EN BUSCA DE UN AMANTE
Por: Tatita Andrew
Capitulo #08
George no había considerado la posibilidad de ser sorprendido a plena luz del
día en una calle concurrida, y mucho menos por un cochero.
Peatones indiferentes caminaban por la acera; los vendedores ofrecían sus
productos a voz en grito, y su pene se erguía e hinchaba como si tuviera vida propia,
insensible a la amenaza del peligro.
Sus entrañas se encogieron ante el tardío entendimiento: cuando llegara el
momento, no importaría que estuviera preparado.
Se aferró aún más fuerte a la manilla de la puerta, pero el carruaje no se detuvo.
El olor asfixiante a perfume, humo de tabaco rancio y heno mojado se le subió a la cabeza con un arranque de energía que lo dejó desorientado. Debajo del hedor dejado por innumerables clientes anónimos, que nunca conocerían el destino de una mujer solitaria y del hombre al que había contratado para perder su virginidad, se ocultaba el aroma del jabón y la bencina y, más allá, el de la propia dulzura de Rose.
—Te ruego que me perdones. —La voz baja y educada de Rose sonó como un
rugido; el hombro izquierdo presionaba rítmicamente el brazo derecho, rozando los músculos contraídos por la tensión—. No quise decir que tu... apariencia... atrajera una atención incorrecta.
El coche tenía dos destinos posibles, y George tenía dos opciones.
Podía agarrar a Rose de la mano, abrir la puerta y saltar, o podía esperar y ver
adónde los llevaba el cochero.
A la muerte. O a su casa.
Si saltaban, ella corría el riesgo de herirse o de matarse. Sólo unos minutos antes sus pensamientos estaban concentrados en las innumerables maneras en que un hombre y una mujer pueden disfrutar uno del otro, y en los orificios a través de los cuales pueden obtener satisfacción mutua.
Debería ser él quien le rogara a ella que lo perdonara.
—Anoche te lo dije...
Su respiración empañaba el vidrio de la ventanilla. Edificios familiares
aparecían tras la neblina. Desaparecían. Volvían a aparecer. Muerte. Deseo. Muerte. Deseo. Pautas ineludibles.
—No necesitas pedirme disculpas. Nunca.
El sol se reflejó en el escaparate de una tienda, y una luz brillante lo cegó
durante un instante.
Su mano izquierda seguía aferrada a la manilla metálica de la puerta, y su mano derecha continuaba apretando la empuñadura del bastón, de oro suave y cálido,
como el cuerpo de Rose.
Una tercera opción.
El bastón, como el cuchillo y los condones de su mesita de noche, estaba hecho a medida, y con un pequeño giro de la empuñadura dorada, se abría para convertirse en una espada corta.
Sería más amable por su parte matarla él mismo. Rápidamente. Antes de ser
obligado a ver cómo ella rogaba para que la mataran.
Como había hecho Diane.
—Sé lo que significa ser objeto de curiosidad.
La compasión de Rose le ponía nervioso.
George giró la cabeza para mirarla.
Su cara resplandecía en el lúgubre interior del carruaje, y sus ojos pálidos
parecían dos chispas de luz.
A ella nunca se le había ocurrido que los cocheros fuesen capaces de secuestrar —y de matar—, y tampoco se imaginaba que los hombres contratados para complacer a las mujeres pudieran hacerlo.
Una vena se le hinchó en la sien. La sangre palpitaba dentro de su miembro
viril.
Ella, una virgen inexperta que aún tenía que aprender lo que quería, lo había
tocado. Había puesto sus manos suaves e inmaculadas sobre las suyas, y no las había retirado al sentir las ásperas cicatrices. Había permitido, además, que él la tocara.
Y él la había traído hasta allí.
—¿Qué sabes tú acerca de ser un objeto de curiosidad? —preguntó
bruscamente.
¿Qué sabía ella acerca de mentir, de estafar y de matar?
—A las mujeres solteras se las considera una rareza. —Una sombra oscureció el brillo de los pálidos ojos de Rose; la pluma blanca que coronaba su sombrero negro bailaba al ritmo de los trompicones de las ruedas del carruaje—. Y especialmente en un país donde la gente no parece tener nada mejor que hacer que criticar a sus vecinos.
Y, sin embargo, ella había accedido a quedarse con él, a ser vista con él, siendo
consciente de que su compañía arruinaría su reputación.
Una estruendosa música invadió el vehículo. Una ráfaga de color y movimiento surgió tras la ventanilla de Rose: sonaron los tambores, brillaron los instrumentos de viento.
En un abrir y cerrar de ojos, todo había desaparecido: la andrajosa banda callejera, la música, la prueba misma de que alguna vez habían existido. George nunca había dicho cómo se llamaba el hombre. Ni a su mejor, ni a la
madame. Si se lo llevaban, simplemente dejaría de existir para un mundo que ya lo creía muerto.
Y se rompería el ciclo de muerte y de deseo.
No habría más miedo. No volvería a sentir esa avidez carnal que le carcomía el alma y el cuerpo.
