A todas las chicas de QPAME

(…) Y el mundo

sea un globo de gas letal,

y nuestra historia

una cutre película de brujas y vampiros.

Luis Alberto de Cuenca.

CAPÍTULO DECIMOSEXTO

El final.

Si a los más viejos de Shigansina les preguntasen por los Jaeger, recordarían con deleite la fascinante historia que los condujo hasta el pueblo a principios de los sesenta. El padre de Grisha Jaeger había nacido en Alsacia. Era un niño durante la ocupación alemana. Sus padres —un médico socialista y una maestra de escuela— se vieron obligados a poner pies en polvorosa y dejaron al niño con unos parientes bien avenidos. Nada se supo de ellos. Gottfried Jaeger llegó a Argelia en los cincuenta con el anhelo de descubrir el destino incierto de su ascendiente y no encontró nada. Su decisión de permanecer en la colonia, donde practicaba la medicina, responde a un motivo muy sencillo: una mujer. En Orán conoció a la pied-noir que habría de ser la madre de sus dos hijos, Grisha y Faye. El mayor estaba en el vientre de la madre cuando llegó 1962, fecha de la independencia argelina. Los más viejos decían que cuando el matrimonio llegó al pueblo apenas balbuceaban el idioma. Gottfried era un hombre parco en palabras, educado y servicial hasta que unos degenerados le mataron a la hija, a la niña Faye. El hijo mayor estuvo años fuera del pueblo y volvió divorciado y enfermo. Cuando Carla lo conoció estaba flaco como un perro callejero y todos pensaban que le había llegado la hora, que algo desconocido lo devoraba implacablemente. El tiempo. La soledad. La infelicidad. La depresión. El rostro macilento le duró años y jamás se libró de las ojeras. Necesitaba un bastón cuando volvió de la ciudad porque apenas podía sostenerse en pie sin sentir que perdía el equilibrio. Después cambió el gayado por el brazo de Carla, que lo animaba a caminar solo para que sus piernas engarrotadas volvieran a ser las de un hombre joven. La lozanía regresaba poco a poco a Grisha Jaeger, que había heredado de su padre y legaría a su hijo la cualidad de los espíritus más sensibles: callaba cuando los inconvenientes se cebaban con él y persistía en el silencio hasta hallar una solución. Fue una época de mucho silencio y de escasas soluciones. Su exmujer se había encargado de torturarlo de todas las formas posibles durante siete años de matrimonio fallido. Había un episodio que lo trastornaba más que cualquier otro. Un día fueron a visitarlo dos señores de la policía y le dijeron que su mujer sospechaba de él, y no le sorprendió: Diana vivía entre sospechas, entre suposiciones que solo cuadraban en su cabeza, le acusaba de tener amantes y enloquecía al verle hablar con mujeres. Si es tan amable de acompañarnos, le dijeron, y él aceptó de buena gana, pero quería saber por qué. Su mujer cree que usted abusa de su hijo, le dijeron. Recordaba cómo el estómago se le descompuso; ahí empezaron a fallarle las piernas y juraría que fue entonces cuando el tintero de la lividez vertió sobre su rostro todo su contenido. Era infundado y el asunto no trascendió. Estaban en trámites de divorcio y Diana tuvo a bien darle una última estocada, y lo consiguió. Grisha tenía depresión. Era un hombre acabado, desapegado; nunca había superado la muerte de su hermana y las desgracias se acumulaban.

—Ya ves que no soy el indicado —dijo a Carla cuando las caminatas de ambos derivaron en algo más, pero también en eso erró, como en tantas otras cosas, y algún tiempo después sonaron las campanas de la iglesia y decenas de manos lanzaron arroz al paso de los recién casados, que pronto anunciaron la llegada de un hijo.

Si midiésemos a los padres por la probidad de los hijos, sería Grisha Jaeger el mejor de todos ellos. Empezó a ver su vida previa no como un lastre, sino como un ensayo, y se propuso no cometer todos los errores que le condenaron. Carla decía que el nombre marca el devenir de las personas. Debían elegir sabiamente. «Eren», dijo. «Se llamará Eren». Un niño sano, revoltoso, curioso como su fallecida hermana.

