Capítulo 1.- Amores Prohibidos.
-¡Vamos Isil date prisa! –gritó un muchacho rubio de ojos azul claro, a la chica que iba detrás de él.
-¡Espérame Dúath! –exclamó Isil corriendo tras él.
Isil y Dúath, eran los mejores amigos, se habían conocido diez años atrás; cuando Isil lo encontrara a él en las afueras de Mordor.
Ella, hija del Rey de Gondor, él hijo de algún montañés, había sido criado por personas de Gondor.
Era el año 80 de la Cuarta Edad según la cuenta de los Elfos. El Rey de Gondor era Elessar, el heredero de Isildur, y su esposa era la Estrella de la Tarde, descendiente de Altos Elfos; su hija era el Brillo de la Luna.
-Dúath, ¿Sabes lo que dirá mi padre si descubre que estamos aquí otra vez? –preguntó Isil a la vez que tomaba de la mano a su amigo para pasar entre una rocas.
-No tiene por qué enterarse, -dijo Dúath. –Sólo espero encontrar una cosa aquí, y de inmediato volvemos a Gondor. Pippin ni cuenta se dará que nos fuimos, y por lo tanto tu padre tampoco.
-Pero... –insistió Isil con algo de duda.
-No te preocupes, -dijo Dúath, poniendo un dedo en sus labios, -Todo estará bien.
Isil asintió.
Justo en ese momento ambos muchachos llegaron a la entrada de una cueva. Ahí ambos entraron con calma.
Adentro habían algunas sillas, mesas y otros objetos, como si ese lugar hubiese sido alguna vez el hogar de alguien.
-Éste lugar me parece extrañamente conocido, -murmuró Isil en voz baja
-Sí, a mí también, -murmuró Dúath.
Ambos estaban ahí, de pie, en silencio. De pronto Isil se sintió mareada y se tambaleó, Dúath la sostuvo de los hombros.
-¿Estás bien? –preguntó Dúath.
-Sí, creo que sí. –dijo Isil.
Ambos se miraron a los ojos; extrañas imágenes pasaron por su mente:
***Visión***
Una joven de ojos azules profundos y cabello negro muy largo recogido en una trenza, llevaba un vestido blanco con un manto azul marino que hacía juego con sus ojos, y en su cuello colgaba una luna creciente de mithril. Detrás de ella iba un hombre de ojos azul claro, rubio, vestido de pantalón y camisa oscuros y capa negra. Parecía que acababan de entrar a esa misma cueva. Él la llevaba de la mano a ella.
-¿Por qué me trajiste aquí? –preguntó ella.
-Quería mostrarte el lugar, -respondió él. –Es pequeño pero...
-Es hermoso. –lo cortó ella poniendo un dedo en sus labios, lo miró a los ojos.
-Sabes que te amo. –dijo él.
-Sí, lo sé, y yo también te amo. –dijo ella. –Pero debes saber que esto que sentimos es peligroso.
-Lo sé, -dijo él. –Pero no importa a cuántos peligros tenga que enfrentarme para estar a tu lado, para tenerte, -la fue abrazando poco a poco, -para besarte, para amarte, mi luz, mi luna.
-Es nuestro amor, -dijo ella envolviéndose en su abrazo, -Un amor prohibido.
Y con eso ambos unieron sus labios, en un beso lleno de amor.
***Fin de la Visión***
Isil abrió los ojos, y se separó de Dúath, él también los abrió, aunque no la soltó. Ambos se miraron con una mezcla de confusión, asombro, y profundos sentimientos que sólo podían explicarse de la manera que lo habían hecho hacía un momento.
Isil miró a Dúath sin poder creer lo que había sucedido. Un segundo estaba él sosteniéndola a ella, que se había mareado; y al siguiente se habían besado. Había sido algo tan hermoso, tan tierno, un momento único.
