderó de todo el cuerpo de Rose.
No sabía si procedía de la vergüenza que le había producido la osadía de su pregunta, o de las llamas de pasión que ardían en los ojos de su acompañante.
—Una mujer puede recibir a un hombre en todos sus orificios —dijo con la voz
ronca, apretando de nuevo sus mejillas, abrasando los labios con su aliento.
La presión podía doler, pensó ella vagamente, pero no lo hacía. Lo único que
importaba eran sus ojos negros. El magnetismo de su roce. Y la imagen de su
miembro penetrándola allí donde antes lo había hecho con sus dedos.
El recuerdo de una sensación la estremeció.
—Has dicho que toda mujer tiene derecho a exigir, pero ¿qué pueden exigir los hombres? —¿Cómo podía ella devolver el placer que él le daba?— ¿Qué esperas de una mujer, George?
Él la soltó, dejando sus mejillas en contacto con el aire frío.
—Espero todo de ti, Rose.
Ella parpadeó ante su retirada inesperada.
George se dio la vuelta, alejándose. Ella permaneció rígida, tratando de recobrar el control de su respiración. De su cuerpo.
Hasta que sintió —más que oyó— que él se le acercaba por detrás.
—Levanta el brazo derecho.
Con cierta dificultad, Rose introdujo sus brazos en las mangas de su capa. El
movimiento hizo que su seno derecho se inclinara hacia delante... y que el izquierdo rozara, como en una áspera caricia, su camisa de lino.
Sintió el peso de la capa sobre sus hombros, presionándola hasta el punto de
que casi no podía respirar.
¿Qué había dicho para que él se diera la vuelta y se alejara?
De repente se detuvo frente a ella, con sus guantes de seda negra y su bolso en las manos.
Esquivando su mirada, ella trató de alcanzarlos, pero él los dejó caer hasta la
altura de su ingle.
La bragueta de sus pantalones de lana gris se hinchó entre los complementos
femeninos.
Sus miradas se encontraron.
—Esto es para ti, Rose —dijo, manteniendo su rostro inescrutable, mientras
presionaba sus guantes y su bolso contra sus manos, sus dedos rozando su piel suave y obligando a los de ella a cerrarse sobre la resbaladiza seda y los abalorios de azabache—. El dinero puede comprar placer, pero no hace que el pene de un hombre se endurezca. Cuando salgamos a la calle y la gente se detenga a mirarnos, lo que verán es mi erección. No una transacción monetaria.
Rose buscó la verdad en sus ojos.
—¿No te molesta que otros puedan ver tus... deseos?
—¿Por qué habría de molestarme?
En efecto, ¿por qué?
Durante toda su vida había ocultado sus necesidades, que se negaba a manifestar por miedo a lo que otros pudieran pensar de ella.
George le ofreció su brazo. Bajo la chaqueta de lana estaba la musculosa
realidad de su carne masculina.
Las calles se hallaban atestadas de personas que entraban y salían presurosas de sus casas y de las tiendas cercanas, en medio del bullicio de los vendedores
ambulantes que trataban de tentarlas con sus mercancías. Ni se fijaron en Rosemary Andrew, ni en el hombre que se jactaba descaradamente de tener una erección por ella.
Los ojos oscuros de un hombre que se aproximaba, joven y, a todas luces, rico,
se posaron brevemente en la bragueta de George y luego la miraron a ella con un tono de especulación abierta.
No había burla ni censura en ellos.
Sólo reconocimiento masculino.
El aire de Londres, contaminado por el humo, las cloacas y los restos de los
animales, se volvió de pronto limpio y puro.
Rose se imaginó la pluma de su sombrero acariciándole los muslos.
Y en el miembro de George, duro y erecto. Y en sus observaciones, audaces y
directas.
Sus pasos sonaban al unísono sobre los adoquines de la acera. El todos los
orificios retumbaba en sus oídos.
Un carruaje se acercó un instante después de que George levantara la mano.
Las pupilas de Rose se dilataron al entrar. El asiento crujió bajo su peso y, luego, bajo el peso de él.
George cerró la puerta del coche.
Ella retiró la capa para dejar sitio a sus hombros, a sus caderas, a sus piernas... y a sus propios pulmones.
—Todo parece indicar que atraes a los cocheros, monsieur Jhonsons.
Una oleada de pura energía invadió los estrechos confines del carruaje. La
mano izquierda de George se aferró a la manilla de la puerta, como si quisiera abrirla de un tirón, y la mano derecha apretó la empuñadura dorada del bastón con tanta fuerza, que las cicatrices rojizas se volvieron blancas.
Cuando el carruaje se puso en marcha, Rose comprendió, aunque demasiado
tarde, la causa de semejante reacción.
CONTINUARA….
ACTUALIZANDO FIC EN EL PROXIMO CAPITULO LE DEJARE SALUDOS A LOS QUE ESTÁN SIGUIENDO EL FIC.
