Matiz
1.
Sintió el golpe mucho más fuerte de lo que había contemplado. Escuchó un crujido como si de un hueso se tratará y rogó a Merlín que no fuera más que su imaginación paranoica o su oído fallándole gracias a todo el panorama de guerra que se presentaba ante sus ojos. Se levantó como pudo, con la mirada borrosa y las fuerzas debilitadas, con el oído destrozado y la varita firmemente agarrada.
Un rugido a la distancia lo paralizó y el miedo se volvió a apoderar de él. El humo producto de un Incendio mal ejecutado no dejaba más que entrever algunas figuras aterradoras que cumplían su función entre el panorama apocalíptico que estaba presenciando. Se alejó del rugido y de los gritos, se alejó del olor a quemado y del miedo, y no paró, ni siquiera cuando escuchó su nombre entonado en diversos gritos de auxilio, no se detuvo, no podía. Encontró lo que parecía una salida a medio bloquear, se apresuró a tratar de salir, de asomarse siquiera, ignorando el bullicio, tratando de no entregarse a la pesadez que le causaba el humo entrando en sus pulmones, o al dolor cegador de algunas partes de su cuerpo, pero era inútil, por cada piedra que quitaba de la salida caían veinte más.
Seguía escuchando gritos y pedidas de auxilio hasta que no pudo más, sintió las lágrimas escocerle los ojos, sintió la falta de aire y la falta de fuerza. Se dejó caer derrotado, mientras su alrededor seguía siendo un caos, un desfile hacia la muerte. Sintió desfallecer, y lo último que vio antes de entregarse por completo a la oscuridad fueron aquellos ojos verdes sonriéndole con el brillo que había visto en sus peores pesadillas.
Un año antes…
2.
James
—¡La cena esta lista y servida!
—No puedo creer que el Puddlemere United no haya ganado el partido anterior, eso sinceramente me vuela la cabeza— sonrió ante el comentario de su prima.
—Gracias Sophie, por ser una persona cuerda en este mundo— respondió mientras negaba con la cabeza con falsa incredulidad — Es penoso saber que existen personas que no aprecian el arte del Puddlemere…
—Apestan y lo sabes James— el azabache miró con molestia a Albus al otro lado de la mesa, suspiró sabiendo que tenía que volver a pasar por un debate amistoso acerca del porque su equipo favorito era infravalorado y eran los mejores en la cancha por esa misma razón.
—Tú apestas, Albucito
—No me llames así.
—Bueno, no insultes al mejor equipo del mundo, rastrero.
—¡James! — la voz de su madre hizo que cerrará la boca casi de inmediato no sin antes dedicarle una mirada molesta a su hermano menor que sonrió con suficiencia — Es una encantadora cena Claire.
La mujer rubia le sonrió con agradecimiento, y murmuró algo parecido a que las especies era lo que le daba mejor sabor. James miró su plato y hasta ese momento se dio cuenta de cuanta hambre tenía, iba a engullirse el primer gran bocado cuando sintió un codazo, Sophie lo miraba expectante, atenta a la continuación de su plática y aunque el mayor de los Potter moría por zarparse de una vez el pavo recién horneado, la mirada emocionada que le brindaban los ojos azules de su prima le ganaban a cualquier otro sentimiento y en parte James sabía que si dejaba morir la conversación no tendría tiempo de recuperarla después. Era el último día de su verano en Little Whinging, y aunque el mayor de los Potter disfrutaba su estancia cada que la oportunidad se presentaba, los veranos en el suroeste de Londres eran completamente diferentes a los que vivía en la Madriguera, por más que se esforzara a ver el lado bueno estando en el mundo muggle. Sus tíos eran completamente hogareños y seguían una rutina que en ocasiones James detestaba por más que Albus le dijera que era algo bueno. Además, que estaba un noventa porciento seguro de que Privet Drive estaba encapsulado en una burbuja, ya que no encontraba otra razón decente por la que no pasaba nada nuevo o emocionante por ahí, sencillamente el silencio, la tranquilidad y el poco movimiento terminaban por desquiciar a James al final del verano. Y aunque no terminaba por comprender la razón por la que debían de pasar algunos veranos con los Dursley sabía que la insistencia de su padre se debía por algo y no se atrevía a indagar más allá de la respuesta vaga que le daban.
Pero no todo era aburrido en Privet Drive, había algo o mejor dicho alguien que hacía más llevadera el paso de los días en aquel encapsulado lugar. Su prima Sophie era todo lo contrario a lo que te esperas cada que fijas la mirada en Duddley y Claire Dursley; con sus ojos azul cielo, su cabello castaño claro y su figura esbelta y atlética, la chica era un contraste perfecto entre las figuras rechonchas y bajitas de sus padres, eso sin mencionar su actitud rebelde y facilidad de palabra contraria a la timidez y seriedad de sus progenitores. Sin duda alguna, con quien mejor se lo pasaba James era con Sophie.
