CAPITULO V.-
El pobre rubio fijo su vista al lugar indicado y vio con horror como el causante de todos sus males se acercaba, montando a caballo, junto a otros hombres. Retrocedió unos pasos, para ocultar el sudor helado que lo hizo temblar de pies a cabeza. Sintió furia contra el terror que lo dominaba y al que no podía sobreponerse. Pero se mantuvo firme, su miedo era tan intenso que lo paralizaba, pero ese maldito Fénix, lo encontraría ahí, firme y valeroso y no acurrucado en el dormitorio, como un tembloroso pajarito.
El Fénix, bajo del caballo, acaricio la cabeza del animal y después de hablar con Shyru unas cuantas palabras, se dirigió a la casa. Sonreía suavemente, mientras Hyoga temblaba involuntariamente. Cuando paso a su lado, Hyoga bajo la mirada, no quería mirarlo a los ojos, pero su pecho latía con orgullo herido.
Ikki entro en la casa con largos pasos, y se acerco a una mesita para poder encender un cigarrillo.
-Espero que Shyru haya cuidado de ti-dijo mientras soltaba una bocanada de humo
-¡¡Es usted un maldito!! ¡¿Con que derecho me retiene aquí?!-grito con pasión, como no escucho respuesta alguna continuo-¡¿Cree que puedo desaparecer impunemente y que nadie se ocupara de mi desaparición, que no se harán investigaciones?!
-No se harán investigaciones-contesto Ikki con calma
-¡¿Como que no se harán investigaciones?! ¡Se preocuparan de mi desaparición y las autoridades descubrirán quien es el responsable de este rapto odioso y usted tendrá que pagar por lo que hizo!-exclamo con furia
Ikki se echo a reír, con la misma risa que hizo estremecer a Hyoga el día anterior.
-Ningún gobierno tiene jurisdicción sobre mí, soy un jefe independiente, dueño de mis acciones. Mi tribu me obedece solamente a mí.
-Cuando se den cuenta de mi desaparición...-prosiguió desesperadamente, procurando conservar su valor
-Tardaran tanto en echarte de menos que entonces será muy tarde-dijo Ikki
-¿Como que tarde?-pregunto tragando en seco
-Contrataste un barco con una tripulación completa, para llevarte a mar abierto, sin ninguna ruta exacta. Todo el viaje estaba planeado durar un mes y luego te irías a Grecia, en donde te esperan, si no me equivoco tu tutor y su esposo ¿Verdad patito? -explicaba con calma, causando mas miedo en Hyoga.
-¿Como sabe todo eso?-murmuro tembloroso
-Tus mismos hombres me lo dijeron-contesto mientras seguía disfrutando su cigarro
-¿Mis hombres? ¡¿Que les hizo?!-grito desesperado
-Todos viven-contesto el Fénix brevemente-Pero ninguno dirá nada ¿Y sabes porque?-pregunto mirándolo con una sonrisa burlona. El rubio se obligo a mover la cabeza negativamente a modo de respuesta.
-Tú pagaste bien a la tripulación para que te guiaran a través de los mares. Yo les pague mejor para que no dijeran nada y se fueran a otro país para comenzar nuevamente su negocio marítimo-su sonrisa se agrando al ver el semblante pálido del rubio.
-¿Quiere dinero?-pregunto Hyoga con un hilo de voz-Porque si es así, Camus…
-¡Por favor!-exclamo el Fénix fastidiado-Dinero es lo que menos me falta.
- ¿Entonces por qué ha hecho esto?-susurro el rubio
Ikki se acerco y lo tomo, apretándolo contra si, forzándolo a que apoyara su cabeza en su brazo.
-Porque te quería, porque basto solo mirarte unos momentos para saber que te deseaba. Y lo que deseo lo tomo-dijo apasionadamente.
