Decimosexta bala:
Cabeza dura
Matsuri contemplaba el dañado techo de la habitación. Tal vez la construcción era tan vieja como la misma ciudad y se mantenía en pie gracias a un milagro. Había un par de agujeros por los cuales se colaba una brisa fresca que apenas y le acariciaba el rostro. Por suerte, se encontraban en el primer piso y en caso de una lluvia no tendrían problemas por goteras. Para su disgusto, no recibía la misma protección al ruido provocado en el piso superior. Cada que Sato gritaba a sus hombres, cuando sus zapatos golpeaban el suelo con fuerza en un arrebato de disgusto o nerviosismo, al sonar varias piezas musicales a un volumen alto acompañadas por más zapateos, todo eso llegaba a sus oídos y se tornaba molesto. Desde hacía unas horas, Sato estaba muy inquieto y el motivo era claro. Se jugaba la última oportunidad para capturar a las Aihara. A Matsuri le hubiese gustado advertirles que la dichosa negociación de rehenes era una trampa.
Giró sobre su futón para contemplar a sus amigas. Aunque el colchón era viejo, su desgaste era más que evidente y emanaba un olor extraño (mas no desagradable); estaba sorprendida por las atenciones de sus secuestradores. Al principió creyó que permanecerían atadas a unas sillas, apenas comerían y los maltratos al menos serían verbales. Pronto descubrió lo equivocada que estaba. Pasaron la primera noche de su rapto encerradas en esa misma habitación y de comida recibieron un pan acompañado por una lata de refresco. A la mañana les dieron una pequeña ración de arroz y un vaso de agua. Más tarde subieron al aposento de Sato, donde fueron atadas a unas sillas. Tras llamar a los mercenarios, él dio un par de órdenes a sus secuaces; un par de estos entraron a liberarlas de las ataduras para no volver a tener contacto con nadie hasta la hora de la cena. Otra vez un pan y una lata de jugo gasificado. Al menos no morían de hambre, pero su alimentación dejaba mucho que desear.
Salvo la poca comida, misma con un bajo valor nutricional, el trato que sus captores les daban no era del todo malo. Apenas y tenían contacto con ellos, aunque siempre había uno frente a la puerta para vigilarles. Incluso llevaron a Nene al baño todas las veces que lo solicitó (para esto, optaron por amarrarle una soga a la cintura). Solo uno de los secuaces les fastidiaba pidiendo las claves de sus teléfonos, cosa que ninguna reveló. El único que llegó a lastimar a Matsuri fue Sato quien, además, tenía el comportamiento más errático.
Matsuri suspiró. Nunca pensó que en algún momento de su vida sería secuestrada y menos por algo que ella ni siquiera hizo. Vender fotografías a hombres pervertidos por internet o estafarles con citas falsas eran actividades que pudieron darle varios problemas, pero nunca los tuvo. Siempre logró su objetivo, su integridad física estaba intacta y ganaba dinero a pesar de los riesgos tomados. Al final, su relación de amistad con las Aihara le llevó a esa delicada situación. Si las cosas terminaban bien, estaba decidida a cobrarle las molestias a sus "hermanas" mayores, aunque en el fondo sabía que también era culpa suya por entrometerse en asunto que no debía. Por supuesto, no aceptaría esa culpa.
Sin duda, Nene era la más nerviosa ante la situación. Cualquier paso que escuchaba detrás de la puerta era suficiente para que el miedo se apoderara de ella; temblaba sin control y tanto sus manos como la frente se llenaban de un sudor helado. Harumi, también alterada, era capaz de controlar sus emociones de manera más efectiva. Aparte, el calmar los volátiles nervios de Nene le ayudaba a enfocarse y no perder la cabeza ante la situación. Todas sabían que la menor provocación les exponía al peligro y solo era cuestión de tiempo para que los maltratos se presentaran. Matsuri no estaba dispuesta a esperar.
Desde el primer momento en que pusieron un pie dentro del edificio, la mente de Matsuri comenzó a trabajar en una vía de escape. Tal vez sus raptores eran muy confiados o muy tontos, pues cometieron el error de no vendarles los ojos al momento del secuestro. Desde su partida de Akihabara hasta llegar a la guarida de Sato, las tres chicas pudieron ver todo el recorrido. Sabían que su ubicación era a las afueras de la ciudad sobre la carretera a Yokohama. Dar información sobre su paradero sería sencillo, cualquiera podía describir a detalle el lugar donde estaban cautivas y ofrecer las indicaciones necesarias para llegar hasta ahí; el problema era tener acceso a un teléfono. Los celulares fueron confiscados por aquellos hombres y recuperarlos era complicado a pesar de su cercanía.
