Hola :)
Perdonen el retraso, he estado algo ocupada con el trabajo :P
Estoy muy contenta, porque con éste capítulo, también actualizo la portada de ambos Fanfics de Anna y Minos, con imágenes elaboradas por Yagami Emily, una artista digital muy hábil, que supo darle forma a la idea que tengo del juez y la monja. En mi perfil dejo su Facebook por si les interesa pedirle una comisión :3
Pasando al fanfic:
*Respecto al concepto de "periodo de servicio" de los jueces. Mi teoría es que, los humanos/vasijas de los espectros, no se quedan así todo el tiempo, sino que, cuando termina la guerra santa, son liberados, si es que no murieron. En cuanto a los tres líderes, estos espectros tienen la capacidad de manifestarse con formas etéreas o físicas, pero sólo en el inframundo. Para salir al exterior e iniciar una nueva guerra, deben ocupar un portador de su línea de sangre.
*Sobre el matrimonio de Minos y Anna. Decidí escribir algo corto y conciso, sin divagar demasiado y por conveniencias para el avance de la trama, así que no se tomen en serio nada de lo que lean aquí, es puro invento mío, ya que no tengo el tiempo necesario para investigar el contexto histórico de las bodas griegas.
Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía xD
Sobres sus comentarios:
WienGirl: Efectivamente, no quería dejar solos/muertos a los otros dos jueces. Aunque son secundarios en el fanfic, también me caen bien para darles una oportunidad con sus parejas. Respecto al matrimonio de Anna y Minos, era necesario y claro, ninguno está de acuerdo, pero ni modo, esto continuará en marcha. Gracias por leer.
Leyla: Aquí se resuelven algunas de tus dudas y sí, el matrimonio tomó a todos por sorpresa. Aquí mencionaré lo del periodo de servicio y por fin Minos y Anna volverán a coger cariño jaja. Gracias por leer.
Natalita07: Tienes razón, Minos recibió una noticia no muy agradable, pero ni modo, tiene que casarse con Anna. Aquí verás lo que acontece con la pareja y aunque el juez sea un maldito, no deja de tenerle ciertas consideraciones a la monja. Aún falta para lo del bebé, pero voy a acelerar el periodo de embarazo para no entrar en tantos detalles, porque si no, se alarga mucho esto. Gracias por leer.
Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P
Capítulo XVIII
Isla de los Curanderos, al día siguiente.
Elina llegó temprano de visita a la casa de Anna, ayer se había quedado preocupa por la extraña "alucinación" que tuvo y que le hizo desmayarse. Cuando volvió a la vigilia, la joven le dijo que no se preocupara y que mañana le explicaría todo, así que ella regresó a su hogar sin estar segura de lo acontecido. Pero tenía el presentimiento de que aquello fue real y que en verdad vio a un espectro de Hades.
Ingresó al patio luego de cerrar la verja de la calle y tocó la puerta principal, esperando paciente a que Anna le abriera, esta vez no se confiaría entrando directamente al domicilio, a pesar de que la joven le dijo que podía hacerlo. No fuera que hubiese otra sorpresa inquietante.
—Buenos días Elina— le sonrió, invitándola a pasar.
—Gracias y perdone mi impaciencia, señora Anna, pero necesito que me diga si lo que vi ayer fue sólo mi imaginación o no. —
La otra mujer suspiró, mientras ambas iban a la cocina para tomar el desayuno.
—Sí Elina, tal y como te lo confesé antes, a quién viste ayer, fue al juez del inframundo Minos de Grifo— le sirvió té caliente en una taza. —Ya me habían dicho que vendría a visitarme para hablar conmigo, ya sabes, acerca del tema que te platiqué sobre iniciar un pequeño negocio. —
Elina estaba al tanto de que Anna deseaba invertir en un local de ultramarinos y apoyaba dicha idea, pero también sabía que sería complicado llevarla a cabo, ya que no era normal ver a una mujer sola trabajando y menos si era forastera. Ella no se preocupaba por algo así, ya que toda su vida había estado en la isla y mensualmente sus hijos mayores le enviaban dinero desde la capital luego de quedar viuda hace tres años.
—Por Athena, no puedo creerlo, es un espectro muy intimidante por lo que alcance a ver— bebió un poco de la infusión. —¿En verdad no estamos en peligro, él no desea atacarnos? —
Anna negó con el rostro, mientras comía de una hogaza de pan.
—No, te prometo que no te hará daño, ni a ti, ni a nadie del pueblo. La guerra santa terminó y él volvió a su puesto de juez en el inframundo, pero… yo sigo siendo su concubina y éste bebé es su prioridad… —
—Señora Anna, yo no sé qué decir… —
—No es necesario que digas algo, yo entiendo que es complicado el asunto y lo que en verdad me importa, es tu apoyo emocional— le sonrió levemente. —No hay nada que yo pueda hacer respecto a sus órdenes y como no deseo morir, ni volver a ser esclava en aquel horrible lugar, estoy dispuesta a continuar adelante… incluso si tengo que casarme con él. —
La mujer mayor abrió los ojos en grande.
—¡Por los dioses, ¿Es en serio?, ¿Él vino a decirle eso?! —
—Sí, todo es real, Minos sabe del problema que representa mi "soltería", así que la solución más simple es casarse conmigo, presentarse como mi esposo ante los demás, para que yo tenga vía libre de hacer lo que quiera sin que me vean como bicho raro. —
Elina tomó un pedazo de pan y comió en silencio, analizando la confesión. Sin lugar a dudas, esto era una revelación inquietante, aunque no se diferenciaba demasiado de lo que sucedía cotidianamente en aquella isla o en los demás territorios griegos. Las complicadas tradiciones que dominaban en aquella sociedad de esa época, siempre habían mantenido restringidas a las mujeres, siendo sometidas a matrimonios arreglados, sumisión ante los hombres, señalamientos, falta de libertades, etc.
—Yo comprenderé si deseas poner distancia conmigo— prosiguió la joven. —No puedo obligarte a que me acompañes, pero sí tendría que pedirte que nunca digas nada al respecto, porque el juez lo sabrá y no quiero que tu vida corra peligro. —
La otra sonrió y luego negó con suavidad.
—Ya estoy vieja como para asustarme por estas cosas— extendió su mano para estrechar la de Anna. —No se preocupe, sigue contando con mi apoyo— se puso de pie y se acercó para abrazarla maternalmente.
Los ojos de Anna se empañaron, mientras correspondía al abrazo. Al menos ahora tenía la seguridad de que Elina se mantendría a su lado a pesar de todo y eso era un gran soporte emocional para ella.
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Tribunal del Silencio, mediodía.
Aiacos estaba en su escritorio, dictando sentencia a las almas recién llegadas. De pronto, escuchó algo de alboroto y cuando desvió la mirada hacia el vestíbulo, vio que Minos iba entrando con un gesto bastante enojado, mientras pateaba a los soldados Skeleton que estaban en su camino y empujaba sin consideración a los muertos que esperaban su turno.