No habría nadie que pudiera ayudar a Rose.
¿Cómo podía permitir que el hombre se la llevara?
El carruaje giró en una esquina, inclinándose hacia la izquierda con un extraño
crujir de la estructura. Rose se aferró al cuero del asiento, pero ya era demasiado tarde.
Chocó contra él. La capa, el traje y el corsé no le impidieron sentir el impacto de sus senos redondos y firmes.
Maldijo a su pene, que se alzaba como respuesta incontrolable. Maldijo al hombre por el miedo que le inspiraba, un miedo que aumentaba la agudeza del deseo. Maldijo los recuerdos que estallaban dentro de su mente como fuegos artificiales en un día de fiesta.
No se hacía ilusiones sobre lo que sucedería si a él y a Rose se los llevaban juntos. Ninguno de los dos sobreviviría.
La urgencia instintiva de pelear, de escapar, se transformó en la necesidad primaria de procrear.
George y el hombre eran los últimos descendientes de su linaje. Cuando murieran, no habría nadie más para seguir llevando el nombre de la familia.
Rose era también la última representante de su linaje.
Durante un segundo interminable pensó en fecundarla con su semilla y sacarla
de aquel coche, con la esperanza de que sobreviviera, embarazada de su hijo. Sería una madre amorosa. Su hijo, o su hija, mamarían de sus pechos, como había hecho él, y se alimentaría de su innata bondad, ignorante de los pecados de su padre. Y a través de su descendiente él permanecería...
Como lo haría la sangre del hombre.
Se esforzó por controlar el impulso de lujuria que lo conducía a crear vida a
partir de la destrucción interminable y sin sentido, pero no podía olvidarse del roce abrasador de sus pechos.
—No fue tu soltería la que provocó las habladurías de la gente —dijo sin
inmutarse.
Las mujeres —y los hombres— despreciaban con frecuencia lo que más querían.
Y querían lo que más despreciaban.
—Fue tu riqueza.
—¿Es realmente importante saber cuál ha sido la causa de los chismorreos? —preguntó ella tranquilamente.
El agrietado asiento de cuero saltaba y vibraba debajo de ellos, estimulando de manera casi dolorosa su erección.
—De todas formas son dolorosos.
La rueda trasera del lado izquierdo del carruaje pisó un bache, haciendo que se hundiera hasta el eje antes de seguir adelante.
Él no podía decirle que las palabras no hacían daño. Sí lo hacían. No podía mentirle prometiéndole que algún día se acostumbraría al dolor. Si el cochero los llevaba a donde estaba el hombre, no habría para ella tiempo de crecer, de amar y de reír.
Una hilera de casas de ladrillo apareció detrás de la ventanilla, dándole alguna
esperanza, ya que significaba que el coche no se había desviado aún de la dirección en que estaba su casa. Pero también sintió crecer la ira en su interior, porque aquello significaba que el hombre, como un gato, estaba jugando con él. Y no había nada que pudiera hacer al respecto.
Excepto mirar. Y esperar.
Y anhelar la libertad.
—Me he tocado a mí misma.
La mirada tensa de George se giró hacia la cara de Rose, cuya mejilla derecha
resaltaba ante el aspecto borroso de los edificios que se distinguían a través de la ventanilla.
Una mano invisible le oprimió el corazón.
Ella le estaba haciendo una confidencia, tratando de aminorar el dolor que
pensaba que le había causado.
—Esta mañana me preguntaste si alguna vez me había tocado los senos al
imaginar a un hombre succionando a una mujer. Sí, lo he hecho.
Apretó su bolso, cuyos abalorios brillaban como diamantes negros.
—Por las noches solía acostarme en la cama a imaginar que tú me besabas los
senos —dijo con la mirada fija, en guardia, incierta, sin saber cómo iba a responder su acompañante ante la confesión de sus anhelos secretos—. Y me tocaba a mí misma.
Era ridículo que estuviera celoso de un hombre muerto, pero George lo estaba.
Una oleada negra de furia lo atravesó.
Rosemary Andrew se había imaginado que George le succionaba los senos. Pero él no era George.
Ninguna mujer había gritado su nombre, nunca, en el momento del orgasmo.
Siempre había sido el de George.
Nunca el de suyo.
Y jamás sería George.
—¿No preferirías tener al hombre que fui en el pasado? —preguntó brutalmente, queriendo herirla, queriendo prepararla, queriendo protegerla—. ¿O pretendes ignorar mis cicatrices?
Sus duras palabras se oyeron por encima del incesante rechinar de las ruedas
del carruaje.
—No, no pretendo eso —contestó sin desviar su mirada.
—¿Que no pretendes eso? —exclamó con crueldad—. ¿Procuras olvidarte de
mis cicatrices o hacer que no te importen?
La mirada de Rose era demasiado evidente. Demasiado ignorante de su destino.
—Y no, no desearía que fueras el hombre que fuiste en el pasado.
Durante un momento, Pero el no era George deseó ser todavía George. Por ella.
Deseó ignorar el precio que ella pagaría. Por él.