Se levantó del futón y caminó hasta la puerta. Apoyó el oído en esta por unos segundos sin escuchar nada al exterior. Sabía que en ese momento los matones de Sato estaban ocupados con las Aihara y los mercenarios, pero a Matsuri le extrañaba tanta calma. Aunque el aislamiento afectaba su percepción del tiempo, podía asegurar que el silencio en el edificio ya había durado demasiado. Para mayor desconcierto, ni siquiera Sato daba señales de vida desde hacía un rato. Otro detalle que llamaba su atención era la cantidad de secuaces contratados. No estaba segura si logró verlos a todos, pero creía que estos eran pocos. Si todos estaban ocupados con la trampa, tenían oportunidad de escapar.
—Llevan mucho tiempo callados —señaló Matsuri.
—Eso creo —respondió Harumi—. Es difícil saberlo sin un reloj.
—Puede que nos dejaran solas…
—¡¿Nos abandonaron?! —estalló Nene en un grito desesperado que rápidamente fue sofocado por sus dos amigas.
—No grites así —le reprimió Harumi. Se vio en la necesidad de taparle la boca con sus manos—. No debemos alterar a esos tipos.
—Si es que aún están ahí —murmuró Matsuri de nuevo.
—¿En verdad crees que nos dejaron solas? —Harumi se mostró incrédula. La suposición de la pelirrosada le era imposible.
—Si no estamos solas, entonces hay menos guardias que antes —insistió Matsuri—. Creo que estos tipos no son tantos como esperamos. Tal vez la mayoría fueron a tenderle la trampa al grupo de Yuzu.
—¿Incluso el jefe de estos tipos?
—No lo he escuchado desde hace rato.
—Es cierto —intervino Nene. Con un gran esfuerzo, moderaba el tono de su voz—. Siempre pone música o les grita a sus matones. T-tal vez se fue con ellos…
—Eso suena tan oportuno —Harumi no creía que las cosas fueran tan sencillas. Sabía tan bien como Matsuri que ellas eran el recurso más valioso de Sato; lo único que este podría utilizar en caso de verse rodeado por los mercenarios o si la policía, por cualquier motivo, lograba enterarse de lo sucedido.
—No digo que escapemos justo ahora, solo necesitamos recuperar un teléfono —la determinación de Matsuri era tan admirable como inquebrantable, pero conllevaba un gran peligro para las tres—. Con eso podremos hacer una llamada, a la policía, a los mercenarios de Yuzu, incluso a Shiraho.
—Si eso nos saca pronto de aquí, debemos intentarlo —comentó Nene más inquieta que optimista.
—¿Y qué piensan hacer? Estamos encerradas —repuso Harumi. La determinación de sus amigas parecía haberles cegado y hasta donde les conoce, ya podía adivinar los motivos de cada una.
Era obvio que Matsuri, a quien gusta de tener el control de toda situación en la que se encuentre, el secuestro y ser usada como moneda de cambio le parecía más insultante que aterrador. No estaba dispuesta a tolerarlo. Nene, por su parte, era presa del panico; ya fueran los pasos de sus captores o los descoordinados bailes de Sato, cualquier sonido bastaba para volverle una gelatina humana que no paraba de temblar. A pesar de eso, si encontraban la manera de escapar, sin importar cuan mínimas fueran sus oportunidades de éxito, se abrazaría a estas. En medio de aquellas actitudes tan contrarias, estaba Harumi. Al igual que sus dos amigas, ella también quería escapar cuanto antes del lugar, pero estaba consciente de la situación en la cual se vieron involucradas. Estaba segura que a pesar del silencio los secuaces de Sato estaban cerca, lo que volvía muy arriesgado el improvisado plan de Matsuri. De la nada, un golpe le estremeció.
—¿Segura que esto funcionará? —preguntó Nene. Tanto ella como la pelirrosada intentaron abrir la puerta tirando de esta—. Se abre desde aquí adentro, no creo que podamos forzar la cerradura.
—Debemos intentarlo de todas formas —dijo Matsuri—. Sin herramientas solo nos queda la fuerza, ¡debemos tirar de nuevo, así rompamos la puerta!
—¡Eso sería peor! —le regañó Harumi—. Solo les das un motivo para molestarse.
—¿Y qué propones para salir de aquí, senpai? —preguntó Matsuri con un tono desafiante en sus palabras.
—¡No lo sé! Pero provocar a esos tipos no es opción.
Nene presenció en silencio la discusión, sin tomar una posición. Era verdad que debían escapar, sin embargo, al dejar a un lado sus nervios, reconocía que Harumi llevaba algo de razón. Si aquellos hombres no les habían maltratado hasta el momento lo mejor era no provocarles. Entre el intercambio de reclamos, un ruido del exterior le llamó la atención. Se acercó a la única ventana de la habitación y con un salto logró aferrase al borde de esta para asomarse. Un par de automóviles se acercaban, los cuales podrían traer buenas o malas noticias.
—Chicas… unos autos están… —intentó avisarles, pero sus voz no fue más que un susurro entre los arrebatos coléricos de ambas.
—¡Me extraña que no pienses más las cosas! —soltó Harumi de pronto—. Siempre calculas lo que haces.
