DESEO INCONTROLABLE
Por: Tatita Andrew
Capitulo #05
El débil repicar de las campanas de Westminster sonó, anunciando la media hora… o los tres cuartos de hora. El mundo había dejado de existir fuera de las cuatro paredes de la sala en que se encontraban.
Lentamente, George Jhonsons tocó el primer botón de la bragueta de sus pantalones.
—Todo —dijo Rose—. Quiero verlo desnudo. Como el hombre de la postal, que sin vergüenza se amaba a sí mismo.
Un color oscuro bordeaba sus mejillas; él se quitó la chaqueta negra de lana.
Un chaleco de seda gris a rayas abrazaba una camisa blanca almidonada. Más abajo, unos pantalones negros de lana.
La figura debajo de la ropa hecha a la medida era indiscutiblemente masculina.
Rose nunca había visto cómo se desvestía un hombre. Examinó con atención todos y cada uno de los movimientos de George Jhonsons.
Unos dedos largos y puntiagudos desabotonaron los cuatro botones de perla que sostenían el chaleco gris a rayas. Unas mangas de algodón blanco se deslizaron por entre la seda. Una corbata de seda gris oscura, anudada como un lazo, subió por su cuello, bloqueando la llamativa protuberancia de las ventanas de la nariz… saqueando el cabello rojizo y dorado brillante. Tres botones dorados brillaron con la luz. Dedos puntiagudos giraron y se revolvieron hasta que el algodón blanco y almidonado quedó en un espacio intermedio dejando al descubierto una camisa interior en V, exponiendo la lana del mismo color de la carne. Tirantes de seda negra pasaron por debajo de las mangas blancas.
No había duda en los gestos de George Jhonsons, no había inseguridad en sus movimientos.
La camisa blanca se escapó de los pantalones negros y dejó avanzar lentamente la lana del color de la carne que moldeaba unas prominentes costillas… dos pezones duros como botones…
El algodón blanco cayó al suelo.
Entre un parpadeo y otro, el chaleco del color de la carne cayó al suelo, a los pies de George.
La camiseta interior pasó por encima de su cabeza y también acabó en el suelo.
La respiración de Rose era cada vez más errática.
La luz y las sombras bailaban sobre las clavículas, que definían tensas los hombros musculosos. Unos pezones de perla marrón perforaban el vello negro que marcaba el camino hacia un estómago tenso y rígido.
George Jhonsons, se dio cuenta Rose con una punzada, era un hombre hermoso.
Una ceniza explotó.
De pronto, Rose cayó en la cuenta de que estaban solos en el amplio salón.
Su mirada se disparó hacia arriba.
La mirada de él esperó la de ella.
—¿Le importa si me siento para quitarme los zapatos y las medias?
La voz de George Jhonsons era impersonal. El calor brillaba dentro de sus ojos negros
—No —dijo Rose, tragando saliva—. Por favor.
Un agudo sonido de elásticos le rayó la piel, el sofá azul damasco protestaba por su peso.
Él se recostó sobre los cojines.
Unos rizos gruesos le marcaban la nuca, más oscuros que el fino vello que le cubría el cuerpo. Los músculos de los brazos y hombros se flexionaban y distendían, una viva composición de luz y oscuridad.
Rose se sentó en una silla. Las piernas le temblaban.
Un dolor agudo se esparció por el pecho de Rose… Estaba disfrutando de unos momentos de intimidad con un extraño, con un hombre al que apenas hacía cuarenta ocho horas que conocía...
George Jhonsons se puso en pie. Dedos largos y puntiagudos se posaron sobre la bragueta de sus pantalones… liberando un botón… dos botones… tres botones… cuatro botones… cinco botones…
La respiración de Rose era cada vez más agitada.
Con un suave tirón, los pantalones negros se deslizaron por encima de unas caderas que eran más anchas que las de ella, por encima de unos músculos que eran más duros que los de ella, por encima de unas piernas que eran más largas que las de ella.
Tanto sus muslos como sus pantorrillas brillaron con un color rojizo y dorado.
La mirada de Rose se concentró infaliblemente en el sexo que se destacaba en la oscuridad: era más largo y grueso que el del hombre de la postal.
Las venas azules que estriaban la carne de George Jhonsons latían. A diferencia de la carne sin sangre del hombre de la postal.