Deseó no saber lo que le esperaba a Rose.
Dentro de una hora. Un día.
Un mes.
El hombre vendría.
—¿Por qué? —preguntó con brusquedad. Con crueldad.
Después de todos estos años aún no sabía el porqué.
—Porque me haces sentir deseada.
Y dieciocho años antes George la había ignorado.
La había herido incluso antes de conocerla.
Sus músculos tensos se estremecieron: de pesar, por el infierno en el que él la
había sumergido; de deseo, por lo que podría haber sido en otras circunstancias.
Respuestas que, por el bien de ambos, sería mejor ignorar.
Aunque era imposible.
—Tú eres deseable, Rosemary. He podido ver cómo te miraba el hombre que nos cruzamos en la calle. Te deseaba. Y yo también.
La luz en sus oscuros ojos negros temblaba, y su turbación ante el hecho de que él se diera cuenta de que la mirada de un hombre desconocido la hacía sentir deliciosamente femenina, se convirtió en vulnerabilidad.
Quería creer que era deseable.
Aunque todavía no podía.
Quería confiar en él, emocional y físicamente.
Aunque tampoco se atrevía.
—Desde que me quitaste la virginidad, sólo una vez me has hablado en francés
—dijo bajando la barbilla, negando su turbación, su vulnerabilidad, al tiempo que el coche se precipitaba hacia delante, con un destino fijo, y sin que él pudiera hacer nada
para detenerlo—. ¿Por qué?
Ella ya había comenzado a reunir las piezas del rompecabezas.
George rechinó los dientes.
Porque la quería a ella más que a la muerte misma.
Pero aquélla no era la respuesta que ella esperaba. Ni siquiera la pregunta que
había hecho.
La noche anterior lo había corregido cuando la llamó mon amour. Mi amor. Pero no cuando la llamó chérie.
Rose quería oír las habituales palabras cariñosas francesas que él dirigía a sus
amantes y que le había prodigado a ella antes de darse cuenta de que era inútil
intentar ser una persona que ya había desaparecido.
Se obligó a sí mismo a pronunciar las palabras que ella esperaba.
—¿Preferirías que te hablara en francés con más frecuencia?
¿Sería la muerte a manos de George menos dolorosa?
—Me gustaría que me enseñaras a hablar francés.
La cabeza de George se inclinó hacia atrás mientras su corazón latía con fuerza
y el carruaje se balanceaba de un lado para otro. Él no podía ser George. Aunque supiera que ése era el último deseo de Rose.
—Ya lo hablas.
A toda mujer bien educada le enseñaban la gramática francesa.
—Pero no como... —Bajó decididamente la mirada—. Mejor dicho, quisiera
aprender otras palabras. Palabras que no procedan de los manuales de medicina. Los académicos definen el orgasmo como el medio a través del cual el esperma es depositado dentro de una mujer con el propósito de dejarla embarazada. Describen el clítoris como una proyección parecida al pene que, debido al género de la mujer, no madura hasta convertirse en el órgano que les trae prestigio y honor a los hombres. Quisiera aprender palabras que pudieran expresar no sólo la fisiología de la unión sexual, sino también su belleza.
George quería saber cómo era posible que una virgen tan bien educada se
hubiera convertido en una experta en terminología sexual. Clítoris. Pene. Eran
términos que la alta sociedad escondía a sus mujeres por temor a que les contaminaran el alma.
Ahora deseaba ardientemente no saberlo.
Ella había extraído sus conocimientos de los manuales de medicina en los que
las palabras estaban impregnadas de muerte y de enfermedad.
—Hay palabras inglesas que no proceden de la medicina —dijo para
provocarla.
—Sí, pero el inglés puede ser duro. Yo no siento lo que hiciste... lo que hicimos...
como algo vil. La palabra coito suena grosera, primitiva, y nunca me he sentido tan cerca de alguien como cuando estabas dentro de mí. El francés es una lengua muy hermosa —añadió, tratando de darle un tono alegre a su voz, pero no pudo, ya que nunca se le había permitido tomar la vida con alegría—. Se adapta mejor a la intimidad que el inglés, ¿no crees?
Él lo había creído... hace tiempo, pero ahora no podía pensar en otra cosa que
no fuera en el recorrido del carruaje y el calor abrasador del hombro, la cadera y la pierna de Rose, que rozaba la suya con cada bache del camino.
Dos ritmos separados, dos relojes que marcaban destinos separados.
Veintisiete años antes el sexo había impedido que George cayera en el abismo
de la locura, y a través del francés había sido capaz de expresar su necesidad de bienestar, de placer, su necesidad de dejarse acariciar por la alegría de la sexualidad.
Gracias a aquella belleza, George había nacido de nuevo.
Rose no deseaba que fuera el hombre de antaño. Sólo le estaba pidiendo que
hiciera su vida más soportable.
—¿Qué palabras te gustaría aprender? —dijo con voz ronca.
—Anoche me besaste —contestó con determinación.