—Oye, que humorcito te avientas— sonrió burlón el juez Garuda. —Si maltratas al personal, no te quejes de la desorganización de almas. —
—Cierra la boca— gruñó Minos, tomando asiento en su trono. —Tú matabas por aburrimiento a cuanto tipo se te ponía enfrente o te miraba raro, así que no me vengas con estupideces sólo porque pateé a unos cuantos. —
—¿Qué pasa contigo?, se nota que te falta recurrir a tu mano amiga. —
—¿Quieres que te rompa los huesos? — amenazó el ministro, mientras se sobaba las sienes. —El maldito espectro estuvo molestándome anoche y casi no pude dormir. —
Aiacos chasqueó los dedos hacia una monja oscura que se mantenía quieta en una esquina, junto a una mesita con comida y bebida.
—Dale una infusión de sauce blanco— ordenó a la sirvienta. —¿Y porque anda de mal humor el Grifo? — quiso saber.
—No es de tu incumbencia— masculló, sintiendo un leve dolor en la frente.
La sirvienta le entregó el extracto y él se lo bebió de inmediato.
La bestia mitológica estuvo incordiándolo por largo rato luego de su visita a Anna. El motivo fue porque no se quedó para follarla, siendo que era un antojo de muchos días atrás. Sin embargo, Minos se había puesto de muy mal humor debido a la frustración de tener que cumplir el mandato de casarse y también por la interrupción de Elina. Como castigo, el Grifo le provocó insomnio por largas horas.
Al menos no lo había obligado a volver en contra de su voluntad, controlándolo como su títere, lo que hubiera sido contraproducente. Fue hasta la madrugada que le permitió reposar, pero el cansancio era notorio ahora, además del dolor de cabeza.
—Francamente, te compadezco— dijo Aiacos, sin inmutarse ante su mala contestación. —Pero no creo que te sea tan difícil complacerlo, ¿Qué es lo que quiere? —
—No te importa— gruñó de nuevo. —Dame de comer, rápido— le ordenó a la monja.
Y, sin importarle que hubiera almas esperando, el juez se puso a devorar la comida que le sirvieron. Aiacos no insistió, prosiguiendo con las sentencias. Ya sabía que más tarde podría sacarle la verdad a su compañero, después de todo, realmente no le caía mal y sólo era cuestión de agarrarle el modo.
…
Oficina de los jueces, por la tarde.
El flujo de almas bajó y ambos hombres estaban tomándose un respiro. Luego de que Minos desayunó, se mantuvo ocupado con los registros de las almas a la par que Aiacos y así fue durante todo el día, sin decir absolutamente nada más de lo necesario, siendo bastante obvia su irritabilidad hasta ese momento.
—Rayos, que asco de vino— se quejó Aiacos, arrojando la botella contra el muro cercano. —Tú, trame otra botella de la cava, pero que sea vino tinto de buena cosecha— le ordenó a otra monja, quien de inmediato se marchó.
—Deja de ser tan idiota, si no te gusta lo que hay, trae tu propia reserva de licores— le reprochó Minos.
—Vaya, sigues malhumorado, ¿Ya me vas a decir el motivo? —
—¿Por qué debería hacerlo?, no somos amigos— el juez terminó de firmar unos pergaminos y luego botó la pluma sobre la mesa. —Ocúpate de tus asuntos y déjame en paz. —
Aiacos se cruzó de brazos y lo miró con seriedad.
—No somos amigos, pero somos compañeros en esto y me avisaste sobre Violeta, así que realmente no tengo motivos para que me desagrades tanto… estoy dispuesto a escucharte, créeme, funciona el hablar con alguien más aparte de ti mismo. —
Minos rodó los ojos, pero accedió, puesto que en realidad sí necesitaba algo de desahogo después de tanto estrés y fastidio que le provocaba el espectro. Y dado que éste parecía estar ausente, decidió que hablaría un poco.
—Bien, te lo diré… —
Resopló largamente, para luego soltar todo, o al menos lo más general acerca de Anna y las exigencias del Grifo, incluyendo lo de Alone y el matrimonio forzado. Su homólogo lo escuchó paciente, sin decir nada, excepto por algunos gestos desconcertados que hizo. Cuando finalizó, Aiacos habló con calma.
—Eso explica muchas cosas y el motivo de que Wyvern y Garuda no confiasen en él— tomó su nueva copa de vino y bebió un poco. —Pero en verdad me sorprende saber que te ha obligado a tanto, aunque claro, comprendo lo de tu familia, que bueno que aún los tengas a todos, pero sí, está muy jodido saber que aún te amenaza y que todo depende del bienestar de la mujer y el bebé, ¿Y qué hay de ella, aceptó el matrimonio? —
—No le queda de otra, si hace lo que le digo, no la devolveré al inframundo y le daré lo que necesite— exhaló aburrido, mientras comía unas cerezas. —Me molesta tener que seguir con esta estupidez, estoy harto de ser juez y lo peor es que no sé cuánto tiempo más durará, según Alone, es un periodo de servicio que finalizará, pero no me dijo cuándo. —
Aiacos dejó su copa sobre la mesita del centro y miró a su compañero fijamente.
—Yo sí lo sé, Garuda me compartió bastante de sus memorias, supongo que no le importaba revelar una que otra cosa prohibida— comenzó a explicar. —Nosotros, como vasijas humanas de los líderes, estamos obligados a hospedarlos en nuestro interior y pelear en la guerra santa hasta la muerte, cosa que ya sucedió de cierta manera, pero, lo que no nos dicen, es que existe una cláusula para cuando sobrevivimos. —
El portador del Grifo prestó completa atención a lo que decía su compañero, bastante intrigado ahora.
—Ésta es que, si el dios Hades pierde la guerra, él regresa a descansar a los campos Elíseos junto con los dioses gemelos. Mientras que, en el inframundo, la autoridad completa queda en manos de los tres líderes mitológicos hasta la próxima conflagración. Pero, antes de eso, debe finalizar el periodo de servicio que nos vincula a ellos, el cual dura diez años a partir del momento en que nos convertimos en jueces. —
—Faltan cinco años— murmuró Minos, sorprendido.
—Así es, se supone que, al terminar dicho ciclo, los espectros nos liberan y podemos regresar a nuestras vidas normales, si es que aún queda algo de ellas, y claro, con la forzosa orden de haber engendrado descendencia sí o sí— volvió a tomar su copa para beber. —Y es que, en el pasado, la mayoría de nuestros predecesores murieron en batalla, por lo que casi no se sabe nada de esta cláusula. —
Se hizo un repentino silencio.
El juez principal asimilaba la información con algo de incredulidad, cinco años aún era bastante tiempo, pero el hecho de poder ser libre y recuperar su vida normal, era un incentivo para soportarlo. Y ahora le quedaba más en claro las cosas y porqué el Grifo no quería decirle nada. Esta información era confidencial, manejada únicamente por los líderes y Hades, mientras que, a los humanos anfitriones, se les dejaba en la ignorancia.
—Tengo una duda— Minos terminó de comerse el último fruto. —Grifo mencionó que sus hermanos volverían, ¿Tienes información acerca de eso? —
El otro negó, haciendo un gesto meditabundo.
—La única información que tengo, es que, la Torre Masei tiene un sello especial de Athena, el cual evita que los espectros puedan ir al mundo de los vivos sin un anfitrión humano una vez que perdieron la guerra santa. Si no me equivoco, Alone encerró ahí a Garuda y Wyvern, para que no le estorbaran. Pero eso no quiere decir que no puedan regresar aquí, al inframundo, puesto que deben retomar sus puestos cuando el periodo de servicio termine. —
—Ya veo— Minos se desperezó y se puso de pie. —No pensé que diría esto, pero te agradezco la charla, al menos ya no me siento tan frustrado. —
—Bien por ti, salud— terminó su bebida.
