Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 7: Inseguridades

4 de abril

Lo estaba haciendo otra vez.

La estaba mirando.

Observando cada vez que se tocaba el vientre.

¿Se estaba preguntando cómo habría sido si estuviera embarazada de SU hijo? ¿Estaba deseando que las cosas hubieran sido diferentes entre ellos? ¿Se arrepentía del tiempo que habían perdido juntos cuando el reflejo se llevó a Kikyo y se tuvo que quedar con ella? ¿Planeaba proteger a este niño si Kikyo no podía encontrar su camino a casa?

Pregunta tonta, suspiró Kagome en silencio. Por supuesto que lo haría. Pero la auténtica pregunta era… ¿planeaba intervenir y ocupar el lugar de Hojo? ¿Lo perdería? ¿O había sido alguna vez suyo como para perderlo, para empezar?

La mira con tanta atención, se torturó Kagome un poco más. Sabe dónde está en cada segundo de cada minuto de cada día. Kikyo había tropezado varias veces mientras caminaban y la mano de Inuyasha salía disparada y la ayudaba a recuperar el equilibrio. Y casi siempre iba caminando a su lado. De hecho, ¡la mayor parte del tiempo tenía que asomarse alrededor de él para captar siquiera un vistazo de la mujer!

No es que lo culpase. Kikyo era una mujer muy hermosa. Kagome frunció el ceño para sí misma, deseando tener sólo una pequeña porción de aquella belleza. No era el rostro o el pelo lo que la hacían hermosa. Era la forma en la que se comportaba, la forma en que su cuerpo se movía cuando caminaba, o la forma serena en que hablaba. Era una mujer cómoda consigo misma y cómoda con sus poderes. Pues CLARO que Inuyasha no iba a ser capaz de apartar la mirada de ella.

Shippo también la miraba.

El zorrito mantenía los ojos pegados a la mujer que se parecía tanto a ella. ¿Cree que Kikyo sería mejor madre? Después de todo, ella ya era madre, ¡y tenía un segundo hijo en camino! Había tenido práctica suficiente haciendo todas las cosas de madre. Kagome sabía que sólo estaba improvisando en lo referente a hacerle de madre al zorrito. Probablemente echaba de menos estar con una madre DE VERDAD.

Normalmente, Kagome hablaba con (le daba las quejas a) Sango cada vez que empezaba a sentirse insegura o preocupada. Pero en estos días Sango se estaba haciendo muy buena amiga de Kikyo y ya nunca tenía realmente oportunidad de hablar con ella a solas. Kikyo y Sango tenían mucho más en común. Pérdidas similares en la familia. Habían crecido más o menos cerca la una de la otra. Coincidían en algunas de las personas que conocían. Eran ambas feroces guerreras. Por no mencionar que habían crecido en el mismo mundo. Y, sobre todo, ambas eran madres.

Puede que fueran similares en apariencia, pero no se parecían en nada. Kagome le dio una patada a una pequeña piedra en el camino. Se estaba volviendo innecesaria rápidamente.

—Has estado inusualmente callada esta tarde.

—Entonces, normalmente soy ruidosa y detestable, ¿eh, Miroku?

Él la miró de forma crítica. Su intento de bromear se quedó tristemente corto. Tras apoyar una cálida mano en su hombro, se lo apretó gentilmente, haciendo que Inuyasha levantase la cabeza de golpe desde unos metros por delante y le gruñese. Miroku bajó la mano rápidamente.

—Es natural sentirse excluida o celosa. Pero sigues siendo la mejor amiga de Sango. Nada puede cambiar eso.

—Oh, Miroku… no es sólo eso…

—¿No?

Kagome bajó la mirada al suelo y le dio una patada a otra piedra. Se había dejado a Miroku en su celebración unilateral de sus propias miserias.

¿Cuánto más en común tendría un hombre santo con una sacerdotisa de verdad que con una nueva aspirante a miko? Kagome sabía que estaba usando la intuición en lo referente a sus poderes. Miroku todavía tenía que enseñarle muchas cosas y, francamente, se sentía como una estúpida la mayor parte del tiempo. En especial, en comparación con Kikyo. Kikyo no sería una carga para él. No le quitaría preciado tiempo con su familia.

Suspiró.

—Da igual. No es nada.

Miroku se rio entre dientes y le agarró la mano para hacer que se detuviera. Una roca rebotó contra su cabeza desde unos metros por delante y soltó la mano. Frotándose su dolorido cráneo, el monje fulminó al demonio perro con la mirada, luego suavizó de nuevo la vista al mirar a Kagome.

—Si te causa estrés, entonces no es «nada», mi querida Kagome.

Kagome se mordió el labio.

