DESEO INCONTROLABLE
Por: Tatita Andrew
Capitulo #06
La puerta doble de roble se cerró detrás de George. El sonido de la cerradura retumbó en sus oídos.
El efluvio de pomadas perfumadas y colonias caras era casi asfixiante. A su izquierda, la oscuridad hacía presión contra las ventanas manchadas. Por arriba, gotas de metal colgantes brillaban y titilaban.
Doscientos diecinueve hombres arrastraban los pies hacia delante, bromeando, fanfarroneando y politiqueando, todos familiarizados con el «Vestíbulo del no», donde se encontraban para votar «no».
No había duda del acto privado sobre el que ellos estaban llamados a votar: su decisión, al igual que la de George, estaba tomada antes de la tercera lectura.
El cuerpo de hombres confluyó, todos los miembros del Parlamento llenando dos filas entre dos largos escritorios divisorios. Al final de corredor, una puerta doble de roble se abrió.
Una voz masculina resonó en todo el salón:
—Edward Limpton.
Fue seguida inmediatamente por otra voz, más tenor que barítono:
—Brian Dougby.
Las dos líneas se levantaron. Cada miembro saliente pronunció su nombre.
Lo único que faltaba era votar «no» para destruir los sueños de una mujer.
George se presentó ante el escribiente y, en lugar de ver al empleado, vio a la mujer en camisón con los pezones oscuros que le había abierto la puerta a un desconocido.
El empleado miró al frente, con la pluma suspendida en el aire.
—¿Su nombre, señor?
Rosemary Andrew nunca le perdonaría lo que iba a hacer ese día.
— George Jhonsons.
George le dio al empleado el voto por el que todos habían esperado, y salió por la puerta doble dando grandes zancadas.
El aire fresco no alcanzó a disipar la esencia sofocante de hombres y poder. Vigas de roble relucientes y bancos tapizados con cuero verde abarrotaron su visión.
—Jhonsons. —La voz se estaba acercando a él—. ¿Se quedará a comer con nosotros?
—Tengo compromisos —mintió George, dando pasos vacilantes.
—¡Es cierto! —Fue como un golpe que sacudió cada uno de los huesos de George —. En otra oportunidad, viejo amigo. Terry, querido compañero. ¡Vete! Te alcanzaré en el comedor.
Pero George ya había salido.
En la recepción reclamó su abrigo y su sombrero, era uno más, otro miembro más del Parlamento entre tantos, que dejan en las estanterías sus agendas políticas para tomarse un descanso al aire libre. En el salón central los miembros del Parlamento estaban hambrientos por el apoyo de los reporteros de prensa.
—¡Señor Jhonsons!
George siguió caminando, el abrigo de lana, le golpeaba los muslos.
Un hombre con una chaqueta marinera de tela escocesa, con el cabello oscuro pulido con aceite de macasar, le cortó el paso.
—Ayer perdió contra Derek Collins en un pleito civil. ¿Tiene algo que decir?
George recordó que ese hombre era un periodista. Escribía para la Pall Mall Gazette.
—No tengo nada que decir —dijo George, apartándose.
El reportero lo siguió.
—Usted perdió un juicio criminal contra Collins el veintisiete de abril. Después renunció a su posición de fiscal general el veinticuatro de mayo. ¿Renunció para poderse enfrentar a Collins en el pleito civil?
Los tacones de George lo corroboraban huecamente:
—No tengo nada que decir.
—¿Existe una rivalidad entre usted y Collins?
—No tengo nada que decir —repitió George, con la mirada fija hacía el frente.
—¿Qué ha votado hoy usted en el acto de Greffen?
Era un asunto de registro público.
—He votado en contra —dijo George.
—¿Por qué?
—La ley no lo apoyaba —dijo George.
—Señor Primer Ministro —se oyó ese murmullo en el salón central.
George salió por la puerta oeste por debajo de la justicia ciega de la realeza.
El reportero de la Pall Mall Gazette no lo siguió. Tenía un pez más gordo que perseguir.