Rose también sintió que toda ella latía… sus senos… su vientre… su vagina… su clítoris… sus ojos.
La cabeza de forma deseable se encendió de un color rojo oscuro: avanzaba a brincos, hacia Rose.
Una gota de líquido salió como una perla de la pequeña uretra, como si hubiera sido exprimida por una mano invisible, se extendió para formar una lágrima cristalina que hacía visos, primero en la sombra, luego en la luz.
Largos segundos pasaron, él de pie desnudo, ella mirando desnuda y fijamente su sexo.
Dedos puntiagudos y exploradores agarraron la vara hinchada que estaba inundada de venas azules.
Su sexo era más largo que sus dedos. Más grueso que sus dedos juntos.
Él se levantó la pesada carne con la mano izquierda. Se besó la pequeña uretra con la mano derecha.
Los dedos de Rose se apretaron en un puño.
Incluso mientras ella miraba, el líquido transparente y brillante salía de la pequeña hendidura que rajaba la corona de su pene.
No era una semilla lo que él añoraba, se dio cuenta Rose, con los latidos del corazón acelerados y el vientre contrayéndose, sino el deseo.
Las piernas de él, largas y musculosas, cubiertas por fino vello rojizo y dorado, se movían, se abrían. La luz de la lámpara se le derramaba entre los muslos y le cubría los testículos.
Con más confianza, los dedos largos y puntiagudos se untaron de la esencia brillante y la llevaron abajo y alrededor de la corona gruesa e hinchada… se hundieron en el prepucio… acariciaron las venas azules… enceraron la carne pálida que se volvía rojo oscuro.
Rose sintió la piel suave. Rose sintió la fricción resbaladiza.
Rose sintió el deseo de la penetración.
Haciendo un puño con la mano derecha, él se masturbó gentilmente.
Hacia arriba… hacia abajo. Arriba… recogiendo un poco de humedad… abajo.
Rose apretó los muslos, mientras su vagina se humedecía con el placer que George Jhonsons sentía al tocarse.
Con la punta de los dedos, el se tocó la pequeña abertura que lloraba lágrimas cristalinas, mientras que la mano izquierda seguía bombeando. Arriba hacia la corona… abajo hacia los testículos suspendidos en el aire y con un aura por la luz del gas.
Dedos acariciando.
Dedos marcando.
Dedos bombeando.
Ella quería hablar sobre lo extremadamente hermoso que él era, sobre la perfección de su figura tocándose a sí mismo, pero no tenía palabras para describir lo que estaba viendo.
Rose había visto hombres desnudos en forma de estatuas, pinturas y fotografías. Ni el mármol ni la pintura ni el papel tratado químicamente podían compararse a la piel acariciada por la luz y la sombra. A la carne que gritaba por expresarse sexualmente. A la necesidad humana que quemaba en lo más profundo de un cuerpo donde la obligación moral y conyugal no alcanzaban a penetrar.
Las glándulas hinchadas se agitaron por debajo de la punta de un dedo inquisitivo. El clítoris de Rose también se agitó.
La respiración susurrante se entremezclaba con el pitido del gas y el sonido del carbón y la superficie resbaladiza de la piel siendo masajeada.
Algo estaba sucediendo… algo que le aceleró la respiración y le calentó la piel.
Los dedos de George se tensaron. Rose también tensó los puños hasta que las uñas le penetraron la piel de las palmas.
Abruptamente, los dedos que bordeaban rítmicamente la pequeña abertura de la uretra se lanzaron de un salto hacia abajo y agarraron los testículos que habían girado apretados y cerca de su cuerpo.
Un pequeño y sofocado gruñido hizo que ella subiera la mirada rápidamente.
La cabeza de George Jhonsons estaba echada hacia atrás, y tenía los ojos dolorosamente cerrados; el corazón de ella se contrajo también, incluso cuando su vagina se cerraba convulsivamente en agonía.
Rose podía ver en el rostro de él la dicha que había experimentado amando a la esposa de otro hombre. Vio la soledad de la que ahora escapaba, viviendo de los recuerdos del placer que compartieron.
Su pene empujando profundamente en su vagina. Su vagina —llorando de necesidad al igual que su pene lloraba ahora— dándole la bienvenida… envolviéndolo… atesorando la carne que la llenaba.