Eren Jaeger recordaría a su padre como todo hijo debería recordarlo, como un hombre perfecto a pesar de sus errores. Grisha se dibujaba en su memoria como un modelo, como la voz de la razón ante el dilema. Si no encontraba salida a una situación, se preguntaba qué habría hecho su padre y así obraba, convencido de lo correcto. Trataba de aplicar todos los consejos que le faltaron por dar. Hablaba con él, se sentaba delante de su tumba, leía pasajes de sus libros favoritos en voz alta. También Eren resultó ser un hombre torturado e incapaz de encerrar sus inquietudes en el continente de la palabra. Quizá lo hacía por deferencia. Agonizar calladamente en la trampa que era él mismo como el monje que busca la divinidad en la oscuridad de su celda con un hinèni pendiendo de los labios. Hombres ásperos en apariencia, hombres frágiles —que no débiles— cuan castillo de naipes.

Al igual que su padre, había hallado felicidad al permitir a los demás que lo contemplasen. Había aprendido que lo callado se enquista, que solo la verdad hace libre. Que, en definitiva, nunca se cesa de aprender y hay momentos en los que un hombre debe armarse de valor, como lo hizo su abuelo en cuanto averiguó la identidad de los degenerados y fue a buscarlos machete en ristre. Que la vida se concentra en unos pocos arrebatos. Que había sido tremendamente cobarde y acomplejado y por eso había caído en las garras del adversario. Que, por su culpa, ella…

Su grito hizo que los pájaros huyeran de sus nidos en desbandada.


—Mátanos —repitió Folch y le agarró la mano retador, sabiéndose dueño de su miedo; sus labios se curvaron otra vez y adoptó un rictus avieso—. No quieres morir.

—No —Mikasa sacudió la cabeza y retiró la mano. Agachó la cabeza y la desesperación la hizo temblar. Recordaba el episodio de los dedos. Había sido beneficiada por la más aleatoria de las suertes, pero la suerte es como los rayos: no cae dos veces en el mismo sitio. Tenía una sensación terrible, la misma que le producía el asma. Alzó de nuevo el rostro y miró a Folch con renovada repugnancia y sendas lágrimas en los ojos—. He estado cerca de la muerte toda mi vida, pero ahora es diferente. La siento aquí y es fría y solitaria.

—Es posible evadirla —repuso él, que la escrutó con su mirada maligna e ilegible. Colocó las manos sobre sus hombros y Mikasa percibió algo distinto a la hostilidad—. Alguien con unas capacidades tan extraordinarias no debería pasar por esto. ¡Cuánto daño me hiciste! Un daño como pocos —Rio y se tocó el pecho—. Creí que me habías atravesado. Fue como si me empalasen. Estuviste tan cerca de matarme… Fue delicioso. Toda tu rabia corrió por mi cuerpo. Si lográsemos canalizar ese poder…

—Es imposible. Me asfixio. —Mikasa respiró hondo—. No puedo hacerlo sin que me falte el aire. Es como si hubiese una presa dentro de mí.

Folch asintió.

—La hay. Es una maldición de sangre. Yo sé levantarla, pues tengo el De Vermis Mysteriis aquí —Se tocó la frente—. No, Mikasa Ackerman. Tú no debes morir. Estás llamada a servir a instancias más altas, incluso más elevadas que los salones oscuros de la furcia Hécate. La ramera negra no es más que una deidad arquetípica, una presencia tenida por benigna cuando no es más que indiferente. Oh, los hay mucho más elevados. Los hay encerrados en los abismos más remotos del océano. Los hay en coma profundo. Oh, ya le has visto. El durmiente Azathoth, poco menos que un gigante idiotizado. Si quisiera, acabaría con todos nosotros y lo haría sin percatarse, como quien pisa una hormiga. Hasta mi señor le teme. Él estaría tan feliz de contar con una perra negra… Shigaun, la Sombra que danza en la catacumba. Todo te lo enseñaría. Este mundo no es nada. Si supieras lo que hay más allá de las estrellas, más allá de ese límite patético que llamamos infinito —El rostro de Folch se encendió de viva emoción; lo tenía a un palmo, sentía su respiración agitada—. Ven conmigo y todo esto te parecerá un juego.