Dúath observaba a Isil, también con una mezcla de sentimientos. Era extraño: ella estaba mareada, y él la sostuvo para evitar que cayera. Y una vez ahí, ambos, frente a frente, al verse a los ojos había sucedido algo extraño. Una gran mezcla de pensamientos y sentimientos los había invadido. Y después, fue como si todo éste tiempo hubieran esperado por éste momento, como si ese segundo hubiera sido previsto desde el inicio de las edades: un beso.
-Éste...éste sentimiento...no lo entiendo. –murmuró Isil confundida.
-Yo sí. –respondió él acercándola a sí mismo. –Creo.
Isil se sentía tan bien en sus brazos, tan segura, tan...amada, pero a la vez se confundía.
-No sé Dúath, -dijo Isil, -No sé que dirá mi padre si lo sabe.
-No importa lo que él diga, -dijo Dúath, -A mí sólo me importa lo que tú digas mi luz, mi luna.
Y se besaron nuevamente.
-¡Isil! –la llamó una voz. -¡Princesa Isil!
-Demonios, -murmuró Isil entre dientes. –Pippin.
-Ven, -dijo Dúath, jalándola hacia un lado. –Por acá.
Isil lo siguió, se acercaban a lo que parecía ser una salida lateral. Pero, justo en ese momento hubo un temblor, la tierra se estremeció; y la cueva empezó a derrumbarse.
-¡Ah! –gritó Isil asustada.
Dúath la abrazó contra la pared, protegiéndola de las rocas y tierra que caían.
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Una vez que la tierra se asentó, Pippin, un hombre rubio, ojos azul-verde, de mediana estatura y robusto se asustó mucho.
-¡Princesa Isil! –llamó él.
-Cof...Cof...
Dúath se levantó con algunas dificultades de entre un par de rocas, tenía algunas heridas y raspones en donde su camisa se había roto en la espalda; procedió a levantar a Isil, quien, gracias a él, estaba ilesa.
-¿Estás bien Isil? –preguntó Dúath observándola con cuidado.
-Sí, gracias a ti. –dijo Isil, lo miró. –Estás herido.
-No es grave. –dijo Dúath. –Estaré bien, no tienes de que preocuparte.
-¡Princesa Isil! ¡Joven Dúath! ¿Se encuentran bien? –preguntó Pippin.
-Sí Pippin, estamos bien. –dijo Isil, luego agregó en voz baja. –Ahora sólo debemos volver a palacio antes de que mi padre...
-¡Isil! –llamó una voz potente y seria.
-Ay no... –murmuró Isil en voz baja. Luego dijo alto. –Hola padre.
-Buenos días su Majestad, -dijo Dúath con una reverencia.
-Isil, -dijo el Rey, -¿Qué hacíais fuera de palacio?
-Salí a pasear con Dúath y... –comenzó Isil.
-Sabes perfectamente que es peligroso que andes tan lejos de palacio sin tu escolta. –dijo el Rey molesto.
-Pero... –comenzó Isil.
-Nada, -la interrumpió el Rey. –Volvamos al castillo, tu madre está muy preocupada. –volteó a ver a Dúath. –Ahí hablaremos.
El Rey hizo montar a su hija con él.
Pippin montó en su caballo y de inmediato siguió al Rey.
-Tengo el presentimiento de que esto no acabará bien. –murmuró Dúath para sí mientras montaba en su caballo.
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Unos minutos después los cuatro llegaron a la ciudadela de Gondor. Dejaron los caballos y luego caminaron hasta el castillo.
-¡Hija mía! –exclamó la Reina abrazando a su hija tiernamente. –Me tenías tan preocupada. ¿Dónde la encontraste amor?
-En las inmediaciones Osgiliath, -respondió el Rey.
-¡¿Qué?! –exclamó la Reina separándose de su hija. –Pero Isil, eso está cerca de Cirith Ungol, cerca de Mordor, sabéis que es peligro ir ahí.
-Madre, el Señor de la Sombras ya no existe, -declaró Isil con soltura. –No podemos temerle a su mero recuerdo.