—Te mandaré todas las noticias que encuentre del Puddlemere United, Soph. Así cuando nos veamos podamos romper los argumentos de Albus perfectamente— le dijo a modo de continuación ganándose una sonrisa de la rubia y una mirada cansada de su hermano.
—Lily, preciosa ¿estas emocionada por tu segundo año en Hog… en tu colegio? — Claire se sonrojó un poco al no poder pronunciar el nombre correctamente, pero nadie hizo caso a ese pequeño descuido, en cambio la atención de la mesa se enfocó en Lily.
Con doce años, la pelirroja tenía una facilidad increíble para entablar conversaciones, aunque James sospechará que era un mero talento natural que con los años le sería útil a su pequeña hermana.
—Demasiado, aunque tengo que esperar todavía un año para poder visitar Hogsmade con mis primos y amigos— la melancolía falsa que impregnó en las últimas palabras hizo que Claire junto con Ginny hicieran un sonido parecido a un "awww" de ternura, y que James junto con Albus rodaran los ojos, acostumbrados a la fatídica manipulación que Lily conseguía con ese tono de voz.
—Al menos es un año y no toda la vida— a pesar de que había sido un murmullo casi imperceptible, James escuchó las palabras de Sophie y no pudo evitar sentirse un tanto culpable.
Sabía que el comentario no era malintencionado, mucho menos lo había dicho con un tono despectivo, pero James conocía el sentimiento o al menos sabía de que trataba el espectro de la tristeza que veía en los ojos de su prima cada que algo de la magia salía a flote en la conversación. Sophie era muggle pero había crecido con ellos prácticamente, hubo un momento en que James pensó que tal vez existía la posibilidad de que su prima tuviera magia escondida, pero cuando paso su onceavo cumpleaños sin ninguna carta de aceptación, el mayor de los Potter no fue el único que se desanimó. Tal vez por eso se esforzaba en contarle todo del Mundo Mágico a la chica, de mostrarle noticias y de relatarle cosas emocionantes como el Quidditch, para que cada verano que pasaran en la casa de los Dursley, Sophie no se sintiera tan ajena a ellos, al fin y al cabo, eran primos.
James le dio un pequeño codazo y le sonrió de verdad, la chica le devolvió la sonrisa un tanto triste, pero con el paso de la cena el espectro de la tristeza se borró de su rostro y James volvió a sentirse realizado.
—Entonces, capitán del equipo eh James, debes de… estar emocionado— el azabache miró a su tío con una sonrisa genuina en su rostro. A finales de su quinto año, después de que Gryffindor ganará la final contra Ravenclaw, había sido elegido capitán casi por unanimidad lo cual sólo había logrado que su pecho se inflara de orgullo y su boca se llenara de más arrogancia de lo usual. Albus hizo una mueca sabiendo que ese comentario desataría el gran discurso de su hermano lleno de egocentrismo bien intencionado.
—La verdad es que no me lo esperaba — vil mentira— pero estoy seguro de que sabré llevar la gloria a mi casa, ya que ser capitán es algo basta…
Entonces el eco de un golpe cercano desde la calle silenció la mesa.
Harry se levantó por inercia seguido de Ginny, James cruzó mirada con su hermano y ambos se levantaron lentamente. Después de unos segundos, parecía ser que no había sido nada grave cuando se volvió a escuchar un golpe más fuerte y cercano, fue cuando Harry decidió salir con lo que le pareció a James, su varita fuertemente agarrada por debajo del suéter de algodón.
—No debe de ser nada… tal vez alguien dejo caer algo por accidente…— la voz de Duddley se amortiguó con lo que pareció ser una discusión. En pocos segundos reconocieron la voz de Harry y fue Ginny la que seguida de James y Albus salieron a su encuentro.
La escena en la calle era algo cómica si James podía describirla de alguna forma, tres jóvenes un poco mayores que James habían chocado el auto del tío Duddley, parecía ser que estaban en estado etílico y aunque el golpe parecía serio, lo cómico de la escena era que los adolescentes parecían haber escuchado un chiste demasiado gracioso y sus risas contrastaban con el rostro colorado de su padre producto de lo que parecía preocupación y enojo combinados.
La risa de los tres jóvenes eran una combinación de sonidos extraños junto con un constante hipo producido por la cantidad excesiva de alcohol que hubieran tomado esa noche y a juzgar por la expresión que su padre tenía, la escena le producía todo menos gracia.