Sí, están muertos. La madre y los niños. La madre está en un estado… En fin. Supongo que es irrelevante.

¿Dice que Úrsula Reiss y sus dos hijos pequeños se han matado?

Es justamente así. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Sí, es… Oh, Dios mío. Es terrible.


Todo está oscuro, pensó. Oscuro, como cuando el espíritu divino aleteaba sobre las aguas, y bastó un pensamiento. Levántate. ¡Levántate! ¿Es que vas a quedarte ahí tirado? ¡Sé un maldito hombre! Cabrón. Eres un cabrón. Malditas sean mis piernas, que me corten las manos, que me corten la cabeza de un tajo si no me levanto ahora. Levántate y corre hacia ella.

Su grito hizo que los pájaros huyeran de sus nidos en desbandada.

Era ya él. Era un hombre todavía con las zarpas largas del lobo, pero un hombre reconocible, parado sobre sus piernas, los hombros tensos y aún recubiertos de pelo y esas manos, esas manos grandes que resultaban bestiales, con uñas que cortan como puñales, esas manos se cerraban en torno al cuello de Folch, lo alzaban del suelo con una facilidad pasmosa. Se permitió mirarlo un segundo antes del apretón que lo quebró. Folch intentaba dar patadas, pero no podía. Tampoco hablaba. Era un muñequito de trapo en cuya frente refulgía el Sello de Medusa, compendiado por Maslama ibn Arabi en su obra magna Sellos o Contra al-Waswas, que Mikasa había memorizado por instrucción de Carla Jaeger. Folch le dirigió su última mirada, comprendiendo la artimaña en que había caído al acercarse a ella. ¡Perras negras! No era una ejecución perfecta —de serlo, ni siquiera podría mover los ojos—, pero era suficiente para dejarlo indefenso. Se quebró. Crac. La cabeza volcó hacia un lado. Crac. Estaba muerto. Crac. Eren respiró por fin después de días, meses, años, y lo soltó. Estaba muerto. Todo había terminado. El hombre había vencido al monstruo.

Los brazos de Mikasa lo sostuvieron cuando cayó hacia atrás y pudo ver el cielo claro que tanto tiempo había buscado.


—Eren —la escuchó decir, y estiró la mano para tocar su cara, su cara entre miles de millones, la cara por la que su cruz pesaba menos. Mikasa sonrió—. Eren, has vuelto.

—Tú me has traído de vuelta.

Aparecieron más caras y las reconoció todas. Su madre y sus amigos. Lo ayudaron a levantarse.

—Vaya nochecita —comentó Annie, que lo miraba con emoción contenida—. Estás vivo.

Eren sacó algo de uno de sus bolsillos. Abrió mucho los ojos.

—Es una cruz —señaló Armin.

—Es un amuleto de san Francisco —comentó Carla—. Como los que portaban los benandanti.


«Fallecían Úrsula Reiss, esposa de Rod Reiss, y dos de los hijos de ambos la pasada madrugada en un terrible accidente. Q. E. P. D.».

Esquela publicada en el diario Berg.


Entrada en el diario de Ilse Langnar.