-Nadie ha dicho que le temamos, -dijo el Rey. Volteó a ver a Dúath. –Lo que vos hicisteis al llevar a mi hija ahí es lo peor que habéis hecho.
-Pero Majestad... –comenzó Dúath.
-¡Habéis arriesgado la vida de mi hija! –exclamó el Rey. –Jamás os perdonaré eso.
-Pero Padre... –comenzó Isil tratando de acercarse a él.
-No quiero 'peros' ésta vez Isil. –dijo el Rey. –El joven Dúath ya ha puesto en peligro tu vida demasiadas veces. Desde el día que lo encontramos supe que no era de fiar.
-No deberíais insultarme Majestad, -dijo Dúath, -Pues yo no he hecho nada en vuestra contra o en la de vuestra hija.
-Pusisteis su vida en peligro al llevarla ahí hoy, igual que lo habéis hecho otras veces, -dijo el Rey, -Aún cuando vos sabéis que está estrictamente prohibido que vayan ahí. Por lo tanto... yo sentencio que Isil no volverá a salir del palacio sin una escolta, y tiene terminantemente prohibido volver a reunirse con Dúath. Y usted, joven Dúath, lo exilio para siempre de Minas Tirith, no quiero volverle a ver aquí.
-Pero Padre... –comenzó a Isil.
-Calla hija. –dijo el Rey.
Isil comenzó a llorar.
-Calma Isil, -murmuró Dúath en voz baja.
-Llevad a mi hija a su habitación, -dijo el Rey a dos guardias. Luego vio a Pippin. –Y vos Peregrin avise a todos lo que he ordenado y escolte al Joven Dúath fuera de la ciudadela.
Pippin, Peregrin, asintió e hizo una seña a Dúath para que se moviera, ahora no convenía llevarle la contraria al Rey, lo había notado con tan sólo escucharlo llamarle a él por su nombre completo.
Isil alzó la vista, sus ojos llorosos se encontraron con los ojos tranquilos pero tristes de Dúath.
-¡¡No!! –gritó Isil, esquivando a los guardias y corriendo a los brazos de Dúath. –No padre. No me separarás de él, no quiero me separen de él.
-Haréis lo que yo ordeno, -dijo el Rey con voz firme.
El Rey jaló a su hija, para separarla de Dúath. Isil trató de sostener la mano de Dúath, pero poco a poco ambos se soltaron.
La Reina los observó, sus rostros, se notaba que ellos se habían enamorado. Esos ojos, esas miradas, las había visto antes. Por su mente pasaron imágenes:
"Una joven de cabello negro muy largo, ojos azul profundo; miraba a un joven rubio de ojos azul claro. En sus ojos se veía que ella lloraba, a la vez que alguien la alejaba poco a poco de él. Él no podía moverse, y solamente la observaba en silencio, parecía triste pero resignado, con ojos melancólicos."
Esos ojos...esas miradas...eran idénticas.
-Detente Aragorn. –dijo la Reina en voz baja.
Aragorn se sorprendió de escuchar a su esposa llamarlo por su antiguo nombre, algo que nunca había hecho fuera de la intimidad de sus habitaciones.
-Déjalos Aragorn, -dijo la Reina en voz baja, con calma, con la vista al suelo.
-Arwen... –murmuró Aragorn, -No entiendo. ¿Qué pasa?
-Déjalos estar juntos. –dijo Arwen aún con la vista baja.
-Pero Isil...nuestra hija...¿Por qué? –preguntó Aragorn aún confundido.
-Porque... –comenzó Arwen, lentamente alzó la cabeza, sus ojos estaban rojos de llanto, -¡¡¡Porque no quiero que le pase lo mismo que a Selene!!!
Arwen salió corriendo, y Aragorn de inmediato fue tras ella.
Aprovechando el descuido Isil se lanzó a los brazos de Dúath, abrazándolo fuertemente.
Pippin observaba todo con duda, sin entender lo que ocurría.
-Vámonos. –dijo Dúath mirando a Isil a los ojos.
Ella asintió, ambos salieron corriendo tomados de la mano.