George entró en la sala St. Stephen y caminó entre las figuras muertas. Sabía el nombre de cada una de las estatuas de tamaño real. Sabía cuál era el legado de cada hombre.
El Informe descriptivo del Palacio de Westminster los describía como: «Hombres a los que Inglaterra les debe su gratitud por su patriotismo y virtud pública».
George había leído el cuadernillo a los veinticuatro años, George había caminado por entre las estatuas como miembro del Parlamento a los veinticuatro años.
Era un año mayor, pensó, que el futuro esposo de Rose Andrew.
Empujó las pesadas puertas y salió al exterior.
Rose Andrew estaba recostada contra una farola, dándole la cara al sol que estaba a punto de morir.
George se detuvo.
Un ruido mecánico perforó el monótono trajín de las ruedas de un carruaje, una advertencia precursora: las campanas del tercer cuarto de hora sonaron.
La cabeza de Rose Andrew se agitó, con la mirada fija en la Torre del Reloj de diez metros de largo que dominaba el cielo del noroeste.
El asombro que iluminaba la cara de ella, escuchando con atención las campanas que se podían oír por todo Londres, le golpeó en el pecho.
Esa mujer quería experimentar la pasión. Pero el Parlamento no reconocía la pasión.
Soltando la pesada puerta, George cruzó el pavimento, con las palomas extendiéndose, arrastrando los pasos con el clamor ensordecedor de las campanas de Westminster. Aspirando la esencia suave de las rosas de primavera.
Los ojos azules claros le hicieron sombra a la noche que pendía en los ojos de él. En las profundidades de los ojos claros de ella descubrió el reconocimiento. Rose no le dejaría olvidar lo que había sucedido la noche anterior.
—Esto es muy hermoso —continuó el sonido de una campana.
La humedad de la piel de ella se coló en los dedos de George.
—Sí.
Alguna vez él había pensado lo mismo.
—Usted había estado bebiendo anoche, antes de… —Su voz se fue apagando. Decidida, continuó—… ¿Se acuerda de algo?
El calor le lamió las mejillas a George y formó un pliegue hasta su pene.
—Sí.
Recordaba cada palabra que ella había pronunciado. Cada destello de luz dentro de sus ojos; primero, mientras observaba cómo se desnudaba; luego, mientras observaba cómo se acariciaba y se tocaba.
—¿Lo amaba la señora Collins?
El persistente temblor de una campana de Westminster murió. El quejido de las ruedas de los carruajes penetró el Círculo de St. Stephen.
—¿Por eso ha venido al Parlamento? —preguntó George, con voz distante, carente de la emoción que ella provocaba—, ¿para preguntarme por mi amante anterior?
—No sabía dónde encontrarlo. —La incertidumbre borró la conciencia sexual de su mirada—. ¿No es un buen momento?
Ninguna mujer había esperado a George a las puertas del Parlamento: en ese momento fue consciente de la cruda vulnerabilidad que había sentido en el interior del salón de dibujo, vestido con ropas frías y arrugadas y limpiándose después su eyaculación.
—Normalmente, hacemos una pausa a las ocho para cenar —dijo George con voz neutra.
—Dijo que consideraría representarme si yo demostraba que la pasión de una mujer vale la reputación de un hombre.
Detrás de George, pasos afilados y voces emocionadas perforaban el sonido crispante de los carruajes que pasaban: tanto los espectadores, como los miembros del Parlamento estaban dividiéndose mientras tomaban su merienda cena.
—Sí —dijo George, con voz distante.
Lo había dicho.
—¿Lo demostré?
Pensó en la resolución que acababa de votar. Pensó en los reporteros que, en cualquier momento, podrían salir del salón Stephen; todos conocían a la señorita Andrew y estaban al tanto de todos los pormenores del juicio que él había perdido.