«Todo el pueblo ha asistido al funeral de doña Úrsula y sus hijos. Ha resultado ser un espectáculo. Esto solo puede pasar aquí. La iglesia estaba llena y el padre no dejaba de pedir orden. ¡Nadie le hacía caso! Ahí estaban los tres ataúdes. Cerrados. Dicen que Úrsula Reiss había perdido la cara en el accidente, y en cuanto a los niños… Pormenores morbosos. La muerte, por muy horrible que sea, es igual para todos. El caso es que el griterío y los llantos se detuvieron cuando el viudo hizo acto de presencia. También yo lo seguí con la mirada como quien sigue el paso de una procesión. ¿Cuántas pastillas necesita un hombre para mantenerse firme frente a los cajones que guardan los cuerpecitos destrozados de sus hijos? Pero Rod Reiss no es un hombre normal. Todos lo sabemos. Éramos como un puñado de obreros abriendo paso al patrón, que, agarrado al brazo de su hija —la ilegítima, la que estuvo perdida—, se dirigió al cura y le dijo algo que no pudimos escuchar. Luego se sentó y entonces agachó la cabeza derrotado para ya nunca volver a levantarla. Todos callamos: entendimos la tragedia de un hombre profundamente culpable».


Después de podar los rosales, Carla entró a la casa y encontró a Bribón sobre el regazo de Willy Tyburn, que lo acariciaba mientras veía la televisión.

—Señor Tyburn —lo llamó, pero no obtuvo respuesta. El vampiro estaba absorto en un partido de baloncesto—. Podría llamar a la puerta, como las personas normales. Ya es la quinta vez que lo encuentro aquí.

Willy se disculpó.

—Venía a ver a su hijo.

—Ya vino a verlo hace dos días.

—Bueno.

Carla esgrimió una sonrisilla. Fue a la cocina y preparó dos tés. Escuchó a Tyburn celebrar un triple.

—Señor Tyburn —lo llamó nuevamente—, puede venir siempre que quiera. No es bueno que esté solo en el bosque. La soledad vuelve locos a hombres y vampiros.

—Tiene usted tanta razón. Perdone que no llame a la puerta. ¡No he visitado a nadie en siglos!

—Entiendo —Carla le ofreció una taza y se sentó junto a él—. Es absurdo que sigamos tratándonos de usted después de todo lo que ha sucedido.

—Es cierto, Carla —asintió él—, pero lo hago por respeto. Dudo que te guste hablar con un vampiro.

—Te despreciaba, como a todos los demás vampiros, pero nunca es tarde para reflexionar. Si no fuera por ti, mi hijo estaría muerto. Las puertas de mi casa están abiertas. Eres una compañía interesante.

—Para una perra negra, desde luego.

—Somos gente extraña.


Tampoco la periodista logró perturbar su calma. Erwin caminaba por las calles, todo sonrisas y buenas intenciones, daba caramelos a los niños, consejos a los jóvenes y conversación a las ancianas. Y el brazo no le picaba.

¡Había mucho trabajo por hacer! Aquel verano de locura había tenido un desenlace terrible —que Dios guardase a Úrsula y sus hijos—, pero el ambiente ya no estaba cargado. Lo sabía por los grillos. No habían cantado en todo el verano. Ahora volvían a hacerlo. Él volvía a ser el de antes. Volvía a regañar a quienes tirasen basura a la acequia. Era el alcalde Smith.

—Eh, manco. —Kenny Ackerman estaba fumando en la puerta de su casa—. ¿Qué se te ha perdido por aquí?

—Nada, señor Ackerman. Solo paseaba.

—Está bien. Pasear. Un brazo es poco si lo comparamos con una pierna, ¿eh? Me recuerdas a tu padre. Pues circula, presidente.

—¿Está usted bien, Kenny?

—¿Yo? Perfectamente. En realidad, no. Estoy bien jodido. Ya sabe usted por qué. Claro que lo sabe. ¿Quiere un cigarro? —Se lo ofreció y Erwin lo aceptó. Kenny se echó a reír—. Estoy jodido, chico, pero no importa. Todos lo estamos. Por fortuna, el tiempo pasa para todos.

—Siento oír eso.

—Pasa a saludar a mi familia.

—No es necesario. Me quedaré aquí con usted.

—Pues es estúpido. Ellos son mucho más interesantes que yo. ¡En fin! Que se la cuenten como quieran, mancalde, pero es usted un tipo estupendo. Haga el favor de presentarse a las próximas elecciones. No deje que ese borrachín de Hannes ocupe su lugar. Que Dios nos pille confesados.

—¿Puedo contar con su voto?