—¡Nunca me pasó algo como esto! —respondió Matsuri—. ¡Solo quiero sacarnos de aquí antes de que sea tarde!
—¡Oigan! —harta de la discusión, Nene alzó la voz por encima de los reclamos de sus amigas, quienes guardaron silencio al instante ante la inesperada intervención—. Acaban de llegar unos autos. Deben ser… los matones de ese tipo…
—Eso quiere decir —balbuceó Harumi. El color de su rostro desapareció.
—Su trampa funcionó… —concluyó Matsuri—. Las atrapó.
El silencio dominó el ambiente. Ninguna quería agregar ni una sola palabra, no había nada que decir. Lo siguiente que escucharon fueron unos pasos frenéticos en el techo que en unos segundos se trasladaron a unas escaleras metálicas mientras un hombre gritaba frenético el éxito de su plan. Les costaba admitirlo, pero las evidencias eran contundentes.
El refugio de Sato alguna vez fue un almacén. La gran entrada en su fachada y sus dimensiones lo delataban. La mayoría de sus ventanas estaban rotas y la pintura de sus muros estaba agrietada en los mejores casos; gran parte de esta terminó por caerse con el paso de los años. Aun con todo el tiempo sin recibir el debido mantenimiento y algunas zonas corroídas en su cuerpo metálico, la puerta automática aun funcionaba con una estruendosa activación de sus poleas.
Un par de autos entraron al edificio, detuvieron su marcha a la mitad del lugar donde Sato ya les esperaba en compañía de unos cuantos esbirros. Él miraba con emoción ambos vehículos, sonreía con una notoria satisfacción y sus manos apenas podían estar quietas. Tal demostración no era gratuita, las últimas horas fueron difíciles de llevar y las dudas ante el éxito de su plan le provocaron una sensación de agobio que apenas le permitía moverse. Pasó la mayoría del tiempo sentado frente a su ventana fumando uno tras otro los cigarrillos que una maltratada cajetilla le ofrecía. Sus secuaces demostraban lo contrario. Al notar que de sus colegas solo volvieron cinco, dos de estos muy golpeados, sintieron una molestia con su jefe. Ellos cada vez eran menos, pero Sato no mostraba interés alguno.
—Por fin, después de tanto tiempo —murmuró para el mismo, aunque sus matones pudieron escucharle—. Lo conseguimos, una heredera de la familia Aihara.
La puerta trasera de un auto se abrió; era el mismo con marcas de disparos en su carrocería. Primero bajó un hombre corpulento y tras él, cabizbaja, apareció Yuzu Aihara. Otro hombre, con una expresión de dolor en el rostro, bajó por el lado contrario a Yuzu y cojeando de su pierna se acercó al resto de los matones. La rubia, forzada por la situación, caminó hasta Sato sin oponerse. A fin de cuentas, no podía hacer nada en ese momento. Sin importar el lugar donde estaba, solo pensaba en su amada Mei y lo que estaría sufriendo. El recuerdo de su cara al momento de ser separadas era una imagen que se repitió en su cabeza una y otra vez durante el trayecto.
—Es un placer por fin conocerte, Yuzu Aihara —exclamó Sato con una sonrisa desagradable.
Llevó su mano al mentón de la chica y le obligó a levantar el rostro. Ella pensó en morderle los dedos, pero había dos buenas razones para no hacerlo. Primero y más evidente, él tenía el control de la situación, estaban en su refugio, rodeados por sus esbirros sin que alguien pudiese intervenir a su favor. Segundo, no le apetecía llevarse las manos de aquel hombre a la boca; el solo contacto de este sobre su piel ya era bastante desagradable. Se limitó a verlo en silencio, pero sin mostrar temor o sumisión. Más que miedo, en la mirada de Yuzu se reflejaba un enojo inmenso.
—Eres más bonita en persona. Ah, pero que descortés soy —Sato siguió hablando con una voz que intentaba sonar simpática—. Ya sé que conoces mi nombre, pero igual permite que me presente como es debido. Me llamo Naoki Sato.
¿Podía hacerle daño? Sí que podía. Aunque sus manos estaban atadas, podía arrojarse contra él y darle un cabezazo en la nariz. Eso debería bastar para provocar una fractura, según vio en una película, ¿o se lo dijo Sky? También pudo ser un consejo de su madre. Sin importar de donde viniera tan útil recomendación, seguirla era imprudente en ese momento al verse rodeada. Por el momento, su mejor opción era actuar como lo haría Mei: con la cabeza fría para moderar sus palabras; cualquier comentario imprudente podía traerle problemas a ella o, en un peor escenario, a sus amigas. No olvidaba que ellas estaban ahí como rehenes.
—Estás muy callada. Espero que mis hombres no fueran muy rudos contigo.
—No le hicimos nada, jefe —contestó de inmediato uno de los matones—. La verdad es que ella es más ruda de lo que parece.
—Ya veo. Ha sido un día difícil, así que debes estar cansada. Hay una habitación especial para ti, sígueme.