—Los franceses tienen muchas palabras para decir beso —la interrumpió, tratando de determinar si los golpes de los cascos del caballo indicaban una
reducción o un incremento de la velocidad—. Todo depende de la persona que nos bese, y en qué sitio.
—Me besaste entre los muslos.
Los senos de Rose se inflamaron rápidamente debajo de su blusa negra.
—Y en el clítoris.
El eco de los cascos del caballo se mezcló con los latidos de su corazón, que la
habían llevado muy lejos desde que había subido al carruaje con un hombre que no conocía, y al que todavía no había llegado a conocer.
—Al clítoris de una mujer se le llama bouton dʹamour, botón de amor —dijo con la boca llena del sabor de ella, del sabor de su pasión dulce, sedosa y salada al mismo tiempo—. Y al beso que te di allí se le llama le broute‐minou.
Rose apartó su mirada de la suya. Se concentró en el cuero desgastado del
interior del carruaje; el sombrero negro y la pluma blanca de garceta impedían que él la viera.
Luego dirigió la mirada hacia la ventanilla y al reflejo del pálido perfil de ella
en el cristal, casi tan perfecto como el de un camafeo, superpuesto a las señales fugaces de Londres.
Estaban tan cerca de su casa... sólo a unas cuantas manzanas. No podía evitar el nerviosismo que le provocó una cierta esperanza, aunque sabía que todavía era demasiado pronto para decir... para saber si conseguiría materializarse.
A pesar de que estaba convencido de que era mejor que el hombre se los llevara ahora, antes de que la mujer se uniera más a él... y él a ella.
—Te referiste a tu... a tu pene... como ma bitte. ¿Hay otras palabras para
designarlo?
Al otro lado de la ventanilla pudo ver fugazmente un parque, una mancha de
árboles verdes y frondosos, de sombrillas girando, de niños corriendo detrás de un aro.
Alguna vez había sido joven. Feliz. Despreocupado. Antes de ser George Jhonsons
¿Lo había sido Rose?
—Hay muchas palabras para designar a un hombre.
El crujir del cuero lo alertó; Rose se giró en el asiento. Su mirada se encontró con la de él. Sus ojos revelaban curiosidad.
—¿Como cuáles?
La sangre palpitaba en sus venas; el carruaje avanzaba sobre las calles adoquinadas. No había regreso posible.
—Bequille. Muleta. Outil. Instrumento. Bout. Fin.
Él había utilizado el sexo, en muchas ocasiones, como una muleta y como un
instrumento. Como un medio para llegar a un fin que se aproximaba rápidamente...
Rose frunció el ceño, traduciendo las palabras francesas al inglés, pero para ella no tenían ningún significado.
Él nunca la había oído reír.
Diane no se había reído cuando el hombre se la llevó. Pero sí lo había hecho
antes.
George no había sentido nunca la alegría, no había sentido nunca el placer. Toda su vida había estado dedicada a consolar a otros.
Mientras hubiera tiempo, quería darle la alegría de la risa.
—Al pene de un hombre también se le llama andouille à col roule —dijo con un alivio calculado que negaba las palpitaciones de su pecho y de su falo y la presión inmisericorde y cruda que le subía por la espalda en busca de una salida.
Ella se quedó mirándolo, incrédula.
—¿Los franceses comparan el pene de un hombre... con un collar enrollado
alrededor de una salchicha?
La miró atentamente, calculando su respuesta.
—Es una comparación bastante apropiada, ¿no te parece?
No había rechazo en sus ojos, sólo curiosidad.
—¿Y qué otras palabras hay?
Aquella mujer que le había confesado que no reía con frecuencia... estaba tan
seria, tan decidida a explorar los sutiles matices de la intimidad...
Había muchas palabras sexuales que, una vez traducidas al inglés, se volvían
sumamente ridículas. Escogió un término que ella pudiera entender con facilidad.
—Cigare à moustache. Un cigarro con bigote.
La imagen era irresistible.
Una clara y sonora carcajada estalló en la oscuridad del interior del carruaje y le revolvió las entrañas.
Sus pálidos ojos azules brillaban.
—¿Y tú cuál prefieres?
Su miembro hinchado aumentó de tamaño, se endureció, se estiró: los
veinticinco centímetros se ampliaron. Sintió que, si no se desahogaba pronto, iba a explotar dentro de su propia piel, como una uva demasiado madura.
—Bitte—carraspeó.
Todo rastro de la risa de ella se desvaneció al instante. Su mirada sorprendida
reflejaba el recuerdo evocador de su clítoris hinchado en el momento de abrazar su masculinidad envuelta en un condón. Mi pene. Mi falo. Ma bitte.
De repente, tuvieron la sensación de que sólo existían ellos dos: una solterona
con su primer amante.
No había lugar para la muerte.
—¿Por qué la palabra bitte... lleva un pronombre femenino... en vez de
masculino?
—Porque bitte es una palabra femenina.
Rose dirigió los ojos a su entrepierna.
Él no necesitó seguir aquella mirada para saber que una mancha húmeda,
evidencia de su erección, aparecía en sus pantalones de lana gris. La noche anterior había utilizado aquella humedad —junto con la propia esencia femenina— para lubricar su masculinidad antes de introducirla dentro del condón.
