DESEO INCONTROLABLE

Por: Tatita Andrew

Capitulo #07

El coche se mecía. El puente de hierro vibraba. Rosemary Andrew no hablaba. Tampoco lo hacía George.

Ella se movió, tratando de evitar la presión de la cadera de él. Sus cuerpos se acercaban más con cada vuelta de las ruedas, mientras el consolador envuelto en la sencilla bolsa de papel le quemaba los dedos.

—¿Le debo dinero? —Sus palabras retumbaron en el tenso silencio.

—No.

Era cierto.

—¿No llegará tarde a la sesión?

—Tal vez.

—Hoy he entrevistado a algunos mayordomos.

George volvió la, cabeza y examinó a Rose Andrew en la oscuridad.

Una luz apagada iluminó brevemente las plumas blancas que coronaban el sombrero de la mujer.

—¿Ha contratado a alguno? —le preguntó a Rose.

«¿Importaría?», se preguntó a sí mismo.

¿La presencia de sirvientes alteraría los acontecimientos de esa noche?

Sus sirvientes no interferían en sus acciones. Pero él sólo había llevado a una mujer a su casa.

—No cumplo con las exigencias de los mayordomos serios. —La respuesta interrumpió el curso de los pensamientos de George.

No había señal de acusación en la voz de ella.

George se preguntó sí Rose habría leído esa mañana la Pall Mall Gazette.

—Mí cuñada me ha hecho una visita hoy. —La noticia vibró por encima del chirrido de las ruedas del coche.

Rose Andrew tenía cinco hermanos y cinco cuñadas, todas menores que ella.

Distraídamente, George se preguntó cuál de ellas la habría visitado.

Buscó un indicio de sus sentimientos en la oscuridad, pero no pudo ver en el rostro de ella la emoción que sentía.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Justo después de las cuatro de la tarde.

Cuando él estaba en la Cámara de los Comunes.

—¿Por eso vino a buscarme esta tarde?

Pero Rose Andrew no respondió a su pregunta.

—Está embarazada. Sentí la patadita de su bebé en mi mano… —contestó.

George se sintió muy triste de repente.

—¿Sabe ella que su futuro esposo es estéril? —No había emoción en su voz.

—No.

—Entonces, ella cree que usted es responsable de que en su futuro matrimonio no haya hijos.

—Sí.

Durante cuatro años, Rose Andrew le había guardado el secreto a su Jack. Por amor. No por aspiraciones políticas.

El coche se tambaleó, la rueda derecha se sumió en un bache.

Rose Andrew apretó con fuerza la agarradera de cuero. A pesar de sus precauciones, en el siguiente movimiento su cuerpo chocó contra el de él.

De pronto, el coche se enderezó, separándolos. La marca de su suavidad continuó quemando el lugar que había rozado.

Ella miró por la ventana: las pálidas plumas se movían hacia delante y hacia atrás. Él la miró fijamente: su cuerpo se mecía al compás del movimiento del carruaje.

La luz y la oscuridad jugueteaban alrededor de su piel, cada golpe de luz revelaba una nueva faceta de Rose Andrew: la barbilla… una ceja… una oreja adornada con una perla… las líneas tensas de la garganta…

La silueta oscura de su sombrero giró abruptamente. Los blancos sombreados de sus ojos perforaban la oscuridad.

—¿Alguna vez había solicitado un divorcio en el Parlamento?

De repente se sintió incapaz de mirar a la mujer que lo tocaba con cada giro de las ruedas. Se puso a mirar por la ventana.

—No —respondió él.

—La esposa del señor Collins… ¿quiso divorciarse de él?

Al girar en una esquina, el coche dio un tumbo y ambos se deslizaron hacia la izquierda. George presionó la puerta con el pie para sujetarse.

—No.

—Lo siento —parecía muy compungida.

—¿Qué es lo que siente? —preguntó él, cortante.

—Que cuando usted eyaculó… no era la señora Collins la mujer que estaba con usted. Sé que la echa de menos.

Se le formó un nudo en la garganta. Pero no podía hablar de su dolor por la muerte de una mujer a otra mujer, sobre todo si esa otra mujer lo estaba volviendo loco. Su deseo por ella hacía que le doliera el corazón.

—Mi cuñada me dio un mensaje de Jack.

George volvió la cabeza abruptamente hacia Rose Andrew. Ella miraba por la pequeña ventana en lugar de mirarlo a él.

—¿Cuál era el mensaje? —preguntó George, sin saber si lo hacía como abogado, como miembro del Parlamento o simplemente como hombre.

—Que me perdona.

La emoción le oprimía el pecho. Casi no podía hablar.

—Cuando tenga un orgasmo esta noche, señorita —la voz de George era dura, incluso para sus oídos—, ¿quién estará con usted?