—¡Pues claro! Y también con el de Samuel. ¡Eh, hermano, mira quién está aquí!

Samuel saludó. Llevaba la ropa de tenis, el macuto y la raqueta.

—¿Va al polideportivo? —preguntó Smith.

—A jugar con el pastor. ¿Queréis venir?

—Claro que no —respondió Kenny—. Preferimos fumar, beber y hablar de mujeres. ¿A que sí, Smithy?

Samuel se despidió. El alcalde lo vio alejarse calle arriba.

—¿Y su sobrina?

—¿Por qué pregunta?

—A veces la veo en casa de Carla Jaeger.

—Ah, sí. Cosas de jóvenes. Ya sabe. Bueno, no, no sabe. Dudo que alguien sepa lo que ronda por la cabeza de esos dos. Mi sobrina y el novio. Ya sabe… Gente extraña. Este pueblo siempre ha estado lleno de gente rara, como su padre. Ah, el viejo Bobby.

—Mi padre era raro, sí.

La periodista del demonio le había preguntado por él y Erwin no había respondido. Tenía la biblioteca de su padre cerrada con llave. Era su templo personal.

—Bueno —carraspeó Kenny—. Sea lo que sea, ya todo ha pasado. O eso espero… ¿No lo notas?

—Todo está más tranquilo.

—Y eso que seguimos teniendo un asesino por ahí. O eso dicen.

—Eso dicen —asintió Smith.

—Y los dos sabemos que nunca encontrarán a nadie. Que ya no hay nada, como tu dichoso brazo. —Kenny prorrumpió en carcajadas.


Rod no hablaba. Temían dejarlo solo y que hiciese una locura. Frieda lloraba todo el día. Abel se había ido. Ulklin había llegado. La devastación se notaba en todas partes y en cada esquina acechaba un fantasma, el de Uri, el de Úrsula. Historia no podía dormir allí; pasaba las noches en casa del cura, junto a Ymir, y visitaba a su padre y sus hermanos todas las mañanas. Rod seguía mudo. Frieda no pudo soportar su silencio y le gritó cuanto quiso; lo habría abofeteado de no ser por el mayor, Ulklin, recién llegado de quién sabe dónde. Llevaba años ausente. Ni siquiera saludó a Historia; ella tampoco lo saludó a él. Solo le dirigió la palabra a la hora de la comida: «Pensaba que prepararías algo». E Historia tomó las pocas cosas que le quedaban allí, se despidió de su hermana y de su padre y salió de la casa. Ymir la esperaba en la furgoneta.

—¿Nos vamos ya?

Historia cerró la puerta y evitó mirar por el retrovisor.

—Sí. He terminado. Ulklin ya me lo ha dejado claro. No soy bienvenida.

—Tienes una familia de mierda, amor.

—Mi familia eres tú.


La idea de separarse al término del verano les resultaba tan espantosa que se habían propuesto apurar cada minuto de la mejor manera. Solos, juntos, desnudos. A veces reían, otras lloraban. No sabían muy bien por qué. También estaban encantados de conocerse. Y de reconocerse. Jamás moriría el calor de aquellos meses: viviría en ellos como fuego en la sangre. Toda rémora había desaparecido. Retomaban como debieron comenzar. Ahora sí: perdían la noción del tiempo al hacer el amor, que es la única forma de hacerlo. Temblando, olvidando hasta el propio nombre, llenándose la boca del otro.

Los días se habían sucedido sin tregua tras el funeral de Úrsula y los Reiss. Así es la muerte en Shigansina, un evento multitudinario. El bar se llena antes, durante y después. El asunto de los niños era especialmente doloroso. Los más viejos decían: «Antes, cuando el crío moría, se le paseaba por todo el pueblo en su cajita de pino». Los dos ataúdes estaban ahí, uno a cada lado del más grande. Dales, Señor, el descanso eterno. Dales, Señor, el descanso eterno… Pero lo que perduraría en la memoria de los asistentes fue que el hijo tenista, Abel, se presentó borracho y lanzando blasfemias. Lo tuvieron que agarrar entre cuatro; Eren fue uno de ellos. Abel lo reconoció y dejó de retorcerse. «Tú», lo escucharon murmurar. «Tú me ganaste…».

