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El Ataque de los Clones

Bella salió del ascensor. Por fin empezaba su nuevo trabajo. Llegó a la recepción.

—Hola, buenos días. Tengo una cita con Miranda Restly.

—Pues recuerda que hasta la tercera cita no se la puede besar.

Bella rodó los ojos —Eso no estúpida. Una cita de trabajo.

—Haber empezado por ahí. Que seca la tía —marcó un número —¿Emilia? Aquí hay una pava que dice tener una cita de trabajo con Miranda ¿Te la paso?

¿Emilia?, pensó Bella. Sería una broma. Sí, tenía que serlo. Andó hasta el despacho de Miranda.

—¡Joder, un zombie! —gritó Bella, y no era para menos. Delante de ella estaba Emilia, Emilia Chalrtonheston, en carne y hueso.

—¡Hola, Bella! —saludó ella eufórica.

—¡Pero si estás muerta!

Emilia asintió —Y lo estoy, pero Miranda me clonó.

—¿Qué te clonó?

Emilia volvió a asentir. Parecía que tenía un muelle en vez de cuello.

—Sí, así es. Cuando entré a trabajar, Miranda me sacó sangre. Me dijo que era para unas pruebas, pero en realidad era para clonarme. Vamos, tienes que ver a Miranda. Le llevo el café.

Las dos llegaron al despacho de Miranda. Emilia le dio el café.

—Aquí tienes, Miranda.

Miranda bebió un sorbo, y lo escupió —Descafeinado. Odio el descafeinado. Y está frío.

Bella sacó un paraguas. Se imaginaba lo que iba a pasar. Miranda le tiraría el café hirviendo a Emilia, quien gritaría como una loca. Pero no fue así, sino que Miranda sacó una pistola del cajón de su mesa y le pegó un tiro a Emilia, matándola sobre la cara alfombra de seda.

—¡¿Se ha vuelto majara?! ¡La ha matado!

—¡Recojan este estropicio! —gritó Miranda, y para asombro de Bella, dos nuevas Emilias, idénticas, aparecieron por la puerta, llevándose el cadáver. Otra Emilia apareció, mirando a la muerta.

—Es la quinta esta semana. Siempre pasa con el café.

Tras concretarlo todo, Bella se puso a trabajar. De ve en cuando se oía un disparo, y dos Emilias se llevaban un cadáver de su mismo clon. De repente se oyó un fuerte grito, y Emilia salió, con dos escopetas.

—¿Y esto? —preguntó Bella, extrañada.

—Tenemos u pequeño problema —decía mientras sacaba una caja con cartuchos de pólvora y empezaba a cargar su escopeta —. Los clones de Emilia se han desbocado y están atacando el edificio. Debemos destruirlas antes de que salgan fuera.

Por la puerta apareció una Emilia, con la cara desencajada y babeando.

—¡Deja de echar babas sobre ese Dior! —y disparó a su pecho, lanzándola por la ventana.

Ambas salieron al pasillo mientras más Emilias salían de la nada, siendo disparadas por Miranda y Bella que parecían dos tías en una película de Milla Jovovich en Resident Evil.

Disparaban y disparaban, pero las Emilias no paraban de aparecer —¡Sigue disparando! ¡No quiero un mundo lleno de clones con tan poco sentido de la moda y camisetas de I love my boy!

Por suerte, la policía llegó, nadie sabía como, pues no la habían llamado, y destruyó a las últimas Emilias, hasta que solo quedó una, que volvió a sus quehaceres.

—Lo has hecho bien, Bella. Como recompensa, hoy trabajarás el doble.

—¿¡Qué?!

—¡Y traéme un café!

Bella tembló. Si se lo traía, o bien se lo tiraría a la cara, o bien le pegaría un disparo. Y lo más seguro es que le hiciese un nuevo clon. Y ella no quería un clon. Tenían tan poco sentido de la moda.

—¡¿A qué esperas?!

—¡Sí! ¿Cómo lo quiere?

—Sorpréndeme…

Bella tembló. Al rato se lo trajo.

Miranda lo probó y lo escupió, para después echárselo a Bella, que se protegió con un paraguas. Por lo menos no la había disparado.