—Usted, señor Jhonsons.

El coche redujo la velocidad… se detuvo… las ruedas giraban en la dirección contraría… también hacia delante… deteniéndose al mismo tiempo.

—Usted estará conmigo —reiteró ella.

Rose Andrew no esperó a que él le abriera la puerta.

—¿Cuánto es? —la pregunta de ella sonó en medio de la oscuridad.

El conductor respondió algo que George no oyó y Rose levantó el brazo hacia el techo para pagar.

Una luz oscilante le recubrió los senos.

El recuerdo de un pezón tieso apuñaló la lengua de George.

Salieron del coche y se dirigieron hacia la casa. Ella no reconocía su presencia, ni cuando abrió la puerta oscurecida por la noche, ni cuando él dio un paso detrás de ella para entrar en la casa.

Con determinación, George cerró la puerta y echó el cerrojo deslizándolo con fuerza, como un pene entrando en la vagina de una mujer.

La oscuridad los protegía.

Un suave tintineo, una llave de metal golpeando una moneda, rompió el silencio en la oscuridad.

George buscó la mesita del vestíbulo, asegurando la compra debajo de su brazo derecho. Enderezándose, encendió una cerilla. La llama blanca brilló.

En silencio, encendió el candelabro de pared de cristal que estaba encima de la mesita reservada para el correo, que ahora se encontraba vacía, tanto de correo como de la bandeja para dejarlo.

Él se preguntó si Rose ya habría cambiado su dirección en la oficina de correos.

¿Regresaría por la mañana a los brazos de su prometido, que decía que la perdonaba?

George se despojó del sombrero y el abrigo, y los colgó en el perchero que estaba al lado de la puerta. Al darse la vuelta, el rostro de Rose Andrew estaba pálido y sereno. Solemnemente, ella le alcanzó su sombrero… y su capa. George los colgó al lado de su sombrero… y su abrigo… los de ella eran negros, los de él grises.

La ausencia de color en sus vidas resultaba patente en sus miradas.

—¿Hay carbón en la chimenea? —preguntó él.

Aunque era primavera, por las noches refrescaba bastante. No quería que Rose sintiera incomodidades si él las podía prevenir.

—Sí.

Rose pasó junto a él, muy cerca pero sin rozarle. El moño destellaba dorado bajo la luz que salía de la lámpara de gas. El cabello fino y volátil le hacía sombra sobre la nuca. Dentro del espejo enmarcado en bronce, encima de la pequeña mesa del vestíbulo, las pestañas le hacían sombra sobre las mejillas. Abrió el cajón de la mesa de cerezo y metió en él su bolso.

—Esta mañana limpié las cenizas y puse carbón nuevo en la chimenea.

Las labores de un mayordomo. Pero ahora ningún mayordomo respetable trabajaría para ella.

George recordó el chorro de su eyaculación. Inmediatamente, el recuerdo fue reemplazado por las lágrimas de Rose Andrew.

El caminó por el pasillo hacia la oscuridad. Ella lo siguió; su taconeo le perforaba las vértebras.

Dentro del salón de dibujo, George encendió una pesada lámpara de bronce. El pitido del gas llenó el silencio.

La mirada de Rose Andrew seguía cada uno de sus movimientos… la tensa abertura de sus piernas… la envergadura de sus dedos.

Los carbones fríos de la chimenea pronto prendieron. George encendió el tiro, produciendo un agudo sonido metálico, y se agachó frente a la pequeña chimenea de hierro hasta que una capa de llamas blancas recubrió los carbones negros y el fuego crujió.

Luego se puso de pie y dejó la caja de cerillas sobre el mantel para limpiarse los dedos.

Se dio la vuelta.

Sabía lo que seguía, pero no sabía cómo iba a suceder.

La vista de Rose Andrew desabrochándose el corpiño le arrebató el aire de los pulmones.

—Sé que no soy la señora Collins. —Una pieza de lencería blanca brilló por encima de los dedos laboriosos. Se desabrochó un segundo botón forrado de satén… un tercero… un cuarto—. Sé lo difícil que esto debe de ser para usted.

Cuando no hubo más botones que liberar, Rose se quitó el corpiño.

—Pero esta noche lo necesito. —Las pestañas oscuras se levantaron, mientras el corpiño caía al suelo. Ella atrapó la mirada de George. El hecho de saber que estaba a punto de quedar completamente expuesta, le dilató tanto las pupilas que el negro devoró la luz del azul.

—Necesito que me vea a mí y no a la señora Collins.

El consolador debajo del brazo de George le quemaba por debajo de la lana de su abrigo y del algodón de su camisa.

La noche anterior, había observado el deseo puro de ella hasta el punto de no poder observarlo más, y había escapado a los brazos de una mujer que ahora estaba muerta.