Al cabo, la muerte se retira a sus tenebrosos aposentos y la plaza se llena de jóvenes y de puestos. Allí se les pudo ver. Si uno tomaba la decisión de seguirlos discretamente, los atraparía virando hacia una calle solitaria. Y se perdían sin que nadie pudiese encontrarlos. El alcalde los observaba alguna que otra vez. ¿Qué dirían ustedes que estaba pensando? ¡Quién pudiera volver a ser joven!


Miau.

—Bribón, cállate.

Miaaau.

—¿Qué hora es?

—Todavía es de noche. —Eren se levantó entre bostezos y abrió la ventana para que el gato se marchase—. A este bicho solo le gusta trasnochar. Quiere salir por mi ventana cuando la de mi madre siempre está abierta.

—Viene a despedirse.

—Entra para verte a ti. A mí ya no me quiere, el condenado gato.

La fresca imperaba en la noche. Mikasa protestó desde la cama. Me da frío, decía. Eren se inclinó sobre ella; sendas sonrisas en sus caras que se desvanecían al acercarse las bocas siempre ávidas. La verdadera memoria está en los labios: quien ama lo sabe.

—¿Crees que tiene novia al fin? —preguntó Eren.

—¿Quién?

—El gato.

—Quién sabe a dónde va. Ya no me preocupo por los animales que se escapan de esta casa —deslizó Mikasa—. Suelen regresar.

—Todavía enfadada por lo que pasó. —Eren suspiró—. Algún día recordarás este verano como el mejor de tu vida.

—Ese día es hoy, y mañana, y pasado mañana.

Mikasa lo besaba por toda la cara. Sus enfados con él eran así. Nunca habían vivido un verano tan húmedo. El sexo viajaba raudo en las miradas cuando estaban con los amigos, cuando las rodillas se tocaban por debajo de la mesa, cuando a puerta cerrada la soledad se convertía en la más sublime de las compañías. De la cama no se deja de aprender: cuando se cree saber lo suficiente, de pronto el gemido adquiere un color distinto, una entonación nueva, unas veces es la «a», otras veces es la «o», y en no pocas ocasiones hay que llevarse las manos a la boca para contener el pandemónium del sexo, cuando no se existe más allá de los ojos, las manos y la cintura para abajo. Hazme el amor, decía ella y volvía a besarlo, y sus piernas se abrían para él. La sentía agitarse; bastaba una visión para volverlo loco, la de su pecho henchido, las clavículas detrás de la piel blanca, el cuello liso que caía hacia atrás. Te quiero, decía ella, y Eren se lo devolvía, y así pasaban las noches, inventando formas nuevas, buscando una expresión certera sin rendirse: porque el amor no cabe en dos palabras, para disgusto de los poetas, y quizá tampoco en una vida.


El gato Bribón se despide de su amo y se interna en el bosque. Hay más como él; los encuentra trepados a los árboles, en los arbustos, jugando o lamiéndose las patas. Algunos tienen casa y llevan un cascabel colgado del cuello; otros no son de nadie y viven de las sobras y la caridad. Esa noche es distinta: está solo. Nadie responde a sus maullidos. El lomo se le bufa. Sus sentidos gatunos lo alertan de algo. Hay algo en el bosque. Algo que no debería estar ahí ni en ninguna otra parte. Es el Árbol Negro del que huyen hasta las culebras. Bribón le enseña los dientes; la presencia es desbordante y mora más allá de la grieta en su corteza. Es antiguo y ha perdido. Bribón retrocede con el rabo entre las patas. Juzga la situación sabiamente, como todos los mininos, y decide volver al amparo de su amo, a la casa donde se juntan las brujas, los lobos y los vampiros.


FIN.

Aquí concluye el presente fanfic. Ya puede comentar. ¡Nos vemos pronto! O eso espero...