Tal vez al final de todo la mejor palabra para describir la situación no era cómica.
Ginny acaricio el brazo de su padre con delicadeza y le dedico una mirada indescifrable para James, pero algo en los ojos del azabache se tranquilizó y fue cuando su madre tomó un poco de control en el asunto.
—¿Están bien? — la pregunta era mera cordialidad porque a simple vista se notaba que el ruido había sido más escandaloso que el golpe en sí.
Los jóvenes se trataron de tranquilizar y aunque su estado se los impedía en gran medida, se pudo notar un asentimiento de cabeza en forma de respuesta.
Su madre soltó un suspiro de alivio e hizo el amago de acercarse cuando una cuarta figura salió de la oscuridad con paso apresurado. De cabello castaño claro y ojos con tonalidad verde olivo, un muchacho que parecía de la misma edad que los jóvenes ebrios apareció en escena, con las manos en lo alto y con la palabra "perdón" impregnada en repetición saliendo de sus labios.
No tenía mejor aspecto, pero sus ojos delataban su sobriedad. Algo que de cierta manera alivio los pensamientos de todos.
Albus se movió inquieto a su lado, aunque James no pudo descifrar la razón exacta porque sus ojos estaban fijos en el muchacho oji verde, le parecía conocido, pero no lograba recordar de donde su rostro le era familiar.
—Oh... Harry Potter, yo... lo siento mucho, esto usualmente pasa en lugares menos... vacíos.
—¿Me conoces? —la pregunta era necesaria, hasta ese momento James estaba seguro de que todos pensaban que se trataba de simples muggles.
—Bueno, viviría en las piedras si no lo hiciera — hubo un intento de risa que fue apagado cuando la mirada del muchacho se fijó en el choque y en los jóvenes que por se habían quedado callados en cuanto el castaño había aparecido en escena.
Parecía ser que el estado etílico había dejado atrás su efecto en ellos, porque pudo distinguir qué había algo de seriedad y... ¿temor en ellos?
—Entonces deducimos que eres mago...
—Bueno fuera, señor Potter— hubo algo en entono que lo dijo que a James no le gustó y por cómo se removió su hermano a su lado, a Albus tampoco — Sebastian Graves, orgullosamente Squib o eso es lo que me hace decir el contrato — y ahí estaba otro intento fallido de broma.
Sus padres se relajaron visiblemente, aunque los otros jóvenes parecían seguir teniendo la seriedad atorada con ellos.
—¿Ellos también son Squibs? — la pregunta hizo que su madre volteara a veros y darse cuenta de que estaban ahí, e azabache se encogió de hombros, consideraba que era lo bastante mayor como para secundar a sus progenitores en situaciones que lo ameritaban.
Sebastian pareció también notar la presencia de los menores.
—Oh... bueno, podría decirse que si... aunque técnicamente no creo que tenga algún familiar Mago, así que me retracto, la respuesta sería un no — se acercó ligeramente a Harry — Así que me vuelvo a disculpar Señor Potter, de verdad que no ha sido su... nuestra intención estropear su maravillosa velada en este barrio Muggle.
Harry se sonrojo, aunque no supo identificar si era un efecto del rebuscado hablar de Sebastian o porque no encontraba palabras para determinar la situación. Ginny aprovecho el silencio y el debate interno de su marido para mirar a sus hijos y hacerles llegar el mensaje de que los quería adentro de la casa, James iba a protestar, pero fue tirado hacia el recibido por Albus, y era más fácil dejarse llevar que comenzar un forcejeo innecesario en el umbral de la puerta.
—Dime que a ti se te hace conocido también
—Si, pero no recuerdo de dónde.
En el interior, sus tíos y su prima se habían quedado quietos como si esperaran la señal de que no corrían peligro. La verdad era que sabía como se sentían ellos, a pesar de que siempre decían que tenerlos era siempre un gusto, sabía que se ponían nerviosos en su presencia y esa era una de las razones principales por la que sus padres se esforzaban mucho en no dejar sus varitas al aire cuando se encontraban en la casa de los Dursley.
—Tío creo que deberías salir, unos chicos chocaron tu auto — su tío visiblemente se relajó, un choque de autos era un problema Muggle que no requería intervención de magia alguna.
—Bueno, mi culpa por dejarlo siempre mal estacionado— miró a su esposa y ambos salieron con paso calmado a unirse a Harry y a Ginny en lo que probablemente sería un acuerdo mutuo para arreglar el carro.
—Nada grave, supongo— dijo Sophie mientras le guiñaba un ojo a una Lily embelesada con su postre.