Hyoga tenía los ojos fuertemente cerrados. Se daba cuenta la fiera pasión que había encendido en ese hombre y también que, por lo que le dijo, no reconocería ninguna ley que sus deseos y estaba dispuesto a todo por satisfacerlos. Le constaba, por desgracia que su vida estaba en manos de ese hombre cruel.
-Mírame-le dijo con voz tierna, pero se notaba el tono de mando.
Un día antes, Hyoga no conocía el significado de la palabra miedo, y nunca en su vida obedeció a nadie en contra de su voluntad, pero en pocas horas había vivido años de emociones. Por primera vez en su vida tropezaba con un poder mayor al suyo, por primera vez había encontrado un hombre que no acataba sus deseos, al que una mirada suya transformaba en un esclavo sumiso. Ahora había aprendido lo que era el miedo y también lo que era obedecer.
Obedeciendo ahora, se esforzó por levantar los ojos y se ruborizo ni bien vio los ojos de Ikki. Sus ojos apasionados lo quemaban como una llama ardiente. Sus brazos eran como dos bandas de fuego. Su contacto era una tortura, se encontraba temblando en sus brazos e hipnotizado por esos ojos.
-¡Por los dioses! ¡Que bello eres!-exclamo Ikki observando cada detalle de ese perfecto rostro.
Estas palabras hicieron reaccionar a Hyoga que lucho porque lo dejaran ir.
-¡¡Suélteme!!-grito en tono lastimero. La pasión desapareció de los ojos del peliazul y en su lugar una mirada burlona apareció.
-Tenemos mucho tiempo. Shyru es el criado más discreto. Cuando tenga que venir lo oiremos-dijo con una leve sonrisa
-¿Cuando dejara que me vaya?-pregunto mientras forcejeaba para que lo soltara.
Ikki con una exclamación de impaciencia se separo de Hyoga, con rudeza. Se echo sobre el diván y encendió otro cigarrillo.
-¡Debe decírmelo! ¿Cuando dejara que me vaya?-pregunto tratando de contener los sollozos histéricos.
Ikki lo miro de pies a cabeza, en un examen lento que lo hizo estremecer.
-Cuando me canse de ti-respondió con frialdad.
Hyoga tembló violentamente y le dio la espalda con el fin de escapar de su mirada, y se dirigió a donde se suponía estaba el dormitorio, pero antes de poder salir de la habitación fue detenido por la voz del Fénix.
-Esa ropa te queda muy bien, sin embargo prefiero que para la cena te pongas algo mas cómodo ¿Comprendes?
Hyoga se apresuro en llegar a la habitación, y en cuanto cerró la puerta, se desplomo al piso. ¡Si! ¡Comprendía muy bien! Había aprendido a comprender y adivinar. Era una orden y él tenía que obedecer, poniéndose ropas más atractivas.
Se cambio con pesadez, con movimientos lentos y resentidos. Cada sonido proveniente fuera de la puerta lo sobresaltaba. Instintivamente se dio prisa, el miedo le forzaba a apresurarse. Pero al mismo tiempo el orgullo volvía a renacer en él. Cuando estuvo listo se sentó frente al tocador que había en el dormitorio. Se observo detenidamente por un momento y no se reconoció. Esa persona que reflejaba el espejo no era él. Esos ojos temerosos, y esa mirada que portaba no eran las mismas que siempre veía. Y se odio a si mismo, abominaba su belleza, que lo había llevado a ser deshonrado horriblemente. Una oleada de odio, lo invadió haciendo sonrojar sus mejillas. Pero al momento palideció de nuevo, al mirar por medio del espejo, no su imagen, sino al Fénix, que se encontraba detrás suyo.
Ikki entro con el silencioso paso que le era tan peculiar. Le hizo dar la vuelta para poder admirarlo, y Hyoga bajo la mirada avergonzado.
-Vamos, la cena esta servida-le dijo mientras lo tomaba de una mano y lo llevaba a la otra habitación.