—Entiendo —dijo Rose Andrew, en cuyo rostro se dibujó una máscara de cordialidad. Los dedos de él se apretaron involuntariamente en el codo de ella: ella se movió involuntariamente para alejarse—. No pretendía entrometerme en sus asuntos. Por favor, acepte mis disculpas.
Pero George no podía dejarla ir.
—¿Por qué no se compró un consolador?
La dura pregunta subrayó el sonido punzante de los tacones y las sonrisas entusiastas.
Rose Andrew había dicho que quería sentir a un hombre dentro de su cuerpo. Sin embargo, cuando había ido a la Librería Aquiles, había comprado una postal francesa en lugar del objeto que le hubiera proporcionado satisfacción física.
La tensión en su codo no se relajó.
—Quería que mi vagina fuera un lugar especial para mi futuro esposo.
Pero George no era Jack Clarring.
Un pequeño pulso latía contra la palma de la mano de él.
La necesidad de ella. O la de él.
—¿Alguna vez le proporcionó él un orgasmo? —preguntó George, sabiendo la respuesta de antemano, esperando estar equivocado.
Ella buscó su mirada durante largos segundos, como si estuviera buscando dentro de esos ojos al hombre que había expuesto su sexualidad veinticuatro horas antes.
Pero George no estaba ebrio esa noche. Y esa noche no le pertenecía ni a Cynthia Collins ni a Rose Andrew, sino a Inglaterra.
—Éramos unos niños —dijo ella, finalmente. Además hay algo que usted se imagina que al no haberme casado nunca con él, no hemos tenido relaciones.
El dolor golpeó la entrepierna de George, la historia se repetía.
—Entonces Jack nunca le proporcionó un orgasmo —resumió él sin emoción.
—No necesito a nadie para tener un orgasmo. —El punzante sonido de los pasos se perdió en la distancia—. Soy bastante capaz de hacerlo yo misma. Dijo toda sonrojada
—Al excitarse el clítoris.
Un apéndice externo.
La luz del gas pulió un rizo dorado. Las sombras le ahuecaron los ojos.
—Sí.
—Pero usted no se penetra a sí misma. —dijo George, secamente.
—No —confirmó ella.
—Pero se quiere emancipar de su padre para evitar un matrimonio arreglado.
—Sí.
—Para ser libre y poder encontrar la pasión.
El sonido pesado de un vagón retumbó en la calle.
—Sí—dijo Rose Andrew, reconociendo las necesidades que el Parlamento no reconocía.
—Sin embargo, no sabe qué es la pasión.
La negación le afiló la voz.
—Sé que no reside en el vientre de una mujer.
—Y entonces, ¿dónde reside, señorita Andrew? — George le estudió el rostro bajo la luz intermitente de la farola: el pálido trozo de las mejillas, la curva suave de los labios, la oscuridad de sus pupilas—. ¿Dentro de la vagina?
—No —dijo ella, con convicción.
—¿Cómo lo sabe? —La piel debajo del vestido de lana de ella le quemaba los dedos—. ¿Por qué nunca ha tenido orgasmo ni se éxito cuando su prometido la besaba?
—No diga eso.
—¿Que su futuro esposo no la excitaba? —preguntó George, deliberadamente.
—Mi futuro esposo no me follaba —dijo Rose Andrew.
—Pero eso era lo que usted quería que hiciera, ¿no es cierto?
—No.
—Dice que quería que un hombre la penetrara, señorita Andrew. ¿Cómo sabe que la pasión no es una follada espléndida?
Ella nunca se había negado a responder en el estrado. No se negaría ahora.
—No lo sé —dijo, finalmente. La luz de la farola saltaba… luchando—. No lo sé.
George tampoco lo sabía.
Con los dedos apretados contra la lana suave que le protegía el codo, él la apartó de la farola.
—¿Adonde vamos?
La guió hacia una calle muy concurrida.
—A encontrar la pasión.
Bajó el bordillo y pasó peligrosamente cerca de un autobús tirado por varios caballos. Un cabriolé que pasaba en ese momento le quitó el aire de los pulmones. Una rueda que no vio le agitó la cola del abrigo.