—No, los muggles y los squibs no dan problemas graves — le contestó James volviendo a su lado.
—¿Squibs?
—Personas no mágicas.
—¿Qué no les llaman Muggles?
—La diferencia consiste en que los Squibs tienen al menos un progenitor mágico. Nacen en el seno de una familia de magos pero por cuestiones todavía no encontradas, nacen con un muy pequeño astisbo de magia, casi inexistente, por lo que no se forman como magos y brujas— y ahí estaba la explicación estrella de Albus, el mayor asintió respaldando las palabras de Slytherin —No son casos muy comunes.
—Bueno, su mundo nunca deja de sorprenderme.
James notó la mirada que Lily le mandaba a Sophie. Era una mirada observadora y defendida, de estas que la pelirroja mandaba cundo quería pedirle algo a Harry o necesitaba confesar alguna travesura ante la mirada acusadora de su madre. Era una mirada que le recordaba a James que su hermana no tendría doce años para siempre.
Escucharon algunas risas provenientes del umbral de la puerta, y algo les dijo que los adultos habían llegado a un acuerdo. Acto seguido se escuchó un automóvil arrancando y las voces se amortiguaron.
Los Dursley entraron de nuevo al comedor seguidos por los Potter, los primero tenían una sonrisa tranquila que denotaba el haber arreglado un problema, en cambio los segundos parecía haber comido una grajea sabor moco de troll por la expresión de sus rostros.
—¿Todo bien? — preguntó Albus dándose cuenta también de la cara de sus padres.
Harry sacudió la cabeza un poco, como si quisiera despejar sus pensamientos y le sonrió a los presentes.
—Si, todo bien.
Pero James no le creyó, y sabía que su hermano tampoco. Y aunque si padre quisiera seguir con la cena en su normalidad, no abandonaría la idea de su mente de preguntarle después que parte de encuentro con el Squib y los muggles había turbado su siempre calmada mente
3.
Imogen
Cambio su peso de un pie a otro y volvió a mirar el reloj viejo colgado en lo alto de comedor. Casi media noche, se comenzaba a desesperar. Estaba cansada, lo único que quería hacer era irse a dormir en su último día de verano, pero ahí estaba recargada en la pared de un pasillo de su casa, con los nervios de punta, una migraña punzante y algunas lágrimas abnegando de a poco sus ojos color olivo.
Soltó un suspiro hastiado, ¿Por qué seguía esperando? ¿Por qué no simplemente se iba a dormir sin ninguna preocupación como le pedían? ¿Por qué? Tal vez era su actitud sobre protectora la que tenía que cambiar o relajarse más en cuanto a las acciones de las demás personas. No sabía, o no quería saber. A sus catorce años dudaba mucho que algo cambiara en su interior, comenzaba a formarse sus pensamientos e ideas y tal vez sus desesperaciones.
Un sonido de automóvil cercano hizo que cerrara los ojos relajada. Había llegado. O eso esperaba.
La puerta de la casa se abrió estrepitosamente después de un momento de silencio eterno, se sobresaltó un poco pero su mirada no se despegó de la entrada, y un suspiro sonoro se le escapó cuando Sebastian entró con su desaliñada imagen ya común en él.
—¿Esperando otra vez hasta tarde?
—Estaba preocupada. Desaparecer a las seis de la mañana y esperas que no note tu ausencia...
—O tal vez sólo estabas preocupada porque mañana temprano tienes que regresar a Hogwarts y no te he dado algo de dinero — se sonrojó, pero no lo negó.
¿Cómo podía negarlo? Si contaba los días para regresar al colegio, se tragaba sus palabras y acusaciones, trataba de parecer invisible e inexistente para no causar problemas, y en cuanto el primero de septiembre daban las once de la mañana ella desaparecía hacia la estación con un leve "adiós" haciendo eco en la sala de estar.
—Ya me lo imaginaba —Sebastian la miró indiferente, no con enojo, exasperación o hastío, solo indiferente.
Imogen entorno los ojos mientras su hermano se adentraba a la casa con movimientos sutiles. La oscuridad instalada Gracias a la madrugada y a la gótica decoración de lo que debían llamar hogar, contrastaban perfectamente con la tonalidad pálida de su piel, su claro castaño y sus ojos olivo grisáceos. Los hermanos Graves parecían no haberse topado con el sol en muchos meses, no era tan errónea esa aclaración.
Imogen se jactaba de un estilo ermitaño cada que llegaba a su hogar, metida por horas en su habitación parecía que solo salía cuando el hambre y las necesidades fisiológicas lo ameritaba, mientras que su hermano procuraba salir solo de noche, tanto que, en algún momento de su vida, la castaña pensó qué tal vez estaría conviviendo con una especie de vampiro.