Pippin sólo los observó en silencio, sin hacer nada, después de todo el Rey se había ido sin determinar si la sentencia se mantenía en pie o no; parecía que tenía otras cosas de que ocuparse por el momento.
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Minutos después los dos jóvenes entraron a la recámara de Isil.
-Isil, -dijo Dúath. –Hay algo que quiero decirte.
Ella lo miró fijamente, animándolo con su silencio a continuar.
-Sé que quizá tú te arrepientes de lo que pasó en la cueva pero... –comenzó él. –Yo...estoy enamorado de ti.
-¿Por qué tendría o que arrepentirme de lo que hay en nuestros corazones? –preguntó Isil con una gran sonrisa que refleja todo lo que su corazón sentía. –Yo también estoy enamorada de ti Dúath, con toda mi alma. Estoy enamorada de ti desde que te vi inconsciente en las cercanías de Osgiliath hace diez años.
-Pero tú eres la princesa. –vaciló Dúath.
-Renuncio a mi corona, a mi título, a mi propia vida por estar contigo. –dijo Isil, como si estuviera recitando un juramento.
Con eso ambos jóvenes se besaron larga y tiernamente. Y en ese beso, ambos se entregaron sus corazones y sus almas.
'Tengo un presentimiento tan extraño' pensó Dúath por un momento. 'Igual que cuando estábamos en la cueva...'
'Es como un Deja vú' pensaba Isil al mismo tiempo. 'Como si no fuera la primera vez que esto me pasa, que lo siento, como si éste sentimiento estuviera en mi corazón desde el inicio de los tiempos.'
Al separarse escucharon voces, salieron al balcón, desde ahí pudieron ver a una pareja discutiendo en un balcón cercano, eran los padres de Isil: Aragorn y Arwen.
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-¿Qué te pasa Arwen, Estrella mía? –preguntó Aragorn.
-Es que vos no entendéis la congoja en mi corazón cuando vi el sufrimiento en mi amada hija. –dijo Arwen derramando lágrimas.
-Explícame mi amor, para que yo pueda entender. –pidió Aragorn.
-Ella sufre, porque ella realmente ama a ese muchacho. –explicó Arwen.
-Pero eso es imposible, ese chico es sólo un montañés, ¡y ella es la princesa de Gondor! –exclamó Aragorn.
-Y tú eras sólo un montaraz, mientras yo era una dama elfa. –agregó Arwen. –E igualmente renuncié al crepúsculo, a la inmortalidad, a mi destino, para estar contigo. Porque este amor que siento por ti es más grande que cualquier poder en la tierra o en el cielo.
Aragorn suspiró con un dejo de melancolía, sabía que su bella esposa tenía razón, lo sabía, pero temía sentir lo mismo que debió haber sentido el gran Lord Elrond cuando su hija le fue arrebatada.
-Además. –dijo Arwen en ese momento. –Ya una vez vi a una persona llorar porque su familia se oponía a su amor, y eso la hizo sufrir mucho. ¡No quiero que a Isil le pase lo mismo! ¡No quiero! –de pronto Arwen se tiró de rodillas al suelo y se soltó a llorar, como si un gran dolor oprimiera su alma.
-No entiendo de quien me hablas amor mío. –dijo Aragorn confundido.
-Hablo de Selene, Selene Moonlight, el Resplandor, la Luz de Luna, la hija de la noche, la segunda doncella de Imladris. –recitó Arwen.
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Mientras su madre decía todo esto Isil escuchaba desde el balcón de su cuarto, sentía que lo que su madre decía ella ya lo sabía, esos títulos los llevaba alguien que ella sabía quien era, pero a la vez no podía recordar.
Dúath también se sentía confundido por alguna extraña razón, mientras sostenía a Isil entre sus brazos, no queriendo separarse de ella ni un segundo, sentía un infinito temor a perderla, pero no estaba seguro del por qué.
Ambos tenían extraños sentimientos, su amor, era como si lo sintieran desde siempre; igual que ese temor de ser separados, de no volver a verse jamás, de que la persona amada no estuviera más a su lado.