Un hombre. Una mujer. Dos cuerpos. Dos latidos de corazón.
Cada esfuerzo por alcanzar aquel momento en el que ellos dejarían de ser dos y en el que, con el placer compartido, se volverían uno.
Era una intimidad con la que Rose había soñado pero que nunca había experimentado antes de ese momento, mirando cómo un extraño amaba a otra mujer con sus manos.
Sin previo aviso, los ojos cerrados se abrieron abruptamente. Los ojos negros se clavaron en Rose.
Primero vino el orgasmo. Luego vino la realización.
Rose no era la mujer a la que él amaba. Y la mujer a la que él amaba estaba muerta.
En silencio, ella se puso en pie y dejó a George Jhonsons con su pena.
….
—¡Quítense los sombreros, extraños! El grito tradicional del inspector de policía rebotaba en el mármol blanco, los vidrios empañados y las baldosas pintadas.
George no miró al orador que abrió el día en la Cámara de los Comunes. En su lugar, observó a los hombres y mujeres que por primera vez eran testigos de la ceremonia que tenía lugar diariamente en las cámaras.
Vio su sobrecogimiento mientras miraban al sargento de armas, portador de la maza dorada de un metro cincuenta que simbolizaba la autoridad real. Pero el asombro que irradiaban los espectadores no encontró eco en el ánimo de George, absorto en sus emociones.
Rose Andrew había presenciado su orgasmo. Había llorado las lágrimas que George no había llorado por Cynthia Collins.
Ni cuando había leído la noticia de su muerte en la primera página del periódico. Ni cuando había leído la crónica de su funeral en la página de obituarios.
El entusiasmo estalló en los espectadores.
Miró al orador, que iba seguido por el sargento de armas, pero no lo vio a él. En su mente apareció una postal, la postal, llena de huellas, de un hombre desnudo.
Un ruido sordo de inquietud llenó el salón abovedado y de forma octagonal.
El capellán y el secretario que seguían al caudatario por la puerta este del Corredor de los Comunes, desaparecieron detrás del roble macizo.
Las dos puertas no se abrirían hasta dentro de tres minutos.
En el interior de la Cámara de los Comunes, el sargento de armas aseguró la maza sobre la mesa, mientras el orador y el capellán se arrodillaban para rezar.
Pero los espectadores no se enteraron de nada de lo que no pudieron ver. Y George no vio lo que podía resultar de él y de Rose Andrew.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en ella.
El dolor que la había forzado a acercarse a él a las puertas del juzgado de Old Bailey. La necesidad que le había vuelto negros los ojos verdes, mientras observaba cómo él se desnudaba.
Su decisión de ganar un pleito de emancipación cuando liberarse de los padres siendo menor de edad era un juicio imposible ganar.
Los espectadores marcaron el momento: estaban frente a la puerta norte. George marcó el momento junto a ellos: estaba frente a la puerta este.
Juana de Navarra, Reina de Enrique IV; Enrique V; (Catalina, reina de Enrique V; Enrique VI; Margarita, reina de Enrique VI y Eduardo IV miraban fijamente hacia abajo, a George.
Para cada rey, había una reina. Ambos simbolizaban la fundación de la mancomunidad inglesa: la familia.
Sin embargo, dentro del salón central no había una reina para Eduardo IV. Y el rey de Juana de Navarra aguardaba en la puerta norte en lugar de la puerta este.
George Jhonsons leyó el verso bíblico que estaba marcado con pintura fijada con cera y calor, debajo de las estatuas de mármol: «Nadie más que Dios cuida esta casa, su labor no es otra que la de construirla».
—¡Las oraciones han llegado a su fin! —El grito resonó desde el corredor de los Lores hasta el salón central.
Los guardianes de las puertas abrieron las galerías simultáneamente.
Los tres minutos habían pasado. La Cámara se estaba acomodando.
Tacones femeninos y masculinos pisaban las losas pintadas, resonando estrepitosamente por las escaleras.
Los recuerdos acuchillaron a George, la imagen de seis mujeres y cinco hombres.
Mientras esperaba la sentencia de Frances Hart, Rosemary Andrew se había quedado de pie en la parte posterior de la galería del juzgado entre John Nickols, un hombre confinado a su silla de ruedas, y Joseph Fanning, el fundador del Club de Hombres y Mujeres.