—Lo siento— dijo con voz de queda, le avergonzaba un poco darse cuenta de que su hermano pensaba que solo le preocupaba el dinero, una cualidad muy de su padre y no quería estar familiarizada por esa razón con él —También me preocupé por ti. Tú gel para cabello no tiene tantas horas de duración...
Sebastian sonrió algo divertido dejando el espectro de molestia que había estado surcando su rostro momentos atrás. La miro desde su posición en el sillón, saco una bolsita de tela del fondo del bolsillo de su túnica, y se lo tendió.
Sonrió un poco, extrañamente nostálgica. Eran pocas veces que entre ellos se sentían silencios cómodos, acompañados por el pequeño atisbo de calma, una calma que ninguno sentía de forma constante. Su hermano chasqueó la lengua y la calma mágica se dispersó como polvo de hadas.
—Deberías de ir a dormir. Mañana Sally te dejará temprano en la estación, ¿Ya tienes todo?
Asintió a la pregunta y a la acotación. Era verdad, ya eran poco más de las doce y sabía que tendría que levantarse temprano en unas horas. Se irguió en su lugar y le dedicó una sonrisa leve antes de darse vuelta y dirigirse a las escaleras.
—Gen... ¿conoces a alguno de los hijos de Harry Potter?
La pregunta la tomó desprevenida. Pocas veces Sebastian le preguntaba acerca de su estancia en el colegio, sin decir que casi nunca se interesaba por sus relaciones casi inexistentes. Lo miró algo extrañada antes de responder.
—Todos los conocen. Son los Potter
—Aja. Hablo de conocerlos realmente. Hablarles, convivir con ellos.
¡Já! Como si los Potter se interesaran en hablar con alguien que no tuviera un apellido mágico respetado, o con alguien fuera de su circulo cercano. Imogen los conocía, compartía casa con dos de ellos y clases con Albus Potter, pero si se ponía a contar las veces en las que James o Albus le dirigieron la palabra, tendría un total de tres veces en los cuatro años que llevaba en el colegio. No tenía nada en contra de ellos, pero estaban en un pedestal muy alto para ella, la gente los admiraba por logros ajenos, los respetaba por detalles como su apellido e historias "exclusivas" que cualquiera con un libro de Historia de la Magia podía desmentir. Pero ese era el problema, Imogen se había dado cuenta que la gente no quería desmentir nada, preferían el amor y la admiración ciega a unos críos de colegio por el simple hecho de una guerra que ya hacia tanto había terminado. Sí, eran famosos, pero se cerraban entre ellos, y en todo el tiempo que llevaba conviviendo, no tenía interés alguno de romper la barrera Potter / Weasley.
—No. La verdad es que no he tenido oportunidad.
Sebastian asintió distraídamente, de repente asaltado por sus cavilaciones, e Imogen supuso que la conversación había terminado.
—Buenas noches, Seb— le dijo antes de dirigirse a las escaleras en dirección a su habitación.
—Buenas noches, Gen.
4.
Albus
—Eres ridículo, ¿alguien podría decirme por qué eres mi hermano?
James lo volteó a ver con una mirada de falsa indignación, mientras seguía empujando su carrito con todas sus cosas en él. Albus no podía dejar de pasar el hecho por el cual su hermano mayor siempre cargaba demasiadas cosas para todo. Si salía, tenía una mochila con el doble de su peso, y si se trataba de Hogwarts, estaba seguro de que James necesitaría un segundo carrito el próximo año. En cambio, él era algo más practico y compacto, le gustaba llamarse organizado, aunque sus hermanos se esforzaran por llamarlo remilgado. Pero no había nada de malo en que le gustará el orden y encontrará un espacio practico en cualquier hueco.
—Bueno, te lo explico. La verdad es una conversación que deberían de darte nuestros padres, pero antes de ti, ellos se encerraron en una habitación a destapar sus pasiones desenfrenadas que la guerra había contenido… ¡Auch! ¿Es necesaria la violencia?
—¡James eres imposible! — su madre miraba a su hermano con la cara sonrojada a tal punto de que parecía un tomate con cabello. Su padre no tenía mejor cara, y Albus pudo notar su propio leve sonrojo.
—¡Él preguntó!
—Eres un imbécil, James.
—Bueno basta los dos. Ya casi es hora, así que porque no nos hacen el favor de irse a Hogwarts.
—Quien diría que eres la misma madre que hace un año lloró porque Lily se iba de sus brazos. No tienes corazón, mamá.