Era tan extraño, pero lo sentían real, aunque ninguno de los dos supiera la razón.
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-Nunca la había escuchado nombrar, -decía Aragorn a su esposa. –Pero por lo que dices pareciera ser alguien muy importante.
-Y lo era. –dijo Arwen. –Selene Moonlight era la más joven de las princesas elfas, y también la más rebelde, hermosa a su manera y muy valiente.
-Parece que la conoces muy bien. –dijo Aragorn.
-Sí la conocí. –dijo Arwen. –Ella fue muy cercana a mí.
Su esposo la miró, esperando que continuara.
-Aragorn... –dijo ella pausadamente. –Selene Moonlight...era mi hermana.
Aragorn estaba boquiabierto, no podía creer lo que estaba escuchando, es que era simplemente imposible. Arwen...su esposa...su reina...¡tenía una hermana! Por un momento pensó que había escuchado mal, pero al voltear a ver a Arwen, las lágrimas que caían por su rostro, y esa mirada llena de tristeza y nostalgia lo supo, era real.
Arwen se sentó en una silla antes de continuar hablando; mientras que Aragorn se sentó a su lado, en silencio.
-Selene era alta, de cabellos negros y piel morena que recordaba a los hombres. –relató Arwen –A pesar de ser muy bonita, decían no era competencia para la belleza de otras damas elfas como nuestra madre o la Dama Galadriel, o yo misma, por lo cual nunca resaltó en este aspecto. Además, Selene era lo que se podría decir rebelde y salvaje. Solía correr por los pasillos del castillo, escapándose de sus clases de idioma para seguir a nuestros hermanos a sus prácticas de esgrima. Nunca solía seguir las reglas de etiqueta. Además, ella soñaba con ser una Guardiana, aunque sabía que sólo eran tres, aquellos que había reconocido a los portadores de los anillos (puesto que nadie en esas épocas sabia quienes tenían los anillos excepto los portadores y sus guardianes) y estaban encargados de liderar a las fuerzas élficas contra Sauron. Esta era la razón por la cual Selene solía andar con los Guardianes, sobre todo con Aerandir que la quería como a una hermana. –suspira. –Sí, Aerandir, él era el mejor amigo y confidente que Selene, casi podría decir que era más hermano para Selene que Elladan, Elrohir y yo juntos. –sollozó. –Él fue el único que le creyó. Él fue el único que la apoyó...
Aragorn abrazó a su esposa, no hacían falta las palabras, él entendía que esto debía ser muy duro para ella. Pero aún así, Arwen siguió hablando...
-A pesar de su...salvajismo, Selene tenía un encanto especial. Su sonrisa. –Arwen sonrió entre lágrimas al recordarla. –Era raro verla sin que estuviera riendo, pero no con una risa normal, sino una risa que te llegaba al corazón, que te calentaba el cuerpo, y que ella solía dedicar a todos, Altos elfos o Elfos Negros, hombres de sangre real o simples granjeros. Incluso a Enanos, con quienes se llevaba bien y por lo cual solía ser enviada de diplomática.
Aragorn no se imaginaba a una elfa con la descripción dada por Arwen tratando de conciliar a elfos y enanos, sobre todo porque se había dado cuenta que su amada esposa estaba hablando de algo ocurrido hacía mucho tiempo, antes que él naciera.
-Pero su voluntad por ser una Guardiana fue mucho más fuerte que los deseos de nuestro padre. –siguió Arwen. –Selene se convirtió en una Guardiana oficial. No era custodia de los anillos, pero era uno de los líderes junto con el resto de los Guardianes y era respetada tanto por hombres como por elfos, y los propios Guardianes la admiraban, porque llegó a convertirse en la mejor. –hizo una pausa y luego continuó: –Sin embargo Elrond, nuestro padre, se negó a que el resto del reino supiera que su hija era una Guardiana, puesto que la pondría en más peligro del que ya estaba, y por eso se le conoció como Lalie (risa en Élfico) y sólo los Guardianes y su familia conocíamos este secreto.