—Tienes razón, sólo me sentía un poco excluida, es todo.

La miró como si no le creyera del todo, pero ella le sonrió tan brillantemente como pudo, esperando que no pareciera la mueca de dolor que sentía que era.

—Sango tiene un gran corazón, Kagome. No temas nunca que vaya a olvidarte o a abandonarte. Te quiere. Eres parte de su familia.

, pensó Kagome con aire sombrío mientras intentaba mantener la sonrisa en su rostro, la torpe hermana pequeña acoplada a la que todos se ven obligados a cuidar.

Miroku le alborotó el pelo, esquivó otra roca y siguió caminando.

Con un sufrido suspiro, Kagome apremió a sus pies para que siguieran moviéndose. Esperaba que llegaran pronto al claro que estaban buscando. En cuanto acampasen, serían todos libres de relajarse y tener tiempo para sí mismos. Ansiaba mucho un poco de tiempo para ella para regodearse en la autocompasión.

—¡KAGOME!

Levantó la cabeza de golpe. Sólo hubo tiempo de dar un grito ahogado antes de que el hombro de Inuyasha entrase en contacto con su estómago y se viera transportada como un saco de patatas a la velocidad de la luz. Él saltó una vez y la soltó sobre su trasero.

—¡Serás IDIOTA! —gritó mientras se daba la vuelta y desenvainaba la espada mientras un demonio jabalí de aspecto particularmente desagradable chillaba y corría hacia ellos—. ¿Intentas que te maten?

Kagome se puso rápidamente en pie, justo a tiempo para que Inuyasha la empujase a un lado.

—¡Apártate de en medio!

Al demonio jabalí se le unieron rápidamente algunos de sus apestosos amigos. Sus colmillos eran enormes, afilados y de un amarillo descolorido. Sus hocicos estaban húmedos y les goteaban los mocos. A Kagome se le revolvió el estómago con sólo mirarlos. Pero su olor casi hizo que se desmayara. Olía como si algo se estuviera pudriendo. ¿Cómo era posible que algo que olía tan mal se le hubiera acercado de verdad sigilosamente?

Inuyasha desbrozó rápidamente a los dos primeros jabalíes. Sango apareció a tiempo para combatir contra un tercero mientras Miroku y Shippo protegían al bebé. Mientras Inuyasha luchaba contra un cuarto jabalí, otro se le acercó sigilosamente por detrás e hizo ademán de atacar. Kagome cogió una flecha rápidamente y la colocó en el arco. Tensó y apuntó.

Una flecha de luz azul salió disparada por el aire y purificó al jabalí hasta convertirlo en polvo.

Kagome bajó la cabeza y dejó caer su flecha sin usar al suelo. Kikyo había salvado a Inuyasha.

Aprovechando la oportunidad para escapar del enfurecido demonio perro ahora que estaba distraído, el jabalí que quedaba corrió hacia Kikyo. Con calma, la miko estiró la mano para coger otra flecha, pero antes de que tuviera oportunidad de tensar el arco, Inuyasha había saltado delante de ella y había partido al demonio por la mitad. Kagome vio cómo Inuyasha permanecía protectoramente delante de Kikyo mientras llovían entrañas de demonios.

—Supongo que eso responde a esa pregunta —dijo Kikyo con una carcajada mientras se sacudía… algo (siempre era mejor no intentar averiguar qué eran los trozos)… de la manga de su blusa—. No estaba segura de si todavía tenía mis poderes o no, ya que ya no protejo la perla. Pero supongo que sí que los tengo.

—Buena puntería —la felicitó Sango.

—Exacto —concordó Miroku.

—¿EN QUÉ ESTABAS PENSANDO? —gritó Inuyasha furioso mientras avanzaba echando humo y se ponía delante de Kagome, envainando la espada—. ¡SABES que no debes rezagarte! —Maldijo con frases subidas de tono y los puños apretados antes de cruzarse de brazos. Parecía como si estuviera intentando contenerse para no estrangularla. Kagome agradeció su autocontrol.

—Lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Casi te matan y lo SIENTES?

Kagome agarró el arco con tanta fuerza que estaba segura de que iba a partirse.

—Dije que lo sentía, Inuyasha. ¿Qué más quieres?

—Si vuelves a hacer eso, yo… yo…

—Tú, ¿qué?

Entrecerró los ojos, fríos y duros como el topacio.

—No vuelvas a hacerlo.

Con dedos temblorosos, Kagome estiró la mano, recuperó la flecha caída y la devolvió al carcaj.

—Vale.

—¿Qué te pasa? —gruñó.

—Nada.

—¿Nada? —Prácticamente le estaba gruñendo.

Ella se sorbió la nariz y giró la cabeza.