Momentos después, ambos dejaron el edificio.
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Cuatro días después.
Ya estaba anocheciendo cuando Byaku ingresó al Tribunal con paso lento, tomándose un breve respiro antes de entregar su reporte al juez. Había estado bastante ocupado esos días, puesto que se la había pasado yendo de un lugar a otro, haciendo todo lo que le ordenó Minos tras visitar a la mujer. Anduvo en Atenas, revisando el tema del matrimonio previo de Anna para anular dicho enlace si aún existía. De esta manera se evitaría cualquier contratiempo legal cuando se casara con la monja.
Eso no fue tan complicado, ya que, sobornando a las personas adecuadas y lavándoles un poco el cerebro con sus habilidades de espectro, logró verificar que el documento original, ahora estaba actualizado con un registro de defunción en donde aparecía el nombre de la joven. Por lo tanto, no era necesario hacer algo más, ya que la consideraban muerta. Ahora que era "libre", y como no la conocían en la isla, fácilmente podría casarse con el ministro y tomar su apellido.
Asimismo, tuvo que ir a la oficina del magistrado local en la isla y averiguar los requisitos necesarios para la boda civil y religiosa. Posteriormente, hizo los trámites y pagos solicitados, dejando todo listo, incluyendo una fecha muy cercana para la ceremonia. Y, finalmente, también tuvo que ocuparse de algunas cosas extra que le solicitó el juez, como indumentaria formal, un carruaje y dinero en monedas de oro y plata.
Llegó ante Minos y procedió a dar el informe completo de todas sus actividades. Éste lo escuchó en silencio, sentado todavía en su trono, mientras Aiacos ordenaba los libros en el almacén.
—Ya está todo preparado como lo ordenó— explicó el subordinado. —Pero hay algo más, en la isla veneran a la diosa Athena, por lo que las ceremonias religiosas implican un juramento frente al altar de la deidad, ¿Piensa llevarla a cabo? —
Minos se recargó contra el respaldo de su asiento y entrecruzó los dedos de las manos, a la vez que soltaba un suspiro aburrido.
—No puedo hacer ese tipo de juramento, Athena no es mi diosa, así que la ceremonia religiosa no se hará. Es suficiente con el matrimonio civil, una vez que Anna reciba mi apellido y el chisme se esparza por el pueblo, será suficiente para que pueda hacer lo que quiera, ¿Qué fecha conseguiste? —
—Mañana, a medio día— respondió Byaku.
—Vaya, que rápido— sonrió divertido el juez. —¿Ya le avisaste a Anna? —
—Aún no, pero lo haré tan pronto regrese a la isla, ¿Desea que me ocupe de algo más? —
—Nada más, sólo ten listo el carruaje temprano en la salida del bosque— hizo un ademán con la mano, indicándole que ya podía marcharse.
Nigromante se retiró y Minos se puso de pie con intenciones de irse también, pero el tono bromista de Aiacos lo detuvo.
—Te noto "muy emocionado" por tu boda, deberías calmarte un poco— se expresó divertido, asomándose desde el almacén. —Además, no he recibido mi invitación todavía. —
—¡Cállate, no hago esto por gusto! — gruñó irritado. —Además, necesito que te encargues de todo aquí, voy a estar fuera todo el día— finalizó, bajando las escaleras rumbo a la salida.
El juez Garuda se rio un poco más y luego regresó a sus actividades, deseaba terminar rápido para irse a descansar. Sabía que mañana sería un poco pesado el trabajo al quedarse solo.
…
Minos iba caminando por uno de los senderos solitarios, pensando si todo esto valía la pena. Es decir, aún faltaban cinco años para poder librarse del espectro y no estaba seguro si eso era viable. Además, tener que estar pendiente de Anna y el bebé, era otro tema que no sabía cómo asimilar. Ser esposo y padre no representaba nada para él, al menos no por ahora.
Si bien, la idea de conservar a la mujer como amante, sí le convencía, no era lo mismo con un niño. Jamás imaginó que tendría que ocuparse de algo así. No porque no lo deseara, sino por la forma en que se dieron las cosas. Como había dicho antes, las circunstancias actuales modificaban mucho su panorama y él no se sentía cómodo con eso de cuidar a un crío.
De pronto, el cosquilleo en su cabeza lo hizo fruncir el ceño.
≪ Deja de divagar en tonterías ≫ habló el Grifo. ≪ Tú no tienes que criar directamente al bebé si no te interesa, sólo asegúrate de que la mujer tenga todo lo necesario para hacerlo, además, puedes buscar a otras hembras, nunca está demás asegurar segundas ramas genealógicas. ≫
El hombre rodó los ojos y resopló molesto.
—Tenías que aparecer nuevamente, bestia idiota— masculló. —¿Ahora qué me vas a ordenar? —
≪ Ya sabes lo que quiero, tengo demasiado apetito ≫ se relamió con malicia.
—Mañana iremos con Anna— confirmó el juez. —Y, de una vez te digo, no me interesa buscar más mujeres por el momento, así que abstente de tus estúpidas recomendaciones. —
La bestia soltó una sonora carcajada.
≪ Escucha Minos, no te lo dije antes porque pensé que no sobrevivirías al finalizar la guerra, pero ahora que las cosas quedaron más o menos pasables, te lo dejo en claro: Una sola cría no es suficiente ≫ explicó el espectro con descaro. ≪ Si no buscas más hembras, entonces Anna deberá darte más hijos… y a mí me agrada bastante la idea ≫ volvió a reírse con un dejo de perversión.
El rostro de su portador se transfiguró en disgusto y frustración. La idea de que el espectro lo viera sólo como un medio físico para engendrar se le hacía cada vez más desagradable. Escupió algunas maldiciones en su lengua madre, al mismo tiempo que se pellizcaba el puente de la nariz. No obstante, prefirió quedarse callado e ignorar sus palabras. Abrió las alas y levantó el vuelo rumbo a su residencia.
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Al día siguiente, por la mañana.
Isla de los Curanderos.
Era temprano cuando Minos atravesó el pasaje que conectaba hacia la isla. Posteriormente, se dirigió a la salida del bosque donde Byaku, vestido de cochero, ya lo esperaba con el carruaje y las monturas.
—Bienvenido señor, su traje y el dinero se encuentran en el interior— hizo una inclinación, mientras abría la puerta de la carroza.
El juez chasqueó los dedos un par de veces, haciendo que su Sapuri lo abandonara, para luego tomar su forma objeto. Éste volvió a vibrar, transformándose en algo etéreo que se fusionó a su espalda, asemejándose a un tatuaje negro. Esta era la manera más práctica de tener su armadura siempre a la mano, pero sin que fuera algo visible cuando salía al exterior.
—Vamos a la casa de Anna— subió al vehículo.
Nigromante cerró la puerta y de inmediato tomó su lugar como conductor, azuzando a los caballos para marchar rumbo a la villa, la cual no estaba lejos, ya que rápidamente alcanzaron el camino que llevaba directo a la entrada.