Atrayendo a Rose Andrew hacia sí, la cadera de ella lindando con la parte de arriba de sus muslos, George logró llegar hasta la otra acera.
Ella se puso rígida al ver la tienda a la que la llevaba.
Al abrir la puerta del establecimiento sonó una campana. La luz de gas se derramaba sobre el pavimento, iluminando rigurosamente el pálido rostro de Rose.
Ella no avanzó.
—Por esto ha venido a buscarme esta noche, ¿no es cierto, señorita Andrew? —preguntó George, sintiendo la rigidez de los huesos de ella por todo su cuerpo—. ¿Para encontrar una pasión?
Un color caliente y agudo flotó por el rostro de ella.
—No encontraré pasión dentro de una librería.
—Usted sabe mejor que la mayoría de la gente que no todas las librerías son lo que parecen ser. —Recordó deliberadamente las palabras que ella había pronunciado la noche anterior: que él sabía mejor que nadie que una mujer no necesitaba divorciarse de un hombre para llevarse a otro hombre a la cama.
—¿Cree usted, señor Jhonsons, que podré encontrar pasión en un consolador? —preguntó ella, tensa.
—Creo, señorita Andrew —dijo George, atentamente—, que usted no puede diferenciar la pasión del placer que le concede un pene tieso, si no ha experimentado ninguno de los dos.
—Permiso —alguien se entrometió entre ellos—. Señor… señorita.
Rose se apartó precipitadamente para dejar paso a la desconocida.
El aire frío reemplazó a la calidez de la carne. George abrió aún más la puerta.
No vio el rostro de la mujer que entró en la tienda. Se concentró exclusivamente en la que se encontraba a su lado.
—Está asustada —dijo George —. Ésta es una librería pública. ¿Por qué va a estar asustada?
Porque George estaba asustado.
Había convertido a una mujer en una adúltera, y ahora estaba muerta. Había destruido el futuro de la mujer que se hallaba junto a él, pero no podía escapar de la necesidad que tenía de ella.
—Por aquí —instruyó, reclamando el codo de ella nuevamente.
Ella no protestó, aunque la rigidez de su carne le quemaba la palma de la mano.
Las campanadas de Westminster ahogaron por unos momentos el suave murmullo de las voces y los latidos del corazón de George.
Sólo faltaban nueve minutos para que el sol se pusiera oficialmente, señalando el final del día y el comienzo de la noche. Pero George no sabía lo que esa noche podría traer.
Un empleado vestido lúgubremente avanzó bloqueando el acceso a la puerta que conducía a la parte trasera de la tienda. Una mirada aguda de J George lo hizo retroceder.
Él observó la reacción de Rose Andrew al ver la tienda erótica que todos los parlamentarios conocían bien pero de la que ninguno hablaba.
Un joven miembro del Parlamento, otro conservador, cinco años más joven que George, levantó la mirada, abriendo ampliamente los ojos al ver a una mujer. Inmediatamente, esa mirada se vio atrapada por la de George.
Se miraron fijamente durante cinco segundos.
George conocía al joven miembro del Parlamento. George conocía a su esposa.
George sabía que a ese joven le gustaban las niñas inocentes y virginales que eran apenas mayores que su hija de trece años.
El joven miembro del Parlamento bajó la mirada.
Un color rosa oscuro manchaba las mejillas de Rose. Ella no movió la cabeza para esconderse del concienzudo examen de los hombres.
A George le pareció admirable su valentía.
La guió hacia delante por entre los pasillos poco iluminados, deslizando los dedos desde su codo hasta su espalda: estaba tan rígida como su codo.
—Es ahí
Una vitrina de vidrio mostraba una variedad de parafernalia sexual: anillos para el pene, pesas para los pezones, esposas y cadenas francesas.
—¿Puedo ayudarle, señor? —preguntó una voz tímida.
Un empleado miró a George fijamente.
George observó a Rose Andrew.
Ella miró hacia abajo, hacia la vitrina.