Marie Hoppleworth, una mujer con gafas, había dejado descansar su mano en el hombro de Nickols. Joseph Fanning había sostenido el codo de Ardelle Dennison, una mujer fríamente hermosa.
Ellos se habían reunido allí como si tuvieran todo el derecho del mundo para hacerlo.
Los hombres no se quedaban junto a las mujeres en la Cámara del Parlamento, reflexionó George.
Se apartó de la pared. Con la mano izquierda aferraba su maletín de cuero; con la derecha, sujetaba el sombrero y el paraguas.
Los espectadores varones que subían las escaleras observarían públicamente en la galería las deliberaciones de los hombres más poderosos de Inglaterra, mientras que las espectadoras femeninas las observarían en privado, a través de un enrejado metálico.
Sin ser vistas. Sin ser escuchadas.
Sin ser representadas.
—No, señora, no puedo aceptar ni un centavo menos.
Rose miró fijamente abajo, a la carta que tenía éntrelos dedos.
El mayordomo de cincuenta y tres años tenía las referencias perfectas.
Ella reconoció el nombre de su empleador previo. Sabía que las razones por las que había dejado ese trabajo eran completamente legítimas.
Sus jefes habían alquilado la casa de la ciudad y habían comprado una mansión en el campo. El mayordomo no quería irse de Londres porque ahí vivía su familia.
Rose no lo culpaba. Era obvio que él sí la culpaba.
Ella era una mujer notable, socia de un club escandaloso. Ningún sirviente respetable deseaba trabajar en una casa así sin la debida compensación.
—Entonces, me temo que no podremos llegar a un acuerdo, señor Tandey.
El salario que él pedía era demasiado elevado. Cuidadosamente, Rose alisó la referencia antes de doblarla. Mirando hacia arriba, extendió la carta con el pulso firme.
—Gracias por venir.
El hombre torció los labios y agarró el borde del papel doblado.
No tendría problema en encontrar algún empleo en una casa respetable, le dijo esa sonrisa de suficiencia.
Rose lo sabía. Él sabía que ella lo sabía.
Era el cuarto mayordomo que había entrevistado que pensaba lo mismo que los tres anteriores.
Inspirando, el hombre salió del salón de dibujo.
Rose se recostó en el sillón, demasiado suave, tapizado de terciopelo, y miró fijamente hacia el azul damasco.
Unos ojos negros, oscurecidos por las sombras, la miraron.
«¿Está su esposo hoy aquí con usted?». La frase flotó en el ambiente, invadió el silencio.
Ella cerró los ojos con fuerza para apagar los recuerdos.
George Jhonsons la perseguía implacablemente. Durante el interrogatorio fue muy duro con ella.
«Mire en la sala, señora Andrew. ¿Ve a su futuro esposo?». «No».
«¿Por qué no?».
«No está en el juzgado».
«¿Está esperando afuera? ¿Lo llamamos?».
«No, no está afuera».
«¿Por qué su futuro esposo no está con usted en el juzgado, señora Andrew?».
—Porque, para Jack, no existo —susurró Rose, con los párpados abiertos. Los ojos resecos confrontaban la verdad.
Pero ella no había sido capaz de decir esto, rodeada por todos lados por extraños: el juez, el jurado, los testigos que engullían cada una de sus palabras.
Ella no había sido capaz de decir que no había nadie a quien se pudiera dirigir buscando consuelo, excepto los otros miembros del Club de Hombres y Mujeres. Pero ellos tampoco la necesitaban. Habían encontrado consuelo entre ellos, un hombre para cada mujer, dejando a Rose, la extraña, al margen.
Imágenes inesperadas brotaban del sillón azul damasco.
El cabello rubio y dorado brillaba. Las puntas de color destellaban.
Rose no se había imaginado que el sexo de un hombre podía llorar de pasión. Pero ahora lo sabía.
Sabía cómo necesitaba George Jhonsons ser tocado. Sabía dónde necesitaba ser tocado George Jhonsons.
Sabía hasta qué profundidades había penetrado George Jhonsons a la mujer que amaba.
Sintió celos de la mujer muerta. Más amargos que la bilis.