Minos revisó un pequeño cofre de madera ubicado sobre uno de los asientos, el cual contenía suficientes monedas para gastos extra o lo que se necesitase de último momento. Luego su atención se desvió a las prendas perfectamente dobladas que permanecían a un lado. Así que procedió a cambiar su indumentaria para vestirse más acorde a la ocasión.
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Anna se había despertado muy inquieta.
Ayer por la noche, recibió la visita rápida del espectro que la vigilaba, para decirle de sopetón que hoy se casaría con el juez.
—Escucha, ya está todo listo para que mañana contraigas nupcias con el señor Minos, así que prepárate, dile a la otra mujer que se mantenga lejos y no intentes nada raro— le advirtió.
Esa tremenda sorpresa dejó a la joven un poco alterada, pero también era consciente de que no podría evitarlo. Después de que Byaku se fuera, le avisó a Elina que no viniera a visitarla para nada y aunque la mujer mayor se mostró desconfiada, aceptó hacerle caso.
Soltó un largo suspiro, despabilándose para ir a tomar una ducha rápida. Momentos después, bajó a la cocina para desayunar.
…
Estaba terminando de recoger los trastos cuando escuchó el sonido de caballos y pesadas ruedas deteniéndose frente a la casa. Sintió un escalofrío cuando se asomó por la ventana y vio al espectro de Nigromante fungiendo como chófer de una elegante carroza. En ese instante, supo que el momento había llegado.
—No puede ser, venir de esta manera llamará demasiado la atención— dijo Anna, mientras se encaminaba a la entrada principal.
Byaku descendió de su lugar y procedió a abrir la puerta del vehículo, manteniendo un gesto impasible ante las miradas curiosas de unas cuantas personas que caminaban al otro lado de la calle. Era evidente que ahora sí tendrían un motivo de peso para hablar de Anna.
El juez apareció y con paso elegante bajó del carruaje, denotando un porte aristocrático que incluso sorprendió al subordinado, ya que no lo había visto ataviado con algo diferente que no fuera su Sapuri, ni con el cabello recogido en una coleta baja.
—Espera aquí, hablaré con ella— ordenó Minos. —Después iremos a la sastrería. —
—Como diga, señor— confirmó, mientras lo veía atravesar la portezuela de la verja y caminar hacia la casa.
La joven escuchó un par de toquidos justo antes de alcanzar la puerta. Se detuvo un instante y respiró hondo, era momento de enfrentar esta situación y, ocurriese lo que ocurriese, no había marcha atrás.
—Vamos Anna, tú puedes con esto— meditó, al mismo tiempo que soltaba el aire.
Abrió lentamente, no sabiendo qué se iba a encontrar de frente, ya que suponía que Minos no se presentaría como un espectro a plena luz del día.
Sin embargo, la inesperada estampa del hombre, la enmudeció por completo: Vestía con un pantalón y chaleco en elegante color púrpura, su camisa, de seda, era muy blanca con olanes en las muñecas y un cravat violáceo alrededor de su cuello, perfectamente anudado. Encima traía una chaqueta larga, también de tono granate, con todas las orillas bordadas en hilo de oro, trazando complejos y llamativos patrones. Finalmente, las calzas blancas y los zapatos negros con brillantes hebillas, daban el toque final a su imponente presencia.
Anna jamás pensó que alguna vez vería al juez portando semejante atuendo que, junto con su cabello plateado recogido, dejaba en claro que era un hombre poderoso en más de un sentido. No sólo físicamente por ser un espectro de Hades, sino también por su estatus social y poder adquisitivo. Si anteriormente ya había reconocido que Minos era atractivo, ahora no sabía cuál palabra usar para acentuar dicha característica.
—Veo que te agrada mi nueva apariencia— le sonrió con travesura. —Pero, ¿Me vas a dejar aquí, esperando en la puerta? —
La joven parpadeó lento, con la boca semi abierta, distrayéndose sin querer con lo que veía, al mismo tiempo que un inesperado rubor le teñía el rostro.
—Lo… Lo siento, p-pase por favor— dijo nerviosa. —Q-Quiero decir… pasa por favor— se tropezó con las palabras.
Él ingresó a la estancia, dejando un sutil, pero agradable, aroma en el aire. Cosa que la mujer apreció de inmediato, puesto que conocía esa fragancia. Se trataba de sándalo, un perfume de los más caros y populares que existían en el mercado. Percatarse de éste detalle la hizo inquietarse aún más, ya que ahora estaba presenciando otra faceta del hombre, una que jamás imaginó contemplar y que, muy a su pesar, le llamaba la atención.
Después de cerrar la puerta Anna se acercó, dispuesta a escuchar y aceptar lo que tenía que decir. Pero le fue imposible controlar sus ojos, los cuales recorrieron una vez más toda la figura de Minos, recreándose con su distinguida estampa e incluso, con aquella blanca y ladina sonrisa, la cual insinuaba muchas cosas.
—Acércate mujer, ya sabes que no muerdo— la miró divertido, complaciéndose de la expresión asombrada en su rostro. —Byaku te dijo que hoy nos casaríamos, ¿Cierto? —
—S-Si me lo dijo… es sólo que, aún me cuesta aceptarlo… —
El ministro acortó la distancia entre ambos y con un brazo le rodeó la cintura, sobresaltándola cuando la atrajo hacia él.
—Escúchame bien, Anna— le acarició el cabello con la otra mano. —No pienso fingir algo que no soy y tampoco deseo interpretar un papel que no me convence del todo, ya que también estoy siendo obligado a hacer esto. Por lo tanto, no quiero preguntas, no quiero protestas y siempre ten presente que, sigues siendo mi linda marioneta, ¿Me explico? —
Ella asintió despacio.
—Sí, lo comprendo. —
—Entiendo que no aceptes esto y lo único que puedo hacer para facilitarte las cosas, es asegurarte que tú y el bebé estarán bien, no les faltará nada, tendrás lo que quieras en cuanto a recursos y podrás ir y venir en la isla, e incluso más adelante podría permitir que salgas a otros sitios, pero siempre estarás vigilada— la tomó del mentón, observándola fijamente. —Y creo que no es necesario repetir que te quiero disponible cuando yo lo desee. —
Ella tragó saliva con fuerza, sin poder dejar de mirar sus ojos amatista. Minos continuaba siendo un demonio inquietante que, sin mesura alguna, ponía sobre la mesa sus propios términos, le decía las cosas fríamente y no le daba falsas promesas de libertad. En pocas palabras, Anna continuaría siendo su sierva indefinidamente, sin voz ni voto.
Esa era la dura realidad. Pero no lo suficientemente desagradable como para no soportarla. Y más teniendo presente el obstinado deseo de vivir, cueste lo que cueste.
—No es necesario repetirlo, Minos— habló la joven, manteniendo un poco de control. —Acepto lo que ofreces y haré lo que me digas… sigo siendo tu marioneta y estoy disponible para ti… — levantó el rostro hacía él, haciendo una clara insinuación.
El juez la contempló un par de segundos, evaluando sus palabras y su actitud. Esa resiliencia que demostraba inconscientemente seguía llamando su atención.