La imagen de un hombre, de él mismo, apretándose los testículos y eyaculando al aire golpeó los pensamientos de George.
Observando las curvas de la nariz y la mejilla de Rose Andrew, ambas visibles por debajo del ala del sobrero, George dijo:
—Queremos ver algunos consoladores.
Nerviosamente, con la mirada dirigida a evitar a la mujer que estaba al lado de George, el empleado sacó una docena de falos: pequeños… monstruosos… de vidrio… de cuero.
—Déjenos solos —dijo George.
El empleado estaba feliz de obedecer.
Rose Andrew miró fijamente los instrumentos diseñados con el único fin de penetrar.
—No he venido a buscarle esta noche para tener una reunión sexual con usted.
George ignoró la aguda punzada que le infligía aquella negación.
—Pero quiere que alguien se la folle, ¿no es cierto? —presionó él.
El pecho de ella se elevó y luego cayó por debajo de la lana negra de su capa.
—Sí.
—Entonces, escoja su pene, señorita Andrew.
Una tos muda irrumpió en la quietud; un recordatorio mordaz de que no estaban solos. Los hombres observaban. A ella. A él.
Rose Andrew alargó la mano para alcanzar un pequeño consolador de cuero que apenas era más grande que su dedo corazón.
—Quítese los guantes —le pidió George. La mano de ella se congeló—. Sienta lo que va a tener dentro de su cuerpo.
Ella comenzó a quitarse los guantes de cuero negro —el bolso bordado de azabache giró alrededor de su muñeca izquierda destellando fuego negro— y los guardó dentro del bolsillo de su abrigo.
Rose Andrew tenía unos dedos pequeños y delgados.
Con mucho cuidado, como si fuera un revólver cargado, levantó el puntiagudo consolador de cuero que medía unos diez centímetros de largo.
—Ése es para el ano de una mujer… o de un hombre —le advirtió George, con la esencia de las rosas quemándole el pecho.
Instantáneamente, ella levantó la mirada para encontrar la de George.
—¿Alguna vez ha…?
—¿Penetrado a una mujer con uno de ésos? —completó él en tono neutro, con la mirada de los otros hombres escaldándole la piel.
—No… ¿Alguna vez se lo han insertado a usted? —lo corrigió ella.
Un recuerdo lo asaltó.
—No —dijo de mala gana.
Una amante ingeniosa alguna vez le había mostrado muchas sensaciones eróticas.
Algunas de ellas las había compartido con la mujer que amaba. Otras no.
La mirada de Rose se oscureció. Por curiosidad, se dijo George; no por repugnancia.
Una pulsación saltó en la base de la columna de Rose y siguió por la ingle de George.
Liberando la mano del calor electrizante que la espalda de ella generaba, George alargó el brazo para alcanzar el vidrio suave.
Era mucho más largo y ancho que el falo que ella sostenía.
—Intente con éste —instruyó él, quitándole de los dedos sumisos el pequeño consolador de cuero.
Rose acunó el falo de vidrio en su mano izquierda. Era más largo que su palma.
George se le acercó aún más, con objeto de cerrar la brecha que había entre su cuerpo y el de Rose para que los otros hombres no pudieran ser testigos de la exploración erótica.
Ella acarició el vidrio transparente.
Fue como si acariciase el pene de George.
—El señor Collins se refería a éstos como los chupetes de las viudas —dijo ella en voz baja.
Se irritó al oír el nombre del esposo de su amante. Pero se tragó su irritación.
Él no quería saber nada de Derek Collins. Pero sí quería saberlo todo sobre Rosemary Andrew.
Sin mirarlo, Rose dijo:
—Usted acusó a la señora Hart y al señor Collins de aprender sobre la pasión leyendo sobre perversiones sexuales en los libros académicos.
El juicio seguía interponiéndose entre ellos.