Sus miradas se encontraron. Ella también recordaba...
Una casa grande, de dorados ladrillos georgianos, apareció detrás de la cabeza
de Rose, la primera de una serie que señalaba la calle donde vivía.
Los músculos de George se preparaban para la acción.
Ahora.
El coche se detendría... o seguiría adelante.
Él se quedaría con Rose... o se la llevaría el hombre.
El rechinar de las ruedas del carruaje ocupó su mente, su cuerpo, su sexo. Todo su ser se concentró en aquel sonido, esperando, esperando...
El vehículo aminoró la velocidad, preparándose para detenerse.
A ninguno de los dos le había llegado aún la hora de morir.
La energía que se había visto obligado a mantener en suspenso se convirtió en
una fuerza desnuda. Buscando los ojos de Rose, su voz se endureció con un deseo salvaje.
—Porque el pene, en otras palabras, está hecho para complacer a las mujeres.
Pensó en levantarle la falda y en hacerla suya allí mismo, en el interior del
carruaje.
Ella no se opondría. No había nada que ella no le permitiera hacer.
George abrió la puerta y saltó hacia fuera, como impulsado por un resorte. El
aire frío de la primavera lo envolvió.
Pero no pudo apaciguar la hirviente agitación de su deseo sexual.
Un chasquido sonó a su espalda.
Se dio la vuelta con rapidez, mirando hipnotizado.
Sacando la cabeza —la pluma blanca del sombrero bailaba al ritmo de la fría
brisa—, Rose trataba de apoyar uno de sus botines en el estribo del vehículo.
Su imagen en el vestidor de madame René, semidesnuda, llevando sólo el
sombrero, las medias y las botas, cruzó fugazmente por su mente.
Ella tendría que vestirse con las sedas y terciopelos más finos y no con prendas de granadina y lana, pensó salvajemente.
Dirigiéndose a ella, George la agarró por la cintura para ayudarla a saltar del coche. La empuñadura dorada de su bastón se hundió en la cintura de ella, protegida por el corsé, pero sólo se trataba de un bastón. El accesorio de un caballero; no el instrumento de un asesino.
Esta vez.
Con la cabeza levantada y los ojos sorprendidos, Rose se aferró a sus hombros.
Era obvio que no era habitual que la ayudaran a bajar de un carruaje. Y también resultaba evidente que no estaba acostumbrada a ser tratada con cortesía. A ser deseada.
Pero él la deseaba. Ella nunca podría imaginarse hasta qué punto la deseaba.
Deliberadamente, la atrajo hacia él, hasta que sus senos se hundieron en su
pecho y oprimió su pelvis contra su pene.
Sus pezones estaban duros.
Él estaba duro.
—¿Cómo se le llama al esperma de un hombre... —preguntó Rose con su voz culta y ronca, que bañaba sus labios con su aliento— ... en francés?
El deseo atenazó los testículos de George.
Sabía adónde lo conduciría.
Sabía que debía detenerla.
Pero no podía.
—Came —dijo, aflojando la presión sobre su cuerpo, saboreando el peso de sus senos y el contacto con su vientre, haciéndole sentir su dureza... su disposición...—.Sauce. Blanc.
—Blanc... —repitió ella, saboreando la palabra, su curiosidad femenina a flor de piel—. ¿Es tu esperma... blanco?
—Y cálido y espeso —le contestó.
El cochero aclaró su garganta.
La vergüenza se asomó a los ojos de Rose. Había permitido que un hombre se
tomara ciertas libertades en público, decía su expresión, algo que jamás habría
consentido una mujer respetable.
Se retiró de los brazos de George, tratando de recuperar el autocontrol que, en apariencia, parecía poseer.
Pero él la conocía bien.
Ella se había mostrado de acuerdo en otorgarle acceso completo, y él estaba
dispuesto a aprovecharlo. No había un solo centímetro de su cuerpo que él no
hubiera tocado, y que no fuera a tocar de nuevo una y otra vez.
George la soltó durante el tiempo necesario para arrojarle una moneda al cochero, y antes de que Rose recobrara la compostura y se alejara de su sensualidad natural, la apremió para que caminara a su lado. Colocó la palma de la mano al final de su espalda, en el mismo sitio donde la noche anterior la había sostenido cuando ella, a horcajadas sobre él, superada por sus dimensiones y su orgasmo, gritaba de placer.
Aquella evocación estaba tan firmemente grabada en la mente de Rose como en la de él, que podía sentir el latido de su recuerdo a través de su vestido.
La aldaba de bronce brillaba a la luz del sol. No había ningún nombre en la
entrada que pudiera indicar que George —o Lee— era el ocupante de la casa. La puerta esmaltada de blanco no estaba cerrada con llave. Se abrió sobre sus goznes engrasados. El dulce perfume de los jacintos les dio la bienvenida.
La muerte también poseía un olor dulce, que se agazapaba bajo el hedor a podredumbre, engañando a los incautos.
Pero no había nada hermoso en morir.