Sato le hizo una invitación para seguirlo y tras darse la vuelta, comenzó a caminar hacia la escalera de metal. Yuzu avanzó tras él. A sus espaldas, dos de los secuaces les acompañaron mientras el resto permaneció frente a los autos. Por la voz, reconoció que uno de los sujetos a los que golpeó seguía lastimado. Sato no paraba de hablar, se daba aires de grandeza porque su trampa logró engañar a los mercenarios, se burlaba de ellos y del abuelo Aihara, demasiado pretencioso para alguien que se limitó a esperar en la comodidad de su escondrijo. Pero a Yuzu todas esas palabras le dieron igual, no pasaban de su tímpano.
En vez de prestar atención a Sato, miraba los alrededores con la esperanza de encontrar a sus amigas. La visión del lugar no era buena, gran parte del edificio estaba a oscuras y con una iluminación escasa, solo ciertos lugares tenían una buena lampara, por lo que incluso dar un paso al frente sería peligroso. Llegaron al final de la escalera y avanzaron hasta luna habitación que parecía tener un buen tamaño. En otro momento debió ser la oficina principal del edificio, similar a lo visto en el refugio de Sky. En un sorpresivo gesto de amabilidad, Sato dejó que Yuzu entrase primero. Ella así lo hizo y avanzó hasta el centro de la habitación. Él les dijo a sus hombres que se retiraran, pues su ayuda ya no era necesaria.
El lugar estaba en unas condiciones deplorables; los muros tenían la pintura dañada y en algunas partes se notaban manchas de humedad, los cristales de las ventanas estaban rotos sin mencionar que por todas partes quedaban restos de escombro. La habitación no era tan grande en un inicio; se notaba que los muros fueron derribados al encontrarse partes de estos en el techo y suelo. A pesar de todo, Sato tenía ciertas comodidades. Había una gran cama frente a Yuzu, sorprendentemente, con sabanas limpias; frente a una ventana se encontraba una mesa con varias sillas y, sobre esta, un pequeño televisor y una bocina en la cual se escuchaban las notas intermedias de Red Ocean. Yuzu reconoció la melodía; a su mamá le gustaba el grupo JABBERLOOP, decía que su música era buena compañera para una o dos copas. También le pareció distinguir un pequeño refrigerador. La puerta se cerró, Sato pasó a su lado bailando al ritmo de la música y se detuvo frente a ella. Dio un giro que intentó ser elegante y con una exagerada reverencia, le sonrió.
—Bienvenida querida Yuzu —dijo con una voz animada—. Lo sé, no es el mejor lugar para una mujer tan bonita como tú, pero existen algunas circunstancias que me obligan a usar este lugar como refugio. Sin embargo, contigo eso puede cambiar.
Yuzu lo miró en silencio. Sato se mostraba muy animado a pesar de su famélica apariencia. Las ojeras en su rostro, gruesas y negras, demostraban que había pasado mucho tiempo desde la última vez que durmió bien. No era cosa de días, sino de meses. Su cabello era más largo de lo que recordaba en la fotografía, sin mencionar que se notaba grasiento y las puntas eran un desastre. Además, el tipo se veía flaco. Intentaba vestir bien con un traje negro y una camisa rojiza, pero estos evidenciaban su mala y escasa alimentación, pues se notaban holgados. Lo más desagradable para la joven resultó el fuerte olor agrio a cigarrillo emanado por Sato, mismo que debía cargar desde hacía uno o dos días. La situación era peor de lo que imaginaba.
—¿Por qué? —preguntó Yuzu. Hasta ese momento no había mirado a los ojos a su captor. Se armó de valor para encararle al verle tan tranquilo—. ¿Por qué hiciste todo esto?
—¿No es obvio? ¡Por amor! —sonrió Sato. Sus dientes ya estaban manchados por el tabaco, a lo que Yuzu pudo intuir que fumar era un hábito que le acompañaba desde hacía años—. Uno se comporta irracional.
—Pero ni siquiera nos conocemos —replicó Yuzu tratando de sonar lo más serena posible. Cada palabra de Sato solo le enfurecía. ¿Cómo se atrevía a usar de tal manea el mayor sentir que puede tener una persona hacia otra? Ella que por tanto tiempo luchó y seguía luchando por algo tan sagrado solo podía sentir repudio por ese sujeto que hablaba a la ligera sobre el amor.
—Podríamos llamarlo amor a primera vista.
—Creo que más bien es amor a ti mismo —replicó Yuzu con fastidio—. El señor Sky te investigó, sabemos que le debes mucho dinero a gente peligrosa por toda la ciudad y por eso nos buscabas.
—Oh cariño, ese es un error —interrumpió Sato—. Solo te buscaba a ti, pero eso no lo sabían tu abuelo ni esos gaijin que contrató.
—¿A mí? Entonces… ¿por qué intentaste llevarte a Mei cuando empezaron a seguirnos?