≪ Definitivamente me agradas demasiado, mujer ≫ sonrió con malicia el Grifo, apenas murmurando en la mente de su portador, pero sin perder detalle alguno desde que llegaron por ella. ≪ Pórtate bien y déjanos disfrutarte a placer… ¿No te parece, Minos? ≫
El aludido quiso protestar por su intromisión, pero tuvo que reconocer que a él también le agradó lo que dijo la monja. Si Anna continuaba siendo servicial y no le daba problemas, esto del matrimonio podría funcionar.
—Buena elección de palabras, linda— expresó su aprobación.
Se inclinó para tomar sus labios y comenzar a besarla con ansiedad, aceptando su "ofrecimiento". La mujer reaccionó casi de la misma forma, cediendo nuevamente, y sin reparo alguno, a su capricho carnal. Un convenio no escrito y no expresado en palabras, pero que fue establecido desde un principio: Si ella cedía, él la recompensaría.
Sus bocas danzaron en un compás rápido que se acompañó de sutiles jadeos. Ella recibió la caricia de su lengua y correspondió de la misma forma, dejándose llevar por las sensaciones. En realidad, no era tan difícil permitir que el juez la tomara de nuevo. Quizás su situación no era la más justa, pero tampoco podía quejarse, el hombre sabía lo que hacía con sus caricias, por lo tanto, lo disfrutaría sin remordimiento.
Minos arrastró ambas manos por los costados de Anna tan pronto notó su cooperación. Ciertamente, no había tenido la intención de follarla en éste momento, pero ya que las circunstancias se estaban dando, lo aprovecharía de una vez. Y es que en verdad lo necesitaba, pues, desde la última vez, no había tenido la oportunidad de saciarse lo suficiente.
Aunque el Grifo le había insistido en buscar diversión por otro lado, el juez no tuvo ganas de intentarlo. Bastaba con un par de recuerdos placenteros para seguir encaprichado con la monja y ahora que podía tenerla de nuevo, no se contendría. Estaba ansioso por volver a sentir su piel, su calor, su humedad y todo lo demás.
El espectro lo sabía y únicamente azuzaba su apetito.
≪ Ella huele tan dulce, su piel es tan suave, su cuerpo es tan sensible y su interior es tan cálido, que casi puedo entender tu fijación con esta hembra ≫ se rio con avidez. ≪ No pierdas el tiempo Minos, yo también estoy hambriento. ≫
Su portador no respondió, pero decidió que le haría caso, debido a que no podía entretenerse demasiado. Lentamente dejó de besarla, disfrutando del sonrojo de sus mejillas y la inflamación de sus labios.
—Bien Anna, tenemos una agenda que cumplir, así que, aceleremos esto un poco— se relamió los labios con malicia.
La joven apenas estaba recuperando el aliento después de aquel beso, por lo que tardó en reaccionar cuando Minos la levantó en brazos de repente y luego caminó hacia la cocina. Ella se sobresaltó un poco al ver que no se quedaban en la sala y tampoco subían a la habitación.
—¡Espera, ¿Qué haces?! — preguntó inquieta cuando la depositó sobre la mesa, la cual permanecía despejada.
—¿No lo imaginas? — su sonrisa se torció, mientras la hacía recostarse sobre la superficie. —Es divertido follar en diferentes lugares, una pequeña manía que tengo, así que acostúmbrate, mi querida Anna— levantó su vestido por completo, dejando expuesta su ropa interior. —Y ahora, relájate… —
La mujer no supo qué decir, aunque esto no debería sorprenderla tanto, ya había sucedido en Ptolomea, así que optó por seguirle el juego, tendiéndose a lo largo de la mesa, permitiéndole hacer lo que quisiera.
Se sorprendió levemente cuando notó que el juez deslizaba su pampanilla hacía abajo, retirándola ágilmente y sin romperla esta vez. Pero se estremeció cuando sus manos le inmovilizaron los muslos, manteniéndolos completamente abiertos. Al parecer, estaba demasiado urgido por tomarla y aunque eso la ponía nerviosa, al menos la prepararía lo necesario.
Lo vio bajar hacia su sexo, ahora completamente expuesto. Si bien, aún sentía algo de vergüenza, por lo pervertida que era la situación, no pudo evitar que su cuerpo reaccionara de inmediato cuando la lengua masculina se adosó a sus pliegues sin previo aviso. Su lamida fue lenta, pero con la presión exacta para hacerla gemir ahogadamente. La respiración se le atoró en el pecho debido al poderoso estímulo que la sacudió y, en consecuencia, su interior empezó a latir en incómodos espasmos.
El juez la escuchó gemir y la sintió temblar con fuerza, excitándolo aún más. La caricia lingual se enfocó en estimular su centro y sus sonrosados contornos, buscando que se humedeciera rápidamente. Aunado a esto, le encantaba paladear su sabor y disfrutar su aroma sexual, el cual instigaba su apetito de manera sorprendente. No le tomó demasiado tiempo llevarla al punto exacto, la mujer reaccionaba muy bien a su roce.
Anna sentía que la temperatura de su piel aumentaba, así que se desabotonó la parte superior del vestido. Las sensaciones que nacían en su intimidad estaban haciéndola delirar. Ahí, recostada sobre la mesa, con la mirada perdida en el techo y una sonrisa concupiscente en la cara, podría asegurar que su estatus de amante y futura esposa de un espectro de Hades, no era tan malo como parecía.
De pronto, un intenso espasmo comenzó a crecer en su vientre cuando la lengua masculina se deslizó hacia su sensible botón, el cual ya estaba inflamado y listo para regalarle el cielo. Sintió la lubricación escurriendo por sus muslos y el pulsar de su cavidad, indicándole que pronto culminaría. Su clamor aumentó al igual que la presión del órgano bucal y un gritó entrecortado emergió de su garganta cuando el orgasmo hizo erupción.
Minos sonrió complacido, sin dejar de lamer su carne, placiéndose de ver cómo Anna se perdía en el éxtasis, tensándose a más no poder. Aquello era suficiente para acrecentar su vanidad y ahora que sentía su miembro, hinchado y apretado, contra la tela de sus pantalones, sabía que era su turno para disfrutar.
≪ ¡Vamos Minos, quiero placer! ≫ susurró impaciente la bestia.
—¡Cállate! — masculló mentalmente, apartándose de la joven para darle un respiro.
Con algo de dificultad, desabrochó sus pantalones y liberó su miembro. Lo acarició lentamente con la mano, sintiendo su palpitar y su humedad escurriendo. Con cierto morbo, distribuyó el rocío seminal en su enrojecida corona, estimulando una sensación deliciosa. Pero una súbita contracción en sus testículos lo hizo apretar los dientes. Le costaba creer lo duro que se había puesto con apenas un poco de juego previo, o quizás simplemente se debía a la reacción positiva de ella.
No quiso divagar en eso, así que se posicionó entre sus piernas, frotando su virilidad sobre los pliegues húmedos y todavía sensibles de Anna, quien se estremeció nuevamente, a pesar de seguir perdida en su delirio. Percibió la dilatación de su entrada, invitándolo a perderse en su calor, a la vez que otro espasmo tensaba su miembro. No hubo más demoras, así que se hundió lánguidamente en aquel paraíso femenino.
Apretó los párpados y su respiración se tornó gutural cuando se quedó quieto, deleitándose con el placer inicial de sentir toda su hombría ceñida. Había extrañado tanto aquella divina sensación, que quiso disfrutarla un poco más, al menos por unos cuantos segundos, acompañado del temblor de Anna y de su voluptuoso jadeo.