Ni en matar.
Rose dio un paso hacia delante, alejándose un poco de él, cuando George cerró la puerta tras ellos. El aire frío envolvió sus dedos donde sólo unos minutos antes había sentido el calor abrasador de una espalda femenina.
Cerró la puerta con llave —una precaución inútil, ya que ni las cerraduras ni los cerrojos detendrían al hombre— antes de volverse hacia ella.
Su espalda estaba rígidamente erguida. Su pálida piel brillaba entre el cuello
almidonado de su blusa y el cabello de color castaño claro, que desaparecía debajo de su sombrero negro.
¿Cómo sería hace dieciocho años?
¿Cómo podía haber pasado desapercibida entre la multitud de estúpidas
debutantes y de damas demasiado perfumadas?
Agachando la cabeza, apartó de su rostro los desordenados mechones de un
cabello tan fino como el de un bebé, buscando el perfume de sus partes íntimas bajo
el olor de la bencina y el jabón.
Ella se puso tensa.
George sintió una especie de dolor que subía en espiral por su interior. Era el
dolor del cazador rechazado por su presa.
Cerró brevemente los ojos, sintonizando sus cinco sentidos con el pulso que
latía en el cuerpo de ella.
—Me has dicho que no te avergonzabas de mí.
—Y es cierto —murmuró, como si los muros de la casa tuvieran oídos capaces
de escuchar su falta de decoro.
Y, tal vez, los tuvieran.
—Entonces te avergüenzas de tocarme —dijo de manera categórica, dando un paso atrás, en el papel del amante despreciado—. De desearme.
Una suave corriente de aire atravesó la oscura quietud del vestíbulo.
—No.
Pero no era cierto.
—Si no te avergonzaras, me estarías mirando. Me estarías abrazando.
Abiertamente. Sin reservas.
Ella se volvió hacia él. En sus pálidos ojos azules, la timidez competía con la
excitación, la honestidad con una especie de autoprotección.
—¿A eso te referías cuando me dijiste que esperabas todo de mí?
Él no volvería a pensar en el hombre. No ahora. No hasta que llegara la noche.
—Sí.
—Y si una mujer quisiera besar la bitte de un hombre, ¿cuál sería la expresión
más adecuada en francés? —preguntó con fría determinación.
George había esperado aquella pregunta en el carruaje, pero ahora lo confundió.
Se quedó paralizado ante la imagen explícita que evocaban aquellas palabras.
Ante el deseo de Rose de saborear los placeres de un prostituto marcado por
las cicatrices.
Hacía cinco años que una mujer no lo tomaba con su boca.
Durante un segundo pensó que iba a humedecer los pantalones, como había
hecho cuando su mentora le había acariciado por primera vez, siendo aún un
muchacho.
—Buenas tardes, monsieur.
Unos pasos rápidos se acercaron
—Buenas tardes, mademoiselle.
El rostro de Rose se transformó, adquiriendo de nuevo los rasgos de una dama
bien educada.
Y él no quería permitir que eso ocurriera, ya que tenían muy poco tiempo...
George miró atentamente a Rose cuando le entregó a Raoul su bolso. Podía
leer sus pensamientos como si los estuviera pronunciando en voz alta. Notó que tenía la misma expresión de unas horas antes, cuando le había presentado a madame René.
El mayordomo debía de saber que ella había contratado los servicios de George, pensó.
Bajó la vista hasta la mancha de humedad que oscurecía los pantalones de
George.
Una oleada carmesí cubrió su pálida piel, pero esta vez no se trataba del flujo envolvente de la excitación sexual.
Raoul tomó el bastón de George y al hacerlo rozó las cicatrices con sus guantes
blancos.
—¿Cenaremos en casa esta noche, monsieur?
Rose levantó la cabeza.
Acababa de recordar la traducción literal de sauce, la palabra francesa que según
George significaba esperma.
Y sí, es comestible, le decía su mirada violeta.
—Sí—dijo el patrón en forma seca—. Mademoiselle y yo cenaremos en casa esta noche.
Rose se humedeció los labios con la lengua.
El cuerpo de George se relajó.
—¿Puede darme su chapeau, mademoiselle?
Automáticamente, trató de alzar sus manos hasta el alfiler que sostenía el
sombrero, pero se detuvo a mitad de camino, atrapada por la mirada de George.
Las manchas rojizas de sus mejillas se hicieron más grandes hasta convertirse
en un brillo de color carmesí.
Sus labios temblaron, tan sensibles, tan delicados ante la presión, los suaves
mordiscos, las caricias de su lengua, sus besos.
Serían igualmente sensibles ante las caricias de una pluma.
Ante el beso de su pene.
Bajó los brazos despacio.
—No, gracias. Me quedaré con él.
George respiró profundamente. Era imposible, pero su miembro se había
endurecido todavía más.
—Très bien —repuso el mayordomo, y tendió, impasible, la mano para recoger
los guantes de seda de Rose—. ¿A mademoiselle le gustaría examinar el menú?