—Pero, de hecho, señor Jhonsons, estudiábamos las tales «perversiones sexuales» antes de que la señora Hart se uniera al club. Eran unas lecturas muy educativas. ¿Sabía usted que, en la Grecia antigua, la ciudad de Mileto era conocida por fabricar olisbos… consoladores? —Una corta y arreglada uña acechó el glande de George —. De todas maneras, era una industria lucrativa.
George lo sabía, pero porque lo había leído en los informes sobre el Club de Hombres y Mujeres.
—Muchos tratados antiguos hacen referencia a falos artificiales. —Rose acarició la roma punta del vidrio como si estuviera buscando la pequeña uretra que chorreaba la esperma dentro de una mujer—. Incluso la Biblia. Pero nunca los llamamos consoladores. Nunca llamamos pene al membrum virile. Nunca aplicamos lo que aprendemos a nuestras vidas, o incluso a nuestros tiempos. Luego, un domingo, el señor Collins trajo unas postales francesas.
El día que Frances Hart se había unido oficialmente al club.
La secretaria había tomado nota de la reunión del dieciséis de abril, pero no había descrito en las actas lo que la, imagen representaba.
—Era evidente que él las había traído para la señora Hart —dijo Rose Andrew, acechando el suave frenillo del pene con la punta del dedo—, para mostrarle la variedad de actos sexuales que lo excitaban.
George recordó la postal que él había examinado en la Librería Aquiles.
El hecho de pensar que compartía los mismos deseos sexuales que Derek Collins, que incluso habían compartido la misma mujer, hizo que George hirviera de rabia e indignación.
—En una de las postales una mujer estaba sosteniendo un consolador —dijo ella, mientras toqueteaba el consolador de vidrio, dejando el frenillo contra su palma—. Fue la primera vez que yo vi una de esas imágenes. Tenía las piernas abiertas. No había duda de lo que ella iba a hacer con él.
Rose dobló la palma de la mano, de manera que sus dedos delgados encerraron la circunferencia del falo de vidrio.
—Pensé en lo extraño que era —continuó ella con un tono suave y distante. Las puntas de los dedos tocaban… del pulgar al índice… del pulgar al dedo del medio— que un hombre encontrara placer observando a una mujer autocomplacerse.
Una mano invisible apretó el pene de George.
—¿Alguna vez ha visto a una mujer masturbándose, señor Jhonsons?
Rose Andrew se dirigió al consolador.
—Sí.
La respuesta le salió sin darse cuenta.
—¿Disfrutó del espectáculo?
Las imágenes lo asaltaron.
El cuerpo de una mujer. Pero él no podía recordar sus rasgos. El color de su cabello. El olor de su piel.
—Sí—dijo él.
—Éste es más pequeño que el de usted —observó ella, liberando el falo artificial.
George no respondió: ambos conocían el tamaño de su sexo.
Él esperó a lo que ella diría o haría ahora. Hervía de indignación al observar la lujuria de los hombres que los miraban con descaro.
Rose Andrew dejó a un lado el consolador de vidrio. Los dedos delgados sostenían en el aire un consolador de cuero de quince centímetros de largo… lo levantaban y lo pesaban.
De repente, el sexo de George se sentía lleno y pesado.
—La señorita Palmer compró uno como éste en la Librería Aquiles —dijo ella—. Para poder experimentar el consuelo de un hombre.
George visualizaba a la mujer de treinta y dos años cuyo rostro se había sonrojado, hasta quedar morado, cuando había sido interrogada, pero que había respondido impávidamente a cada una de sus preguntas.
El día anterior al juicio había confesado a la directora de la elegante academia de niñas en la que enseñaba que era miembro del Club de Hombres y Mujeres. Por supuesto, la despidieron. Y ella había testificado para salvar la reputación de la academia.
La revista Times había hecho público el nombre de la academia, arruinando tanto a la escuela como a la profesora.
Rose soltó el consolador de quince centímetros de largo y pasó sus pálidos dedos sobre un falo de vidrio que era aún más grande que la muñeca de George. Luego, su mano se posó sobre otro consolador de cuero.