No pudo evitarlo, una sonrisa apareció en sus labios con el comentario de James mientras que Lily se rio con soltura y su padre disimulo el espectro de una risa. Ginny miró a su hijo mayor con una mezcla de diversión, indignación y algo más que no pudo descifrar el menor. Albus suspiró y tomo parte del carrito de su hermana.
—Hasta Navidad, má, adiós pá— dijo con soltura dirigiéndoles una mirada impregnada de leve nostalgia, su hermana les dio un rápido abrazo a sus padres y volvió en silencio a lado del oji verde. Pero antes de que pudiera desaparecer, Harry se acercó a Albus.
—Albus… me gustaría pedirte un favor— el chico se sorprendió. En su mente, ¿qué podría necesitar el Gran Elegido de su hijo de catorce años?
—Bueno, esto se torna pesado, andando Lils— James tiró el carro de su hermana para ayudarla y después de una leve sonrisa, ambos desaparecieron por la pared del andén 9 y ¾.
—¿Qué ocurre?
—Se lo pediría a James, pero bueno tu hermano no es la definición de discreción que me gustaría— Albus sonrió, era verdad— ¿Podrías darle este sobre a una compañera de clase? Su nombre es Imogen Graves, creo que va en Gryffindor.
Decir que se había sorprendido era poco. El sobre que su padre le tendía tenía el sello del ministerio, y el asunto decía confidencial en letras grandes y rojas. No entendía porque quería que le entregará un sobre de asunto ministerial a una compañera de clase, cuando se suponía que el Ministerio tenía canales por los cual hacerlos llegar. Pero si era sincero, casi nunca entendía a su padre. A sus treinta nueve años, Harry Potter seguía manteniendo un aura jovial y tranquila en contraste con su rostro maduro y adulto. Sus ojos tenían un brillo especial, escondían muchos fantasmas de todos los momentos que le tocaron vivir a su corta edad, y aunque lo negara, Albus estaba seguro de que su padre era una persona sabia, tal vez no gracias a libros, conocimientos mágicos y valores bien concebidos idóneamente en acciones como su tía Hermione, pero si sabia gracias a sus pérdidas y ganancias. Al final, era el Elegido, pero también era su padre, y Albus sabía reconocer que el espectro que notaba en aquellos ojos tan parecidos a los suyos no era más que todo el peso de haber estado en alerta tantos años en una guerra predilecta en el que era una parte importante.
Miró a su madre por un momento. Ginny guardaba una distancia prudente, pero le sonreía a Albus, así que las dudas las dejo para después y asintió con una leve sonrisa.
—Esta bien.
—Gracias— no supo descifrar si le agradecía por haber aceptado el favor o por haber guardado sus preguntas y curiosidades para otro momento, el chico asintió y después de brindarles una sonrisa a ambos, desapareció por la plataforma adentrándose al bullicio mágico que conformaba el primero de septiembre.
No era fan del escándalo, Albus se podía describir como una persona que disfrutaba del silencio y de la soledad, pero había algo en el aire de las despedidas y promesas de cartas cada semana, que le llenaban el pecho de algo parecido a nostalgia, felicidad combinado con una pizca de algo más que magia. El azabache empujó su carrito con algo de prisa, buscando con la mirada a sus hermanos o a alguno de sus primos, algunas personas le saludaron en el camino, otras le sonrieron, el chico de catorce años respondía con amabilidad a cada uno de los pequeños encuentros, pero sin suerte de encontrar a alguien con quien quisiera entablar una conversación. Soltó un suspiro y descargo su baúl junto con la jaula de su lechuza parda Eon, y se adentró al tren escarlata que lo llevaría de nuevo a Hogwarts. Había caído en la cuenta de que empezaría su cuarto año unas semanas antes de que terminara el verano, no era que cuarto año tuviera algo de especial, pero le pareció que el tiempo había pasado demasiado rápido, y la verdad es que aunque no se había autoprocalamado un amante apasionado del colegio de magia y hechicería como algunos compañeros y hasta su hermano lo hacía, se daban cuenta de que el tiempo no perdonaba, y la verdad era que en ese momento no podía verse fuera del colegio o imaginar algo más allá. Albus se dio cuenta de que estaba empezando a preocuparse por lo que el mundo real le esperaba fuera del castillo que lo estaba viendo crecer.
Tal vez si fuera un remilgado como sus hermanos lo acusaban.
O simplemente se preocupaba demasiado.
Tiró de su baúl por los pasillos con la esperanza renovada de encontrar a algún familiar, o en su defecto un compartimiento vacío. Hasta que, tirando de sus cosas, sintió que algo lo detenía. Se giró topándose con unos ojos de color azul eléctrico, y una melena larga de un color rojo aún más escandaloso que el océano de la mirada. Sonrió.