Con la cena y la presencia de Shyru, el peliazul volvió a la natural actitud de un anfitrión cortes. Mantuvo esa actitud durante toda la cena, y teniendo en cuenta la presencia de Shyru que servia, Hyoga se creyó obligado a sostener con él la conversación.
Ikki hablaba con facilidad y soltura, su conversación era agradable e interesante. Hyoga en otra ocasión hubiera escuchado fascinado y absorto, pero la cruel realidad estaba presente. Comió automáticamente lo que le sirvieron, sin darse cuenta del sabor que tenia. Solo un pensamiento estaba presente, ocultar el miedo creciente que sentía.
Cuando termino de cenar y tuvo oportunidad, Hyoga se levanto de la mesa y se fue a ver la pequeña biblioteca, tomando un libro cualquiera, para simular que leía.
-Señor, su teniente quiere verlo-le informo Shyru.
Ikki arrugo el entrecejo con gesto de molestia, asintió con un movimiento de cabeza y se acomodo en el diván.
Shyru dejo entrar a un joven, de cabellera larga y azul, con piel bronceada y perfectos rasgos.
Hyoga miro con curiosidad al recién llegado y lo reconoció como uno de los jinetes que cabalgaba con Ikki esa tarde. Los fieros ojos de Ikki vigilaban todos los movimientos del rubio y cuando sus ojos se encontraron, señalo con el cigarrillo al joven.
-Mi teniente Saga, no te dejes llevar por su juventud ni su semblante de niño bueno. En realidad es todo un guerrero-dijo Ikki
Saga se echo a reír, saludando a Hyoga, con una profunda reverencia, luego se enderezo en una actitud magnifica, hasta que una palabra corta de Ikki le volvió a su objetivo y su actitud cambio rápidamente, cosa que no paso desapercibido para Hyoga. El Fénix podía tratar en camaradería a su gente, pero los tenia bien dominados.
Hablaron en voz baja, así que Hyoga no podía escuchar lo que decían, se permitió observar a Saga. Se notaba que este conocía su encanto, también demostraba que temía a su jefe, y lo que le decía aparentemente no era nada bueno y nada bien recibido. Luego de ello, Saga hizo otra reverencia y se retiro. Al igual que Shyru, el cual se ocupo de cerrar la puerta que estaba generalmente abierta y verificar que ninguno de los dos necesitaran algo.
Ya solos Hyoga tembló, se aferro fuertemente al libro, deseando ser invisible, tratando inútilmente que el miedo no volviera a dominarlo.
-Ven aquí...HYOGA-ordeno Ikki mientras se sentaba en el diván
Hyoga se estremeció, al principio no reconoció su propio nombre, pero cuando Ikki volvió a repetirlo con molestia. El terror lo invadió y soltando el libro corrió hacia la recamara, se acurruco en un rincón, muerto de miedo, con los brazos abiertos, abrazado a las ricas cortinas, hasta que Ikki llego junto a él.
Ikki se inclino frente a Hyoga y uno por uno fue separando sus dedos de las cortinas y poco a poco llevo esas manos a su pecho, con una sonrisa.
-Ven-murmuro devorándolo apasionadamente con los ojos, hasta que lo tuvo palpitante entre sus brazos. Hyoga trato de rebelarse contra la fascinación con que esos ojos lo dominaban, pero era inútil.
-Tontito-le dijo con una profunda sonrisa-¿Quien te ha deseado como te deseo Yo?
Esas palabras lo despertaron del trance en el que se encontraba.
-¡Maldito desgraciado! ¡Infeliz! ¡Mal nacido!-grito, hasta que Ikki lo beso apasionadamente, y lo hizo callar, invadiendo su boca y reconociéndola como su propiedad exclusiva.
Hyoga perdió no solo el aliento, sino que por un momento, también la noción de lo que estaba sucediendo, tan solo podía sentir esos brazos de acero apretándolo fuertemente y esos labios que lo quemaban.