—Ella iba a ocupar el lugar de tus amiguitas, pero nunca pensé en hacerle algo —la calma y la insolencia con que Sato hablaba le provocaba una sensación incomoda a Yuzu. Tal vez ese hombre era más peligroso de lo que Sky estimó—. No lo tomes a mal, es tu hermana, pero… no es mi tipo. Demasiado seria, parece que siempre está enojada. Eso le hace ver fea…
—¡¿Cómo te atreves a decir eso de Mei?! Ella es la mujer más hermosa del mundo —estalló Yuzu. Podía tolerar sus aires de grandeza, pero apenas dijera algo de Mei no podría soportarlo más. Al instante comprendió el peligro al cual se exponía, pero Sato solo respondió con una risotada.
—Sí que quieres a tu hermana; como hijo único es algo que no entenderé. Descuida, podrás hablar todo lo que quieras con ella después de la boda.
—Puedes obligarme a casarme contigo —le dijo Yuzu aun molesta—, pero eso no te dará ni un centavo.
—¿Qué? Oh, vamos mi linda Yuzu —ni siquiera para sorprenderse dejaba de sonar fanfarrón—. Tú no dejarías que esos yakuza lastimaran a otra persona, ¿cierto? Y menos a tu esposo.
—Debiste investigarnos mejor. Aunque quisiera ayudarte, no podría. Mei es la única heredera de la familia Aihara, no hay nada a mi nombre.
—Mientes —replicó Sato engrosando la voz. Aquella sonrisa fanfarrona desapareció—. ¿Qué sentido tendría prohibirte la herencia? ¡Son hermanas!
—¡No somos hermanas de sangre! —exclamó Yuzu con la voz más alta que su captor—. Mei y yo somos hermanastras, ella es Aihara de nacimiento y la única heredera. La academia, el dinero, las propiedades del abuelo, todo será suyo.
—¡Basta! Si crees que esa mentira cambiara algo…
—No es mentira. Puedes preguntar a mis amigas, al abuelo, a cualquier persona en la academia. ¡Mei es la única heredera!
—¡Solo intentas engañarme!
—¡No gano nada con eso! No ahora —continuó hablando Yuzu. Con esa pequeña charla, descubrió lo volátil que era el comportamiento de Sato.
Él se quedó callado, mirándola con detenimiento. En sus ojos se notaba una rabia creciente, misma que podría estallar en cualquier momento. Movía los dedos de manera ansiosa y parecía balbucear algo sin sentido; en sus adentros buscaba una explicación para tales declaraciones. Dio vueltas por la habitación con unos pasos fuertes y rápidos. En su cabeza se dibujaba un retrato de Mei, recordando sus rasgos en base a las fotografías que había visto para compararle con Yuzu. Las diferencias eran evidentes, aunque a su juicio eso no aseguraba nada. Sin embargo, la duda ya estaba plantada y su conocimiento sobre la familia Aihara no era tan extenso. Recordaba que su padre llegó a mencionarles en el pasado, conocía al director de la academia, a su hijo y a su nieta, ¿o eran nietas? Ya había pasado demasiado tiempo para recordarlo. Se detuvo. Apretó los puños y gritó lleno de frustración. Se dirigió a la puerta, la abrió con violencia y llamó al primer esbirro que vio.
—¡Tú! —exclamó al hombre—. ¡Llévatela de aquí! ¡Déjala con las demás!
—Enseguida, jefe —respondió el hombre desconcertado.
—¡Y que no hagan ruido! ¡Tengo mucho que pensar! —rugió.
Apenas Yuzu salió de la habitación, se escuchó un portazo seguido de varios alaridos furiosos. No estaba segura de cuan peligrosa había resultado su actuación ante Sato y ahora temía por la integridad de sus amigas. Cuando bajó las escaleras y pasó frente al resto de los matones, estos parecían desconcertados por el escándalo de su jefe, algo que no ayudaba en nada a Yuzu. Temía por las consecuencias que pudo desatar. De haber presenciado su conversación con Sato, tanto Mei como Sky ya le hubiesen regañado por algo que considerarían un actuar imprudente.
Yuzu fue llevada a una habitación cuya puerta aún estaba en buen estado y era vigilada por un hombre que jugaba con su teléfono. Lo primero que llamó su atención fue la mesa retráctil junto a él. Además de un par de botellas vacías y un vaso de ramen instantáneo, sobre el mueble estaban varios teléfonos, entre los que reconoció el suyo y el de Matsuri, cuya funda de gato era inconfundible; pero lo mejor fue notar que también estaba ahí el sencillo celular de Sky.
El vigía flaco dejó su juego a un lado, abrió la puerta sin prestar mucha atención a sus alrededores. El otro hombre empujó a Yuzu al interior del cuarto y tras ella se cerró la puerta. El lugar estaba oscuro, apenas iluminado por la tenue luz de la luna y una pequeña lampara en una esquina. Yuzu dejó escapar un suspiro que se convirtió en sollozo. Fueron demasiadas emociones para una sola noche que estaba lejos de terminar. Escuchó su nombre en repetidas ocasiones seguido por un abrazo que reconoció al instante.