Rose Granger le devolvía la sonrisa con autentica felicidad. Ambos se estrecharon en un abrazo nostálgico. Toda la familia era unida, pero era imposible que gracias a las edades no se hubieran formado algunos grupos. Mientras que eran James, Fred y Dominique un trío inseparable, Albus había encontrado en Rose una confidente y una compañera muy leal. La pelirroja se separó del él, había crecido un poco, y había domado sus rizos caóticos en rulos un poco más manejables que de costumbre, aunque el azabache estaba seguro de que era sólo por ese día, las pociones alisadoras nunca le duraban tanto como a su prima le gustaría.
—¡Albus! ¿Qué tal tus vacaciones muggles? — la chica tomó la jaula de Eon y le hizo una seña a su primo para que la siguiera— Nosotros también improvisamos con los abuelos Granger. Pero, aunque extrañé la Madriguera, no reclamo el hecho de que la abuela Molly y el abuelo Arthur necesitaban unas vacaciones ellos solos.
Cuando los abuelos Weasley anunciaron la primera semana del verano que esa vez no estarían para recibir a toda la familia como acostumbraban, la mayoría pego un grito en el cielo. Al parecer era demasiado impensable pasar un verano alejado de la comida de Molly y de las historias de Arthur. Y aunque algunos (más los mayores) protestaron, sus abuelos habían tomado una decisión que distaba de ser cambiada. Se iban a ir de vacaciones ellos solos, como nunca lo habían hecho, como siempre lo habían querido. Su madre estuvo de acuerdo, al igual que su tía Hermione y su tía Fleur, y aunque parecía ser que sus tíos eran los que rechazaban la idea de dejar ir a los abuelos, basto con una mirada asesina de sus esposas para que se quedaran callados y vieran a la distancia como sus padres se alistaban emocionados.
Le daba gracia, porque, aunque en sus cartas sus abuelos juraran que extrañaban a toda la familia, el plazo del viaje se alargaba cada vez más con los días. Y cuando algunos pensaban que volverían aunque sea unos días a disfrutar de la calidez de la Madriguera, la verdad había sido otra, sus abuelos regresaban de sus vacaciones el cinco de septiembre, y Albus no cabía en la indignación que sus tíos mostraban, junto con la cara de ofendido que James había puesto después de que su madre había leído la carta.
—¡Esta hecho! Nos han abandonado.
—No seas dramático, James. Están de vacaciones.
—¡Eso dejo de ser vacaciones! Parece que se fueron a un retiro, y después nos van a decir que se consiguieron una casa en las Islas Canarias. ¿Qué no lo ven? ¡Nos abandonan!
—Shakespeare estaría muy orgulloso de tu dramatismo Jamie— Albus sonrió ante el comentario de Lily, sonrisa que se acentuó con la cara de confusión de su hermano.
—¿Qué es un Shaspeere? — preguntó con tanta naturalidad que el azabache temió que lo preguntará en serio.
Rose abrió la puerta de un compartimiento milagrosamente vacío en el que sólo se encontraban las cosas de la pelirroja fuertemente custodiadas por Meera, su gata blanca, aunque el animal fuera algo inofensivo y bastante bonito a la vista, Albus conocía a la felina, y entendía porque nadie había entrado a ocupar el compartimiento, un gruñido de la mascota de su prima bastaba para nunca acercarte a cualquier otro gato.
—Bastante tranquilas. No ocurre mucho en Privet Drive.
—Creo que tuvimos suerte en que nuestros parientes muggles hayan escogido lugares sencillos para vivir. El bullicio del anden fue suficiente para devolverme al escándalo mágico.
Después de acomodar sus cosas, ambos se sentaron. Rose tomo a Meera entre sus brazos y la gata se acuno en ellos. Su prima la miró con atisbo de curiosidad que Albus no pudo descifrar del todo, aunque tenía la impresión de que le quería preguntar algo.
—Rose, tu mirada me esta asustando.
—Lo siento, sólo quería preguntarte algo.
—Adelante.