Cuatro golpes distantes se abrieron paso entre el débil sonido de las ruedas de un carruaje.
El Parlamento, recordó, celebraba sesión a las cuatro de la tarde.
Rose se puso en pie.
Su estómago protestó con un gruñido y recordó que no había comido nada desde que tomó a la fuerza un café y un pastel antes de visitar la oficina de empleo.
El bronce, el cerezo y el metal brillaron intensamente entre las sombras.
Una solitaria capa negra y un sombrero ocupaban la recepción.
No había señal del hombre a quien ella le había abierto la puerta, y a quien ella le había exigido que se quitara los pantalones. Era como si los acontecimientos de la noche anterior nunca hubieran ocurrido.
Rose se abotonó la capa y se colocó el sombrero negro sobre el cabello recogido hacia arriba.
Durante varios segundos estudió su propio reflejo en el espejo ovalado y enmarcado en bronce que colgaba encima de la mesa de la recepción.
El sol le hizo aún más dorado el cabello y le sonrojó las mejillas pálidas.
Sin duda, ella era una mujer que merecía ser amada.
Ese pensamiento no desterró las sombras dentro de su reflejo.
Incapaz de sostener la mirada oscura dentro del espejo, Rose abrió el cajón superior de la mesa de la recepción para alcanzar su cartera, pero en su lugar agarró la edición de la tarde anterior de El Globo.
El dibujo de una mujer la miró fijamente, con los ojos negros llenos de lujuria.
Unos ojos verdes y bondadosos se superpusieron a los ojos de carbón plasmados en la página del diario.
¿Qué habría visto Jack al mirar su imagen en las páginas del periódico? ¿Habría visto a la joven inocente que Rose había sido alguna vez? Se preguntó. ¿O habría visto a una adúltera?
Ella sabía muy bien lo que veía al mirar esa imagen. Veía a un hombre con una peluca gris y una toga negra que había destrozado su reputación. Luego vio al hombre, ya sin peluca y sin toga, que había provocado en su pecho emociones que nunca había sentido. Luego vio al mismo hombre, esta vez desnudo, que le había regalado su sexualidad. La luz bailaba en su pecho, pellizcándole los pezones marrones.
George Jhonsons no la había condenado ni una sola vez por querer ser una mujer en lugar de una madre.
Rose arrugó el diario con fuerza: éste crujió.
Desconcertada, alisó la imagen arrugada.
Migajas de galleta cayeron con fuerza sobre la mesa desnuda de cerezo.
Una pequeña sonrisa surcó la boca de Rose: Giles, el mayordomo, no la había abandonado.
La calidez impregnó el frío de la recepción.
Limpiaría más tarde, no ahora que la luz del sol le hacía señas.
Rose golpeó suavemente el diario para que las migajas restantes cayeran sobre su palma; luego sacó su bolso del cajón y abrió de par en par la puerta blanca y esmaltada.
—¡Aquí estás, cariño!
Se quedó muy sorprendida. La voz femenina no le era familiar.
Rose miró clandestinamente hacia su izquierda a la casa de color amarillo mostaza que lindaba con su casa azul.
Una mujer de unos treinta años estaba de pie ante la puerta de la casa de al lado abrazando a otra de su misma edad. Juntas, con los brazos enlazados, descendieron los pequeños escalones y cruzaron la calle empedrada y soleada.
Hermanas, tal vez. O tal vez eran sólo amigas.
Risas, puras y libres de las taras de la traición y el escándalo, trinaban detrás de ellas. Desaparecieron detrás de un coche de cuatro ruedas.
Relajándose, Rose hizo estallar una migaja apaisada dentro de su boca: la uva pasa cubierta de avena todavía estaba húmeda. Levantó la mano, llenándose la boca de galleta, y se dio la vuelta para cerrar la puerta.
Unas alas zumbaron en el aire.
—Hola, Rose.
La voz familiar robó la luz del sol y la arrastró hasta la mano de Rose.
Masticando con la boca seca, tragando con dificultad las pasas, que se habían secado inexplicablemente hasta quedar como piedrecitas en su garganta, Rose aseguró la puerta blanca y esmaltada y se dio la vuelta con una sonrisa.
Una mujer con un sombrero azul estaba de pie al final del camino de entrada. Estaba evidentemente en un estado avanzado de embarazo.