—Harumi… —murmuró. Alzó la vista para encontrarse con el rostro de su mejor amiga.
—¡Yuzuchi! ¿Estás bien? ¿Esos gorilas no te hicieron nada?
—Cielos, que manera de hacer enojar a ese tipo —comentó Matsuri—, ni siquiera yo lo hice gritar tanto.
—¿No estas herida, Yuzu-senpai? —preguntó Nene con una autentica preocupación.
Yuzu retrocedió unos pasos para contemplar mejor la escena. A pesar de una iluminación deficiente, podía distinguir a la perfección a cada una de sus amigas. Tuvo la sensación de no verlas en años, aunque apenas pasó un día desde que las encontró en Akihabara. Y fue hasta ese momento que notó cuanto las extrañaba. Su garganta se vio bloqueada por un enorme nudo de sentimientos, sus ojos se inundaron en lágrimas, pero también cargaba con una gran piedra de culpa a sus espaldas. Sin pensarlo más, extendió sus brazos para envolver a las tres chicas con estos.
—¡Harumi! —exclamó con dificultad. Cada palabra se le enredaba en la lengua y la obstrucción de su garganta le provocaba un fuerte dolor—. ¡Matsuri! ¡Nene! Es… están bien… ¡Las extrañé mucho!
Resultaba increíble que Yuzu tuviera la fuerza suficiente para aferrarse a las tres chicas después de todo lo ocurrido. Debía ser cosa de su propia emoción, de esa mezcla de sentimientos que terminaron por llenar su cuerpo de adrenalina a la vez que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Nene fue la primera en seguirla en su llanto, Harumi se unió, aunque pudo contenerse con mayor efectividad y solo lagrimeó un par de veces. Matsuri, por poco les imitó, aunque logró reprimirse apenas escuchó los gritos de Sato. No estaban dirigidos a ellas, sino que era un reclamo propio por no investigar a fondo a sus víctimas.
Pasaron unos minutos así, abrazadas en un gesto de alegría por el reencuentro en medio de la adversidad. Aunque eran rehenes, aun les quedaba la esperanza de un contragolpe orquestado por Sky; Yuzu estaba segura que él estaría molesto por caer en la treta de Sato y Mei no dudaría en dar su aprobación a cualquier plan de rescate. Era probable que ambos estuviesen pensando en cómo encontrar la guarida de Sato. Por otro lado, también sentía cierta seguridad; al ser una rehén tan valiosa no podrían hacerle nada malo, aunque sus amigas podrían correr una suerte distinta a partir de ese momento.
Cuando al fin se soltaron, y como se esperaba, lo primero que llegó fue una serie de preguntas sobre lo que estaba ocurriendo. Para Yuzu no sería nada sencillo resumir las últimas semanas de su vida, incluyendo una explicación del porqué las cosas terminaron como hasta ese instante. Hizo su mejor esfuerzo, de cualquier manera tenía toda la noche por delante. Durante las siguientes horas y tras comprobar que sus tres amigas estaban sanas, contó la manera en que Sky irrumpió en su apartamento para salvarle de los matones de Sato, como llegaron a la Academia para rescatar a Mei, la cena que tuvieron con Shiraho y la posterior persecución por las calles de Tokio, su escape de Akihabara y, por último, lo ocurrido en el Casino Benio. Ellas escucharon con atención cada una de sus palabras, realizando preguntas cada que era requerido.
—Déjame ver si entiendo esto —comentó Harumi una vez que Yuzu terminó su relato—. Ese hombre, Sato, las ha perseguido por toda la ciudad ¿solo para casarse contigo?
—Sí, quiere usar el dinero de la familia para pagar sus deudas.
—Es la cosa más descabellada que he escuchado… —la voz de Harumi denotaba cierto desprecio en su voz.
—Y ahora está enojado porque no sabía que Mei es la única heredera —agregó Matsuri. Soltó una risilla y agregó—: imagina como estaría si le hubieses dicho cuál es tu verdadera relación con ella.
—Quise hacerlo —admitió Yuzu encogiéndose de hombros—, pero creo que era muy peligroso.
—Este… ¿y ahora que hacemos? —preguntó Nene.
—Supongo que esperar —se limitó a decir Yuzu. Después de un largo día, estaba cansada y el sueño comenzó a vencerle. Contar todas sus experiencias ayudó a desahogarse y ahora estaba más tranquila—. Estoy segura de que ya buscan la manera para rescatarnos.
—Si pudiéramos recuperar uno de nuestros teléfonos —gruñó Matsuri. Aun pensaba en cómo llevar a cabo su plan para pedir ayuda—. Estoy segura de que podrías comunicarte con los mercenarios.
—Tenía un teléfono para comunicarme con el señor Sky, pero me lo quitaron —admitió Yuzu con una voz agotada—. Lo tiene el tipo que nos vigila.