George sentía que estaba cada vez más excitado.
—Éste es más grueso que el que escogió la señorita Palmer —anotó ella sin ninguna emoción en la voz—. ¿La mujer tuvo un orgasmo?
George sabía que se refería a la mujer sin rostro que se había introducido un falo artificial en el cuerpo mientras él la observaba.
—Sí —admitió él, respirando en medio del olor a lujuria masculina y rosas de primavera.
—El instrumento que ella usó… ¿era tan largo como éste?
—No lo recuerdo —dijo George.
Con cierta satisfacción, Rose notó que él se ruborizaba.
—En la Biblia, Ezequiel les dice consoladores a las imágenes de los hombres.
Rose dejó descansar el cuero marrón en su mano izquierda, puso un dedo en la base del falo y estiró la mano derecha.
El falo sobresalía varios centímetros más allá de su dedo meñique.
George sintió que la marca de esos dedos abiertos se extendía desde la base de su pene hasta la punta de su glande.
Rosemary Andrew atrapó la mirada de George.
—Me llevo éste.
Era el que él había pensado que escogería.
—¿Éste es el que quiere tener dentro de su cuerpo? —preguntó George, tenso.
No había duda en los ojos de ella, pero tampoco había deseo.
—Sí.
George sintió dos latidos.
Uno en el pecho. Otro en el pene.
—¿Está húmeda entre los muslos? —probó él.
—Sí —dijo ella.
—¿Está asustada?
—Sí.
George conocía el miedo. Y no era miedo lo que lo miraba fijamente.
Tomó el falo de cuero.
—Espéreme en la entrada.
Ella se quedó inmóvil.
—Pagaré mi compra, señor Jhonsons.
—Hará que al vendedor le dé un ataque al corazón, señorita Andrew.
Una sonrisa deslumbrante alejó momentáneamente la oscuridad de los ojos de Rose.
George se imaginó a Rose doce años antes, casándose con un hombre que la hacía sonreír de felicidad.
Inmediatamente, la sonrisa en los ojos de ella desapareció.
Inclinando la cabeza hacia abajo —el negro y el blanco le oscurecían la visión— Rose buscó dentro de su bolso y luego sacó tres florines.
Una sensación extraña se formó en la boca de su estómago.
George nunca había aceptado dinero de una mujer. Pero nunca había conocido a ninguna mujer como Rose Andrew.
Aceptó los tres florines. La plata de las monedas estaba tibia después de haber pasado por los dedos de Rose.
—Si es más caro dígamelo y le abonaré lo que falte —dijo ella, firmemente, subiendo la cabeza para encontrar la mirada de George.
—Sí —mintió George.
Todos los hombres del cuarto de atrás observaron cómo se iba: el movimiento ondeante de las plumas blancas que coronaban su sombrero. La postura orgullosa de su espalda, cubierta por lana negra. Su forma suave de mecer las caderas; curvas naturales realzadas por el movimiento.
La sensación ondeante en el estómago de George se convirtió en un nudo.
Durante dos años se había encontrado con una mujer en privado, detrás de puertas cerradas. Sin embargo, esta mujer conversaba públicamente con él en una tienda de pornografía.
—¿Eso es todo, señor? —preguntó el vendedor, más relajado al no tener que enfrentarse a una mujer.
—Una botella de Lubricante Rose —añadió George, siguiendo atentamente la desaparición de dos nalgas forradas de negro y una puerta que se cerraba detrás de ellas.
—Eh, viejo —eso le destrozó los nervios a George —. ¿No era ésa la vaca del periódico? ¿La del club sexual que usted dejó al descubierto?
George miró al joven miembro del Parlamento, unos pocos centímetros más alto que él. Tenía el rostro completamente sonrojado de lujuria.
Él también había mirado la puerta por la que Rose Andrew había salido.
—No tengo la menor idea de quién está hablando —dijo George, fríamente.
La confusión nubló los ojos del miembro del Parlamento. Miró a George y después a Rose Andrew.