Sin embargo, ella parecía querer más de lo que ya había recibido, puesto que sus piernas rodearon con insistencia su cintura, profundizando la unión. Dicho movimiento indujo en el juez una descarga que lo sacudió en su totalidad y claramente pudo notar que la parte racional de su cerebro se apagaba.
Abrió los ojos para encontrarse con los de Anna, quien le dirigía una mirada anhelante a pesar de su reciente clímax.
—Más… quiero un poco más… — suplicó.
Minos sonrió con arrogancia y lujuria, así que simplemente se dejó dominar por el instinto.
Sus manos aferraron las caderas de la monja, manteniéndola quieta, a la vez que comenzaba a moverse, saliendo en parte y volviendo a enterrarse en su interior. La cadencia de sus embestidas inició lenta, para luego aumentar vertiginosamente. Los gemidos de ambos no se hicieron esperar, sincronizándose con intensas descargas remontando por sus columnas.
La mujer sintió que se quedaba sin aire otra vez, las convulsiones que se generaban en su vientre eran difíciles de sobrellevar, debido a la sensibilidad que aún persistía en su cuerpo. Sus manos se movieron automáticamente hacia los brazos del juez, clavando un poco las uñas sobre la chaqueta, dándole una señal.
El hombre liberó sus caderas y se reclinó sobre ella, sin disminuir sus embates, al mismo tiempo que la acariciaba sobre el vestido. Pudo notar la dureza de sus pechos y las puntas de sus tensos pezones, así que tiró un poco de la prenda para abrir el escote y encontrarse con un corpiño interior que resaltaba su turgencia.
Sin demoras liberó los cordeles y apartó la tela, para luego empezar a lamer y mordisquear su piel. Se sostuvo sobre sus codos, permitiendo que Anna introdujera los dedos en su cabello y le retribuyera la caricia. No importaba que lo despeinara momentáneamente, las cosquillas que le provocaba se añadían al placer corporal.
Y todo lo que percibía el juez, también era disfrutado por el Grifo.
≪ ¡Joder, me encanta esto! ≫ se regodeó. ≪ ¡Pero quiero más! ≫
El espectro aprovechó ese breve instante de vulnerabilidad para tomar el control de su anfitrión. Minos no se opuso, porque intuyó lo que deseaba hacer. Dejó de libar sus pezones y se acercó al rostro de la mujer, quien gemía en completo abandono. Ella notó su cercanía, apenas prestándole atención, pero cuando sintió sus labios sobre su boca, comenzó a besarlo con avidez.
Anna todavía no alcazaba a entender cómo es que disfrutaba tanto lo que el juez hacía con su cuerpo. Quizás porque sus obscenas caricias lograban estimular su apetito sexual con facilidad. Tal vez se debía a su sensual y perversa manipulación o simplemente se trataba de algo más. Sin embargo, aquello no le preocupaba en éste momento, sino más bien, conseguir tolerar su temperamento y sus manías.
Y uno de esos caprichos, consistía en mirarla a los ojos cuando alcazaba la cúspide. Probablemente existía algún motivo de peso para que el ministro hiciera eso, pero no sabía cuál era. Lo que la desconcertaba, porque al perderse en aquella mirada violácea, que era muy humana, también podía ver los trazos de algo sobrenatural, lo cual ya había percibido con anterioridad.
El beso se interrumpió abruptamente cuando el juez incrementó sus embestidas, obligándola a gritar entrecortado, mientras la sujetaba de la nuca para que lo mirara fijamente. La joven sintió que estaba a punto de colapsar y en el último instante, pudo distinguirlo en sus pupilas, había algo que le sonreía con extraña satisfacción. Entonces sucedió, el clímax estalló de nuevo en su centro, propagándose como una poderosa ola por todo su cuerpo.
El Grifo se regodeó al verla retorcerse de placer, asimismo, ese contacto visual le servía para leer su cosmos.
≪ Perfecto, la nueva vida que alojas está creciendo rápido ≫ murmuró complacido.
Retrocedió en su dominio al percibir que su portador también estaba a punto de alcanzar la cúspide sexual.
El aliento abandonó a Minos cuando sintió que su miembro era comprimido por las paredes internas de Anna. El orgasmo se generó en su bajo vientre para luego extenderse frenéticamente por todo su sistema nervioso, regalándole un sublime placer. Su virilidad pulsó y con un embate final, eyaculó su semilla, perdiéndose por completo de la realidad.
El espectro asimiló las mismas sensaciones, relajándose por completo, para luego quedarse en silencio.
…
Anna respiraba ya más relajada, aunque seguía temblando un poco. Minos todavía no se apartaba de ella, pero sabía que también estaba recuperando el aliento, ya que podía notar su resuello cerca del cuello. Con lentitud apartó sus manos del cabello plateado, apenas dándose cuenta de que lo había desarreglado. Al menos eso era fácil de corregir, en cambio, ella, tendría que cambiarse de vestido, puesto que los restos de sus fluidos serían muy notorios en la tela.
En ese momento, el juez levantó el rostro, el cual tenía una mueca relajada. Con una de sus manos, tomó un mechón de pelo negro y lo olfateó, deleitándose con el aroma floral que desprendía.
—Lo has hecho bien mi querida Anna, me gusta tu actitud, si sigues así, esto será mucho más fácil para ti — liberó el cabello y se apartó de ella con lentitud, consiguiendo que jadeara por lo bajo. —Y ahora, tenemos que pasar a comprar un par de cosas antes de ir a la oficina del magistrado— procedió a reacomodar sus vestiduras.
Ella también se levantó despacio, bajando de la mesa con un pequeño salto. La sensación de temblor en sus muslos la hizo esperar un poco antes de dar el primer paso.
—T-Tengo que cambiarme… vuelvo enseguida— dijo, para luego salir del lugar.
Minos la observó divertido, pero no dijo nada. Entonces, buscó algo en el bolsillo de su chaqueta, el peine que siempre usaba, y procedió a alisar nuevamente su larga melena.
…
Byaku vio a la pareja salir por fin de la casa, así que se apresuró a abrir la puerta del carruaje.
Por su lado, Anna se sentía un poco nerviosa, ya que notó la mirada curiosa de la gente que pasaba. Esto era de esperarse, el juez era un personaje demasiado llamativo. Lo miró de reojo, observándolo caminar con altivez, lo que le confirmaba su pertenencia a la clase alta. Al llegar al vehículo, se sorprendió cuando él le cedió el paso y le tendió la mano para ayudarla a subir, lo que de nuevo la hizo sonrojarse.
Para Minos no pasó desapercibido ese detalle y se le hizo gracioso, ya que le gustaban sus muecas de timidez. Y es que, aunque él fuera un juez del inframundo en estos momentos, no olvidaba su educación y refinamiento, además, prefería que Anna estuviese tranquila cuando fueran a los diferentes lugares planeados.
—Vámonos, tenemos el tiempo contado— dijo, después de subir.
Byaku asintió, cerró la puerta y tomó su lugar para dirigir las monturas rumbo a la sastrería.