—Ya veo… —Matsuri se limitó a mirar el suelo. Tal vez no todo estaba perdido; un pequeño rayo de esperanza aun brillaba para ellas—. Debemos recuperarlo.
La mañana llegó y encontró a las cuatro chicas dormidas en la habitación. A falta de un futón, además de la exigencia de Nene, Harumi y Yuzu se vieron obligadas a compartirlo. Ella no tardó mucho en desmayarse tras ver una de sus fantasías cumplidas. En cambio, la última en caer dormida, así como la primera en despertar fue Matsuri. No dejaba de pensar en una manera para comunicarse con los mercenarios. La idea de llamar a la policía quedó descartada tras el relato de Yuzu y la posibilidad de que hubiera oficiales aliados. Era una posibilidad que no había contemplado. Lo peor era enfrentar una persistente sensación de inferioridad y vulnerabilidad. Le molestaba de sobremanera y no podía pensar con claridad.
Una a una, sus amigas fueron despertando. Nene incluso lo hizo dos veces, pues volvió a desmayarse al ver que Harumi y Yuzu seguían dormidas en el mismo futón. En poco aparcería el guardia con sus raquíticos desayunos, lo cual era podría ser un momento incomodo. Si aquellos hombres se turnaban para vigilarles y repetían sus rondas, en cualquier momento entraría aquel sujeto que les pedía desbloquear sus teléfonos. Matsuri no tenía humor para soportarle. Para colmar su paciencia, su pronóstico se cumplió al cabo de un rato y ese hombre abrió la puerta para dejarles una bolsa de supermercado en el suelo.
—¡El desayuno! —gritó de la manera más molesta posible—. ¿Y bien? ¿Ya me darán las claves de sus teléfonos?
Ninguna respondió. Su vigilante en turno chasqueó la lengua y cerró con un portazo. Por mucho, preferían al tipo que jugaba con su teléfono; él solo dejaba la comida y ni siquiera les dirigía la palabra, lo único que le interesaba era volver a su juego. Matsuri se acercó a la bolsa y la abrió. Estaba llena de bollos anpan sin bebida alguna. La pelirrosada suspiró, pero igual empezó a repartir los panes. Yuzu miró divertida que los alimentos ofrecidos por sus captores era igual a lo que Sky les daba cuando Joey se ausentaba. Las cuatro empezaron a comer solo porque no había más que hacer, pues el hambre era una sensación lejana en ese momento.
Es bien sabido que en los bollos rellenos, cualquiera que sea su presentación, pueden presentar una consistencia variada en la crema o pasta que llevan por dentro. También se conoce que Yuzu suele tener una suerte muy extraña y en esta ocasión tuvo la fortuna de recibir un pan cuyo relleno estaba demasiado derretido, lo que terminó por dejarle unas manchas en el rostro. Ella no se dio cuenta de ello, pero Harumi sí, por lo cual actuó como una buena amiga. Sin darle la mayor importancia, llevó su dedo a las manchas en la cara de su amiga y las limpió. De inmediato Nene quedó paralizada, tanto el pan como unas gotas de sangre cayeron al suelo. Saltó de su lugar y se inclinó sobre sus manos para mirar más de cerca a sus amigas. No le importaba que aquello fuera un imposible; Nene era feliz solo con verlas juntas. Matsuri suspiró, resignada a que nada haría cambiar a la joven Nomura. Dio un bocado a su anpan y con eso, su mente se iluminó. Era una idea descabellada y arriesgada que podría funcionar.
—Lo tengo… ¡lo tengo!
—¿Qué pasa? —preguntó Yuzu con autentico desconcierto.
—Ya verán, ustedes no hagan nada —respondió Matsuri. Tomó a Nene del brazo y la hizo levantarse—. Nene-chan, necesito tu ayuda.
—¿Y qué hago?
—Solo quédate a mi lado —ordenó la pelirrosada. En seguida golpeó la puerta con fuerza—. ¡Oye! ¡Necesito un poco de agua!
—Qué pena —contestó el vigía con una voz burlona—. El jefe no autorizó bebidas esta mañana.
—Por favor, de verdad tengo sed —Matsuri fingió una voz dócil y sufrida—. Solo un vaso, por favor…
—Ni creas que podrás convencerme así.
—Y… ¿si desbloqueo mi teléfono? Es el que tiene funda de gato —Matsuri jugó su única carta—. Te dejo ver lo que quieras a cambio de un poco de agua.
Se hizo el silencio por un momento. Tal vez, pensó, aquel hombre desconfiaba de tan repentino negocio. Sus amigas, por otra parte, no comprendían lo que intentaba. Recuperar el teléfono de esa manera resultaba demasiado arriesgado y obvio. Para su asombro, la puerta volvió a abrirse y el tipo entró al cuarto con una botella de agua en una mano y el teléfono en la otra.
—¿De quién es el teléfono? —preguntó.