Arwen se detuvo, mientras en su mente aparecía una imagen de su hermana menor. Con su largo cabello de un negro tan profundo como la noche, sus ojos de ese azul tan profundo y misterioso, pero con un brillo muy especial. Desde que se volvió guardiana solía llevar puesta una túnica blanca con caracteres élficos en plateado, sencilla pero igualmente hermosa. Muy ágil, rápida, diestra con la espada y con excelente puntería, aunque su mejor arma siempre fue su sonrisa.
-Dijiste que ella se había enamorado de alguien. –dijo Aragorn, finalmente hablando. –Alguien que vuestro padre, Lord Elrond, no aprobó.
-Así es. –dijo Arwen volviendo la vista al horizonte. –Ella se enamoró de un muchacho. –volteó a ver a su esposo. –Debes saber que la época de que te estoy hablando fue hace más de tres mil años, en la Segunda Edad del Sol, poco antes de que diera inicio el sitio de Barad-dur.
Aragorn se sorprendió, se imaginaba que lo de la doncella Selene había sido hacia mucho tiempo, pero no imaginaba que tanto.
-Selene se enamoró de un muchacho. –dijo Arwen. –Yo nunca entendí por qué. Su nombre era Gothmog.
Aragorn se concentró, tratando de recordar ese nombre, estaba seguro de haberlo oído antes.
-Gothmog era el hijo de Sauron. –sentenció Arwen.
Aragorn abrió mucho los ojos por la sorpresa, ahora lo recordaba, Gothmog; pero...¡la hermana de Arwen se había enamorado del hijo de su peor enemigo!
-Sé lo que estás pensando. –dijo Arwen con calma. –Es por eso que yo digo que no sé como fue que ellos dos se enamoraron. A decir verdad el único que llegó a saberlo fue Aerandir, que estuvo cerca de Selene siempre. –suspira nuevamente. –Como te decía, Gothmog era hijo de Sauron y Agarwaen. Había sido escogido como heredero puesto que era el más poderoso y el único que había logrado controlar el anillo de poder. Aún así, debido a que aún era muy joven, seguía las órdenes del Rey Brujo (Capitán de los jinetes negros) y quedaba en segundo al mando de los Nazgul.
-Lo curioso de todo. –dijo Arwen, recordando algo más en ese momento. –Es que Gothmog era de cabellos claros y ojos azul intensos, pero fríos. Recordaba más a un elfo que a un Balrog. A pesar de ser muy hábil con la espada y con la magia, no solía participar en las batallas propiamente dichas. La función de Gothmog era más bien de estratega, o eso me han dicho. Solía planear los ataques. Había sido criado para eso, sin ningún tipo de diversión. Sus actos eran precisos y correctos, sin errores, y su mirada era el terror de sus soldados y sus enemigos. Sin embargo nunca actuaba bajo cólera o con ira. Siempre estaba calmado, lo cual lo hacía parecer más horrible.
Aragorn se quedó en absoluto silencio, nunca había escuchado una descripción de carácter así. Volteó a ver a su esposa, pero parecía que ella nuevamente se había perdido en sus propios pensamientos.
Y en verdad Arwen recordaba a Gothmog, la única vez que lo había visto, con su cabello rubio claro y sus ojos azul intenso, realmente parecía todo un príncipe elfo; ella lo había visto vestido con un traje blanco, y una máscara con detalles en gris ocultaba sus facciones, bastante finas para tratarse de un demonio, un balrog.
-Selene y Gothmog eran totalmente diferentes. –dijo Arwen en voz alta. –Pero aún así se conocieron, y se enamoraron. Contraviniendo todas las reglas impuestas en el paso de los años. Lo que te voy a contar, lo que les ocurrió a ellos, a mi me lo contó Aerandir poco antes de morir, la historia de amor de una princesa élfica y el heredero de las sombras, de Selene y Gothmog, los dos Mundos.
