CAPITULO II.-

El día de la partida, se hizo presente. Hyoga haría su viaje en un barco contratado, con tripulación entera. Le agradaba en cierta manera el mar, pero al mismo tiempo lo detestaba. El mar tenía ese aire misterioso y enigmático que lo envolvía y al que no podía negarse.

Se despidió de Camus y Milo, prometiendo reunirse con ellos dentro de un mes. Luego se despidió de los demás conocidos que fueron a despedirlo, y partió en busca de islas desiertas para explorar.

Pasaron varios días, en las que desembarco incontables veces en pequeñas islas, que estaban deshabitadas. Le gustaba explorarlas y luego volver a hacerse al mar. Trataba a todos los tripulantes como los sirvientes que eran, pero nadie se negaba a obedecer sus órdenes, porque les pagaba bien.

Al fin una mañana, Hyoga despertó, se vistió y salio de su camarote, para ver a lo lejos una isla mucho más grande que las que había visto hasta entonces. Esta isla parecía muy diferente a las anteriores. Hyoga llamo al capitán para saber si conocía esa extraña isla.

-Se llama "Reina Muerte" señor-contesto el capitán-Es un lugar en el cual, a nadie le gusta desembarcar, ya que tiene muchos peligros.

-Yo no le temo a nada-exclamo Hyoga, ordenando de inmediato que desembarcaran.

A ninguno de los tripulantes, le hizo gracia la orden, pero la acataron. Hyoga, acompañado del capitán y varios marineros, bajaron del barco y comenzaron a explorar los alrededores, el lugar casi no tenía vegetación, de hecho, parecía ser un desierto muy caliente.

La mayoría de los exploradores, comenzaron a temer el lugar, excepto Hyoga, que de alguna manera, ese paraje desértico agradaba, así que decidió pasar la noche en ese lugar, ante la protesta de todos, incluyendo el capitán. Pero al final a todos, solo les quedo obedecer, ya que pronto anochecería. Mientras acomodaban las cosas para armar el campamento, Hyoga subió a lo alto de una montaña, para poder contemplar mejor la vista del lugar.

-Es hermoso-susurro maravillado, por esas montañas y ese desierto tan parecido a los rayos del sol. Sin percatarse que alguien más, a parte de la tripulación, lo observaba.

Los marineros, ya habían encendido la fogata y tenían el campamento listo, ahora solo faltaba que los pocos rayos del sol, terminaran de desaparecer, lo cual Hyoga, todavía contemplaba extasiado.

De repente, aparecieron varios hombres, montados en caballos y con los rostros cubiertos. En su mayoría vestían capas que les cubría todo el cuerpo, según pudo apreciar el rubio, pero el hecho de ser sorprendidos de esa manera, apenas y les dio tiempo a los hombres de la tripulación, de tratar de defenderse. Los atacantes eran en verdad, muy hábiles y rápidos.

-¡Señor Hyoga, váyase de aquí, ahora!-ordeno el capitán, mientras disparaba una de las armas que siempre llevaban cuando exploraban las islas.

-¡No me voy a ir!-protesto el rubio

-¡Debe llegar al barco y pedir ayuda!-exclamo el capitán, mientras volvía a disparar y viendo con miedo como sus disparos a pesar de ser certeros, no hacían ningún efecto en los atacantes.

Hyoga acepto a regañadientes, y tomando un revolver comenzó a correr en dirección al mar, mientras los marineros trataban inútilmente de herir a sus enemigos, ya que estos parecían ser inmunes a las balas.

Sin embargo, el que parecía ser el líder, se dio cuenta de ello y espoleando a su caballo, fue en su persecución. Hyoga al verse perseguido preparo su arma y le disparo, seguro de haberle dado en el pecho, pero el jinete parecía inmune, le volvió a disparar sin parar de correr. ¡Nada! ¡Los disparos no le hacia nada!

Por primera vez en su vida, Hyoga sintió desesperación cuando se dio cuenta que ya no tenía más balas, ahora solo le quedaba correr. Apuro el paso lo más que pudo, pero fue inútil. El jinete que lo venia siguiendo, logro alcanzarlo y sujetándolo fuertemente lo obligo a subir al caballo.

Hyoga forcejeo y lucho salvajemente, pero era obvio que el otro era más fuerte, ya que la fuerza de ese sujeto era brutal, se mantuvo luchando hasta el otro se las arreglo para apretarlo contra su cuerpo, sofocándolo así con sus ropas, contra las que su cara se aplastaba. El vigoroso brazo musculoso que lo rodeaba le hacia daño, sus costillas parecían que se romperían bajo su presión. Nada podía hacer contra esa musculatura de acero, hasta que el dolor le obligó a permanecer inmóvil. Lo único que pudo ver claramente fueron unos ojos azules como el mar, antes de ser cubierto por una pesada capa.