—Esa mujer…
—Esa mujer no estaba aquí. — George sostuvo la mirada del joven—. Esta habitación, señor, no existe. Si existiera, algunos hechos saldrían a la luz.
El color rojo se desvaneció del rostro del viejo joven del Parlamento.
Recordó a la esposa que le había dado dos hijos. Recordó a las niñas jóvenes que satisfacían su lujuria.
Se tomó muy en serio la advertencia de George.
Por el momento, pensó George, pesimista.
George tomó el paquete envuelto en papel marrón que el vendedor le ofrecía y desapareció por la misma puerta por la que Rose había salido.
Un sonido metálico y discordante le atravesó la piel.
Alguien entró a la librería. O alguien salió de ella.
Lentamente, la luz cegadora se desvaneció para formar dos globos de gas.
Hombres respetables con sombreros de copa y mujeres con capas negras conservadoras y sombreros con plumas paseaban complacidos por entre los pequeños pasillos entre las mesas repletas de libros.
No había evidencia de la oscura sexualidad que descansaba detrás de las puertas cerradas.
Rose Andrew estaba de pie frente a la respetable fachada, dándole la espalda, con la cabeza inclinada hacia abajo. Mechones de cabello dorado tan fino como el de un bebé, le colgaban hasta la nuca.
George se le acercó para ver qué era lo que había capturado su atención.
Ella doblaba para delante y para atrás media página de La Bella y la Bestia, un libro infantil de la editorial Home Pantomime, que le daba a Bella su Bestia y luego se la volvía a quitar. Dar. Tomar. Dar. Tomar…
Sus dedos se detuvieron abruptamente. Se dio la vuelta y, extendiendo la mano desnuda, le sonrió a George. No había sonrisa dentro de sus ojos.
—Gracias —le dijo.
Pero George no renunció al paquete.
—Le haré señas a un coche para usted.
La oscuridad dentro de los ojos de ella parpadeó. Dejando caer la mano, Rose dijo, de nuevo:
—Gracias.
La mano de George se curvó en torno a su codo; los dedos tomando la forma de la lana suave y de la piel aún más suave.
Una campana sonó, una puerta se abrió frente a ellos… una puerta se cerró detrás de ellos.
La noche le apretó el pecho George.
Las campanadas del tercer cuarto de hora maltrataron la luz de la calle: eran las ocho y cuarenta y cinco.
La noche había caído.
Bajó la mirada para observar a la mujer que tenía al lado.
Las plumas blancas meciéndose y el ala negra del sombrero le bloqueaban la visión.
Necesitaba ver a Rose Andrew, pero ella no levantó la mirada.
La tensión murmuró por entre sus huesos frágiles que se quebrarían fácilmente.
Por él. Por el Parlamento.
De mala gana, se concentró en la calle y en el zigzagueo de las luces de los coches mientras se mecían.
George levantó la mano. Un cabriolé pasó de largo.
El tercer cabriolé se detuvo, las riendas aseguradas con metal emitían un sonido agudo.
Rose subió el escalón de hierro y luego se dio la vuelta para recibir su compra. La plataforma de madera crujía, el caballo enjaezado estornudaba.
La luz de los faroles alumbró un pendiente y reveló un trocito del azul de sus ojos.
George pensó en lord Falkland, uno de los hombres cuya estatua se exhibía en el salón de St. Stephen. Había muerto a los treinta y tres años. Un hombre amargado y derrotado; sin embargo, el Parlamento le rendía todos los honores.
Cuando no es necesario tomar una decisión, es necesario no tomar una decisión: el antiguo hombre de Estado era citado a menudo.
Había llegado el momento de que George tomara una decisión.
Debía dejar ir a Rose Andrew. O debía seguir el camino que la necesidad les mostrara.
Con el consolador quemándole la mano a través de la bolsa de papel marrón, George se subió al coche.
CONTINUARÁ….
SALUDOS A: Carol Aragon, MariaGpe22, Mia Brower Graham de Andrew, Guest,