—Hola, Patty —respondió Rose, con el estómago luchando para rechazar las migajas de galletas que había acabado de digerir—. ¿Deberías estar aquí, a estas alturas del embarazo?
La esposa del hermano mayor de Rose, de veintisiete años —y madre de sus tres hijos— le dedicó una sonrisa de satisfacción y se acarició con delicadeza la curva del abdomen que soportaba el cuarto embarazo.
—El bebé extraña a su tía.
—Extrañará a su madre si Stear se entera de que estás aquí —dijo Rose, secamente.
—Stear no se atrevería a hacerme daño —respondió Patty, complaciente—; te tiene miedo.
Como si alguno de sus hermanos le hubiera prestado atención alguna vez a su hermana mayor.
Una sonrisa renuente se dibujó en la boca de Rose.
—Te aseguro que Stear nunca ha tenido miedo de nada, y menos de mí.
—Todos estamos preocupados por ti, Rose. —Esa frase mató su sonrisa.
Rose encerró la llave metálica entre sus manos.
—Patty, agradezco tu preocupación, de verdad te lo agradezco, pero te aseguro que estoy muy bien.
Patty nunca había sido reticente.
—Rose, muchas mujeres le temen al embarazo, pero es un precio muy pequeño, comparado con lo que viene después.
La vida de una mujer siempre giraba en torno a los niños y la maternidad.
Una imagen de George Jhonsons pasó por la cabeza de Rose.
Acariciándose el pene. Amándose el pene.
—¿Te gusta vivir con mi hermano? —preguntó impulsivamente, con la llave metálica entre los dedos.
—Amo a Stear —dijo Patty, con la cara irradiando felicidad y embarazo.
—Pero ¿amas lo que te hace para darte hijos? —presionó Rose.
La pregunta escandalizó a Patty e hizo que abriera mucho los ojos.
La luz de la tarde brillaba sobre los rizos oscuros de la mujer joven, volviéndolos de marrones a rojizos.
El negro había brillado en el cabello de George Jhonsons, recordó Rose. Pero no en su vello púbico.
—Patty—dijo Rose, respirando profundamente—, te diré lo mismo que les dije a mis padres: te quiero, pero lo que hago no tiene nada que ver contigo. Ni tampoco con mis hermanos. Acabo de instalarme en esta casa y aún no tengo ni sirvientes ni muebles —una pequeña mentira: tenía los muebles básicos—. Por mucho que me gustaría atenderte, no me es posible todavía. Por favor, no vuelvas hasta que te invite.
El dolor borró el brillo de la felicidad de Patty.
—¿Qué quieres que le diga a Stear?
—Dile que le quiero mucho.
El dolor en la cara de Patty no disminuyó.
Rose descendió los tres escalones —Patty era unos diez centímetros más alta que ella— y se obligó a estirar la mano y a posarla sobre el abdomen redondo de su cuñada. Un pequeño pie le pegó en la palma.
—También dile —continuó Rose, dejando la mano sobre el bebé en lugar de retirarla, como se lo pedía cada músculo, cada ligamento de su cuerpo— que, sí es una niña, espero que la llame como su tía.
—Es poco probable, después de tres niños. —Patty arrugó su naricilla llena de pecas—. Pero si llegase a ser una niña, Patty quiere ponerle mi nombre.
—Patricia Rose suena bien, ¿no crees? —sugirió Rose.
Patty sonrió.
—Patricia Rose será.
Rose dejó caer la llave metálica dentro del bolso y deslizó la mano por entre el brazo de Patty, sintiendo aún la patadita en su palma.
—Ahora, te llevaré a casa. Podemos hacer una parada y tomar un helado, ¿quieres?
Patty le agarró la mano a Rose y le apretó los dedos con firmeza.
—¿Vendrías a casa conmigo?
Rose miró al frente con determinación, hacia el futuro.
—Claro que sí.
—¿Te quedarías y visitarías a Stear?
Dulcemente, Rose apretó los dedos enguantados de Patty.
—No.
Patty no estaba derrotada.
—Stear habló con Jack.
Se dirigían al cruce, a pocos metros, para tomar un coche. Rose se obligó a andar. Podría caminar esa distancia.
—¿Qué dijo Jack? —preguntó con voz débil.
CONTINUARÁ….
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