Nene, invadida por el pánico, reaccionó de inmediato y señaló a Matsuri, aunque ella ya había levantado su mano sin temor. El hombre le entregó la botella y le acercó el teléfono para desbloquearlo.
—Veo que ya comprendes cómo funcionan las cosas aquí —alardeó el hombre—. Sería bueno que ustedes hicieran lo mismo.
Matsuri tenía solo unos segundos. Accedió al celular mediante su huella digital y mientras el tipo estaba ocupado presumiendo su superioridad, abrió la galería de imágenes para acceder a una de las carpetas. Había llegado el momento de sacarle provecho a esa fotografía de Harumi y Yuzu probándose trajes de baño. El cuerpo de Nene se tensó, sus ojos brillaron de manera espectral, comenzó a balbucear silabas sin que formaran una sola palabra e intentó arrebatarle el teléfono al hombre. Este se dio cuenta y lo apartó en el acto.
—¡Hey! No te pases de lista —dijo este. Enseguida miró la fotografía en pantalla y mostró una sonrisa despreciable—. Vaya, que buena vista.
—Haruyuzu… —susurró Nene.
—¿Qué dijiste, enana? —el hombre se mostró molesto.
—Dame… mi… ¡Haruyuzu! —gritó Nene desde el fondo de su corazón y sin medir las consecuencias, se abalanzó en contra del sujeto propinándole un cabezazo debajo de la barbilla. Semejante golpe bastó para noquearlo y mandarle de espaldas al suelo. Harumi y Yuzu no podían creer lo que acababan de presenciar; la manera en que Nene le arrebató el teléfono resultó espeluznante.
—¡Yuzu! —le llamó Matsuri—. Toma el teléfono y llámalos. Senpai, ayúdame a sacarlo de aquí. ¡Rápido!
De alguna manera, el plan de Matsuri estaba funcionando. Yuzu salió de la habitación y corrió a la mesa del vigilante. Los celulares estaban revueltos, pero eso no fue ningún obstáculo. Entre todas las pantallas, el teléfono más viejo se destacaba con facilidad. Lo tomó entre sus ansiosos dedos y lo encendió. Regresó corriendo a la habitación mientras Harumi y Matsuri arrastraban al hombre fuera de su prisión. El tiempo era un recurso escaso, por lo que debían aprovecharlo al máximo.
Apenas el teléfono recibió señal, Yuzu entró a los contactos y llamó al único número guardado. Su corazón le golpeaba el pecho con una fuerza desmedida, sus dedos temblaban y la respiración se le agitaba a cada segundo. La bocina timbró una vez; aunque en verdad pasó un segundo, Yuzu sintió que aquel sonido fue el más largo que escuchó en su vida. Matsuri volvió para arrebatarle su celular a Nene, quien dejó escapar un chillido triste al ser separada de su preciada imagen. En un acto reflejo, quiso perseguir a Matsuri pero Harumi la bloqueó haciendo uso de un esfuerzo casi sobrehumano.
—No tenemos tiempo para eso —le dijo mientras trataba de contenerla—. Nene, ¡ya basta!
—Pero… pero esa foto… —balbuceó al borde de las lágrimas.
—Tenía que devolverlo para evitar sospechas —alegó Matsuri regresando a la habitación y cerró la puerta tras ella—. Te prometo que te mandare esa fotografía… y muchas más cuando salgamos de esto.
El teléfono timbró por cuarta vez y Yuzu sentía que nadie respondería a su llamado. Sus amigas la miraban expectantes, era su única esperanza para salir de tal predicamento. El típico timbre sonó por quinta ocasión y fue entonces que se escuchó la voz de Sky al otro lado de la línea. Estaba molesto.
—¿Ahora que quieres? —preguntó con una voz dura e intimidante.
—Señor Sky… soy Yuzu —alcanzó a decir con dificultad. Nunca le dio tanto gusto escuchar a alguien enojado—. Pude recuperar su teléfono…
—¿Hiciste qué?
—No tengo mucho tiempo… pero estamos bien. El escondite de Sato… es una bodega a las afueras de Tokio, sobre la carretera a Yokohama…
—Yuzu, creo que los escucho —advirtió Matsuri desde la puerta.
—E-es una bodega grande… con pintura roja dañada y una gran puerta metálica —se apresuró a decir.
Yuzu quiso decirle algo más, pero el tiempo se agotó. Harumi y Nene le hacían señales para que regresara el teléfono, pues el vigía daba señales de recuperar el conocimiento. Yuzu cortó la llamada y entregó el celular a Matsuri. Lograron hacer contacto, muy breve, pero suficiente para revelar su ubicación. Matsuri arrojó el teléfono a la mesa del vigilante y volvió a cerrar la puerta. El silencio se hizo de nuevo, ya solo quedaba esperar que ninguno de los hombres de Sato les descubriera. En los oídos de Yuzu, como un grito lejano, resonaban las palabras que le escuchó a Mei antes de colgar:
—¡Iremos por ti!
To be continued…