—La veo a usted, señorita Andrew—dijo George silenciosamente.

Veía su dolor. Veía su necesidad.

Sentía su soledad absoluta en todo el cuerpo.

Bajando la mirada, ella se desabrochó la banda de la falda negra de lana.

—Era muy ingenua cuando me comprometí; supongo que como todas las mujeres…aún lo soy

La falda se deslizó hasta el suelo.

George miró fijamente las pestañas que se desplegaban sobre las mejillas de Rose Andrew y las sombras que le consumían la vida;: la misma edad que lord Falkland.

—Pensé que el amor hacía bebés.

Un sonido sordo perforó el pitido del gas, un frenesí impactó en la madera.

—No literalmente, por supuesto. —El sonido sibilante que causó el resbaladizo descenso de unas enaguas de seda aumentó la excitación de George —. No era tan ignorante. —El dolor que le ensombrecía el rostro fue borrado momentáneamente por el sarcasmo. Un segundo sonido silbante resonó por encima del ruido de las brasas: otra enagua liberada—. Pensé que era un regalo, creía que un hombre eyaculaba dentro de una mujer sólo para demostrarle su amor. Me parecía conmovedor y me gustaba.

La luz de gas destellaba. El color dorado recubría una delicada ceja.

—Nunca tuve un orgasmo con Jack, pero disfrutaba imaginándolo dentro de mí, me gustaba. —Un agudo chasquido le perforó el pene a George, otra prenda había sido liberada—. Me gustaba la intimidad del momento, al pensar cuando uníamos nuestros cuerpos. Me gustaba pensar en sentir su amor derramándose en mi interior.

Un segundo chasquido reverberó con el placer recordado.

Rose Andrew recibiendo eyaculación de un hombre, George dándole su eyaculación a una mujer.

—La noche de Navidad, cuando estaba tendido a mi lado, le pregunté, por qué ya no me amaba. —Un tercer chasquido se disparó por la columna de George —. Desde que supo que era estéril nunca quiso intentar hacer el amor… nunca usaba la palabra follar, señor Jhonsons…

Un cuarto chasquido le perforó el pecho a George.

—Me dijo que hacerme el amor era una forma de abusar de mí. Los niños, dijo, eran el regalo de un hombre a la mujer que amaba. Ya no tenía nada que darme, me dijo. Entonces, nos abrazamos mientras. Y lloramos. —Un quinto chasquido le apretó la garganta a George —. Cuando desperté a la mañana siguiente, él se había marchado.

Una oleada de recuerdos asaltó George.

El fuerte gruñido de la descarga masculina. El agudo llanto del orgasmo femenino.

La saciedad somnolienta de George. La sonrisa y los besos de Cynthia Collins.

Ella se había marchado después del deseo compartido, y él no la había vuelto a ver jamás.

Ni viva. Ni muerta.

El algodón blanco tapó abruptamente el rostro de Rose Andrew.

George miró instintivamente hacia abajo para ver cómo caían las últimas prendas… susurrando por la piel suave… pegándose a los senos. Un ligero vello pálido brillaba dorado en los hoyos oscuros de las axilas.

Rose Andrew tenía los senos pequeños, firmes y redondos como el globo de una copa de brandy. Unos pezones rosados oscuro apuntaban el aire, duros por la necesidad al igual que el pene de George lo había estado la noche anterior.

Él no encontró placer en su vulnerabilidad.

Los párpados cerrados de Rose Andrew se abrieron lentamente. Su mirada sombría perforó a George.

—Sentí el bebé de Lucy y necesitaba verlo.

—¿Por qué?

—Porque usted ama a otra mujer —dijo ella, de pie, vestida sólo con calzones de lazos de seda, medias y zapatos—. Y yo amo a otro hombre. Pero ambos están muertos para nosotros. Sin embargo, no podemos compartir nuestra pérdida con nadie.

Las palabras que no pronunció vibraban por encima del silbido del gas y el sonido de las brasas: nos rescatamos mutuamente.

Él era un político que la había traicionado por completo. Ella era una mujer que se había expuesto totalmente.

George debería marcharse ahora, antes de que ella lo dejara penetrar en ese lugar especial que había guardado para su futuro esposo.

—Quítese el resto de la ropa, señorita Andrew. —La voz de George se endureció. El paquete que tenía debajo del brazo palpitaba como si formara parte de él, en lugar de ser un objeto inerte, sin alma, diseñado con el fin de follar—. Permitámonos descubrir en dónde reside la pasión de una mujer.

CONTINUARÁ….

LES TRAIGO OTRO NUEVO CAPITULO SALUDOS A TODAS LAS QUE ESTÁN SIGUIENDO LA ACTUALIZACIONES DE MIS FIC