—No, gracias —respondió ella, apartando su mirada de George y concentrándola en el corbatín negro de Raoul, que contrastaba con las paredes de color crema que había detrás de él, un color muy parecido al de sus ojos. Raoul miraba su sombrero con cierto desconcierto y ella, con alguna torpeza, comenzó a desabrocharse la capa—. Estoy segura de que cualquier cosa que preparen estará bien.
—Trés bien —dijo Raoul al recoger su abrigo—. Y merci.
—Cenaremos a las ocho, Raoul —intervino George fríamente, sin dejar de mirar a Rose.
—Se lo diré a la cocinera, monsieur.
George tendió la mano, invitando a Rose a que la tocara. Abiertamente.
Públicamente. A la luz del día. Sin vergüenza alguna.
Con la cara oscurecida por el ala del sombrero, ella miró sus cicatrices durante
un instante. Observó aquellos dedos que la habían acariciado y que habían penetrado
en las profundidades de su cuerpo.
Enderezando los hombros, ella se acercó y tomó su mano.
El contacto lo electrizó.
Amigos. Amantes.
La unión era completa.
Ella no volvería a abandonarlo. Y él... él la protegería.
De alguna manera.
Satisfecho —y receptivo a los sentimientos de ella ahora que sabía que no sería rechazado—, soltó su mano y con firmeza la deslizó hasta el arco de su espalda, invitándola a subir la escalera, con los latidos de su corazón contando los peldaños.
—Olvidaba decirle que ha llegado una carta, monsieur. —La voz de Raoul sonó
detrás de ellos, desde el piso de abajo—. La he dejado en su estudio.
George no se detuvo.
—Gracias. Más tarde veré de qué se trata.
Mucho más tarde. La muerte estaba demasiado cerca, y él necesitaba a aquella mujer para mantenerla a raya.
Aunque sólo fuera por un día...
Rose agachó la cabeza, haciendo que la pluma de su sombrero bailara, y se
agarró al pasamanos de hierro forjado.
Cinco años atrás aquella barandilla había sido de madera. Diane se había deslizado por ella hasta caer en los brazos —y en el pene— de George.
Rose miró furtivamente el bulto que sobresalía de los pantalones de George.
Preguntándose... ¿qué?
¿A qué sabría?
¿Cómo lo acomodaría dentro de su boca?
¿Qué sentiría cuando él la acariciara suavemente con la pluma?
La tensión dentro de él se volvió insoportable.
Nada podía interferir ahora con aquellos placeres.
Rose le daría lo que él necesitaba: unas pocas horas de respiro antes de que llegara la noche.
Y él le daría lo que ella necesitaba: los recuerdos que la sostendrían en el futuro.
—¡Monsieur! —Una vez más oyó al maldito Raoul, que los seguía a escasa
distancia—. La persona que trajo la carta insistió en que era urgente que la leyera.
Dijo que era de un hombre a quien usted había conocido hace poco, pero que ya no está con nosotros.
El eco de aquella última frase pareció subir con celeridad la escalera de mármol.
El dulce aroma de los jacintos se quedó bloqueado en la garganta de George.
La frialdad corría por sus venas.
¿Cuántos más tendrían que morir antes de que todo terminara?
El calor que llegaba a través del vestido de lana de Rose le abrasaba los dedos,
testimonio vivo de la siguiente víctima del hombre.
George retiró la mano de la espalda de ella y se dio la vuelta.
Raoul le alcanzó la bandeja de plata con el correo.
No había nada de siniestro en aquel gesto. Sólo la realidad cotidiana del mayordomo cumpliendo con su trabajo.
Con la cara inexpresiva, George recogió el sobre sellado y lo abrió.
Una llave cayó en la palma de su mano. Había otro sobre dentro del primero, con la dirección escrita en trazos muy simples.
La caligrafía era pequeña, nítida, femenina.
Una nota había sido garabateada debajo del nombre de un abogado. No era ni pequeña, ni nítida, ni femenina.
El mensaje era tajante: de un notario a otro.
Puntos negros bailaban delante de sus ojos.
—No te sientas obligado a ocuparte de mí, por favor —oyó decir a Rose. Su voz sonaba como si saliera de un túnel largo y oscuro—. Entiendo perfectamente que tengas asuntos personales que atender.
Asuntos personales.
Sí, la muerte era muy personal.
La escritura parecía borrosa.
Todo sería mucho más sencillo si no le gustara Rosemary Andrew.
¿Le habían gustado las mujeres del pasado que mantenían sus pesadillas a
raya? ¿Le había gustado Diane?
—Gracias.
Levantando la cabeza, sonrió. Los pálidos ojos azules de Rose reflejaron dos
rostros sonrientes, el de Michael y el de Michel, fundidos, sin diferenciarse en su apariencia.
—Sólo tardaré unos minutos. Raoul, lleva a mademoiselle Aimes a la biblioteca.
No había alfombras para amortiguar sus pasos, ni allí ni en su casa de Yorkshire, que pudieran arder en un incendio devastador.
En la casa del hombre tampoco había alfombras.