…
Ver carruajes por las calles del pueblo era de lo más normal, pero el que ocupaban Minos y Anna, tenía un decorado más llamativo. Por donde marchaban, los habitantes observaban con atención y cuchicheaban entretenidos, eso lo pudo ver ella por la ventanilla.
—Supongo que hay un motivo para hacer esto, por donde nos vean en las próximas horas, dará pie a que se hagan ideas de nuestra relación, supongo que eso me ayudará… o me dará más problemas— suspiró por lo bajo.
—¿Qué te inquieta, mujer? — preguntó Minos, quien permanecía sentado frente a ella, revisando una gaceta.
—Nada, es sólo que esta gente es demasiado chismosa. —
—De eso se trata, es mejor que de una vez se den cuenta que estás casada con alguien— comentó indiferente, sin despegar los ojos del papel. —De esa manera ya no te verán raro, además, Byaku se encargará de auxiliarte en lo que necesites y mientras yo ande por aquí, algunos podrían intuir quién soy. —
La mujer hizo una mueca de extrañeza y no pudo evitar cuestionarlo.
—Perdón por preguntar, pero ¿Quién eres en realidad? —
Él levantó la mirada hacia ella y sonrió vanidoso.
—En realidad no soy nadie para la mayoría de estos simples pueblerinos que rara vez salen de su pequeña isla, pero tú vivías en Atenas y seguramente has escuchado el apellido Griffin. —
Ella lo contempló pensativa por un par de segundos y luego sus ojos se abrieron con sorpresa. De repente había recordado algunos comentarios de los conocidos de su exmarido, gente que estaba en el negocio de la joyería y que de vez en cuando platicaban sobre los tratos que hacían con un distribuidor extranjero de algún país de Europa del norte, más específicamente, hablaban de una tal familia Griffin.
—Por tu expresión, deduzco que sí oíste algo—continuó Minos. —Si tu anterior esposo era comerciante, en algún momento debió escuchar de los Griffin, puesto que las transacciones de piedras preciosas no siempre se quedan en los altos círculos sociales, lo mismo aplica para esta villa, algunos mercaderes están en el oficio de la joyería— su sonrisa se volvió más arrogante. —Así que, mi querida Anna, no soy un tipo cualquiera, se podría decir que tienes mucha suerte de casarte conmigo. —
La joven lo miró con expresión pasmada, sin saber qué decir. Él no sólo era un inquietante juez del inframundo, sino también un noble engreído y muy pagado de sí mismo. Además, su cínico humor, era otra cosa a la que debía acostumbrarse también. Entonces desvió la mirada hacia la calle cuando escuchó que la carroza se detenía justo frente a la sastrería más ostentosa del pueblo.
—¿Por qué estamos aquí? —
—Porque voy a comprarte algo lindo— se acercó de repente, arrinconándola en el asiento hasta pegar su frente con la de ella. —No usarás un vestido de novia, pero sí quiero que te veas agraciada, así que, entraremos ahí y escogerás el atuendo que más te guste, el calzado que mejor combine y… un nuevo juego de ropa interior que incluya un corsé de finos encajes— su mirada se deslizó hacia el escote de ella, dando un atisbo de sus lascivos pensamientos. —Eres mi muñeca y te quiero vestir como se me antoje. —
La mujer de nuevo se quedó sin palabras, únicamente asintiendo despacio, mientras trataba de respirar con normalidad. Ese aire depredador que manifestaba el juez era perturbador y excitante a partes iguales. Sabía que sus palabras tenían un trasfondo implícito y a ella no le quedaba más que seguirle el juego.
—D-De acuerdo, lo haré… —
Sin abandonar su expresión complacida, él se apartó y cuando la puerta fue abierta, de nuevo le tendió la mano para ayudarla a bajar. Ambos se encaminaron al establecimiento, con Byaku detrás de ellos, llevando el cofre de dinero.
…
Anna se entretuvo revisando los vestidos que tenía en exhibición el sastre. Tan pronto habían entrado al lugar, Minos le ordenó al encargado mostrarle a su "prometida" los vestidos más hermosos y de mejor calidad que tuviera disponibles. A ella le había dicho que eligiera y se probara los que quisiera, incluso, exigió que una de las empleadas le ayudara personalmente. El dueño del local aceptó sin problema, porque de inmediato se dio cuenta que aquel hombre no era cualquier cliente.
Después de un rato, la joven terminó de escoger tres vestidos en diferentes colores y diseños, así como nuevas prendas interiores. De igual manera, eligió tres pares de zapatos y botines bellamente decorados con flores bordadas y listones. En todo ese tiempo, una dependienta le ayudó a probarse cada cosa, incluso le hacía recomendaciones extra. Anna no estaba acostumbrada a ello, ya que siempre había comprado sus cosas por sí misma, pero tampoco es que le incomodara demasiado.
Por su parte, Minos estuvo sentado en uno de los divanes para clientes, leyendo su gaceta, sin prestar atención a los demás ni a sus cuchicheos. Pero, cuando Anna se acercó para mostrarle lo que había escogido, le puso completa atención.
—Ya elegí— dijo, enseñando prendas y calzado.
El hombre dio una mirada evaluadora y luego hizo una mueca satisfecha, Anna tenía buen gusto, porque los ropajes en verdad eran bonitos. Quizás todo éste teatrito del matrimonio no le agradaba a él, pero al menos se daría un gusto por ver a su linda marioneta ataviada de otra manera que no fuese el hábito negro o la ropa común. Y también era consciente de que ella tampoco estaba a gusto, pero al menos, la consentiría en el sentido material.
—Bien, me gusta lo que elegiste— reconoció, para luego acercarse y susurrarle en el oído. —Ahora, vístete con algo de esto, incluyendo el corsé… quiero verte luciéndolo antes de quitártelo más tarde— su tono seductor la hizo temblar.
Anna contuvo la respiración, apenas disimulando el nerviosismo que le provocaba su comportamiento. Le costaba creer que el juez estuviera jugando con ella de esta manera y en éste lugar. No obstante, también comprendía que todo era parte de la farsa. Confirmó con un movimiento de cabeza y regresó al área de biombos para cambiarse.
…
Momentos más tarde, Byaku se encargó de pagar todo, en lo que la pareja salía del establecimiento, luciendo llamativos. El traje púrpura de Minos hacía un juego curioso con el vestido azul de Anna, sumado a esto, la empleada le ayudó a recogerle el cabello con un sencillo, pero bonito tocado. Todo mundo quien los viera, pensaría que se dirigían a una fiesta formal.
Ahora, era tiempo de ir a la oficina del magistrado, así que de nuevo el carruaje se encaminó al sitio.
…
El sujeto encargado de la ceremonia, era un hombre mayor de gesto duro, el cual no hizo preguntas ni comentarios respecto a la extraña ceremonia que oficiaría, ya que previamente Byaku habló con él. En aquella isla era común llevar a cabo matrimonios arreglados, así que, después de un soborno, nadie prestaría atención al hecho de que alguno de los contrayentes no estuviese de acuerdo con la unión.
—Nombres, por favor— indicó el funcionario, tomando la pluma entintada que un joven ayudante le facilitó para anotar.
El juez habló por ambos, con voz impasible y expresión tranquila.