La pelirroja se mordió el labio inferior nerviosa y Albus se tensó un poco, ¿qué quería preguntarle y por qué eso la ponía nerviosa? Pasaron los segundos y parecía que la chica se estaba armando de valor, pero cuando la pregunta parecía salir de sus labios, un ruido y bullicio general fuera del compartimiento los distrajo a ambos. Se levantaron y salieron encontrándose con un cumulo de estudiantes que se habían aglomerado para presenciar lo que parecía una pelea. Albus se asomo de entre los presentes y se volvió a tensar. James miraba Ian Yaxley con una dureza que pocas veces había visto en su hermano siempre risueño, siempre bromeando, pero la mirada del Slytherin no era diferente. Ambos se retaban a una distancia poco prudente, y estando de la misma altura por algunos pocos centímetros de diferencia era difícil ver que alguno se acongojara por la presencia del otro. Albus suspiró cuando el bullicio general comenzó a apagarse gracias a la tensión que despedía esas batallas de miradas y orgullos. Iba a interferir cuando una melena chocolate apareció en escena posicionándose entre ambos muchachos de sexto año. Alice Longbottom era alguien que, a percepción de Albus, bastante madura. La chica de quinto año había sido nombrada prefecta de Gryffindor y parecía ser la única persona en la tierra que podía cambia la mirada dura de James a una de ternura o eso le pareció al oji verde.
La chica lo miró un segundo y pudo ver como Yaxley tomaba algo de distancia, aunque no quitaba la mirada del mayor de los Potter.
—El espectáculo terminó. Así que dejan este show innecesario o tener que informar de esto llegando al Colegio.
—El show lo esta dando el idiota de Potter.
—Creo recordar tus palabras también Yaxley. ¿O qué? ¿Perdida de la memoria convencional es un síntoma de hijo de mortifago?
Albus cerró los ojos hastiado. Y por el sonido que todos los presentes soltaron, el comentario de su hermano parecía empeorar las cosas cada vez más. James había dejado de usar ese insulto desde su segundo año en el colegio, siempre y cuando no se tratara de Ian Yaxley. Pero, aunque la acusación había sido dirigida al mayor de los Slytherin, ninguna serpiente se lo tomo a bien.
Alice miró a su hermano con una mezcla de decepción y enojo. Pero James no se dio cuenta porque de nuevo estaba metido en aquella batalla de orgullo a través de la mirada. Ian se acercó a él con un paso tenso, y por un momento Albus pensó que iba a golpear a su hermano, pero después de unos segundos, Ian dejo de mirarlo para dirigirle una mirada indescifrable a Alice y alejarse con la cabeza alta. Poco después todos comenzaron a dispersarse.
James notó su presencia e hizo una mueca.
—Estuvo mal que dijeras eso— el mayor de los Potter entornó los ojos ante su comentario. Siempre al contrario de Albus— Es en serio, James, hasta a mi me dan ganas de golpearte.
Parecía que iba a replicar, tal vez con algo de su casa o con otra cosa, pero se contuvo, su hermano le dirigió una última mirada hastiada, y sin mirar a Rose o a Alice, se alejo en dirección contraria perdiéndose entre la gente. Longbottom les dirigió una última mirada, antes de sonreírles un poco y alejarse por el pasillo contrario al que se había ido James.
Suspiró. Era el primer día y su hermano había roto su propio récord de meterse en problemas, tomo a su prima de la muñeca para volver al compartimiento, Rose se dejó llevar, aunque con menos alegría que antes y eso hizo que el azabache quisiera golpear a su hermano aún más.
Había algo que Albus no soportaba de Hogwarts, y eso era el odio interiorizado o en su defecto admiración intensa que tenían algunos pobladores del colegio. Y él no compartía tanto el orgullo por logros de sus padres como lo hacía James y alguno de sus primos, prefería mantenerse al margen, dejar los halagos en algo sin sentido y las miradas duras sin mucho problema. Pero no soportaba que a ambos lados los idealizaran con algo incorrecto como los errores o las hazañas del pasado en una guerra de la que ninguno fue participe. Desde su llegada a Hogwarts, había aguantado tonterías denigrantes como que él también sabría hablar parsel o que sus ojos verdes denotaban que sería el próximo elegido por Salazar Slytherin, pero con el paso del tiempo había aprendido a hacer a un lado con seguridad todo los rumores y mentiras dichas por ahí, aunque un no toleraba que catalogaran a tosa su familia en el mismo saco de "arrogantes empedernidos intolerantes" sólo porque su hermano y algunos idiotas de Gryffindor habían impuesto el "Hijo de Mortífago" como el insulto favorito para desprestigiar a algunas personas, más si se trataba de Slytherin.
Al final, Albus se había hecho de una leve reputación. No se metía con nadie, no causaba problemas y no era impulsivo, pero conforme pasaban los años, los comentarios malintencionados iban en aumento y el azabache sospechaba que era gracias a la rivalidad cada vez más peligrosa que su hermano y Yaxley mantenían todos los años como un recuerdo forzado y permanente de que siempre habría dos bandos, aunque todos supieran que el mundo era más gris que blanco y negro.