—Nada. —Avanzó dando pisotones hacia el camino—. Deberíamos ponernos en marcha.

Genial. Sencillamente genial. No sólo era el miembro más débil del grupo en lo referente a luchar, sino que, como era tan obviamente inepta, los estaban atacando hordas de futuro tocino. No estaba enfadada con Inuyasha. Estaba asqueada consigo misma. Tal vez era el momento de empezar a entrenar un poco más duro. ¿Por qué no había ido a clases de artes marciales en lugar de a clases de música cuando era pequeña? O a boxeo. Algo más provechoso y útil. Cuando tuviera hijos, iba a asegurarse de que entrenaban en alguna suerte de autodefensa.

Sus ojos fueron disparados al vientre de Kikyo y luego los bajó al suelo. ¿Había hijos siquiera en su futuro?

Inuyasha pasó por su lado hecho una furia, gritándole a Miroku que se quedara en la retaguardia para asegurarse de que no se perdía nadie más y que Shippo se quedase con Kagome, que estaba intensamente sonrojada. Nadie le riñó por las maldiciones esta vez.

—Sólo está haciendo de protector —le aseguró Sango mientras abrazaba a su hijo con fuerza. Era lo mismo tras cada ataque de demonios. Ella luchaba contra los enemigos y Miroku protegía a Ryoku con sus barreras y hechizos. Entonces, después no había forma de sacarle al niño de los brazos durante horas.

—Sí… claro, de protector. —Más bien estaba fuera quicio porque ella los hubiera puesto en peligro. Y hubiera puesto en peligro a Kikyo.

Kagome continuó deprimida en silencio durante la siguiente hora de caminata. Ninguna piedra estuvo a salvo de ella mientras les daba patadas por el camino. Sabía que se estaba comportando como una niña quisquillosa, pero es que no podía evitarlo. Su humor no mejoró ni cuando pararon para cenar.

El grupo se detuvo e Inuyasha se marchó en busca de comida, dando órdenes de que Sango protegiese a Kikyo mientras Shippo y Kagome buscaban leña y Miroku montaba la fogata.

¿Sango va a proteger a Kikyo? Kagome se asombró. Luego, se abatió. Giró rápidamente la cabeza para que nadie pudiera ver que las lágrimas estaban empezando a inundarle los ojos. Inuyasha estaba asignando a Sango para que protegiese a Kikyo. No se había dado cuenta de lo acostumbrada que estaba a ser siempre protegida hasta que se lo asignaron a otra persona en su lugar.

Tras dirigirle una sonrisa acuosa a Shippo, se apresuró a ir a encontrar leña.

Realizaron el trabajo con bastante rapidez. Tuvieron suerte y encontraron varias ramas secas e incluso un pequeño árbol caído. Shippo cogió las ramas y Kagome arrastró el árbol para que Inuyasha lo cortase en pedazos. Era mucho trabajo, pero al menos le mantuvo la mente alejada de cosas deprimentes. En cuanto estuvieron cerca del campamento, vio que Shippo levantaba la mirada hacia los árboles y dirigía un breve y brusco asentimiento, luego saltó animadamente hacia su claro. Kagome miró a su alrededor, pero no vio nada inusual. Tal vez estaba hablando consigo mismo, se encogió de hombros. Era bien sabido que él no sería el único que se respondiese a sí mismo de vez en cuando.

Kagome se sentó en el suelo y estiró sus doloridos músculos.

—¿No estás con Inuyasha?

Dirigió su atención hacia Kikyo, un poco sorprendida por la pregunta.

—No. Está fuera buscando algo para cenar, Shippo y yo fuimos a por leña.

Kikyo sonrió amablemente, aunque pareció como si estuviera intentando no reírse.

—No me refería exactamente a eso. ¿Inuyasha y tú sois pareja? ¿Compañeros? ¿Estáis casados? ¿Qué?

—¡Ay!

Shippo le dio una palmadita a Kagome en la espalda, ya que al parecer se estaba atragantando con su propia saliva. Muy agradable, se dijo Kagome. No es de extrañar que Inuyasha no esté suspirando por ti.

—Estaba convencida de que estabais juntos. —Kikyo se tomó el «ay» como un «no»—. ¿Por qué no?

Kagome levantó las rodillas y descansó la cabeza sobre ellas.

—Nunca me lo pidió.

Y, pensó con tristeza, era improbable que fuera a hacerlo nunca. Vio que Inuyasha llegaba apresuradamente al campamento con lo que había cazado. La miró, luego sus ojos encontraron inmediatamente a Kikyo. Sus hombros se relajaron y lanzó la carne hacia Miroku.

No ahora que tú estás aquí.