Veintinueve años antes no sabía qué podía encontrar cuando iba al estudio del hombre, y ser consciente de que ahora iba a entrar en él no aliviaba ni su temor ni su angustia. Emociones impotentes.
Pero al contrario que el hombre, George no era impotente. Su pene continuaba hinchado y palpitante.
Dentro de su estudio, junto al escritorio de tapa de mármol, encontró un baúl
negro. No le sorprendió su contenido, ni tampoco el de la carta que había en el segundo sobre:
Estimado señor Cornwell:
Mi encuentro con George Jhonsons fue bastante satisfactorio.
Sé que usted estaba preocupado por mi seguridad, pero, por favor, puede estar tranquilo. Estoy bien y, sobre todo, más feliz que nunca.
Según los términos del contrato, puede usted depositar en el banco la cuarta parte de los honorarios de George Jhonsons.
Podrá encontrarme en la dirección que le adjunto, y como he decidido permanecer allí durante el mes estipulado en el contrato, en vez de viajar constantemente de mi residencia a la de monsieur jhonsons, le agradecería que, de vez en cuando, visitara mi casa, para asegurarse de que todo está en orden.
Sinceramente suya,
Rosemary Andrew
George se quedó mirando su dirección, claramente escrita en la parte de abajo
del papel. Y, soltando la carta, pudo ver los ojos grandes y asustados del señor Cornwell.
No habría depósito bancario. El contrato había sido anulado.
Sus restos carbonizados sobresalían de los labios ennegrecidos y chamuscados
de Archivaldo Cornwell.
La muerte no le había traído paz al notario.
No sabía por qué había tenido que morir, y tampoco lo sabría Rose.
George miró fijamente a aquel hombre pequeño y viejo de cuya muerte era
responsable. Y no pudo sentir nada.
Ninguna pena.
Ningún remordimiento.
Sólo la palpitación de su erección, que permanecía rígida y dura, mientras la
sangre que corría por sus venas se volvía helada.
Diminutas imágenes temblaban en las pupilas fijas de Cornwell: plumas de garceta que coronaban un sombrero negro de fieltro; pálidos ojos radiantes de conciencia sensual; pezones oscuros y encendidos; senos blancos y sedosos; vello púbico de color dorado; el destello atormentado de unos labios rojos y gruesos; las medias color carne; las botas negras, cortas y puntiagudas.
La humanidad de George había permanecido intacta a lo largo de los años que
se le habían echado encima, un fantasma que podía diluirse fácilmente en el agujero negro que era su pasado.
El asesinato de Archivaldo Cornwell reafirmaba claramente las intenciones del hombre.
No descansaría hasta que Rose lo mirara con los mismos ojos horrorizados.
Hasta que su carne se endureciera con el rigor de la muerte.
Hasta que fuera su cuerpo el que esperara para ser enterrado.
El hombre había liberado a Diane. George había esperado hacer lo mismo con
Rose.
Pero no podía.
Su intención no era dejar que Rose viviera.
Un golpe suave rompió el silencio.
No del hombre.
Los nudillos de sus manos no podían tocar así.
George cerró la tapa del baúl y, después de asegurarla con la llave, depositó
ésta en su bolsillo.
—Adelante.
La cabeza gris oscuro de Raoul atravesó el umbral de la puerta. Su nariz se
arrugaba fastidiosamente.
—¿Ha quemado usted algo, monsieur?
Dos notarios habían sido quemados. El abogado estaba muerto. El prostituto
aún estaba vivo.
¿Lo estaba?
—La mercancía que había dentro del baúl se quemó durante un fuego previo —dijo Michael sin inmutarse—. ¿Qué quieres, Raoul?
—Su cena, monsieur. ¿Preparamos lo usual?
Carne.
Carne muerta para los vivos.
Gusanos vivos para los muertos.
—Tomaré lo mismo que le preparen a mademoiselle Andrew.
—Très bien, monsieur.
El mayordomo se retiró.
—Raoul.
El sirviente reapareció al instante.
—¿Señor?
Él había comprado la casa victoriana dieciocho años antes. Raoul había sido el
mayordomo del antiguo propietario. George le había permitido casarse con el ama de llaves, y, en señal de agradecimiento, Raoul y Marie cumplían con sus deberes silenciosa y diligentemente.
No hacían preguntas. No difundían rumores. Y cuando la casa se había
incendiado y las llamas habían consumido a Diane, habían supervisado las
reparaciones y se habían quedado como guardianes.
George se dio cuenta de lo poco que sabía acerca de sus dos principales sirvientes.
—Envíale un mensaje a Gabriel. Dile que necesito verlo urgentemente. Esta
noche. Y Raoul —añadió—, no creo que necesite decirte que no quiero ninguna otra interrupción.
Tras hacer una pequeña reverencia, Raoul se retiró discretamente.
George se quedó mirando la puerta cerrada.
No podía permitir que el hombre se llevara a Rosemary Andrew. Cuando ella
muriera, sus últimos pensamientos serían de placer. George sería la última persona que ella viera. No el hombre.
CONTINUARA…..