—Minos Griffin y mi prometida es, Anna Karalis. —
La mencionada se sorprendió brevemente al escuchar de nuevo su apellido de familia, el cual había tenido que cambiar en su primer matrimonio. Sin embargo, aquellos hombres no conocían la verdad de lo que estaba sucediendo, así que ya no importaba. Ahora sería la esposa del "señor Griffin", alias, espectro de Hades y juez del inframundo.
Se le hizo gracioso imaginar qué es lo que diría si en algún momento alguien le preguntaba por su nuevo esposo. Pero bueno, era mejor dejar esas cosas para después y concentrarse en la ceremonia, sin manifestar inquietud alguna.
El hombre mayor dijo la letanía correspondiente, sin dar demasiadas vueltas, hasta llegar a la parte de los votos.
—Minos Griffin, ¿Acepta a esta mujer como su esposa? — preguntó escuetamente el magistrado.
—Sí, la acepto. —
—Anna Karalis, ¿Acepta a éste hombre como su esposo? — cuestionó a la joven.
—Sí… acepto. —
No era necesario hacer alusión a promesas de amor, fidelidad o respeto, puesto que era un matrimonio arreglado. Dichos temas eran muy relativos o inexistentes y eso no le competía al funcionario. Él simplemente hacía su trabajo y… Byaku lo había "convencido" para que no hablara demás.
—Entonces, por las leyes que rigen esta comunidad, los declaro, marido y mujer— concluyó, acercando el libro de registros para que colocasen sus firmas en el acta. Posteriormente, su asistente y Byaku firmaron como testigos y al último, él. —Es todo, pueden retirarse. —
Minos le ofreció su brazo a Anna en otro inesperado gesto caballeroso.
—Vamos, mi querida esposa, es hora de celebrar— hizo una risita extraña.
La mujer se mantuvo en silencio, mientras exhalaba por lo bajo y aferraba el brazo para salir caminando a su lado. No tenía idea de lo que seguiría ahora, así que continuaría fingiendo como si nada. Abandonaron la oficina y subieron al carruaje otra vez, para dirigirse al centro del pueblo.
…
Mientras el juez leía su gaceta nuevamente, Anna observaba por la ventanilla.
—Bueno, ahora soy Anna Griffin y tengo que acostumbrarme a ello— se dijo a sí misma. —Mi vida es un caos con tantos giros: Secuestrada, esclavizada, amenazada, coaccionada, embarazada y ahora, casada con un espectro… ¿Qué más me falta? —
De repente, sintió sobre ella una intensa mirada, así que tuvo que voltear.
—No divagues tanto, mujer, no tiene caso que te preocupes por el futuro— Minos hizo a un lado su panfleto, contemplándola con seriedad. —Esto no tiene por qué ser tan complicado, ni para ti, ni para mí— hizo un gesto con la mano, llamándola.
Ella se inquietó por un segundo, pero obedeció sin dudar. Iba a tomar asiento a su lado, pero él la sujetó del brazo e hizo que se sentara sobre su regazo, dándole la espalda y posicionándola de tal manera que, sus piernas quedaron abiertas a pesar del vestido. La abrazó por la cintura para mantenerla contra su torso, lo que la hizo sobresaltarse incluso más.
—Presta atención— se acercó a su oído por detrás, hablando con voz tranquila. —Ahora eres mi esposa y como tal, puedes hacer uso de mi apellido como más te convenga y eso incluye negociar con las joyas que te dejé. Podrás comprar y hacer lo que quieras, te doy libertad de ir y venir por toda la isla, pero… no vayas a equivocarte. —
Una de sus manos se deslizó, subiendo hacia uno de sus pechos, estrujándolo despacio, haciéndola jadear con morbo, a pesar de estar tocando por encima de la tela.
—Me debes total respeto y obediencia, recuerda que tu vida sigue en mis manos— sus dedos se deslizaron al borde del escote y juguetearon con los cordones, aflojándolos un poco. —Asimismo, tienes obligaciones maritales y domésticas que cumplir, si un día quiero que me prepares algo de comer, lo harás— su tacto se arrastró por en medio de sus pechos. —Si se me antoja tomarte en algún lugar fuera de lo común, no protestarás. —
La joven bajó la mirada, viendo como el juez acariciaba sus senos por encima, pellizcando con suavidad la turgencia que quedaba expuesta gracias al corsé. Sin embargo, empezó a temblar y respirar más rápido cuando notó que su otra mano se movía hacia abajo, levantando la falda del vestido. Entonces percibió aquella palma tibia recorriendo sus muslos internos, acercándose a su entrepierna con una clara intención.
—¡Aquí no es buena idea, no puede ser tan pervertido! — pensó alarmada, sin embargo, no dijo nada.
—Así me gusta, que acates mis palabras— se expresó burlón cuando la sintió removerse inquieta ante lo que hacía. —Recuerda que me gusta jugar, Anna— se acercó más y con su lengua lamió pausadamente el contorno de su oreja. —Y ahora, tú eres mi compañera de juegos indefinidamente… —
Sus dedos rozaron la pampanilla con sutileza, de abajo hacia arriba, delineando la forma de su sexo, incitando un gemido profundo en la mujer. Dicho sonido le provocó una punzada en el bajo vientre y el movimiento de las caderas femeninas sobre su hombría, empezó a excitarlo rápidamente.
—Shh, tranquila, no hagas tanto ruido— su lengua se arrastró por la mejilla de ella. —Ven aquí… —
Anna no estaba muy de acuerdo con la situación, pero no le llevaría la contraria, así que giró el rostro para recibir sus labios. El beso fue lento y suave, notando que el hombre no parecía tener la intención de ir más allá, a pesar de seguir manoseándola. Otro gemido escapó de su boca cuando notó el pulsar de su intimidad. Los dedos masculinos eran bastante hábiles para estimularla, no obstante, fueron frenando su roce.
Minos finalizó el beso poco a poco, al mismo tiempo que apartaba sus manos de ella. Aunque su apetito carnal seguía muy presente, éste no era el momento adecuado para saciarlo.
—Creo que mejor nos detenemos aquí— la hizo ponerse de pie, para luego sentarla a su lado. —Será más placentero si prolongamos un poco la espera— se relamió los labios con malicia.
Anna lo vio sobarse con obscenidad la entrepierna, donde su miembro semi despierto se alcanzaba a delinear por debajo de los pantalones. Por lo que su sonrojo aumentó, al igual que su respiración agitada. No podía creer lo vicioso que era el juez, jugando con las sensaciones de su cuerpo, para luego dejarla en ese estado de incomodidad. Y es que, a pesar de la poca estimulación, el deseo había crecido demasiado rápido en ella. Lo que la dejaba contrariada, porque eso le confirmaba que estaba adaptándose a Minos demasiado rápido.
—¿Tienes hambre, mi querida Anna? — preguntó, sonriéndole burlón.
—Yo… — no supo que decir, porque creyó que de nuevo jugaba con ella.
—Me refiero a tomar alimentos— aclaró él con diversión. —Porque estamos a punto de llegar al mesón más popular del pueblo, donde degustaremos un pequeño banquete. —
La expresión de Anna se quedó en blanco. Aquel hombre era caprichosamente impredecible.
Bueno, Minos no deja de ser un sensual pervertido, me encanta describirlo de esta manera XD
Espero que haya sido de su agrado la lectura y me dejen saber su opinión, eso me hace feliz :3
Gracias por leer
20/Marzo/2023
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